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martes, 20 de febrero de 2024

POR QUÉ EL ABURRIMIENTO ES INSOPORTABLE

“Si un gobierno decretara en pleno verano que las vacaciones son prolongadas indefinidamente y que, so pena de muerte, nadie debe abandonar el paraíso en que se encuentra, se producirían suicidios en masa y masacres sin precedentes” (E. M. Cioran[1])

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“Dios (…) no es sino nuestra incapacidad de detenernos en algún lugar” (E. M. Cioran[2])

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“Nada tan insoportable para el hombre como estar en reposo total, sin pasiones, sin asuntos, sin diversiones, sin empleos. Entonces siente su nada, su abandono, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia, su vacío. Al instante extraerá del fondo de su alma el tedio, la negrura, la tristeza, el pesar, el despecho, la desesperación” (Pascal[3])

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 “El deber del hombre no es poseer, sea como sea, soluciones, sino aceptar, sea como sea, los problemas” (Ortega y Gasset[4])

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 “Estos años asistimos al gigantesco espectáculo de innumerables vidas humanas que marchan perdidas en el laberinto de sí mismas por no tener a qué entregarse” (Ortega y Gasset[5])



[1] E. M. Cioran: “Ese maldito yo”, Barcelona, Tusquets, 1988, pág. 96

[2] E. M. Cioran: “El ocaso del pensamiento”, Barcelona, Tusquets, 2000, p. 185.

[3] Blaise Pascal: “Pensamientos”, Madrid, Alianza, 1981.

[4] Ortega y Gasset: “Espíritu de la letra”, O. C. Tº 3, p. 566.

[5] Ortega y Gasset: “La rebelión de las masas”, O. C. Tº 4, p. 243.

miércoles, 5 de mayo de 2021

PARA QUÉ VIVIR

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    Dostoievski vivió entre 1821 y 1881. En 1849 fue condenado, por conspirar contra el zar Nicolás I a 4 años de trabajos forzosos en Siberia. Sus experiencias allí las relató en un libro: “Memorias de la casa muerta”. En él lleva a cabo la siguiente reflexión: 

   “El muchik(1) trabaja, seguramente, más que el (trabajador) forzado, pues no tiene descanso de día ni de noche, en verano ni en invierno; pero trabaja por su propio interés y, por consiguiente, sufre menos que el presidiario, el cual realiza un trabajo del que no ha de sacar ningún provecho.

    “Un día se me ocurrió la idea de que si se quería aniquilar a un hombre, castigarlo atrozmente y hacer que el asesino más empedernido retrocediese aterrado ante semejante tortura, bastaría dar al trabajo de este hombre un carácter de inutilidad perfecta, llevarlo, si se quiere, a realizar lo absurdo.

    “Los trabajos forzosos, tal como están hoy organiza-dos, no ofrecen ningún interés a los condenados, pero tienen su razón de ser: el presidiario hace ladrillos, cava la tierra, blanquea, construye, y todas estas ocupaciones tienen significación y objeto. A veces, se encariña con la obra que realiza y pone en ella mayor destreza y hasta trabaja con verdadera fruición. Pero si se le condena, por ejemplo, a transvasar agua de una tinaja a otra y viceversa, o a transportar espuertas de tierra de un lugar a otro para volver luego a trasladarla al sitio mismo de donde la tomó, estoy persuadido de que se ahorcaría o cometería mil crímenes, prefiriendo la pena de muerte a tal envilecimiento, a tortura tanta”[2].

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    “El hombre tiende genuinamente –y donde ya no, al menos tendía originariamente– a descubrir un sentido en su vida y a llenarlo de contenido” (Viktor E. Frankl[3]).

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     “En todo momento el ser humano apunta, por encima de sí mismo, hacia algo o hacia un sentido que hay que cumplir, o hacia otro ser humano, a cuyo encuentro vamos con amor. En el servicio a una causa o en el amor a una persona, se realiza el hombre a sí mismo” (Viktor E. Frankl[4]).



(0) PORTADA: 0A-Ortega y Gasset: “El Espectador”, Vol. VII, O. C. Tº 2, p. 611.

                             0B-Ortega y Gasset: “Ideas sobre Pío Baroja”, “El Espectador”, Vol I, O. C. Tº 2, p. 81.

[1] Nombre que se les daba a los antiguos campesinos rusos.

[2] Fiodor Dostoievski: “Memorias de la casa muerta” - http://www.librodot.com – p. 14.

[3] Viktor E. Frankl: “Ante el vacío existencial. Hacia una humanización de la psicoterapia”, Barcelona, Herder, 1980, p. 13.

[4] Viktor E. Frankl: “Ante el vacío existencial. Hacia una humanización de la psicoterapia”, Barcelona, Herder, 1980, p. 17.

sábado, 15 de julio de 2017

¿Estamos volviendo al nomadismo?

Resumen: el Universo, desde que se puso a funcionar, lo hizo a partir de dos impulsos fundamentales: acción y reacción, movimiento e inercia. De ahí nacieron a su vez la tormenta y la calma, la pleamar y la bajamar, Sodoma y el Diluvio, el pecado y el arrepentimiento… y, llegado el caso, el nomadismo y el sedentarismo. Dado que resulta demasiado difícil mantener funcionando a la vez esos dos impulsos contradictorios, los hombres nos sesgamos alternativamente hacia uno de los dos polos. Hoy nos estamos pasando cuatro pueblos con nuestro impulso nómada. Y está claro que toca ya echar el freno y que empiece a asomar el sesgo contrario.
 
 
     El ser humano está constituido sobre la base de dos impulsos fundamentales y contrapuestos: el que lo empuja hacia el cambio y el que lo hace hacia la permanencia, prolongando así los impulsos que también caracterizan al universo en general, el movimiento y la inercia, la acción y la reacción. Probablemente, el nomadismo y el sedentarismo no son sino capas concéntricas que respectivamente se levantaron en los modos de vida a partir de esos impulsos primigenios. El primitivo cazador-recolector, mientras iba de un lado para otro persiguiendo a las movedizas manadas de animales, o al compás de las estaciones en busca de los frutos que le ofrecía la naturaleza, estaba sesgando su forma de ser hacia su vertiente nómada y dejando en la sombra las funciones vitales que le reclamaba la parte suya que ansiaba permanecer. Y cuando los hombres decidieron asentarse, vivir al lado de los campos sembrados y junto a sus animales domesticados, lo que dejó en la orilla fue la vertiente de su ser que más reconciliada estaba con su tendencia a ir de acá para allá.  
 
