sábado, 26 de diciembre de 2015

"Paulina": un sentimiento de culpa insaciable

     “La patota”, estrenada en España con el título de “Paulina”, es una película argentina de 2015 dirigida y co-escrita por Santiago Mitre. La película participó en la 68ª edición del festival de Cannes donde ganó el premio principal de la semana de la crítica en el festival de Cannes y en el Festival de San Sebastián obtuvo los tres premios principales de su sección. Además, ha obtenido varios premios más.


     Paulina era una abogada con una carrera floreciente en Buenos Aires, que en un determinado momento decide dejar atrás su prometedora trayectoria profesional y volver a su ciudad natal para convertirse en maestra rural y dedicarse a la actividad social en entornos de jóvenes marcados por la pobreza y la marginalidad. Fernando, su padre, años atrás hizo algo parecido, y en la actualidad es un juez progresista, pero ahora, ya en el viaje de vuelta de sus juveniles entusiasmos, intenta aconsejar a su hija para que armonice sus deseos de cambio social con sus capacidades como abogada y no renuncie a su brillante futuro. Paulina no le hace caso y, tal y como tenía decidido, empieza a trabajar como maestra.
     Enseguida observa la desproporción o desajuste existente entre sus fervorosos impulsos de mejorar el mundo y el desdén y la desidia con los que son recibidos por parte de su juvenil clientela. Más aún: después de la segunda semana de trabajo es interceptada por una patota (una pandilla de chicos marginales y aficionados a los actos vandálicos) y violada por el líder de la misma. Ante la mirada atónita de quienes la rodean, Paulina decide, después de un par de días, volver a trabajar en la escuela y en el barrio donde fue atacada, a pesar de que enseguida llega a saber que los integrantes de la patota eran alumnos suyos, excepto el líder, del que también llega a saber que fue quien la violó. A pesar de ella misma, los integrantes de la patota son detenidos por orden de su padre, el juez, pero Paulina, en la rueda de conocimiento, y con la intención de defenderlos, niega que fueran ellos quienes la atacaran, de modo que salen libres.
     Nuestra protagonista descubre al poco tiempo que, como resultado de la violación, había quedado embarazada, y muy al contrario de lo que le piden su novio, su padre y su amiga, decide no abortar, llevar adelante su embarazo. Ello le cuesta la ruptura con su novio, la desesperación de su tolerante y amado padre, la incomprensión de su amiga… Pero ella prefiere seguir adelante en el camino hacia su particular calvario.
      La bondad de Paulina y su intención de ayudar a los sectores más marginales de la sociedad, incluso cuando los beneficiarios de esa ayuda se muestran refractarios a ella, recuerdan a aquella Viridiana de Luis Buñuel (1961), una ex novicia que acoge en la mansión de la que inopinadamente había quedado dueña a un puñado de pobres y vagabundos a los que va encontrando al azar. Estos, en vez de agradecer la ayuda, abusan de lo que se les da, atacan a Viridiana y destrozan la casa que los acoge.
      No dejan de merecer compasión, y a veces admiración, personas como estas, que deciden renunciar a sí mismas para entregar su vida a los necesitados. Pero parece que hay líneas rojas que esa virtud extrema puede llegar a traspasar, y entonces se convierte en algo morboso y quizás hasta perverso. Es posible que ese fuera el caso, por ejemplo, de Santa Catalina de Siena, co-patrona de Italia junto a San Francisco de Asís y una de las patronas de Europa, que nació en 1347, poco antes de que la gran epidemia de peste arrastrara a la tumba a las dos terceras partes de la población de Siena. Era la hija número veintitrés de un total de veinticinco partos. Creció en un ambiente dominado por el miedo, los sentimientos de culpabilidad y el duelo, pues la gente pensaba que la “peste negra” era el castigo de Dios por la perdición humana.
     Desde una edad muy temprana, Catalina se azotaba repetidamente y en secreto con el látigo. Rechazaba cualquier alimento que no fuera pan, verdura cruda y agua. Se ató a unas cadenas y guardó silencio, excepto en la confesión. Se incorporó a una orden laica de los dominicos y entre los dieciséis y los veintiocho años se sometió a ayunos extremos, y sus días transcurrían entre las plegarias, las autoflagelaciones y el cuidado de enfermos. El agotamiento físico extremo provocado por la falta de comida y sueño derivó en una experiencia de éxtasis (el estado de privación general es uno de los métodos de acceso a este tipo de experiencias), tras el cual manifestó los cinco estigmas o heridas de Cristo en manos, pies y corazón (manifestó los llamados “estigmas invisibles”: sentía el dolor en los lugares en los que Cristo tuvo sus llagas, pero no eran visibles externamente las heridas). Cuidaba de pordioseros, prisioneros y leprosos, y bebía el pus de las heridas de sus pacientes, con la esperanza de poder igualar la pasión de Cristo. Alguno de sus hagiógrafos considera que su principal milagro fue la paciencia de que hizo gala ante los severos ataques y reproches, aún de personas desagradecidas que ella había beneficiado con sus servicios. En el comienzo del año en que le sobrevino la muerte, 1380, Catalina renunció también al agua durante su ayuno. Murió unas semanas después, atormentada por culpas y demonios interiores; también en esto vino a imitar a Cristo: tenía treinta y tres años. “¿No habría aún suficiente sufrimiento en este mundo? –se preguntaba Cioran– Se diría que no, a juzgar por la complacencia de los santos, expertos en el arte de la auto-flagelación. No existe santidad sin voluptuosidad del sufrimiento y sin un refinamiento sospechoso. La santidad es una perversión inigualable, un vicio del cielo”.
     Ampliaremos nuestra reflexión añadiendo una cara más (de las muchas posibles) del poliedro que se abre a nuestra perspectiva al indagar en este tipo de comportamientos autodestructivos: recordaremos así la biografía de la singular poetisa norteamericana Sylvia Plath (1932-1963). Sylvia Plath fue una persona especialmente brillante: su currículum académico estuvo plagado de notas excelentes, del más alto nivel; llegó a ser admitida como becaria en las instituciones universitarias más prestigiosas, y desde muy joven refulgieron sus dotes como escritora. “No ser perfecto duele”, escribió Sylvia Plath en su “Diario” en 1957. Y unos párrafos antes: “Yo tengo este demonio que quiere que eche a correr gritando si resulta que tengo defectos, que soy falible. Quiere hacerme pensar que siendo tan buena como soy solo puedo admitir la perfección. La perfección o nada”. Al exceso de inquietud por encima de los motivos objetivos que la justifican, al campo de lejanías a las que uno quiere llegar pero a las que es imposible acceder, es a lo que propiamente llamamos ansiedad. En consecuencia, Plath sufría de insomnio crónico: un ansioso así no se puede permitir esa especie de abandono improductivo que es el dormir. Así que tomaba tranquilizantes y somníferos… que no llegaban a contrarrestar con suficiencia la fuerza de su inquietud. Durante toda su vida repitió un patrón de respuesta a cualquiera de sus logros: nunca eran suficiente. El último resultado de esa manera de instalarse en la vida fue que le diagnosticaron una depresión mayor. En noviembre de 1952, dejó escrito en su “Diario”: “Quiero matarme, escapar a toda responsabilidad, volver, arrastrándome abyectamente, al claustro materno. No sé quién soy ni a dónde voy, y soy yo quien tiene que contestar a esas horribles preguntas”. Fueron varios, efectivamente, los intentos de suicidio que siguieron a estos extravíos en el laberinto en que se había convertido su vida.
      Siempre por debajo de sí misma, de lo que interiormente se exigía, podríamos decir que ejercía sobre sí una especie de maltrato. La correlativa autoimagen la llevaría consigo cuando de mantener relaciones con los hombres se trató. Su primer amante, cuando tenía 22 años, la violó y maltrató físicamente. De hecho, pasó la noche después de esta primera relación en el hospital, tras lo cual… continuó saliendo con ese mismo sujeto, al que evidentemente disculpó, cargando sobre ella, tal vez “por haber malinterpretado la situación”, la responsabilidad por lo ocurrido. Asimismo, la primera vez que hizo el amor con el que después fue su marido, el también poeta Ted Hughes, sufrió por parte de él una paliza que la dejó llena de moratones y magulladuras. A lo largo del matrimonio, Hughes abusó de ella y la hizo objeto de sus frecuentes ataques de ira y violencia. Los últimos años, Plath se dio cuenta de que estaba siendo engañada, y ya no pudo confiar en su marido, a quien, pese a todo, se había entregado totalmente. Parece que podemos ir hallando una constante en esta propensión a sentir a los verdugos como víctimas y a sí mismo, la auténtica víctima en estos casos que tratamos, como verdugo, o al menos como el necesitado de perdón.
     De todas formas, Plath siguió sobresaliendo en sus estudios y obteniendo premios y galardones uno tras otro a lo largo de su vida: exitosas circunstancias mundanas incapaces de servir de fundamento a una personalidad que finalmente solo reconocía lo esencial de sí, en cuanto que habitante del mundo, en los momentos de fracaso. Logró el mayor de todos ellos en el invierno de 1963, cuando su marido, Ted Hughes, la abandonó junto a sus dos pequeños hijos para irse a vivir con otra mujer. Su último poema, escrito entonces, empieza con este verso: “La mujer alcanzó la perfección…”, justo lo que ella llevaba persiguiendo toda la vida. Había escrito también en otro de sus poemas, el titulado Lady Lazarus: “Morir / es un arte, como cualquier otra cosa. / Yo lo hago excepcionalmente bien”. Anunciando su inminente suicidio, acabó su último poema de esta concluyente manera: “Los pies parecen estar diciendo: hemos llegado muy lejos, se acabó” (poema “Límite”, último que escribió Plath, unas noches antes de su suicidio). Su tránsito hacia la lejanía había durado solo treinta años.
     Observemos una cara más de este poliedro que conforman las vidas dominadas por un impulso de autoagresión. En el siglo XII y principios del XIII, San Francisco, el otro co-patrono de Italia, conocido también como il poverello d'Assisi (“el pobrecillo de Asís”) a pesar de provenir de una familia rica, fundó una de las llamadas “órdenes mendicantes”, respondiendo a una llamada interior hacia el desapego de lo mundano. Cuando tenía veintiséis o veintisiete años, sus amigos le preguntaron si pensaba casarse, y él respondió: “Estáis en lo correcto, pienso casarme, y la mujer con la que pienso comprometerme es tan noble, tan rica, tan buena, que ninguno de vosotros visteis otra igual”. La “mujer” en cuestión era la Pobreza. En nombre de ella empleó el patrimonio de su padre (con gran enfado de este, que seguía perteneciendo a este mundo) en la reconstrucción de iglesias en ruinas. Cuando su padre lo llevó a juicio, devolvió el dinero que aún tenía, pero desde entonces proclamó que su verdadero Padre pasaba a ser el que estaba en el cielo. A partir de aquel suceso, él y sus seguidores vivieron de las limosnas y no aspiraron a otra cosa que a la vida eremítica, el silencio, la soledad y el ayuno. En septiembre de 1224, en el transcurso, precisamente, de un prolongado ayuno, Francisco oró para recibir dos gracias antes de morir: sentir la pasión de Jesús, y una enfermedad larga con una muerte dolorosa. Y efectivamente, como Santa Catalina, alcanzó la dudosa gracia de la estigmatización, una manera de somatizar su peculiar devoción que le causaba intensos dolores en las llagas, y la de una larga y acusada enfermedad. Ambas se prolongaron hasta octubre de 1226, en que, con 44 años, Francisco murió. 
     Las enseñanzas de Francisco de Asís han encontrado eco en uno de los próceres del mundo actual, el Papa Francisco, que escogió su nombre como Papa en honor y reconocimiento de aquel santo. Ambos Franciscos encontraron respaldo a sus decididos desapegos de todo lo mundano en aquel extremo pendular desde el que Jesucristo afirmó: “Mi reino no es de este mundo”. Lo cual se tradujo en propuestas doctrinales tan descarnadas como esta que el mismo Jesucristo proclamó: “Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”. Una doctrina que fue secundada por San Pablo, el auténtico fundador del cristianismo como institución, que decía: “En lo que resta, los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran. Porque la apariencia de este mundo está a punto de acabar”. Este desapego del mundo predicado por el cristianismo vino a identificarse con una vocación que empujaba a la pobreza por la pobreza misma, que veía, en última instancia, que esa  pobreza era en sí misma una virtud. Porque, como el evangelista Mateo recoge de entre las palabras de Jesucristo: "Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los Cielos". Se siguen de este modo los principios que el mismo Cristo dejó también enunciados cuando, según el mismo Mateo, proclamó: “No os inquietéis diciendo: ¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué nos vestiremos? Esas son las cosas por las que se preocupan los paganos. Ya sabe vuestro Padre celestial que las necesitáis. Buscad ante todo el reino de Dios y lo que es propio de él, y Dios os dará lo demás. No andéis preocupados por el día de mañana, que el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su propio afán”. Una forma de estar en el mundo que ya antes había seducido a Diógenes el cínico, que decidió apartarse del mundo y vivir dentro de un tonel; los cristianos prefirieron apartarse yendo a vivir a los desiertos y luego a los cenobios.
     San Francisco de Asís ha sido, como decimos, el modelo preferido por el Papa Bergoglio. En una visita que este hizo a la ciudad de Asís, llamó a la Iglesia a “despojarse de toda mundanidad”. De modo que por debajo de una pretendida lucha contra la pobreza que se expresa en uno de los niveles del discurso papal, asoma una identificación más profunda con esa pobreza en cuanto que eventual virtud que viene a expresar aquel desapego del mundo que ya predicó su predecesor en la doctrina, San Francisco de Asís. Cioran decía que “El remordimiento metafísico es una turbación sin causa, una inquietud ética en el límite de la vida. No tienes culpa alguna de la que arrepentirte y sin embargo sientes remordimientos. No te acuerdas de nada, pero te invade un sentimiento infinitamente doloroso del pasado. No has hecho nada malo, pero te sientes responsable de los males del universo”. Y hablaba de “esa necesidad de remordimientos que precede al Mal, mejor dicho, que lo crea...”. De una forma semejante podríamos hablar aquí de esa necesidad de alejarse del mundo que precede a la Pobreza, mejor dicho, que la crea…
     Y resumiendo las actitudes de todos estos tipos de personas que se ven fatalmente abocadas a la autoagresión, podríamos concluir hablando de esa necesidad de castigo que precede al remordimiento, mejor dicho, que lo crea.

