sábado, 25 de julio de 2020

La filosofía como sustitutivo de la locura: el caso de David Hume

      Decía Fichte: “Qué clase de filosofía se elige, depende de qué clase de hombre se es”. Un aforismo que encuentra su más exacta confirmación en el caso de David Hume, la figura más importante de la corriente filosófica del empirismo, que es tanto como decir una de las que más ha influido en la conformación del sustrato ideológico… y psicológico de nuestra época. De modo que analizar la manera en que fue tomando forma la doctrina filosófica de este autor puede que nos ayude a comprender un poco mejor lo que pasa en nuestro tiempo.

     David Hume nació en Escocia en abril de 1711. Su padre, Joseph Home murió cuando él tenía dos años de edad. La madre era una calvinista ferviente y crio a sus hijos en esta fe, que David rechazó, junto con toda forma de cristianismo antes de cumplir los veinte años. “Muy pronto –dice el mismo Hume en su autobiografía– nació en mí la pasión por la literatura, que ha sido la pasión dominante de mi vida y la fuente principal de mis satisfacciones”. Hasta tal punto era viva esa pasión que “sentía una insuperable aversión hacia todo lo que no fueran las tareas de la filosofía y el conocimiento en general”[1]. Fue precisamente a esa afición extrema al estudio a lo que, al principio, achacó el hecho de que su salud se deteriorara. “Estando mi salud un tanto estropeada”, dice inmediatamente después en su autobiografía; una referencia un tanto elíptica a lo que fue un largo aunque variable episodio depresivo que se extendió desde los diecinueve hasta los veintitrés años. Aparecieron también diversos síntomas físicos tales como palpitaciones, manchas de escorbuto en los dedos y acuosidad de su boca. Asimismo, a los veinte años, su apetito, de repente, se hizo voraz, hasta el punto de que se convirtió, en sus palabras, en el “más lozano, robusto y saludable sujeto visto, con un cutis sonrosado y un semblante risueño”[2]. Sin embargo, hay que resaltar el hecho de que a menudo la depresión y el sentimiento de vacío tratan de ser contrarrestados con glotonería, y esto puede que fuera lo que realmente ocurrió.
     Alfred Adler viene a apoyar nuestra argumentación con una reflexión que podemos considerar pertinente a este respecto: “¿Pero para qué sirve la vida? ¿Qué significa la vida? –se pregunta– Podemos afirmar (…) que (las personas) solamente se hacen estas preguntas cuando han sufrido una derrota. Mientras que todo va bien, mientras que no surgen ante ellos pruebas difíciles, jamás formularán esas interrogantes”[3]. Haber crecido sin padre y la llegada de la adolescencia son vicisitudes que ya de por sí dificultan el sentimiento de identidad y, consiguientemente, empujan hacia la formulación de ese tipo de preguntas a las que alude Adler. A los dieciocho años coincidieron varios acontecimientos más en la vida de Hume que coadyuvaron a que se desencadenara su crisis: desafió la decisión familiar de que estudiara Derecho; su futuro financiero estaba resultando incierto; empezó a rebelarse resueltamente contra las opiniones y creencias que le habían transmitido, lo cual se plasmó sobre todo en su abandono de la religión; y, en fin, coincidiendo con todo ello, fue como comenzó a sufrir aquella depresión. Y la necesidad de buscar respuestas a ese tipo de preguntas que Adler dice que surgen en situaciones de crisis es lo que activó en Hume su extraordinario interés por la filosofía.
     La depresión aludida es más ampliamente descrita por Hume en una carta que escribió en 1734, a los veintitrés años, dirigida a un médico anónimo. En ella da cuenta, para empezar, de algo que es común a otros muchos filósofos: la pretensión que tenía de encontrar la verdad por sí mismo, sobreponiéndose al debate infinito, y hay que entender que, en su opinión, más bien baldío, que a propósito de los asuntos más fundamentales habían llevado a cabo los filósofos que le precedieron. Así que sintió desarrollársele “cierta osadía de temperamento” que le llevaba “a la búsqueda de algún nuevo medio por el que pudiera establecerse la verdad”. Dice también en su carta: “A primeros de septiembre de 1729, todo mi ardor pareció extinguirse en un instante y ya no pude elevar más mi espíritu a tal terreno, que tan excesivo placer me había producido antes”. Su interpretación consistió en entender que sus lecturas de los filósofos, aunque “de enorme utilidad cuando van aparejadas a una vida activa (…) en la soledad apenas sirven a otro propósito que echar a perder los espíritus”[4]. Cuenta en su “Tratado de la naturaleza humana”, libro que empezó a gestarse en aquella edad, que comenzó a hacerse preguntas del tipo de las que Adler consideraba características de estas situaciones críticas: “¿Dónde estoy o qué soy? ¿A qué causas debo mi existencia y a qué condición retornaré? ¿Qué favores buscaré y a qué furores debo temer? ¿Qué seres me rodean; sobre cuál tengo influencia o cuál la tiene sobre mí? Todas estas preguntas me confunden, y comienzo a verme en la condición más deplorable que imaginarse pueda”[5].
     Mantener la inquietud que pone en marcha este tipo de preguntas puede resultar muy fecundo y productivo; de hecho, en Hume, para empezar, activaron su pasión por la filosofía. Pero las respuestas que se fue dando le condujeron hacia un estado de ánimo sombrío: acabó sumiéndose en la depresión. Los médicos a los que acudió fueron incapaces de curarlo. Hume atribuyó su depresión a su excesiva dedicación al estudio, así que decidió abandonarlo: “Me vi tentado, o mejor, obligado, a hacer un débil intento por introducirme en un escenario vital más activo”[6]. Haciendo caso a uno de sus médicos, pasó a estudiar solo moderadamente y cuando se encontraba de buen humor. En realidad, buscó la manera de eludir las implicaciones de las deprimentes respuestas que iba dándose a aquellas preguntas que manaban de su crisis. Así prosigue su narración: “Por fortuna sucede que, aunque la razón sea incapaz de disipar estas nubes, la naturaleza misma se basta para este propósito, y me cura de esa melancolía y de este delirio filosófico, bien relajando mi concentración mental o bien por medio de alguna distracción (…) Yo como, juego una partida de chaquete, charlo y soy feliz con mis amigos; y cuando retorno a estas especulaciones después de tres o cuatro horas de esparcimiento, me parecen tan frías, forzadas y ridículas que no me siento con ganas de profundizar más en ellas”. Y aun concluye: “Estoy dispuesto a tirar todos mis libros y papeles al fuego, y decidido a no renunciar nunca más a los placeres de la vida en nombre del razonamiento y la filosofía, pues así son mis sentimientos en este instante de humor sombrío que ahora me domina”[7].