     Cuando el hombre se puso a pensar, las filosofías que fueron apareciendo vinieron también a levantarse como racionalización de esos dos impulsos primigenios: del miedo o rechazo a los cambios surgieron filosofías como la de Parménides, que negaba que existieran, o la de Platón, que pensaba que tras este mundo de apariencias que nos muestran los sentidos, estaba el mundo verdadero, el de las ideas eternas, al que se accede a través de la mente y el recuerdo. El “todo fluye” de Heráclito, mientras tanto, podría servir de expresión para esa otra vertiente del pensamiento que viene a dar razón de nuestra parte nómada. También la filosofía de Demócrito, para quien lo único que permanece son los átomos, y a partir de ellos todo es cambio. O los cínicos y los sofistas, para quienes no había más realidad que la individual y el hombre, el individuo, era la medida de todas las cosas; por tanto, todas las cosas variaban en función de cada hombre. Y cuando la escolástica medieval vino a dar razón de nuestra paradoja constitutiva, se escindió entre el nominalismo, que, representando al nomadismo intelectual, defendió la idea de que solo existen los individuos, y el realismo, que, al modo platónico, sostenía que hay realidades universales permanentes por encima de las individualidades.
     Hoy vivimos en una época que, sin ahogar del todo (no sería posible) nuestras pulsiones sedentarias, está sesgada hacia el nominalismo (hacia nuestra parte nómada). Desde el Renacimiento para acá, junto a las ideas que han ido dando consistencia al individualismo, ha ido ganando terreno la tendencia a la movilidad. Pico Della Mirándola, un humanista y pensador italiano de finales del siglo XV, en su “Discurso sobre la dignidad del hombre”, considerado como el manifiesto del Renacimiento, formulaba esa nueva manera de entender la vida a través de esta imaginaria exhortación que Dios dirigía al hombre: “No te he dado un puesto fijo, ni una imagen peculiar, ni un empleo determinado –le decía–. Tendrás y poseerás por tu decisión y elección propia aquel puesto, aquella imagen y aquellas tareas que tú quieras”. Gracias a esa nueva movilidad, salieron de los puertos las carabelas de Colón y las naves de Magallanes y Elcano, y, frente a un cielo que se creía inmóvil y eterno, empezaron a descubrirse nuevos planetas y a comprobarse que el universo era algo cambiante. “El hombre moderno –dice Ortega– vive asomado al mañana para ver llegar la novedad”. Ese hombre reanudaba así su atracción hacia el sesgo de sus creencias que le llevaban a confirmar que “todo fluye".
 
     Desde el Renacimiento para acá, el punto de inflexión más importante en la dirección que supone un reforzamiento de las funciones vitales ligadas al nomadismo y consiguiente ensombrecimiento de aquellas otras que nos hacen preferir lo que permanece, lo marcó el Romanticismo. A partir de entonces, la realidad que se ponía al alcance de los hombres dejó de requerir asentamientos, rutinas, permanencias y empezó a diluirse a medida que esos hombres marchaban en busca de la novedad, de lo que desencadenaba el caudal de sus emociones, de lo que animaba sus órganos sensoriales con experiencias renovadas una y otra vez. “El romanticismo –dice Ortega– (…) Es un ‘¡sálvese quien pueda!’. Cada individuo tiene que buscarse sus principios de vida –no puede apoyarse en nada preestablecido”. Lo permanente aburría a los románticos, de modo que pasó a ser prevalente todo lo que favoreciera la novedad; a veces con resultados catastróficos para la personalidad de quien se ladeaba demasiado hacia ella. Por ejemplo, Heinrich von Kleist, destacado escritor romántico, que una vez impregnado de la creencia de que nada permanece, sufrió una crisis que le llevó a considerar su vida carente de sentido. Así se expresaba en una carta dirigida a su hermana: “La idea de que no sabemos nada de la verdad, nada en absoluto, que aquello que aquí llamamos verdad, tras la muerte se llamará de otra manera, y que por tanto el afán de conseguir algo propio que nos siga también a la tumba es totalmente vano y estéril, esta idea me ha estremecido en el santuario de mi alma (…) Mi único y máximo objetivo ha caído y ya no tengo ninguno”. Acabó suicidándose. Dice el historiador Arnold Hauser que “el desasosiego y la indecisión románticos se convierten en una epidemia, en la ‘enfermedad del siglo’; el sentimiento de aislamiento, en un culto resentido de la soledad; la pérdida de la fe en altos ideales, en individualismo anárquico; la fatiga cultural y el tedio de la vida, en un coqueteo con la vida y la muerte".
     Heredando aquellas predisposiciones que cristalizaron con el Romanticismo, se han producido en la actualidad efectos que abarcan todos los ámbitos de la cultura, tan variados como la gran afición a los viajes y el turismo, la movilidad social, los divorcios masivos, las modas, la teoría de la relatividad, la crisis de las instituciones, la de los valores y los principios (es decir, el relativismo moral), la fisión nuclear, el consumismo, que se mantiene a base de productos constantemente renovados, la ausencia de requisitos formales en las artes… y el invento de los psicofármacos, necesarios para contrarrestar el ahogo que, en esta época neonómada, está sufriendo la otra parte de nosotros que necesita refugios en los que encontrar aquello que merece la pena ser repetido.
 

lunes, 12 de junio de 2017

La dosis de pesimismo que hay que añadir a nuestra optimista visión del futuro

Resumen: El título de mi anterior artículo era algo tramposo: mientras lo redactaba ya iba tomando notas para hacer este otro. Los avances tecnológicos que se avecinan llegarán de la mano de la visión mecanicista del hombre y del universo. Esa manera de mirar ha sido muy fructífera para la ciencia, pero está asfixiando el alma del hombre.

     Todo el proceso de avance tecnológico que se viene produciendo desde los tiempos de la Revolución Científica, y los extraordinarios que están produciéndose ahora mismo y se producirán en el próximo tiempo futuro, se han sustentado sobre el paradigma científico y filosófico que, surgido sobre todo del mecanicismo de Descartes, ha llevado a entender que el universo, incluidos nosotros los hombres, se comporta como si fuera una gran máquina. En lo que se refiere a los humanos, esa forma de mirar supone que nos entendemos como meros seres reactivos, es decir, que no somos nada más que un conjunto de respuestas emitidas ante estímulos que nos vienen dados desde fuera, nada más que las consecuencias acumuladas a partir de unas causas que nos son ajenas. Otro destacado pensador, este de los tiempos de la Ilustración, Julien Offray de La Mettrie hizo famoso su libro más significativo y polémico, “El hombre máquina”, publicado en 1748,  en donde sostiene que son los procesos orgánicos los que producen los fenómenos psíquicos, que nuestra inteligencia depende solo, por tanto, de la constitución física del cerebro y que el hombre es lo que come. Su método de conocimiento no le permitía reconocer otra realidad más que aquella que sucesiva y no siempre firmemente le iban revelando los sentidos. Aunque en última instancia hay que considerar que el hombre, dice también La Mettrie, no ha sido hecho para conocer sino para ser dichoso. Estamos determinados a ser, según esto, lo que circunstancias que nos son exteriores deciden que seamos; nada de nosotros se debería a nosotros mismos. El caso es que los humanos habremos quedado disminuidos con esa restrictiva manera de entendernos, pero no cabe duda de que la ciencia ha podido recorrer un muy fructífero camino partiendo de esa consideración del universo como un gran engranaje mecánico.

     John Stuart Mill (1806-1873), que pertenecía a esa especie en peligro de extinción que son (somos) los liberales, aludió a los nefastos efectos que tiene esta fatalista visión del hombre como máquina (como conjunto de respuestas mecánicas emitidas ante estímulos que nos vienen dados) sobre nuestro estado de ánimo. Partía Stuart Mill en su argumentación de la constatación contraria a esa: “Sabemos que no estamos impelidos, como por un oráculo, a obedecer ningún motivo particular”, decía. Y también: “Las causas de las que depende una acción no son nunca incontrolables”. Desde ahí observaba lo que le ocurre a quien, en sentido contrario, se percibe a sí mismo como una máquina: “El fatalista cree, o medio cree (ya que nadie es un fatalista consistente), no solo que cualquier cosa que sea lo que ocurra será el resultado infalible de las causas que lo producen (…), sino más aún, cree que no vale la pena enfrentarse a ello; que ocurrirá a pesar de todo lo que podamos hacer para prevenirlo”; de una concreta causa se seguirá necesariamente, según esto, una prevista consecuencia. Y concluye que tales ideas o maneras de estar en el mundo conducen inevitablemente al estado de ánimo depresivo (él mismo sufrió una depresión, así que sabía de lo que hablaba). Y es que, para empezar, solo quien se siente capaz de cambiar sus actuales circunstancias realizará el esfuerzo necesario para conseguirlo; es lo que no ocurre con el fatalista, que considera que estamos determinados a reaccionar ante solo dos clases de motivaciones: buscar el placer y huir del dolor. Decía La Mettrie, precisamente, que el objetivo de la vida se encuentra en procurarse los placeres que otorgan los sentidos, y que la virtud puede reducirse a lo que es el amor propio. Tanto apreciaba, por ejemplo, los placeres de la mesa, que un día se excedió al parecer con un paté de águila preparado con trufas al modo de faisán, se indigestó gravemente y murió; era el 11 de noviembre de 1875. Cuando la muerte llega, la “farsa se acaba”, así que tomemos el placer mientras podamos, había dejado dicho.

