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martes, 30 de enero de 2024

EL PELIGRO QUE SUPONE LA CERCANÍA DE LOS HOMBRES

 

“Sabido es que el ser humano no puede, sin más ni más, aproximarse a otro ser humano (…) Siempre fueron menester grandes precauciones para acercarse a esa fiera con veleidades de arcángel que suele ser el hombre. Por eso corre a lo largo de toda la historia la evolución de la técnica de la aproximación, cuya parte más notoria y visible es el saludo. Tal vez, con ciertas reservas, pudiera decirse que las formas del saludo son función de la densidad de población; por tanto, de la distancia normal a que están unos hombres de otros. En el Sahara cada tuareg posee un radio de soledad que alcanza bastantes millas. El saludo del tuareg comienza a cien yardas y dura tres cuartos de hora. En la China y el Japón, pueblos pululantes, donde los hombres viven, por decirlo así, unos encima de otros, nariz contra nariz, en compacto hormiguero, el saludo y el trato se han complicado en la más sutil y compleja técnica de cortesía (…) En esa proximidad superlativa todo es hiriente y peligroso: hasta los pronombres personales se convierten en impertinencias. Por eso el japonés ha llegado a excluirlos de su idioma, y en vez de «tú» dirá algo así como «la maravilla presente», y en lugar de «yo» hará una zalema y dirá: «la miseria que hay aquí»” (Ortega y Gasset[1]).



[1] Ortega y Gasset: “La rebelión de las masas”, O. C. Tº 4, Madrid, Alianza, pp. 302-303.


viernes, 2 de diciembre de 2022

LA SOLEDAD QUE DESEAMOS VERSUS LA SOLEDAD QUE TEMEMOS


A lo largo de la vida parece que inevitablemente uno va diferenciándose de los demás cada vez más, y aumentando la parte proporcional que vamos rindiendo a la soledad. Y sin embargo, la soledad es peligrosa. Cioran se preguntaba: “¿La soledad no es, sin embargo, un terreno propicio para la locura?”[1]. Y María Zambrano (una mujer “extraordinariamente encantadora”, según Cioran) reflexionaba así al respecto: “Solemos tener la imagen inmediata de nuestra persona como una fortaleza en cuyo interior estamos encerrados, nos sentimos ser un ‘sí mismo’ incomunicable, hermético, del que a veces querríamos escapar o abrir a alguien (…) A mayor intensidad de vida personal, mayor es el anhelo de abrirse y aun de vaciarse en algo; es lo que se llama amor, sea a una persona, sea a la patria, al arte, al pensamiento (…) La pérdida de esta conciencia de ser análogamente, de ser una unidad en un medio donde existen otras, comporta la locura”[2].Así que parece inevitable estar insertados en ese movimiento pendular entre la soledad y la compañía o la entrega, como dice Ortega: “Desde el fondo de radical soledad que es, sin remedio, nuestra vida, emergemos constantemente en ansia no menos radical de compañía y sociedad. Cada hombre quisiera ser los otros y que los otros fueran él”[3].



[1] E. M. Cioran: “En las cimas de la desesperación”, Barcelona, Tusquets, pág. 67

[2] María Zambrano: “Persona y democracia”, Madrid, Siruela, 1996, p. 26.

[3] Ortega y Gasset: “En torno a Galileo”. Obras Completas, Tomo 5, Alianza, Madrid, 1983, p. 62.

lunes, 28 de noviembre de 2022

CÓMO SABER CUÁNDO HAY QUE SER SOCIABLE según los estoicos

 

 “No están las cosas de los hombres en tan buen estado que agrade a los más lo que es mejor; antes es indicio de ser malo el aprobarlo la turba” (Séneca[1]).

“Me pides qué cosa hemos de evitar más: y te diré, la turba (…) Retírate en ti mismo cuanto sea posible; trátate con quienes puedan hacerte mejor, admite a aquellos a quienes puedas mejorar” (Séneca(2)).

“Es más valeroso no comer ni beber cuando la turba se embriaga y vomita; pero es más comedido no aislarse ni singularizarse, ni mezclarse con todos, sino realizar las mismas cosas, pero no de la misma manera, ya que es bien posible celebrar un día de fiesta sin desorden” (Séneca(3)).

