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jueves, 23 de enero de 2020

Inteligencia animal e inteligencia humana-MIS LECTURAS DE ORTEGA Y GASSET

     Los psicólogos de la gestalt dicen que buena parte del aprendizaje humano se produce por insight, es decir, por la comprensión repentina de algo. Esto significa que el paso de la ignorancia al conocimiento ocurre con rapidez, “de repente”, una vez que se descubre una estructura que une de una manera inédita y efectiva los elementos presentes. Wolfgang Köhler (1887-1967), el principal representante de la psicología Gestalt, demostró que esa forma de aprendizaje, ese insight, era algo que algunos animales, concretamente los monos con los que experimentó, también llegaban a realizar. Comprobó cómo esos monos eran capaces de organizar los elementos presentes en una concreta situación para conseguir un objetivo: se subían, por ejemplo, a un cajón, incluso a dos que amontonaban, que hasta entonces formaban parte del escenario como algo ajeno a la situación, para alcanzar plátanos que estaban demasiado altos; o utilizaban un palo, incluso enganchaban dos cañas, dentro de su jaula, para con su ayuda alcanzar otros plátanos a los que no llegaban con la mano. “El animal parece haber entendido el nexo ideal que se establece entre un objeto y una finalidad, merced al cual el objeto se convierte en medio para otra cosa” (1). No hay motivo para no considerar eso como conducta inteligente: “La inteligencia es, pues, la percatación de relaciones entre las cosas; es ver a éstas como miembros de una estructura, en la cual cada una tiene su papel, su “sentido”. Un ser que al cambiar la situación o estructura perciba el cambio de papel, de “sentido” de las cosas integrantes, a pesar de que visualmente siguen siendo las mismas, es un ser inteligente” (2). Fracasado el intento natural de alcanzar el plátano con la mano, y antes de dar con la solución, se quedaban los chimpancés de Köhler quietos, como si hubieran desistido, hasta que reestructuraban mentalmente los objetos presentes y, de repente, utilizaban el instrumento. Un animal “ha creado un instrumento. Ya no puede definirse al hombre como homo faber” (3).
Los chimpancés Grande y Sultán en la Casa Amarilla (Tenerife), donde se realizaron, a principios del siglo XX, las primeras investigaciones relacionadas con la conducta humana a partir de la observación y el estudio de primates
    
