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domingo, 24 de septiembre de 2023

¿ES EL PLACER INGREDIENTE NECESARIO DE LA FELICIDAD?

 

“Sin duda que en toda felicidad hay placer; pero el placer es lo menos en la felicidad. El placer es un acontecimiento pasivo, y conviene volver a Aristóteles, para quien era evidente consistir siempre la felicidad en una actuación, en una energía y un esfuerzo. Que este esfuerzo, conforme se va haciendo, segregue placer no es sino un añadido y, si se quiere, uno de los ingredientes que componen la situación. Pero (…) las ocupaciones felices, conste, no son meramente placeres; son esfuerzos, y esfuerzo son los verdaderos deportes. No cabe, pues, distinguir el trabajo del deporte por un más o menos de fatigas. La diferencia está en que el deporte es un esfuerzo hecho libérrimamente, por pura complacencia en él, mientras el trabajo es un esfuerzo hecho a la fuerza en vista de su rendimiento” (Ortega y Gasset)[1].

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“La palabra «deporte» ha entrado en la lengua común procedente de la lengua gremial de los marineros mediterráneos, que a su vida trabajosa en el mar oponían su vida deliciosa en el puerto. «Deporte» es «estar de portu». Pero la vida de puerto no es solo el marino plantado en el muelle, con las manos en los bolsillos del pantalón y la pipa entre los dientes, que mira obseso al horizonte como si esperase que en su líquida línea fuesen de pronto a brotar islas. Hay, ante todo, los coloquios interminables en las tabernas portuarias entre marinos de los pueblos más diversos. Esas conversaciones han sido uno de los órganos más eficientes de la civilización. En ellas se transmitían y chocaban culturas dispares y distintas. Hay, además, los juegos deportivos de fuerza y destreza (…): caza, cañas, justas, anillos y danzas” (Ortega y Gasset)[2].



[1] Ortega y Gasset: “Prólogo a ‘Veinte años de caza mayor’ del conde  de Yebes”, O. C. Tº 6, p. 428.

[2] Ortega y Gasset: “Prólogo a ‘Veinte años de caza mayor’ del conde  de Yebes”, O. C. Tº 6, pp. 428-429-Nota.

jueves, 15 de junio de 2023

ESTAR TRISTE SIGNIFICA NO SABER DÓNDE ESTÁ LA PUERTA DE SALIDA DE UNO MISMO


“Cuando no hay alegría, el alma se retira a un rincón de nuestro cuerpo y hace de él su cubil (…) Y todas las cosas nos parece que hacen camino rendidas bajo el fardo de su destino (…) Ni el árbol trémulo, ni la sierra que incorpora vacilante su pesadumbre, ni el viejo monumento que perpetúa en vano su exigencia de ser admirado, ni el hombre, que, ande por donde ande, lleva siempre el semblante de estar subiendo una cuesta —nada, nadie manifiesta mayor vitalidad que la estrictamente necesaria para alimentar su dolor y sostener en pie su desesperación. Y, además, cuando no hay alegría, (…) percibimos con extraña evidencia la línea negra que limita cada ser y lo encierra dentro de sí, sin ventanas hacia fuera” (Ortega y Gasset[1]).

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“La naturaleza ha dotado a cada animal de un programa de actos que, sin más, se pueden ejecutar satisfactoriamente. Por eso (…) normalmente los animales son felices. Nuestro sino es opuesto. Los hombres andan siempre melancólicos, maniáticos y frenéticos, maltraídos por todos estos morbos que Hipócrates llamó divinos. Y la razón de ello está en que los quehaceres humanos son irrealizables. El destino —el privilegio y el honor— del hombre es no lograr nunca lo que se propone y ser pura pretensión, viviente utopía. Parte siempre hacia el fracaso, y antes de entrar en la pelea lleva ya herida la sien.” (Ortega y Gasset(2)).



[1] Ortega y Gasset: “Cuando no hay alegría”, en “El Espectador”, Vol. I, O. C. Tº 2, p. 32.

[2] Ortega y Gasset: “Miseria y esplendor de la traducción”, O. C. Tº 5, pp. 433-434.

miércoles, 30 de marzo de 2022

EL HOMBRE: ESE INFELIZ CUYA ASPIRACIÓN MÁXIMA ES LLEGAR A SER FELIZ

 


     “La vida es una faena de realización, que no es una cosa que ya está ahí, sino una tarea, algo que hay que hacer. De ahí mi fórmula conocida: La vida nos es dada, puesto que nos encontramos en ella, sin saber cómo ni por qué; pero eso que nos es dado, la vida, no nos es dado hecho, sino que tenemos que hacérnosla, cada cual la suya. La vida es quehacer. ¡y da mucho quehacer! (…) Pues bien: al esforzarme en ser, al querer ser, lo que busco es ser feliz. Felicidad, esa extraña y nunca bien explicada necesidad fundamental del hombre, consistiría en que lográsemos realizar el programa de vida, el yo que somos. Pero, como la circunstancia nos es negativa, el yo que somos no se realiza nunca suficientemente, el hombre que consiste en tener que ser feliz, al mismo tiempo y siempre es, más o menos, infeliz (…) El animal es el adaptado, pero el hombre es la inadaptación esencial. El hombre es, donde quiera, un extranjero” (Ortega y Gasset[1]).



[1] Ortega y Gasset: “Sobre la razón histórica”, O. C. Tº 12, pp. 217-218.


domingo, 23 de enero de 2022

LA ALEGRÍA ES LA SEÑAL DE QUE HEMOS CONSEGUIDO SALIR AL MUNDO

 

Resurrección de Lázaro

   “De ordinario, atraviesa el alma períodos de gran porosidad y otros de extremado hermetismo. Una preocupación grave o aguda suele producir un exceso de concentración en nuestra intimidad. Se vuelve ésta, por decirlo así, de espaldas al mundo y atiende con máxima tensión a la pena o conflicto que ocupa entonces el centro anímico. Nada externo llega adentro: va el alma sorda y ciega. La alegría, por el contrario, vuelve hacia afuera el alma, la desconcentra y la convierte en un amplio tejido de abiertos poros, en un como pabellón de oreja, dispuesto a recoger los menores sonidos. Y como todo ser débil propende a la preocupación por su debilidad –así el enfermo–, acaece que los débiles suelen ser criaturas poco sensibles y extrañamente herméticas” (Ortega y Gasset[1]).

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   “Se comprende que las emociones puedan hallar en movimientos espaciales sus correspondencias, sus metáforas. La alegría produce una dilatación de nuestra persona íntima, la hace irradiar en todas direcciones, despreocuparse; esto es, perder concentración. Y el gesto jocundo, paralelamente, distiende los carrillos, eleva las cejas, abre de par en par los ojos y la boca, separa del tronco los brazos, lanzándolos por el aire en la carcajada; en suma, ejecuta un movimiento de dispersión muscular. En cambio, la pena ocupa y preocupa, contrae el alma, la concentra y recoge sobre la imagen del hecho penoso, haciéndonos herméticos al exterior. Parejamente, su gesto frunce todo el rostro hacia un centro, recoge todos los músculos y cierra los poros” (Ortega y Gasset[2]).