      Pero ser moralmente libre no puede derivar meramente de la búsqueda del placer; ha de significar que uno, si bien condicionado por las circunstancias, decide sus propósitos y no los subordina al hecho de que en el camino hacia ellos encuentre placer o dolor. Así lo afirma Stuart Mill: “Se dice que tenemos un carácter bien establecido sólo cuando nuestros propósitos se han independizado de los sentimientos de dolor o placer desde los que surgieron originalmente”.

     El hombre-máquina, según lo dicho, va construyendo su vida como mera acumulación de experiencias reducibles al juego de acción-reacción frente a estímulos que provocan la aceptación de los que son placenteros y la evitación de los dolorosos. Pues bien, estamos ya acercándonos a un punto paroxístico, de exacerbación de las consecuencias de considerar que el hombre es asimilable en su funcionamiento al de una máquina. En un futuro cada vez más cercano, parece que el hombre, definitivamente, ya no necesitará tener propósitos, valdrá con que se limite a manifestar esas dos predisposiciones básicas, las que lo llevan a buscar el placer y a evitar del dolor; el sistema se encargará de todo lo demás.

     Así, por ejemplo, la poderosa nanomedicina, en línea con la interpretación dada por la medicina vigente hasta ahora, también basada en la concepción mecanicista del cuerpo y de la mente, seguirá entendiendo la enfermedad como algo que sufre un “paciente”: este, asimismo, se mantendrá sin tener nada que ver ni que hacer con su enfermedad. Solo tendrá que dejarse llevar. Y efectivamente, lo que el sistema le prescriba, de manera semejante a como ocurría con el soma en “El mundo feliz” de Aldous Huxley, le curará. Con el soma, se dice en este libro que habla de un mundo distópico muy parecido a este que va a venir, “uno puede tomarse unas vacaciones de la realidad siempre que se le antoje, y volver de las mismas sin siquiera un dolor de cabeza o una mitología (…) Un solo centímetro cúbico (de soma) cura diez sentimientos melancólicos”. También los robots nos sustituirán en breve a la hora de hacer las cosas que actualmente suponen un esfuerzo mecánico. Hasta los coches se conducirán por sí solos y Amazon tendrá previsto lo que, según los gustos que allí saben que tenemos, deberemos comprar. Solo tendremos que contraponer nuestra fisiológicamente condicionada búsqueda de placer y evitación del dolor, y de todo lo demás se encargará el sistema, que es el que mejor sabe lo que nos conviene.


     Todo lo cual no debe llevarnos a abogar, desde luego, contra los muy benéficos avances que nos procurarán las nuevas tecnologías, sino contra esta peligrosa derivada suya que se abre al considerar que no somos más que lo que nos dicta lo que es externo a nosotros. Porque cuando un hombre no tiene nada propio que hacer con su vida, cuando acepta ser lo que el mecanicismo (tan fructífero produciendo tecnología) había previsto que fuera, lo más inmediato que le ocurre es que, como sabía Stuart Mill, le sobreviene la depresión o alguno de sus equivalentes. La Organización Mundial de la Salud (OMS), la máxima institución sanitaria internacional, en un comunicado recientemente difundido, ya ha destacado que la depresión en el mundo creció más del 18 por ciento a nivel mundial entre 2005 y 2015. Y el fenómeno se extenderá aún más. Lo siguiente que acontecerá será que ese hombre-máquina buscará aturdirse de una u otra forma para sobrellevar una vida que, de puro desocupada, cuando menos, será aburrida (perfectamente compatible con el hecho de resultar placentera). En consecuencia, es previsible que en ese futuro que ya está llegando aumenten exponencialmente el alcoholismo, el uso de drogas y la búsqueda compulsiva de diversión y de consumos banales.

     Cuando uno no tiene propósitos, metas, proyecto de vida, y se convierte en un mecanismo que meramente reacciona, de forma respectivamente positiva o negativa, ante los estímulos placenteros o dolorosos, porque todo lo demás ya estará resuelto, no quiere ello decir que se ha llegado ya a un auténtico “mundo feliz”, sino que la vida, en tal tesitura, se convierte en un fértil manadero de angustias y desasosiegos. Y el caso es que vamos directos hacia un, en este sentido, infernal paraíso de tiempo libre en el que, efectivamente, (casi) todo estará resuelto. Helmholtz Watson, un inadaptado al “mundo feliz” de Huxley, un rebelde incluso, reflexionaba en la novela ante su amigo Bernard Marx: “¿No has tenido nunca la sensación de que dentro de ti había algo que solo esperaba que le dieras una oportunidad para salir al exterior? ¿Una especie de energía adicional que no empleas, como el agua que se desploma por una cascada en lugar de caer a través de las turbinas? (…) Me refiero a un sentimiento extraño que experimento de vez en cuando, el sentimiento de que tengo algo importante que decir y de que estoy capacitado para decirlo”. Ese es, precisamente, el sentimiento que corre el peligro de ser ahogado en el mundo feliz hacia el que vamos aceleradamente; Huxley, que publicó “Un mundo feliz" en 1932, previó que su distopía llegaría en un siglo. En el prólogo de su libro, Aldous Huxley mismo, desde dentro de la trama que construyó con su novela, veía la alternativa a todas las declinantes posibilidades que empujan hacia el "mundo feliz” en la cordura que representaría una comunidad de desterrados o refugiados del mismo que tendrían una filosofía de la vida en la que “prevalecería una especie de Alto Utilitarismo, en el cual el principio de Máxima Felicidad sería supeditado al principio del Fin Último”.