“Una muchedumbre te alaba: ¿en qué puedes sentirte complacido si eres tal que esa muchedumbre te comprenda? Es en tu interior donde tienen que ser admiradas tus cualidades” (Séneca[4]).

 “Conviene mucho retirarnos en nosotros mismos, porque la conversación que se tiene con los que no son nuestros semejantes descompone lo bien compuesto (...) Pero también conviene mezclar y alternar la soledad y la comunicación, porque aquélla despertará en nosotros deseos de comunicar a los hombres, y estotro de comunicarnos a nosotros mismos, siendo la una el antídoto de la otra” (Séneca[5]).



[1] Séneca: “De la vida bienaventurada”, Cap. II, pág. 97, en María Zambrano: “Páginas escogidas de Séneca” “El pensamiento vivo de Séneca”.

[2] Séneca: “Cartas morales a Lucilio”, 2 vols., Barcelona, Orbis, 1984, Vol. I, p. 22.

[3] Séneca: “Cartas morales a Lucilio”, 2 vols., Barcelona, Orbis, 1984, Vol. I, p. 48.

[4] Séneca: “Cartas morales a Lucilio”,  2 volúmenes – Barcelona, Orbis, 1984. Tomo I, VIII, pág. 24

[5] Séneca: “De la tranquilidad del ánimo”, Cap. XV, pág. 76, en “Páginas escogidas de Séneca”, en María Zambrano: “El pensamiento vivo de Séneca”

sábado, 29 de octubre de 2022

LA NECESARIA SÍNTESIS ENTRE EL MUNDO INTERIOR Y EL EXTERIOR

 

La atención a la vida interior, el descubrimiento de una realidad personal e independiente de la realidad colectiva, es la gran aportación del cristianismo. Tanto la virtud como el pecado dejaban de ser referidos al mundo exterior y pasaban a residir dentro de uno mismo. Y así, Jesús afirmaba del pecado, por ejemplo: “Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira con malos deseos a una mujer ya ha cometido adulterio con ella en su corazón”[1]. También la virtud acontecía de puertas adentro: “No hagáis el bien para que os vean los hombres (…) Tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará”[2].

Pero ese descubrimiento de la vida interior discurrió hacia un punto de exacerbación que condujo al desentendimiento de la vida mundana. Y así, mientras el emperador Marco Aurelio (121-180), ateniéndose a los dictados del estoicismo, recomendaba “no referir la acción a ninguna otra cosa excepto al fin común”[3], San Pablo decía: “Nos hemos emancipado de la ley, somos como muertos respecto a la ley que nos tenía prisioneros, y podemos ya servir a Dios según la nueva vida del Espíritu y no según la vieja letra de la ley”[4]. Casi era de esperar que Marco Aurelio persiguiera a los cristianos, porque se habían convertido en un peligro para la supervivencia del Imperio. Correlativamente, en el cristianismo se sentaron la bases del utopismo: además de aquello de que “Mi reino no es de este mundo”[5], Jesús dijo también: “Os aseguro que si tuvierais una fe del tamaño de un grano de mostaza, diríais a este monte: ‘Trasládate allá’ y se trasladaría; nada os sería imposible”[6]. Y también: “Todo lo que pidáis con fe en la oración lo obtendréis”[7]. Y culminó ese peligroso utopismo cuando afirmó: “No os inquietéis diciendo: ‘¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué nos vestiremos?’ Esas son las cosas por las que se preocupan los paganos (…) Buscad ante todo el reino de Dios y lo que es propio de él, y Dios os dará lo demás”[8]; y es que, finalmente, “el espíritu es quien da la vida; la carne no sirve para nada”[9].

Occidente tuvo que hacer una síntesis entre el mundo interior resaltado por los cristianos y el mundo exterior atendido por los romanos, especialmente de la mano de los estoicos.



[1] Mateo, cap. 5, vers. 27 y 28.

[2] Mateo, Cap. 6, vers. 1, 3 y 4.

[3] Marco Aurelio: “Meditaciones”, Madrid, Alianza Editorial, 1985, Lº XII, & 20, pág. 153.

[4] San Pablo: Carta a los Romanos, cap. 7, vers. 6.