domingo, 13 de diciembre de 2015

El sentido de la enfermedad

     Empezaremos nuestra reflexión partiendo de casos prácticos: cuenta el psicólogo de la corriente humanista David Bakan (“Enfermedad, dolor, sacrificio”, F. C. E., 1979) cómo el desarrollo del cáncer en los animales  parece relacionarse con su situación “social”: hay unos ratones experimentales, denominados C3H, en los que se ha observado que, después de ser inyectados con una sustancia cancerígena, cuando están enjaulados juntos, la metástasis progresa menos que cuando se hallan solos, circunstancia que se apoya en datos estadísticos suficientemente significativos. Asimismo, el mal se retrasa si manos humanas manejan regularmente a estos roedores. Experimento que sirve de metáfora o parábola de lo que ocurre asimismo en el ser humano, porque, de modo semejante, se ha observado, por ejemplo, que el índice de mortalidad de los niños privados del cuidado materno, aunque reciban la atención física necesaria, es considerablemente mayor que el de las criaturas que gozan de la solicitud de sus madres. Otros ejemplos: la tasa de fallecimiento durante el primer año de vida en el asilo de ancianos es mucho más elevada que la de los viejos con hogar. Asimismo, las enfermedades somáticas resultantes del rompimiento brusco y traumático de relaciones con personas emocionalmente importantes se manifiestan en lapsos de tiempo tan breves como incluso veinticuatro horas, y sus efectos se han constatado en numerosos padecimientos: asma, cáncer, infarto cardíaco, diabetes melitus, eritematosis, hemorragia uterina funcional, artritis reumatoide, colitis ulcerativa…
     En general, la incidencia de un padecimiento somático entre personas con un trastorno psicológico definido es mucho mayor que entre las personas que no sufren ese tipo de trastornos, y en gran número de estudios se ha constatado un nexo entre el desarreglo psicológico y diversas formas de separación y desintegración social y cultural. Estas disociaciones surtirían efecto especialmente cuando actúan sobre la base de un previo historial de rechazo o abandono en la primera infancia.
     Desde el modelo biomédico hoy dominante se entiende que las enfermedades tienen su causa en una perturbación orgánica o agente etiológico específicos: una bacteria, un virus, un trastorno hereditario… Según este modelo, los mecanismos biológicos, los que actúan en el interior del organismo, con pocas excepciones, trabajan esencialmente en favor de la supervivencia del individuo, y su funcionamiento estaría orientado hacia la salud, mientras que los agentes de la enfermedad son, en esa misma medida, externos o ajenos al organismo. Sin embargo, los ejemplos antes expuestos encuentran mejor explicación considerando, para empezar, que en la mayoría de las enfermedades intervienen varios factores que incluyen la condición integral del individuo, es decir, que la enfermedad sería un estado del organismo total, y la dolencia específica podría considerarse un síntoma particular de esa totalidad. Diversas investigaciones  han señalado asimismo que los individuos que habían enfermado alguna vez eran más propensos a los achaques -aunque aparentemente no tuvieran nada que ver unos con otros- que quienes siempre gozaron de buena salud; lo cual puede conducirnos a la conclusión de que existe en aquellos individuos una propensión a las enfermedades, que al parecer puede extenderse también hacia una posible propensión a los accidentes, lo cual apuntaría a una fuente interna de las enfermedades y de esa facilidad para sufrir accidentes (es decir: lo contrario de aquellos agentes etiológicos externos que, como fórmula general, propone el modelo biomédico). Con todo ello podemos ir trazando una vía de conexión, no simple y lineal, pero sí tendencial, entre experiencias de abandono infantil, trastornos psíquicos y, junto a los componentes genéticos o ambientales que puedan concurrir, propensión a las enfermedades y a los accidentes. Hans Selye, el fisiólogo y médico austríaco que creó el concepto de estrés (1956), decía que había un mínimo común denominador vinculado a la ansiedad en eso que llamamos “estar enfermo”. Famosas son asimismo las investigaciones del Dr. Karl Simmollthong, USA, (1.999), donde demuestra las altas correlaciones que existen entre factores estresantes mantenidos y ciertos tipos de cáncer, diabetes, trastornos inmunológicos, dermatitis, enfermedades digestivas y cardiopatías (resaltemos, sin embargo, que el estrés es causa de enfermedades solo cuando supera el umbral de adaptación, que es más bajo, precisamente, en las personalidades inseguras con experiencias infantiles de abandono).
     Selye hablaba de que los mecanismos defensivos puestos en marcha por el organismo en situaciones estresantes pueden resultar más nocivos para el mismo que si no se defendiera. En tales ocasiones, Freud diría que no se responde primariamente a ningún concreto peligro externo, sino que la respuesta la desencadena para empezar una íntima sensación de angustia que secundariamente buscaría acoplarse a algún objeto externo. “La angustia –dice en concreto Freud– constituye un estado semejante a la expectación del peligro y preparación para el mismo, aunque nos sea desconocido”. Así pues, el organismo humano se predispone para poder realizar aquella respuesta defensiva de la manera aparentemente más efectiva: como si estuviera frente a un depredador en una situación de vida o muerte (por buscar una concreción aproximada para esa sensación de peligro indefinido), para empezar, la adrenalina que producen las glándulas suprarrenales se vierte en la sangre haciendo que, por un lado, se contraigan los vasos sanguíneos, de modo que la sangre pueda circular más deprisa y afluir rápidamente hacia las partes del organismo que más la necesitan en tales momentos: las zonas musculares y el cerebro; aumenta, por tanto, la frecuencia cardíaca y la tensión arterial. Por otro lado, la adrenalina hace también que se dilaten los conductos de aire para de esa manera acoger una ración extra de oxígeno con la que producir el suplemento de energía que se va a necesitar. Las mismas glándulas suprarrenales, en esas situaciones en las que el organismo se dispone a dar la perentoria respuesta de ataque o de huida ante un peligro exageradamente valorado como extremo, segregan corticoides, unas hormonas que tienen la función de atenuar las respuestas del organismo a los efectos de la inflamación que puedan ocasionar las heridas, así como la de mantener, a pesar del desgaste por la lucha, la concentración de azúcar en la sangre, la presión arterial y la fuerza muscular. Asimismo, el páncreas produce glucagón, una hormona que libera en los vasos sanguíneos el azúcar que estaba almacenado en el hígado y en los músculos, provocando de esa forma un aumento casi inmediato de la glucemia, con el objeto de elevar el tono del organismo. Además, y puesto que el estómago necesita liberar urgentemente todos sus contenidos para que la actividad del organismo se centre exclusivamente en la tarea de responder a la amenaza que ha sobrevenido, se produce una gran secreción de jugos gástricos con el objeto de acelerar y dar término cuanto antes al proceso digestivo. Por otro lado, y con objeto de proteger la cabeza, especialmente la nuca, que es la parte de la anatomía que resulta más vulnerable sobre todo si el ataque se intuye que va a llegar por detrás, los hombros se alzan, se encoge el cuello y se tensa la musculatura general.
     ¿Pero qué pasa si la sensación de amenaza persiste en el tiempo? Inevitablemente ocurrirá que esas respuestas que el organismo debiera tener previstas solo para pasajeras situaciones de emergencia tenderán a cronificarse. Entonces, lo que estaba destinado a defender al organismo acabará desbordando las posibilidades de este y derivando hacia peligrosas anomalías. De esta manera, la sobreproducción de adrenalina provocará una hipertensión permanente que acabará formando grietas y fisuras en los vasos sanguíneos y produciendo el síncope vascular; debido a lo mismo, aparecerán también taquicardias y problemas respiratorios. Por otro lado, el exceso de corticoides en el organismo conducirá hacia la desmineralización ósea, es decir, la osteoporosis. La hiperglucemia, cuando se cronifica, puede llevar a la enfermedad diabética, a la disminución de la resistencia a las infecciones y a disfunciones multiorgánicas.  Si además los jugos gástricos se siguen produciendo por encima de lo conveniente, la hiperacidez acabará provocando lesiones irreversibles en el aparato digestivo que concluirán en la úlcera duodenal o diversas formas de colitis. Asimismo, aquella necesidad de vaciar con urgencia los contenidos digestivos para que el organismo se dedique exclusivamente a preparar respuestas de ataque/huida puede derivar, si estas se prolongan, hacia la enfermedad del colon irritable. Y en fin, las actitudes corporales que estaban previstas para situaciones de amenaza física, por ejemplo, la elevación de los hombros o la tensión muscular general, derivarán hacia contracciones musculares recurrentes que serán causa de graves disfunciones en los hombros y la espalda, así como de dolores de cabeza o fatiga muscular. Las reacciones hiperdefensivas del alérgico podrían también incluirse en este mismo catálogo de respuestas contraproducentes y exageradas a un supuesto ataque al organismo. Selye dice de manera diáfana que “nuestras indisposiciones provienen a menudo de nuestras propias respuestas”. De modo que, para eludir esos efectos dañinos, llegaba a recomendar que el sujeto afectado alentase a su cuerpo a “no defenderse”.
