martes, 16 de diciembre de 2014

De dónde vienen las dos Españas - 2ª parte y última

     Concluíamos la primera parte con el trazado de lo que ha sido la línea directriz sobre la que ha ido desarrollándose nuestra trayectoria histórica. Frente a esta trayectoria evolutiva y acumulativa, se situaron a partir, fundamentalmente, de 1898, las ideologías hispanofóbicas que decidieron convertirse en representativas de alguno de aquellos frustrados ramales centrífugos de nuestra historia, los que, de haber decidido nuestro rumbo, nos habrían impedido el acceso al estado moderno que, mal que bien, hemos llegado a conformar, y que si no hemos alcanzado de una manera plenamente homologable con la Europa más desarrollada, ha sido, entre otras cosas, por el lastre que tales ideologías nos hacen sobrellevar y el desgaste en rozamientos internos que han provocado entre nosotros.


     Así, el nacionalismo vasco pasó a sentirse representante de aquel ramal de nuestra historia que ya vino a superar la romanización, y construye su bagaje ideológico sobre un nostálgico sentimiento de identidad que busca retrotraerse hasta la tribu prerromana de los vascones; una identidad, por otro lado, que además de resultar absurda a esta altura de los tiempos es imposible reconstruir después de la mezcla de sangres que ha procurado la historia y, antes aún, del acceso a la civilización que supuso Roma, a partir de la cual la categoría de ciudadano vino a sustituir a la de pertenencia a una etnia a la hora de decidir esa identidad. El idioma en el que supuestamente (ha variado mucho) se entendían aquellos vascones, y que empezó a perder vigencia histórica cuando los romanos aportaron un idioma en el que pudieran entenderse las diferentes tribus que –desde entonces camino de su desaparición– poblaban la Península, se ha convertido en el último recurso desde el que seguir reivindicando aquella identidad tribal por parte del nacionalismo vasco.

     Por su parte, el nacionalismo gallego reivindica, de la misma forma, una imposible identidad tribal celta, y busca posterior apoyo histórico en otro de los ramales que representan un coyuntural obstáculo a lo que finalmente ha resultado ser nuestra trayectoria histórica real y vertebradora: en este caso, los nacionalistas gallegos reivindican también la línea centrífuga de nuestra historia que significaron los invasores suevos, que entraron en nuestra Península a la caída del Imperio romano y que se establecieron en la Gallaecia de entonces hasta que en el año 585 fueron derrotados por el rey visigodo Leovigildo, auténtico constructor del estado unitario que en la Península ibérica sucedió a la desintegración de Roma y que, como expusimos en la primera parte, continuaba la trayectoria histórica sobre la cual se fue construyendo nuestra actual nación.

     El nacionalismo andaluz anda ahora mismo agazapado detrás de ideologías islamizantes que reivindican para Andalucía su pasado musulmán. No, pues, el exuberante pasado romano que llevó al trono del Imperio a Trajano y a Adriano o a filósofos como Séneca, todos ellos nacidos en la Bética; ni los tiempos visigóticos en los que aquella región vio nacer a la cumbre del pensamiento de aquel entonces que fue San Isidoro de Sevilla. Por el contrario, estos peculiares andaluces se sienten herederos de al-Ándalus, una cultura que jamás fue española, como se pude deducir del simple hecho de que nunca un muladí (un musulmán de origen español) alcanzara el poder ni en los tiempos del emirato, ni en los del califato, ni en las taifas, así como del hecho de que los andalusíes se sintieran parte de una comunidad islámica foránea y contrapuesta a la que aquí estaba asentada. Descontemos el hecho de que la historia del Islam se ha conducido por unos derroteros que, si hubieran sido los de España, jamás habríamos tenido aquí ni Renacimiento ni Ilustración ni estado democrático, conquistas a las que nunca ha accedido realmente el islamismo. Otros nacionalistas, por lo tanto, estos de Andalucía, que encuentran sus fuentes de identidad en aquellos ramales que resultan excluyentes respecto del itinerario real recorrido por nuestra historia, es decir, respecto de lo que es la nación española.

     Por su parte, el nacionalismo catalán reivindica sobre todo una parcela de la historia que dejó de estar vigente al terminar la Edad Media, tratando además de ignorar, para empezar, aquel otro pasado que hizo de Tarraco la primera capital de la Hispania romana o de Barcino la primera de la España visigoda. Ni siquiera aquel precedente de los condados medievales sirve de soporte a la reelaboración de la historia que pretenden hacer los nacionalistas catalanes, pues nunca Cataluña fue una entidad política como tal, sino solo en cuanto parte del Reino de Aragón. Pero una vez en marcha su impulso hispanofóbico, estos nacionalistas han tratado de rehacer la historia hasta el punto de que cupiera en sus proyectos de exclusión de lo español. Y así, la entrada de los Borbones en España en 1700, en disputa con las pretensiones dinásticas de los Habsburgo disputa que provocó una guerra europea, aunque tuviera lugar en suelo español, la reelaboran aquellos como una guerra de España contra Cataluña, de forma semejante a como enseñan en las escuelas catalanas que nuestra guerra civil fue un nuevo capítulo de esa larga guerra que sus mentes han imaginado entre España y Cataluña.

