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martes, 7 de febrero de 2017

Un secreto nos habita (o también: Un monstruo viene a verme)

     Resumen: La filosofía idealista de Kant y de Fichte nos dejó el precioso legado de entender que, si bien la realidad, la realidad de los objetos, es algo que se constituye al margen de nosotros mismos, la verdad, por el contrario, necesita de nuestra intervención: llegamos a conocer de verdad solo aquello que nuestra inquietud nos empuja a desear conocer. Esa verdad habita en nuestro interior en estado de latencia, en forma de interrogantes que emitimos hacia el exterior, y que el mundo nos devolverá en forma de respuestas. Mientras no acabe de desvelarse, y nunca lo hará del todo, es un secreto, un arcano. Y si renunciamos a desvelarlo, se acaba convirtiendo en un monstruo que puede llegar a devorarnos.
   En la película “Un monstruo viene a verme” asistimos al desvelamiento de un secreto que hará que el protagonista pase de poseer la pequeña verdad de un niño a otra verdad más grande, más abarcadora, que le conducirá a dejar de ser niño y madurar como adolescente.
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     “Qué clase de filosofía se elige depende de qué clase de hombre se es”, dice, desde el punto álgido de su posición filosófica, Johann Gottlieb Fichte. Cada cual, desde su particular modo de ser, escoge su manera de tratar con la verdad. Más aún: cada cual escoge la manera de hacer brotar la verdad, las preguntas que determinarán la clase de respuestas a las que accederá. “Para el hombre que quiera encontrar la verdad –dice María Zambrano–, su voluntad es decisiva; la verdad es cosa a querer, algo a lo que hay que entregar totalmente la vida, algo implacablemente, infatigablemente buscado”. Pongamos que tenemos ante nosotros el Sol. Un hombre simple buscará alcanzar frente a él solo una verdad simple, por ejemplo, que el sol es, simplemente, un astro que nos da luz y calor. Eso es verdad, pero la filosofía escogida para alcanzar esa verdad tan escueta es la propia de un pequeño ser. El Sol… ¡es el mismo Dios! ¿Cómo va a caber su verdad en afirmaciones tan escasas? Hay que desplegar la voluntad en busca de esa otra verdad que nunca llega a ser alcanzada del todo. Otros hombres más ambiciosos, como Giordano Bruno, descubrieron el infinito para crear un ámbito en el que el Sol, y Dios mismo, cupieran de modo más holgado. Salvo como momentánea etapa del camino, no hay ahí afuera, frente a nosotros, una verdad dada, un objeto que haya que entender reduciéndolo a efecto de alguna causa externa. La verdad empieza por emerger de nuestra voluntad, desde el campo de preguntas que lanzamos hacia afuera para que vaya acudiendo a nosotros en forma de más o menos solícitas respuestas. Por eso, como dice Kant, “no se enseña filosofía, se enseña a filosofar”, se enseña a formular preguntas, a situarse frente al mundo en actitud interpelante.  
     Lo que afirmaba San Agustín, que “la verdad habita en nuestro interior”, es una parte de la verdad: ciertamente, habita en nuestro interior… en forma de preguntas, interpelaciones o inquietud. Y asimismo –esta es la otra parte de la verdad– llega a nosotros en forma de respuestas procedentes del exterior. Somos el alambicado recipiente que toma la forma de signo de interrogación que viene a llenar el enigmático mundo externo con sus respuestas. Cuantas más preguntas y más abarcadoras, más verdad estaremos preparándonos para recibir.
     El hombre no es una cosa, un objeto, pues este está ya delimitado, concluido, fijado. A los objetos los estudian las ciencias naturales. Qué sea una cosa no depende para nada de los sujetos que sobre ella se interroguen. Pero la verdad… ¡la verdad la generamos nosotros mismos, brota de nuestra libre voluntad! El mundo, el mundo en el que estoy, en el que me muevo, en el que hago mi vida… ¡ese mundo lo he creado yo! Lo ha creado mi inquietud indagadora, y abarca hasta donde esa inquietud ha logrado llegar. Por supuesto que mi mundo no es el mundo, pero respecto de aquel mundo mío, yo soy su último creador.
     Nos habita la verdad, pues –en su forma incipiente, aún por desvelar–. Que es tanto como decir que nos habita el secreto, eso a cuya revelación dedicamos la vida. Dice María Zambrano que el escritor escribe porque “quiere decir el secreto; lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad; las grandes verdades no suelen decirse hablando”. Y también: “Descubrir el secreto y comunicarlo, son los dos acicates que mueven al escritor. El secreto se revela al escritor mientras lo escribe y no si lo habla”. Valdría decir que se puede acceder también al secreto que nos constituye convirtiéndose en narrador, contando historias. Para eso se inventó la literatura: para rodear el secreto, como los israelitas hicieron con Jericó, atronando el aire, ellos con sus trompetas, los narradores con sus historias, hasta conseguir que las murallas que protegen ese secreto acaben derribándose.