     ILUSTRACIÓN: SAMUEL MARTÍNEZ ORTIZ
     Sigmund Freud, por su parte, habló, a partir de un determinado momento de su trayectoria intelectual, de la existencia de Tánatos, el instinto de muerte, que también se mostraría en aquellos momentos en los que la mente escoge defenderse frente a situaciones amenazantes: los mecanismos de defensa que el yo opone a esas situaciones (represión, desplazamiento, negación, regresión…) resultarían ser finalmente más nocivos para la integridad psíquica del sujeto que los pone en marcha que el hecho mismo de  enfrentarse a la situación que los desencadenó, y la enfermedad mental sería precisamente resultado de esa defensa exagerada. Podría servir de prototipo de lo dicho la defensa que el fóbico realiza frente a aquello que es objeto de su fobia; de ese modo, la respuesta defensiva a la inocua presencia de una simple araña puede llegar a desorganizar la vida entera de quien padece de aracnofobia.
     Así pues, los desórdenes considerados por Selye (la respuesta de estrés) y las enfermedades mentales consideradas por Freud (desencadenadas por los mecanismos de defensa del yo) proceden de las respuestas defensivas frente al agente externo nocivo (el que, sin embargo, el modelo biomédico actual considera causante de la enfermedad), y no del ataque por parte de este. De esa forma, Freud llega incluso a concluir en “Más allá del principio del placer” que “toda sustancia viviente está sujeta a morir por causas internas”. Y también que “el objetivo de la vida entera es la muerte”. Pero ¿cómo es posible que aquello que estaba dispuesto para defender al organismo y a la psique sea precisamente lo que puede llegar a destruir a ese organismo y a esa psique?
     Para intentar explicarlo, el referido David Bakan parte de que la vida en su conjunto existe como medio de alcanzar un fin, que es la forma concreta que cada organismo tiene empeño en conseguir (se trataría no solo de una forma física o biológica, sino también de una forma psíquica, biográfica). El modelo biomédico vigente, siguiendo la pauta mecanicista que dejó fijada Descartes, entiende que lo más bajo explica lo más alto, es decir, que hay que partir de la descomposición del todo en sus partes y explicar después aquel en función de estas. Pero eso no permitiría entender el hecho de que cuando hay un tejido dañado por una herida, las células de alrededor (las partes) se muevan con el objeto de recomponer ese tejido tal y como había sido hasta entonces; es decir, que en las células hay una especie de mandato que las empuja a algo más de lo que resultan ser cuando están aisladas, es decir, como meras partes que, simplemente sumadas, dan el todo. En suma: esas partes celulares tienen incorporada en sí la presencia del todo, en este caso, del tejido completo (el que resultó dañado), de modo que se mueven en la dirección de recomponer ese todo que coyunturalmente había desaparecido. Es el todo, pues, el que explica el funcionamiento de las partes. Cuando las partes del organismo entienden su subordinación al todo y se sacrifican en aras del mismo, hay salud. Pero cuando esas partes se hacen autónomas y dejan de tomar en consideración al todo, sus respuestas parciales pueden llegar a poner en peligro al conjunto. Por ejemplo, en el caso de la alergia respiratoria, la respuesta defensiva puesta en marcha por esa parte del organismo que es el sistema respiratorio puede acabar produciendo asma, es decir, poner en peligro al todo orgánico. El caso extremo es el del cáncer, en el que las células cancerosas se independizan del conjunto y luchan por su propia y particular sobrevivencia, a pesar de que ello significará al final la muerte del organismo global. En la obra citada, Freud decía que el instinto de muerte estaba primitivamente alojado en la célula individual, aislada, y que la existencia de organismos multicelulares resultaba de la acción del instinto opuesto, el de Eros.
     Un organismo tiende más de lo normal a la enfermedad cuando hay una parte de él que actúa al margen del conjunto y superpone su propia dinámica defensiva a la marcha del conjunto. ¿Cómo nace esta subestructura que transcurre al margen de y en oposición al conjunto psicosomático del organismo? Nace en los primeros años de vida, aquellos en los que la vulnerabilidad es extrema y consustancial a la frágil instalación del niño pequeño en su mundo. La expectativa de amenaza percibida por ese niño es correlativa a esa extrema vulnerabilidad, y cuando no se siente suficientemente protegido, pone en marcha los mecanismos de defensa fisiológicos que hemos analizado en la respuesta de estrés, que se caracterizan por ser una respuesta preverbal, exclusivamente somática al principio, pues no tiene recursos con los que elaborar otra clase de respuesta a la expectativa de peligro. El organismo queda finalmente anclado en aquella primera respuesta cuando la sensación de inseguridad y la expectativa de amenaza es estable (cuando el niño no se siente, pues, suficientemente atendido o incluso sufre la sensación de abandono). El aparato psíquico puede seguir evolucionando al compás del desarrollo de la capacidad de expresión verbal, pero aquella actitud preverbal, fisiológica, de respuesta a la amenaza quedará anclada en una parte de su cuerpo y de su mente y desde la zona oscura (reprimida) en la que seguirá habitando, seguirá condicionando la marcha del conjunto mente-cuerpo. La respuesta defensiva frente a la amenaza, exagerada desde el punto de vista del adulto, es un esquema de respuesta generado en la primera edad y que en aquel entonces se correspondía con la extrema vulnerabilidad del niño; ese esquema de respuesta quedó fijado y anclado en una zona inconsciente (por preverbal) del organismo psicofísico. Partiendo de aquí, lo que caracterizará a una persona enfermiza es su exceso de respuestas defensivas. Visto desde el otro lado: le caracteriza la exagerada expectativa de amenaza, la sensación de peligro inminente (la angustia incontrolada) que sigue conformando desde lo inconsciente los modos de responder al entorno del individuo adulto. La tarea terapéutica, según Freud, consiste en hacer evidente (consciente) que la forma de enfrentarse a los sucesos actuales por parte del individuo adulto son el eco del recuerdo inconsciente de un trozo del pasado.
     Decía Freud que el proceso curativo de las neurosis debía regirse por esta máxima: “donde hay ello debe de haber yo”. El ello es la parte de la personalidad que va por libre, que está fuera de lo que es capaz de incorporar la conciencia como constitutivo de la propia autoimagen. Ese ello (semejante a la sombra de Jung) irrumpe imponiendo sus propias necesidades, y saltando por encima de lo que conscientemente se es. El ello representa a la parte de la personalidad que, sintiéndose amenazada, ha sido excluida de la misma hacia el inconsciente por los mecanismos de defensa del yo, de manera paradigmática por la represión, para eludir la angustia que conlleva la amenaza; y representa también a ese contrapunto de la amenaza que son los deseos prohibidos por la conciencia. La sensación de amenaza puede relativizarse cuando pasa del nivel preverbal en el que el niño pequeño la incorporó al nivel verbal en que un adulto puede más fácilmente elaborarla y contraponerse a ella. La psicoterapia es, por tanto, y en buena medida, una tarea literaria. Y, concluyendo todo lo argumentado hasta aquí, el paso previo a la visita al médico encargado de curar gran parte de nuestras enfermedades habría de ser la visita al psicoterapeuta, un psicoterapeuta entrenado en esta perspectiva sobre la enfermedad que hemos expuesto, y que dotado de este marco explicativo indague en las fuentes de amenaza infantiles hasta alcanzar la situación catártica en que el sujeto deje de defenderse de esa amenaza en clave preverbal, corporal, y empiece a poder mirar esas supuestas fuentes de amenaza en clave adulta y apoyado en el poder de la palabra.