     Efectivamente, los hombres, cuando ejercitamos nuestra inteligencia, hacemos lo mismo que aquellos monos, estructurar los elementos presentes en cada situación, hasta entonces aislados e inconexos, pero con una diferencia: incluimos en esa recomposición de los elementos otros que no están presentes, elementos que nos aporta la memoria y, de su mano, la imaginación. La primera imagen de algo ausente fue, por tanto, un recuerdo. El primer recuerdo, hay que pensar que por la fuerza emocional que le acompañaba, fue la imagen de alguien querido pero ausente. Si fuera así, el momento en que empezamos a hacer ritos funerarios señaló también aquel en el que apareció la imaginación, es decir, el género humano. “El sepulcro es tal vez el primogénito de la cultura. “A la piedra —dice Bachofen— que indica el lugar del enterramiento está adherido el culto más antiguo; a la construcción sepulcral, el más antiguo edificio religioso; al adorno de la tumba, el origen del arte y la ornamentación”” (4). Podríamos diferenciar la fantasía de la imaginación, reservando solo para esta última la capacidad de ordenar los elementos presentes, recordados o vislumbrados en una estructura que permite una nueva adecuación a la realidad. El psicoanálisis de Freud también utiliza el concepto de insight para referirse al momento en el que un paciente acaba por descubrir una relación entre componentes de su personalidad que hasta ese momento permanecía ignorada y que le permite un paso adelante significativo en su proceso psicoterapéutico.
     Los productos de la imaginación se decantan finalmente, en su forma más acabada, como conceptos o ideas. La razón trabaja con esos conceptos. Un concepto es una generalización, analogía o relación entre partes a raíz de observaciones en las que se descubre un patrón común. Lo peculiar en el hombre, como decimos, es que realiza esas generalizaciones, analogías o relaciones no solo a partir de lo que ve en el momento, sino también de imágenes que extrae de su memoria. Jung añadiría que esa conceptualización puede provenir de una cierta propensión a incluir lo que observamos o experimentamos en un patrón que, efectivamente, guarda nuestra mente, pero esta vez en esa parte de ella que constituye el inconsciente colectivo, y que precede a cualquier observación. De todas formas, esa implicación del inconsciente colectivo en la conformación de patrones sería asimilable a la memoria, por el mismo motivo por el que Platón decía que guardamos en la mente la memoria de las ideas o arquetipos de los que tuvimos experiencia antes de nacer.
     En contraste con estos humanos modos de discurrir, “es probable que las ideas del animal no sean estables y posean un carácter de ideas-relámpagos, de “ocurrencias” que no se solidifican en su mente y por esto no llegan a ser “ideas generales”. Pero este defecto de su inteligencia se debe más bien a insuficiencia de otra facultad que no es el pensamiento: a falta de memoria” (5) (valdría decir también que a falta de nostalgia, de duelo por la pérdida... de religiosidad, según lo dicho antes). Ideas de los animales que podríamos considerar magníficas, como las que mostró Köhler en sus experimentos con monos, no las saben conservar, no les sirven para la vez siguiente, porque se dedican a vivir apegados al momento.
     Resulta curioso, por paradójico, el hecho de que el valor decisivo de la memoria en los hombres no se lo otorga tanto el pasado como el futuro. “La memoria no es sino un culatazo que da la esperanza” (6). Y es que “la vida, lo mismo en el animal que en el hombre, es una faena que se hace hacia adelante. Es afrontar la situación que en cada nuevo momento sobreviene” (7). Vivimos de cara a ese futuro más inmediato o más lejano que viene hacia nosotros planteándonos problemas. Y ante esos problemas reaccionamos interpretando lo que pasa, confrontando cada nueva circunstancia con las pasadas que conservamos en la memoria, en suma, contraponiendo ideas, conceptos, a los problemas que se nos presentan. “De este confrontamiento surge un esquema o figura ideal de la nueva situación en vista de la cual el ser viviente resuelve una actitud. Hay, pues, una construcción imaginativa del inmediato porvenir, de lo que va a pasar, de lo que va a ser el contorno en relación con el sujeto. Parecerá extraño, pero es la pura y simplicísima verdad: vivir es una obra de imaginación” (8). Esa imaginación se construye articulando el material que nos entrega la memoria con las percepciones o imágenes presentes, y con el objeto de afrontar los problemas que de cara al futuro se nos presentan. El animal tiene poca imaginación porque tampoco tiene mucha memoria, añade muy poco a los hechos estrictos que ocurren ante él, y solo se preocupa de lo que inmediatamente le pasa. El hombre, por el contrario, anticipa para cada paso que da todo lo que habrá de venir después, hasta llegar a preguntarse finalmente por el sentido de su vida. “El hombre es el único viviente que para vivir necesita darse razones de existir” (9). Necesita justificar su existencia, no simplemente existir. Y, en fin, el pasado viene a ser el instrumento que utilizamos para preparar el futuro, un futuro, un plan de vida con el que podamos justificarnos.



[1] O y G: “La inteligencia de los chimpancés”, O. C. Tº 3, p. 577.
[2] O y G: “La inteligencia de los chimpancés”, O. C. Tº 3, pp. 578-79.
[3] O y G: “La inteligencia de los chimpancés”, O. C. Tº 3, p. 578.
[4] O y G: “Oknos el soguero”, O. O. Tº 3, p. 596.
[5] O y G: “Los “nuevos” Estados Unidos”, O. C. Tº 4, p. 358.
[6] O y G: “Goethe desde dentro”, O. C. Tº 4, p. 386.
[7] O y G: “Los “nuevos” Estados Unidos”, O. C. Tº 4, p. 358.
[8] O y G: “Los “nuevos” Estados Unidos”, O. C. Tº 4, p. 358.
[9] O y G: “Los “nuevos” Estados Unidos”, O. C. Tº 4, p. 359.