     Las ideologías autodenominadas “progresistas”, plasmadas, como las de los nacionalismos, a raíz, fundamentalmente, de la crisis del 98, vinieron a configurarse, en gran parte, en nuestro país como un compendio de todas las ideologías hispanofóbicas y contrarias al estado moderno que habían ido surgiendo al albur de aquella profunda crisis de autoestima nacional. Aunque al principio muchos de los ideólogos de ese pretendido progresismo se declararon opuestos al nacionalismo, la hispanofobia ha acabado por ser dominante en la conformación de tales corrientes políticas. Su aversión al libre mercado fue otra de las constantes en la conformación de aquellas ideologías, y la tentación de considerar las libertades democráticas como meras libertades “formales”, propias de la democracia “burguesa”, en suma, su propensión hacia el establecimiento de regímenes en los que esas libertades quedaran controladas, intervenidas o directamente suprimidas, ha sido también una constante en la conformación de esas ideologías, no del todo corregida con el paso del tiempo. Otra constante en estas ideologías, al menos en sus orígenes, y que sigue caracterizando a sus corrientes más extremas, ha sido considerar la propiedad privada como un robo o una clase de perversión que solo puede corregirse regresando de alguna manera al comunismo primitivo propio de las hordas del paleolítico, del cual el control total de la economía por parte del estado vendría a ser un sucedáneo considerado asequible.

     Nos iremos acercando a las conclusiones de este artículo señalando de nuevo a la Leyenda Negra, especialmente al ser asumida por los propios españoles, como el foco principal del que han surgido los peores males que lastran la vida de nuestra  nación. Aún podríamos destacar como el elemento que quizás más ha servido a la puesta en marcha de esa Leyenda Negra la publicación del libro que fray Bartolomé de las Casas escribió y que tituló “Brevísima relación de la destrucción de las Indias”, que fue lo que más ayudó a que acabase de cristalizar una imagen de los españoles como seres bárbaros, crueles, fanáticos e intolerantes, y a dejar degradada la misión de España en América como una mera empresa genocida y de latrocinio por parte de los españoles que la llevaron a cabo. El libro de Las Casas, aun señalando abusos y excesos realmente producidos durante la conquista, llega a tal punto de exageración que sus afirmaciones quedan explícitamente contradichas por los escritos de otros religiosos coetáneos suyos partícipes también de aquella gran empresa americana, como fueron, entre otros, el vallisoletano Bernardo Vargas Machuca, Antonio de Herrera y Tordesillas, Gonzalo Fernández de Oviedo o fray Toribio de Benavente, apodado Motolinía, es decir, “el pobre” en lengua náhualt, y que califica a Las Casas como “hombre pesado, inquieto e importuno, bullicioso, malcriado, injuriador”. Calificativos estos que servirían como preludio al diagnóstico que de Las Casas hizo Ramón Menéndez Pidal en el libro que publicó en 1963, “El Padre Las Casas. Su doble personalidad”, en donde concluye que este fraile dominico sufría un “delirio paranoico”. Ninguno de estos desmentidos a las exageraciones vertidas en la “Brevísima relación…” de Las Casas ha alcanzado ni la atención ni el crédito que este tuvo. Y por el contrario, las ediciones de este libro tan nefando para España se han repetido en todos los momentos y ámbitos en que podía ser más dañada la imagen de nuestro país: la primera edición, en Sevilla, se hizo en 1552; pronto, en 1578, cuando los conflictos de España en Europa eran acuciantes, la obra fue traducida al holandés, francés, inglés e italiano, siendo la más conocida la edición que estuvo detalladamente ilustrada por los estremecedores grabados de De Bry. La segunda reimpresión en España se llevó a cabo en Barcelona en 1646, coincidiendo precisamente con los disturbios que allí acontecieron a raíz de los intentos unificadores (modernizadores) del Conde Duque de Olivares. El libro fue también “oportunamente” reimpreso en algunas de las principales ciudades hispanoamericanas –Bogotá, Puebla– durante los procesos de independencia de las naciones americanas a principios del XIX. Y en fin, fue asimismo reeditado en Nueva York en 1898, coincidiendo con el conflicto hispano-cubano, a partir del cual hizo eclosión ese hundimiento de nuestra autoestima que entre muchos españoles habría de cristalizar como hispanofobia.

