sábado, 29 de septiembre de 2012

A las personas sensatas ya sólo nos queda la rebelión cívica

(PUBLICADO EN EL CORREO DE BURGOS EL 6 DE OCTUBRE DE 2012)

El 21 de octubre están convocados a las urnas los ciudadanos vascos y gallegos. Un hecho que ha de empujarnos a recordar que la crisis económica que estamos sufriendo es la parte más manifiesta de una problemática que en nuestro país discurre a más profundidad, hasta pasar a ser, además, una crisis política e institucional. Porque a nadie se le debería ocultar ya que los partidos independentistas del País Vasco y de Cataluña sienten ya muy próximo el momento en el que, si nada lo impide, podrán dar un paso decisivo hacia sus objetivos máximos, y la llegada al poder de ETA (de una de sus franquicias políticas) y el PNV en esas próximas elecciones, con una previsible amplia mayoría en la Comunidad Autónoma Vasca, significará un definitivo punto de inflexión en esa trayectoria. De la misma forma, los partidos nacionalistas de Cataluña, entre ellos los que allí gobiernan, hacen ya incluso ostentación de que su objetivo a corto plazo es también la independencia. La dinámica política generada por el inútil intento de convertir el problema de nuestros nacionalismos en parte de la solución está, pues, cerca de alcanzar su punto de no retorno.

Nuestra actual crisis, por lo tanto, no se limita a ser un problema de paro laboral inasumible y de exceso de deuda pública. Desde luego, esto por sí sólo pone ya a mucha altura el barómetro de nuestros problemas nacionales. Nuestra clase política, para empezar, no es que se muestre incapaz de resolver el problema de endeudamiento público que tenemos, sino que sigue gastando más de lo que ingresa, como ha quedado explícito en la reciente presentación de los Presupuestos Generales del Estado para el 2013. Y sin embargo, insiste en acosar de manera desorbitada a los ciudadanos con más impuestos, en vez de reducir el gasto, asfixiando así las posibilidades de salir adelante de nuestra economía productiva. Infinidad de cargos de confianza y de libre designación; una enorme cantidad de políticos (proporcionalmente, la mayor de Europa) dedicados a consumir presupuesto y, a menudo, a duplicar funciones; numerosísimas empresas públicas, fundaciones, consorcios… cuya única utilidad demostrable es la de servir para colocar a la amplia clientela de los partidos gobernantes; embajadas de las autonomías en diferentes países, duplicando la función de la diplomacia estatal (y a veces compitiendo con ella); las numerosas televisiones y radios públicas que sólo se diferencian de las privadas por su función propagandística y de altavoz de los políticos, y que suponen una severa carga para el presupuesto de las autonomías y del estado central; las subvenciones a partidos, sindicatos o grupos privilegiados… Toda la ciudadanía informada sabe ya que los gastos que suponen todos estos sacos sin fondo deberían de ser suprimidos antes de seguir exprimiendo fiscalmente aún más a los ciudadanos que, secas además las fuentes de financiación, siguen engrosando las listas del paro.
Resulta cada vez más evidente que nuestros problemas económicos se enmarcan en el contexto del gravísimo problema político que supone el imposible intento de administrar razonablemente nuestro irracional Estado de las Autonomías. Éste está viciado de origen, pues no es sino una secuela generada a partir del impulso disgregador que, cuando se configuró, ya exhibían nuestros nacionalismos periféricos, especialmente el catalán y el vasco. Durante décadas nuestra trayectoria colectiva ha estado lastrada por estos nacionalismos, y han sido fundamentalmente las perturbaciones que, por condescender con ellos, hemos ido sufriendo, las que nos han conducido a lo que ahora somos: un estado mastodóntico, ineficiente, que se ha ido dejando por el camino la defensa de la igualdad entre los españoles y la división de poderes, y que, a la sombra de la inflación de puestos administrativos, ha generado una casta política privilegiada, endogámica y a menudo corrupta, que ahora mismo está demostrando que es para ella más importante su interés por sobrevivir que la solución de nuestros problemas colectivos.

