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viernes, 18 de agosto de 2023

NO ATENDER AL PRINCIPIO DE REALIDAD ES CAMINAR HACIA EL ABISMO

 

Ortega partía del hecho de que la filosofía idealista que ha impregnado toda la Edad Moderna ha considerado que la realidad no tiene consistencia propia, que es una derivada del pensamiento. Eso fue la base de todos los utopismos que han recorrido la historia de Occidente, incluido el punto de partida principal de esos utopismos: la Revolución Francesa (no la Ilustración, que es otra cosa). Así acabaron surgiendo, sobre todo, las utopías racistas de los nazis y las igualitaristas de los comunistas, que la historia ha demostrado cómo son capaces de discurrir hacia el abismo. Hoy la filosofía idealista está transitando por el cauce de otra utopía: la de que la naturaleza humana es también un subproducto de la mente, y que cada cual puede decidir qué naturaleza tener. Otra manera de discurrir hacia el abismo. Frente a eso, cuando Ortega decía "¡Salvémonos en las cosas!" estaba haciendo referencia al respeto debido al principio de realidad.

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“La suplantación de lo real por lo abstractamente deseable es un síntoma de puerilidad. No basta que algo sea deseable para que sea realizable, y, lo que es aún más importante, no basta que una cosa se nos antoje deseable para que lo sea en verdad” (Ortega y Gasset[1]).

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“Europa (léase hoy “Occidente”) necesita curarse de su ‘Idealismo’ –única manera de superar también todo materialismo, positivismo, utopismo. Las ideas están siempre demasiado cerca de nuestro capricho, son dóciles a él –son siempre revocables” (Ortega y Gasset[2]).



[1] Ortega y Gasset: “España invertebrada”, O. C. Tº 3, p. 100.

[2] Ortega y Gasset: “España invertebrada”, O. C. Tº 3, p. 101.

sábado, 29 de octubre de 2022

LA NECESARIA SÍNTESIS ENTRE EL MUNDO INTERIOR Y EL EXTERIOR

 

La atención a la vida interior, el descubrimiento de una realidad personal e independiente de la realidad colectiva, es la gran aportación del cristianismo. Tanto la virtud como el pecado dejaban de ser referidos al mundo exterior y pasaban a residir dentro de uno mismo. Y así, Jesús afirmaba del pecado, por ejemplo: “Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira con malos deseos a una mujer ya ha cometido adulterio con ella en su corazón”[1]. También la virtud acontecía de puertas adentro: “No hagáis el bien para que os vean los hombres (…) Tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará”[2].

Pero ese descubrimiento de la vida interior discurrió hacia un punto de exacerbación que condujo al desentendimiento de la vida mundana. Y así, mientras el emperador Marco Aurelio (121-180), ateniéndose a los dictados del estoicismo, recomendaba “no referir la acción a ninguna otra cosa excepto al fin común”[3], San Pablo decía: “Nos hemos emancipado de la ley, somos como muertos respecto a la ley que nos tenía prisioneros, y podemos ya servir a Dios según la nueva vida del Espíritu y no según la vieja letra de la ley”[4]. Casi era de esperar que Marco Aurelio persiguiera a los cristianos, porque se habían convertido en un peligro para la supervivencia del Imperio. Correlativamente, en el cristianismo se sentaron la bases del utopismo: además de aquello de que “Mi reino no es de este mundo”[5], Jesús dijo también: “Os aseguro que si tuvierais una fe del tamaño de un grano de mostaza, diríais a este monte: ‘Trasládate allá’ y se trasladaría; nada os sería imposible”[6]. Y también: “Todo lo que pidáis con fe en la oración lo obtendréis”[7]. Y culminó ese peligroso utopismo cuando afirmó: “No os inquietéis diciendo: ‘¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué nos vestiremos?’ Esas son las cosas por las que se preocupan los paganos (…) Buscad ante todo el reino de Dios y lo que es propio de él, y Dios os dará lo demás”[8]; y es que, finalmente, “el espíritu es quien da la vida; la carne no sirve para nada”[9].

Occidente tuvo que hacer una síntesis entre el mundo interior resaltado por los cristianos y el mundo exterior atendido por los romanos, especialmente de la mano de los estoicos.



[1] Mateo, cap. 5, vers. 27 y 28.

[2] Mateo, Cap. 6, vers. 1, 3 y 4.

[3] Marco Aurelio: “Meditaciones”, Madrid, Alianza Editorial, 1985, Lº XII, & 20, pág. 153.

[4] San Pablo: Carta a los Romanos, cap. 7, vers. 6.

[5] Juan, cap. 18, vers. 36.

[6] Mateo, cap. 17, vers. 20.

[7] Mateo, cap. 21, vers. 22.

[8] Mateo, Cap. 6, vers. 31, 32 y 33.

[9] Juan, cap. 6, vers. 63.


sábado, 3 de abril de 2021

EL ODIO: UNA PASIÓN MODERNA


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     “Los comunistas consideran indigno ocultar sus puntos de vista e intenciones. Declaran abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados mediante la subversión violenta de todo orden social preexistente” (Karl Marx y Federico Engels: párrafo final del “Manifiesto Comunista”1-A)

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     “La muerte de un enemigo de clase es el más alto acto de humanidad posible en una sociedad dividida en clases” (Lenin[1]).

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     “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal. Hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve: a su casa, a sus lugares de diversión; hacerla total. Hay que impedirle tener un minuto de tranquilidad” (Ernesto Ché Guevara[2]).

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      “Todo el evangelio de Karl Marx puede resumirse en una sola frase: Odia al hombre que está mejor que tú. Nunca, bajo ninguna circunstancia, admitas que su éxito puede deberse a sus propios esfuerzos, a la contribución productiva que ha hecho a toda la comunidad. Atribuye siempre su éxito a la explotación, a los engaños, a los robos más o menos abiertos de los demás. Nunca, bajo ninguna circunstancia, admitas que tu propio fracaso puede deberse a tu propia debilidad, o que el fracaso de otra persona puede deberse a sus propios defectos: su pereza, incompetencia, imprevisión o estupidez. Nunca creas en la honestidad o desinterés de alguien que no esté de acuerdo contigo.

     Este odio básico es el corazón del marxismo. Esta es su fuerza animadora.” (Henry Hazlitt (1894-1993), filósofo, economista y periodista estadounidense[3])

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      “Acaso la gente busque una alteridad radical, y la mejor forma de lograrla sea el odio, forma desesperada de producción de lo otro (…) La identidad hoy se encuentra en el rechazo” (Jean Baudrillard[4]).