domingo, 29 de noviembre de 2015

La falacia del multiculturalismo

     Las civilizaciones no surgen de la noche a la mañana, son resultado de un proceso histórico acumulativo que en el caso de Occidente ha ocupado hasta ahora 2.600 años de larga y densa evolución. El primer paso de la misma tuvo lugar en Grecia, donde se dio el gran salto que supuso la superposición del pensamiento racional, fundamentado en la abstracción y el uso de los conceptos, al pensamiento mítico, que no utiliza el silogismo ni los conceptos a la hora de construir la forma de estar en el mundo, sino que refiere esta a la imitación de un modelo arquetípico instaurado en el tiempo original y que no es sometido a análisis o valoración, sino que simplemente es acatado. En el caso del Islam, ese modelo está transcrito en el Corán. “El mito –dice el que quizás haya sido el más importante historiador de las religiones, Mircea Eliade– (…) relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los ‘comienzos’ ”. Dice también Eliade: “El hombre de las culturas tradicionales no se reconoce como real sino en la medida en que deja de ser él mismo (para un observador moderno) y se contenta con imitar y repetir los actos de otro. En otros términos, no se reconoce como real, es decir, como ‘verdaderamente él mismo’ sino en la medida en que deja precisamente de serlo”. Este hombre arcaico solo se siente ser, pues, en la medida en que consigue encajar en el molde generalizador diseñado por el arquetipo mítico, no cuando toma contacto con su propia y personal fuente de decisiones. Y contrastando esta manera de pensar propia del hombre primitivo con la del hombre civilizado, dice el psiquiatra y filósofo Carl Gustav Jung: “El pensamiento tiene para el primitivo carácter visionario y auditivo y por ello carácter de revelación (…) Nos sorprenden las supersticiones del primitivo sencillamente porque en nosotros se ha logrado una amplia asensualización de la imagen psíquica, es decir, hemos aprendido a pensar ‘abstractamente’ ”.

ILUSTRACIÓN: SAMUEL MARTÍNEZ ORTIZ

     A esa capacidad que, en el camino de superar el pensamiento mítico, los griegos nos transmitieron mostrándonos el que conduce al razonamiento abstracto, añadió la historia de nuestra civilización la aportación de Roma, el Derecho, es decir, el sometimiento al principio de legalidad. Y el otro componente fundamental de nuestra civilización lo añadió el cristianismo: puesto que el pensamiento racional trabaja con conceptos, con abstracciones, y la ley atiende solo casos generales, quedaban aún sin atender por griegos y romanos las personas individuales y sus destinos particulares. Criticando a los estoicos, que representaban el exclusivo acatamiento a la razón abstracta, a la ley general, decía San Justino, uno de los Padres de la Iglesia, dando expresión a la aportación del cristianismo a nuestra civilización: “Evidentemente, ellos (los estoicos) intentan convencernos de que Dios se ocupa del universo en su conjunto, de los géneros y de las especies. Pero si no se ocupara de mí o de ti, de cada cual en concreto, nosotros no le rezaríamos noche y día”. Sobre esta base, Guillermo de Ockham abrió las puertas en el siglo XIV a lo que en el XV sería el Renacimiento y poco después a la Reforma cuando afirmó que en la realidad no existen los conceptos, los cuales son un invento de la mente, solo existen los individuos, incluyendo en esa denominación a los fenómenos particulares, no solo a los seres humanos. Con ello, quedaba establecida la cosmovisión occidental como conjugación de una paradoja que vincula lo general y lo particular, la razón y la experiencia, lo abstracto y lo concreto.

     Gracias a aquella apertura a lo particular, a lo imprevisto, a lo novedoso que la perspectiva del hombre renacentista promovió, el mundo amplió sus fronteras enormemente y de una manera desconocida hasta entonces en la historia universal. “El hombre moderno –decía Ortega dando expresión a esta idea– vive asomado al mañana para ver llegar la novedad”. Y mientras que las otras culturas o civilizaciones se fueron quedando en las etapas previas, las propias del pensamiento mítico, Occidente vio nacer esa realidad inédita que era el individuo. Dice al respecto Carl Gustav Jung: “Cuanto más retrocedemos en el tiempo, con tanta mayor frecuencia vemos a la personalidad desvanecerse oculta bajo el manto de la colectividad. Y si descendemos tan lejos como para llegar a la psicología primitiva, nos encontraremos con que allí ni tan siquiera tiene sentido hablar de la idea de individuo. (…)  Lo que nosotros entendemos por la idea de ‘individuo’ constituye una conquista relativamente reciente en la historia del espíritu y la civilización humanas”. Erich Fromm concreta aún más: “La historia europea y americana desde fines de la Edad Media no es más que el relato de la emergencia plena del individuo”. Y Ortega completa la idea: “El llamado Renacimiento es, pues, por lo pronto, el esfuerzo por desprenderse de la cultura tradicional que, formada durante la Edad Media, había llegado a anquilosarse y ahogar la espontaneidad del hombre”. Con la irrupción del individuo se hizo posible más adelante la aparición de la democracia liberal y los derechos humanos.

     Los hombres arcaicos, los que siguen anclados en el pensamiento mítico, atrapados en su idea del eterno retorno a los orígenes como fórmula única y excluyente con la que expresar cuál debe ser el destino del hombre, están imposibilitados para incorporar la idea del tiempo lineal y del progreso. Como dice Eliade, “El hombre de las culturas arcaicas soporta difícilmente la ‘historia’ y (…) se esfuerza por anularla en forma periódica”. Mientras tanto, en Occidente la idea de progreso y de evolución fue incorporada plenamente desde Leibnitz (“en general, todo conspira hacia lo mejor”, decía en el friso de los siglos XVII y XVIII) y, posteriormente, con la Ilustración. Lo que, por ejemplo, hizo Darwin fue aplicar esa idea a la biología.

     Por otra parte, la atención a los hechos particulares permitió la aparición del empirismo, del experimentalismo y del método científico que están en el origen de la revolución científica y la posterior revolución tecnológica e industrial, esa que ha hecho posible nuestro actual modo de vida, incomparablemente superior a cualquier otro modo de vida habido en la historia del mundo.

     Bien, lo que estamos tratando de dejar mínimamente claro aquí es que Occidente es una civilización única en la historia universal y superior a cualquier otra, aunque para todos los que están hipnotizados con la idea del multiculturalismo y del diálogo de civilizaciones, esta sea una afirmación inaceptable. La idea hoy políticamente correcta de la multiculturalidad supone que todas las culturas o civilizaciones, tanto las que se mantienen en el estadio mental del pensamiento mítico como las que han evolucionado hacia la racionalidad y el pensamiento experimental, se sitúan a una misma altura, son simplemente maneras diversas de entender la realidad humana, pero ni mejores ni peores. Error lamentable ocasionado por el extravío que hoy están sufriendo tantas personas en Occidente, incapaces de entender lo que fundamenta su modo de vida, y mucho menos, defenderlo.

     La ablación del clítoris, la poligamia, el maltrato institucionalizado a la mujer, el ahorcamiento de los homosexuales, a veces incluso la prohibición de la música u otras manifestaciones artísticas… no son peculiaridades de unas civilizaciones diferentes a la nuestra que haya que respetar. Son formas de manifestarse la barbarie anterior a la civilización y que caracterizan a una gran parte de los países de cultura (es un decir) musulmana. No hay una media aritmética posible entre Occidente y el Islam, solo hay, a veces, islamistas, probablemente poco consecuentes, que viven de forma civilizada. Las estructuras mentales de gran parte de los individuos que viven sometidos a las enseñanzas del Islam son las propias del hombre arcaico que todavía no ha salido de la fase prerracional del pensamiento mítico, que no ha pasado por la gran revolución que supuso el Renacimiento, y, de ahí en adelante, la Ilustración o incluso esa paradójica fase de la cultura occidental que fue el Romanticismo. Las ideas de pensamiento abstracto, individuo, progreso, democracia, libertades… son ajenas a la cultura islámica genuina tal y como hoy existe en el mundo.

     La civilización musulmana tuvo su época dorada sobre todo en la España musulmana de los siglos IX al XI, y quedó plasmada en el pensamiento de grandes filósofos como Avicena o Averroes, que recogieron y prolongaron las enseñanzas de Aristóteles. Desde ahí podría haber evolucionado como lo hizo la Europa cristiana. No fue así, y el Islam ha quedado finalmente anclado mayoritariamente en aquel nivel del pensamiento mítico y prerracional. La cultura musulmana no ha vuelto a dar a luz nuevos filósofos. Ni tampoco, salvo en un nivel anecdótico, científicos relevantes. Un dato significativo a este respecto sería el del número de Premios Nobel concedidos a musulmanes: siete en total, de ellos cuatro Premios Nobel de la Paz (entre ellos, uno al terrorista Yasser Arafat), uno de Literatura, uno de Física y uno de Química. Esto, en una población de 1.400 millones de musulmanes. Algo querrá decir el dato, sobre todo si lo comparamos, por ejemplo, con los doce millones de judíos, que acumulan 169 Premios Nobel. Si la proporción fuera la misma, los musulmanes deberían de haber tenido 22.260 Premios Nobel.