      En la carta que escribió a su médico anónimo en la que daba cuenta de su depresión, confirma de otra manera el mismo argumento: “Para evitarme la melancolía ante tan sombrías perspectivas, mi única seguridad se haya en displicentes reflexiones sobre la vanidad del mundo y de toda gloria humana”[8]. En 1734, con 23 años, abandonó su tierra natal escocesa y se fue a vivir a Bristol, a trabajar como comerciante y así tratar de huir de los abismos mentales a los que le abocaba su incipiente filosofía. Solo duró cuatro meses en esa tarea, y volvió a centrarse de nuevo en sus meditaciones. Y como se podría prever, las conclusiones a las que le fueron llevando sus pensamientos no hicieron sino prolongar o reafirmar con silogismos lo que resultaba ser el núcleo de sus problemas psicológicos. Sigue relatando en la susodicha carta: “Mi enfermedad me puso un enorme obstáculo. Me di cuenta de que era incapaz de seguir ningún tren de pensamiento de un solo tirón, sino mediante repetidas interrupciones y dejando que mi vista se recuperase de vez en cuando con otros objetos”. El hecho de aproximarse a una idea contemplando sus “mínimas partes” y mantenerla continuamente ante sus ojos, para poder reproducir estas partes en orden, “me pareció impracticable, (no) estaban mis talentos a la altura de tan denodado esfuerzo”. Esa incapacidad psicológica de unir fragmentos de pensamiento resultó ir en paralelo a su doctrina filosófica, según la cual, precisamente, toda experiencia está hecha de fragmentos.
     La idea principal a extraer de la filosofía de Hume es que el hombre, para empezar, es una tabla rasa y que todo el conocimiento al que llegue a acceder se deriva de la experiencia. Según él, todas las operaciones que llegue a realizar la mente (toda reflexión) se llevan a cabo primariamente a partir del material suministrado por los sentidos, y está compuesto por los elementos atómicos que constituyen las sensaciones corporales: cada sonido, cada olor, sabor, percepción de colores… Para Hume, pues, la única entidad sobre la que se puede sostener la existencia de algo que podamos llamar humano es la sensación. Nada hay en los individuos que dé consistencia a la idea de que en ellos exista algo que permanezca, que les permita tener una identidad: somos, según esto, el resultado de la acumulación de sensaciones que van y vienen a lo largo de la vida. El mundo varía a nuestro alrededor y nosotros no somos sino un reflejo del mundo, lo que de él llega a nosotros a través de las sensaciones. En suma, no existe el yo. “Tiene que haber una impresión que dé origen a cada idea real –dice en su “Tratado de la Naturaleza humana”. Pero el yo o persona no es ninguna impresión, sino aquello a que se supone que nuestras distintas impresiones e ideas tienen referencia. Si hay alguna impresión que origine la idea del yo, esa impresión deberá seguir siendo invariablemente idéntica durante toda nuestra vida, pues se supone que el yo existe de ese modo. Pero no existe ninguna impresión que sea constante e invariable. Dolor y placer, tristeza y alegría, pasiones y sensaciones se suceden una tras otra, y nunca existen todas al mismo tiempo. Luego la idea del yo no puede derivarse de ninguna de estas impresiones, ni tampoco de ninguna otra. Y en consecuencia, no existe tal idea (…) Nunca puedo atraparme a mí mismo en ningún caso sin una percepción, y nunca puedo observar otra cosa que la percepción (…) Yo sé con certeza que en mí no existe (el yo)”[9].
     Todo aquello en lo que consiste un individuo, pues, está constituido por una serie de efímeras percepciones que varían constantemente, sin sujeto perdurable al que ser referidas (pues él varía tanto como las percepciones por las que pasa), y que ni siquiera pueden vincularse a objetos determinados, ya que estos tienen la misma inconsistencia que las sensaciones a través de las cuales llegan a nosotros. No existe un “objeto” con cualidades perdurables que venga a contraponerse a las percepciones que emite nuestro sistema sensorial, las cuales, por su parte, ni siquiera están ligadas entre sí, no hay un sustrato permanente que podamos considerar un objeto al que referir esas efímeras percepciones que fluyen sin parar. Todo lo que parecía existir, tanto dentro del (en realidad inexistente) sujeto como de los (igualmente supuestos) objetos es así, ni más ni menos, que el resultado de la asociación, por semejanza, contigüidad o contraste, de unas sensaciones con otras. En suma: ni existo yo ni existe el mundo. La razón, en cuanto que se dedica a construir “objetos” sobre los que realizar sus operaciones, había de ser inevitablemente dogmática. Y en cuanto a la moral, se deduce de todo lo demás que no hay ningún principio moral permanente o incuestionable que pueda regir el comportamiento de los hombres; lo único que existe son hábitos, costumbres que nos llevan a preferir unos comportamientos a otros, pero cualquier juicio de valor es en última instancia arbitrario.
     Tales conclusiones filosóficas tienen perfecta cabida como síntomas de los síndromes psicopatológicos de despersonalización y desrealización en los que, respecto de la persona misma, del mundo externo o de ambos se pierde la sensación de que son algo sustancial, sólido, estable, y de que hay un sustrato común por debajo de los diferentes estados emocionales al que poder llamar "yo". Tanto el yo como el mundo se presentan al sujeto como extraños e irreales. Padecer esos síndromes es congruente con una visión filosófica de la que se deduce que no existe la relación de causalidad, no hay ninguna conexión necesaria entre causa y efecto, ni entre una percepción y otra, ni entre un estado de ánimo y el siguiente, ni entre uno y otro momento de la conciencia. Podemos decir, por tanto, que fueron su depresión y los consiguientes síndromes de desrealización y despersonalización los que dictaron a Hume la base de su filosofía. Así lo afirma también Ben-Ami Scharfstein en el análisis que hace de su biografía: “La auto-observación de Hume durante el periodo de su enfermedad determinó para él la base de su filosofar”. Una manera de filosofar que ha triunfado en el mundo actual, en el que la idea de supeditar todas nuestras consideraciones al dictado del instante, a las sensaciones inmediatas, a lo que requiera cada fragmentario momento de la vida, a la despreocupación por el futuro y por las grandes cuestiones parece seguir la estela de aquella evasiva respuesta que Hume se daba a sí mismo después de fracasar en la respuesta a sus inquisitivas preguntas metafísicas: “Yo como, juego una partida de chaquete, charlo y soy feliz con mis amigos; y cuando retorno a estas especulaciones después de tres o cuatro horas de esparcimiento, me parecen tan frías, forzadas y ridículas que no me siento con ganas de profundizar más en ellas (…) Estoy dispuesto a tirar todos mis libros y papeles al fuego, y decidido a no renunciar nunca más a los placeres de la vida en nombre del razonamiento y la filosofía, pues así son mis sentimientos en este instante de humor sombrío que ahora me domina”. Este modo de evadirse sería quizás la única actitud adecuada para sobrevivir a la constatación de que ni existo yo ni existe el mundo ni existen el bien y el mal.