sábado, 6 de febrero de 2016

La sociedad del bienestar y el malestar de la civilización

     Dice Gilles Lipovetsky, sociólogo francés cuyos análisis sobre la era del vacío en la que vivimos le han dado fama internacional, que vivimos una revolución individualista que ha hecho que, aparentemente al menos, todo esté organizado para que el mundo funcione a partir de un mínimo de coacciones y un máximo de elecciones privadas. “En la era posmoderna –afirma– perdura un valor cardinal, intangible, indiscutido a través de sus manifestaciones múltiples: el individuo y su cada vez más proclamado derecho a realizarse”. En la actual sociedad, asegura, hemos llegado a un punto en el que “cada cual puede componer a la carta los elementos de su existencia”. Y sin embargo, todo esto, que parecería contener los ingredientes necesarios para llevar adelante una vida plena, rebosante de sentido y de metas enaltecedoras, resulta que es compatible con un generalizado sentimiento de vacío emocional, de indiferencia hacia las grandes cuestiones, de depreciación de los grandes valores, de hundimiento de los ideales; en suma, dice Lipovetsky que nos hemos instalado en un “desierto de apatía”. Las claras antinomias que antes servían para organizar nuestra manera de entender el mundo, las que diferencian lo bueno de lo malo, lo bello de lo feo, lo verdadero de lo falso, lo real de lo ilusorio, lo que tiene sentido de lo que es absurdo, se han diluido, se han esfumado. La norma vital por excelencia parece ser aquella que pudiera caber en una exclamación del tipo de “¡qué más da!”. Con estos mimbres, al final no es posible hacer un buen cesto: “Cruzando solo el desierto, transportándose a sí mismo sin ningún apoyo trascendente –sostiene, en fin, Lipovetsky– el hombre actual se caracteriza por la vulnerabilidad”. El individuo que parecía reinar en este mundo posmoderno es solo un personaje, un ente superficial, un falso yo que enmascara a ese otro ser vulnerable y aún menesteroso que vive debajo. La última consecuencia de todo este montaje queda en evidencia al constatar cómo, por detrás de tanta abundancia de posibilidades, los estados depresivos se han convertido en una plaga.

EL HOMBRE LIGHT: ¿ÚLTIMO ESLABÓN DE LA CADENA EVOLUTIVA?
(ILUSTRACIÓN: SAMUEL MARTÍNEZ ORTIZ)

     Después de desplegar ante nosotros, con ayuda de Lipovetsky, el mapa de la situación, nos queda todavía entender el porqué y el cómo de que hayamos llegado hasta esto. Y proponemos partir de una premisa que habrá de ser la misma que encontraremos cuando lleguemos a la conclusión: a pesar de las facilidades que el mundo posindustrial pone al alcance de la mayoría, hoy en día es difícil acceder a la sensación de que uno está viviendo su propia vida, de que al hacer lo que hace está ejercitando su vocación. Tras el camuflaje de una infinidad de opciones, de disponibilidades, de trayectorias posibles, abunda la sensación de que nada vale auténticamente la pena o incluso de que uno vive una vida ajena o equivocada. En el horizonte asoman incluso los trastornos de despersonalización y desrealización, los más frecuentes en psicopatología después de la ansiedad y la depresión. Los síntomas característicos de la despersonalización incluyen la sensación de que se vive respondiendo a meros automatismos, de que se pasa por la vida como si esta resultara algo ajeno, como si se estuviera siendo espectador de una película o metido dentro de un sueño, sufriendo, en fin, una seria dificultad para relacionarse consigo mismo, con el propio cuerpo y con la realidad externa. Mientras que la despersonalización se refiere más al sentimiento de irrealidad de uno mismo, la desrealización apunta más a la percepción del mundo externo como extraño o irreal, a la sensación de que el escenario en el que transcurre la vida es un mero teatro del que está ausente toda espontaneidad y toda emoción auténtica, incluso cuando se trata de las personas más cercanas.
     Hay una narración posible para tratar de entender la manera en que puede haberse llegado a producir este resultado de falta de conexión entre uno mismo y su vida, y que podría sintetizarse diciendo que, si esto ocurre, es que no se han tenido suficientes oportunidades de intervenir en la manera en que la propia vida ha ido construyéndose, de añadir las propias opciones y preferencias a los trayectos a través de los cuales han discurrido el por dónde, el cómo y el para qué a partir de los que uno conforma su biografía. Corroborando estos presupuestos, es fácil observar cómo, sobre todo hoy, lo que, para empezar, ha de ser la vida del niño está previsto de una manera exhaustiva desde que nace, y su eventual capacidad de iniciativa es sustituida por las decisiones de un gran engranaje social, primero a través de las cotas que se imponen desde el ámbito familiar y, después, por medio de la educación desde la guardería hasta que acaba su aprendizaje escolar y académico. Desde el programa de vacunaciones hasta las actividades extraescolares, pasando por la asistencia pasiva a todo lo que para ellos ponen en la televisión, el niño se va convirtiendo en un ser receptor de instrucciones, va aprendiendo lo que toca hacer en cada momento, sin que su eventual iniciativa tenga prácticamente ningún papel que cumplir, ninguna oportunidad clara de aflorar. No es algo todo esto que esté mal por principio, desde luego, y en gran medida resulta muy útil para que ese niño pueda ir introduciéndose en un mundo complejo que le desborda por todos los lados. Pero se trata aquí de hacer de abogados del diablo e ir viendo cómo la propia voluntad del niño no tiene en este contexto muchas oportunidades de asomar, no hace otra cosa que discurrir por carriles predeterminados. Se va preparando así lo que, si nada lo remedia, conduce al sentimiento de alienación, de desconexión de la propia circunstancia en la que a uno le ha tocado vivir, y a la pérdida de energía vital para sentirse insertado en una realidad que no ha ido apareciendo para encontrarse con los propios deseos o motivaciones, sino para imponerse antes de que estos lleguen a emerger.
     Asimismo, en los actuales estados del bienestar, la vida del hombre está tutelada y acotada por ellos desde la cuna hasta la sepultura. El estado se ha ido convirtiendo en el Gran Hermano de Orwell que, por nuestro bien, nos vigila y trata de que seamos felices (en Venezuela hay incluso un Ministerio de la Suprema Felicidad). Muy bien. Pero la consecuencia es que el hombre empieza a no tener proyectos propios y deja de poner en práctica sus propios recursos, deja de sentir el apremio de tener que hacer él su vida.
     Solo suelen quedar dos momentos vitales, dos puntos de inflexión desde los que arrancar para llegar a establecer contacto consigo mismo: la característica rebelión de la edad adolescente, que, sin embargo, tiende a ser disruptiva y dramática, y suele poner patas arriba la convivencia familiar, y las crisis vitales, singularmente las que suponen un trastorno psíquico, que tienen una ladera que da a esa toma de contacto con el yo profundo, de modo que, si se sale de esa crisis, se hace creciendo, descubriendo ese ser íntimo que no había logrado aún salir a la palestra.
     Llegamos así, habitualmente, a la conformación de esa clase de hombre de la que hablaba Lipovetsky y al mismo que el catedrático de psiquiatría Enrique Rojas denominaba hace unos años hombre light, al cual también consideraba característico de esta época nuestra. Decía de él que es “un hombre sin sustancia, sin contenido, entregado al dinero, al poder, al éxito y al gozo ilimitado y sin restricciones. El hombre light carece de referentes, tiene un gran vacío moral y no es feliz, aun teniendo materialmente de casi todo”. Las características más propias de este hombre light serían, pues, según Rojas, el materialismo (solo le interesa lo que puede traducirse a términos tangibles y, más aún, contables), el hedonismo (búsqueda compulsiva de diversión, de sensaciones nuevas y excitantes que compensen el vacío interior), la permisividad y el relativismo (vale todo o, dicho de otra manera, nada vale lo suficiente como para comprometerse con ello, y, por tanto, uno se instala en el desconcierto y en la falta de referencias firmes), y el consumismo (y la consiguiente reducción de la idea de libertad a lo que quepa en la mera posibilidad del hecho de consumir). A su vez, su norma de conducta es, en (solo aparente) contradicción con la revolución individualista de la que hablaba Lipovetsky, “la vigencia social, lo que se lleva, lo que está de moda”. Rojas, en fin, contrapone la aspiración a la felicidad, que hace residir en “tener un proyecto, que se compone de metas como el amor, el trabajo y la cultura” y, en suma, “de hacer algo con la propia vida que merezca realmente la pena”, a la aspiración, característica de nuestro tiempo, al bienestar, que se limita a disponer de “un buen nivel de vida y ausencia de molestias físicas o problemas importantes; en una palabra, sentirse bien y (tener) seguridad”.
     Y es en ese marco en el que no caben, o caben a duras penas, auténticos proyectos de vida autosustentados, emanados de la propia vocación. Lo que debería conformar un abanico de motivaciones propias, de exploración y experimentación de la vida para hacerla discurrir entre un por qué y un para qué, a través de un destino que uno mismo debiera construir o descubrir, está asfixiado, anegado entre tantos corsés previstos para dar seguridad y bienestar preestablecidos. Como consecuencia, los hombres dejan de sentir que viven su propia vida y, finalmente, acaban decayendo en la apatía, en la desgana de vivir. Julián Marías afirma que este tipo de previsión y seguridad preestablecidas y sofocantes son la raíz del cansancio de la vida, que es especialmente frecuente en nuestro tiempo: “Si todo está ya determinado y a la vez es fácil, ¿qué hacer?, y eso que se hace, ¿para qué?”, se pregunta, efectivamente, el filósofo vallisoletano. La libertad, dice también, no consiste tan solo en un mero hacer: “La libertad humana, el proyecto, consiste en ponerme a hacer algo”. Y si se quita de esa actividad la intervención de la propia voluntad, queda como resto, meramente, un automatismo. Y cuando el hombre se acostumbra a actuar no en base a motivaciones propias sino por automatismos, y hasta cuando emite opiniones sobre algún tema en una conversación lo hace empujado por lo que es apropiado desde un punto de vista general, por lo que se dice o lo que se hace, la vida en la que uno está insertado acaba dejándose de sentir como algo propio. Uno acaba impregnado de la sensación de que hace lo que toca hacer, aunque venga envuelto bajo el formato de múltiples posibilidades, y no va quedando sitio ni opción para lo que se quiere hacer, que acaba ignorado de tanto ser preterido. La propia capacidad de hacer proyectos queda en estas personas cohibida, constreñida por esa ubicua previsión externa de lo que ha de hacerse, incluso aunque sea por su bien. La imaginación se extingue en un ecosistema así. Y la amputación de la imaginación, de la capacidad de idear proyectos, de actuar animado por motivaciones propias lleva al final a la conclusión de que todo lo que se hace es fútil y extraño. Esa sería, en última instancia, la causa principal del cansancio de la vida o de lo que podría servir como su sucedáneo: el tedio. Aquel cansancio y este tedio formarían parte del mismo paquete existencial. Como dice Ramón Gómez de la Serna en una de sus greguerías: “Aburrirse es besar a la muerte”.