     Si la civilización occidental es, efectivamente, superior a la islámica, la actitud dentro de Occidente habría de ser de respeto hacia las manifestaciones culturales de los musulmanes que no entren en contradicción con las occidentales, pero respecto de las demás, a los inmigrantes de esta religión y cultura que vengan a nuestros países habría de exigírseles la adaptación a nuestros valores. Es la única manera de prevenir que la barbarie acabe instalada en grandes parcelas de nuestras ciudades, con las consecuencias que hoy están haciéndose evidentes. No diálogo de civilizaciones, pues, sino diálogo entre civilizados y guerra a la barbarie.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Sacamantecas de izquierdas y de derechas versus liberalismo

     El punto del que ha de partir todo liberal a la hora de valorar la acción política es el que resume el apotegma de que el poder corrompe o, al menos, permite que quien lo detenta actualice su previo potencial de corrupción. Idea que hay que complementar con esta otra: incluso cuando es inevitable, dejar en manos de un político la posibilidad de administrar un patrimonio equivale a sustraer la dinámica económica y social a sus genuinos protagonistas, los ciudadanos, la iniciativa privada, para subordinarla a los criterios, en última instancia arbitrarios, de ese político. Existe, por un lado, una ley objetiva que rige la marcha de la sociedad: la ley de la oferta y la demanda, alguien quiere algo y entra en relación comercial con quien se lo ofrece. Y existe otra forma alternativa de conducir esta que sería la dinámica social básica, la que partiendo de que esa ley de la oferta y la demanda es intrínsecamente perversa puesto que genera abusos y desigualdades, es preciso subordinarla a la planificación decidida desde las esferas del poder político. ¿Desde qué tipo de premisas ha de ponerse en marcha esa planificación? En última instancia, subjetivas y arbitrarias, decididas a partir de los presupuestos ideológicos o meramente personales de quien detenta el poder. Así, por ejemplo, el político de turno puede decidir (de hecho, lo está haciendo) que el que no se lleguen a atender suficientemente las necesidades derivadas de las situaciones de dependencia de enfermos y personas mayores es un hecho a relativizar, porque también hay que subvencionar a cineastas como Fernando Trueba y compañía, o a las televisiones públicas (mucho más caras que las privadas) que sirven para la propaganda de los gobernantes, o a las empresas de automóviles en vez de a los fabricantes de lavadoras, o a estructuras institucionales que prácticamente sirven solo como pesebre para políticos, como ocurre con el Senado, las Diputaciones o las embajadas de las Comunidades Autónomas… y quizás el presupuesto no llegue para todo.
Ilustración: Samuel Martínez Ortiz
     Entre los políticos más antiliberales e intervencionistas del actual panorama político español, están los partidos de extrema izquierda; son los más hostiles a las leyes del mercado (las que se basan en la conjunción de la oferta y la demanda) y los más favorables a la planificación, es decir, al incremento de políticos y funcionarios que vengan a sustituir a la iniciativa privada. Ya tenemos ejemplos concretos suficientes a estas alturas de lo que significa llevar a la práctica estos presupuestos intervencionistas y del modo en que el particular arbitrio de los políticos a la hora de administrar el presupuesto público sustituye a la libre iniciativa regida por la ley de la oferta y la demanda; Ahora Madrid, la coalición que desde hace unos meses gobierna en el Ayuntamiento de la capital, nos proporciona ya varios ejemplos de todo ello. Pasemos a enumerar algunos: el consistorio madrileño ha multiplicado por veinte  el gasto en cooperación internacional (de medio millón de euros a 12 millones presupuestados para 2016), es decir, que tal gasto sufre un aumento del 2.117 %, que presumiblemente se traducirá, en gran medida, en subvenciones a países con gobiernos ideológicamente afines. Otra reciente intervención hecha al libre arbitrio de los actuales planificadores ha sido la de ceder espacios públicos del Ayuntamiento al movimiento okupa; de hecho, se tiene presupuestado un gasto de dos millones de euros para la reforma del palacete de Alberto Aguilera, que podría cederse a los okupas del Patio Maravillas. Asimismo y por otro lado, la alcaldesa Carmena ha destinado 350.000 euros a acondicionar el Palacio de la Cibeles, sede de la Alcaldía, un palacio en el que quien fue también alcalde, Alberto Ruiz –Gallardón, ya había gastado, según documentación oficial, 140 millones de euros hace solo un par de legislaturas, se supone que para dejarlo suficientemente acondicionado, incluso para quienes utilizan el baremo comparativo del lujo asiático. Otro ejemplo más nos lo ofrece el capítulo de gasto dedicado por el Ayuntamiento de la capital a “asociaciones” y “coordinación territorial”, que pasa de tener consignados 3,5 millones de euros a disponer de 36 millones, es decir, que sufre una aumento del 908 %; naturalmente, es de prever que sean las asociaciones, asambleas de barrio y foros diversos vinculados a Ahora Madrid los que más se beneficiarán de tal subida. En general, independientemente del destino que se le dé, el presupuesto de gasto del Ayuntamiento de Madrid, que tiene ya una deuda pública que llega a 1.876 euros por cada habitante de la capital, crece para 2016 en un 1,9 %, en total 83,9 millones de euros.
     Correlativamente, y para atender gastos como los expuestos, el Ayuntamiento madrileño ha decidido entre otras cosas eliminar la bonificación fiscal que disfrutaban más de 5.000 familias numerosas madrileñas, que tendrán que pagar 200 euros más al año. Asimismo, el IBI que soportan las grandes empresas, que ya era muy elevado, subirá en un 10%. En general, solo hay una manera de llevar adelante un incremento en el gasto público: subir los impuestos. Pero lo más decisivo a la hora de valorar medidas de gasto público como las referidas es que no están sometidas a ningún criterio objetivo, sino solo sometidas al libre arbitrio de los políticos.
     ¿Y cómo se evitan esas arbitrariedades? Solo de una forma: evitando (en lo posible) a los políticos. Si los políticos acaparan poder de decisión sobre asuntos económicos interfiriendo en lo que la ley de la oferta y la demanda estipula, caerán fatalmente en el despilfarro, la arbitrariedad y la corrupción. No se trata, pues, de simplemente controlar al poder (habitualmente es el poder el que controla todo lo demás), sino de limitarlo al máximo. Al final, como venimos sugiriendo, las opciones son dos: la liberal, para la cual la ley de la oferta de la demanda (el mercado) debe de regir en lo sustancial la dinámica económica de la sociedad y dejar que el estado atienda exclusivamente necesidades sociales (incluyendo en ellas las que se derivan de aspectos de la organización social que difícilmente puede atender esa ley, como la necesidad de contar con unas fuerzas armadas y de policía, un aparato de Justicia, una representación exterior o garantizar la atención sanitaria) y la intervencionista (de izquierdas o de derechas), para la cual el mercado es generador de desigualdades o errores y se hace preciso sustituir la iniciativa privada por una planificación ejercida por burocracias estatales, es decir, por políticos.
     Efectivamente, la iniciativa privada genera acumulación de capital, y por tanto, desigualdades (no todos tienen la misma capacidad de iniciativa para empezar); en la misma medida, la planificación es fuente de arbitrariedad y corrupción. ¿Debemos, pues, sustituir empresarios por burócratas para que no haya desigualdades o lo que se ha de hacer es sustituir a políticos por emprendedores (hacer, pues, que prevalezca la ley de la oferta y la demanda) para que no haya despilfarro, corrupción y arbitrariedad? ¿El capital acumulado debe de administrarlo aquel que lo genera o los políticos, que normalmente, a partir de un cierto nivel, nunca han dirigido una actividad productiva porque suelen haberse dedicado desde siempre a la política? La extrema izquierda se presenta como supuesta alternativa frente a la casta política, pero está dispuesta a ocupar las mismas poltronas que ocupaban los políticos anteriores, incluso aumentándolas; ¿y no es la pertenencia a la casta política uno más de los viejos trucos que de toda la vida de Dios se han montado las minorías privilegiadas de turno que siempre han estado dispuestas a vivir a costa de los auténticos productores de riqueza? Antiguamente, era la sangre la que legitimaba a la minoría de los nobles y los monarcas para vivir a costa de los demás. Otra casta privilegiada a lo largo de la historia ha sido la eclesiástica, que supuestamente avalada por el mismo Dios, se ha sentido dispensada de la obligación de crear riqueza, aunque no de consumirla en forma de subvenciones y privilegios fiscales. Hoy la coartada para mantener a las principales minorías privilegiadas, la clase política y la sindical, es “el bien del pueblo”. Sigue siendo un fácil recurso para que una casta compuesta demasiado a menudo de iletrados y no menos veces de desaprensivos sangren vía impuestos, tasas, multas y trucos recaudatorios varios a la mayoría para emplear el dinero a su arbitrio (a su antojo), y de paso nutrir sus bolsillos habitualmente muy por encima de lo que sus méritos aconsejarían.
     En conclusión: cuantos más políticos y burócratas, más ruina para los pueblos. Los regímenes contemporáneos que más han gastado en regidores, es decir, los subyugados por el totalitarismo, han acabado indefectiblemente devastando a sus países. Por el contrario, donde ha podido discurrir la libre iniciativa, se ha prosperado. Cualquier toma de decisión a la hora de emitir un voto debería de tener en cuenta esta evidencia.