[1] David Hume: “Mi vida”, Madrid, Alianza, 1985, p. 14.
[2] Cit. en Ayer, A. J.: “Hume”, Madrid, Alianza, 1988, p. 16.
[3] Alfred Adler, Alfred: “El sentido de la vida”, Madrid, Espasa Calpe, 1975, p. 11.
[4] Cit. en Ben Ami Schaferstein: “Los filósofos y sus vidas”, Madrid, Cátedra, 1985, pp. 201-202
[5] David Hume: “Tratado de la Naturaleza Humana”, 3 vols., Barcelona, Orbis, 1984, p. 421.
[6] David Hume: “Mi vida”, Madrid, Alianza, 1985, p. 14.
[7] David Hume: “Tratado de la Naturaleza Humana”, 3 vols., Barcelona, Orbis, 1984, p. 421.
[8] Cit. en Ben Ami Schaferstein: “Los filósofos y sus vidas”, Madrid, Cátedra, 1985, p. 204.
[9] David Hume: “Tratado de la Naturaleza Humana”, 3 vols., Barcelona, Orbis, 1984, pp. 399-400.

jueves, 23 de julio de 2020

El hombre no tiene naturaleza, está obligado a inventar su vida

     Para Aristóteles, el hombre era un ser natural, lo que discurría entre la potencialidad que le constituía al nacer y el acto en el que esa potencialidad quedaba realizada. El plan en que consistía ser hombre estaba prefijado por su naturaleza. Se trataba por entonces de ser, de acabar de ser, lo que ya potencialmente se era. Sin embargo, para Ortega, “la vida humana, la existencia del hombre, aparece consistiendo formalmente, esencialmente, en un problema. Para los demás entes del universo, existir no es problema —porque existencia quiere decir efectividad, realización de una esencia—; por ejemplo, que «el ser toro» se verifique, acontezca (…) En cambio (…) a diferencia (…) de todo lo demás, el hombre, al existir, tiene que hacerse su existencia, tiene que resolver el problema práctico de realizar el programa en que, por lo pronto, consiste. De ahí que nuestra vida sea pura tarea e inexorable quehacer. La vida de cada uno de nosotros es algo que no nos es dado hecho, regalado, sino algo que hay que hacer. La vida da mucho quehacer; pero además no es sino ese quehacer que da a cada cual”[1]. Los hombres, por tanto, salvo en los aspectos estrictamente biológicos, no tenemos una naturaleza que simplemente haya que realizar, traducir a términos de realidad. Tenemos que inventar nuestra vida, que, para empezar, se nos presenta como problema. Tenemos que hacernos nuestra vida, al contrario que los animales, a los que se la da hecha su naturaleza.
 