lunes, 13 de enero de 2020

La vida como emigración-MIS LECTURAS DE ORTEGA Y GASSET

     Es algo misterioso y fascinante observar el instinto migratorio de tantos animales, las aves, los salmones, los ñúes del Serengueti… No es fácil encontrar una explicación para ello: algunos animales aparentemente responden a un sentido utilitario y van en busca de nuevas fuentes de alimentación cuando en el lugar en el que están empieza a escasear. Pero no parece esa una explicación suficiente en el caso, por ejemplo, del chorlito dorado, un ave que llega a la llanura de la Pampa para pasar allí el verano austral, y al llegar el otoño regresa a su zona de reproducción y cría en la tundra ártica, de modo que recorre en su migración 24.000 km entre ida y vuelta. O los salmones, que buscan las fuentes del río de las que una vez partieron para, después de regresar a sus orígenes, repetir vicariamente, a través de las crías que allí depositan, el nuevo exilio que les llevará al mar. ¿Y qué decir de la mariposa de la especie almirante rojo o Vanessa atalanta? Ninguno de sus individuos completa la migración entera. Estas mariposas se reproducen por el camino y solo sucesivas generaciones son las que completan las etapas del viaje.

Mariposa Vanessa atalanta: solo sus hijos verán la Tierra Prometida

     Cuando no conocemos los motivos de un comportamiento animal nos queda el recurso de atribuirlo a algún oscuro instinto. Pero rebosan por los bordes de esta explicación, además de lo que se deduce de los anteriores ejemplos, las penurias que algunos animales atraviesan para llegar a destinos que no encajan con ninguna utilidad, o ese afán de trashumar que, cuenta Ortega, provoca un desasosiego superlativo en el ave que, en vísperas de que, a una señal desconocida, empiece la migración, se encuentra prisionera en una jaula. “Le pasa algo grave y no sabe lo que le pasa, como si fuese un hombre”. Algo así, se nos ocurre pensar, como si a un judío le hubiese mantenido el faraón prisionero la víspera de que Moisés comenzase con su pueblo la travesía hacia la Tierra Prometida. En fin, que “por debajo de todas las explicaciones mecánicas o de utilitarismo superficial opera, sin duda posible, en el uso migratorio, algo profundamente radicado en el organismo del ave, algo, en efecto, “instintivo”. La mayor prueba de ello es que cuando este afán de viaje comienza a actuar, ceden todos los demás instintos; el gavilán perdona al pájaro menor, su víctima habitual. Hambre, miedo, fatiga, callan sus imperativos”.
     Es decir, que hablamos de un “instinto” de suma fortaleza, a la altura de los más poderosos de entre los que rigen la vida animal… y habría que considerar que, quizás escondido, camuflado o a veces disimulado, también la vida humana. Porque podríamos acoplar aquí la idea que se deduce de esto que también piensa Ortega: “El hombre es, donde quiera, un extranjero”. A la cual podríamos asimismo añadir esta otra que Kierkegaard dio forma cuando hablaba de otra emigración, la que a Abraham le debía llevar al país que, aunque lo desconocía, había de recibir en patrimonio, y a propósito de lo cual decía el filósofo: “Por la fe dejó el país de sus antepasados y fue extranjero en tierra prometida. Abandonó una cosa, su razón terrestre, y tomó otra, la fe. De lo contrario, pensando en lo absurdo de su viaje, no habría partido”. Podría ser, deducimos de la conjunción de estos hilos argumentales, que, al nacer, iniciáramos el periplo propio de alguien que se siente desterrado, y la inquietud asociada a tal sentimiento nos obligara, transidos de fe, a convertir la vida en una búsqueda del lugar en el que quisiéramos recalar definitivamente, el que sentimos como la “Tierra Prometida”. En tal caso, peregrinar, por ejemplo, a Santiago de Compostela no sería sino una forma de plasmar en el mundo real ese instinto migratorio que nos hace ir en busca de algo que está al final de todas las búsquedas, en el “finis terrae”, el “non plus ultra” que aquellas tierras galaicas significaban para los antiguos peregrinos. Pero la tierra, el mundo material se nos queda pequeño a la hora de dar expresión a esa búsqueda de lo que nunca, ni siquiera el peregrino que llega a la Costa de la Muerte, al límite de toda búsqueda posible, acabaremos de encontrar. La Tierra Prometida siempre está más allá de donde conseguimos llegar.