sábado, 31 de octubre de 2015

Edvard Munch, el pintor de la muerte inminente


     Hasta el 16 de enero del 2016 estará expuesta en Madrid, en el Museo Thyssen-Bornemisza, una selección de ochenta obras del pintor noruego Edvard Munch, al cual ya dediqué hace más de dos años un  artículo (ver aquí), y al que entonces decidí llamar “pintor de la muerte inminente” después de dejarme impregnar durante horas de la angustiosa atmósfera que emitían sus cuadros, los cuales pude contemplar en Oslo en dos exposiciones simultáneas que allí tuvieron lugar en 2013. Munch pintaba desde el mismo punto de vista del condenado a muerte, del que decía: “Al sentenciado a muerte que se dirige al patíbulo se le nubla la vista y le da vueltas la cabeza. De pronto su mirada recae sobre un capullo –una flor–, el pensamiento se fija y se aferra a ellos. Qué extraño amarillo tiene esa flor, qué curioso es el capullo”. Confluía así en sus reflexiones con André Breton, quizás el mayor teórico de las vanguardias artísticas, que en su “Primer Manifiesto del surrealismo” decía: “En aquellas ocasiones en que más razones he tenido para terminar con mi vida, más me he sorprendido a mí mismo admirando una porción cualquiera del entarimado del suelo, una porción de madera que era como de seda, de una seda bella como el agua”. Ortega y Gasset da la explicación: “Cuando hemos llegado hasta los barrios bajos del pesimismo y no hallamos nada en el universo que nos parezca una afirmación capaz de salvarnos, se vuelven los ojos hacia las menudas cosas del vivir cotidiano –como los moribundos recuerdan al punto de la muerte toda suerte de nimiedades que les acaecieron”. Y sobrevolando esta misma idea, mostrando definitivamente cuál era su perspectiva preferida, decía Munch también: “Veo a todas las personas detrás de sus máscaras, rostros sonrientes, tranquilos, pálidos cadáveres que corren inquietos por un sinuoso camino cuyo final es la tumba”. Rememorar, en fin, aquello que contemplé en Oslo después de visitar ahora el Thyssen me ha servido para reflexionar sobre el significado psicológico y cultural no solo de su obra, sino, en general, del arte moderno, y sobre el modo en que este no viene a ser sino expresión, extrema eso sí, de la cosmovisión sobre la que hasta el momento se ha fundamentado la civilización occidental.
     “El arte es lo contrario de la naturaleza (al menos en cierto sentido) –dejó asimismo dicho Edvard Munch–. Una obra de arte sale únicamente de las profundidades del ser humano”. Y completaba la idea: “Todo arte –la literatura como la música– ha de ser engendrado con los sentimientos más profundos. El arte son los sentimientos más profundos”. Más o menos al mismo tiempo, Kandinsky, iniciador del arte abstracto y asimismo uno de los teóricos más significados de las vanguardias artísticas, confirmó eso mismo cuando dijo: “Los elementos de construcción del cuadro no radican en lo externo, sino en la necesidad interior”. Y aun amplió la idea cuando explicó que “El artista debe ser ciego a las formas “reconocidas” o “no reconocidas”, sordo a las enseñanzas y los deseos de su tiempo. Sus ojos abiertos deben mirar hacia su vida interior y su oído prestar siempre atención a la necesidad interior”. Entre nosotros, el poeta y escritor Pedro Casariego Córdoba –que asimismo rondó demasiado alrededor de la muerte, hasta que esta lo atrapó– encontró una manera aún más rotunda de expresar esa misma idea: “Sólo existe el artista interior, sólo se puede ser artista secreto, la comunión todo lo mancha (...) ¡El artista debe crear dentro de sí mismo!”.

Ilustración de Samuel Martínez Ortiz
     Hablamos, por tanto, de una manera de dirigirse a la realidad en la que el mundo externo es relegado, y lo que consiguientemente cabe en el perímetro abarcado por esa forma de mirar está estrictamente determinado por nuestra intimidad, por lo que Descartes llamaba pensamiento, pero en cuya categoría incluía también el resto de manifestaciones del mundo interior, es decir, las emociones, los instintos, la voluntad o las ensoñaciones. En suma, todo aquello que cuando pierde el contacto y el sostén o tutela de la realidad exterior tiende a deslizarse fatalmente hacia los entornos del delirio y la alucinación. Podríamos situar como uno de los principales iniciadores de esta perspectiva que había de marcar el camino a seguir por la civilización occidental a San Agustín cuando dijo aquello de que la verdad habita en lo interior. María Zambrano, efectivamente, así lo señaló: “ ‘Vuelve en ti mismo. En el interior del hombre habita la verdad’. El hombre europeo ha nacido con estas palabras”. Y la filosofía occidental fue dando cauce a esta idea que Sören Kierkegaard también dejó expresada de una manera rotunda: “La subjetividad es la verdad; la subjetividad es la realidad”. André Breton trasladaría abruptamente esta idea al ámbito del arte: “El surrealismo únicamente podrá explicar el estado de completo aislamiento al que esperamos llegar aquí en esta vida” (lo mismo, pues, que los eremitas pretendieron retirándose al desierto). Y encontraría una fórmula aún más arisca cuando amplió el perímetro de la idea al ámbito moral: “El hombre propone y dispone. Tan sólo de él depende poseerse por entero, es decir, mantener en estado de anarquía la cuadrilla de sus deseos, de día en día más temible”.
     El mundo externo quedó, pues, desvinculado de los intereses, afectos y pasiones del hombre occidental, que prefirió volcarse hacia adentro, hacia su solipsista mundo interior. La manifestación más cabal de ese desapego hacia el mundo externo fue en un principio la referida retirada al desierto de los anacoretas, que enseguida recibían las visitas de los delirados y alucinados personajes que habitaban en su intimidad y que tomaban prestadas las formas de seres angélicos o diabólicos. Ese mismo hombre occidental desasido del mundo externo fue el que imaginó las utopías, esos modos de ensoñación que, como la Dulcinea de Don Quijote, necesitan para despertar las pasiones cumplir ante todo un requisito: no existir. El Romanticismo fue, de entre los modos culturales aún comprensibles o incluso atractivos, la expresión más acabada de esa propensión hacia lo inexistente o hacia lo que está a punto de no existir. ¿No decía Novalis, precisamente, que “La vida es el comienzo de la muerte. La vida no es sino para la muerte”? Y Edvard Munch, todavía romántico (todavía sugestivo, como su alter ego hispánico, Francisco de Goya), colocó su arte sobre esa línea divisoria de aguas que por un lado da a la existencia y por otro a la inexistencia, es decir, a la muerte; en suma, lo situó sobre el filo de navaja de la muerte inminente.
     Abramos paréntesis en este hilo argumental para señalar que ese desapego del mundo externo que ha caracterizado al hombre occidental no solo ha producido el solipsismo, el delirio o el arte incomprensible, sino que, en el viaje de vuelta a ese mundo externo mirado de soslayo, también produjo una fecunda manera de confrontarse con él: el empirismo y su hijo putativo, el positivismo, doctrinas filosóficas que, para dar por conocida cualquier parcela del mundo externo, exigen previamente la pura objetividad, la desvinculación y desafección respecto de aquello que se observa, la fría asepsia indagadora de los perfiles de eso que se observa. Si San Antonio, en un momento de descanso de su eremítico y abismático descenso a sus mundos interiores, hubiera al fin contemplado el desdeñado mundo externo que le rodeaba, habría llevado a esa contemplación la misma desprendida actitud que el investigador empirista lleva a su laboratorio. Y de esa actitud desapasionada hacia la realidad han surgido, sin embargo, el método científico y los grandes descubrimientos que la ciencia occidental nos ha procurado.
     Todo lo cual deja aún pendiente de descubrir y colonizar aquello que el mundo promete ser cuando añadamos a la perspectiva que tomamos nuestra implicación subjetiva, cuando vayamos aceptando que, puesto que yo soy yo y mi circunstancia, también en mi circunstancia va incluido mi yo. Es lo que Heisenberg, al que Ortega llamó en 1951 “el más grande físico actual”, denominó principio de indeterminación, según el cual, y a efectos estrictamente científicos, el observador está también incluido en lo observado. Para entonces, para cuando descubramos esa unidad indisoluble entre el mundo interior y el exterior, no solo se abrirán nuevos horizontes para la ciencia y para nuestra comprensión de las cosas, sino que también el arte empezará a explorar los contornos de ese resultado de la conjunción del yo y de la circunstancia que Ortega llamaba “vida”, no solo de lo que, como ocurre con Munch, está al borde de la muerte o de la inexistencia. 

viernes, 16 de octubre de 2015

La afición de los pueblos a meter la pata

     A veces tiene uno la sensación de que la historia es un saber torturante que viene a mostrar a quien la estudia hasta qué grado llega el empecinamiento de los hombres, su adicción al eterno retorno, vulgo meter la pata en el mismo sitio una y otra vez, de modo que se puede observar cómo así nos introducimos en un centrípeto, fatal y deprimente círculo vicioso que sirve de pauta sempiterna para las parece que irremediables ocasiones que el futuro aún alberga de volver a meter la pata de nuevo. Eso, a veces. Otras, la sensación es la contraria: sería el conocimiento de la historia y la capacidad de extraer de ella las enseñanzas oportunas lo único que posibilitaría que nos libráramos de este tipo de recurrentes infortunios e hiciera discurrir el tiempo no hacia el punto de partida, sino hacia delante. Repasemos:
 