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     “La inconexión es el aniquilamiento. El odio que fabrica inconexión, que aísla y desliga, atomiza el orbe y pulveriza la individualidad” (Ortega y Gasset[5]).

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     “Nos limitamos los unos a los otros; nos distinguimos, nos diferenciamos, y, como advierte Stendhal, diferencia engendra odio; somos progenie del odio y de la enemistad. Homines ex natura hostes (Los hombres son enemigos por naturaleza). De aquí que la labor filosófica por excelencia sea buscar tras esas crueles diferencias y limitaciones una sustancia colectiva, homogénea e idéntica. El magno deber del sabio, historiador o moralista, es intentar la reconstrucción de la unidad fundamental, es ir adobando, tras de la variedad de los hombres, la unidad humana” (Ortega y Gasset[6]).

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0-PORTADA: Ignacio Echevarría: “El odio, una pasión moderna”, en la obra colectiva “El odio”, Barcelona, Tusquets, 2002, p. 85.

(1-A)-Karl Marx, Federico Engels: "El Manifiesto Comunista", Madrid, Aliaza, 2011.

[1] Citado por Carlos Alberto Montaner: https://bit.ly/31MLL89

[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Guerrilla_de_%C3%91ancahuaz%C3%BA

[3] MISES INSTITUTE: https://bit.ly/31HllVb

[4] Jean Baudrillard citado por Ignacio Echevarría en “El odio: una pasión moderna”, de la obra colectiva “El odio”, Barcelona, Tusquets, 2002, p. 96.

[5] Ortega y Gasset: “Meditaciones del Quijote”, O. C. Tº 1, p. 313.

[6] Ortega y Gasset: “Personas, obras cosas”, O. C. Tº 1, p. 455.

domingo, 31 de mayo de 2020

Ventajas y desventajas de la vida fácil

     La sociedad humana en su conjunto ha elevado en los últimos tiempos su nivel histórico. En ellos ha acontecido un ascenso fabuloso en cuanto a posibilidades y mejora de la calidad de vida del hombre medio. El mundo ha crecido, y con él, la vida. Para empezar, porque el ámbito en que esta se desenvuelve se ha globalizado, ha pasado a ser ya todo el planeta y el horizonte de las vidas particulares se ha ampliado así enormemente. “Un ejemplo trivial: en 1820 no habría en París diez cuartos de baño en casas particulares (…) Pero más aún: las masas conocen y emplean hoy, con relativa suficiencia, muchas de las técnicas que antes manejaban sólo individuos especializados. Y no sólo las técnicas materiales, sino lo que es más importante, las técnicas jurídicas y sociales. En el siglo XVIII, ciertas minorías descubrieron que todo individuo humano, por el mero hecho de nacer, y sin necesidad de cualificación especial alguna, poseía ciertos derechos políticos fundamentales, los llamados derechos del hombre y del ciudadano”(1). Se ha ensanchado enormemente, en fin, la conciencia de lo que nos es posible: los objetos que podemos comprar superan ampliamente el número de los que seríamos capaces de imaginar; la información que quisiéramos tener es abrumadoramente sobrepasada por la que efectivamente está a nuestro alcance; el cine, la televisión, internet y los medios de comunicación en general ponen ante los ojos y el conocimiento del hombre medio los lugares y aspectos más remotos de nuestro planeta; el elenco de los placeres y diversiones que están disponibles sobrepasan en número al de aquellos que nos da tiempo a disfrutar; el límite al que llegan los esfuerzos físicos y deportivos es cada vez más amplio, mostrando cómo el organismo humano posee capacidades superiores a las que nunca había tenido; la ciencia y la técnica han ampliado hasta lo inverosímil su horizonte de conocimientos y realizaciones prácticas
     Este acceso generalizado a bienes, derechos y posibilidades no llegó a perturbar, en el nivel que se había adquirido a lo largo de todo el siglo XIX, la aceptación por parte de las mayorías de su papel subordinado. La equiparación en el acceso de esas mayorías a todas esas posibilidades que iban aumentando no cambió por entonces la psicología del hombre medio en lo que se refiere a la aceptación de sus insuficiencias. Pero esa psicología fue cambiando, y poco después de comenzar el siglo XX ese cambio se ha traducido en una extemporánea sensación de señorío y dignidad que lleva a negar toda servidumbre o docilidad y a pretender imponer la propia voluntad de una forma desmedida. Se ha perdido la referencia de la dificultad en el acceso a lo deseado, hasta el punto de que se ha llegado a pensar que todas esas facilidades que nos ofrece el mundo hoy están ahí como puestas por la naturaleza. Y de forma correlativa es como se ha exacerbado, igual que ocurre con el niño mimado, la sensación de que la voluntad lo puede todo, de que la realidad está al servicio de nuestros deseos, es, aquí y ahora, lo que nosotros decidamos que sea. Ha irrumpido en la historia, en fin, el hombre-masa.
 
     Así pues, “todo el bien, todo el mal del presente y del inmediato porvenir tienen en este ascenso general del nivel histórico su causa y su raíz”(2). Si la calidad de las cosas está relacionada con la dificultad mayor que supone el acceso a las mejores, al desdeñar la dificultad, quedan todas ellas equiparadas en su nivel más bajo. Y el mal que se ha incrustado en nuestras sociedades consiste en la exacerbación de esa tendencia a convertir en igual todo lo que es desigual. Incluidas las jerarquías entre los hombres. Y es que “la sociedad humana es aristocrática siempre, quiera o no, por su esencia misma, hasta el punto de que es sociedad en la medida en que sea aristocrática, y deja de serlo en la medida en que se desaristocratice”(3).
     Hay dos grandes clases de criaturas: “Las que se exigen mucho y acumulan sobre si mismas dificultades y deberes y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas”(4). Son estas últimas las que hoy marcan la pauta en el contexto cultural establecido. Y lo hacen retrotrayendo a su nivel, en aras de la igualdad, a aquellas que están encargadas de ser la aristocracia moral de la sociedad. Es lo que Ortega llamó “la rebelión de las masas”, según la cual, estas, con gesto de suficiencia propio de niños mimados, creen que los derechos no tienen la contrapartida de las correspondientes obligaciones, ni que los deseos tengan el tope infranqueable que impone la realidad.