     En la película “Un monstruo viene a verme”, que Juan Antonio Bayona dirigió basándose en la novela homónima de Patrick Ness, asistimos al desvelamiento del secreto que su protagonista guardaba en su interior, el que, una vez descubierto, habría de permitirle pasar desde la pequeña verdad de un niño invisible, aferrado a su pasivo papel de ser integrado en un entorno maternal, hasta la gran verdad de un adolescente madurado y capaz de aceptar la nueva realidad; una realidad que habría de surgir de la apocalíptica destrucción de su pequeño mundo de antaño. El monstruo que vive en él, igual que la Sombra de Jung, es tan destructivo como creador, absurdo para la mente de un niño, luminoso para la del adolescente que emerge. Ese monstruo ayudará a Conor, el protagonista que hacía poco que había cumplido trece años, a desvelar su secreto tal y como es debido: contando historias, haciendo aflorar en él el lenguaje literario con el que ha de construir la nueva verdad.
     “ ‘Historias’, pensó Conor con un escalofrío mientras caminaba hacia su casa (…) ‘Vuestras historias –había dicho la señorita Marl–. No penséis que no habéis vivido lo bastante como para no tener una historia que contar’. ‘Escribir la vida’, lo había llamado; un trabajo sobre ellos mismos. Su árbol genealógico, dónde habían vivido, los viajes en vacaciones y los recuerdos felices. Cosas importantes que hubieran pasado”. Así empezó Conor a pensar en esa clase de lenguaje que da acceso al secreto interior. Aquella noche, cuando dieron las 00:07 h., el monstruo se presentó ante la ventana de su habitación:
“–¿Qué quieres de mí?
–No es lo que yo quiera de ti, Conor O’Malley. –El monstruo pegó la cara a la ventana–. Es lo que tú quieres de mí.
–Yo no quiero nada de ti –replicó Conor.
–Todavía no –dijo el monstruo–. Pero ya lo querrás.
‘Es solo un sueño’, se dijo Conor.
(“En los sueños –dice Carl Gustav Jung– penetramos en el hombre más profundo (…) donde todavía él era todo y todo estaba en él, en la naturaleza indiferenciada, exenta de toda yoidad”. El monstruo de Connor era esa naturaleza, era un árbol personificado)
(…)
–Pero ¿qué es un sueño, Conor O’Malley –El monstruo bajó la cabeza hasta la cara de Conor–. ¿Quién dice que no es todo lo demás lo que es un sueño?
(“El alma –dice, efectivamente, Jung– (…) es algo lo suficientemente misterioso como para no estar seguros de en qué proporción yo soy mundo y en qué proporción el mundo soy yo).
(…)
–Esto es lo que pasará, Conor O’Malley –continuó el monstruo–: vendré a ti de nuevo otras noches y… –Conor sintió que se le encogía el estómago, como si se estuviera preparando para recibir un golpe– te contaré tres historias”.
(…)
–Bueno… –Conor miró a un lado y a otro sin dar crédito–. ¿Y qué clase de pesadilla es esa?
–Las historias son lo más salvaje de todo –retumbó la voz del monstruo–. Las historias persiguen y muerden y cazan (…) Y cuando yo haya contado mis tres historias (…) tú me contarás a mí una cuarta (…) y será la verdad (…) Tu verdad.
–Vale –dijo Conor–, pero dijiste que antes del final pasaría miedo, y eso no da nada de miedo.
–Sabes que no es cierto –dijo el monstruo–. Sabes que tu verdad, esa verdad que escondes, Conor O’Malley, es lo que más miedo te da en el mundo.
(…)
–Y si no te la cuento, ¿qué? –dijo Conor.
El monstruo volvió a esbozar su sonrisa diabólica.
–Entonces te comeré vivo.”
     El secreto permanece en la Sombra en forma de pecado. Por eso es impronunciable, por eso la conciencia lo rechaza. Pero si no se llega a confesarlo, acaba devorándonos. “Aceptando el propio pecado –decía Jung– se puede vivir con él, mientras que su rechazo trae consigo incalculables consecuencias”. Cuando Emil Michel Cioran escribió “En las cimas de la desesperación”, se justificó diciendo: “Es evidente  que, de no haberme puesto a escribir este libro a los veintiún años, me hubiese suicidado”. “¿Por qué no podemos permanecer encerrados en nosotros mismos? ¿Por qué buscamos la expresión y la forma intentando vaciarnos de todo contenido, aspirando a organizar un proceso caótico y rebelde? (...) Siempre es peligroso refrenar una energía explosiva, pues puede llegar el momento en que deje de poseerse la fuerza necesaria para dominarla (...) Existen estados y obsesiones con los que no se puede vivir. La salvación ¿no podría consistir en confesarlos? (...) El lirismo representa una fuerza de dispersión de la subjetividad, pues indica en el individuo una efervescencia incoercible que aspira sin cesar a la expresión (...) Su verdadero valor consiste, precisamente, en no ser más que sangre, sinceridad y llamas”.
     Efectivamente, Jung sabía que la Sombra, el guardián de nuestros secretos (de nuestros pecados), ha de salir a la luz, porque si no se convierte en un ser maligno y destructor. Entonces aparece la neurosis: “La enfermedad (neurótica) –dice– no es ninguna carga superflua y por lo tanto carente de sentido, sino que es la persona misma como ‘otro’ al que siempre se ha tratado de excluir, por infantil comodidad, por ejemplo, o por miedo, o por cualquier otro motivo”. La vida le estaba exigiendo a Conor crecer, ser “otro”, que su parte todavía infantil estaba tratando de evitar. El monstruo, igual que “el inconsciente –así llama Jung al hábitat de la Sombra– (…) es un organismo natural, indiferente al punto de vista moral, estético e intelectual, que no se hace realmente peligroso sino cuando nuestra actitud consciente respecto a él es desesperadamente falsa (…) Desde el instante en que el paciente comienza a asimilar sus datos hasta entonces inconscientes, los peligros disminuyen”. Porque “los contenidos inconscientes (…) no son en sí destructivos sino ambivalentes, y depende totalmente de la constitución de la consciencia que los capta que se conviertan en maldición o en bendición”. Cuando Cioran se confesó escribiendo su primer libro, cuando Conor, después del proceso catalizador de dejar que su monstruo le contara historias externas, acabó contándose su propia historia, descubrieron la verdad, y así consiguieron evitar ser devorados por su secreto, su pecado, su monstruo.
     Se escribe, pues, para no ser devorado por el monstruo que nos habita.

sábado, 26 de diciembre de 2015

"Paulina": un sentimiento de culpa insaciable

     “La patota”, estrenada en España con el título de “Paulina”, es una película argentina de 2015 dirigida y co-escrita por Santiago Mitre. La película participó en la 68ª edición del festival de Cannes donde ganó el premio principal de la semana de la crítica en el festival de Cannes y en el Festival de San Sebastián obtuvo los tres premios principales de su sección. Además, ha obtenido varios premios más.