Ilustración: Samuel Martínez Ortiz
     Tras muchos siglos de esplendor, el Egipto faraónico llegó hacia el 1800 a. de C. a un momento de fatiga: se disgregó en digamos que múltiples comunidades autónomas que finalmente degeneraron en franca anarquía. Como los vacíos de poder son repelidos por la historia, la debilidad consiguiente de los egipcios fue aprovechada por los beduinos de la periferia, los hicsos, que se adueñaron del país. El proceso se había iniciado también, de forma concurrente, con la llegada aparentemente pacífica de oleadas de emigrantes procedentes de los países limítrofes menos desarrollados (libios y cananeos), y terminó con la ocupación de las instituciones por esos extranjeros, que acabaron imponiendo su propia forma de vida, menos evolucionada, a los egipcios. En este caso, los egipcios consiguieron finalmente expulsar a los hicsos al cabo de doscientos años de sometimiento, tras una cruenta guerra de liberación.
     Hasta que Filipo de Macedonia no logró unificar a las distintas ciudades-estado griegas en el 338 a. de C., el mundo helénico había mantenido diversos elementos de (incompleta) cohesión: un mismo idioma (aunque dividido en cuatro dialectos), una misma religión (los dioses del Olimpo), un pasado histórico común (la civilización micénica), una tradición literaria compartida (los poemas de Homero), un santuario común (el oráculo de Delfos) y los juegos de Olimpia cada cuatro años. Pero aquellas polis no consiguieron hacer evolucionar ese potencial unificador hacia la efectiva confluencia en una misma organización social. La Guerra del Peloponeso, que duró 27 años (431-404 a. de C.), fue la última consecuencia de sus discrepancias y consiguiente incapacidad de acceder a la unidad. Al final de esa guerra, Grecia quedó postrada. La población, por ejemplo, descendió de manera muy significativa, pudiera pensarse que a causa de la mortalidad por la guerra, pero “Rostovtzeff insiste –dice Julián Marías– en que la causa de esta disminución de la población helénica no fue principalmente las pérdidas en las muchas batallas, sino la incertidumbre general, que llevó a una fuerte restricción de la natalidad, a un individualismo creciente, a una preocupación por la prosperidad particular; en suma, a un estado de disociación”. Tan derruida y desanimada quedó Grecia, que Filipo pudo incorporarla a su reino sin gran dificultad.
     El Imperio romano alcanzó su momento culminante en el siglo II, el llamado Siglo de Oro de Roma, con la dinastía de los Antoninos. Pero a partir de los Severos (193-238), y a lo largo de todo el siglo III, el declive no hizo sino agudizarse. A propósito de ello dice Pierre Grima: “Los romanos, como suele acontecer, habían ido olvidando poco a poco el oficio de las armas. La prosperidad material del “siglo de oro” es en buena parte responsable de tal desafección. Cuando es posible comerciar, enriquecerse, vivir en la paz y el bienestar, ¿quién escogería la precaria existencia de los soldados?”. Comenzó, pues, un imparable proceso de decadencia. Llegó un momento en que los usurpadores que aquí y allá accedían al poder en sus respectivas parcelas territoriales prohibían la salida de productos fuera de las provincias en que eran reconocidos. La soldadesca, integrada prácticamente por mercenarios procedentes de los pueblos oprimidos, se dedicaba a la rapiña en los territorios que debían defender. Aparecieron particularismos regionales, habitualmente unidos a sectarismos religiosos. A falta de nuevas conquistas territoriales, Roma solo ingresaba el dinero de los impuestos expoliados a la cada vez más oprimida clase media. Asimismo, y como había ocurrido en Grecia, también la natalidad descendió drásticamente. Amiano Marcelino, el principal historiador romano que vivió y contó la decadencia del Imperio a lo largo del siglo IV, atribuye esa decadencia a la indolencia, degradación y hedonismo imperantes; entre otras cosas, censura a los ociosos jóvenes romanos que se pasaran las noches en las plazas tocando el tambor, o sea, haciendo la versión romana del botellón... En suma: las invasiones bárbaras del final sólo vinieron a llenar el vacío general que en la propia Roma se había producido.
     En 1009, a la muerte del caudillo Almanzor, y como culminación del gran esplendor que llegó a alcanzar Al-Andalus en el siglo X, estalló una guerra civil allí, en la España musulmana, con el resultado de la desintegración del califato de Córdoba, que quedó formalmente abolido en 1031. A raíz del caos político que siguió, el territorio de Al-Andalus se fue dividiendo en pequeños reinos, las taifas, que, debilitadas a pesar del esplendor cultural y económico que seguían manteniendo, quedaron sometidas a los reinos cristianos, a los que tenían que pagar las parias o impuestos de carácter anual. De nuevo la debilidad fue un vacío que asimismo aprovecharon, primero los almorávides y después los almohades, que llegaron en representación de un islamismo más bárbaro y fanatizado. Al final, la imparable decadencia de la dividida Al-Ándalus derivó en su conquista definitiva por parte de los reinos cristianos.
     Para llegar a confirmar que la historia también sirve como reconfortante enseñanza de que a veces los hombres somos capaces de encontrar la salida de estos círculos viciosos que impiden el progreso, serviría repasar aquel otro momento de la historia, en tiempos de Enrique IV de Castilla y Juan II de Aragón, en que estas dos sociedades sufrían un profundo caos social y político, corrupción generalizada, debilidad de los dos reinos, y manteniendo un horizonte muy cerrado en cuanto a la previsible solución de tal crisis. Esto ocurría hacia 1470. Sin embargo, veinte años después, España, unificados ya sus reinos (Navarra, el último, lo hizo en 1512), se había convertido en el país hegemónico de Europa, funcionando con una eficacia sorprendente en todos los ámbitos, con gran orden interno y generando un gran esplendor. De hecho, por entonces España se convirtió en la primera nación moderna de Europa. Dice Julián Marías que ese cambio tan sorprendente solo se explica porque el nuevo contexto histórico permitió la recuperación de la moral y el entusiasmo por parte de los ya definitivamente españoles de entonces. ¿Y cuál era ese nuevo contexto? Aquel en el que la incapacidad de la que estaban adoleciendo los poderes políticos fragmentarios que estuvieron vigentes durante la Edad Media, incapaces de enfrentarse a los complejos problemas que entonces emergían, fue superada por la respuesta que desde la altura del nuevo orden surgido de la unificación de los reinos y del desplazamiento de los centrífugos núcleos de poder feudales, fue posible dar.
     Vendrá a servir de colofón de estos repasos que hemos hecho la siguiente reflexión que Ortega nos dejó: “Habrá (...) salud nacional en la medida en que (las) clases sociales y gremios (a través de los cuales se articula el cuerpo nacional) tengan viva conciencia de que son un trozo inseparable, un miembro del cuerpo público”. “Cuando esto falta –decía también Ortega– (es ello) síntoma mucho más grave de descomposición que los movimientos de secesión étnica y territorial”.

sábado, 3 de octubre de 2015

La capacidad de estar solo

     Basculamos entre la necesidad que tenemos de ser acogidos por nuestros semejantes y la necesidad contrapuesta de ser libres y autónomos. Una parte de nosotros, pues, siente que lo peor que nos podría ocurrir es ser excluidos de nuestro grupo de referencia, y la otra considera que no hay nada peor que perder la libertad y la capacidad de generar las propias decisiones. El psicoanalista John Bowlby estudió concienzudamente aquella primera mitad de nuestro ser, y concluyó que la principal necesidad de los seres humanos desde la primera infancia es la de tener relaciones de apoyo satisfactorias con otros seres humanos. En contrapartida, la sensación de abandono y de ausencia de vínculos suficientes desde aquella primera infancia estaría en el origen de los trastornos psíquicos.

Ilustración: Samuel Martínez Ortiz
     Bowlby estudió las respuestas sucesivas al hecho de sentirse abandonados en niños pequeños que por diversas circunstancias tenían que sufrir una larga separación de la madre. En una primera fase, las reacciones del niño eran de protestas airadas. En la fase posterior, el niño se mostraba abatido, silencioso y apático; en suma, desesperaba de que la madre volviera a su presencia. Y en la tercera fase, el niño parecía no preocuparse ya por la ausencia de la madre y generaba un aparente comportamiento de independencia, que era, en realidad, consecuencia del desapego afectivo y de la desconfianza. La forma en que el adulto que herede esas experiencias infantiles organizará sus modos de estar con los demás será una prolongación de las actitudes que generó en aquella primera etapa, y los trastornos psíquicos subsiguientes guardarán también la impronta de aquellas situaciones que surgen de la sensación de abandono y que son parte de un continuo que discurre desde el sano apego afectivo al completo desapego y a la desconfianza. Estos últimos sentimientos tienen su manifestación más extrema en la paranoia y en la esquizofrenia, pero, en forma no tan abrupta, se puede rastrear su existencia en asuntos cotidianos como la clase de conversaciones que surgen en el trato social una vez superado el primer momento dedicado a temas impersonales, como el hablar del tiempo. Si el contenido de la conversación que habitualmente predomina es el propio de la murmuración, el cotilleo, la crítica del prójimo o la exasperación que producen unos personajes u otros, podremos deducir que, en mayor o menor medida, hay ingredientes de aquella desconfianza hacia los demás que moldearon las más básicas y primarias relaciones sociales de quienes así se comportan.
     Yendo hacia atrás en el continuo cuyo análisis hemos comenzado por el extremo más patológico, nos encontraríamos después con el tipo de trastornos psíquicos que prolongarían la perturbación surgida en aquella fase de relación con las figuras a las que el niño se siente más apegado (singularmente, con la madre), en la que este expresa abatimiento, taciturnidad y apatía, y en suma, desesperanza de que la madre llegue alguna vez a estar presente para compensar suficientemente la sensación de abandono. Cuando aquel niño sea adulto, mantendrá su necesidad de cariño como permanentemente insatisfecha, y sus vínculos con los demás estarán mediatizados por su temor a ser abandonado, que a menudo compensará con exagerados vínculos de dependencia afectiva. Los celos patológicos, el chantaje emocional o las actitudes de sumisión vendrían a caracterizar la forma de estar con los demás de estas personas. Del mismo modo, quienes en el continuo del que hablamos se sitúan entre aquellos que en la primera infancia reaccionaban a la ausencia de la madre con protestas airadas, empezarán de esa forma a cincelar su carácter hasta llegar a convertirse en unos adultos autoritarios, malhumorados, gruñones, exigentes y contestatarios. Estas tipologías, evidentemente, no son puras, y en dosis diferentes van mezclándose hasta matizar las diferentes patologías en las formas de relacionarse con los demás y, en general, en la formas de ser.
     Y en ese continuo que estamos escrutando, el extremo que señalaría la madurez afectiva y relacional sería aquel en que fuese posible conjugar el apego afectivo, la confianza en sí mismo y la capacidad de generar las propias decisiones sin interferencia de sentimientos de dependencia, temor a la exclusión o inseguridad que perturben la comprensión de sí mismo, de las propias preferencias y de los sentimientos e impulsos más profundos que uno alberga dentro de sí. Lo cual vendría a coincidir con la capacidad de estar solo, que nació en el niño junto con la seguridad de que no iba a ser abandonado (o, en última instancia, con la superación de aquel abandono), y que se traduce en el adulto en la existencia de  una intimidad asentada y, para su poseedor, reconocible, la cual permitiría estar de acuerdo con esta recomendación que hacía Michel de Montaigne: “Hemos de reservarnos una trastienda muy nuestra, libre, en la que establezcamos nuestra verdadera libertad y nuestro principal retiro y soledad”. Las auténticas potencialidades humanas aguardan tras esa capacidad para estar solo, porque cuando uno queda subordinado a sus necesidades de dependencia afectiva o atrapado en sus estrategias de defensa frente a los demás, está supeditándose a los dictados del mundo exterior, imposibilitado de conectar con la fuente de la creatividad y de la inteligencia, que manan de la propia intimidad. Como decía Thomas de Quincey: “Ningún hombre que, cuando menos, no haya contrastado su vida con la soledad, desplegará nunca las capacidades de su intelecto”.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Cómo resolver el problema del nacionalismo en España