[5] Juan, cap. 18, vers. 36.

[6] Mateo, cap. 17, vers. 20.

[7] Mateo, cap. 21, vers. 22.

[8] Mateo, Cap. 6, vers. 31, 32 y 33.

[9] Juan, cap. 6, vers. 63.


jueves, 27 de octubre de 2022

EL CRISTIANISMO FUE EL DESCUBRIDOR DE LA VIDA INTERIOR

 

“Desde el cristianismo, el hombre, por ateo que sea, sabe, ve, no ya que la vida humana debe ser entrega de sí misma, vida como misión premeditada y destino interior –todo lo contrario que aguante de un externo destino–, sino que lo es, queramos o no” (Ortega y Gasset[1]).

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“El Cristianismo (…) es religión de la persona que existe en soledad” (María Zambrano[2]).

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“El Dios cristiano es trascendente, es deus exsuperantissimus. El cristianismo propone al hombre que entre en trato con ser tal. ¿Cómo es posible este trato? No sólo es imposible por medio o al través del mundo y las cosas intramundanas, sino que, al revés, todo lo de este mundo es, por lo pronto, estorbo e interposición para el trato con Dios (…) Para acercarse el alma a Dios (…) para salvarse va a hacer lo mismo que el escéptico con su duda metódica. Niega la realidad del mundo, de los demás seres, del Estado, de la sociedad, de su propio cuerpo. Y cuando ha suprimido todo esto es cuando empieza a sentirse verdaderamente vivir y ser. ¿Por qué? Precisamente porque el alma se ha quedado sola, sola con Dios. El cristianismo es el descubridor de la soledad como sustancia del alma” (Ortega y Gasset[3]).

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“No os acomodéis a los criterios de este mundo; al contrario, transformaos, renovad vuestro interior para que podáis descubrir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (San Pablo[4]).

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“Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto” (Evangelio de San Mateo[5]).

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PERO SI LA VIDA INTERIOR SE VUELVE EXCLUYENTE, LLEVA A LA RETIRADA Y DESDÉN DEL MUNDO

“Antes de que naciese el cristianismo y, sobre todo, antes de que lo hiciesen los cristianos, muchos hombres se retiraron del mundo a los desiertos, a la soledad” (Ortega y Gasset[6]).



[1] Ortega y Gasset: “En torno a Galileo”. Obras Completas, Tomo 5, Alianza, Madrid, 1983, pp. 154-155.

[2] María Zambrano: “Hacia un saber sobre el alma”, Madrid, Alianza, 1987, p. 130

[3] Ortega y Gasset: “¿Qué es filosofía?”, O. C. Tº 7, p. 385.

[4] San Pablo: Carta a los Romanos, cap. 12, vers. 2

[5] Evangelio de San Mateo, cap. 6, vers. 6.

[6] Ortega y Gasset: “En torno a Galileo”, O. C. Tº V, Madrid, Alianza, 1983, p. 107.

sábado, 6 de agosto de 2022

EN EL FONDO ÚLTIMO DE NUESTRO SER NOS ENCONTRAMOS SOLOS


 

     No atendemos lo que vemos, sino que vemos solo lo que atendemos. “No somos, pues, en última instancia, conocimiento, puesto que este depende de un sistema de preferencias que más profundo y anterior existe en nosotros (…) Cada raza y cada época y cada individuo ponen su modulación particular del preferir, y esto es lo que nos separa, nos diferencia y nos individualiza, lo que hace que sea imposible al individuo comunicar enteramente con otro. Solo coincidimos en lo más externo y trivial; conforme se trata de más finas materias, de las más nuestras, que más nos importan, la incomprensión crece, de suerte que las zonas más delicadas y más últimas de nuestro ser permanecen fatalmente herméticas para el prójimo. A veces, como la fiera prisionera, damos saltos en nuestra prisión —que es nuestro ser mismo, con ansia de evadirnos y transmigrar al alma amiga o al alma amada—; pero un destino, tal vez inquebrantable, nos lo impide. Las almas, como astros mudos, ruedan las unas sobre las otras, pero siempre las unas fuera de las otras condenadas a perpetua soledad radical. Al menos, poco puede estimarse a la persona que no ha descendido alguna vez a ese fondo último de sí misma, donde se encuentra irremediablemente sola” (Ortega y Gasset[1]).