 
     Ni siquiera nuestro raciocinio es algo natural, algo que nos sea dado como nos son dados nuestros órganos o nuestros instintos. El pensamiento no es un don natural, pertenece a la vertiente suprabiológica de nuestra condición humana, la que surge a raíz de que nuestra vida nos aparezca como problema. Si fuéramos naturaleza, mera realización de una esencia, si, como los animales, lo que somos en potencia tuviera ya predeterminado lo que seremos en acto, en suma, si nuestra vida no fuera problemática, el pensamiento no habría aparecido. El pensamiento es una consecuencia de los problemas, surge para resolverlos, no al revés, no que aparezcan problemas porque tengamos la capacidad de razonar.
     Ese problema que para el hombre es su vida no consiste en saber cómo resolver sus necesidades biológicas, elementales. Esa es la parte suya que está determinada por su naturaleza. Lo que el hombre es propiamente empieza cuando acaba su servidumbre a su parte natural, cuando, una vez resueltos sus negocios (nec-otium), puede ocuparse con las específicas necesidades humanas, las que atienden su ocio (otium): las ciencias, las artes, la filosofía, la organización de la sociedad, el trato social. Y para alcanzar ese ocio es por lo que existe la técnica: ella nos permite liberarnos de la forzosidad que nos imponen nuestros negocios, evadirnos de nuestro ser mundano, para poder dedicarnos a insertar en el mundo la otra parte de nosotros, la ociosa y extra-mundana.
     Esta otra parte no natural de lo que somos, la que reclama la ayuda de la técnica para llevarse a cabo, es la que está incluida en nuestro programa vital, eso que no está prescrito y que nos tenemos que inventar. Y la vía por la que discurre ese programa de vida, si es que hemos logrado liberarnos suficientemente de nuestras necesidades biológicas, naturales, es el deseo. No un deseo determinado, pues, por esas necesidades biológicas, sino un deseo que brota de nuestra fantasía, del proyecto de ser aquel que aspiramos a ser.
     “Acaso la enfermedad básica de nuestro tiempo sea una crisis de los deseos”[2], dice Ortega, y eso a pesar de que hoy la técnica nos ha liberado en una enorme proporción del tiempo que hemos de dedicar a los negocios, a resolver nuestras necesidades básicas. Por eso, “la desazón es enorme, y es que el hombre actual no sabe qué ser, le falta imaginación para inventar el argumento de su propia vida”[3].
     Para resolver las necesidades (necesidades superfluas, no biológicas, no naturales) de ese ser supranatural que sustancialmente somos es para lo que ha nacido la técnica. Resolver esas necesidades inventadas y no otras es lo que nos daría la felicidad… nunca lograda del todo, aunque sí es posible alcanzar la satisfacción de estar respondiendo al programa vital (a la vocación) que nos hemos propuesto realizar. Pero ignorar y, por tanto, desatender esas necesidades, las auténticamente humanas, las que proceden de nuestra invención, revela que se ha recaído en lo que somos naturalmente, biológicamente, que nos hemos reducido a vivir una vida sin problemas… o en la que esos problemas están ahí, pero se desatienden y quedan acallados en la zona oscura del alma, emitiendo entonces bocanadas de insatisfacción y desazón… para contento de las empresas farmacéuticas fabricantes de ansiolíticos y antidepresivos.



[1] Ortega y Gasset: “Meditación de la técnica”, O. C. Tº 5, p. 341.
[2] Ortega y Gasset: “Meditación de la técnica”, O. C. Tº 5, p. 344.
[3] Ortega y Gasset: “Meditación de la técnica”, O. C. Tº 5, p. 344.

sábado, 18 de julio de 2020

La genialidad como feliz sustitutivo de la locura: el caso de Miguel de Unamuno

     En 1891, al ganar la cátedra de Lengua y Literatura griega en la Universidad de Salamanca, Miguel de Unamuno (1864-1936), con 27 años, dejó atrás sus habituales lugares de referencia en el País Vasco y trasladó el escenario de su vida a los contrapuestos paisajes castellanos. Una contraposición más la llevó a cabo frente a otro paisaje que también vio cambiar, el humano: el nuevo le resultó en buena medida hostil. Todo lo cual colaboró en el hecho de que por entonces atravesara una profunda fase de introversión. Unamuno se sintió en aquella época solo y aislado en el mundo, sentimiento —nos dice él mismo— que "puede llegar a producir terribles estragos en el alma y aún a ponerla al borde de la locura"[1].
 