La del chorlito dorado, la de los salmones y la del peregrino compostelano: tres maneras de emigrar hacia lo que nos falta

     ¿Y dónde radica ese impulso migratorio que nunca llegamos a satisfacer del todo, que tanto a la mariposa Vanessa atalanta como al ser humano nos hace perseguir lo que nunca alcanzaremos en vida? ¿Servirá como explicación que simplemente se trata de un comportamiento prefijado en los genes? ¡Con qué explicaciones tan pacatas se conforma el espíritu de esta época descreída! Lo que ocurre en el mundo material no es en realidad sino el cauce restrictivo que encuentra el espíritu para que por él discurra un impulso, una intención, que trasciende de cualquier logro material, cualquier meta alcanzada. Lo que la vida busca –y en esa búsqueda consiste la vida– siempre está más allá.
      Y al constatar que ningún lugar del mundo reúne las características propias de eso que buscamos, recurrentemente tratamos de regresar al lugar de partida, que, en definitiva, sería aquel que trataríamos de repetir en el punto de llegada. Algo así, en definitiva, como el eterno retorno que tantas culturas han trasladado a sus mitos. El Paraíso inalcanzable sería el Paraíso perdido, al que a lo largo de la vida nunca logramos acceder. Finalmente, tras sucesivos y frustrados intentos, no tendríamos más remedio que morir, que sumergirnos en el mar que linda con la Costa de la Muerte, porque, como decía Mircea Eliade: “Vivir no es más que separarse de las entrañas de la tierra, y la muerte se reduce a una vuelta ‘a casa’ ”. Cioran lo ratifica: “se muere para no extraviarse”.

martes, 2 de enero de 2018

Nuestro doble nos guía (incluso en el trance de la muerte)