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“Lázaro, ¡sal fuera!” (Juan, 11, 43)- Fórmula empleada por Jesucristo para que Lázaro volviera a vivir (quizá solo estuviera deprimido).



[1] Ortega y Gasset: “Vitalidad, alma, espíritu”, en “El Espectador”, Vol. V, Obras Completas, Tomo 2, p. 464.

[2] Ortega y Gasset: “Sobre la expresión fenómeno cósmico”, en “El Espectador”, Vol. VII, Obras Completas, Tomo 2, Madrid, Alianza Editorial, p. 585


viernes, 7 de enero de 2022

Cómo y para qué se inventó el porvenir

 


      El hombre es el único ser que sabe que existe el futuro. Tuvimos que inventarlo porque el presente nos resultaba insuficiente; un déficit de adaptación por tanto. Cioran explicaba metafóricamente el significado de esta deficiencia cuando decía que “La primavera, como cualquier comienzo, es una deficiencia de eternidad”[1] .

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     “La materia de que está hecho el porvenir es la inseguridad. Esa posibilidad necesaria y, a la vez, insegura es nuestro yo. Este, pues, lo primero que hace, antes de darse cuenta del presente en que está, es estirarse hacia el futuro, se futuriza, y desde allí se vuelve al presente, a las circunstancias en que ya nos hallamos, y entonces las advierte al oprimir contra ellas el peculiar perfil de exigencias innumerables que lo constituyen. Las circunstancias responden favorable o adversamente, es decir, facilitan o dificultan la realización —la conversión en un presente— de ese yo futurizante que por anticipado somos ya. Cuando nuestro yo consigue en buena parte encajarse en la circunstancia, cuando ésta coincide con él, sentimos un bienestar que está más allá de todos los placeres particulares, una delicia tan íntegra, tan amplia que no tiene figura y que es lo que denominamos felicidad. Viceversa, cuando nuestro contorno —cuerpo, alma, clima, sociedad— rechaza la pretensión de ser que es nuestro yo y le opone por muchos lados esquinas que impiden su encaje, sentimos una desazón no menos amplia, no menos íntegra, como que consiste en la advertencia de que no logramos ser el que inexorablemente somos. Este estado es lo que llamamos infelicidad” (Ortega y Gasset[2]).



[1] Emil M. Cioran: “El ocaso del pensamiento” Barcelona, Tusquets, 2000, pág. 81

[2] Ortega y Gasset: “Goya”, O. C. Tº 7, p. 552.

lunes, 5 de julio de 2021

SI ALCANZÁRAMOS TODO LO QUE QUEREMOS, SERÍAMOS FELICES… PERO YA NO ESTARÍAMOS VIVOS, PORQUE VIVIR ES IR EN POS DE LO QUE AÚN NOS FALTA

 

"Peregrino"-Martín Pérez Irusta

   “En un mundo que tenga sentido fuera de sí mismo, en un mundo que tienda hacia algo, nos vemos obligados a ser hasta nuestros límites” (E. M. Cioran[1]).

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    “Lo más valioso en el hombre es su eterno y como divino descontento; descontento que es una especie de amor sin amado y un como dolor que sentimos en miembros que no tenemos. El hombre es el único ser que echa de menos lo que nunca ha tenido. Y el conjunto de lo que echamos de menos sin haberlo tenido nunca es lo que llamamos felicidad” (Ortega y Gasset[2]).

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   “Normalmente los animales son felices. Nuestro sino es opuesto. Los hombres andan siempre melancólicos, maniáticos y frenéticos, maltraídos por todos estos morbos que Hipócrates llamó divinos. Y la razón de ello está en que los quehaceres humanos son irrealizables. El destino —el privilegio y el honor— del hombre es no lograr nunca lo que se propone y ser pura pretensión, viviente utopía. Parte siempre hacia el fracaso, y antes de entrar en la pelea lleva ya herida la sien.” (Ortega y Gasset(3)).



[1] E. M. Cioran: “El ocaso del pensamiento”, Barcelona, Tusquets, 2000, pág. 103.

[2] Ortega y Gasset: “Una interpretación de la historia universal”, O. C. Tº 9, p. 190.

[3] Ortega y Gasset: “Miseria y esplendor de la traducción”, O. C. Tº 5, pp. 433-434.


sábado, 20 de junio de 2020

¿Es posible alcanzar la felicidad?

      Abderramán III (891-961) debería haber sido feliz. Tuvo todo el poder en la España musulmana del siglo X, a lo largo de 50 de los 70 años que vivió; 32 de ellos, como califa. Residía en Córdoba, una de las dos o tres ciudades más deslumbrantes de su tiempo, con más de medio millón de habitantes, 70 bibliotecas creadas por él mismo, y el foco desde el que se irradiaba la más alta civilización del mundo de aquel entonces. Para su solaz, además de para dirigir desde allí los destinos de al-Ándalus, construyó la ciudad palatina de Medina Azahara, un auténtico paraíso terrenal. No se privó de ningún placer. El éxito le acompañó tanto en sus empresas militares como en las personales, aunque entre aquéllas no lograra incluir la definitiva derrota de los reinos cristianos del Norte. Pese a todo, al final de sus días escribió lo siguiente en un curioso testamento espiritual: “He reinado más de cincuenta años, en victoria o paz. Amado por mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. Riquezas y honores, poder y placeres, aguardaron mi llamada para acudir de inmediato. No existe terrena bendición que me haya sido esquiva. En esta situación, he anotado diligentemente los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: SUMAN CATORCE. Hombre, no cifres tus anhelos en el mundo terreno”(1).
     “La felicidad –decía Ortega– es la coincidencia de nuestro yo con las circunstancias”(2). ¿Qué otras circunstancias pueden serle más favorables al yo que aquéllas que el primer califa de al-Ándalus disfrutó? Si aun así la felicidad no llega, ¿qué es lo que lo impide? ¿Es realmente posible alcanzar la felicidad? El mismo Ortega lo niega: “Es el hombre el único ser infeliz, constitutivamente infeliz. Mas, por lo mismo, está lleno todo él de ansia de felicidad. Todo lo que el hombre hace lo hace para ser feliz. Y como la Naturaleza no se lo permite, en vez de adaptarse a ella como los demás animales, se esfuerza milenio tras milenio en adaptar a él la Naturaleza, en crear con los materiales de ésta un mundo nuevo que coincida con él, que realice sus deseos”(3). Los hombres, pues, no estaríamos destinados a ser felices, sino sólo a pretenderlo. Nunca llegarán a coincidir del todo el yo y las circunstancias; como también dijo Sören Kierkegaard, “el individuo es algo inconmensurable con la realidad”(4). Heinrich von Kleist, escritor romántico, vino a decir lo mismo en una de las cartas que escribió a su hermana: “Soy un hombre inexpresable”(5), un hombre, pues, incapaz de encontrar en la realidad elementos con los que vestir su mundo interior. Leyó a Kant y eso le condujo a una grave crisis personal que le hizo expresarse así en otra carta a su hermana: “La idea de que no sabemos nada de la verdad, nada en absoluto, que aquello que aquí llamamos verdad, tras la muerte se llamará de otra manera, y que por tanto el afán de conseguir algo propio que nos siga también a la tumba es totalmente vano y estéril, esta idea me ha estremecido en el santuario de mi alma (…) Mi único y máximo objetivo ha caído y ya no tengo ninguno”(6). Esa crisis tuvo finalmente para Von Kleist efectos dramáticos: a los treinta y cuatro años se suicidó. Ya había explicado a su hermana en una carta más que “ser poca cosa sólo duele en el mundo, fuera de él no duele”(7).
 