domingo, 12 de enero de 2014

¿Es deseable la inmortalidad?

     La vida después de la muerte es una hipótesis a considerar. Una época materialista como esta en la que vivimos ha tendido a desprestigiar esa posibilidad: se han generado muchos y poderosos argumentos para empujar a entender que el sustrato de toda realidad es la materia, y el de la conciencia, el cuerpo en el que reside. Y hasta la parte más llana de nuestro sentido común parece corroborar la interpretación materialista, porque se da cuenta de que habría auténtico overbooking en el más allá si hubiera que hacer sitio al enorme conjunto acumulativo de seres vivientes (¿por qué solo iban a ser los humanos?) que van dejando este mundo. Sin embargo, si estamos auténticamente interesados en estudiar la realidad, no podemos desdeñar determinados hechos que no parecen encajar en la hipótesis materialista. Y como dice Abraham Maslow, deberemos aceptar en el ámbito de competencia de la ciencia que habría de estudiar estos hechos “incluso aquello que no puede entender o explicar, para lo que no existe teoría, aquello que no puede ser medido, predicho, controlado o clasificado. Debe aceptar incluso las contradicciones, la falta de lógica y los misterios, lo vago, lo ambiguo, lo arcaico, lo inconsciente y todos los demás aspectos de la existencia que resultan difíciles de expresar. En el mejor de los casos, estar completamente abierta y no excluir nada. No imponer ‘requisitos de admisión’ ”.

     Entre esos hechos que no cuadran demasiado bien en la interpretación materialista están las “experiencias cercanas a la muerte”. De esta manera las denominó Raymond Moody, psiquiatra forense y doctor en filosofía, así como pionero en el estudio de estos fenómenos, que publicó en 1975 en su libro “Vida después de la vida”, un auténtico superventas de largo recorrido. Como caso ilustrativo de este tipo de experiencias, dejaré constancia de la que relata Carl Gustav Jung, y de la que él mismo fue protagonista unas décadas antes de la aparición del libro de Moody, a comienzos de 1944, cuando contaba 68 años. Por entonces, este que posiblemente fue el más importante psiquiatra que haya habido, se fracturó el pie y, acto seguido, sufrió un infarto cardíaco que le puso al borde mismo de la muerte. En estado de inconsciencia experimentó una serie de delirios y visiones que él mismo no supo clasificar si como sueño o como éxtasis: “Me pareció –cuenta Jung– como si me encontrase allá arriba en el espacio. Lejos de mí veía la esfera de la tierra sumergida en una luz azul intensa”. Acto seguido, da minuciosos detalles de los lugares de la tierra que veía: Ceilán, el subcontinente indio, el desierto amarillo-rojizo de Arabia, las montañas nevadas del Himalaya envueltas en nubes… “Posteriormente me informé –dice también– a qué altura debía encontrarme para poder alcanzar una visión de tal extensión. ¡Aproximadamente a unos 1.500 kilómetros! La contemplación de la tierra desde tal altura es lo más grandioso y lo más fascinante que he experimentado”. Sigue Jung narrando otros variados y singulares capítulos de su experiencia, incluido el rebote que se agarró con el médico que le trató, por haberle vuelto a la vida estando tan bien como había estado allí… ¿al otro lado?

 
     Sigue cabiendo una interpretación materialista de este tipo de experiencias cercanas a la muerte (ECM): podrían ser resultado de sueños o procesos pseudoalucinatorios residuales que anticipasen la calma fisiológica total que llegaría con la muerte. Incluso la coincidencia en el contenido de muchas de estas experiencias que han narrado quienes las han tenido podría deberse a los sustratos arquetípicos que el mismo Jung estudió, y que llevarían a elaborar simbólicamente imágenes similares, expresivas de ese acercamiento a la muerte. Pero seguiría habiendo cosas que no cuadran en esta interpretación neomaterialista. Para ejemplificarlo acudiré al relato de un caso ya clásico en este ámbito de las ECM, que dio a conocer el mismo Raymond Moody y que recoge en su reciente libro sobre el tema, “Al otro lado del túnel”, el psiquiatra español José Miguel Gaona. La protagonista fue  una mujer de nombre Mary, que había sufrido asimismo un ataque al corazón y cuya experiencia ella insistió en comentar en el hospital con Kimberly Clark, la psicóloga que la atendió, que fue quien dio a conocer el caso a Moody. El tratamiento de su infarto tuvo lugar en el Hospital de Harborview, Seattle, Washington. Cuando a Mary se le paró el corazón, se encontró de repente fuera de su cuerpo,  en el techo, mirando hacia abajo y viendo a los médicos y a las enfermeras trabajar sobre ella. Allí dejó su cuerpo mientras “deambulaba” por todo el entorno del hospital. Entre tanto, los médicos intentaban reanimarla. Una vez recuperada, Mary dijo a su escéptica psicóloga: “Llegué a ver unas zapatillas rojas, de tenis, en el alféizar de una ventana más allá de mi habitación”. Animada por su paciente, la psicóloga Clark tuvo que hacer auténticas y arriesgadas contorsiones (era un 5º piso y no se podían ver a simple vista) para comprobar que, efectivamente, las zapatillas descritas estaban allí. A partir de aquello, la psicóloga, que hasta entonces había sido totalmente escéptica sobre estos asuntos, se convirtió en una importante investigadora de las ECM. Una experiencia así no cabe en el formato de la mera alucinación o creación subjetiva de imágenes.