     La conclusión que aquí venimos a extraer es que la otra España, la que en gran medida está detrás de la conflictividad que viene lastrando tan gravemente nuestra convivencia y nuestro desarrollo como estado moderno es la anti-España. Nuestro mal fundamental es, en fin, nuestro masoquismo nacional.

lunes, 15 de diciembre de 2014

De dónde vienen las dos Españas-1ª parte

     La principal dificultad a la hora de abordar este asunto de las dos Españas estriba en saber dónde trazar la línea divisoria entre ambas, delimitar en qué consiste cada una de esas Españas a las que Antonio Machado se refería en estos versos:

“Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.

Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón”

     Cuando uno trata de definir algo, busca deducir lo que es por contraste con lo que no es. Pero como las realidades son ambiguas (son lo que son… y buena parte de lo que no son), esa aspiración a la claridad de la cual partimos corre el peligro de decaer en la exageración, es decir, puede llevarnos a afirmaciones rotundas que excluyan importantes matices y que no acaben de registrar lo mucho que esas realidades tienen de paradójicas. Y así, si simplemente partimos de que España es la patria de los españoles, enseguida veremos cómo muchos de estos empiezan a removerse inquietos, incómodos ya ante tal escueta, y parecería que inocua, afirmación. María Zambrano recogía esta peculiar incomodidad que surge ante el imponderable que supone ser español en un gracioso diálogo que imagina con un interlocutor que vendría a representar a esa mala conciencia:
     “-Y usted, ¿qué es?
     -Yo, español.
     -¿Español?... Pero, ¿no podría ser otra cosa?
     -No, soy español simplemente, no puedo ser otra cosa.
     (…)
     -Pero esto es muy extraño. ¿Es que de verdad no puede dejar de ser español y ser otra cosa? Mire, nosotros queremos ayudarle, aquí mismo, en otro lugar. El mundo es muy grande y podría usted, quizá poniendo de su parte, encontrar algún otro ser”.
     Alentado por esa misma incomodidad de que hacía gala el imaginario interlocutor de María Zambrano, Antonio Cánovas del Castillo, el destacado político conservador, artífice de la Restauración borbónica y presidente del Consejo de Ministros del Gobierno de España durante la mayor parte del último cuarto del siglo XIX, hizo famosa aquella, también digamos que graciosa, definición de esa españolidad que queremos aquí entender: “Son españoles –decía– los que no pueden ser otra cosa”.

     ¿De dónde surge esa incomodidad, esa negativa predisposición hacia algo tan simple como el hecho de ser español? En nuestra historia más reciente, esa animadversión que afecta a tantos españoles tuvo su matriz en las graves perturbaciones que sufrió el alma de nuestra nación a raíz de la crisis de 1898. Quedaría aquella animadversión expresada en estas palabras que dejó escritas Joan Maragall, poeta catalán y destacado miembro del movimiento cultural de la Renaixença, en vísperas del estallido bélico de 1898 con Estados Unidos, la guerra de Cuba: “Creemos llegada a España la hora del sálvese quien pueda –decía Maragall–, y hemos de desligarnos bien deprisa de todo tipo de atadura con una cosa muerta”Además del lógico deterioro en la autoimagen de un país que ha sufrido una derrota bélica, el sustrato del que fundamentalmente surgiría esta malquerencia hacia España sería la Leyenda Negra, que en aquel contexto fue intensamente reavivada por las élites y los medios de comunicación norteamericanos e ingleses, pero que empezó a activarse ya a principios del siglo XIV, cuando tuvo lugar la terrible Venganza Catalana de los almogávares en tierras bizantinas después del asesinato de su líder Roger de Flor.

     La Leyenda Negra que afectó y sigue afectando a España fue descrita por Julián Marías como “la condenación y descalificación de todo el país a lo largo de toda su historia, incluida la futura”. Consiste en la magnificación desproporcionada de todas las cosas que los españoles hemos hecho mal en la historia, especialmente, las que tienen que ver con la Inquisición, la expulsión de los judíos, nuestro eventual fanatismo religioso y los abusos llevados a cabo a raíz del descubrimiento y conquista de América, así como la ocultación de todas las que hemos hecho bien. La magnificación de nuestros defectos pasa por alto el hecho de que los judíos ya habían sido expulsados antes de los demás países europeos, de que las víctimas mortales a causa de sus ideas religiosas o por brujería fueron mucho más numerosas en otros países, y también pasa por alto los beneficios que produjo la traslación de la cultura, la urbanización, las leyes y el sistema institucional hispánicos a los pueblos americanos, que en muchos aspectos aún vivían en el estadio tribal del paleolítico.