     Algo buscamos en la vida que no acabamos de encontrar en el mundo. “El hombre es un sistema de deseos imposibles en este mundo”(8), vuelve Ortega a decir. Después de tantas andanzas y tantos esfuerzos, Don Quijote, a punto de aceptar las limitaciones que el mundo impone, al final de su periplo aventurero, confesaba a su escudero: “Yo hasta agora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos”(9). Nietzsche hacía general esa misma descorazonadora conclusión del hidalgo manchego: “No alcanzamos la esfera en que hemos situado nuestros valores, con lo cual (…) estamos cansados, porque hemos perdido el impulso principal. ‘¡Todo ha sido inútil hasta ahora!’ ”(10). La Biblia deja constancia, a través del infortunado Job, de esa búsqueda infructuosa que todos llevamos a cabo: “¿Dónde se encuentra la sabiduría? ¿Cuál es la sede de la inteligencia? El hombre ignora su precio, no la puede encontrar en este mundo. El abismo dice: ‘No está en mí’, y el mar: ‘No está conmigo’ ”(11). Y puesto que a eso que buscamos Job lo llamaba Dios, dice él también:
“Mas voy a oriente y no está allí,
a occidente, y no doy con Él.
Lo busco en el norte y no lo encuentro,
en el sur, y no alcanzo a verlo”(12)
     Don Quijote, al poco de abismarse en reflexiones de este tipo, regresó a la cordura, aceptó que aquello a lo que aspiramos es una quimera inalcanzable, se adaptó al mundo que efectivamente hay… a costa de empezar a deslizarse por el plano inclinado que sucesivamente le llevaría a la depresión y a la muerte. Ya advierte María Zambrano que “vivir es no poder reposar hasta la muerte”(13). Anticipar aquel reposo equivale a adelantar esta muerte. “Vivir, al menos humanamente, es transitar, estarse yendo hacia… siempre más allá”(14), concreta aún más Zambrano. No fue gratis que Don Quijote recobrara finalmente el juicio y la lucidez; como dice Cioran: “Toda lucidez es consecuencia de una pérdida”(15). O también: “La conciencia indica siempre una ausencia”(16). La misma María Zambrano, muy apreciada por Cioran, viene a rematar este encadenamiento de reflexiones: “Al hombre no le basta con vivir y cuando solamente vive, ni vive tan siquiera”(17).
     Parecería que con lo dicho sería suficiente para dar por concluidos los silogismos que hemos intentado construir a propósito de la felicidad. Podríamos terminar diciendo que la vida es ese flujo de aconteceres que vamos dejando atrás mientras perseguimos la inalcanzable felicidad; que, como pensaba Sartre, “el hombre es una pasión inútil”(18), y fin del razonamiento. Pero Nietzsche, sin necesariamente negar todo lo dicho, o sólo haciéndolo en apariencia, viene a prolongar nuestros cogitabundos desvelos al irrumpir afirmando: “Hace ya mucho tiempo que yo no aspiro a la felicidad, aspiro a mi obra”(19). Porque si resulta que no pretendíamos ser felices, hay que volver a empezar la reflexión en la que estamos metidos. Hegel, inopinadamente, porque no hay mucha sintonía previa, viene a ayudarnos a entender a Nietzsche, aunque eleva la perspectiva hasta implicar en su forma de mirar a los hombres como conjunto: “La historia no es el terreno para la felicidad. Las épocas de felicidad son en ella hojas vacías. En la historia universal hay, sin duda, también satisfacción; pero esta no es lo que se llama felicidad, pues es la satisfacción de aquellos fines que están sobre los intereses particulares. Los fines que tienen importancia, en la historia universal, tienen que ser fijados con energía, mediante la voluntad abstracta. Los individuos de importancia en la historia universal que han perseguido tales fines se han satisfecho, sin duda, pero no han querido ser felices”(20). La vida, pues, consistiría en el intento de llevar a cabo una tarea, una finalidad, y no sería un mero instrumento a través del cual perseguir la felicidad. Cumplir con tal tarea no garantiza alcanzar esa felicidad, sólo consiente que nos sintamos satisfechos; incluso pudiera ser que la búsqueda de esa satisfacción nos conduzca por caminos contrapuestos a los de la felicidad. Nietzsche es en esto taxativo: “¡Qué importa mi felicidad! –exclama– Es pobreza y suciedad y un lamentable bienestar”(21). Y Kierkegaard (éste sí que se sentiría extraño aquí, en compañía de Hegel) abunda: “No hay más que una vida desperdiciada, la del hombre que vivió toda su vida engañado por las alegrías o los cuidados de la vida”(22).
     En suma, que estamos obligados a aceptar, con María Zambrano, que “toda vida se vive en inquietud”(23), y si es así, la felicidad, que sería un estado de serenidad y contemplación, podría incluso llegar a distraernos. Así lo deducimos de esto que dice Ortega: “Lo que vale más en el hombre es su capacidad de insatisfacción. Si algo de divino posee es, precisamente, su divino descontento, especie de amor sin ser amado y un como dolor que sentimos en miembros que no tenemos”(24). Es lo que, adaptado a su estilo poético y a su carácter melancólico, decía también León Felipe:
“Sabemos que no hay tierra
ni estrellas prometidas.
Lo sabemos, Señor, lo sabemos
y seguimos, contigo, trabajando”(25)