     Paulina era una abogada con una carrera floreciente en Buenos Aires, que en un determinado momento decide dejar atrás su prometedora trayectoria profesional y volver a su ciudad natal para convertirse en maestra rural y dedicarse a la actividad social en entornos de jóvenes marcados por la pobreza y la marginalidad. Fernando, su padre, años atrás hizo algo parecido, y en la actualidad es un juez progresista, pero ahora, ya en el viaje de vuelta de sus juveniles entusiasmos, intenta aconsejar a su hija para que armonice sus deseos de cambio social con sus capacidades como abogada y no renuncie a su brillante futuro. Paulina no le hace caso y, tal y como tenía decidido, empieza a trabajar como maestra.
     Enseguida observa la desproporción o desajuste existente entre sus fervorosos impulsos de mejorar el mundo y el desdén y la desidia con los que son recibidos por parte de su juvenil clientela. Más aún: después de la segunda semana de trabajo es interceptada por una patota (una pandilla de chicos marginales y aficionados a los actos vandálicos) y violada por el líder de la misma. Ante la mirada atónita de quienes la rodean, Paulina decide, después de un par de días, volver a trabajar en la escuela y en el barrio donde fue atacada, a pesar de que enseguida llega a saber que los integrantes de la patota eran alumnos suyos, excepto el líder, del que también llega a saber que fue quien la violó. A pesar de ella misma, los integrantes de la patota son detenidos por orden de su padre, el juez, pero Paulina, en la rueda de conocimiento, y con la intención de defenderlos, niega que fueran ellos quienes la atacaran, de modo que salen libres.
     Nuestra protagonista descubre al poco tiempo que, como resultado de la violación, había quedado embarazada, y muy al contrario de lo que le piden su novio, su padre y su amiga, decide no abortar, llevar adelante su embarazo. Ello le cuesta la ruptura con su novio, la desesperación de su tolerante y amado padre, la incomprensión de su amiga… Pero ella prefiere seguir adelante en el camino hacia su particular calvario.
      La bondad de Paulina y su intención de ayudar a los sectores más marginales de la sociedad, incluso cuando los beneficiarios de esa ayuda se muestran refractarios a ella, recuerdan a aquella Viridiana de Luis Buñuel (1961), una ex novicia que acoge en la mansión de la que inopinadamente había quedado dueña a un puñado de pobres y vagabundos a los que va encontrando al azar. Estos, en vez de agradecer la ayuda, abusan de lo que se les da, atacan a Viridiana y destrozan la casa que los acoge.
      No dejan de merecer compasión, y a veces admiración, personas como estas, que deciden renunciar a sí mismas para entregar su vida a los necesitados. Pero parece que hay líneas rojas que esa virtud extrema puede llegar a traspasar, y entonces se convierte en algo morboso y quizás hasta perverso. Es posible que ese fuera el caso, por ejemplo, de Santa Catalina de Siena, co-patrona de Italia junto a San Francisco de Asís y una de las patronas de Europa, que nació en 1347, poco antes de que la gran epidemia de peste arrastrara a la tumba a las dos terceras partes de la población de Siena. Era la hija número veintitrés de un total de veinticinco partos. Creció en un ambiente dominado por el miedo, los sentimientos de culpabilidad y el duelo, pues la gente pensaba que la “peste negra” era el castigo de Dios por la perdición humana.
     Desde una edad muy temprana, Catalina se azotaba repetidamente y en secreto con el látigo. Rechazaba cualquier alimento que no fuera pan, verdura cruda y agua. Se ató a unas cadenas y guardó silencio, excepto en la confesión. Se incorporó a una orden laica de los dominicos y entre los dieciséis y los veintiocho años se sometió a ayunos extremos, y sus días transcurrían entre las plegarias, las autoflagelaciones y el cuidado de enfermos. El agotamiento físico extremo provocado por la falta de comida y sueño derivó en una experiencia de éxtasis (el estado de privación general es uno de los métodos de acceso a este tipo de experiencias), tras el cual manifestó los cinco estigmas o heridas de Cristo en manos, pies y corazón (manifestó los llamados “estigmas invisibles”: sentía el dolor en los lugares en los que Cristo tuvo sus llagas, pero no eran visibles externamente las heridas). Cuidaba de pordioseros, prisioneros y leprosos, y bebía el pus de las heridas de sus pacientes, con la esperanza de poder igualar la pasión de Cristo. Alguno de sus hagiógrafos considera que su principal milagro fue la paciencia de que hizo gala ante los severos ataques y reproches, aún de personas desagradecidas que ella había beneficiado con sus servicios. En el comienzo del año en que le sobrevino la muerte, 1380, Catalina renunció también al agua durante su ayuno. Murió unas semanas después, atormentada por culpas y demonios interiores; también en esto vino a imitar a Cristo: tenía treinta y tres años. “¿No habría aún suficiente sufrimiento en este mundo? –se preguntaba Cioran– Se diría que no, a juzgar por la complacencia de los santos, expertos en el arte de la auto-flagelación. No existe santidad sin voluptuosidad del sufrimiento y sin un refinamiento sospechoso. La santidad es una perversión inigualable, un vicio del cielo”.
     Ampliaremos nuestra reflexión añadiendo una cara más (de las muchas posibles) del poliedro que se abre a nuestra perspectiva al indagar en este tipo de comportamientos autodestructivos: recordaremos así la biografía de la singular poetisa norteamericana Sylvia Plath (1932-1963). Sylvia Plath fue una persona especialmente brillante: su currículum académico estuvo plagado de notas excelentes, del más alto nivel; llegó a ser admitida como becaria en las instituciones universitarias más prestigiosas, y desde muy joven refulgieron sus dotes como escritora. “No ser perfecto duele”, escribió Sylvia Plath en su “Diario” en 1957. Y unos párrafos antes: “Yo tengo este demonio que quiere que eche a correr gritando si resulta que tengo defectos, que soy falible. Quiere hacerme pensar que siendo tan buena como soy solo puedo admitir la perfección. La perfección o nada”. Al exceso de inquietud por encima de los motivos objetivos que la justifican, al campo de lejanías a las que uno quiere llegar pero a las que es imposible acceder, es a lo que propiamente llamamos ansiedad. En consecuencia, Plath sufría de insomnio crónico: un ansioso así no se puede permitir esa especie de abandono improductivo que es el dormir. Así que tomaba tranquilizantes y somníferos… que no llegaban a contrarrestar con suficiencia la fuerza de su inquietud. Durante toda su vida repitió un patrón de respuesta a cualquiera de sus logros: nunca eran suficiente. El último resultado de esa manera de instalarse en la vida fue que le diagnosticaron una depresión mayor. En noviembre de 1952, dejó escrito en su “Diario”: “Quiero matarme, escapar a toda responsabilidad, volver, arrastrándome abyectamente, al claustro materno. No sé quién soy ni a dónde voy, y soy yo quien tiene que contestar a esas horribles preguntas”. Fueron varios, efectivamente, los intentos de suicidio que siguieron a estos extravíos en el laberinto en que se había convertido su vida.
      Siempre por debajo de sí misma, de lo que interiormente se exigía, podríamos decir que ejercía sobre sí una especie de maltrato. La correlativa autoimagen la llevaría consigo cuando de mantener relaciones con los hombres se trató. Su primer amante, cuando tenía 22 años, la violó y maltrató físicamente. De hecho, pasó la noche después de esta primera relación en el hospital, tras lo cual… continuó saliendo con ese mismo sujeto, al que evidentemente disculpó, cargando sobre ella, tal vez “por haber malinterpretado la situación”, la responsabilidad por lo ocurrido. Asimismo, la primera vez que hizo el amor con el que después fue su marido, el también poeta Ted Hughes, sufrió por parte de él una paliza que la dejó llena de moratones y magulladuras. A lo largo del matrimonio, Hughes abusó de ella y la hizo objeto de sus frecuentes ataques de ira y violencia. Los últimos años, Plath se dio cuenta de que estaba siendo engañada, y ya no pudo confiar en su marido, a quien, pese a todo, se había entregado totalmente. Parece que podemos ir hallando una constante en esta propensión a sentir a los verdugos como víctimas y a sí mismo, la auténtica víctima en estos casos que tratamos, como verdugo, o al menos como el necesitado de perdón.
     De todas formas, Plath siguió sobresaliendo en sus estudios y obteniendo premios y galardones uno tras otro a lo largo de su vida: exitosas circunstancias mundanas incapaces de servir de fundamento a una personalidad que finalmente solo reconocía lo esencial de sí, en cuanto que habitante del mundo, en los momentos de fracaso. Logró el mayor de todos ellos en el invierno de 1963, cuando su marido, Ted Hughes, la abandonó junto a sus dos pequeños hijos para irse a vivir con otra mujer. Su último poema, escrito entonces, empieza con este verso: “La mujer alcanzó la perfección…”, justo lo que ella llevaba persiguiendo toda la vida. Había escrito también en otro de sus poemas, el titulado Lady Lazarus: “Morir / es un arte, como cualquier otra cosa. / Yo lo hago excepcionalmente bien”. Anunciando su inminente suicidio, acabó su último poema de esta concluyente manera: “Los pies parecen estar diciendo: hemos llegado muy lejos, se acabó” (poema “Límite”, último que escribió Plath, unas noches antes de su suicidio). Su tránsito hacia la lejanía había durado solo treinta años.
     Observemos una cara más de este poliedro que conforman las vidas dominadas por un impulso de autoagresión. En el siglo XII y principios del XIII, San Francisco, el otro co-patrono de Italia, conocido también como il poverello d'Assisi (“el pobrecillo de Asís”) a pesar de provenir de una familia rica, fundó una de las llamadas “órdenes mendicantes”, respondiendo a una llamada interior hacia el desapego de lo mundano. Cuando tenía veintiséis o veintisiete años, sus amigos le preguntaron si pensaba casarse, y él respondió: “Estáis en lo correcto, pienso casarme, y la mujer con la que pienso comprometerme es tan noble, tan rica, tan buena, que ninguno de vosotros visteis otra igual”. La “mujer” en cuestión era la Pobreza. En nombre de ella empleó el patrimonio de su padre (con gran enfado de este, que seguía perteneciendo a este mundo) en la reconstrucción de iglesias en ruinas. Cuando su padre lo llevó a juicio, devolvió el dinero que aún tenía, pero desde entonces proclamó que su verdadero Padre pasaba a ser el que estaba en el cielo. A partir de aquel suceso, él y sus seguidores vivieron de las limosnas y no aspiraron a otra cosa que a la vida eremítica, el silencio, la soledad y el ayuno. En septiembre de 1224, en el transcurso, precisamente, de un prolongado ayuno, Francisco oró para recibir dos gracias antes de morir: sentir la pasión de Jesús, y una enfermedad larga con una muerte dolorosa. Y efectivamente, como Santa Catalina, alcanzó la dudosa gracia de la estigmatización, una manera de somatizar su peculiar devoción que le causaba intensos dolores en las llagas, y la de una larga y acusada enfermedad. Ambas se prolongaron hasta octubre de 1226, en que, con 44 años, Francisco murió. 
     Las enseñanzas de Francisco de Asís han encontrado eco en uno de los próceres del mundo actual, el Papa Francisco, que escogió su nombre como Papa en honor y reconocimiento de aquel santo. Ambos Franciscos encontraron respaldo a sus decididos desapegos de todo lo mundano en aquel extremo pendular desde el que Jesucristo afirmó: “Mi reino no es de este mundo”. Lo cual se tradujo en propuestas doctrinales tan descarnadas como esta que el mismo Jesucristo proclamó: “Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”. Una doctrina que fue secundada por San Pablo, el auténtico fundador del cristianismo como institución, que decía: “En lo que resta, los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran. Porque la apariencia de este mundo está a punto de acabar”. Este desapego del mundo predicado por el cristianismo vino a identificarse con una vocación que empujaba a la pobreza por la pobreza misma, que veía, en última instancia, que esa  pobreza era en sí misma una virtud. Porque, como el evangelista Mateo recoge de entre las palabras de Jesucristo: "Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los Cielos". Se siguen de este modo los principios que el mismo Cristo dejó también enunciados cuando, según el mismo Mateo, proclamó: “No os inquietéis diciendo: ¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué nos vestiremos? Esas son las cosas por las que se preocupan los paganos. Ya sabe vuestro Padre celestial que las necesitáis. Buscad ante todo el reino de Dios y lo que es propio de él, y Dios os dará lo demás. No andéis preocupados por el día de mañana, que el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su propio afán”. Una forma de estar en el mundo que ya antes había seducido a Diógenes el cínico, que decidió apartarse del mundo y vivir dentro de un tonel; los cristianos prefirieron apartarse yendo a vivir a los desiertos y luego a los cenobios.
     San Francisco de Asís ha sido, como decimos, el modelo preferido por el Papa Bergoglio. En una visita que este hizo a la ciudad de Asís, llamó a la Iglesia a “despojarse de toda mundanidad”. De modo que por debajo de una pretendida lucha contra la pobreza que se expresa en uno de los niveles del discurso papal, asoma una identificación más profunda con esa pobreza en cuanto que eventual virtud que viene a expresar aquel desapego del mundo que ya predicó su predecesor en la doctrina, San Francisco de Asís. Cioran decía que “El remordimiento metafísico es una turbación sin causa, una inquietud ética en el límite de la vida. No tienes culpa alguna de la que arrepentirte y sin embargo sientes remordimientos. No te acuerdas de nada, pero te invade un sentimiento infinitamente doloroso del pasado. No has hecho nada malo, pero te sientes responsable de los males del universo”. Y hablaba de “esa necesidad de remordimientos que precede al Mal, mejor dicho, que lo crea...”. De una forma semejante podríamos hablar aquí de esa necesidad de alejarse del mundo que precede a la Pobreza, mejor dicho, que la crea…
     Y resumiendo las actitudes de todos estos tipos de personas que se ven fatalmente abocadas a la autoagresión, podríamos concluir hablando de esa necesidad de castigo que precede al remordimiento, mejor dicho, que lo crea.