     Resumen: apasionante y perturbador este etéreo ramal de las indagaciones en las que un servidor está involucrado, tratando de hacerlo coexistir con otros más terrenales. Han venido a confluir en este artículo las teorías de Jean-Pierre Garnier Malet sobre el yo cuántico, las de Carl Gustav Jung sobre el inconsciente, las insólitas experiencias que montañeros, náufragos y exploradores han tenido en situaciones críticas, coincidentes en alguna medida con las de Santa Teresa de Jesús, Emanuel Swedenborg o aquellos que Raymond Moody investigó a propósito de lo que experimentaron en la cercanía de la muerte. Platón, San Pablo, William James y el Libro Tibetano de los Muertos se apuntan también a este (un poco largo) periplo intelectual… en el que sospecho que no encontraré muchos “acompañantes” (misteriosos o no).
      Uno de los grandes descubrimientos de nuestra época es el de que el tiempo y el espacio son relativos. Apoyados en Jean-Pierre Garnier, físico francés nacido en 1940, doctor en mecánica de los fluidos, podríamos decir eso de otra manera: junto al tiempo y el espacio en los que se desarrolla nuestra vida consciente coexiste otra dimensión supratemporal y supraespacial que a veces, cuando se dan determinadas condiciones, se cuela dentro de los márgenes de nuestra vida consciente. Esa constatación ha acabado por desembocar en la teoría de que la materia es dual: corpuscular y energética; lo corpuscular, dice Garnier, pertenecería a nuestro mundo físico habitual y lo energético apuntaría hacia esa otra realidad, que coexiste con la primera, pero que trasciende el tiempo y el espacio.
     Jean-Pierre Garnier, dio a conocer en 1988 su Teoría del Desdoblamiento del Espacio y del Tiempo, según la cual todos tenemos un doble de nosotros mismos que “camina por delante” de nuestro yo físico en el tiempo y en el espacio, o mejor sería decir fuera del tiempo y del espacio, un “yo cuántico” imperceptible que, dicho en términos tridimensionales, se proyecta hacia el futuro anticipando las múltiples posibilidades a través de las cuales puede discurrir nuestro yo físico partiendo de un momento determinado, y que es capaz de situarse asimismo en cualquier punto del espacio. Ese otro yo que sabe de nosotros más que el yo que somos conscientemente se comunica con nosotros principalmente a través de los sueños, de algunas poderosas intuiciones, premoniciones y hasta visiones. Es como si el yo cuántico, desprovisto de las limitaciones del tiempo y del espacio, pudiera viajar al futuro hacia el que nos hemos puesto en marcha a partir de un momento y unas decisiones determinadas, y trasladarnos la información de en qué consiste ese futuro que ya hemos empezado a construir desde nuestro presente, con las decisiones y conjunto de variables que se han puesto en marcha desde ese presente. Ocurre algo similar a cuando el presente actualiza futuros potenciales que se crearon en el pasado. Y algo asimismo equivalente sucedería respecto de la posibilidad de trascender el espacio. En suma, ese “yo cuántico” somos nosotros mismos, pero observando las cosas desde otra dimensión supratemporal y supraespacial; un yo que no es perceptible en los términos o márgenes de nuestra conciencia, la que se desenvuelve en el ámbito tridimensional.
     Adquirirían sustento, con esta teoría de Garnier, las observaciones de Carl Gustav Jung, que daba credibilidad a la capacidad de nuestros sueños de evocar desde nuestro inconsciente posibilidades que el yo consciente no consigue vislumbrar, y también a las intuiciones y premoniciones de anticipar lo que habrá de suceder en un tiempo que aún no ha llegado. Jung pensaba que el sueño era la forma fundamental en que el inconsciente se comunicaba con la parte consciente del ser humano, enviando mensajes simbólicos. Pero el mismo Jung, además de tener él sueños de profundo significado simbólico, tenía también periódicamente visiones poderosas, incluso en estado de vigilia. En su libro autobiográfico “Recuerdos, sueños pensamientos”, Jung cuenta cómo entre 1913 y 1914 fue asaltado por terribles visiones de mares de sangre que inundaban Europa, en los que flotaban montañas de cadáveres. Llegó a pensar que se estaba volviendo loco, pero pudo finalmente concluir que eran visiones anticipatorias del estallido de la Primera Guerra Mundial. El siguiente es el extracto del libro en el que se refiere a estos sueños y visiones:
Ilustración de “El libro rojo de Jung” sobre sus visiones premonitorias
     “En octubre (de 1913), cuando me hallaba solo de viaje, me sobrecogió una alucinación: vi una espantosa inundación que cubría todos los países nórdicos y bajo el nivel del mar entre el mar del Norte y los Alpes. La inundación comprendía desde Inglaterra hasta Rusia y desde las costas del mar del Norte hasta casi tocar los Alpes. Cuando llegó a Suiza vi cómo las montañas crecían más y más, como para proteger a nuestro país. Tenía lugar una terrible catástrofe. Veía la enorme ola amarilla, los restos flotantes de la obra de la cultura y la muerte de incontables miles de personas. Entonces el mar se trocó en sangre. Esta alucinación duró aproximadamente una hora, me confundió y me hizo sentir mal. Me avergoncé de mi debilidad.
     “Pasaron dos semanas y la alucinación volvió a presentarse bajo las mismas circunstancias, sólo que la transformación en sangre era todavía más terrible. Oí una voz interna: ‘Míralo, es completamente real y así será; de esto no hay duda’.
     “En el invierno siguiente alguien me preguntó qué pensaba acerca de los futuros acontecimientos del mundo. Dije que no pensaba nada, pero veía torrentes de sangre. La alucinación no me dejaba tranquilo.
     “Me pregunté si las visiones aludían a una revolución, pero no podía acabar de creérmelo. Así pues, saqué la conclusión de que tenía algo que ver conmigo mismo y supuse que estaba amenazado por una psicosis. La idea de la guerra no se me ocurrió.
     “Poco después de esto, durante la primavera y a principios de verano de 1914, se repitió tres veces un sueño: que en pleno verano sobrevendría un frío ártico y dejaría al país completamente helado. Así veía helada, por ejemplo, toda la región lorenesa y sus canales. Todo el país estaba despoblado y los lagos y ríos se habían helado. Toda la vida vegetal estaba aletargada. Este sueño lo tuve en abril y mayo, y la última vez en junio de 1914.
     “En el tercer sueño sobrevenía nuevamente una terrible helada procedente de los espacios interestelares (…).
     “A fines de julio de 1914 fui invitado a ir a Aberdeen por la British Medical Association, donde, en un congreso, debía dar una conferencia sobre “La importancia del inconsciente en psicopatología”. Estaba convencido de que algo iba a suceder, pues tales sueños y visiones suelen ser premonitorios. En mi situación de entonces y con mis temores me pareció obra del destino el que tuviera que hablar precisamente entonces del significado del inconsciente.
     “El 1 de agosto estalló la guerra mundial.”
     En otro lugar de su autobiografía alude Jung también a este tipo de fenómenos y narra asimismo un caso que le ocurrió a él, aunque esta vez referido no a un suceso futuro, sino a uno desplazado en el espacio. Esto es lo que cuenta:
     “Lo inconsciente nos ofrece una posibilidad al transmitirnos algo o aportarnos datos significativos. Afortunadamente es capaz de comunicarnos cosas que nosotros no podemos saber por lógica alguna. ¡Piensen ustedes en los fenómenos sincrónicos, en los sueños premonitorios y en los presentimientos!
     “Una vez regresaba de Bollingen a casa. Era en la época de la segunda guerra mundial. Llevaba un libro conmigo, pero no podía leer, pues en el instante en que el tren se puso en movimiento se me presentó la imagen de una persona ahogándose. Era el recuerdo de una desgracia ocurrida durante el servicio militar. En todo el viaje no pude librarme de esta imagen. Esto me inquietó y pensé: ¿Qué ha sucedido? ¿Ha sucedido alguna desgracia?
      “En Erlenbach me apeé y fui hacia casa preocupado todavía por este recuerdo. En el jardín correteaban los niños de mi segunda hija. Vivía con su familia con nosotros, después de que, a causa de la guerra, tuvieron que regresar de París a Suiza. Todos me miraron con extrañeza y yo pregunté: “¿Qué ha pasado?” Me contaron que Adrián, entonces el hijo menor, había caído al agua en el embarcadero y como no sabía nadar, por poco se ahoga. El hermano mayor le había salvado. Esto tuvo lugar exactamente en el momento en que yo en el tren fui invadido por mis recuerdos. Así, pues, mi inconsciente me había dado una advertencia. ¿Por qué, pues, no puede también darme información sobre otras cosas?”.
    También Jung supo anticipar la llegada del nazismo en Alemania analizando los sueños de sus pacientes alemanes. No es que esté escrito el futuro, sino que, dadas unas determinadas variables del presente, el yo cuántico (eventualmente, los yoes cuánticos de una misma comunidad –el “inconsciente colectivo” de Jung–, en el caso de los fenómenos colectivos) puede vislumbrar lo que eso significa traducido a un tiempo futuro… lo cual puede ser cambiado si recomponemos las posibilidades puestas en marcha en el presente. También el presente quedaría constituido como plasmación de las potencialidades del pasado, y nuestro yo cuántico (el inconsciente de Jung) podría ir hacia atrás y reconstruir las causas de las que brota nuestro presente e informarnos sobre ello (a esta tarea se dedica en buena medida la psicoterapia). Asimismo, para nuestro yo cuántico no existen barreras espaciales: todo se produce para él en el mismo punto. Por eso Jung recibió el mensaje relativo a su nieto.
     En este contexto tiene cabida la experiencia que tuvo el mismo Jung referida a un “compañero espiritual” que inicialmente emergió en uno de sus sueños y después en fantasías, como parte de un método que él patentó y que denominó “imaginación activa”. Esta figura era un hombre anciano con las alas de un martín pescador y a veces con cuernos, al que Jung llamó Filemón. Frecuentemente sostenía conversaciones imaginarias con él mientras paseaba, y le consideró su “gurú interno”. Estupendo dibujante como era, Jung le pintó muchas veces, incluyéndolo entre las ilustraciones de su misterioso “Libro Rojo”, y llegó a colgar un retrato del mismo en Bollingen, la torre-vivienda que construyó junto al lago Zúrich, en Suiza. Una de las biógrafas de Jung, Barbara Hannah llegó incluso a afirmar que Filemón era “la figura más importante de toda la exploración de Jung”, su guía espiritual, un intermediario entre él y su inconsciente, que le proporcionó ayuda espiritual y psicológica en diversos momentos. Jung solía decir que Filemón y otras figuras de su fantasía le aportaron el conocimiento de que había cosas en su psique que él mismo no conocía ni producía, y que parecían tener vida propia, aunque fuera de esta realidad física. Filemón le decía cosas que él ni siquiera había pensado conscientemente, y que significaban un conocimiento superior.
Filemón, el compañero espiritual de Jung