[1] Ortega y Gasset: “Teoría de Andalucía y otros ensayos”, O. C. Tº 6, p. 152.

jueves, 5 de mayo de 2022

EL FILÓSOFO: UN HOMBRE DE VIDA RETIRADA

 

Rembrandt: "Filósofo en meditación"

     “El filósofo (…) tiene que retirarse de la opinión pública, tiene que retirarse del mundo, del mundo social que es, sobre todo y principalmente, un tejido de opiniones públicas (…) La cosa será lamentable, pero es así: opinión pública y filosofía se son mutuamente anacrónicas. La opinión pública está siempre retrasada, la filosófica es siempre prematura (…) (El filósofo), gracias a su serenidad, en medio de la turbulencia, prepara en su retiro el porvenir (…) Descartes estaba convencido de lo difícil e improbable que es que el hombre consiga pensar en la plenitud de este término, esto es, pensar lo que él llama ‘ideas claras y distintas’. Esto es la razón y es sobremanera infrecuente que el hombre logre ejercitarla. Todo el resto de su ser contribuye a empañar la mental retina donde se produce esa casi milagrosa química de pensar lo evidente… Todo apasionamiento enturbia la mente y para esclarecerlo escribió Descartes el ‘Tratado de las pasiones’. El reposo es el desapasionamiento metódico”[Ortega y Gasset(1)].

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     «En toda cima hay calma», decía Goethe[2].


[1] Ortega y Gasset: “Sobre la razón histórica”, O. C. Tº 12, Madrid, Alianza, 1983, p. 162.

[2] Ortega y Gasset: “Bronca en la física”, O. C. Tº 5, p. 271.


sábado, 30 de abril de 2022

HAY RETIRADAS DEL MUNDO QUE LLEVAN A LA SERENIDAD

     “La serenidad es el atributo primario del hombre (…) Cuando el hombre la pierde decimos que está «fuera de sí». Y entonces rebrota en él el animal. Porque «estar fuera de sí», esclavo de la inquietud de su contorno, en perpetuo azoramiento y nerviosismo, es la característica del animal. Conseguir liberarse de ese servilismo, dejar de ser un autómata que el contorno moviliza mecánicamente, desprenderse del alrededor y meterse en sí mismo, ensimismarse, es el privilegio y el honor de nuestra especie”[Ortega y Gasset(1)].

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Y HAY RETIRADAS QUE CONDUCEN AL DESASOSIEGO

Gustave Courbet: “El desesperado”


     
     “Los esquizofrénicos más avanzados que ya no tienen relación alguna con el ambiente, viven en un mundo que es solo suyo (…) Llamamos autismo a esa desvinculación de la realidad, acompañada de un predominio relativo o absoluto de la vida interior”[Eugen Bleuler, psiquiatra(2)] 

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     “Agotados los modos de expresión, el arte se orienta hacia el sin sentido, hacia un universo privado e incomunicable. Todo estremecimiento inteligible tanto en pintura como en música o en poesía, nos parece, con razón anticuado o vulgar. El público desaparecerá pronto: el arte lo seguirá de cerca. Una civilización que comenzó con las catedrales tenía que acabar en el hermetismo de la esquizofrenia” (Emil M. Cioran[3]).



[1] Ortega y Gasset: “Bronca en la física”, O. C. Tº 5, p. 271.

[2] Cit. en Eugène Minkowski: “La esquizofrenia”, Buenos Aires, Paidós, 1980, p. 96.

[3] Emil Michel Cioran: “Silogismos de la amargura”, Barcelona, Tusquets, 1997, pp. 15-16


lunes, 14 de febrero de 2022

LA SOLEDAD COMO REFUGIO

 


    “Siempre conviene tener una estancia, secreta y propia, en la que establezcamos nuestra verdadera soledad y nuestra principal soledad y retiro. Allí es donde debemos ordinariamente platicar con nosotros mismos, haciendo ese lugar tan privado que ningún conocimiento ni amistad extraña penetre” (Michel de Montaigne[1]).

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     “El sabio puede vivir contento, e incluso solo, aun si está en la turbamulta de un palacio; mas si ha de elegir huirá, como la doctrina aconseja, hasta de ver palacio alguno” (Michel de Montaigne[2]).