domingo, 15 de enero de 2012

LA REALIDAD NO ES UN DELIRIO COMPARTIDO

Siglos ya de cultura occidental que por uno de sus ramales parece empeñada en enseñarnos a desdeñar la realidad… no puede ser bueno. A las alturas del vigente posmodernismo, casi resultaría obligado concluir que la realidad no es más que un sentimiento, una mera prolongación de nuestra subjetividad. Algo que el artista conceptual Joseph Kosuth venía a hacer explícito en esa representación que dejamos expuesta junto a estas líneas, en la que el objeto “silla”, su fotografía y su concepto, según queda definido en el diccionario, vienen a ser equivalentes en cuanto a su respectivo grado de realidad: los tres son construcciones mentales, creaciones del sujeto que las percibe; los tres vienen a dar respuesta al mismo concepto desde el que son generados: “silla”; y ninguno de las tres existiría sin la labor de construcción mental que los precede y origina. Para un miembro de una tribu primitiva, sin previo contacto con la civilización, ese mismo “objeto” podría ser interpretado, por ejemplo, como “conjunto de maderas apto para ser quemado y calentar”.


Idéntica es la propuesta artística de Magritte en el cuadro “Los dos misterios”, también reproducido junto a este texto, y que vendría a ser una ampliación de aquel otro que hizo famoso en 1928-29: “La traición de las imágenes (esto no es una pipa)”, que en este otro de 1966 quedaría incluido como contraste frente a una supuesta pipa objetiva. “El arte evoca el misterio sin el cual el mundo no existiría”, dejó dicho Magritte, reafirmando con ello la inconsistencia del mundo real: a través del arte merodeamos alrededor de esas realidades aparentes que aceptan estar ahí “afuera” sólo porque nosotros las creamos, pero que en sí mismas, como “objetos”, no tienen ninguna consistencia.
De ello da otra prueba artística el mismo Magritte: su cuadro “Madame Recamier de David”, reelaboración de aquel otro del neoclásico Jacques-Louis David (ambos reproducidos aquí abajo), cara y cruz los dos de una misma “realidad”, virtualmente percibida en cada caso con unos años de diferencia. Año arriba, año abajo, ¿puede una realidad ser tan inconsistente como para, sin menoscabo, sustentar esas dos versiones (Madame Recamier viva y muerta respectivamente), la de David y la de Magritte, tan contrapuestas en el mundo de las apariencias? ¿Y qué diríamos de ese “Maestro de escuela” (un poco más abajo) del mismo Magritte, tan intercambiable con otras mil posibilidades de ser que oferta la “realidad”? ¿No podría tratarse, además de un “maestro de escuela”, de, por ejemplo, un cobrador del frac, un duelista a punto de volverse para disparar contra quien le retó, o un asesino en serie en busca de su próxima víctima? La mente, conjuntando variables (de las que también responde ella misma), es la que decide que “eso” es un maestro de escuela. El físico Heisenberg, con su Principio de Indeterminación pareció dar la puntilla al mundo real, al comprobar experimentalmente que el fenómeno eléctrico se ajustaba a dos modelos contrapuestos, como producido alternativamente por corpúsculos materiales y por ondas, según fuera uno u otro el presupuesto desde el que el experimentador partía en su experimento. “(Heisenberg) el más grande físico actual –decía Ortega– (...) Su ‘principio de indeterminación’ (...) se vuelve contra todo el cuerpo de la física y lo destruye (pues) proclama que el investigador, al observar el fenómeno, lo ‘fabrica’, que la observación es producción”. Así de poco, en fin, parece quedar para ser real, objeto, cosa en sí.


Pero empecemos a atajar cuanto antes el camino hacia posibles conclusiones perversas en el que nos hemos ido adentrando: todas estas constataciones tienden a estar infiltradas por un profundo malentendido, responsable de un generalizado sentimiento de extravío. Efectivamente, para empezar, algo de las cosas, del mundo externo, está hecho con aportaciones del sujeto; el mundo real, para serlo, debe a nuestra contribución (subjetiva) buena parte de lo que es. “Una parte, una forma de lo real es lo imaginario”, dice también Ortega. Pero aquello en lo que consiste nuestra aportación subjetiva forma también parte del objeto, de lo que no somos nosotros: es preciso un sujeto para que sea descubierto, pero también es real, en el sentido de que existe fuera de nosotros. “Las cosas se fundamentan en algo que yo poseo”, decía María Zambrano. Incluso, añadiría Ortega, “para responder a ¿qué son las cosas?, tengo que preguntarme ¿qué soy yo?”, porque “tal vez es imposible descubrir fuera una verdad que no esté preformada, como delirio magnífico, en nuestro fondo íntimo”.


La realidad debe su ser, pues, a dos clases de aportaciones: una, la pone el objeto, la cosa en sí; la otra la pone el sujeto con su interpretación y su valoración. Pero que toda realidad necesite ser interpretada, no quiere decir que todo en ella sea interpretación, que todo sea “según el color del cristal con que se mira”: existe, está ahí afuera, y nuestra interpretación, si respeta su ser en sí (si no es un mero producto del delirio), lo que hace es descubrir algo que ella guardaba como potencia, y que sólo llega a aparecer si nosotros queremos que aparezca (si, como el Príncipe con la Bella Durmiente, nos decidimos a darle el beso amoroso que la despierte). Es lo que también decía Ortega: “Tal vez la visión amorosa es más aguda que la del tibio. Tal vez hay en todo objeto calidades y valores que sólo se revelan a una mirada entusiasta (...) Según esto, el amor sería zahorí, sutil descubridor de tesoros recatados”. Y en fin, concluyamos también con Ortega: “Hay un primer plano de realidades el cual se impone a mí de una manera violenta, son los colores, los sonidos, el placer y el dolor sensibles. Ante él mi situación es pasiva. Pero (…), erigidos los unos sobre los otros, nuevos planos de realidad, cada vez más profundos, más sugestivos, esperan que ascendamos a ellos, que penetremos hasta ellos. Pero estas realidades superiores (…) para hacerse patentes nos ponen una condición: que queramos su existencia y nos esforcemos hacia ellas (…) La ciencia, el arte, la justicia, la cortesía, la religión son órbitas de realidad que no invaden bárbaramente nuestra persona como hace el hambre o el frío; sólo existen para quien tiene voluntad de ellas (…) Si no hubiera más que un ver pasivo quedaría el mundo reducido a un caos de puntos luminosos”. Desde la ciencia hasta el arte o la política, contienen todas ellas verdades (verdades “objetivas”) que no son asequibles a una mirada pasiva: hay que construirlas, hay que poner a trabajar, a “crear”, a nuestro interior (a nuestros conceptos, a nuestras formas de mirar) para que aparezcan. “Que no pasa ná, diría José Mota, pero estar, están”.