Así pues, en nuestro horizonte común no sólo se vislumbra la amenaza acumulativa que, como bolas de nieve rodando cuesta abajo, suponen nuestros problemas económicos mal atendidos. Tampoco se agotan los malos augurios en la previsible desestabilización del orden público que la crispación progresiva a la que está llegando la ciudadanía acabará provocando. Entrelazadas con éstas, se van definiendo cada más nítidamente otras gravísimas amenazas de índole política que alcanzaron un punto máximo cuando el anterior gobierno socialista negoció con los terroristas, lo que, en un ejercicio máximo de enmascaramiento eufemístico, llamaron “proceso de paz”, y que ha demostrado no ser al final sino un modo de legitimación del terrorismo. Culminaba así una larga trayectoria de décadas en las que el estado ha abandonado sus responsabilidades frente a los grupos independentistas, y dejado que éstos, especialmente (pero no sólo) en el País Vasco y Cataluña, hayan ido haciendo encajar a las poblaciones de sus regiones respectivas en el imposible lecho de Procusto de sus mitos nacionalistas. La falta de firmeza, cuando no el simple mirar para otro lado de nuestro estado frente a las andanadas cada vez más agresivas de nuestros nacionalismos separatistas, son huecos que éstos han aprovechado una y otra vez para seguir dando pasos hacia sus objetivos finales, que, además, no acabarían con la independencia de sus respectivos territorios, puesto que después aún seguirían desestabilizando, para empezar, Navarra, Valencia y las Baleares.

En resumen: nuestra nación vive momentos especialmente críticos y es hora de dar la voz de alarma. Si la indolencia puede con nosotros, los españoles sensatos, y acabamos dejando que este proceso de desintegración nacional en el que estamos inmersos siga avanzando, si dejamos que el estado traicione a las víctimas del terrorismo propiciando la impunidad de la manera sibilina en la que ahora mismo lo está haciendo (algunos no olvidaremos el caso Bolinaga), si los ciudadanos de este país no reaccionamos frente a tanto dislate de los políticos de los partidos hasta ahora dominantes y no les obligamos a tomar postura activa ante lo que estamos viendo venir, nuestros problemas no habrán hecho más que empezar. La meta que se puede ya vislumbrar si no logramos que cambien las cosas, no es la que se merecen nuestros hijos.

sábado, 22 de septiembre de 2012

El nacionalismo: una forma reaccionaria de ser

(PUBLICADO EN EL CORREO DE BURGOS EL 30 DE OCTUBRE DE 2012)

El nacionalismo es una forma de ser. Una de las dos fundamentales posibles, la que Platón proponía, y según la cual soy lo que recuerdo haber sido, frente a la que avaló Aristóteles, que venía a decir que soy lo que, futuro adelante, estoy llamado a ser. Decía a este respecto Mircea Eliade (filósofo e historiador de las religiones, uno de los grandes referentes de nuestra cultura contemporánea) que “Platón podría ser considerado (…) como el filósofo por excelencia de la ‘mentalidad primitiva’ ”. Y es que la forma de ser que él proponía era, precisamente, la que se corresponde con la que es propia del hombre arcaico: “El hombre de las culturas arcaicas –afirmaba, en efecto– soporta difícilmente la ‘historia’ y (…) se esfuerza por anularla en forma periódica”. Decía asimismo: “El rechazo (…) a la historia por el hombre arcaico, su negativa a situarse en un tiempo concreto, histórico, denunciaría, pues, un cansancio precoz, la fobia al movimiento y la espontaneidad”.

El nacionalista vasco rechaza, por ejemplo, el cambio histórico que supuso la romanización, la pérdida de la identidad tribal vascona, de la que se siente heredero, pérdida ésta necesaria para poder asimilar la nueva identidad colectiva que trajo Roma y que, mezclando sangres y razas, permitía acceder a la condición de ciudadano. Aquella identidad tribal la recuperaron los vascones con la caída del Imperio y el retroceso histórico que aquello supuso, y la defendieron frente a los nuevos adalides de la romanidad, los visigodos. En ese esfuerzo por anular la historia del que hablaba Eliade, los actuales nacionalistas vascos prefieren asimismo recuperar un idioma supuestamente prerromano a usar otro, el español, que deriva precisamente del latín, el cual llegó para superar la previa fragmentación lingüística entre las tribus, cuyo modo de vida autárquico no exigía entre ellas la comunicación. El esfuerzo anti histórico, reaccionario, de los nacionalistas vascos se puede percibir asimismo en su identificación con el carlismo decimonónico, del que también se sienten herederos, y que no fue sino un intento de mantener las estructuras del Antiguo Régimen frente al constitucionalismo liberal que demandaban los nuevos tiempos a partir de la Ilustración.