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     “Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable” (María Zambrano[3]).

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   “Escribir es una forma de terapia; a veces me pregunto cómo se las arreglan las personas que no escriben, que no pintan o no componen para huir de la locura, la melancolía y el terrible pánico inherente a la condición humana” (Graham Greene[4]).



[1] Michel de Montaigne: “Ensayos”, 3 Ts., Barcelona, Orbis, 1984, Tº 1º, Cap. XXXVIII, “De la soledad”, p. 180.

[3] María Zambrano: “Hacia un saber sobre el alma”, Barcelona, Planeta De Agostini, 2011, p 31.


jueves, 27 de enero de 2022

CUANDO NO HAY ALEGRÍA

 

Edvard Munch: "Melancolía"

    “Cuando no hay alegría, el alma se retira a un rincón de nuestro cuerpo y hace de él su cubil. De cuando en cuando da un aullido lastimero o enseña los dientes a las cosas que pasan. Y todas las cosas nos parece que hacen camino rendidas bajo el fardo de su destino y que ninguna tiene vigor bastante para danzar con él sobre los hombros. La vida nos ofrece un panorama de universal esclavitud. Ni el árbol trémulo, ni la sierra que incorpora vacilante su pesadumbre, ni el viejo monumento que perpetúa en vano su exigencia de ser admirado, ni el hombre que, ande por donde ande, lleva siempre el semblante de estar subiendo una cuesta —nada, nadie manifiesta mayor vitalidad que la estrictamente necesaria para alimentar su dolor y sostener en pie su desesperación.

    Y, además, cuando no hay alegría, creemos hacer un atroz descubrimiento. Muy especialmente si la falta de alegría proviene de un dolor físico percibimos con extraña evidencia la línea negra que limita cada ser y lo encierra dentro de sí, sin ventanas hacia fuera, como Leibniz decía, pero sin el infinito que este hombre contento metía dentro de cada uno. Este es el descubrimiento que hacemos por medio del dolor como por medio de un microscopio: la soledad de cada cosa.[Ortega y Gasset (1)].



[1] Ortega y Gasset: “Confesiones de El Espectador”, en “El Espectador”, Vol. 1, O. C. Tº 2, p. 32.


lunes, 15 de noviembre de 2021

EL MIEDO A QUEDARNOS SOLOS

 

“El tren”- Nigel Van Wieck

    “Desde el fondo de radical soledad que es, sin remedio, nuestra vida, emergemos constantemente en ansia no menos radical de compañía y sociedad. Cada hombre quisiera ser los otros y que los otros fueran él” (Ortega y Gasset[1]).

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     “Vida es soledad, radical soledad. Y, sin embargo, o por lo mismo, hay en la vida un afán indecible de compañía, de sociedad, de convivencia. Por ejemplo, para hablar de lo más claro, nos es connatural en el orden del pensamiento el deseo de coincidir con las opiniones de los demás” (Ortega y Gasset[2]).

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   “Nada provoca tanto pánico en los primitivos como lo extraordinario, tras lo que captan inmediatamente el peligro hostil. Esta reacción originaria sobrevive asimismo en nosotros: ¡con qué facilidad nos ofendemos si no se comparte nuestra convicción! (…) Experimentamos incluso un miedo abominable ante la idea de quedarnos solos frente a nuestra convicción” (Carl Gustav Jung[3]).

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“Cada distancia que el hombre conquista con respecto al resto del universo, le crea una soledad que al principio le da terror y remordimiento” (María Zambrano[4]).



[1] Ortega y Gasset: “En torno a Galileo”. Obras Completas, Tomo 5, Alianza, Madrid, 1983, p. 62.

[2] Ortega y Gasset: “En torno a Galileo”. Obras Completas, Tomo 5, Alianza, Madrid, 1983, p. 61

[3]  Carl Gustav Jung: “Los complejos y el inconsciente”, Madrid, Alianza, 1970, p. 47.  