     Así, pues, y volvemos a la teoría de Garnier, nuestro “doble” –y como tal podríamos entender la figura de Filemón respecto de Jung– recoge la impresión de cómo serán las cosas en el futuro o de cómo están siendo en otro lugar del espacio y, por aperturas imperceptibles, emite la información sobre ello a nuestro yo físico, nuestro yo consciente. El principal medio de comunicación entre ambos yoes se produce durante el sueño, en la fase REM, en la que se dramatizan y narran en lenguaje simbólico los mensajes emitidos por el yo cuántico (también, incluso, en el caso de Jung, por ejemplo, a través de premoniciones o visiones). Si somos capaces de descifrar esa información, de entender ese lenguaje simbólico, podremos recomponer aquel tiempo futuro apuntando desde el presente en la mejor dirección; algo equivalente vendría a ocurrir en cuanto a la dimensión espacial, aunque aquí el suceso ya sería irreparable. No es imprescindible que tengamos el recuerdo de nuestros sueños: nuestro cuerpo recibe las indicaciones y articula algunos modos de traducir el mensaje.
     A partir de aquí podemos dar enunciado a una fórmula en sí misma concluyente: el presente no es más que el futuro que yo había creado en el pasado; y el futuro se nos presenta ya hoy en forma de sueños (así se entendería mejor el habitual recurso de “consultar con la almohada”), intuiciones, premoniciones y visiones que, sin embargo, habría que saber distinguir de las distracciones que crea nuestro yo consciente, el que vive estrictamente en el momento presente, el cual puede elucubrar caprichosamente –o con las informaciones escasas que podemos elaborar con la conciencia– sobre las formas que adquirirá el futuro y vivirlas también como intuiciones y premoniciones, pero al margen de los auténticos mensajes de nuestro “yo cuántico”. Esos sueños, intuiciones y visiones estarían entonces al servicio de deseos o temores irredentos, y en el extremo vendrían a dar expresión a nuestras patologías; es en estos casos cuando se podría aplicar mejor el término alucinación a lo que en otro contexto hemos llamado visión.
     John Geiger, en su libro “El tercer hombre. Sobrevivir a lo imposible” (Ariel, 2009), muestra una amplia panoplia de casos de personas que han atravesado situaciones límite (montañeros, náufragos, exploradores…) que les han puesto al borde de la muerte y cómo, en tales circunstancias, han sentido la presencia, normalmente no accesible a los sentidos, de un acompañante protector que les ha ofrecido, además de compañía, información o consejos útiles y, en otras ocasiones, ha intercedido activamente para posibilitar que sobrevivieran; esa presencia desaparecía justo cuando la situación empezaba a arreglarse. Podríamos enlazar aquí, de alguna forma, esta presencia con la figura de Filemón, el guía espiritual de Jung, y con el yo cuántico de Garnier. Ese acompañante, cuando había una base previa de religiosidad en quien sentía aquello, ha sido a veces identificado con el “ángel de la guarda”, pero de las múltiples investigaciones en las que se han implicado diferentes científicos para dilucidar lo que ocurre en estas ocasiones a las que se refiere Geiger, parece que se tiende preferentemente a considerar que se trata de una proyección de una parte de sí mismo, la cual está dotada de una serie de atributos o capacidades de los que carece la persona física, y que pone al servicio de esta, hasta conseguir sacarla del apuro.