Incluso pretender que la realidad sea sólo lo que captan nuestras impresiones sensoriales, excluyendo de ellas nuestras interpretaciones o nuestras valoraciones, es falsear la realidad. Lo que vemos y lo que oímos no es la realidad: “Lo visto, lo oído tiene valor meramente por lo que en ello hay de alusión a ese fermentar secreto, a esa latente trayectoria de que lo sensible no es sino un estadio” (Ortega). Y si pretendemos excluir de la realidad lo que ella nos debe, sólo quedaría ante nosotros, como Kant decía, “un caos de impresiones”.


Ayer estuve viendo la película “El topo”, de Tomas Alfredson. Entenderla es como intentar construir un puzle de cinco mil piezas al que le faltan cuatro mil quinientas. Consecuente con la conclusión de que la realidad es “un caos de impresiones”, el posmoderno director no se siente obligado a conducirnos a través de esos objetos narrativos auténticamente reales que, para ser descubiertos (para ser comprendidos), necesitan amoldarse a la construcción subjetiva previa que los estructura según una secuencia que en esquema consiste en presentación, desarrollo de la trama y conclusión. En la película, piensa Alfredson, esto no es necesario: con exponer diferentes fragmentos, impresiones, atmósferas, sin apenas preocuparse de que el espectador pueda organizar las piezas sueltas según esa interpretación (evidentemente originada en lo subjetivo) que superpone a ellas el “antes” y el “después”… cree haber cumplido suficientemente su papel. Incluso los gestores de la posmodernidad puede que le den algún que otro premio: la “interpretación” (¿?, ¡!) de los actores es genial. Pero, ¡maldición!, estoy hasta las narices de que me pillen desprevenido estos autores posmodernos: a mí, que me avisen. Yo, cinco minutos después de que empezara la peli, ya sabía que me la habían vuelto a meter doblada, y rellené con bostezos y furtivas miradas al reloj las dos horas largas del coñazo en forma de película que me tragué.


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domingo, 9 de octubre de 2011

NEUTRINOS: EL FUTURO DESEMBOCANDO EN EL PASADO (¿TÓ PA NÁ?)

Un día (o algo así) la nada quiso vivir, así que estalló en miríadas de individualidades. Pero ocurre que la individualidad, lo irrepetible… la existencia es una carga difícil de sobrellevar, de manera que cada una de esas mónadas empezó también, en el mismo instante de nacer, a dar vueltas sobre lo mismo, a añadir a su trayectoria centrífuga otra orbital, buscando así la manera de regresar a lo invariable y atender a su otra fuente de atracción. Por aquello tuvo que ser por lo que Cioran decía que “al principio fue el Crepúsculo”. Las órbitas trazadas abarcaban un perímetro mayor o menor, según fuera todavía la fuerza centrífuga de la ambición, del deseo de trascender, de, como Nietzsche decía, “superarse siempre a sí mismo”, que en eso es en lo que consiste la vida. Cuanto más lejana estuviera la meta, el punto una vez llegado al cual toca ya descansar y, por tanto, repetir, más intensa sería todavía la vida, el ansia de alcanzar lo nuevo, lo desconocido, la individualidad.


El animal –no digamos ya la planta, y mucho menos la roca–, no tardó mucho en reducir el diámetro de su órbita vital. Cualquiera de ellos restringe su vida hasta adaptarla a los márgenes de un espacio, un territorio concreto, al cual se aferra. Una vaca, por ejemplo, se conformaría con unos cuantos metros de tierra cubierta de hierba y un rincón para dormir: allí echó el ancla de sus ambiciones, de su impulso vital, de ese prurito que en los hombres todavía nos empuja en pos de nuestra individualidad. No en todos, o no de la misma manera, porque el mismo Nietzsche dejó lanzado este reproche: “Demasiado primer plano hay en todos los hombres, ¡qué tienen que hacer allí los ojos que ven lejos, que buscan lejanías!”.

Aceptando estas acotaciones, ensayemos a decirlo de esta manera: los hombres, más o menos, somos seres aún dispuestos a enfrentarnos al caos, a lo desconocido, a lo irrepetible, dispuestos a seguir expandiéndonos, como el universo mismo en su conjunto, del que, que se sepa, venimos a ser la punta de lanza. Los más decididos aún tenemos hambre de futuro. Y aún somos capaces de dirigir nuestra mirada a la lejanía y más allá.


En “2001: una odisea en el espacio”, Stanley Kubrick (uno de los mejores directores de cine de la historia), juega con el tiempo: arranca su película con el primer homínido que descubrió el camino de la humanización; salta después al futuro de la tecnificación y los viajes espaciales, y termina con un nuevo salto, pero en la dirección contraria: el repentino envejecimiento del protagonista, que, inmediatamente después y en súbita regresión, acaba finalmente convertido en un feto flotando en el espacio. La música de la banda sonora no es casual: la introducción del poema sinfónico “Así habló Zaratustra”, de Richard Strauss, que él denominó “Amanecer” (http://www.youtube.com/watch?v=vahx4rAd0N0&NR=1). Se trata de una sinfonía inspirada en la obra homónima de Nietzsche, en la cual el filósofo se adentra, de forma tímida y vacilante (como el mismo Kubrick, que nunca llegó a explicar sus intenciones al respecto) en el laberinto del tiempo, hasta concluir en esa impactante formulación, con perplejidad incorporada, que llevó a cabo después de comprobar (estamos tratando de entender a Nietzsche, no aceptando exactamente lo que dice) que todo retorna al punto de partida, que el futuro, en el extremo, desemboca en el pasado, que, en última instancia, y como reza el epitafio que un inspirado gaditano decidió poner en su tumba: “tó pa ná”. Antonio Machado venía a decir lo mismo, aunque en un formato menos reducido:

“El hombre es por natura la bestia paradójica,
un animal absurdo que necesita lógica.
Creó de nada un mundo y, su obra terminada,
‘Ya estoy en el secreto –se dijo–, todo es nada’.”
Y esta otra fue la manera en que de modo más acabado dejó expuesta Nietzsche, en “La Gaya Ciencia” su idea del eterno retorno (del “tó pa ná”): “¿Qué ocurriría si día y noche te persiguiese un demonio en la más solitaria de las soledades diciéndote: ‘Esta vida, tal como al presente la vives, tal como la has vivido, tendrás que vivirla otra vez y otras innumerables veces, y en ella nada habrá de nuevo; al contrario, cada dolor y cada alegría, cada pensamiento y cada suspiro, lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño de tu vida se reproducirán para ti, por el mismo orden y en la misma sucesión; también aquella araña y aquel rayo de luna, también este instante; también yo. El eterno reloj de arena de la existencia será vuelto de nuevo y con él tú, polvo del polvo’ ”.


Un equipo científico europeo a caballo entre Italia y Suiza acaba de comprobar que unas partículas de masa subatómicas, los neutrinos, son capaces de trasladarse a una velocidad más rápida que la de la luz. La implicación más sorprendente del experimento es que eso supone que las partículas pueden ir hacia el pasado, algo así como si, cuando empezaran a salir, ya haría un rato que hubieran llegado. Los neutrinos juegan con el tiempo, como Kubrick. Cuando Nietzsche, pensando, se metió en ese laberinto en el que el pasado y el futuro bailan agarrado (podría ser que el mismísimo vals del “Danubio Azul”, de Johann Strauss, que también utiliza Kubrick en la banda sonora de su película), acabó concluyendo que la fórmula que mejor expresaba esa paradoja era… la risa; también se puede decir que el silencio, porque ¿cómo expresar a la vez una cosa y su contraria? “¡Silencio! ¡Silencio! ¿No se ha vuelto perfecto el mundo en este instante? (…) Así ríe un Dios. ¡Silencio!”. Aún más, advierte el filósofo alemán: “¡Y sea falsa para nosotros toda verdad en la que no haya habido una carcajada!”.