 
     Así que es posible que haya algo más allá de la muerte. Lo cual, una vez sentado, desplaza el problema hacia un nuevo estrato: ¿realmente es deseable la inmortalidad? Miguel de Unamuno no tenía dudas al respecto: “No quiero morirme, no, no quiero ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre”. Y asimismo: “En suma, que con razón, sin razón o contra ella, no me da la gana de morirme. Y cuando al fin me muera, si es del todo, no me habré muerto yo, esto es, no me habré dejado morir, sino que me habrá matado el destino humano”. No tan enfáticamente, pero Nietzsche también se afirmaba en esa misma posición: “¿Esta es la vida? –decía– ¡Bien, venga otra vez!”. Pero ¿en qué consistiría la vida en el más allá? ¿Vendría a significar el paraíso por fin recuperado (dejemos al margen la posibilidad de otros destinos menos gratos) algo así como un acomodarse confortablemente en la mullida nube celestial que nos fuera asignada para dedicarse a tocar el arpa por toda la eternidad? El mismo Pascal, cristiano de pro, admitía que “nada es más insoportable para el hombre que estar en pleno reposo, sin quehaceres, sin pasiones, sin divertimento, sin aplicación. Siente, entonces, su nada, su insuficiencia, su dependencia”. Cioran abunda en la idea: “El único argumento contra la inmortalidad es el aburrimiento. De ahí proceden, de hecho, todas nuestras negaciones”. Y si lo que nos espera es una vida semejante a esta, habrá que considerar el hecho de que vivir es algo que cansa, agota incluso, así que basculamos entre dos opciones que no son demasiado apetecibles si amenazan con ser eternas: el cansancio de vivir y el aburrimiento de descansar. “Esa falta de descanso llamada ‘vivir’ (...) Nada es más propio de las criaturas que la fatiga”, decía también Cioran, que por ello consideraba complementariamente que “la nada es un bálsamo existencial”, y que “Dios (…) no es sino nuestra incapacidad de detenernos en algún lugar”. Porque es que “para quedarse en algún sitio, para encontrar tu ‘lugar’ en el mundo tienes que cumplir el milagro de hallarte en algún punto del espacio, sin andar encorvado bajo el peso de las amarguras (…) Si no hay un solo sitio en el que no hayas sufrido, ¿qué otro motivo puedes invocar en apoyo de una vida errante?”, es decir, de una vida dedicada a buscar eternamente aquel lugar en el que parar, equivalente a aquel Dios inalcanzable. Se vuelve apetecible, en tal caso, la forma de mirar las cosas que tenía Séneca, según la cual “la muerte nos conduce a la calma y al profundo sueño de que gozábamos antes de venir al mundo. No hay, pues, nunca, razón para temblar”.

     Además, la vida a menudo se presenta como una carga excesivamente pesada. Y así, vencido por el cansancio, la decepción y la desgracia, Job se lamentaba: “¿Por qué no quedé muerto desde el seno de mi madre? ¿Por qué no expiré recién nacido? (...) Ahora dormiría tranquilo, y descansaría en paz”. Y León Felipe elevaba a lo alto esta demanda:

“Señor del Génesis y el Viento...
vuélveme al silencio y a la sombra,
al sueño sin retorno y a la Nada infinita...
No me despiertes más

     En el Eclesiastés se afirma que “mejor es el día de la muerte que el del nacimiento”. Y es que, según Schopenhauer, “la vida es un péndulo que va del dolor al aburrimiento”. De modo que Cioran puede concluir: “Sólo me seduce lo que me precede, lo que me aleja de aquí, los innúmeros instantes en que yo no fui: lo no-nato, en suma”. Y Schopenhauer apelaba a la “negación salvadora de la voluntad de vivir”.

     Desde esta última perspectiva que hemos considerado, no resulta, pues,  precisamente halagüeña esta constatación de Kierkegaard: “El hombre no puede liberarse de lo eterno; no, no podrá por toda la eternidad”. Y conjuntándola con aquella otra perspectiva de Unamuno, que efectivamente no quería librarse de lo eterno, habremos de llegar a coincidir con Heráclito en que “el mundo no es más que un inmenso deseo de vivir y un inmenso disgusto de vivir”. Y en fin, con Miguel Hernández:

“… estoy queriendo la vida
y deseando la muerte”.

     En resumidas cuentas: si esto de aquí tiene continuación más allá, Dios lo tiene realmente difícil para proponernos un plan de sobrevida atractivo que nos permita superar todos estos recelos.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Cómo llegó el fin del mundo (antes de lo previsto por los mayas)

Somos herederos del Romanticismo, ese movimiento cultural del que decía Arnold Hauser que “representó una de las variaciones más importantes en la historia de la mentalidad occidental”, y cuya nota diferencial más característica fue la de certificar la desaparición del mundo, o al menos su descrédito, hasta el punto de que Novalis, el más romántico de los literatos alemanes (los más románticos entre todos), pudo decir: “Todo lo bueno que hay en el mundo viene de dentro”. Se explicó un poco más cuando añadió: “Soñamos con viajes por el universo, ¿no está acaso el universo en nosotros? No conocemos las profundidades de nuestro espíritu. Hacia el interior conduce el camino misterioso. En nosotros o en ninguna parte se encuentra la eternidad con sus mundos, el pasado y el futuro. El mundo exterior es el mundo de sombras, proyectadas en el reino de la luz”. Como ocurre con los niños, para los que ese mundo exterior es sólo vestidura y coartada de los juegos que tiene diseñados en su imaginación o mero escenario de sus autárquicos sueños y cuentos infantiles, el romántico hace que el paisaje que le rodea sea sólo el interruptor que pone en marcha sus emociones, siendo éstas las únicas a las que finalmente concede credibilidad. Una idea que viene a confirmar Ortega en esta reflexión: “Esto es, en rigor, lo que el romántico busca al rozarse con los paisajes: más que verlos a ellos, contempla los remolinos que en su alma apasionada y líquida forma la piedra que cae de fuera”. Y también cuando dijo: “El romántico (…) no necesitaba ver las cosas sino lo estrictamente necesario para que se disparase su emoción, para entrar en frenesí y embriaguez. Entonces se volvía de espaldas al exterior y se ponía a beber su propio estupor”. También Arnold Hauser, en su ya clásica “Historia Social de la Literatura y el Arte”, ratifica esta misma idea: “(El romántico) consideraba el mundo simplemente como materia prima y sustrato de la propia experiencia, y lo utilizaba como pretexto para hablar de sí mismo”.