Respecto del nacionalismo catalán, se puede constatar asimismo su esfuerzo por ir contra la historia, por ejemplo, y para empezar, en su oposición a lo que significaron los Reyes Católicos, que unificaron los diversos reinos de la Península, excepto Portugal. Además de su papel histórico a la hora de culminar la Reconquista o de patrocinar el descubrimiento de América, los Reyes Católicos pusieron fin a una larga época de guerras civiles, protagonizadas por una nobleza que con ellos, e inaugurando así la modernidad, empezó a ser una clase social en recesión. También sentaron las bases del estado moderno tanto en el aspecto burocrático y técnico (donde el criterio de selección a la hora de elegir los cargos dejó de fundamentarse en la pertenencia a las clases superiores y pasó a hacerlo en el mérito personal) como en el de la política exterior, en el terreno militar y en el del orden público (con la formación de la primera policía europea: la Santa Hermandad). En suma: los Reyes Católicos, después de reunificarla (es decir, de llevar adelante la superación de la fragmentación medieval, como fue ocurriendo en todos los países europeos), introdujeron resueltamente a España en la Era Moderna. El nacionalista (el hombre arcaico) catalán encuentra aquí una frontera histórica que nunca hubiera querido traspasar; sus añoranzas le llevan a preferir aquello que la Edad Moderna a la que los Reyes Católicos abrieron paso vino a superar.

La unidad conseguida por los Reyes Católicos era algo todavía incipiente, equivalente a una confederación entre reinos, aunque ellos mismos pretendían que fuera un primer paso en la dirección de una unión mucho más sólida. Sin embargo, esto que debía de haber sido una etapa transitoria de un proceso que conducía hacia el reforzamiento del estado y la profundización de la unidad nacional, quedó interrumpido con la dinastía de los Austrias, que reinaron entre el 1506 y el 1700. Con ellos, el estado en España sufrió incluso, en muchos sentidos, una regresión a una etapa anterior a la que supusieron los Reyes Católicos. El primer rey Borbón, Felipe V (1700-1746), después de la guerra dinástica previa contra el aspirante de la dinastía de los Austrias, retomó la tarea de reforzar la unidad estatal, en la que ya íbamos con retraso respecto de algunos de los principales países de Europa. A esta tarea se orientaron sus Decretos de Nueva Planta, que liberaron de trabas interiores al comercio (…y al idioma), unificaron textos legislativos, así como la Administración, que pasó a ser común en buena parte. La Ilustración pudo empezar a abrirse paso así en el solar hispano.

Los nacionalistas catalanes, como buenos reaccionarios (como hombres arcaicos), preferirían haberse quedado en el ámbito premoderno que los Austrias significaban. Y a partir de ahí es como realizan la simplificación de considerar que la Guerra de Sucesión entre el Borbón Felipe V y el aspirante de los Austrias Carlos III (que incluso llegó a controlar, por ejemplo, Madrid) fue una guerra entre España y Cataluña. En realidad era una guerra entre la modernidad que pujaba por asomar y el arcaísmo que se resistía a abandonar la historia. Por eso el hombre arcaico, el nacionalista catalán, tiene a Felipe V como su personaje más odiado. Así se entiende que el pasado jueves 6 de septiembre la Generalitat haya acabado de retirar del edificio del Parlamento catalán (construido precisamente por orden de Felipe V entre 1716 y 1748) el escudo que preside la fachada de este edificio, el de armas de Felipe V, y lo haya sustituido por las cuatro barras de la bandera catalana.
 