[1] Ortega y Gasset: “La rebelión de las masas”, O. C. Tº 4, p. 152.
[2] Ortega y Gasset: “La rebelión de las masas”, O. C. Tº 4, p. 153.
[3] Ortega y Gasset: “La rebelión de las masas”, O. C. Tº 4, p. 150.
[4] Ortega y Gasset: “La rebelión de las masas”, O. C. Tº 4, p. 146.

lunes, 21 de mayo de 2018

Por qué el hombre es un ser esencialmente inadaptado e inadaptable

     Nuestro reino, el reino de los seres humanos, no es de este mundo. Es esto, precisamente, lo que le hizo decir a Ortega que “el hombre representa, frente a todo darwinismo, el triunfo de un animal inadaptado e inadaptable”. Pero este mundo, la realidad, es lo que hay, e ineludiblemente es en ella donde hemos de hacer nuestra vida. Como residuo último de lo que éramos antes de venir a parar al mundo quedaron dos formas de rebeldía irreductible, que conforman los extremos de un continuo: el que va desde la psicosis esquizofrénica a la psicosis maniaco-depresiva (las dos formas fundamentales de enfermedad mental grave). El esquizofrénico no acepta entrar en el mundo, prefiere, todo lo más, construirse una realidad delirada y alucinada, confeccionada a la medida de sus predisposiciones más íntimas. El maníaco se sale del mundo por el otro extremo: no lo acepta porque le resulta insuficiente, pasa por él como un torbellino, rompiendo todos los moldes que el mundo tiene preparados para ubicar en ellos la normalidad; la fuerza de su pasión le empuja siempre más allá de todo lo que ha conseguido asentarse en una forma, en algo delimitado, demoliendo a menudo lo que le va saliendo al paso. Cuando la realidad acabe por imponerse, le espera al maníaco no la adaptación, sino la rendición exánime ante ella que significarán sus fases depresivas. Mientras tanto, para conseguir vivir en este mundo, para llegar a aceptar la realidad, hay que buscar una ubicación entre esos dos extremos de la inadaptación, aceptar entrar en la realidad recortando de nosotros los impulsos que la sobrepasan, acotando nuestras expectativas, remansando nuestras exigencias hasta que encuentren acomodo en las zonas de orden, de previsibilidad, de sentido común, de responsabilidad, de fidelidad a aquellos con los que nos relacionamos… que delimitan el mundo real y que, todas juntas, son la base de lo que hemos dado en llamar sabiduría.
     Pero nunca quedaremos a salvo de nuestra inadaptación esencial, la realidad será en el fondo para nosotros solo un lugar de paso, y, en estado de latencia, el esquizofrénico que nos habita pugnará para que renunciemos al mundo, mientras que nuestro maniaco interior querrá que vayamos siempre más allá de sus límites. Por ello vino el cristianismo a, mientras afirmaba que el reino al que estamos llamados no es de este mundo, validar tanto a nuestra esquizofrenia como a nuestra manía latentes, tanto a nuestra vocación por la renuncia como a la que nos empuja hacia el más allá. Así, San Pablo escribía en su Primera Carta a los Corintios: “Porque está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios y rechazaré la ciencia de los inteligentes (…) ¿Acaso Dios no ha demostrado que la sabiduría del mundo es una necedad? (…) Dios quiso salvar a los que creen por la locura de la predicación (…) Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres”.
     Tal vez desde aquí podamos entender lo que escribió Kay R. Jamison, psicóloga, profesora en diferentes universidades estadounidenses y una autoridad mundial en todo lo que se refiere a la enfermedad maniaco depresiva, de la que ella misma es víctima, en el epílogo de su autobiografía, “Una mente inquieta” (Tusquets, 2011). Dice allí, una vez llegado el momento de las conclusiones: “A menudo me he preguntado a mí misma si elegiría tener la enfermedad maniaco-depresiva en el caso hipotético de que se me presentase la elección (…) Aunque parezca extraño, creo que elegiría tenerla”. Hace ver acto seguido que esa sorprendente predilección no se referiría propiamente a las fases depresivas de su enfermedad: “la depresión es algo mucho más horrible de lo que puedan expresar las palabras”. Pero sobre todo las fases maníacas, al menos las hipomaníacas, le hacen sentir que ha volado por encima de lo que somos capaces de hacerlo los demás mortales. De modo que –pasando a referirse al conjunto de su dolencia–, “creo sinceramente que, a causa de ella, he sentido más cosas y con más profundidad, he tenido experiencias más intensas, he amado más y he sido más amada, he reído más a menudo al haber llorado más veces también, he apreciado más las primaveras a causa de los inviernos (…) Durante meses, cuando estaba deprimida, me he arrastrado a cuatro patas para poder desplazarme por la habitación, pero ya fuese en épocas normales o bajo los síntomas de la manía, he corrido más aprisa, he pensado con más celeridad y he amado con un apresuramiento superior al de los demás. Y creo que esto se debe a mi enfermedad, a la intensidad que presta a las cosas y a la perspectiva que fuerza dentro de mí”. Finaliza el libro con estas palabras que parecen obviar que llevó a cabo un casi definitivo intento de suicidio: “Cada vez que vuelvo a mi estado normal, no puedo imaginar que pudiese cansarme de la vida, pues he conocido esos meandros sin término con sus horizontes ilimitados”.