 
     Aquella situación de soledad y aislamiento, a la que él, con su carácter antipático, colaboró decisivamente, acabó derivando hacia una profunda crisis espiritual, esa que nace a partir de la incertidumbre sobre quién se es, incertidumbre que se inserta en nuestra trayectoria vital de una manera que Ortega dejó perfilada de esta manera: “El hombre es afán de ser –afán en absoluto de ser, de subsistir– y afán de ser tal, de realizar nuestro individualísimo yo (…) Pero sólo puede sentir afán de ser quien no está seguro de ser, quien siente constantemente problemático si será o no en el momento que viene, y si será tal o cual, de este o del otro modo. De suerte que nuestra vida es afán de ser precisamente porque es, al mismo tiempo, en su raíz, radical inseguridad”[2]. Aquella inseguridad sobre sí mismo, sometida a especial presión por las concretas circunstancias aludidas, hizo eclosión en Unamuno una noche de insomnio de 1897 (tenía, pues, treinta y tres años), en la que, de pronto, le sobrevino una irreprimible crisis de llanto. Encontró consuelo en el abrazo de su mujer, que yacía a su lado, y que acariciándolo le decía: “¿Qué tienes, hijo mío?”. Estimulado por ese trato maternal, como él mismo cuenta, “entonces me refugié en la niñez de mi alma (…) Me refugié en prácticas que evocaran los días de mi infancia”[3]. Con ello quería decir que pretendió volver a la fe de su infancia, según confesó en una “Carta a Clarín” de 1900. De manera típica, cuando tiene lugar una crisis personal, se suele producir en la psique un movimiento de regresión: se busca entonces consuelo en una imposible vuelta atrás, a épocas en las que la protección del entorno paterno, el marco de creencias con el que por entonces se sentía que el mundo encajaba y la confianza así generada procuraban un sosiego suficiente, y en donde tener resuelta la necesidad de pertenencia remediaba esa clase de inquietud que más tarde habrá de irrumpir irremisiblemente como necesidad de buscarse una identidad.
     Unamuno, después de aquella noche crítica, intentó en primera instancia recuperar las prácticas religiosas que en su niñez se asociaban a aquel consuelo ahora perdido; abandonó sus clases y sus demás obligaciones, y fue a recluirse en el convento de frailes dominicos de Salamanca, donde estuvo tres días. Pero enseguida se percató de que aquel intento iba a fracasar, de que “aquello era falso”, así que su crisis le empujó hacia nuevos derroteros. Dice José Luis Abellán: “No sabemos lo que Unamuno pensó en los tres días que estuvo encerrado en el convento, pero es seguro, porque él nos lo ha dicho, que la lucha se desarrolló entre el hambre de notoriedad y la fe sencilla de la infancia. Por eso, se entregó a las prácticas religiosas más rutinarias; pero, al poco tiempo, ese "yo enconado" por la vanidad y el estímulo de la fama literaria se impuso, como más fuerte, por encima de todo lo demás”[4].
     Esos nuevos derroteros por los que la atormentada alma de Unamuno, necesitada de adquirir significado y de contrarrestar el desdén de los demás, discurrió, quedan explícitos en el resto de la carta a Clarín en la que, hablando de sí en tercera persona, dice en concreto: “Se percató de que aquello era falso, y volvió a encontrarse desorientado, preso otra vez de la sed de gloria, del ansia de sobrevivir en la historia. Desechado el sentimiento de identidad que le sirvió de niño, lo que afloró fue su “espíritu inquieto, sediento de atención, ávido de que se le oiga”. Dice asimismo en la carta: “quisiera que no se hubiese mezclado en ella (la carta) mi condenada vanidad, pero es imposible”. Él mismo da con la secuencia argumental que explica su posición vital entonces: “¡Ah, qué triste es después de una niñez y juventud de fe sencilla haberla perdido en vida ultraterrena, y buscar en nombre, fama y vanagloria un miserable remedo de ella!”[5].
     Hay pues dos tendencias radicales en aquel Unamuno en busca de su identidad que a duras penas conviven en un mismo recinto, el de su alma: la que supone su ansia de inmortalidad conducida a través de sus sentimientos religiosos y –dadas las insuficiencias a que sus insoslayables dudas le conducían por esta primera vía– la que alternativa y compensatoriamente le empuja al ansia de fama y de gloria mundanas, a la necesidad de sobresalir y al consiguiente exhibicionismo. A partir de su crisis religiosa, esta última faceta de su personalidad, la egotista y vanidosa, aun dejando a salvo su genialidad como pensador, novelista y poeta, o mejor dicho, a través de ella, pareció adquirir preeminencia, al menos en lo que respecta a su trato con los demás. Así lo afirma José Luis Abellán: “Tras la crisis del 97, Unamuno se entregó a satisfacer su ansia de popularidad, abandonando la vía mística a la que se sintió llamado. Durante los meses inmediatos a la crisis una terrible lucha debió operarse en su ánimo: el yo y Dios, el ansia de ser famoso y el deseo de entregarse a una vida religiosa, debieron luchar en su alma. Y, por fin, el primero venció al segundo”[6].
     El anhelo de inmortalidad que hasta entonces había discurrido por los cauces que la religión le procurara, pasó a disponer para satisfacerse, ya que no solo, sí en gran medida, de los (precarios) medios que aporta la vida mundana. De modo parecido a como Nietzsche, una vez muerto Dios, desembocó en esa inflación sucedánea a la que denominó superhombre, Unamuno lo hizo en un yo sobredimensionado. Para poder llegar a esta conclusión, contamos con el testimonio de muchos de los que le conocieron: “Unamuno es esencialmente insociable (…) —nos dice, por ejemplo, Salvador de Madariaga—. En sociedad tiende al monólogo y maneja a veces un martillo algo pesado”[7]. Y también: “Unamuno trata ante todo, quizá siempre, de su propia persona. Ello se debe primero a que Unamuno está obseso de sí mismo”[8]. Pío Baroja dice de igual manera en sus Memorias: “Creo que Unamuno tenía mucho de patológico en la cabeza, sobre todo un egotismo tan enorme que le aislaba del mundo, a pesar de que él creía lo contrario”[9]. Asimismo, incluyéndolo entre otros caracteres de intelectuales, decía Baroja también: Yo no he visto reír nunca a Valle-Inclán, a Unamuno, a Maeztu. Y si alguno de ellos reía, era contra algo, pero nunca por algo”[10]. Y aún más: “Esto de hablar de lo que no entendía era muy privativo de Unamuno (…) suponía, con una ciencia escasa y a veces nula, que él sabía de todo”[11].  