Para el hombre arcaico, en fin, la historia es un enemigo cuyos efectos (incluidos los que quedan reflejados en los símbolos) hay que combatir denodadamente. Desde la perspectiva que él defiende, y como dice también Mircea Eliade, “el acontecimiento histórico en sí mismo, sea cual fuere su importancia, no se conserva en la memoria popular y su recuerdo sólo (es activado) en la medida en que ese acontecimiento histórico se acerque más al modelo mítico”. Si los nacionalistas alcanzaran al fin sus objetivos, habrían logrado que la historia hubiera pasado en balde; la perspectiva del hombre arcaico habría triunfado sobre la del hombre progresista, que intenta encontrar fórmulas de convivencia cada vez más ricas y complejas.

martes, 11 de septiembre de 2012

Miedo y culpa en el mundo moderno y su reflejo en el arte

Un fantasma recorrió Europa ya a partir del siglo XIV, pero sobre todo desde el XV y el XVI: el fantasma de la libertad. Para ilustrar lo que esto significó, podríamos remitirnos a las palabras que el humanista Pico della Mirandola ponía en labios del mismísimo Dios, a fines del siglo XV, en una imaginaria exhortación que dirigía al hombre, sancionando con ellas la entrada en los nuevos tiempos: “No te he dado un puesto fijo, ni una imagen peculiar, ni un empleo determinado –le decía–. Tendrás y poseerás por tu decisión y elección propia aquel puesto, aquella imagen y aquellas tareas que tú quieras”. El hombre, acostumbrado hasta entonces a encontrarse dictadas las normas que habían de dirigir su vida, se descubría como nuevo protagonista de ella. Él solo como individuo, y nadie más, iba a estar encargado de construir su vida a partir de los materiales que le aportaba su circunstancia. El bien y el mal dejarían también de ser categorías preestablecidas: él, sin más ayuda, pasaba a ser quien habría de fijar los límites de ambos; nadie, salvo su conciencia, le iba a pedir ya responsabilidades morales por lo que hacía.

Aquella libertad recién adquirida produjo un gran impacto y una transformación sustancial en la manera de estar en el mundo de aquellos hombres que empezaban a despejar el camino hacia la modernidad. Y no siempre para mejor. En 1513 Maquiavelo escribía “El Príncipe” y mostraba allí el sesgo que iba a tomar buena parte de la modernidad en los asuntos morales: para Maquiavelo, el bien había de dejar paso a lo conveniente y los fines se encargaban de legitimar cualquier clase de medio: “En todas nuestras acciones –escribió–, y máxime en las de los príncipes, en cuyo caso no existe tribunal que las juzgue, se analizan los resultados finales (…) El príncipe, que se ocupe de ganar y mantener el poder; los medios se considerarán siempre honorables y dignos de general alabanza”. Y dejó constancia asimismo de la idea que tenía del hombre y que le permitía justificar tales consideraciones: “De los hombres se puede decir en general que son ingratos, volubles, mentirosos e hipócritas, temerosos del peligro, ávidos de ganancias”. Una línea de pensamiento y unos criterios morales que conducirían a una convivencia entre los hombres regida por una valoración que Thomas Hobbes hizo explícita en el siglo XVII: “Homo homini lupus”, el hombre es un lobo para el hombre; consiguientemente, el estado natural del hombre en sociedad (que, desde luego, había que intentar reconducir) era el de “guerra de todos contra todos”. Por este ramal de la modernidad, el hombre había retorcido la idea del bien hasta hacerla inoperante a la hora de organizar la convivencia: había que partir de que lo esperable en cada individuo era que actuase según su interés egoísta, a costa de llegar a desinteresarse por el daño que, en la persecución de aquél, pudiera causar a los demás.