     Unos capítulos más atrás da Jamison una panorámica suficientemente expresiva de su enfermedad (que tiene controlada a base de medicación y de psicoterapia): “Existe una clase especial de dolor, de júbilo y de espanto dentro de este tipo de locura. Cuando estás en fase maníaca es formidable. Las ideas y los sentimientos van y vienen como estrellas fugaces y tú las persigues hasta que encuentras otras nuevas y mejores. Desaparece la timidez, surgen de repente las palabras, los gestos necesarios, y sientes la certeza de tener la potestad de cautivar a los demás. Encuentras interés en gente poco interesante, la sensualidad se vuelve contagiosa y el deseo de seducir y ser seducida se vuelve irresistible. Te impregnan las sensaciones de facilidad, de intensidad, de poder, de bienestar, de omnipotencia económica y euforia. Pero en algún momento todo cambia. La velocidad mental se vuelve demasiado rápida y abrumadora, y una increíble confusión sustituye a la claridad. La memoria desaparece, el humor y el interés en las caras de los amigos se convierten en miedo y preocupación. Todo lo que antes estaba a favor se vuelve en contra –te muestras colérica, enfadada, temerosa, incontrolable y totalmente inmersa en profundidades oscuras del espíritu cuya existencia nunca habías imaginado–. No se termina nunca ya que la locura esculpe su propia realidad (…) Las tarjetas de crédito anuladas, los cheques bancarios sin fondos, las explicaciones necesarias en el trabajo, las disculpas que pedir, los recuerdos intermitentes (¿qué es lo que hice?), las amistades perdidas o dañadas, la ruina matrimonial. Y las preguntas aterradoras: ¿cuándo volverá a ocurrir? ¿Cuál entre mis sentimientos es el real? ¿Cuál de mis yoes soy yo? ¿La salvaje, impulsiva, caótica, energética y loca, o la tímida, introvertida, desesperada, suicida, condenada y rota? Probablemente un poco de las dos. Con suerte, un mucho que no tiene nada que ver con ellas. Virginia Woolf, en sus altibajos, lo dejó bien claro: ‘¿En qué profundidades adquieren color nuestros sentimientos, es decir, cuál es la realidad de cualquier sentimiento?”.
     Reconoceremos a nuestro, habitualmente amortiguado, maniaco interior si pensamos en nuestra enamoradiza adolescencia (de hecho, es en esta edad cuando suelen aparecer los primeros brotes psicóticos), los momentos en los que estuvimos dispuestos a comernos el mundo, la pasión que invertimos en nuestras primeras conquistas amorosas, el horizonte ilimitado, utópico, hacia el que proyectábamos nuestras ilusiones y nuestros proyectos… Y también las decepciones y frustraciones en que finalmente acababa recalando toda aquella energía desbordada cuando comprobábamos que vivíamos en el mundo real. Esa sería la fase depresiva (pseudo-depresiva en el normal). Ya decía Descartes que “la razón se debilita con la materia”, aludiendo con la razón a la potencia que guardamos en nuestra intimidad, y siendo la materia expresión de lo que la realidad, el mundo extenso, nos contrapone.
     El otro extremo del continuo sería aquel que, representado por la esquizofrenia, nos empuja a interrumpir nuestra relación con la realidad, clausurarnos en nuestra intimidad, anular la empatía exigida para salir al mundo que compartimos con los demás, refugiarnos preventivamente en una negatividad que nos libere de cualquier tributo con el que quede significada nuestra participación en un mundo que sentimos como ajeno. Esta renuncia al mundo a la que todos estamos también esencialmente propensos vino asimismo a validarla el cristianismo, como quedó expreso en propuestas tan descarnadas como esta del mismo Jesucristo: “Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío” (Lucas, 14, 25-33). Lo cual quedó ratificado en esta otra de San Pablo: “En lo que resta, los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran. Porque la apariencia de este mundo está a punto de acabar” (Primera Carta a los Corintios). Sentimiento apocalíptico que echó raíces en los argumentarios de otros inadaptados extremos, y bastante más abruptos, expuestos, por ejemplo, en “El Catecismo del revolucionario”, de Nechaev, un anarquista y nihilista representante de Bakunin en la Rusia del siglo XIX, y en donde decía: “El revolucionario es un enemigo implacable de este mundo, y si continúa viviendo en él es solo para destruirlo de forma más eficaz. El revolucionario debe ser severo con los demás. Todos los tiernos y delicados sentimientos de parentesco: amistad, amor, gratitud e incluso el honor deben extinguirse en él por la sola y fría pasión por el triunfo revolucionario”. Y si San Pablo predicaba diciendo: “Nos hemos emancipado de la ley, somos como muertos respecto a la ley que nos tenía prisioneros, y podemos ya servir a Dios según la nueva vida del Espíritu y no según la vieja letra de la ley”; o bien: “El hombre alcanza la salvación por la fe y no por el cumplimiento de la ley”, Nechaev le ratificaba a su manera en su renovado catecismo: “El revolucionario ha roto –y no sólo de palabra, sino con sus actos– toda relación con el orden social y con el mundo intelectual y todas sus leyes, reglas morales, costumbres y convenciones. Es un enemigo implacable de este mundo, y si continúa viviendo en él, es sólo para destruirlo más eficazmente”.


     Así pues, estamos condenados a ser una amenaza para este mundo, a estar vocacionalmente inclinados a perseguir utopías nacidas en nuestra desatención maniaca a los límites que la realidad nos impone o en las ensoñaciones autísticas de nuestro esquizofrénico interior. Algo en nosotros estará siempre dispuesto a negar que la realidad sea real. Es decir, a abismarse en la locura. Y nuestra época, esa a la que Zygmunt Bauman bautizó como “modernidad líquida”, se siente particular, peligrosamente inclinada a pensar que no son admisibles ninguna forma estable y consistente, ninguna objetividad, ningún límite.
     ¿Existen alternativas que permitan reconducir esa “pasión por la destrucción” de la que hablaba Bakunin, y que a todos nos posee de manera más o menos manifiesta, hasta conseguir que aceptemos la realidad sin renunciar a ese otro mundo del que efectivamente es el reino al que estamos convocados? Las hay: las que conducen hacia la creatividad. Resulta curioso, además de insoslayable, constatar cómo son personalidades hipomaniacas y esquizoides las que han destacado por su creatividad en todos los campos abarcados por la cultura humana. Esta, la cultura, no es, precisamente, sino el resultado de nuestro inconformismo, de nuestra tendencia a buscar algo que eternamente nos empuje, no a aceptar lo que hay, sino a ser cada vez mejores: una manera constructiva de ampliar los límites del mundo sin renunciar a vivir en él; esto es, una manera de domesticar la peligrosa atracción que sentimos hacia la locura.

miércoles, 18 de octubre de 2017

También Ícaro era catalán

     La felicidad completa no existe, claro. Pero podemos imaginar un continuo que vaya desde esas abstracciones que serían la extrema infelicidad hasta la completa felicidad y, descartando los márgenes de ese continuo que discurran en el campo de lo que no puede ser, podríamos ponernos de acuerdo en que la felicidad posible la conformarían dos ingredientes básicos: la adecuación de buena parte de nuestras expectativas a lo que la realidad acepta darnos y la incorporación del resto de nuestras expectativas a lo que una valoración sensata de nuestras posibilidades nos permitiera entender que la realidad nos dará en un futuro, de forma que sobre ello podamos construirnos un plan de vida estimulante y prometedor pero realista y adaptativo. Dicho de otra forma, la que hubiera preferido Aristóteles, la felicidad posible sobrevendría cuando el hombre encontrara su topos, su lugar en el mundo, ese ámbito en el que pudieran coexistir sin grandes dificultades el mundo interior que segrega nuestras expectativas y el mundo externo que fabrica nuestras limitaciones.
 
 
     La infelicidad, por el contrario, tendría entonces que ver con el hecho de que la vida transcurra fuera de su lugar, en u-topos, al margen de la realidad, proyectando, pues, esa vida de forma vana e infructuosa sobre lugares meramente ensoñados o delirados. Y no han sido pocas, o al menos minoritarias, las ideologías que, empujando a los hombres hacia interpretaciones delirantes de lo que hay, han llevado asimismo a malograr muchas vidas prometiendo destinos igualmente delirados, y que, al chocar con la realidad, han acabado una y otra vez conduciendo a catástrofes sociales. Entre esas ideologías, han destacado en nuestro tiempo el nazismo, el comunismo y los nacionalismos.
 