     La materia prima de la que estamos hechos los hombres es la insatisfacción. Ortega y Gasset hablaba de ese nuestro divino descontento, especie de amor sin amado y un como dolor que sentimos en miembros que no tenemos. Ese descontento, esa insatisfacción es finalmente irresoluble, y, de modo semejante a como Casandra estaba condenada a saber la verdad pero, a la vez, a que nadie la creyera, los hombres estamos asimismo condenados a necesitar ser felices tanto como a no poder alcanzar nunca esa felicidad que perseguimos, porque, hagamos lo que hagamos, siempre nos quedará ese poso de insatisfacción sin resolver. Decía también Ortega que esa capacidad de insatisfacción es “lo que vale más en el hombre”, puesto que gracias a ella convertimos la vida en un intento de aproximar nuestra circunstancia a aquello que deseamos, hasta el punto de que podemos decir que todo lo que el hombre ha sido capaz de construir en el mundo se debe al empuje de aquel deseo de alcanzar lo que nos falta… y que, de un modo  u otro, cambiando un objetivo por el que le sigue, siempre acabará faltándonos. Pero como las realidades humanas son esencialmente paradójicas, además de ser esa insatisfacción, ese desasosiego, lo que más vale de los hombres, es también la causa de nuestras acciones más detestables. Porque no solo invertimos ese componente de nuestra personalidad en tareas reparadoras, sino que, echando balones fuera, también alimentamos con él nuestra necesidad de buscar culpables sobre los que perversamente proyectar las causas de esas insuficiencias y esos desasosiegos. De modo que desde nuestras simples desconfianzas, cuando son claramente inmotivadas, hasta nuestras paranoias más patológicas vienen a ser espuma en superficie de ese desasosiego (angustia existencial lo han llamado también) que nos bulle en las profundidades.

Ilustración: Samuel Martínez Ortiz

     Jesús Laínz, el historiador español que, probablemente, mejor conoce nuestros nacionalismos, daba en el clavo al hablar hace unos días en un artículo (http://www.libertaddigital.com/cultura/historia/2015-09-11/jesus-lainz-la-diada-ignorancia-y-odio-76643/ ) de los dos ingredientes básicos de los que se alimentan esos nacionalismos que tanta energía humana controlada por ellos desperdician y que no poca, asimismo, nos hacen perder también a quienes nos oponemos a ellos: esos ingredientes son el odio y la ignorancia. Cuando al odio le faltan motivos objetivos por los que desencadenarse, suele entonces brotar, precisamente, de aquella especie de magma volcánico que decíamos que se formaba en los suburbios del alma a expensas de nuestro irreductible desasosiego y de la insaciable necesidad de culpables a cuya búsqueda nos empuja cuando no somos capaces de convertirlo en tareas constructivas y reparadoras. Que el odio del que nos ocupamos sea irracional, sin un mínimo sustento en argumentos digeribles por una mente sensata, es un hecho que va al encuentro del otro ingrediente básico de los movimientos nacionalistas: la ignorancia. Gracias a esa ignorancia, ha colado en Cataluña (y se enseña en sus escuelas) que aquella Guerra de Sucesión que dividió a los españoles (y a buena parte de los europeos) entre 1701 y 1714 entre los partidarios de dos dinastías enfrentadas (los Austrias y los Borbones), pero ambas con la pretensión de gobernar en toda España, haya sido rebautizada como Guerra de Secesión, y su resolución convertida en el momento clave de la pérdida de una supuesta independencia de ese ente nacional que nunca había existido como tal: Cataluña. Y ha colado también algo tan esperpéntico como considerar que nuestra Guerra Civil de 1936-39 fue en realidad una guerra de España contra Cataluña, rivalizando en capacidad para el delirio con los nacionalistas vascos e incluso con los gallegos, que también consideran que fue aquella una guerra contra sus respectivas “naciones”. Puestos a competir a ver quién la echa más gorda y sostiene argumentos más delirantes, los nacionalistas vascos, por su parte, consideran, por ejemplo, que un, por otro lado inexistente, fenómeno de endogamia (que hubiera significado una catástrofe genética), es argumento suficiente para reivindicar su “nación”, sustentada en esa invariabilidad de la herencia biológica y en los tropecientos apellidos vascos. De esa forma, los hombres del paleolítico habrían tenido más amplia legitimidad incluso para reivindicar a los del neolítico la vuelta a la Edad de Piedra, la caza y el nomadismo, apoyados en una tradición mucho más milenaria que estos otros pringaos que al principio llevaban cuatro ratos de nada pastoreando ganado y sembrando mieses, y con apellidos recién inventados.
     En el viaje de ida de esa mezcla de ignorancia y odio que caracteriza a nuestros nacionalistas, pueden cometerse, y se han cometido de hecho, las más terribles barbaridades: por ejemplo, el terrorismo, eso que tantos políticos hoy están dispuestos a sentar a su mesa. De lo que ocurre después, en el viaje de vuelta, dio razón no hace mucho tiempo el ex-etarra Iñaki Rekarte, que, como jefe del Comando Santander, mató en 1992 en esa ciudad a tres personas (un matrimonio de panaderos y un estudiante de Químicas) y dejó heridas a 21 personas más. Después de pasar 23 de sus 43 años en la cárcel, y una vez arrepentido, declaraba hace unos meses en el programa “Salvados” de televisión a la pregunta del periodista Jordi Évole “¿Por qué entras en ETA?”: Pues no sé. Tenía una falta de madurez muy grande. Me dejé arrastrar”. Y añadiendo matices a las patológicas motivaciones que pueden empujar a algo así, dejaba claro que también intervenía en ellas la necesidad de compensar por la vía rápida el sentimiento de inferioridad, puesto que en el irracional contexto nacionalista y en aquel momento, decía que “ser de ETA era ser un héroe”. Declaraba también: “Dentro (en la organización) no se habla de política. Sólo decíamos 'hay que hacer algo'. Sin ton ni son. 'Algo' era un atentado, claro”. Así pues, para conducir el odio irracional hacia algún resultado político no es necesario dejar de ser un ignorante en política. Los primeros años en la cárcel, decía Rekarte asimismo, transcurrieron en medio del odio: “Buscas gasolina en el odio y por dentro estás podrido. Vives una vida irreal. Si no, te rondan las preguntas. Odias al que no es como tú. Al que puedes odiar. Para justificar el victimismo que te creas tú mismo”. Más tarde, en la cárcel, empecé a leer la historia de nuestro pueblo y pensaba: 'Matáis en nombre de un pueblo, y no sabéis ni su historia'. Con el tiempo te das cuenta de que eras una oveja haciendo bee”.
     Así de febles resultan ser los motivos a través de los cuales se puede llegar a encauzar de modo tan truculento el odio que promueven los nacionalismos. La ignorancia, pues, como detonante para que el odio acabe de estallar. ¿Cómo se debería de combatir esta irracionalidad? Desde luego, no dejando las escuelas en manos, precisamente, de quienes propagan las falacias que servirán de cauce ideológico (es un decir) para ese potencial de odio irracional contenido en tanta personalidad inmadura. Pero si ese torrente de odio ya está discurriendo y produciendo sus desastrosos efectos, sería preciso que quienes detentan el poder tuvieran claro que no se puede contemporizar con esos movimientos tan desestabilizadores, y, apoyándose en la ley, dar la batalla a su irracionalidad. Poner en práctica las medidas necesarias para combatir aquella mezcla de odio y de ignorancia no ha de ser demasiado difícil, estaría al alcance de cualquier clase política incluso mediocre que tuviera una mínima noción de en qué consiste el trabajo por el cual le pagan.
     Pero aquí, en España, nuestra clase política no supera siquiera ese vil listón. ¿Qué calificación podríamos dar a una clase política de la que han surgido jefes de gobierno capaces de afirmar, refiriéndose a la nación que gobiernan y que les paga, que “el concepto de nación es algo discutido y discutible”? ¿O que prometieron (y, a los efectos, cumplieron) dar su aprobación a cualquier estatuto de autonomía que aprobara un parlamento regional dominado por los separatistas? Una clase política que ha legalizado y entregado ingentes cuotas de poder político (y económico) a los representantes del terrorismo. O de la que, por ejemplo, ha emanado un patético ministro de Defensa capaz de afirmar que, antes que matar, prefería ser él quien muriera. O también un neopolítico, reciente aspirante a Jefe de Gobierno, que acaba de afirmar que “siempre contará con mi respeto quien practique la desobediencia civil”; por ejemplo, dejar de pagar impuestos. Una clase política que, como caso único en el mundo, consiente en que no se pueda estudiar en el territorio de su nación en el idioma propio de sus habitantes, el que todos ellos hablan, contradiciendo incluso lo que dicen sus tribunales. O que, en general, es incapaz de hacer cumplir las leyes y las sentencias de los tribunales incluso por parte de quienes representan al estado…
     ¿Cómo resolver, pues, el problema del nacionalismo en España? No hay otra que empezar por el principio: cambiar de clase política. También hay, sin embargo, otra salida a la situación: darnos por vencidos y dejar que, ya que no la imaginación, el odio y la ignorancia suban decididamente al poder. ¿Podemos llegar a ver plasmada esta última alternativa?... Podemos, ¡claro que podemos!