Correlativamente, los hombres empezaron a sentir por entonces un profundo desasosiego, un miedo y una angustia crecientes. Stefan Zweig, en su biografía sobre Erasmo y refiriéndose a aquel tiempo de principios del siglo XVI, decía: “De la noche a la mañana, las certidumbres se convierten en dudas (…) el desasosiego fermenta en los países, el miedo y la impaciencia alientan en las almas”. Ortega fijaba de una manera muy precisa la aparición de este desasosiego: “Hacia 1560 –afirma– comienzan a sentir las entrañas europeas una inquietud, una insatisfacción, una duda de si es la vida tan perfecta y cumplida como la edad anterior creía”. En principio, ese estado de ánimo cristalizó sobre todo como miedo al juicio de Dios, que aquellos hombres presintieron que estaba cerca; Jean Delumeau, en su libro “El miedo en Occidente”, anticipando las fechas respecto de los autores anteriores, constata que “hay unanimidad entre los historiadores en estimar que, a partir del siglo XIV, en Europa se produjo un reforzamiento y una difusión más amplia del temor a los últimos tiempos (y de un) clima de pesimismo general sobre el futuro”. Y Huizinga, en “El Otoño de la Edad Media”, sitúa en esa época la existencia de un sentimiento compartido por todo el mundo de que “el aniquilamiento general se acercaba”.

Cabría una interpretación materialista respecto de las razones de la aparición de este desasosiego, según la cual, y de acuerdo con la fórmula marxista de que la existencia determina la conciencia, no sería aquél sino el reflejo de unas circunstancias objetivas: el recuerdo de los estragos de la peste negra, las numerosas guerras habidas por entonces, las conmociones producidas por los cambios en el modo de producción… Pero aquí vamos a arriesgar una interpretación según la cual son otras conmociones, las que se estaban produciendo en el alma de los hombres y no en las circunstancias objetivas, las inmediatamente responsables de tales miedos.

Los hombres, desde que existimos, hemos sufrido la realidad como algo insuficiente; siempre hemos echado de menos en ella lo que acabaría de aportarle un orden, un sentido. ¿Cuáles han sido en última instancia los criterios que nos han llevado a detectar esas insuficiencias? Finalmente, esos criterios que nos permiten aspirar al sentido en el universo, han sido de orden moral. El hombre ha intentado siempre completar lo que le falta al mundo favoreciendo lo que ha considerado bueno y, ya que no podía hacerlo desaparecer, relegando a los pisos inferiores de la existencia lo que ha considerado malo. En las épocas en las que esos criterios se han sometido a la norma general, la maldad estaba colectivamente relegada al inframundo, acotada, pues, y suficientemente controlada. Bien, pues en el tránsito a la Edad Moderna quedaron descalabrados esos criterios que ordenaban el mundo, y el mal, acompañado de lo feo, lo espantoso, fueron poco a poco asomando en el mismo piso por el que discurrían el bien, lo bello, lo ordenado.

Curiosamente, se acusó un aumento exponencial del miedo al diablo. Dice Jean Delumeau: “La emergencia de la modernidad en nuestra Europa occidental tuvo lugar acompañada de un increíble miedo al diablo”. Fue ese miedo desproporcionado algo específico de esta época, pues hasta entonces apenas había salido el diablo a la palestra. “A partir del siglo XIV las cosas cambian –añade Delumeau–, la atmósfera se vuelve en Europa más agobiante y esta contracción del diablo que había triunfado en la edad clásica de las catedrales deja sitio a una progresiva invasión demoníaca”. Empecemos por entender quién es el diablo: es un habitante de nuestra intimidad que representa en nosotros la mala conciencia. Lo cual nos permite comprender que, según dice el mismo autor, “junto a la peste, las carestías, las guerras, incluso la irrupción de los lobos, siempre eran interpretadas por la Iglesia, y más generalmente por los guías de la opinión, como castigos divinos: flechas aceradas enviadas del cielo sobre una humanidad pecadora”.