[4] María Zambrano: “Hacia un saber sobre el alma”, Madrid, Alianza, 1987, p. 28.


lunes, 9 de agosto de 2021

LA SOLEDAD COMO AUTOEXCLUSIÓN

 

Monje sentado leyendo- Jean-Baptiste Camille Corot  (1796–1875)

  “¡Huye a tu soledad! Has vivido demasiado cerca de los pequeños y mezquinos. ¡Huye de su venganza invisible! (…) ¡Deja de levantar tu brazo contra ellos! Son innumerables y no es tu destino el ser espantamoscas” (Friedrich Nietzsche (1)) .

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“Me pides qué cosa hemos de evitar más, y te diré: la turba” (Séneca[2]).

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    “El mayor poder es el don de seguir el Camino en soledad” (Lao Tsé[3]).

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“Yo me daría por satisfecho con que realizases todos tus actos como si alguien, cualquiera, te estuviese contemplando, porque es la soledad la que nos sugiere todas las maldades. Cuando hayas avanzado ya lo bastante para que puedas sentir respeto por ti mismo, sólo entonces te será permitido prescindir del instructor” (Séneca[4]).

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    “La soledad de uno es la huida propia del enfermo; la soledad de otro, la huida ante los enfermos” (Friedrich Nietzsche[5]).

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[1] Friedrich Nietzsche: “Así habló Zaratustra”, Madrid, Alianza, 1981, P. 87

[2] Séneca: “Cartas morales a Lucilio”, 2 vols., Barcelona, Orbis, 1984, Vol. I, p. 22.

[3] Lao Tsé: “Tao te king”, Barcelona, Olañeta, 2005, p 38

[4] Séneca: “Cartas morales a Lucilio”, 2 vols., Barcelona, Orbis, 1984, Vol. I, p. 68.

[5] Friedrich Nietzsche: “Así habló Zaratustra”, Madrid, Alianza, 1981, p. 247.


viernes, 25 de junio de 2021

LA EPIDEMIA DE SOLEDAD QUE SUFRE EL MUNDO ACTUAL

 

"Automat"-Edward Hopper


   “No contento con producir el aislamiento, el sistema engendra su deseo, deseo imposible que, una vez conseguido, resulta intolerable: cada uno exige estar solo, cada vez más solo y simultáneamente no se soporta a sí mismo, cara a cara. Aquí el desierto ya no tiene ni principio ni fin” (Gilles Lipovetsky[1])

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   “Hombres y mujeres siguen aspirando a la intensidad emocional de las relaciones privilegiadas (quizá nunca hubo una tal «demanda» afectiva como en esos tiempos de deserción generalizada), pero (…) cuanto más la ciudad desarrolla posibilidades de encuentro, más solos se sienten los individuos (…) más rara es la posibilidad de encontrar una relación intensa. En todas partes encontramos la soledad, el vacío, la dificultad de sentir, de ser transportado fuera de sí; de ahí la huida hacia adelante en las «experiencias» que no hace más que traducir esa búsqueda de una «experiencia» emocional fuerte. ¿Por qué no puedo yo amar y vibrar? Desolación de Narciso, demasiado bien programado en absorción en sí mismo para que pueda afectarle el Otro, para salir de sí mismo, y sin embargo insuficientemente programado ya que todavía desea una relación afectiva” (Gilles Lipovetsky[2]).

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   “«No exactamente una idea, sino una especie de iluminación... Si eso es; vete, Bruno. Déjame sola.» ‘La mujer zurda’, la novela de P. Handke cuenta la historia de una chica que sin ninguna razón, sin objetivo, le pide a su marido que la deje sola con su hijo de ocho años. Exigencia ininteligible de soledad que no debe ni mucho menos achacarse a una voluntad de independencia o de liberación feminista. Todos los personajes se sienten igualmente solos, la novela no puede reducirse a un drama personal; por lo demás, ¿qué cuadrícula psicológica o psicoanalítica podría explicitar lo que precisamente se presenta como algo que escapa al sentido? (…) la soledad se ha convertido en un hecho, una banalidad al igual que los gestos cotidianos (…) Después de la deserción social de los valores e instituciones, la relación con el Otro es la que sucumbe, según la misma lógica, al proceso de desencanto. El Yo ya no vive en un infierno poblado de otros egos rivales o despreciados; lo relacional se borra sin gritos, sin razón, en un desierto de autonomía y de neutralidad asfixiantes. La libertad, como la guerra, ha propagado el desierto, la extrañeza absoluta ante el otro. «Déjame sola», deseo y dolor de estar solo. Así llegamos al final del desierto; previamente atomizado y separado, cada uno se hace agente activo del desierto, lo extiende y lo surca, incapaz de «vivir» el Otro” (Gilles Lipovetsky[3]).