Esta paradoja que forma el tiempo (que incluso da origen al tiempo) según la cual avanzamos para conseguir regresar y sentimos nostalgia de lo que nunca hemos tenido, de una u otra manera viene entreverándose con los actos y reflexiones de los hombres. Y lo ha hecho desde siempre, porque decía el antropólogo e historiador de las religiones Mircea Eliade que ya “el hombre arcaico soporta difícilmente la ‘historia’ y (...) se esfuerza por anularla de forma periódica”. Más o menos, lo mismo que han venido a hacer los neutrinos. Puede que fuera en el siglo VI a. de C. cuando Lao Tsé ya decía asimismo que “el retorno es la acción del Tao”. Lo cual congenia perfectamente con lo que Kierkegaard pensaba al afirmar: “He aquí la repetición. Ahora comprendo todas las cosas y la vida me parece más bella que nunca”. Unamuno, el alter ego español del filósofo danés lo explicaba: “Se vive en el recuerdo y por el recuerdo, y nuestra vida espiritual no es, en el fondo, sino el esfuerzo de nuestro recuerdo por perseverar, por hacerse esperanza, el esfuerzo de nuestro pasado por hacerse porvenir”. Idéntico, ¡vaya por Dios!, al esfuerzo que llevan a cabo los neutrinos, aunque formulado al revés. El mismo Unamuno expresaba también esta idea en lenguaje poético:

“Vuelve hacia atrás la vista, caminante,
verás lo que te queda de camino;
desde el oriente de tu cuna el sino
ilumina tu marcha hacia delante.

Es del pasado el porvenir semblante,
como se irá la vida así se vino;
cabe volver las riendas del destino
como se vuelve del revés un guante.”
“¡Oh alma mía (…)! –exclamaba Nietzsche por su parte– El futuro y el pasado ¿dónde estarían más próximos y juntos que en ti?”. ¿Dónde? En los neutrinos y en los juegos cinematográficos de Kubrick, sin ir más lejos.

No hay que extrañarse demasiado, por tanto, de estos descubrimientos de los científicos europeos: estamos acostumbrados a que sea en el trayecto de la vida donde encontramos esas mismas paradojas. Aunque es preciso incluirlas en una interpretación que no nos vuelva bizcos o majaretas, o aún más, que no nos lleve al desistimiento de seguir adelante, porque ¿para qué esforzarse si, hagamos lo que hagamos, todo acaba volviendo al punto de partida?

Es cierto que avanzamos hacia el futuro porque no tenemos otro modo de regresar al pasado. En el acto sexual queda explícito de manera suprema nuestro profundo deseo de regresar al lugar del que partimos, que no puede ser el mismo útero, ni es posible regresar del todo: nos conformamos, las mujeres identificándose con el útero que abandonaron, y los hombres, depositando en su equivalente algo que nos representa: nuestros espermatozoides. Pero la nada de partida ya nunca más podrá ser recuperada: es sustituida por equivalentes cada vez más complejos y cada vez más alejados de ella. Como le ocurrió a la Roma clásica, de la que dice Pierre Grimal que sólo aspiraba a que la dejaran vivir en paz, pero ello la obligaba a una permanente ampliación de sus fronteras, conquistando aquellos territorios que potencialmente la amenazaban. Cada hombre, tratando de apaciguar nuestras inquietudes para así regresar a ese ámbito de paz del que al nacer fuimos expulsados, lo que realmente acabamos haciendo también es progresar, no regresar; ganar en complejidad, no retirarnos hacia la simplicidad uterina, avanzar hacia el futuro… aunque parezca que volvemos al pasado.

Todo lo que de nosotros y de nuestro mundo volviera hipotéticamente al pasado no podría evitar llevar sobre sí la carga (el aumento) de lo ya vivido, de la complejidad adquirida en el camino hacia el futuro. Incluso un neutrino, si fuera algo más que pura simplicidad, cuando regresara al pasado, lo haría con el valor añadido de todo lo que llevaba recorrido en dirección hacia el futuro. Nada, ni un supuesto viaje al pasado, podría quitarnos lo bailao; por tanto, no regresaríamos al pasado sino sólo a un equivalente simbólico suyo. La regresión nunca sería circular, sino en espiral, porque mientras regresáramos, seguiríamos avanzando. Sólo en una cultura perfectamente posmoderna sería posible creer en la deconstrucción de lo que hemos alcanzado a ser, creer que la historia no hace sino añadir capas irreales a lo que en nuestra realidad más simple, fragmentaria y auténtica fuimos una vez. ¡Vaya!… justo es ésa, la posmoderna (la que nació en ese fragmento de la filosofía de Nietzsche en el que pasado y futuro se identificaban), la cultura dentro de la cual unos científicos han formulado esa posibilidad de que en el futuro estuviera aguardando el pasado. Yo, que no me siento nada posmoderno, mientras tanto, seguiré pensando que el feto del final de la película de Kubrick era sólo un símbolo del trayecto de la espiral que nos espera en el futuro. Porque en realidad, por mucho que lo deseáramos y aunque hoy tocara revestir lo contrario de lenguaje científico, nunca más regresaremos al estado fetal.

martes, 10 de agosto de 2010

"ORIGEN": ¿EXISTE LA REALIDAD?

(PUBLICADO EN "EL CORREO DE BURGOS" EL 24 DE AGOSTO DE 2010)

El siglo XVII, el que quedó señalado como definitiva puerta de entrada a la Modernidad, fue el escenario en el que empezó a tomar forma un curioso e inquietante estado de ánimo colectivo cuyas últimas y más cabales manifestaciones estamos registrando en la actualidad: se trata de la impresión, pasada y actual, de que la realidad es algo inconsistente, tan maleable, o incluso tan ficticio, como los evanescentes productos de la imaginación. Por ser tan conocida, solemos pasar por alto el significado último de la formulación que de aquella predisposición psíquica hizo nuestro Calderón de la Barca (1600-1681) cuando dijo lo de que "la vida es sueño". Shakespeare (1564-1616), el contrapunto inglés de nuestro gran dramaturgo, ya había dejado registrada una fórmula semejante: "Estamos hechos de la misma materia que los sueños".
Manera ésta de decirlo no tan convulsa y desgarrada como esta otra, no menos conocida, que utilizó su personaje Macbeth en uno de esos momentos en los que todo parece estar a punto de derrumbarse: “La vida es sólo una sombra caminante, un mal actor que, durante su tiempo, se agita y se pavonea en la escena, y luego no se le oye más. Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, y que no significa nada”.

Pero quien procedió a dar su expresión culminante a ese desasosegante estado de duda e incredulidad respecto de lo que nos espera ahí afuera cuando pretendemos salir de nosotros mismos, fue un contemporáneo de aquellos autores, René Descartes (1596-1650), que antes de concluir que, puesto que pensaba, existía, llegó a considerar seriamente la posibilidad de que un genio maligno hubiera montado un descomunal artificio manipulándonos la mente para que él y todos tuviéramos la impresión de estar viviendo en el mundo y que, sin embargo, todo fuera un engaño, una alucinación, de modo que fuera de la mente no hubiera nada. A punto de caer en el solipsismo, en la creencia de que de lo único que se puede estar seguro es de la existencia de la propia mente y de que la realidad es un estado mental del propio yo, consiguió Descartes realizar in extremis una perentoria maniobra intelectual y, sustituyendo a ese genio maligno por Dios, pudo concluir que éste, en su bondad, no permitiría tal engaño.
En fin, que el mundo existía, aunque siguió sosteniendo el filósofo francés que sólo podía estar seguro de su propia mente, de sí mismo como sujeto pensante. Y el caso es que tuvo éxito esa suspicacia suya, tanto que Erich Fromm, teniendo a Descartes presente, pudo decir que “la duda es el punto de partida de la filosofía moderna”.