¿Cuál era ese pecado, es decir, la causa de aquellos miedos e inquietudes que arrastraba el emergente hombre moderno? Creer que la libertad naciente le había liberado de la responsabilidad moral, dejar de creer en el bien (general) para sustituirlo por la conveniencia (particular), convertir el mundo, al menos en principio, y tal y como Hobbes sostenía, en el escenario de una guerra de todos contra todos. Y era porque se entendió que, igual que pensaba el Iván Karamazov de Dostoievski, “si Dios no existe todo está permitido”. La pulsión moral que, en el intento de remediar las insuficiencias de la realidad, nos empuja en busca de lo bueno, había dejado de ser creíble, en buena medida, para el hombre moderno. Desde que la modernidad comenzó se ha ido instalando en la conciencia colectiva la idea de que no existe ese orden, de que cada individuo es plenamente soberano y no ha de aspirar a nada por encima de él. Fernando Pessoa (1888-1935), dando continuidad a esa creencia llegó a decir: “No hay normas. Todos los hombres son excepciones a una regla que no existe”. Y André Breton, en nombre del surrealismo, llevaba este presupuesto a sus últimas consecuencias: “Creo que todo acto lleva en sí su propia justificación, por lo menos en cuanto respecta a quien ha sido capaz de ejecutarlo”. Desdeñado el guía interior encargado de conducirnos más allá de nuestras consideraciones particulares, ha ascendido de categoría el otro guía, el que aspira a que lleguemos a la indiferencia moral, la indiferencia para con aquello que nos trasciende. Hasta el punto de que Cioran se apuntaba a este peculiar tipo de queja: “¡Si nos fuera posible abandonar voluntariamente la nada de la apatía por el dinamismo del remordimiento!”.

Pero ese remordimiento, pese a todo, sobrevive: es el que nos avisa de que nuestra personalidad corre peligro de ser señoreada por nuestra parte más sombría, y por ello nos pide rendir cuentas. Ampliando la idea de que el ensalzamiento de la subjetividad fue, pese a todo, la gran aportación de la modernidad, decía también Víctor Hugo (1802-1885) que “los grandes peligros están en nuestro interior”. Por debajo de nuestro mundo aparente, pero asomando ya a la superficie, bulle este otro que despierta nuestra mala conciencia, nuestro sentimiento de culpa y nuestros miedos consiguientes. Eso que antaño llamaban el demonio, y que es el responsable del gran consumo que hacemos de ansiolíticos y antidepresivos.

El arte ha acompañado con sus producciones a este estado de ánimo propio del hombre moderno, y aquí dejaré reflejada una muestra de lo que digo. Goya significó un punto de inflexión definitivo en la expresión artística de la mala conciencia, singularmente con sus pinturas negras, pero fue un cuadro anterior, “San Francisco de Borja asistiendo a un moribundo impenitente”, el primero en el que la mala conciencia irrumpe en sus cuadros en forma demoníaca. Fue poco antes de la irrupción del episodio depresivo de su enfermedad bipolar (así diagnostica con gran pericia el psiquiatra y escritor Francisco Alonso-Fernández la “misteriosa” enfermedad que recurrentemente sufrió el pintor). Goya dio la señal de salida de un tipo de arte que ha dejado muchas muestras plásticas de la mala conciencia. Aquí debajo dejo alguna de ellas.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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martes, 4 de septiembre de 2012

Covite inicia una campaña en YouTube contra la impunidad

 
 
 
ETA hoy se siente victoriosa, mientras nuestros políticos, a medias cínicos y embaucadores (y de las dos formas mentirosos) hablan de su derrota. Si después de permitirles el acceso a las instituciones, aceptamos llegar a donde estamos a punto de llegar, que es donde el independentismo etarra quería, estaremos dando legitimidad al camino que el terrorismo se marcó desde el principio, y consiguientemente traicionando a las víctimas, y aún más, a la causa por la que murieron.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Cómo impulsar el desfondamiento moral desde el gobierno

    Constatar que yo y mi circunstancia formamos una unidad indisoluble es una conquista filosófica que hay que situar en la cumbre del pensamiento humano. Según ello, el mundo en el que se vive depende del modo en el que cada cual se sitúa ante él; no hay un mundo único para todos, sino que, como dice Ortega, “cada ser posee su paisaje propio, en relación con el cual se comporta”. El mundo en general no existe, es una abstracción: sería hipotéticamente accesible sólo desde el punto de vista de un Dios que recogiese todos los puntos de vista particulares posibles. Las cosas no existen independientemente de mí, que las observo y valoro, y consiguientemente, dice también Ortega, “para responder a ¿qué son las cosas? tengo que preguntarme ¿qué soy yo?".