No parecen, en principio, ideas o maneras de afrontar la vida especialmente peligrosas. Si nos despojamos de la necesaria cautela, veríamos en el Romanticismo sólo una respuesta más –especialmente cabal, eso sí– a la consigna vital que el Renacimiento lanzó para que el hombre fuese capaz de dirigir sus propios destinos, sacándole del oscuro túnel de la Edad Media, en la que todo aquello en que los hombres intervenían estaba prefijado desde instancias que les trascendían, tanto si provenían de este mundo como si lo hacían desde el más allá. El mismo Descartes, el más cualificado adalid de la entrada en la modernidad, sospechó de todo aquello que proviniera del mundo externo, y se concedió crédito sólo a sí mismo como ser pensante. Y las construcciones mentales (las matemáticas, el mecanicismo…) con las que tanto él como los que le siguieron sustituyeron al mundo exterior demostraron una eficacia práctica tan abrumadora, que hoy todos los descubrimientos de la ciencia y todas las aplicaciones de la tecnología nacen en aquel fecundo hontanar de la filosofía cartesiana (también en el del empirismo, la otra cara de la modernidad). Nada especialmente sospechoso, pues, parece haber en aquellos anticipos filosóficos y existenciales del Romanticismo. Casi podríamos aceptar sin mayores prevenciones una conclusión que parece imponerse: el mundo es sólo la capa exterior de nuestra intimidad, el escenario que inventa el alma para poder salir de sí misma, una especie de sueño budista en el que aceptamos sumergirnos para que en él pueda tener lugar nuestra vida.

Empezamos a sentir cierta alarma ante este desapego hacia el mundo exterior que venía gestándose a lo largo de la modernidad cuando vemos cómo llega Novalis diciendo: “El mundo me resulta cada vez más extraño. Las cosas que me rodean me resultan indiferentes”. Hölderlin, el otro gran romántico alemán cava aún más hondo en la trinchera que nos separa del mundo exterior: “El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”. Esa degradante actividad que consiste en “reflexionar” era para Hölderlin el proceso que, desde la misma escuela, trata de adaptarnos a las exigencias del mundo exterior. Arnold Hauser considera que Byron, otro gran romántico, lleva el Romanticismo hasta su consolidación, pues gracias a él “el desasosiego y la indecisión románticos se convierten en una epidemia, en la ‘enfermedad del siglo’; el sentimiento de aislamiento, en un culto resentido de la soledad; la pérdida de la fe en altos ideales, en individualismo anárquico; la fatiga cultural y el tedio de la vida, en un coqueteo con la vida y la muerte”. El mundo había dejado de ser creíble. Para un romántico genuino, nada interesante quedaba por hacer en él, pues sólo importaba “lo que venía de dentro”, no las consecuencias externas que a partir de esa intimidad se generasen. Y he aquí la dramática consecuencia de aquella actitud: el esplín, la melancolía y el tedio de la vida. El mismo Lord Byron llegó a decir que se sentía tan aburrido que no le quedaban ni fuerzas para pegarse un tiro.

El aburrimiento: ése es finalmente el gran legado práctico que nos dejó el Romanticismo, resultado del desapego hacia el mundo, del sesgo vital que supone el dejar de creer que ante nosotros tenemos un mundo consistente y que las cosas tienen más propiedades que las que nosotros les asignamos; que el mundo entorno, en fin, está hecho de dificultad y resistencia a nuestros deseos. Empezó el romántico por hacer que prevaleciera su voluntad por encima de lo que su circunstancia le demandara. Parecía con ello ser fiel a la propuesta moral del imperativo categórico de Kant: no es el éxito o el fracaso de nuestros proyectos lo que eventualmente ha de sancionarles como válidos o inválidos; lo que surja de nuestro interior: eso es lo que debe de prevalecer, incluso cuando previsiblemente nos vaya a llevar hacia el fracaso. Pero siendo los únicos que, en soledad, debemos de intervenir en nuestras decisiones, y no las circunstancias objetivas, estamos sentando las bases del relativismo más devastador: que una cosa sea bella o fea no depende para nada de ella, por lo tanto, es una atribución que de forma soberana a cada cual le corresponde hacer. Lo mismo cabe decir de una obra de arte: Marcel Duchamp sancionó la posibilidad de que un urinario o una rueda de bicicleta lo fueran de hecho, y Piero Manzoni hizo lo propio con sus botes de excrementos propios, hoy expuestos en los principales museos de arte moderno, sólo por cumplir el simple requisito de recibir previamente la subjetiva atribución de ser una obra de arte. Que uno sea hombre o mujer es hoy, asimismo, una opción que en nada depende de cualidades objetivas: cada uno puede inscribirse en el Registro Civil con el sexo que le parezca. Y permitámonos ser políticamente incorrectos en su grado hoy máximo: un matrimonio ya no es, como sigue diciendo nuestra Constitución, la unión de un hombre y una mujer con la intención de procrear y formar una familia, sino cualquier unión estable de dos personas (¿Dos? ¿Por qué no una unión polígama?).

La realidad ha dejado de existir, cuando menos se ha hecho dudosa: el cine aporta ya un número significativo de buenas películas en las que queda explícita esa duda sobre la consistencia de lo real: Blade Runner (Ridley Scott), Matrix (Hermanos Wachowski), Orígen (Cristopher Nolan)… y recientemente una digna, aunque no tan buena, aportación hispánica a ese conjunto: Fin, de Jorge Torregosa. El caso es que cuando todo lo que hay que hacer depende sólo de nosotros, cuando ninguna exigencia nos llega de nuestra circunstancia, cuando nada externo a nosotros nos solicita, convoca o compromete, ocurre que la necesaria tensión vital se afloja, no hay nada que moralmente nos obligue a lo que no nos apetezca, a lo que no nos salga de las entrañas. Consecuencia: igual que nuestros antepasados románticos, nos aburrimos mortalmente.

Y ahí es donde nace lo que Vargas Llosa denomina en su último libro la “civilización del espectáculo”. Nada parece hacerse porque sea objetivamente insoslayable o necesario para crecer a través de ello, sólo se busca la diversión. La literatura, el cine o la televisión van decayendo hacia ese nivel superficial en el que se garantice ese único requisito; la afición a viajar no obedece a un interés real por conocer otras culturas o reconocer lugares por los que pasó la historia, sino que se conforma con ser un mero pasatiempo; nadie quiere comprometerse en tareas serias, como la política, que va quedando en manos de meros oportunistas o arribistas, y cuando toca votar, se escoge al candidato más sonriente, ocurrente o seductor, no al que ofrezca mejores garantías de probidad y eficiencia. El mundo se ha convertido en un inmenso parque temático, en el mismo sentido en que antes decíamos que los niños usaban de ese mismo mundo como mero escenario para sus juegos.

No hay que esperar a que se cumplan las profecías de los mayas. El fin del mundo (el mundo objetivo, el mundo como exigencia y dificultad) ha llegado ya.


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domingo, 19 de agosto de 2012

Edward Hopper: la vida que no acaba de llegar

No creo que Edward Hopper, del que el Museo Thyssen-Bornemisza está exponiendo una parte de su obra hasta el próximo 16 de septiembre, haya adquirido su fama como pintor por su dominio de la técnica, aunque sea notable su tratamiento de la luz. Tampoco sobresale, desde luego, porque los motivos de sus cuadros nos produzcan arrobo o nos conmuevan, como lo hacían los románticos cuando buscaban transportar nuestro ánimo a lugares de riesgo emocional o hacia escenarios vertiginosos. Las escenas de los cuadros de Hopper suelen reflejar, por el contrario, situaciones que lindan con lo anodino. Al revés que con los románticos, sentimos cómo ante su contemplación nuestro pulso empieza a decaer un poco, aunque no tanto que nos incapacite para empatizar con la actitud de los personajes de sus cuadros, los cuales, detrás de su pasividad o lasitud, esconden un grado suficiente de energía o inervación, si bien contenidas, en estado de latencia y, a veces, derivando hacia la angustia. Lo que nos atrae de la pintura de Hopper es, precisamente, la forma en que refleja lo que debería de pasar… pero no pasa, el hueco que quienes pueblan sus pinturas van dejando frente a ellos, allí donde su actitud de inquieta espera apunta hacia alguna clase de acontecimiento que no acaba de llegar o de expectativas que quedan interrumpidas o congeladas antes de que lo que las promueve llegue a producirse.