[1] Extraído de Juan A. Vallejo-Nágera: “Locos egregios”, Ed. Planeta, 1998, p. 24.
[2] Ortega y Gasset: “Goya”-O. C. Tº 7, Madrid, Alianza, 1983, p. 553.
[3] Ortega y Gasset: “Sobre un Goethe bicentenario”, O. C. Tomo 9, Alianza, Madrid, 1983, pp. 583-584
[4] Sören Kierkegaard: “Temor y temblor. Diario de un seductor”, Madrid, Guadarrama, 1976, p. 73.
[5] Von Kleist citado por László F. Földényi en “Melancolía”, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2008, pág. 220.
[6] Von Kleist citado por László F. Földényi en “Melancolía”, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2008, pág. 220.
[7] Von Kleist citado por László F. Földényi en “Melancolía”, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2008, pág. 234.
[8] Ortega y Gasset: “Una interpretación de la historia universal”, O. C., Tº 9, p. 210
[9] Miguel de Cervantes: “Don Quijote de la Mancha”, Barcelona, Crítica, 1998, pág. 1.097.
[10] Friedrich Nietzsche: “La voluntad de poderío”, Madrid, Edaf, pp. 26-27
[11] Job, cap. 28, versículos 12 a 14
[12] Job, cap. 23, versículos 8 y 9
[13] María Zambrano: “Persona y democracia”, Madrid, Siruela, p. 149
[14] María Zambrano: “Persona y democracia”, Madrid, Siruela, p. 62
[15] E. M. Cioran: “El ocaso del pensamiento”, Barcelona, Tusquets, p. 104
[16] E. M. Cioran: “El ocaso del pensamiento”, Barcelona, Tusquets, p. 87
[17] María Zambrano: “Hacia un saber sobre el alma”, Madrid, Alianza, p. 136
[18] Sartre, J.-P.: “El ser y la nada: Ensayo de ontología fenomenológica”,
Buenos Aires, Losada, p. 708.
[19] Friedrich Nietzsche: “Así habló Zaratustra”, Madrid, Alianza, p. 321
[20] G. W. F. Hegel: “Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal”, Madrid, Alianza, 1982, p. 88.
[21] Friedrich Nietzsche: “Así habló Zaratustra”, Madrid, Aianza, p. 35
[22] Kierkegaard: “La enfermedad mortal (o De la desesperación y el pecado)”, Madrid, Guadarrama, 1969 pág. 70.
[23] María Zambrano: “Hacia un saber sobre el alma”, Madrid, Alianza, pág. 84.
[24] Ortega y Gasset: “La ‘Filosofía de la Historia’ de Hegel y la historiología”, O. C. Tº IV, Madrid, Alianza, 1983, p. 521.
[25] León Felipe: “Obras Completas”, Buenos Aires, Losada, pág. 83

lunes, 12 de junio de 2017

La dosis de pesimismo que hay que añadir a nuestra optimista visión del futuro

Resumen: El título de mi anterior artículo era algo tramposo: mientras lo redactaba ya iba tomando notas para hacer este otro. Los avances tecnológicos que se avecinan llegarán de la mano de la visión mecanicista del hombre y del universo. Esa manera de mirar ha sido muy fructífera para la ciencia, pero está asfixiando el alma del hombre.

     Todo el proceso de avance tecnológico que se viene produciendo desde los tiempos de la Revolución Científica, y los extraordinarios que están produciéndose ahora mismo y se producirán en el próximo tiempo futuro, se han sustentado sobre el paradigma científico y filosófico que, surgido sobre todo del mecanicismo de Descartes, ha llevado a entender que el universo, incluidos nosotros los hombres, se comporta como si fuera una gran máquina. En lo que se refiere a los humanos, esa forma de mirar supone que nos entendemos como meros seres reactivos, es decir, que no somos nada más que un conjunto de respuestas emitidas ante estímulos que nos vienen dados desde fuera, nada más que las consecuencias acumuladas a partir de unas causas que nos son ajenas. Otro destacado pensador, este de los tiempos de la Ilustración, Julien Offray de La Mettrie hizo famoso su libro más significativo y polémico, “El hombre máquina”, publicado en 1748,  en donde sostiene que son los procesos orgánicos los que producen los fenómenos psíquicos, que nuestra inteligencia depende solo, por tanto, de la constitución física del cerebro y que el hombre es lo que come. Su método de conocimiento no le permitía reconocer otra realidad más que aquella que sucesiva y no siempre firmemente le iban revelando los sentidos. Aunque en última instancia hay que considerar que el hombre, dice también La Mettrie, no ha sido hecho para conocer sino para ser dichoso. Estamos determinados a ser, según esto, lo que circunstancias que nos son exteriores deciden que seamos; nada de nosotros se debería a nosotros mismos. El caso es que los humanos habremos quedado disminuidos con esa restrictiva manera de entendernos, pero no cabe duda de que la ciencia ha podido recorrer un muy fructífero camino partiendo de esa consideración del universo como un gran engranaje mecánico.

     John Stuart Mill (1806-1873), que pertenecía a esa especie en peligro de extinción que son (somos) los liberales, aludió a los nefastos efectos que tiene esta fatalista visión del hombre como máquina (como conjunto de respuestas mecánicas emitidas ante estímulos que nos vienen dados) sobre nuestro estado de ánimo. Partía Stuart Mill en su argumentación de la constatación contraria a esa: “Sabemos que no estamos impelidos, como por un oráculo, a obedecer ningún motivo particular”, decía. Y también: “Las causas de las que depende una acción no son nunca incontrolables”. Desde ahí observaba lo que le ocurre a quien, en sentido contrario, se percibe a sí mismo como una máquina: “El fatalista cree, o medio cree (ya que nadie es un fatalista consistente), no solo que cualquier cosa que sea lo que ocurra será el resultado infalible de las causas que lo producen (…), sino más aún, cree que no vale la pena enfrentarse a ello; que ocurrirá a pesar de todo lo que podamos hacer para prevenirlo”; de una concreta causa se seguirá necesariamente, según esto, una prevista consecuencia. Y concluye que tales ideas o maneras de estar en el mundo conducen inevitablemente al estado de ánimo depresivo (él mismo sufrió una depresión, así que sabía de lo que hablaba). Y es que, para empezar, solo quien se siente capaz de cambiar sus actuales circunstancias realizará el esfuerzo necesario para conseguirlo; es lo que no ocurre con el fatalista, que considera que estamos determinados a reaccionar ante solo dos clases de motivaciones: buscar el placer y huir del dolor. Decía La Mettrie, precisamente, que el objetivo de la vida se encuentra en procurarse los placeres que otorgan los sentidos, y que la virtud puede reducirse a lo que es el amor propio. Tanto apreciaba, por ejemplo, los placeres de la mesa, que un día se excedió al parecer con un paté de águila preparado con trufas al modo de faisán, se indigestó gravemente y murió; era el 11 de noviembre de 1875. Cuando la muerte llega, la “farsa se acaba”, así que tomemos el placer mientras podamos, había dejado dicho.

      Pero ser moralmente libre no puede derivar meramente de la búsqueda del placer; ha de significar que uno, si bien condicionado por las circunstancias, decide sus propósitos y no los subordina al hecho de que en el camino hacia ellos encuentre placer o dolor. Así lo afirma Stuart Mill: “Se dice que tenemos un carácter bien establecido sólo cuando nuestros propósitos se han independizado de los sentimientos de dolor o placer desde los que surgieron originalmente”.

     El hombre-máquina, según lo dicho, va construyendo su vida como mera acumulación de experiencias reducibles al juego de acción-reacción frente a estímulos que provocan la aceptación de los que son placenteros y la evitación de los dolorosos. Pues bien, estamos ya acercándonos a un punto paroxístico, de exacerbación de las consecuencias de considerar que el hombre es asimilable en su funcionamiento al de una máquina. En un futuro cada vez más cercano, parece que el hombre, definitivamente, ya no necesitará tener propósitos, valdrá con que se limite a manifestar esas dos predisposiciones básicas, las que lo llevan a buscar el placer y a evitar del dolor; el sistema se encargará de todo lo demás.