Este peculiar estado de ánimo que trajo consigo la Modernidad fue tan desasosegante como fecundo. La libertad, otro de los valores que aquel tiempo nos legó, no es, al fin y al cabo, sino la dimensión humana que se abre cuando el mundo deja de ser una realidad aplastante (como lo había sido durante toda la Edad Media) y empieza a ser, en alguna medida, algo que los hombres podemos moldear, algo que admite ser removido por las potencias que sobre él proyecta nuestra imaginación. Pero también, por desgracia, desde aquel entonces venimos arrastrando una percepción demasiado borrosa sobre la frontera que separa la realidad de la imaginación, el deseo de sus límites, la visión ponderada de las cosas de la puramente delirante.

Un asunto este de la consistencia o inconsistencia de lo real muy apto para su recreación literaria y cinematográfica. Las filmotecas guardan ya películas de culto al respecto, singularmente "Blade Runner", "Matrix" y, ahora, "Origen", una película realmente impactante, sobre la que invito a quien quiera reflexionar a propósito de los efectos que produce en el espectador, a que observe cómo, al encenderse las luces al final, son generalizadas las sonrisas en quienes abandonan el cine, reflejando con ello que han aceptado gozosamente el juego al que les ha sometido el director, Cristopher Nolan, conduciéndolos a través de una trama laberíntica muy bien construida por el mismo Nolan como guionista y desarrollada magníficamente por los actores del reparto, y que, finalmente, alude a la crítica frontera que existe entre lo real y lo soñado, de modo que, si nos dejamos vencer por el deseo, acabamos destructivamente tomando aquello por esto. La realidad impone unas limitaciones, unas reglas, y quien no toma conciencia de ello, está preparando la llegada, más pronto o más tarde, del desastre.

Pico Della Mirandola, uno de los personajes más significativos del Renacimiento, junto a reflexiones muy apreciables sobre lo que aquel tiempo estaba poniendo en marcha, ya preludió también este otro camino hacia el desastre que recorre quien confunde sueño y realidad cuando dijo: “Debemos ser lo que queremos ser (…) Debemos ansiar lo más alto y tratar de conseguirlo con todas nuestras fuerzas. Querer es poder. Desechemos lo terreno, despreciemos lo terrestre y volemos a la morada que está más allá del mundo y próxima a la divinidad, dejando a un lado este mundo”. Es éste el modo de pensar que ha servido de sustrato a muchas aspiraciones utópicas que, al chocar antes o después con lo real, han llevado a resultados desastrosos. Ya decía María Zambrano que "el simple anhelar es, por esencia, destructor". No todo es posible.

Justo lo contrario de lo que piensa un personaje que resulta ser un acabado producto ideológico y político de lo más cuestionable de esa línea existencial que nació cuando la realidad empezó a entrar en crisis: nuestro presidente Rodríguez Zapatero, el cual dejó expresa en aquel nunca suficientemente ponderado prólogo al libro de Jordi Sevilla "De nuevo socialismo" (Ed. Crítica, 2002) esta manera de pensar: “si en política no sirve la lógica, es decir, si en el dominio de la organización de la convivencia no resultan válidos ni el método inductivo ni el método deductivo, sino tan sólo la discusión sobre diferentes opciones sin hilo conductor alguno que oriente las premisas y los objetivos, entonces todo es posible y aceptable, dado que carecemos de principios, de valores y de argumentos racionales que nos guíen en la resolución de los problemas”.

Un dirigente político que se rige por esta premisa irresponsable según la cual "todo es posible y aceptable" es como un niño jugando con armas de fuego. De manera semejante a aquellos que llegaron a pensar que la realidad es tan maleable como lo es la imaginación, acabará entendiendo que el Estado cuyos destinos dirige es también una entidad igual de maleable. Un mecano en sus manos, como bien dijo Rajoy. En la película "Origen", quien no sabe volver a la realidad después de andar soñando, se queda en el limbo. Aquí, gobernados por alguien así, somos todos los que corremos el peligro de quedarnos atrapados en el limbo.

sábado, 20 de marzo de 2010

TETRO: LA NECESIDAD DE SENTIDO

(Publicado en El Correo de Burgos el 2-VII-2009)

Cuando Emile Michel Cioran escribió en 1933 su primer libro, “En las cimas de la desesperación”, afirmó en él: “Es evidente que, de no haberme puesto a escribir este libro a los veintiún años, me hubiese suicidado”. Más adelante explica cómo llegó a redimirse a través de la escritura: “Existen estados y obsesiones con los que no se puede vivir. La salvación ¿no podría consistir en confesarlos?”.

Sigmund Freud escribió mucho a propósito de esta parte de nuestra intimidad que no nos podemos confesar ni a nosotros mismos y con cuyo caudal alimentamos ese gran depósito que en nuestra mente forma el inconsciente. Nos es imprescindible tener un relato sobre quiénes somos, una narración en la que encajar lo que va siendo nuestra vida; pero para tener un criterio a partir del cual saber lo que debemos hacer o interpretar lo que nos pasa, tan imprescindible como disponer de tal relato es que además tenga sentido. Así que nos convertimos en implacables cancerberos del acervo de nuestras experiencias y, de todas ellas, dejamos pasar para incorporarlas a nuestro relato vital sólo a aquéllas que tienen sentido o que, al menos, no lo distorsionan gravemente. De todas las demás, una gran parte va a parar al limbo de lo insignificante, y es aquélla restante que entra en seria contradicción o que de alguna forma atenta contra la credibilidad y congruencia de nuestro relato vital la que va configurándose como secreto inconfesable, incluso para nosotros mismos, que, en el límite, acaba por ser excluida de la conciencia y de la memoria.

Pero ya decía Nietzsche que “todas las verdades silenciadas se vuelven venenosas”, y si encuentran en nuestra mente algún resquicio por donde colarse, amenazarán con anegarnos en el mismo absurdo que a Cioran le llevó al borde del suicidio y a otros, en un postrero y patético intento de defender un relato, aunque sea ficticio, a través del cual sentirse a salvo, les empuja a esa forma extrema de negación de la realidad que es la locura. Esto último es lo que le pasó a Tetro, el protagonista de la última película de Francis Ford Coppola, en los tiempos en que aún era Ángelo, y que sólo salió de la institución psiquiátrica cuando, enterrando en lo más profundo de su mente sus inconfesables secretos, no tuvo que hacer frente a un relato de sí que no le era posible aceptar, sino que simplemente cambió de relato, mató a su personaje anterior y construyó ex novo otro diferente: Tetro, precisamente. “Tetro”: una gran película ésta de Coppola (me deja ojiplático alguna crítica negativa de esos que “entienden” de cine, como la de Carlos Boyero en El País). No esperábamos menos del director de “El Padrino” y “Apocalypse Now”. Lástima que cuando este artículo salga a la luz, ya estará seguramente fuera de cartel y no servirá de mucho recomendarla a quienes no la hayan ido a ver.

Ángelo, el anterior e insoportable alter ego de Tetro, llegó a hacer, sin embargo, un hermético relato de sí mismo, una novela autobiográfica, escrita en clave, que en el hospital psiquiátrico siempre llevaba consigo, pero de la que a nadie llegaba a decir nada. Había conseguido, pese a todo, hablar en ella de su vida pasada, era su confesión, pero una confesión interrumpida e improductiva, porque no lograba ponerle un final, es decir, que tuviera sentido. Por ello acabó relegando ese relato al trastero de lo definitivamente inconfesable, repudiando una novela que llegó a demostrarse que, con un buen final, hubiera sido capaz de conducirle al éxito. Prefirió vivir en la falsedad de un nuevo personaje que, para existir, tenía que negar todos sus vínculos con el pasado, amputar los rastros de su historia personal. Ángelo, mientras perdurase lo inconfesable, tenía que morir para que Tetro viviese. Por eso, en un crucial momento de la película, le dice a Miranda, su maternal pareja y ex psiquiatra: “No quiero que nadie me salve”. (Miranda es interpretada por Maribel Verdú, que quizás –no la conozco tanto como para estar seguro– haya alcanzado aquí la cota más alta de su carrera).