 
     Vivir en el ámbito etéreo que construyen los delirios ha de estar directamente relacionado con la incapacidad de aceptar y apreciar la realidad, de adaptarse suficientemente al topos que a uno le ha caído en suerte. En el caso de un nacionalista catalán, afirmarse en ese tipo de ensoñaciones es lo que, para empezar, le impide ver que vive en un lugar privilegiado, y que con los comportamientos que ponen en marcha sus planteamientos utópicos está desestabilizando una realidad que valdría la pena defender. Efectivamente, España es uno de los países del mundo en los que mejor se vive. Citaremos como muestra algunos ejemplos que corroborarían que esto es así:
     España resulta atractiva para ell resto del mundo: es el tercer país en número de turistas, después de Estados Unidos y Francia, y el primero en relación a su número de habitantes. Recibimos 73,5 millones de turistas en 2016, y este año esa cifra quedará aumentada... salvo que el parón catalán lo impida.
     Según una encuesta mundial realizada entre 26.000 altos directivos por HSBC (el tercer mayor banco del mundo por activos, con sede en Londres), España es el segundo país con mejor calidad de vida del mundo después de Nueva Zelanda. Asimismo, según otra encuesta realizada por Networking Service InterNations (ver_aquí), Madrid es la tercera mejor ciudad del mundo para vivir, detrás de Melbourne y Houston. Barcelona se sitúa en el puesto número once.
     España es, asimismo, el destino preferido de los estudiantes europeos a la hora de decidir dónde hacer el Erasmus (seguida de Alemania, Francia, Reino Unido e Italia), y lo viene siendo de forma ininterrumpida desde 2001. Entre los motivos de que así sea estarían, además de la buena relación entre coste y calidad de vida, el atractivo de nuestro sol, de nuestro mar, los paisajes, la historia, el arte, las buenas infraestructuras y el deseo de aprender el español, una lengua que hablan más de 500 millones de personas y es el segundo idioma de comunicación internacional.
     La esperanza de vida en España es de 82,8 años, solo por debajo de Japón, Suiza y Singapur.
     En cuanto a seguridad ciudadana, según datos de la OCDE, España es el séptimo país más seguro del mundo. Respecto de los países de la Unión Europea, solo estamos por debajo de Suiza. Nuestra tasa de homicidios es de 0,7 por cada cien mil habitantes y por año; la media del conjunto de los países es de 4,1. Según Turespaña, esta es la principal razón por la que los turistas deciden venir a nuestro país. Por desgracia, el aumento de la delincuencia correlaciona con la desestabilización social, eso en lo que en Cataluña parecen empeñarse muchos. Baste citar en este sentido que en Venezuela, país profundamente desestabilizado por causas políticas (y referente de los más radicales de entre los nacionalistas catalanes), la tasa de homicidios es de 91,8.
     Ícaro es un personaje de la mitología griega. Un soñador. Se narra en el mito cómo Ícaro estaba retenido en la isla de Creta por el rey de la isla, llamado Minos. Creta hacía por entonces las veces de la dura realidad, eso a lo que María Zambrano se refería cuando decía: “La circunstancia –esa rencorosa carcelera de nuestra libertad”. Ícaro decidió escapar de la isla, pero dado que Minos controlaba la tierra y el mar, fabricó unas alas para escapar por el aire, por ese mismo ámbito etéreo que vislumbramos cuando nos dedicamos a vagar por nuestros ensueños. Pero las plumas laterales de las alas estaban enlazadas con cera, y cuando levantó el vuelo la experiencia de la ingravidez le resultó tan gozosa que subió y subió… hasta que el calor del sol derritió la cera de las alas y, sumido en la perplejidad por no haberlo previsto, acabó sucumbiendo a la ley de la gravedad y estrellándose contra el mar. El utopismo, las ganas de echar a volar por encima de las circunstancias, es una tentación evidentemente peligrosa. La incapacidad de hacer encajar las propias expectativas vitales en la circunstancia que nos ha caído en suerte no solo es una fábrica de infelicidad para quien la sufre, sino un persistente modo de distorsionar la convivencia con quienes formamos parte de esa circunstancia. Y si, por si fuera poco, resulta que esa circunstancia es un ámbito privilegiado dentro de las posibles que oferta este mundo en el que vivimos, la tentación de eludirla, de echarse a volar por encima de ella con las frágiles alas que proporciona el ensueño, es, además de peligroso, estúpido. Como la de Ícaro, la aventura revolucionaria de los catalanistas no va a acabar bien.

lunes, 12 de junio de 2017

La dosis de pesimismo que hay que añadir a nuestra optimista visión del futuro

Resumen: El título de mi anterior artículo era algo tramposo: mientras lo redactaba ya iba tomando notas para hacer este otro. Los avances tecnológicos que se avecinan llegarán de la mano de la visión mecanicista del hombre y del universo. Esa manera de mirar ha sido muy fructífera para la ciencia, pero está asfixiando el alma del hombre.

     Todo el proceso de avance tecnológico que se viene produciendo desde los tiempos de la Revolución Científica, y los extraordinarios que están produciéndose ahora mismo y se producirán en el próximo tiempo futuro, se han sustentado sobre el paradigma científico y filosófico que, surgido sobre todo del mecanicismo de Descartes, ha llevado a entender que el universo, incluidos nosotros los hombres, se comporta como si fuera una gran máquina. En lo que se refiere a los humanos, esa forma de mirar supone que nos entendemos como meros seres reactivos, es decir, que no somos nada más que un conjunto de respuestas emitidas ante estímulos que nos vienen dados desde fuera, nada más que las consecuencias acumuladas a partir de unas causas que nos son ajenas. Otro destacado pensador, este de los tiempos de la Ilustración, Julien Offray de La Mettrie hizo famoso su libro más significativo y polémico, “El hombre máquina”, publicado en 1748,  en donde sostiene que son los procesos orgánicos los que producen los fenómenos psíquicos, que nuestra inteligencia depende solo, por tanto, de la constitución física del cerebro y que el hombre es lo que come. Su método de conocimiento no le permitía reconocer otra realidad más que aquella que sucesiva y no siempre firmemente le iban revelando los sentidos. Aunque en última instancia hay que considerar que el hombre, dice también La Mettrie, no ha sido hecho para conocer sino para ser dichoso. Estamos determinados a ser, según esto, lo que circunstancias que nos son exteriores deciden que seamos; nada de nosotros se debería a nosotros mismos. El caso es que los humanos habremos quedado disminuidos con esa restrictiva manera de entendernos, pero no cabe duda de que la ciencia ha podido recorrer un muy fructífero camino partiendo de esa consideración del universo como un gran engranaje mecánico.