     Así, por ejemplo, la poderosa nanomedicina, en línea con la interpretación dada por la medicina vigente hasta ahora, también basada en la concepción mecanicista del cuerpo y de la mente, seguirá entendiendo la enfermedad como algo que sufre un “paciente”: este, asimismo, se mantendrá sin tener nada que ver ni que hacer con su enfermedad. Solo tendrá que dejarse llevar. Y efectivamente, lo que el sistema le prescriba, de manera semejante a como ocurría con el soma en “El mundo feliz” de Aldous Huxley, le curará. Con el soma, se dice en este libro que habla de un mundo distópico muy parecido a este que va a venir, “uno puede tomarse unas vacaciones de la realidad siempre que se le antoje, y volver de las mismas sin siquiera un dolor de cabeza o una mitología (…) Un solo centímetro cúbico (de soma) cura diez sentimientos melancólicos”. También los robots nos sustituirán en breve a la hora de hacer las cosas que actualmente suponen un esfuerzo mecánico. Hasta los coches se conducirán por sí solos y Amazon tendrá previsto lo que, según los gustos que allí saben que tenemos, deberemos comprar. Solo tendremos que contraponer nuestra fisiológicamente condicionada búsqueda de placer y evitación del dolor, y de todo lo demás se encargará el sistema, que es el que mejor sabe lo que nos conviene.


     Todo lo cual no debe llevarnos a abogar, desde luego, contra los muy benéficos avances que nos procurarán las nuevas tecnologías, sino contra esta peligrosa derivada suya que se abre al considerar que no somos más que lo que nos dicta lo que es externo a nosotros. Porque cuando un hombre no tiene nada propio que hacer con su vida, cuando acepta ser lo que el mecanicismo (tan fructífero produciendo tecnología) había previsto que fuera, lo más inmediato que le ocurre es que, como sabía Stuart Mill, le sobreviene la depresión o alguno de sus equivalentes. La Organización Mundial de la Salud (OMS), la máxima institución sanitaria internacional, en un comunicado recientemente difundido, ya ha destacado que la depresión en el mundo creció más del 18 por ciento a nivel mundial entre 2005 y 2015. Y el fenómeno se extenderá aún más. Lo siguiente que acontecerá será que ese hombre-máquina buscará aturdirse de una u otra forma para sobrellevar una vida que, de puro desocupada, cuando menos, será aburrida (perfectamente compatible con el hecho de resultar placentera). En consecuencia, es previsible que en ese futuro que ya está llegando aumenten exponencialmente el alcoholismo, el uso de drogas y la búsqueda compulsiva de diversión y de consumos banales.

     Cuando uno no tiene propósitos, metas, proyecto de vida, y se convierte en un mecanismo que meramente reacciona, de forma respectivamente positiva o negativa, ante los estímulos placenteros o dolorosos, porque todo lo demás ya estará resuelto, no quiere ello decir que se ha llegado ya a un auténtico “mundo feliz”, sino que la vida, en tal tesitura, se convierte en un fértil manadero de angustias y desasosiegos. Y el caso es que vamos directos hacia un, en este sentido, infernal paraíso de tiempo libre en el que, efectivamente, (casi) todo estará resuelto. Helmholtz Watson, un inadaptado al “mundo feliz” de Huxley, un rebelde incluso, reflexionaba en la novela ante su amigo Bernard Marx: “¿No has tenido nunca la sensación de que dentro de ti había algo que solo esperaba que le dieras una oportunidad para salir al exterior? ¿Una especie de energía adicional que no empleas, como el agua que se desploma por una cascada en lugar de caer a través de las turbinas? (…) Me refiero a un sentimiento extraño que experimento de vez en cuando, el sentimiento de que tengo algo importante que decir y de que estoy capacitado para decirlo”. Ese es, precisamente, el sentimiento que corre el peligro de ser ahogado en el mundo feliz hacia el que vamos aceleradamente; Huxley, que publicó “Un mundo feliz" en 1932, previó que su distopía llegaría en un siglo. En el prólogo de su libro, Aldous Huxley mismo, desde dentro de la trama que construyó con su novela, veía la alternativa a todas las declinantes posibilidades que empujan hacia el "mundo feliz” en la cordura que representaría una comunidad de desterrados o refugiados del mismo que tendrían una filosofía de la vida en la que “prevalecería una especie de Alto Utilitarismo, en el cual el principio de Máxima Felicidad sería supeditado al principio del Fin Último”.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Sobre por qué vivir es desvivirse

     Al hombre no le gusta la realidad. Por eso se pasa la vida intentando cambiarla. Pero, aún más al fondo, el hombre no se gusta a sí mismo, y hace de la vida un persistente intento de escapar de sí. Dicho de otra forma: la vida es una función del deseo, es decir, de la aspiración a algo que no se tiene o que no se es. Vivimos porque deseamos, es decir, porque no existe un objeto definitivo para nuestro deseo que podamos alcanzar y que dé fin así a ese deseo. Si lo alcanzáramos seríamos felices, pero no podríamos entonces vivir para contarlo. El hombre, salvo lo que nos permitan disfrutar momentos coyunturales, es un ser constitutivamente infeliz.
     Coadyuvando a que nuestra desesperada búsqueda de la felicidad resulte infructuosa se alza, para empezar, la circunstancia física que nos rodea, que nos es en gran parte hostil. Otro inconveniente que asimismo se levanta frente a aquella pretensión lo constituyen las flaquezas de nuestra propia contextura, que nos llevan frecuentemente a la enfermedad y a sufrir fatiga o accidentes, y finalmente a la muerte. A menudo, por otra parte, nuestros congéneres se nos presentan como adversarios, incluso como focos de hostilidad; y hasta cuando son amistosos, frecuentemente nos decepcionan. En conjunto, nuestras inagotables e insaciables apetencias y necesidades aportan a nuestro perfil trazos que empujan en la dirección del desánimo y de que nos percibamos como reducidos a una lamentable condición de desvalimiento y menesterosidad… La vida humana no es, en lo fundamental, sino una lucha permanente contra las limitaciones y contra situaciones percibidas como contrapuestas a nuestras intenciones y deseos, con circunstanciales y precarios espacios de reconciliación entre quien se pretende ser y quien efectivamente se es.
     Que seamos constitutivamente infelices ha llevado al hombre muchas veces a entender la vida, en lo fundamental, como una sucesión de desgracias y frustraciones. Y para enfrentar ese infortunio que significa vivir ha llevado a la práctica, entre otras posibilidades, formas diversas de ascetismo, es decir, de rechazo del deseo y, en consecuencia, de la vida misma. Miles de millones de personas, por ejemplo, han seguido desde hace más de dos milenios y medio las enseñanzas de Buda Gautama, que partiendo, efectivamente, de la constatación de que la vida es dolor y de que el dolor se fundamenta en el deseo insaciable que nos constituye, propuso, consecuentemente, que la solución estribaba en la eliminación de todo deseo. El ideal budista, alcanzar el nirvana, consiste en llegar a no existir de forma alguna, en aspirar a la aniquilación total, en lograr, al final de las reencarnaciones, el suicidio pleno y definitivo. Confucio, contemporáneo de Buda, partía también de la idea de que la naturaleza del hombre es mala. Su discípulo Hsün Tzu lo dejó explícitamente afirmado: “La naturaleza del hombre es mala, su bondad es adquirida”. Alcanzar el bien, por tanto, presupone negarse a sí mismo: “El hombre prudente –dijo también– es el que obra en contra de su naturaleza e instinto”. De Oriente proceden asimismo las enseñanzas de Lao Tsé, que, también hace más de dos mil quinientos años, recomendaba en el Tao te King “no hacer nada”, y afirmaba que “en el no ser está la utilidad” y que “la causa de nuestra miseria es nuestra persona”.