Decía Ortega (todos lo sabemos a estas alturas): “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Son enunciados filosóficos que no sólo tienen aplicación a la hora de entender la vida de los individuos, sino también la de los pueblos. No me cuesta mucho imaginar que los españoles presentamos hoy una imagen asimilable a la del Ángelo de Coppola, abrazado en aquel psiquiátrico a su novela escrita en grafías incomprensibles (inconfesables), porque no hemos llegado aún a construir un relato de lo que somos que tenga sentido para todos, y, extraviados, tratamos de negar lo que somos y construirnos de la nada o de la falsificación una nueva identidad. Como Tetro, hemos querido incluso amputar de nosotros el mismo nombre, España, así como los símbolos que la representan, levantando ante su mera presencia un sinfín de suspicacias. La lengua común en la que nos entendemos la hemos arrinconado, camino de excluirla, en varias regiones, y en las demás lo seguimos consintiendo cuando votamos a los partidos que lo propugnan; la malquerencia entre unas regiones y otras sigue avanzando. Tratamos asimismo de ignorar o deformar nuestro pasado y nos empeñamos, como Tetro, en sustituirlo por el que los nacionalismos han ido delirando. Como Tetro, los españoles, en buena parte, nos estamos convirtiendo en un ser incomprensible, imprevisible, que, embarcado hoy en este periplo zapateril, no quiere recordar de dónde viene ni aspira a saber a dónde va y no soporta las preguntas sobre quién es. Corremos un grave peligro de vivir al margen de nuestra circunstancia, de nuestro pasado, de nuestra realidad. Y como Tetro, para que sobreviva ese personaje que hemos ido inventando, parece también que “no queremos que nadie nos salve”.

Pero esa circunstancia que tantos, en España, quieren ignorar, lo admitamos o no, forma parte de nuestro ser colectivo. Y aún más: si no la salvamos a ella, no nos salvaremos nosotros.
Un genio este Coppola.

Javier Martínez Gracia, miembro de UPyD de Burgos

“EL LECTOR” O LA CULPA COMO REQUISITO DE LA LIBERTAD

(Publicado el 9-IV-2009)

“El lector” es una de las grandes películas de esta temporada. Basada en una novela de Bernhard Schlink, ha merecido el Óscar a la Mejor Actriz Protagonista, otorgado a Kate Winslet, que interpreta con gran solvencia un personaje, el de Hanna Schmitz, lleno de paradojas, ingenuo a la vez que enigmático, hosco pero necesitado de amor, puritano aunque transgresor, tan sensible como cruel…

El asunto nuclear a partir del cual fluye el argumento de la película es ese gran agujero negro del alma alemana que es todavía, y previsiblemente seguirá siéndolo por mucho tiempo todavía, el horror nazi, especialmente su epicentro, el holocausto judío en los campos de concentración. No es fácil elaborar y digerir el hecho de que aquel horror se administrara y condujera no ya contando con la gélida indiferencia de todo un pueblo, sino incluso con su positiva anuencia, cuando no con su activa participación. Aún sangran las heridas que quedaron abiertas con aquellos hechos, y lo hacen, entre otros modos, en forma de preguntas obsesivas que obligan a indagar en las profundidades de la mente del que, en tiempos más sosegados, llamaríamos “persona normal”.

“Persona normal”: así vino a calificar la filósofa alemana de origen judío, Hannah Arendt, a Adolf Eichmann, criminal nazi que, durante la Segunda Guerra Mundial, estuvo encargado del departamento desde el que se planificaba el transporte de los judíos hacia los guetos y los campos de concentración. Arendt estuvo cubriendo para el semanario estadounidense The New Yorker el juicio contra Eichmann que tuvo lugar en Jerusalén en 1961, y en el que acabó siendo condenado a muerte. De su trabajo allí acabó surgiendo su libro titulado “Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal” (Paidós, 2005). Arendt, después de analizar minuciosamente el comportamiento de Eichmann, concluye que éste era un hombre normal, un ser obediente que formaba parte de una maquinaria, de una eficiente burocracia dedicada al exterminio, y que actuaba bajo unas circunstancias que le hacían casi imposible saber que estaba obrando mal. En el concepto de “banalidad del mal” incluye Arendt la irreflexión de alguien que comete crímenes actuando bajo órdenes, lo cual llega a apagar, incluso completamente, su conciencia de culpa. Eichmann participó en la Conferencia de Wannsee, en la que se coordinaron los esfuerzos para la “Solución final”. Él mismo redactó el acta que ordenaba la liquidación de once millones de judíos, y a propósito de ello declaró: “En aquel momento sentí algo parecido a lo que debió sentir Poncio Pilatos, ya que me sentí libre de toda culpa”. A los ojos de su conciencia, él sólo fue un honrado distribuidor de recursos, que procuraba realizar la tarea encomendada con la máxima eficacia y al menor coste.
¿Estamos realmente hablando de una persona normal?

A finales de la década de 1960, Stanley Milgram, un psicólogo de la Universidad de Yale, llevó a cabo un experimento sobre los límites a los que puede llegar el comportamiento de obediencia, cuyos resultados no pueden sino provocar consternación.
Milgram reclutó a diversos sujetos experimentales entre todos los sectores sociales (abogados, bomberos, obreros…), proponiéndoles participar en un experimento sobre los eventuales beneficios del castigo en el aprendizaje. Un médico de bata blanca les dirigía en la tarea: de uno en uno actuarían como “profesores” frente a un alumno situado en otra habitación, al cual no podían ver, pero sí oír. El “profesor” sometía al alumno a un examen de memorización de asociación de palabras. Si se equivocaba, debía castigarle aplicándole una descarga eléctrica que al principio era leve, de 15 voltios, pero a medida que acumulaba respuestas incorrectas, las descargas iban aumentando de intensidad, hasta llegar al último nivel, de 450 voltios.
Sin embargo, éste del aprendizaje por castigo era en realidad un experimento-máscara. Lo que auténticamente se investigaba era el límite al que las personas son capaces de llegar en su comportamiento de obediencia. Cuando las descargas llegaban a 180 voltios, el alumno (en realidad, un actor), gritaría diciendo que no podía soportar más el dolor; a los 300, que no quería seguir con el experimento (que, sin embargo, no podía supuestamente eludir). A los 330 voltios, sólo habría silencio.
Los resultados del experimento producen pavor: el 65 % de los sujetos que hacían de profesores (los que realmente eran estudiados) llegó hasta el final, los 450 voltios, a pesar de que muchos parecían sufrir por lo que hacían (sudaban, se mordían los labios…), pero el hecho es que acababan obedeciendo al experimentador de la bata blanca, que les animaba a seguir con el experimento, del que él se presentaba como último responsable. Los escrúpulos morales eran, pues, de inferior nivel de exigencia que la obediencia demandada. El experimento fue posteriormente replicado y confirmado en diversos lugares del planeta (Australia, Alemania, Jordania y otros países), siempre con resultados similares.

Caer en el pesimismo antropológico generalizador sería una conclusión prematura. En realidad, todo apunta al hecho de que el sentimiento de culpa no es algo a lo que tengamos acceso por naturaleza (el Pecado Original no sería tan original), sino que es una conquista de la evolución tanto filogenética (de la especie) como ontogenética (del individuo). Nacemos predispuestos a ponernos a las órdenes del de la bata blanca, que es el modo de cumplir con nuestra necesidad de pertenencia, de garantizar nuestra adscripción al grupo que él representa. El instinto de adaptación y de obediencia es anterior a la necesidad de ser uno mismo, que exige la capacidad de sobrellevar la responsabilidad –y eventualmente el sentimiento de culpa– por lo que hacemos. Esto último puede conducir en determinados momentos a la confrontación con el grupo de referencia, incluso al ostracismo. En el extremo –pensemos en los opositores al régimen nazi–, al heroísmo. Algo a lo que es difícil acceder. Pero es a ello a lo que, precisamente, se refería Inmanuel Kant cuando proclamaba el lema de la Ilustración: “¡Sapere aude! ¡Ten valor para servirte de tu propio entendimiento!”. Esa sería la única medida posible a tomar contra los totalitarismos y contra los excesos de la obediencia debida.

Javier Martínez Gracia, miembro de UPyD (Unión, Progreso y Democracia) de Burgos