Por esta misma vía intelectual discurría Goethe cuando afirmaba que “cada cual escucha solamente lo que entiende”. Venía con ello a decir que la razón general, objetiva, es también una abstracción, y que sólo son operativos los razonamientos concretos que cada cual es capaz de realizar partiendo de su perspectiva sobre las cosas, es decir, que al elaborar los propios razonamientos sólo se tiene en cuenta el trozo de mundo que cada cual es capaz de percibir; lo que no cabe en el propio punto de vista, no se entiende, y aún más, no se atiende. Y a conclusiones parecidas, pero más dramáticas si cabe, llegaremos si nos adentramos en el terreno moral: el mundo en el que vivo es el correlato de mis propias exigencias morales, se agranda o empequeñece, se eleva o se degrada para adecuar su perímetro al perfil que delimita mi propio horizonte moral. Mi comportamiento será la proyección hacia afuera de aquello que mis principios me exigen, y tanto como ellos, me lo exige la sociedad según yo la entiendo; y los comportamientos de una sociedad serán la resultante de la ecuación que combina las particulares exigencias morales que a sí mismos se hacen sus individuos y que de igual manera les exige su sociedad según es entendida por ellos. La fuerza de un individuo y de una sociedad dependerá finalmente de aquello que se exigen; y correlativamente, como también dice Goethe, “en cuanto dejo de ser moral, pierdo todo poder”, en cuanto dejo de tener un suficiente nivel de exigencia sobre lo que debo hacer, en esa misma proporción baja el listón de aquello que me siento capaz de hacer y la altura en la que sitúo moralmente a mi sociedad.
Cuando en junio de 2003 el Gobierno que presidía José María Aznar, y del que era vicepresidente Mariano Rajoy, modificó el Código Penal y la Ley General Penitenciaria con el fin de endurecer el castigo de diversos delitos, especialmente los de terrorismo, estaba dando solidez a una determinada manera de entender las cosas y estaba dando expresión a unos concretos criterios morales, que si en algún punto se hacen patentes es en la forma que se tiene de enfrentarse al delito. Lo que una sociedad considera delito y la manera en que se enfrenta a él es la línea de demarcación más definitiva que existe entre lo que en esa sociedad se debe o no se debe hacer. El objetivo último de aquellas reformas era, ante todo, garantizar que quienes habían cometido unos delitos tan graves y que causan tanto daño social (y moral, sobre todo en el País Vasco) como los de terrorismo, habrían de cumplir íntegramente sus penas. En esa reforma quedaron modificados el artículo 90 del Código Penal y el 72 de la Ley General Penitenciaria, con el objeto de que en el caso de los etarras condenados no se pudiera conceder la libertad provisional o el tercer grado a menos que el preso cumpliese de modo inexcusable determinadas condiciones: que tenga un pronóstico favorable de reinserción social (lo que lógicamente se habría de traducir en la separación de la banda y el repudio de sus crímenes), la petición de perdón a las víctimas y el pago de la indemnización derivada de sus responsabilidades civiles, así como la colaboración con las autoridades en el fin del terrorismo. La altura del listón moral desde el que se realizaron aquellas reformas legales señalaba la imposibilidad de encontrar acuerdos entre los verdugos y las víctimas, salvo que aquellos cambiaran radicalmente su actitud.
Nueve años más tarde, otro gobierno presidido por el que entonces era vicepresidente, Mariano Rajoy, ha concedido el tercer grado (una forma de semilibertad), y abierto la vía a la excarcelación a Josu Uribetxeberria Bolinaga, condenado a más de doscientos años por dos secuestros, entre ellos el de José Antonio Ortega Lara, y el asesinato de tres guardias civiles. Ortega Lara estuvo 532 días secuestrado en un zulo de tres metros de largo que rezumaba humedad, con las paredes de madera abombadas por el agua, y refiriéndose a él dijo Bolinaga cuando, ya detenido, le preguntaron cómo se accedía al zulo de su secuestrado: “Que se muera de hambre ese carcelero”. Fue, pues, la tenacidad de la Guardia Civil la que en exclusiva permitió descubrir el complejo mecanismo que daba acceso al zulo. Por otro lado, a uno de los guardias civiles que asesinó Bolinaga, de menos de treinta años, le descerrajó sañudamente 18 tiros. Podríamos decir de él, por tanto, que con sus acciones ha demostrado comportarse como un auténtico terrorista vocacional.