“Esperando a Godot” es una obra de ese teatro que asumió la tarea de reflejar aquel sesgo en la perspectiva sobre las cosas que enfrenta al hombre moderno con el absurdo de la vida, sin llegar a articular maneras de sobreponerse a él. La escribió Samuel Beckett a finales de los cuarenta, cuando Hopper había alcanzado su madurez como pintor. La obra se divide en dos actos, y en ambos aparecen dos vagabundos llamados Vladimir y Estragon, que esperan en vano junto a un camino a un tal Godot, con quien (quizás) tienen alguna cita. El público nunca llega a saber quién es Godot, qué tipo de asunto han de tratar con él o por qué es tan importante. En determinado momento, aparece en escena un muchacho que hace llegar a Vladimir y Estragon el mensaje de que Godot no vendrá hoy, “pero vendrá mañana por la tarde”. El caso es que el tal Godot nunca acaba de aparecer. En la obra llega a expresarse la situación general de esta manera: “¡Nada ocurre, nadie viene, nadie va, es terrible!”.
Si buscáramos una metáfora gramatical para describir la posición de los personajes pintados por Edward Hopper, incluso la de los escenarios que escogía, la mejor sería el signo “entre paréntesis”: individuos dentro de una habitación de hotel que han llegado de algún sitio y que habrán de ir a otro, pero que ahora, por tanto, no están ni en Pinto ni en Valdemoro. O que se acomodan en los asientos de un teatro en el que la función todavía no ha comenzado. O que leen el diario o un catálogo de algo con aparente despreocupación, aunque latente inquietud. O que cruzan los brazos y pasan, a veces, al estado de introversión. O se toman una copa en un bar, alargando la hora de volver a una casa que no parece atraer lo suficiente. O miran no se sabe si a la lejanía o al vacío. O fuman un cigarro antes de ponerse en actividad o porque precisamente han de rebajar esa actividad al grado de mera inquietud. Personajes, pues, que están realizando, en general, gestos que denotan interrupción, estado de latencia o, mejor (tratemos de alcanzar la textura más profunda y dramática de las situaciones que viven), aquello que en la obra de Beckett quedaba expresado en aquella patética exclamación: “¡Nada ocurre, nadie viene, nadie va, es terrible!”.

Los mismos escenarios vienen a ser también, como los paréntesis, acotaciones de algo a lo que, por definición, le falta significado por sí solo: gasolineras, es decir, lugares intermedios entre lo que ya se dejó atrás y lo que aún no ha llegado. O casas junto a un camino o una vía de tren, como si fueran producto de la disecación de un dinamismo que vendrían a expresar ese camino o esa vía de tren, pero que, a falta de por qué y de para qué, quedó allí interrumpido. O momentos del día en transición: tal vez es casi de noche o ya totalmente de día, pero se trata de momentos indeterminados, al menos, en cuanto a lo que en ellos tocaría hacer de una genuina manera.

En ocasiones, Hopper toma el punto de vista del voyeur, pintando lo que ocurre ventanas adentro. Pero su puritanismo sigue sin dejarle observar situaciones interesantes o excitantes, esto es, que hayan alcanzado ya alguna clase de culminación o de rotundidad en cuanto a su poder de comunicar algo: se conforma con ver a una mujer haciendo la limpieza de su casa o a una pareja que está haciendo tiempo o, simplemente, a una mujer sentada o a un oficinista junto a la ventana, ellos mismos víctimas de ese modo de ser propio de quien no sabe a dónde ir o qué esperar.
Creo que la vida de cada individuo se va configurando alrededor de unas pocas constantes vitales, como si quisiera dar definición al destino por el que se rige en una especie de sentencia epigramática, que bien podría acabar transcribiendo en forma de epitafio una vez concluida aquélla. Un artista plástico como Hopper nos da la facilidad de observar cómo sus constantes vitales quedan incorporadas a sus cuadros a lo largo del tiempo, incluso de intuir cómo tales constantes impregnarían el conjunto de las facetas de su vida. El epigrama que serviría a Hopper como resumen a la hora de dar cuentas de su vida en la hora postrera podría ser: “Me he pasado la vida esperando, pero no he llegado a saber qué”.
En otro tiempo, los hombres tenían resuelta esa espera: aspiraban a alcanzar la visión de Dios, que, si bien negada en esta vida, habría de llegar al alcanzar otra postrera. Hoy, Dios (God-ot) ha muerto, y los hombres nos hemos quedado en gran medida sin saber cómo sustituir esa espera por otra capaz de dar contenido no a una vida futura y trascendente, sino a ésta, empequeñecida y vulgar, que nos queda por vivir en este mundo. Hasta cierto punto, podría valer para ayudarnos a expresar esta idea aquello que decía John Lennon: “La vida es eso que va pasando mientras estamos ocupados haciendo otros planes”. Más exactamente, aún no hemos aprendido a gestionar nuestra vida sin la ayuda de un ser que paternalmente nos la dirija. Luigi Pirandello escribió otra de las obras de teatro características de nuestra modernidad y que nos ayuda a perfilar un poco más la situación existencial del hombre moderno; la tituló “Seis personajes en busca de autor”, y en ella el público es confrontado con la llegada inesperada de seis personajes durante los ensayos de una obra teatral (incidentalmente, una propia obra de Luigi Pirandello: “El juego de roles”) que insisten en ser provistos de vida, en que se les permita contar su propia historia, que es ni más ni menos que la de su propia vida, pero que, por lo visto, necesita ser sancionada o reconocida como algo necesario por un ser trascendente. Personajes, pues, que sienten que no son protagonistas de sus vidas, que han de esperar a que alguien, el director, acepte elevar esas vidas hasta un escenario en el que sientan que ya están viviendo de verdad, que eso que les pasa no es una mera contingencia o azar, sino algo que consigue tener sentido, entidad suficiente como para dar contenido a una vida.
Vivimos, pues, efectivamente, entre paréntesis: nadie va a venir a decirnos lo que hemos de hacer con nuestra vida, ningún acontecimiento categórico vendrá a redimirnos de nuestras insuficiencias, y mientras sigamos esperándolo, estaremos como el pintor al que se le ha caído la escalera: colgados de la brocha. O como los personajes de Hopper, oteando el horizonte, a ver si acaba de llegar lo que resolverá nuestra situación, u observando lo que ocurre en la vida de los demás a través de las ventanas, por si es allí donde está ocurriendo algo trascendente. O, en fin, acomodándonos en nuestros asientos del teatro de la vida, dispuestos a asistir a la función teatral, bien como espectadores o incluso como actores que demandan tener en ella un papel.

El final de la obra de Beckett es conocido; después de esperar infructuosamente a Godot, éste es el último diálogo entre los dos protagonistas:
Vladimir: “¡Qué! ¿Nos vamos?”
Estragon: “Sí, vámonos”.

Pero ninguno de los dos se mueve de su sitio. Todavía no saben, no sabemos a dónde ir.


 
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