     John Stuart Mill (1806-1873), que pertenecía a esa especie en peligro de extinción que son (somos) los liberales, aludió a los nefastos efectos que tiene esta fatalista visión del hombre como máquina (como conjunto de respuestas mecánicas emitidas ante estímulos que nos vienen dados) sobre nuestro estado de ánimo. Partía Stuart Mill en su argumentación de la constatación contraria a esa: “Sabemos que no estamos impelidos, como por un oráculo, a obedecer ningún motivo particular”, decía. Y también: “Las causas de las que depende una acción no son nunca incontrolables”. Desde ahí observaba lo que le ocurre a quien, en sentido contrario, se percibe a sí mismo como una máquina: “El fatalista cree, o medio cree (ya que nadie es un fatalista consistente), no solo que cualquier cosa que sea lo que ocurra será el resultado infalible de las causas que lo producen (…), sino más aún, cree que no vale la pena enfrentarse a ello; que ocurrirá a pesar de todo lo que podamos hacer para prevenirlo”; de una concreta causa se seguirá necesariamente, según esto, una prevista consecuencia. Y concluye que tales ideas o maneras de estar en el mundo conducen inevitablemente al estado de ánimo depresivo (él mismo sufrió una depresión, así que sabía de lo que hablaba). Y es que, para empezar, solo quien se siente capaz de cambiar sus actuales circunstancias realizará el esfuerzo necesario para conseguirlo; es lo que no ocurre con el fatalista, que considera que estamos determinados a reaccionar ante solo dos clases de motivaciones: buscar el placer y huir del dolor. Decía La Mettrie, precisamente, que el objetivo de la vida se encuentra en procurarse los placeres que otorgan los sentidos, y que la virtud puede reducirse a lo que es el amor propio. Tanto apreciaba, por ejemplo, los placeres de la mesa, que un día se excedió al parecer con un paté de águila preparado con trufas al modo de faisán, se indigestó gravemente y murió; era el 11 de noviembre de 1875. Cuando la muerte llega, la “farsa se acaba”, así que tomemos el placer mientras podamos, había dejado dicho.

      Pero ser moralmente libre no puede derivar meramente de la búsqueda del placer; ha de significar que uno, si bien condicionado por las circunstancias, decide sus propósitos y no los subordina al hecho de que en el camino hacia ellos encuentre placer o dolor. Así lo afirma Stuart Mill: “Se dice que tenemos un carácter bien establecido sólo cuando nuestros propósitos se han independizado de los sentimientos de dolor o placer desde los que surgieron originalmente”.

     El hombre-máquina, según lo dicho, va construyendo su vida como mera acumulación de experiencias reducibles al juego de acción-reacción frente a estímulos que provocan la aceptación de los que son placenteros y la evitación de los dolorosos. Pues bien, estamos ya acercándonos a un punto paroxístico, de exacerbación de las consecuencias de considerar que el hombre es asimilable en su funcionamiento al de una máquina. En un futuro cada vez más cercano, parece que el hombre, definitivamente, ya no necesitará tener propósitos, valdrá con que se limite a manifestar esas dos predisposiciones básicas, las que lo llevan a buscar el placer y a evitar del dolor; el sistema se encargará de todo lo demás.

     Así, por ejemplo, la poderosa nanomedicina, en línea con la interpretación dada por la medicina vigente hasta ahora, también basada en la concepción mecanicista del cuerpo y de la mente, seguirá entendiendo la enfermedad como algo que sufre un “paciente”: este, asimismo, se mantendrá sin tener nada que ver ni que hacer con su enfermedad. Solo tendrá que dejarse llevar. Y efectivamente, lo que el sistema le prescriba, de manera semejante a como ocurría con el soma en “El mundo feliz” de Aldous Huxley, le curará. Con el soma, se dice en este libro que habla de un mundo distópico muy parecido a este que va a venir, “uno puede tomarse unas vacaciones de la realidad siempre que se le antoje, y volver de las mismas sin siquiera un dolor de cabeza o una mitología (…) Un solo centímetro cúbico (de soma) cura diez sentimientos melancólicos”. También los robots nos sustituirán en breve a la hora de hacer las cosas que actualmente suponen un esfuerzo mecánico. Hasta los coches se conducirán por sí solos y Amazon tendrá previsto lo que, según los gustos que allí saben que tenemos, deberemos comprar. Solo tendremos que contraponer nuestra fisiológicamente condicionada búsqueda de placer y evitación del dolor, y de todo lo demás se encargará el sistema, que es el que mejor sabe lo que nos conviene.


     Todo lo cual no debe llevarnos a abogar, desde luego, contra los muy benéficos avances que nos procurarán las nuevas tecnologías, sino contra esta peligrosa derivada suya que se abre al considerar que no somos más que lo que nos dicta lo que es externo a nosotros. Porque cuando un hombre no tiene nada propio que hacer con su vida, cuando acepta ser lo que el mecanicismo (tan fructífero produciendo tecnología) había previsto que fuera, lo más inmediato que le ocurre es que, como sabía Stuart Mill, le sobreviene la depresión o alguno de sus equivalentes. La Organización Mundial de la Salud (OMS), la máxima institución sanitaria internacional, en un comunicado recientemente difundido, ya ha destacado que la depresión en el mundo creció más del 18 por ciento a nivel mundial entre 2005 y 2015. Y el fenómeno se extenderá aún más. Lo siguiente que acontecerá será que ese hombre-máquina buscará aturdirse de una u otra forma para sobrellevar una vida que, de puro desocupada, cuando menos, será aburrida (perfectamente compatible con el hecho de resultar placentera). En consecuencia, es previsible que en ese futuro que ya está llegando aumenten exponencialmente el alcoholismo, el uso de drogas y la búsqueda compulsiva de diversión y de consumos banales.