[1] Giles Lipovetsky: “La era del vacío”, Barcelona, Anagrama, 2002, p. 48.

[2] Gilles Lipovetsky: “La era del vacío”, Barcelona, Anagrama, 2002, pp. 77-78.

[3] Giles Lipovetsky: “La era del vacío”, Barcelona, Anagrama, 2002, pp. 47-48.


martes, 25 de mayo de 2021

EL AISLAMIENTO COMO HERALDO DE LA LOCURA

 

“Desnudo femenino de rodillas”-Edward Munch

   “¿La soledad no es, sin embargo, un terreno propicio para la locura?” (Cioran)[1].

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     Cuenta Minkowski lo que le decía uno de sus pacientes que padecía esquizofrenia: “Para mí mi enfermedad reside en el hecho de que soy incapaz de establecer un contacto duradero, permanente, normal, con el mundo exterior. Estoy al costado de la vida. Lo que me rodea no llega a penetrarme, a tocarme”(2).

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     Minkowski cita también a Eugen Bleuler, un pionero entre los psiquiatras: “Los esquizofrénicos más avanzados que ya no tienen relación alguna con el ambiente, viven en un mundo que es solo suyo (…) Llamamos autismo a esa desvinculación de la realidad, acompañada de un predominio relativo o absoluto de la vida interior”[3].

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 Mary MacLane, una escritora esquizofrénica, describe en un libro suyo, “Memorias de la introversión”, esa escisión que estaba sufriendo desde su niñez entre el mundo externo y su mundo interior: “Lo menos importante en mi vida es lo tangible –dice, refiriéndose, claro está, a lo que atañe al mundo externo–. Lo único que tiene una real importancia son las cosas que ocurren dentro de mí. Si hago algo cruel y no siento crueldad en mi Alma, no importa. Si siento crueldad en mi Alma, aunque no haga nada cruel, me siento culpable de una especie de carnicería y mis manos espirituales están manchadas de sangre. Las aventuras de mi espíritu son más reales que las cosas exteriores que me ocurren”[4].

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    La esquizoidia es una estructura caracterial que, sin llegar a ser esquizofrenia, participa en algún grado de los rasgos de carácter que, exacerbados, llegarían a identificarse con ella. Minkowski describe así al esquizoide: “El esquizoide (…) en cada circunstancia lleva la antítesis ‘yo y el mundo’ hasta sus límites extremos (…) vive, por ese hecho, en una atmósfera de conflicto constante con el ambiente (…) El esquizoide casi siempre es insociable (…) Se repliega sobre sí mismo, prefiriendo su mundo interior, su ensueño, a una actividad exterior”[5].

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    “No es posible vivir indefinidamente en estado de salud mental si uno trata de ser un hombre desconectado de todos los demás y desacoplado inclusive de gran parte del propio ser” (Ronald D. Laing, psiquiatra[6]).

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  En sentido contrario, dice Ortega: “Naturalmente y en plena salud, la atención iría siempre hacia lo de fuera, hacia el contorno vital más allá del organismo”[7].



[1] E. M. Cioran: “En las cimas de la desesperación”, Barcelona, Tusquets, pág. 67

[2] Eugène Minkowski: “La esquizofrenia”, Buenos Aires, Paidós, 1980, p. 131.

[3] Cit. en Eugène Minkowski: “La esquizofrenia”, Buenos Aires, Paidós, 1980, p. 96.

[4] Citado en Louis A. Sass: “Locura y Modernismo”, Madrid, Dykinson, 2014, p. 137.

[5] Eugène Minkowski: “La esquizofrenia”, Buenos Aires, Paidós, 1980, p. 28.

[6] Ronald D. Laing: “El yo dividido”, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1975, p. 135.

[7] José Ortega y Gasset: “El Espectador”, Tº V, O. C. Tº 2, Madrid, Alianza, 1983, p. 458