     Por lo que al ámbito occidental se refiere, quedó sancionada la vida como un mal ya desde el comienzo de la Biblia, cuando allí se relata cómo Dios lanzó al recién creado Adán la siguiente admonición: “Por ti será maldita la tierra, con trabajo te alimentarás de ella todo el tiempo de tu vida, te dará espinas y abrojos, y comerás hierbas del campo. Con el sudor de tu rostro ganarás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella has sido formado; polvo eres y en polvo te convertirás”. Y más adelante se nos refiere el paradigmático sufrimiento de Job, el que le llevó a exclamar: “¿Por qué no quedé muerto desde el seno? ¿Por qué no expiré recién nacido? (...) Ahora dormiría tranquilo, y descansaría en paz”. La definición del hombre como naturaleza caída y propensa al mal atraviesa toda la enseñanza cristiana. No menos que la propia del estoicismo, que frente a esa naturaleza del hombre que le hace estar siempre deseando lo inalcanzable y, consiguientemente, convertir su vida en sufrimiento, propone la ataraxia, es decir, no tener ni desear nada. El autodominio, es decir, la anulación del deseo, es una propuesta estoica que impregnó también al cristianismo. El jesuita español del siglo XVII, Baltasar Gracián, lo ejemplificaba cuando decía: “Bástase a sí mismo el sabio”, o bien: “Él era todas sus cosas y llevándose a sí lo llevaba todo”. Ampliando sus posibilidades, el ascetismo ha logrado también sobreponerse al infortunio de vivir proyectando al hombre tras la esperanza de una vida feliz en el más allá, a lo cual nuestros místicos dieron cabal expresión poética: “Vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero / que muero porque no muero”.
     Todas estas derivaciones del ascetismo no son, a fin de cuentas, sino modos de prolongar o dar viabilidad a la constatación de que el hombre aspira a negarse a sí mismo, y resulta llamativo comprobar que está abocado a ello, porque en eso consiste la vida. Han surgido, sin embargo, alternativas al ascetismo, las hedonistas, que han pretendido hacer que, por el contrario, la vida consista en la búsqueda del placer y en la huida ante el dolor. Para ello, los hedonistas han tenido que amputar la dimensión del deseo hasta restringirlo a los límites que lo permitan satisfacer sin salirse de lo inmediato. Pero la naturaleza humana no puede encontrar acomodo en ese reducido continente, así que el hombre que solo busca el placer, el que, por tanto, renuncia al deseo de lo inalcanzable, ha de dejar primero de ser hombre. Y eso trata de conseguirlo también a través de otras formas podríamos decir que perversas de negación de sí mismo: el olvido que procuran las drogas o los diferentes modos de matar el tiempo (que es la sustancia de la que está hecha la vida).
     Y es que, a fin de cuentas, no hay manera de eludir la condena que significa vivir, es decir, y en última instancia, huir de uno mismo, ir detrás de lo que no somos o no tenemos: deseamos, en efecto, ser más estimados y amados, queremos ascender en la jerarquía social, ambicionamos más poder, más riqueza, más tiempo libre, más conocimientos… Esa condena iba implícita en la tentación que dejó grabada en nuestra alma la serpiente bíblica cuando, enroscada al árbol del fruto prohibido, nos anunció: “Seréis como dioses”. Desde entonces, aspirando a ver realizada tal promesa (que, para empezar, provocó nuestra expulsión del paraíso), vivimos disconformes con nuestra naturaleza humana. Dicho más escuetamente: simplemente vivimos. Solo vivimos mientras nos negamos a nosotros mismos. Vivir es desvivirse.
     Así que lo que procede es buscar modos menos auto y heterodestructivos de negarse a sí mismos, de alterarse, que los que procuran el inútil ascetismo que echa a perder la vida en los desiertos o el simple hedonismo que la disuelve en meros instantes. Desde la perspectiva que aún nos queda por explorar, la vida pasa a ser entendida como una entrega. Salimos, pues, de nosotros mismos, pero no para simplemente autoanularnos o para evadirnos, sino para encontrar nuestra razón de ser en algo externo sobre lo que lleguemos a proyectarnos. Quien tiene hijos entiende fácilmente lo que aquí se trata de decir. Pero vale también la entrega a una tarea que permita trascender de sí, o diversas formas de altruismo que de una u otra manera permitan dejarse a sí mismo atrás y pasar a reconocerse en algo que esté fuera de uno: la patria, la humanidad, los más necesitados…
     Aunque fueran palabras más proclives, probablemente, al ascetismo, a la estricta negación de uno mismo, valdría tomar aquí en consideración aquellas que pronunció Jesucristo y que son citadas en el Evangelio de San Marcos: “Quien quiera salvar su vida, la perderá”. Porque solo es posible vivir desviviéndose.

domingo, 5 de octubre de 2014

O vivir o ser feliz, pero todo a la vez no puede ser... ¿no puede ser?

     Aristóteles, quizás el hombre más sabio que haya habido nunca, decía que el mejor modo de vida es la vida contemplativa, y que los filósofos eran los más felices de los hombres. Si Aristóteles lo dice, primero hay que prestar atención, porque no era ningún mindundi, y yo hacía referencia a ello, precisamente, en mi anterior entrada. Pero segundo, cosa que no hice entonces, hay que poner entre interrogaciones sus palabras, porque algo parece que no cuadra. Si la filosofía está hecha para dar respuestas a los problemas de la vida, de la vida real, de la vida en el mundo, ¿cómo es eso de que lo mejor es la vida contemplativa, es decir, retirada del “mundanal ruido”, que decía Fray Luis de León? Y respecto de eso otro de que los filósofos son los tíos más felices del mundo… ¿De verdad que dan ese perfil? Una persona que en vez de despreocuparse y tratar de alejarse de los problemas y de las zonas de la vida que producen más angustia, resuelve, por el contrario, hacer suyos los problemas de su mundo y trata de dar razón de la angustia que asoma por tantos recovecos, en vez de huir de ella, ¿puede ser el prototipo del hombre feliz?