Cita también Baroja a José María Salaverría, que entro otros “retratos” de intelectuales españoles, dice de nuestro autor: Unamuno no quería a nadie, como de costumbre, pues bastante tenía con atender a su gigantesca estimación de sí mismo”[12]. Ortega insiste con énfasis en la misma opinión: “No he conocido un yo más compacto y sólido que el de Unamuno. Cuando entraba en su sitio, instalaba desde luego en el centro su yo, como un señor feudal hincaba en el medio del campo su pendón. Tomaba la palabra definitivamente. No cabía el diálogo con él (…) No había, pues, otro remedio que dedicarse a la pasividad y ponerse en corro en torno a don Miguel, que había soltado en medio de la habitación su yo, como si fuese un ornitorrinco”[13].
     El mismo Unamuno reconoce a menudo su pecado de vanidad, pero encuentra para él justificación en sus propios descubrimientos como pensador. Así que razona, por ejemplo, de esta manera: “Cuando las dudas nos invaden y nublan la fe en la inmortalidad del alma, cobra brío y doloroso empuje el ansia de perpetuar el nombre y la fama, de alcanzar una sombra de inmortalidad siquiera. Y de aquí esa tremenda lucha por singularizarse, por sobrevivir de algún modo en la memoria de los otros y los venideros, esa lucha mil veces más terrible que la lucha por la vida, y que da tono, calor y carácter a nuestra sociedad, en que la fe medieval en el alma inmortal se desvanece”[14]. O también: “Y vuelven a molestarnos los oídos con el estribillo aquel de ¡orgullo!, ¡hediondo orgullo! ¿Orgullo querer dejar nombre imborrable? ¿Orgullo?... Ni eso es orgullo, sino terror a la nada. Tendemos a serlo todo, por ver en ello el único remedio para no reducirnos a nada”[15]. Todo en Unamuno conduce, en fin, hacia la conclusión de que necesita contrarrestar su enorme sensación de insuficiencia, de escasa significación, de falta de identidad que acompaña al desdén que siente por parte de los demás (y a lo que él mismo contribuye); sentimiento que no pudo contrarrestar con una fe firme e indubitable en Dios. Todo lo cual lo expresa él mismo en su famosa “Oración del ateo”, soneto que acaba con estas palabras:
“Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si tú existieras
existiría yo también de veras”
     Y puesto que esa existencia de Dios le resulta tan dudosa, para conquistar su identidad, para intentar “existir también de veras”, solo encuentra el pensador vasco el nietzscheano cauce de intentar ser un superhombre, de dejar su huella, cuanto más grande mejor, en este mundo; de que el eco de su acotada existencia sea lo suficientemente poderoso como para conseguir perdurar cuando él ya no esté.
     ¿Y no hay más alternativas, entonces, que la de conseguir esa ansiada identidad, ese ser significativo ante el mundo a lo que no es posible renunciar, a través de un yo que trascienda de esta existencia mundana hacia una vida ultraterrena o embutiéndose, si no, en un yo hiperbolizado y patéticamente investido por la vanidad y el intento de sobresalir a toda costa? Tal vez quede una vía que sirva de alternativa a esas otras dos posibilidades que no acaban de aportar una completa resolución: se trataría entonces de buscar la trascendencia, como quiere nuestro yo religioso y que perentoriamente busca ser significativo, pero sin salirse de este mundo, que es la condición que pone nuestro otro yo, el que busca adaptarse a la realidad tal como se nos presenta. La crisis de Unamuno vendría a ser una crisis de juventud (de la que seguramente nunca llegó a salir del todo), según los términos en los que Ortega la deja expresada: “El hombre joven –dice precisamente– vive para sí. No crea cosas, no se preocupa de lo colectivo. Juega a crear cosas (…) juega a preocuparse de lo colectivo (…) Mas, en verdad, todo ello es pretexto para ocuparse de sí mismo y para que se ocupen de él. Le falta aún la necesidad sustancial de entregarse verdaderamente a la obra, de dedicarse, de poner su vida en serio y hasta la raíz de algo trascendente de él, aunque sea sólo a la humilde obra de sostener con la de uno la vida de una familia”[16]. Una visión que perfectamente podríamos acoplar a la manera de estar en el mundo de Unamuno, como demostrarían palabras suyas del siguiente cariz: “Yo tengo mi lucha, y cada uno de nosotros tiene la suya. Y mi lucha no puedo asegurar que sea por el mejoramiento de la Humanidad. ¿La Humanidad?, y si luego resulta que de aquí a diez, a cien, a mil o a un millón de siglos, la Humanidad ha desaparecido sin dejar rastro alguno de sus ciencias, sus artes, sus industrias, ¿qué me importa eso?”[17].
     Así que el filósofo de Bilbao y rector de la Universidad de Salamanca tenía cegada la vía de acceso hacia la auténtica trascendencia en este mundo. De cuya posibilidad de nuevo Ortega nos da la clave, a la vez que nos instruye sobre el modo en el que esa clave quedó incorporada al bagaje de nuestra civilización: “He aquí lo fundamental de la experiencia cristiana del hombre: (…) Descubrir, caer en la cuenta de que la vida en su última sustancia consiste en tener que ser dedicada a algo, no en ocuparse de esto o de lo otro dentro de la vida, que eso sería lo contrario, meter en la vida algo que se considera valioso, sino tomar en vilo nuestra existencia entera y entregarla a algo, de-dicarla…, esa es la averiguación fundamental del cristianismo, lo que indeleblemente ha puesto en la historia, es decir, en el hombre”[18]. Enseñanza que Antonio Machado dejó traducida a lenguaje poético cuando versificó diciendo:

“Moneda que está en la mano
quizá se deba guardar;
la monedita del alma
se pierde si no se da”




[1] Cit. en José Luis Abellán: “Miguel de Unamuno a la luz de la psicología”, Madrid, Tecnos, 1964, p. 75.
[2] José Ortega y Gasset: “En torno a Galileo”. Obras Completas, Tomo 5, Alianza, Madrid, 1983, p. 32.
[3] José Luis Abellán: “Miguel de Unamuno a la luz de la psicología”, Madrid, Tecnos, 1964, p. 38.
[4] José Luis Abellán: “Miguel de Unamuno a la luz de la psicología”, Madrid, Tecnos, 1964, pp. 147-148.
[5] José Luis Abellán: “Miguel de Unamuno a la luz de la psicología”, Madrid, Tecnos, 1964, pp. 39-40.
[6] José Luis Abellán: “Miguel de Unamuno a la luz de la psicología”, Madrid, Tecnos, 1964, p. 146.
[7] Salvador de Madariaga: “España. Ensayo de historia contemporánea”, Marid, Espasa-Calpe, 1989, p. 92.
[8] Cit. en José Luis Abellán: “Miguel de Unamuno a la luz de la psicología”, Madrid, Tecnos, 1964, p. 91.
[9] Pío Baroja: “Desde la última vuelta del camino”-Tº III, Cuarta parte, cap. IX.
[10] Pío Baroja: “Desde la última vuelta del camino”-Tº 1º, Tercera parte, cap. VIII., Caro Raggio Ed.
[11] Pío Baroja: “Desde la última vuelta del camino”-Tº 1º, Tercera parte, cap. IX. Caro Raggio Ed.
[12] Pío Baroja: “Desde la última vuelta del camino”-Tº 1º, Tercera parte, cap. V. Caro Raggio Ed.
[13] Ortega y Gasset: “En la muerte de Unamuno”, O. C. Tº 5, p. 265.
[14] José Luis Abellán: “Miguel de Unamuno a la luz de la psicología”, Madrid, Tecnos, 1964, p. 112.
[15] José Luis Abellán: “Miguel de Unamuno a la luz de la psicología”, Madrid, Tecnos, 1964, p. 100.
[16] Ortega y Gasset: “En torno a Galileo”, O. C. Tº 5, p. 47.
[17] Cit. en José Luis Abellán: “Miguel de Unamuno a la luz de la psicología”, Madrid, Tecnos, 1964, p. 94.
[18] Ortega y Gasset: “En torno a Galileo”, O. C. Tº 5, p. 154.

sábado, 11 de julio de 2020

La filosofía como sustitutivo de la locura: el caso de Descartes

     Tal y como uno es, así es el mundo que percibe. No se dice con esto que el mundo no tenga entidad por sí mismo, que sea una creación de nuestra mente. De lo que se trata es de que el mundo, el mundo en sí, es poliédrico, y llegamos a percibirlo a través de los anteojos de nuestras predisposiciones, que encogen el campo de lo percibido hasta el punto de que solo llegamos a comprender la porción de mundo que encaja en la hornacina de nuestra forma de mirar.
 