     Pero no toca hablar hoy tanto de la Leyenda Negra, como de los efectos que esta tuvo al ser metabolizada y asumida por los españoles, especialmente, como ha quedado dicho, a raíz de la crisis de 1898. Ninguna otra cultura, ningún otro país ha sufrido una descalificación tan intensa como España, a pesar de haber protagonizado a menudo hechos mucho más terribles que los que llevaron a cabo los españoles en sus peores momentos: la expansión de la República y el Imperio romanos, por ejemplo, se llevó a cabo a través de actos de crueldad, incluso genocidios, que sobrepasan con mucho los de los conquistadores españoles, pero ello no obsta para considerar que la romanización en su conjunto supusiera un gran avance histórico. Asimismo, las dos guerras mundiales y los genocidios de los campos de exterminio, responsabilidades históricas de Alemania de una enorme magnitud, mucho mayor que la de España en sus momentos más infaustos, no han supuesto finalmente para Alemania, como es lógico, el descrédito o su descalificación global como nación, cosa que, para muchos, sí ha ocurrido con España.

     Pero, como decimos, lo más nocivo de la Leyenda Negra estriba en que ha sido asumida, aceptada por muchos españoles. A partir de ella y de sus repercusiones en nuestra crisis del 98, la interpretación de la historia de España por parte de un importante sector de nuestra intelectualidad y de nuestras élites políticas, fue el punto crucial desde el cual se generó un sentimiento de rechazo hacia su nación por parte de numerosos españoles. Queda expresado ese rechazo en las palabras de Joaquín Costa, máximo representante del Regeneracionismo, movimiento intelectual y político surgido en aquel contexto. Decía Joaquín Costa, entre otras cosas, que España era una nación frustrada y que “debía ser fundada de nuevo, como si no hubiese existido”.

     La expresión “las dos Españas” tiene su origen a principios del siglo XX, especialmente, como hemos visto, en Antonio Machado, y se han propuesto para ella diferentes significados: la España de los liberales y la de los carlistas, la de los progresistas y los conservadores, la España industrializada y más urbanizada y la agrícola y rural, la España popular y la España de los caciques y las élites degeneradas… Esta última clasificación vendría, más o menos, a coincidir con la que, según Ortega, separa la España vital de la España oficial. Concretamente, Antonio Machado, en 1912, hablaba de

“La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
(…)
Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digna usar la cabeza”

Y la contraponía a esta otra España:

“Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea”

     Sin embargo, todas estas divisiones de España vendrían a ser subsidiarias respecto de la que acabaría consolidándose como la más definitoria, la que surgió de la crisis del 98, y que no tardó en quedar plasmada como aquella que nos divide entre, por un lado, los que siguen (seguimos) respaldando la idea de España, y por otro, los que padecen de hispanofobia. Nada ha resultado finalmente tan disgregador y atentatorio contra nuestra convivencia y nuestra conformación como estado moderno como esta negación de lo español por una gran parte de españoles. La hispanofobia que resultó de la metabolización de la Leyenda Negra por parte de una de las dos Españas se convirtió en el ingrediente básico de nuestros numerosos nacionalismos disgregadores y el que dio pábulo a buena parte de las ideologías que se consideraron a sí mismas progresistas. Tanto aquellos como estas se fundamentaron en una visión en negativo de la historia de España, y fueron recogiendo diversas parcelas o ramales centrífugos de la misma en los que el proyecto en marcha que supone nuestra nación se habría frustrado si aquellos impulsos centrífugos hubieran prevalecido. Ese proyecto en marcha que es la nación española se ha ido realizando sobre el sustrato de una evolución acumulativa que podríamos hacer arrancar de la romanización y que prosiguió con los visigodos. Se trataría de la misma trayectoria histórica en la que más adelante enraizarían los reinos cristianos (españoles) que se enfrentaron a la invasión musulmana (es decir, ajena a nuestra trayectoria histórica, la que da sentido a nuestra historia), y que dio un paso decisivo con la unificación (reunificación en gran medida) de esos reinos al llegar al trono los Reyes Católicos, y que no hubiera sido posible sin la referencia de la antigua España visigótica. Desde allí, la nación española comenzó a recorrer (no precisamente con agilidad bajo los Austrias) el trayecto que lleva hacia el estado moderno, y que recibió un impulso decisivo a partir de la Ilustración, en el siglo XVIII. Este impulso modernizador estuvo representado en España por los primeros reyes Borbones, y encontró prolongación en el siglo XIX, a pesar de muchas dificultades, gracias al liberalismo. Finalmente, la trayectoria histórica que ha desembocado en la conformación de las sociedades modernas ha debido de pasar por la generalización del libre mercado y la democracia.