     Cuando uno no tiene propósitos, metas, proyecto de vida, y se convierte en un mecanismo que meramente reacciona, de forma respectivamente positiva o negativa, ante los estímulos placenteros o dolorosos, porque todo lo demás ya estará resuelto, no quiere ello decir que se ha llegado ya a un auténtico “mundo feliz”, sino que la vida, en tal tesitura, se convierte en un fértil manadero de angustias y desasosiegos. Y el caso es que vamos directos hacia un, en este sentido, infernal paraíso de tiempo libre en el que, efectivamente, (casi) todo estará resuelto. Helmholtz Watson, un inadaptado al “mundo feliz” de Huxley, un rebelde incluso, reflexionaba en la novela ante su amigo Bernard Marx: “¿No has tenido nunca la sensación de que dentro de ti había algo que solo esperaba que le dieras una oportunidad para salir al exterior? ¿Una especie de energía adicional que no empleas, como el agua que se desploma por una cascada en lugar de caer a través de las turbinas? (…) Me refiero a un sentimiento extraño que experimento de vez en cuando, el sentimiento de que tengo algo importante que decir y de que estoy capacitado para decirlo”. Ese es, precisamente, el sentimiento que corre el peligro de ser ahogado en el mundo feliz hacia el que vamos aceleradamente; Huxley, que publicó “Un mundo feliz" en 1932, previó que su distopía llegaría en un siglo. En el prólogo de su libro, Aldous Huxley mismo, desde dentro de la trama que construyó con su novela, veía la alternativa a todas las declinantes posibilidades que empujan hacia el "mundo feliz” en la cordura que representaría una comunidad de desterrados o refugiados del mismo que tendrían una filosofía de la vida en la que “prevalecería una especie de Alto Utilitarismo, en el cual el principio de Máxima Felicidad sería supeditado al principio del Fin Último”.

domingo, 19 de marzo de 2017

Los filósofos: exploradores del abismo

RESUMEN
     Verdad y realidad discurren por caminos contrapuestos. Los filósofos, y la gente creativa en general, necesitan ir en busca de la verdad para redimir con ella ese otro campo de insuficiencias que es la realidad. Pero salirse de la realidad es un ejercicio lleno de peligros, porque allí afuera no solo espera la creatividad, sino también la locura. La verdad es necesaria para poner orden y claridad en una realidad que, para empezar, se nos aparece como caótica e insustancial. Pero solo el loco se siente en posesión de esa verdad, solo el loco puede creerse Dios. Mejor es que nos digamos, como ese gran indagador de la verdad que fue Sócrates: “solo sé que no sé nada”.
     Filósofo es el que busca la verdad. Esa clase de ocupación no es exclusiva del filósofo, claro está: los poetas, los novelistas, los artistas, los científicos, cada uno a su manera, también la buscan, quizás llamándola de otra forma. Todos ellos comienzan su búsqueda partiendo de una zona oscura, turbulenta, caótica, informe… en la que por el hecho de vivir se encuentran y que necesitan configurar, ordenar, aclarar. A eso que necesitan, los filósofos lo llaman verdad. Para llegar hasta ella se dispone de un instrumento imprescindible: la creatividad. Una persona creativa es la que no está satisfecha con lo que tiene a su alcance y va en busca de algo más; busca, efectivamente, la verdad. El mundo que ve es insuficiente y, por ello, insustancial. Lo real resulta que no es verdad; y lo verdadero está fuera de la realidad, o al menos más allá o por encima o por debajo de lo aparente. El narrador o el artista imaginan otras realidades que vengan a ampliar o a dar nuevas perspectivas a la realidad inmediata e insuficiente. El científico indaga en el sustrato de los sucesos aparentemente contingentes, en busca de leyes que permitan encontrar causas unificadoras que aporten una razón de ser, una identidad compartida, a aquellas particularidades, no, pues, tan contingentes. Y el filósofo, en vez de buscar la verdad partiendo de los sucesos, como el científico, empieza por buscarla primero en su interior (en su voluntad o en sus categorías) y después la superpone sobre lo que se encuentra afuera o la proyecta sobre lo que se encontrará en el futuro. Nietzsche dice, en este sentido, que “las necesidades (del hombre) como creador inventan el mundo sobre el que trabaja, lo anticipa; esta anticipación (esta ‘creencia’ en la verdad) es su apoyo”.
     Sobre las relaciones entre la creatividad y la angustia, incluso sobre la cercanía o vecindad de los trayectos que alternativamente discurren hacia la genialidad y hacia la locura, se ha escrito en abundancia. Abriendo el capítulo de las interrogantes a este respecto, Aristóteles enunciaba así la suya: “¿Por qué razón todos aquellos que han sido hombres excepcionales, en lo que respecta a la filosofía, la ciencia del Estado, la poesía o las artes, son manifiestamente melancólicos, algunos incluso hasta el extremo de padecer males como la bilis negra…?”. Si el filósofo se interesa por conducir sus reflexiones hacia estratos cuya profundidad resulta perfectamente ajena al nivel de inquietudes del que participa el común de los mortales es, al fin y al cabo, porque tiene un plus de curiosidad o de sensibilidad que lo lleva a confrontarse con dilemas o problemas existenciales de mayor calado que los que afectan a esa mayoría. Y esta peculiaridad hunde sus raíces, de una u otra forma, en los sinuosas vicisitudes acumuladas en su particular biografía, que a menudo transcurren hacia esos dominios que rondan lo que Aristóteles llamaba bilis negra. De manera semejante a como el enfermo es el tipo de persona que más perentoriamente persigue la salud, o como el neurótico atormentado añora más que los demás los estados de apaciguamiento mental, el filósofo aspira con especial intensidad a ubicarse en ese ámbito de claridad intelectual que llama verdad y que le colocaría por encima del caos que forman las sensaciones inmediatas, los sucesos cotidianos, el campo de azares, imprevistos y pérdidas por el que discurre la existencia, la realidad. Es eso mismo lo que pretendía conseguir Platón, cuando lo que más quería era alcanzar la catarsis, la cual “consiste en separar tanto como sea posible el alma del cuerpo…y, en la medida de lo posible, en permitir que, tanto aquí abajo como después, el alma viva sola, libre de las cadenas del cuerpo”; alma y cuerpo, claridad y oscuridad, sentido y absurdo, razón y caos, verdad y falsedad vendrían a ser conceptos binarios coincidentes en lo fundamental. Spinoza apuntaba al lado del dilema que está encargado de resolver nuestra sustancial desazón cuando afirmaba: “La paz interior puede nacer de la razón, y esta paz que nace de la razón es la mayor que puede alcanzarse”.
 