 Uribetxberria Bolinaga es un miembro de ETA que ni se ha desvinculado de la banda ni ha cumplido ninguno de los otros requisitos exigidos por el Código Penal para acceder al tercer grado. La enfermedad del terrorista, a la que se ha aludido como justificación de la medida, fue valorada en un informe realizado en la prisión alavesa de Zaballa (Álava) en el que se propuso para él ese tercer grado penitenciario. El terrorista había sido trasladado desde un hospital penitenciario de León, en cuya cárcel se encontraba, hasta otro de San Sebastián para que aquí le realizasen las pruebas médicas pertinentes; como resulta evidente que esas pruebas se podían haber hecho igualmente en León, hay que deducir que hubo una clara voluntad política de realizar el traslado al País Vasco, de la cual, a la vista de lo que ha ido ocurriendo, es fácil deducir los motivos. Por otro lado, resulta también evidente que la presión que el ambiente proetarra puede ejercer sobre los médicos en San Sebastián es un dato a considerar y que queda resaltado por el contrainforme de la Clínica Forense de la Audiencia Nacional que ha contradicho a aquel otro en el sentido de que el enfermo “en la actualidad no se encuentra en fase terminal y únicamente presenta leves síntomas clínicos”. Resulta significativo además que cerca de ochocientos presos hayan muerto en las cárceles españolas en circunstancias semejantes a las de Bolinaga en los últimos cinco años, y sin haber accedido al tercer grado, lo cual descalifica la opinión de los miembros del gobierno según los cuales éste, al concedérselo, ha obrado siguiendo los criterios marcados por la ley.
Entre el gobierno que en 2003 procuraba tomar las medidas adecuadas para que los terroristas cumplieran íntegramente sus penas y este otro que promueve de manera furtiva y vergonzante medidas de acercamiento de presos etarras al País Vasco y paulatinas excarcelaciones, hay una evidente diferencia de criterio moral. Y no para mejor, aunque se haya hecho referencia a motivos humanitarios para propiciar este tipo de medidas, puesto que en el contexto del conjunto de las tomadas, además de ésta, sobre la facilitación del acceso de ETA a las instituciones y de diversas formas de “inserción social” de integrantes de la banda que en ningún momento han repudiado su pasado delictivo, hay que deducir que detrás de ellas existen motivos políticos que se intentan ocultar a la opinión pública. También han cambiado los criterios morales en asuntos como el chivatazo a ETA de altos responsables de la policía en el bar Faisán de Irún, pues mientras que en la anterior legislatura se acosó desde la oposición repetidamente a Rubalcaba para que respondiera políticamente por aquel delito, en ésta, el caso Faisán parece haber pasado a mejor vida. Lo que en tiempos de Zapatero parecía indecente, incluso delictivo, a los ojos del PP, ha pasado a servir de pauta para la actuación de los actuales gobernantes de ese mismo partido.  
 “Al encontrar la realidad nos encontramos a nosotros mismos”, decía María Zambrano. La realidad actual, la que han ido construyendo nuestros políticos, ésta en la que la corrupción política y económica, el despilfarro en el gasto público combinado con el desorbitado acoso fiscal al contribuyente, los atentados a la unidad y estabilidad nacional y el cambio de la Ley de Partidos por estos otros acuerdos tácitos entre los partidos mayoritarios según los cuales el terrorismo etarra ha pasado a ser un interlocutor político, nos pone cara a cara con lo que colectivamente hemos pasado a ser: un país desesperanzado, moralmente desfondado y sin conciencia clara sobre la forma en que la ley delimita lo que es delito de lo que no. Un país que, asimismo, desconfía de sus gobernantes y que, en esa medida, corre el riesgo de desvertebrarse y abocarse al sálvese quien pueda. Si queremos, en fin, saber, como pueblo, cómo son las cosas que están ocurriendo, pongamos en práctica las instrucciones orteguianas y preguntémonos cómo somos nosotros y si seguimos incluyendo en ese “nosotros” a nuestros gobernantes o empezamos a exigirles que asuman una perspectiva sobre las cosas propia de un país moralmente maduro.