     Un siglo antes de Aristóteles, otro griego ilustre tenía una opinión muy diferente a la suya; hablamos de Sófocles, el gran escritor de tragedias griego, que decía: “La vida sólo es agradable en la inconsciencia”. En este mismo sentido, Ortega y Gasset recuerda la definición que Prosper Merimée daba de la felicidad y que concuerda con la de Sófocles: “La felicidad es como una gana de dormir”, decía. Pero por esa vía, la de la inconsciencia, la de la desconexión del mundo a la que llevan la vida contemplativa y el sueño, uno se va acercando a la constatación de que la expresión “vida feliz” es un oxímoron, una contradicción en los términos, porque, a medida que ese uno se va acercando a la felicidad por la vía de la inconsciencia y del sueño, se va alejando de la vida. Parecería, pues, que la felicidad, lo que más ansiamos, con quien mejor se lleva no es con la vida, sino con la retirada de la vida. Una verdad esta a la que León Felipe demostraba haber accedido cuando, de manera descarnada, escribió estos versos… o también podríamos decir esta oración:

“Señor del Génesis y el Viento...
vuélveme al silencio y a la sombra,
al sueño sin retorno y a la Nada infinita...
No me despiertes más”

     Partiendo de parámetros similares, Séneca decía: “Lo primero (…) a que se ha de quitar estimación es a la vida, contándola entre las demás cosas serviles”; y, llegado el momento, consolaba de esta manera a Marcia por la muerte de su hijo: “Si, pues, la felicidad más grande es no nacer, considera como la segunda ser libertado pronto de la vida, para entrar en la plenitud del ser”.

     Así que la vida no parece llevarse bien con la felicidad. Ni la vida individual ni la historia, que es el marco supraindividual en el que se desarrolla aquella. Y por eso Hegel decía: “La historia no es el terreno para la felicidad. Las épocas de felicidad son en ella hojas vacías. En la historia universal hay, sin duda, también satisfacción; pero esta no es lo que se llama felicidad, pues es la satisfacción de aquellos fines que están sobre los intereses particulares. Los fines que tienen importancia, en la historia universal, tienen que ser fijados con energía, mediante la voluntad abstracta. Los individuos de importancia en la historia universal que han perseguido tales fines se han satisfecho, sin duda, pero no han querido ser felices”. En suma, para Hegel, hemos venido a la vida no tanto para ser felices, como para perseguir los fines apropiados, o podríamos decir también: hemos venido a la vida para encontrarle un sentido. Y eso no conduce a la felicidad, sino, todo lo más, a la satisfacción personal, a la reconfortante sensación de haber hecho lo que es debido. Ortega y Gasset decía: “La vida humana es precisamente la lucha, el esfuerzo, siempre más o menos fallido, de ser sí mismo”. Esa lucha, ese esfuerzo de aproximarnos a lo que hemos de ser, a lo que estamos moralmente obligados a ser, no conduce, por tanto, a la felicidad, es decir, a la inconsciencia de la que hablaba Sófocles o a la gana de dormir que decía Merimée. Lo que hemos de ser, lo que esencialmente somos, es un reclamo que nos lleva precisamente a lo contrario de eso: al esfuerzo, a la lucha contra los obstáculos que se oponen a esa pretensión. Esto mismo le permitía concluir a Ortega que: “La esencia del hombre es (...) el descontento (...), que es un dolor que sentimos en miembros que no tenemos”. De manera complementaria, Nietzsche afirmaba que “con la comodidad no se aviene más que la virtud modesta”; y aún más categórico se mostraba cuando decía o exclamaba: “¡Qué importa mi felicidad! Es pobreza y suciedad y un lamentable bienestar”. Y concluía: “Hace ya mucho tiempo que yo no aspiro a la felicidad, aspiro a mi obra”.

     Si la felicidad es la inconsciencia, el hombre cabal no aspira, por tanto, a la felicidad, sino que a lo que realmente aspira es a lo contrario, a la conciencia, es decir, a poner claridad y comprensión en su vida. Unamuno era taxativo avisando de lo que esto significaba: “El dolor –decía– es el camino de la conciencia y es por él como los seres vivos llegan a tener conciencia de sí”. Y decía también Unamuno: “Sólo apurando las heces del dolor espiritual puede llegarse a gustar la miel del poso de la copa de la vida”. Así que concluía con crudeza que “no hay que darse opio, sino poner vinagre y sal en la herida del alma, porque cuando te duermas y no sientas ya el dolor, es que no eres”. Y concluía: “Es mejor vivir en dolor que no dejar de ser en paz”. Cioran, por su parte, citaba a Dostoievski, que afirmaba por boca de uno de sus personajes: “El sufrimiento es la única causa de la conciencia”. Y Nietzsche advertía: “Vosotros hombres superiores, ¿creéis acaso (…) que quiero prepararos para lo sucesivo un lecho más cómodo a vosotros los que sufrís? (…) ¡No! ¡No! ¡Tres veces no! (…) Vosotros debéis tener una vida siempre peor y más dura”. Coincidía en esto con el mismísimo Cristo, quién lo iba a decir, o al menos, con la interpretación que de él hacía Kierkegaard, que decía: “Cristo no se hace desdichado a sí mismo en el sentido humano para hacer dichosos a los suyos. ¡No! Se hace a sí mismo y hace a los demás lo más desdichados que, humanamente hablando, es posible… Solamente se sacrifica para que aquellos a quienes ama lleguen a ser tan desdichados como él mismo”. Y León Felipe, paradójico él, revelaba que no era al sueño, como parecía en los versos arriba citados, aquello a lo que realmente aspiraba, sino que prefería este dolor unamuniano. Estos son los versos de su otra oración:

“Yo te veo, Señor, con un hierro encendido,
quemándome la carne hasta los huesos...
Sigue, Señor,
que de ese hierro
han salido
mis alas y mi verso”

E insistía en esa manera unamuniana y kierkegaardiana de valorar el dolor en estos otros versos:

“Cristo
Viniste a glorificar las lágrimas...
no a enjugarlas...
Viniste a abrir las heridas...
no a cerrarlas.
Viniste a encender las hogueras...
no a apagarlas
Viniste a decir:
¡Que corran el llanto,
la sangre
y el fuego...
como el agua!”

     Incluso Don Quijote parece que accedió a esta verdad unamuniana, por cuanto en la plenitud de su vida aventurera le decía a su escudero: “Déjame morir a mí a manos de mis pensamientos y a fuerza de mis desgracias. Yo, Sancho, nací para vivir muriendo”. De esta otra clase de vida no precisamente feliz, el “vivir muriendo” de Don Quijote, decía Ortega: “Lo que a los hombres no nos incita a morir no nos excita a vivir”. El mismo Jesucristo había dejado dicho que “el que quiera salvar su vida, la perderá”. Ortega vendría a redondear esta idea tan quijotesca de la que hablamos cuando dice: “Ser hombre significa, precisamente, estar siempre a punto de no serlo, ser viviente problema, absoluta, azarosa aventura o, como yo suelo decir, ser, por esencia, drama”.



     Así pues, nos encontramos ante un trascendental dilema: o vida o felicidad; cuanta más vida, menos felicidad, y viceversa. Y no todos se han inclinado a favor de la vida. Por ejemplo, Buda, del cual decía Ortega: “¿Qué es la vida para Buda? La vida es sed, es ansia, afán, deseo. No es lograr, porque lo logrado se convierte automáticamente en punto de arranque para un nuevo deseo. Mirada así la existencia, torrente de sed insaciable, aparece como un puro mal y tiene sólo un valor absolutamente negativo. La única actitud razonable ante ella es negarla. Si Buda no hubiese creído en la doctrina tradicional de las reencarnaciones –sigue diciendo Ortega–, su único dogma hubiese sido el suicidio (...) ¿Cómo salvarse de la vida, cómo burlar la cadena sin fin de los renacimientos? Esto es lo único que debe preocupar (al budista), lo único que en la vida puede tener valor: la huida, la fuga de la existencia, la aniquilación”. Así que el mismo Ortega concluye: “El sumo bien, el valor supremo que Oriente opone al sumo mal de vivir, es precisamente el no vivir, el puro no ser del sujeto”.