     Un loco y un filósofo se parecen en que ambos necesitan resolver su profunda inquietud vital, contrarrestar el caos que se les echa encima en cuanto miran a la realidad. La diferencia estriba en que mientras que el loco necesita aferrarse a una verdad que cree haber alcanzado ya, el filósofo se sabe solo en tránsito, se permite dudar (a menudo, hasta la obsesión), proyectar hacia el futuro su aspiración. De partida, tenía razón el que fue eminente psiquiatra Carlos Castilla del Pino cuando decía: “El error de creerse en la verdad es una necesidad de todos como forma de eludir la angustia que suscita la incapacidad para tolerar la incertidumbre. ¿Cómo soportar no saber qué es el bien y el mal, lo bello y lo feo, lo honesto y lo deshonesto, el sinsentido de nuestra propia presencia en el mundo, el sinsentido de preguntas sobre a dónde vamos y de dónde venimos?”. El mismo tipo de reflexión que llevaba a Hegel a decir: “Una cosa tan vacía como el bien por el bien no tiene lugar en la realidad viva. Cuando se quiere obrar, no solo hay que querer el bien, sino que se necesita saber si el bien es esto o aquello”. Sin embargo, la verdad es un arma peligrosa: cuanto más cerca estés de creerte poseedor de ella, más próximo estarás también a la locura. Y si, sin ceder un ápice en esa necesidad de alcanzar la verdad, solo llegas a sentirte en inacabable tránsito hacia ella (conquistando, eso sí, acumulativamente, algunas de sus parcelas), ello será la señal de que te has quedado en el menos atribulado escalón de los filósofos. De estos, pues, sería modelo el Sócrates que, con no poca pasión por la verdad, afirmaba: “solo sé que no sé nada”. O también Hegel, que aplazaba el acceso a esa verdad hasta el final de la historia, y decía: “Es necesario llevar a la historia la fe y el pensamiento de que el mundo de la voluntad no está entregado al acaso (…) La demostración de esta verdad es el tratado de la historia universal misma, imagen y acto de la razón (…) Esta se revela en la historia universal”.
     Obedeciendo a esa ley no escrita que vincula creatividad y angustia o crisis personal, recordaremos a Descartes, que tuvo una especie de revelación de aspectos muy importantes de su filosofía después de una noche especialmente agitada a causa de tres sueños: en el primero aparecían unos fantasmas terroríficos. Los otros dos tenían contenidos menos amedrentadores, pero de todos ellos Descartes dedujo que se hallaba ante un genio maligno y ante el mismo Dios, y, cuenta Ben-Ami Scharfstein en su libro “Los filósofos y sus vidas”, “se volvió hacia Dios, rogando que le fuera revelada su voluntad y que se dignase iluminarle y guiarle en su búsqueda de la verdad. Luego se dirigió a la Santísima Virgen, a la que encomendó este asunto, que él consideraba como el más importante de su vida”. Descartes se tomó aquellos sueños angustiosos como una revelación.
     Spinoza habla también en su “Tratado sobre la reforma del entendimiento” de una intensa crisis personal, que explica así: “Me vi en medio de un gran peligro y forzado a buscar un remedio con todas mis energías; lo mismo que un enfermo al borde de una muerte segura si no encuentra un remedio, por más incierto que este sea, poniendo en ello toda la esperanza que le queda, pues no hay otra salida”. El remedio descubierto por Spinoza consistió, precisamente, en un cambio cualitativo de los temas de su pensamiento, que dirigió desde entonces hacia “lo eterno e infinito” (¿qué otra cosa es la verdad?), pues es ello lo que “libera al espíritu de todo dolor y solo le produce placer, de modo que ha de desearse y buscarse con todas nuestras fuerzas”.
     Un ejemplo más lo encontramos en Nietzsche, que tuvo una intensa experiencia a la hora de confrontarse con el libro más importante de Schopenhauer, “El mundo como voluntad y representación”. Por entonces, según su propia descripción, Nietzsche se encontraba solo, como suspendido en el aire, sin principios, ni esperanzas, ni gratos recuerdos. Entonces encontró por casualidad en una librería de ocasión el libro de Schopenhauer y, dice, “allí vi un espejo en el que contemplé el mundo, la vida y mi propia naturaleza terriblemente agrandados. Allí vi la clarificadora mirada del arte, completamente indiferente, allí vi la enfermedad y la salud, el exilio y el refugio, el cielo y el infierno”. Allí, pues, vislumbró la verdad.
     La búsqueda de la verdad por parte de otro filósofo, William James, alcanzó su momento crítico al final de un período de enfermedad psicológica y física que, en su opinión, le había llevado al borde de la locura. Decidió alcanzar la libertad creyendo en su propia realidad personal y en su poder de creación. “Centraré la vida (lo real, el bien) –escribe en su Diario– en el yo que gobierna la resistencia del ego ante el mundo”. Y encontró para  esa verdad que perseguía como alternativa terapéutica una formulación humilde y asequible, diciendo: “Lo verdadero, para plantearlo brevemente, no es sino lo oportuno en el rumbo de nuestro pensamiento, del mismo modo que ‘lo correcto’ no es más que lo oportuno en el camino de nuestra conducta”. En suma, rebajó el perímetro de la verdad hasta llegar a identificarla con lo que demostrase ser útil.
     La búsqueda de la verdad exige discurrir por un trayecto que, de forma correlativa, aleja de la realidad, lo cual no deja de ser una operación arriesgada. Vemos que en muchos casos llevar a cabo esa tarea supone realizar una indagación que estimula y sirve de sustrato a la creatividad, pero andar en ella significa situarse en el filo de la navaja cuya ladera alternativa da a ese otro modo de alejamiento de la realidad que es el trastorno mental. El poeta romántico Hölderlin, por ejemplo, habría recorrido alternativamente esos dos lados del filo de la navaja, primero realizando su creativa labor poética durante las primeras décadas de su vida (aunque en ella alternaran también serios procesos depresivos) y, a partir sobretodo de los treinta y tres años, abismándose en una enfermedad mental hasta su muerte, a los setenta y tres, en la que la expresión lograda por sus poemas fue dramáticamente sustituida por una incontrolable e ininteligible verborrea. De manera significativa, cuando ya su enfermedad mental se estaba asentando, y después de un episodio de gran violencia, esta pareció remitir, y entonces escribió El único y Patmos, dos de sus obras maestras, para acto seguido hundirse en su enfermedad. De esa manera vendría a demostrar esa disyuntiva que empuja alternativamente, y solo en algún sentido de manera excluyente, hacia la creatividad y hacia la locura. La muerte de Empédocles” es una obra dramática en la que Hölderlin trata la leyenda del suicidio del filósofo presocrático Empédocles, quien se habría arrojado al Etna para volver a las entrañas de la Naturaleza. Sería esa una perfecta alegoría de lo que él hizo para alcanzar esa utopía (es decir, ámbito imaginado versus delirado) natural que él persiguió durante toda su vida y que finalmente le llevó a arrojarse en ese otro abismo que es el de la enfermedad mental.