 
     El mundo que percibió y llegó a comprender René Descartes (1596-1650) era real (sin perjuicio de que otros, incluso contrapuestos, lo sean también). Tan real que nuestra civilización ha ido discurriendo en gran medida por el cauce que él abrió con su forma de mirar. Pero sorprende la manera en que esa perspectiva suya quedó determinada por la confrontación con unas circunstancias particulares que fueron conformando su vida ya desde su más tierna infancia, de modo que casi parecería que su filosofía no es sino su vida narrada en lenguaje cifrado. Veámoslo.
     Descartes perdió a su madre unos trece meses después de haber nacido, al poco de que ella diera a luz a una hermana suya que tampoco sobrevivió. La conmoción que supuso la ausencia de su madre quedó acentuada con el distanciamiento físico y emocional de su padre, que, por ser consejero del Parlamento de Bretaña, tenía que asistir a períodos de sesiones de tres o cuatro meses cada año, dejando a la familia en casa, en La Haya. Precisamente, cuando nació Descartes y también cuando murieron su madre y su hermana recién nacida, el padre estaba ausente. A partir de que el futuro filósofo cumpliera cuatro años, las ausencias del padre se alargaron hasta seis meses, incluso el año entero. También por entonces este se casó en segundas nupcias. En realidad, Descartes se crio con su abuela, que murió cuando él tenía catorce años, aunque por entonces ya llevaba tres o cuatro viviendo en un pensionado. Cuando, ya mayor, Descartes había publicado algún libro, su padre manifestó su descontento porque su hijo se dedicara a tales “majaderías”, lo que confirma la distancia afectiva que hubo entre padre e hijo. Por lo que se refiere a un hermano y una hermana que tenía, también Descartes vivió distanciado de ellos. “La mayor aflicción de su vida”, según sus palabras, sin embargo, la sufrió por la muerte, tras una rápida enfermedad, de una hija suya de cinco años, Francine, que tuvo con una sirvienta suya, una mujer a la que esta vez era él quien no quería sentirse emocionalmente unido[1].
     Estos angostos cauces por los que discurrió su vida emocional es muy probable que, en buena medida al menos, fueran la causa de su carácter enfermizo y su fragilidad, que hasta los trece años fueron extremos. Y la inseguridad afectiva que todos aquellos infortunios provocaban fueron asimismo causa suficiente de que, llegado el momento, tomara una determinación: si quería alcanzar la satisfacción en la vida debería para ello depender exclusivamente de sí mismo. Este encastillamiento afectivo encontró, por lo demás, un respaldo ambiental a partir de su internamiento en el Collège de la Flèche, gestionado por los jesuitas, donde permaneció entre los diez y los dieciocho o diecinueve años, y en el cual el director, debido a su delicada salud, le permitía permanecer largo rato en la cama durante las mañanas, tiempo que Descartes aprovechaba para llevar a cabo largas meditaciones a caballo entre el sueño y la vigilia, hábito mental que conservó durante toda su vida.
     Aquella inseguridad básica a la que le habían llevado sus circunstancias vitales serviría, precisamente, de materia prima para su presupuesto filosófico fundamental: la duda metódica. De todo era preciso dudar, decía, puesto que nada servía de apoyo firme y confiable (y en él, la ausencia de padres lo hacía resultar singularmente evidente); para empezar, a la hora de intentar establecerse en la vida, y para continuar, esa duda había de emplearse también a la hora de abordar el conocimiento de las cosas. Y aquella determinación suya de depender exclusivamente de sí mismo cuando se trataba de buscar un punto donde apoyarse para responder a las dudas y a los embates de la vida, encontró asimismo una proyección filosófica en su famoso cogito: la única garantía de seguridad reside en uno mismo, en lo que el propio pensamiento, sin ningún otro condicionante, es capaz de decirnos.
     La noche del 10 de noviembre de 1619 Descartes tuvo tres sueños que dice que le cambiaron la vida[2]. En el primero de esos sueños se encontraba a sí mismo paseando por las calles; entonces sintió una gran debilidad en su lado derecho que le hizo caminar torpemente y tener la sensación de que iba a caer a cada paso, así que trató de enderezarse. Sin embargo, un violento viento, en una especie de remolino, le hizo dar tres o cuatro vueltas sobre su pie izquierdo. Decidió entonces, para ganar firmeza, prestar atención al camino y a cada paso por separado. Se trataba de un sueño que daba a dos vertientes: por un lado, a su actitud ante la vida. Dice de sí, en este sentido, en el “Discurso del método”: “Y siempre sentía un deseo extremado de aprender a distinguir lo verdadero de lo falso, para ver claro en mis actos y andar seguro por esta vida”[3]. Y más adelante: “Mi segunda máxima fue la de ser en mis acciones lo más firme y resuelto que pudiera y seguir tan constante en las más dudosas opiniones, una vez determinado a ellas, como si fuesen segurísimas, imitando en esto a los caminantes que, extraviados en algún bosque, no deben andar errantes dando vueltas por una y otra parte, ni menos detenerse en un lugar, sino caminar siempre lo más derecho que puedan hacia un sitio fijo, sin cambiar de dirección por leves razones, aun cuando en un principio haya sido sólo el azar el que les haya determinado a elegir ese rumbo, pues de este modo, si no llegan precisamente a donde quieren ir, por lo menos acabarán por llegar a alguna parte, en donde es de pensar que estarán mejor que no en medio del bosque”[4]. Así pues, dejaba en evidencia su necesidad de contrarrestar sus fuentes de duda y de inseguridad, las que se asemejaban a esa circunstancia de andar torpe y vacilantemente en su sueño, y perdido en un bosque en la alegoría de su escrito. ¿Y cómo contrarrestarlas? Aquí su sueño le daba también pautas para llegar a conseguirlo: atender al camino dando cada paso por separado. Lo cual tuvo traducción, asimismo –y aquí está la otra vertiente a la que daba su sueño–, al lenguaje de su filosofía, cuando propuso el método deductivo como fórmula para acceder al conocimiento. Según este método, pareciera que extraído de su sueño, cuando se aborda alguna cuestión compleja que no puede ser evidente por sí misma, lo que procede es ir paso a paso: desmenuzarla, analizarla, hasta que quede descompuesta en sus elementos más simples y que, en cuanto tales, lleguen a resultar evidentes. Una vez hecho esto, se procede a realizar la síntesis, que consiste en recomponer ordenadamente la totalidad compleja, avanzando de elemento simple en elemento simple, de evidencia en evidencia. El todo resulta así de la suma de las partes… y nada más que de esa suma.
     Un método, pues, que su sueño le había revelado en clave simbólica: prestar atención a cada paso por separado. No solo el sueño sirve de alusión extra-filosófica a su método, sino que, como dice en la tercera de sus “Meditaciones metafísicas”: “Todo el tiempo de mi vida puede ser dividido en una infinidad de partes, cada una de las cuales no depende de ninguna manera de las demás; y por ello, del hecho de que un poco antes yo haya sido, no se sigue que deba ser ahora, a no ser que en este momento alguna causa me produzca y me cree, por así decirlo, de nuevo, es decir, me conserve”[5]. No existe, pues, propiamente el todo, solo las partes, cada una de las cuales no depende de las demás, de la misma forma que en su vida tampoco había habido una continuidad entre sus partes que les sirviera de nexo, una posible narración que permitiera establecer una identidad en su personalidad por encima de cada concreta situación. Faltaba la confianza necesaria para asentarse en la idea de que existir en un momento determinado permite suponer que va a seguir siendo así después. Otra causa, independiente de la que produjo el momento anterior, habrá de sobrevenir produciendo el momento siguiente para que sea posible la sensación de que se conserva el propio ser, de que uno, efectivamente, existe. Uno construye su ser paso a paso; o más bien, no existe propiamente el ser, solo cada parte, igual que el cuerpo, como establecerá el mecanicismo cartesiano, está hecho de partes u órganos independientes (presupuesto, por otro lado, que ha servido de base al modelo que actualmente, en su acusada especialización, siguen la biología y la medicina). La inseguridad personal, pues, que había sido tan persistente a lo largo de la vida de Descartes quedaba así transformada en instrumento filosófico a la hora de construirse una perspectiva desde la que abordar el conocimiento de las cosas.
     Esa inseguridad quedaba referida en Descartes, ante todo, a su entorno social. Además de la que apuntaba a la ausencia de sus padres, llegaba a ampliarse hasta incluir en ella la que le provocaba su prójimo en general. Uno de sus biógrafos decía que “Descartes casi no admiraba ni nada ni a nadie”[6]; se afirmaba asimismo en la idea de que a nadie debía nada. Estos modos de autoafirmación bien pueden ser entendidos como un mecanismo de defensa frente al sentimiento de abandono que en lo más profundo impregnaba su alma. Y prolongando ese sentimiento hacia el ámbito intelectual, en lo que confiaba era en sus propias reflexiones. ¿Y cómo estar convencido de que uno mismo no se engaña sin saberlo? Al final, Descartes se remitía a Dios: el hecho de que la suma de los ángulos de un triángulo sea igual a la suma de dos ángulos rectos se debe a que Dios ha querido que así sea, y ha grabado esa ley natural en nuestras mentes. Nada del mundo garantiza que, aunque seamos y tengamos consistencia en un momento determinado, vayamos necesariamente a seguir siendo y consistiendo un momento después: “Del hecho de que seamos no se sigue que seamos un momento después”, dice concretamente Descartes. Así que, para no hundirse en el pesimismo y la depresión por ser tan inconsistentes, tuvo que echar mano de Dios: Él, que es quien nos creó, que es la primera causa de que nosotros seamos, continúa produciéndonos, conservándonos. Si existimos y seguimos existiendo es porque Dios lo quiere, dado que el mundo y el resto de los congéneres no lo garantizan en absoluto. Desconfianza que dejaba de manifiesto cuando opinaba que una mujer hermosa, un buen libro y un perfecto predicador se contaban entre las cosas más difíciles de encontrar en este mundo. Nada de eso llegaba a equipararse en altura a la verdad, el acceso a la cual el mundo en absoluto lo garantizaba.



[1] Ver Ben-Ami Scharfstein: “Los filósofos y sus vidas”, Madrid, Cátedra, 1984, pp. 134 y ss.
[2] Ver Ben-Ami Scharfstein: “Los filósofos y sus vidas”, Madrid, Cátedra, 1984, pp. 140-141.
[3] René Descartes: “Discurso del método”, Obras, Madrid, Gredos, p. 106.
[4] René Descartes: “Discurso del método”, Obras, Madrid, Gredos, 2011, p. 118.
[5] René Descartes: “Meditaciones metafísicas”, Obras, Madrid, Gredos, p. 189.
[6] Cit. en Ben-Ami Scharfstein: “Los filósofos y sus vidas”, Madrid, Cátedra, 1984, p. 143.