     No solo desde Oriente llegaba la recomendación de esta vía hacia la felicidad que pasa por la renuncia. También Séneca abundaba en esa manera de ver las cosas con reflexiones como esta: “¿Basta la virtud para vivir feliz? Siendo perfecta y divina, ¿por qué no ha de bastar? Incluso es más que suficiente. ¿Pues qué puede faltar al que está exento de todo deseo? ¿Qué necesita del exterior el que ha recogido todas sus cosas en sí mismo?”. El caso es que que si tratamos de suprimir en nosotros, como querían Buda o Séneca, el ansia, el deseo, la sed insaciable, ha de ser a costa de, en esa misma proporción, apagar la vida, que es una función de aquellas pasiones irresolubles. Antonio Machado venía a decir eso mismo en estos versos sublimes:

“En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día,
ya no siento el corazón
... ...
 
Aguda espina dorada
quién te pudiera sentir
en el corazón clavada”
 
     Cioran también lo decía según su propio estilo: “Nos empeñamos en abolir la realidad por miedo a sufrir. Coronados nuestros esfuerzos, es la propia abolición la que se revela como fuente de sufrimiento”.

     Bien, hasta aquí he ido construyendo una argumentación en la que parece que concluyo que la felicidad es, paradójicamente, algo así como una desgracia o un estorbo, algo, en fin, que está contraindicado para la buena marcha de la vida. Es en momentos así cuando mi alter ego me avisa de que toca sacar a relucir el argumento contrario, o al menos complementario, puesto que, como decía mi admirado Carl Gustav Jung, “la experiencia, por poco vasta que sea, demuestra que las cosas tienen, por lo menos, dos caras, y a menudo más”. Y mi no menos admirado Unamuno lo confirmaba cuando decía que “la vida (...) es contradicción”.

     Decíamos, pues, que algo se había quedado como incompleto en nuestro razonamiento, algo no cuadraba en eso de que la felicidad viene a ser como un inconveniente para la vida. Bueno, no es de extrañar: la filosofía está hecha de pensamientos que no acaban de cuadrar con la realidad; por eso los filósofos van elaborando sus filosofías contradiciendo lo que habían dicho sus predecesores, no porque estos no tuvieran razón, sino porque no tenían la suficiente. La realidad es paradójica, contradictoria, y el pensamiento es lógico, no admite la contradicción, así que entre la realidad y la filosofía hay amor, pero es un amor imposible.

     Ayer mismo, mientras comía en familia, y después de recitar de manera desenfadada un par de poemas, mi hija me preguntaba intrigada que por qué me aprendía de memoria los poemas. Le contesté que por necesidad de mantener el ritmo. El ritmo, le dije también (no sé si regando ya fuera del tiesto, considerando que era una conversación improvisada y sin más pretensiones) es el poso que va dejando el universo en su búsqueda de lo reconocible, en su intento de apaciguarse a base de encontrar aquello que merece la pena repetir, en vez de dispersarse en el caos de lo múltiple, informe, irregular, imprevisible y cacofónico. Todo en el universo tiene ritmo: la respiración, el corazón, las mareas, las fases de la luna, el regreso del sol cada mañana… la poesía. Nosotros mismos nos pasamos la vida buscándole el ritmo, aquello sobre lo que quisiéramos insistir, reiterarnos, apaciguarnos. Perseguimos lo que entendemos que vale la pena repetir, volver sobre ello una y otra vez. Spinoza decía: “Cada cosa, en cuanto es en sí, se esfuerza por perseverar en su ser (...) el esfuerzo con que cada cosa trata de perseverar en su ser no es sino la esencia actual de la cosa misma”. Así podemos entender que, como decía Ortega, “una de las cosas más gratas de la vida (es) una habitualidad”. Y Kierkegaard, que en la primera parte de este artículo tan partidario se mostraba del sufrimiento, viene ahora y dice: “He aquí la repetición. Ahora comprendo todas las cosas y la vida me parece más bella que nunca”. Incluso Nietzsche, el mismo que aspiraba a hacer de la vida un incansable estar siempre yendo más allá de donde se ha llegado, exclamaba: “Oh, cómo no iba yo a anhelar la eternidad y el nupcial anillo de los anillos, ¡el anillo del retorno!”.

     ¿Y qué es la felicidad sino sentir que hemos llegado a donde queríamos y eternamente repetir esa sensación? Ortega parecía tener una idea contrapuesta de la felicidad, puesto que decía: “Las cosas (...) no como poseídas u obtenidas contribuyen a hacernos felices, sino como motivos de nuestra actividad”. Pero esta idea de la felicidad vendría a coincidir con la del descontento de la que él mismo hablaba, con el “vivir muriendo” de Don Quijote, con la vida esforzada y sufriente a la que se refería Unamuno. Un concepto este de “felicidad”, pues, al que le salen muchas goteras, y que haríamos mejor en llamarlo “satisfacción interior”. Así que habríamos de ir en busca del complemento paradójico de esta idea de la felicidad que se nos queda estrecha, y extenderla hacia eso otro que es la necesidad de ritmo, de repetición, de apaciguamiento de nuestras inquietudes. Séneca, esta vez, vendría en nuestra ayuda, puesto que decía: “Es feliz el que está contento con las circunstancias presentes, sean las que quieran, y es amigo de lo que tiene”. Y entre los buenos consejos que el mismo Séneca dedicaba a Lucilio (no se sabe quién era Lucilio), estaba este nada desdeñable: “Por lo que me escribes, y por lo que siento, concibo buenas esperanzas, ya que no andas vagando y no te afanas en cambiar de lugar. Estas mutaciones son de alma enferma; yo creo que una de las primeras manifestaciones con que un alma bien ordenada revela serlo es su capacidad de poder fijarse en un lugar y de morar consigo misma (…) Quien está en todo lugar no está en parte alguna”. Aristóteles decía, precisamente, que cada cual tenemos nuestro topos, nuestro lugar, y en estos tiempos de tanta movilidad social y de tanto ansiolítico, quizás no fuera mala idea intentar descubrirlo. Porque, de nuevo Ortega nos confirma en que “un ansia infinita de permanencia trasciende de lo más adentrado de nosotros”, y en que el hecho de que nos hayamos “creado algo estable, eso es el verdadero sentido del mundo”.

     En suma: el ritmo, la repetición, tratar a las cosas que queremos como si fueran a ser eternas y volver sobre ellas una y otra vez, más allá de que sea una ilusión que añadimos al ser de esas cosas, contribuyen a habilitar un rinconcito en la vida en el que, aunque sea a ratos y siempre provisionalmente, sentir que es posible la felicidad.