     El caso más prototípico, y seguramente el más conocido, de los narrados por Geiger es el que le aconteció a sir Ernest Shackleton, que dirigió una expedición de exploración a pie de la Antártida entre 1914 y 1916. Las penalidades sufridas por los veintiocho hombres de la expedición –que al final, todos ellos, sobrevivieron– fueron tales que varios de ellos pensaron en suicidarse, y Shackleton tuvo que obligarlos a mantenerse con vida. En el momento más crítico de la expedición, cuando él estaba atravesando unas cordilleras heladas junto a otros dos de sus compañeros, le asaltó la penetrante sensación de que alguien les acompañaba. Así se lo narró Shackleton a un amigo periodista: “Sé que durante esa larga y atroz marcha de treinta y seis horas a lo largo de aquellos glaciares y montañas desconocidas tuve la impresión de que no éramos tres sino cuatro”. Sus otros dos compañeros también tuvieron esa misma sensación. Shackleton tuvo la impresión real y vívida de que esa persona era de carne y hueso, y de que aquella presencia tenía un significado espiritual. En 1975, el alpinista Doug Scout, que junto a otro escalador realizó la primera escalada de la pared suroeste del Everest, describió esa experiencia del siguiente modo: “Es el síndrome del Tercer Hombre: el imaginar que hay alguien caminando junto a nosotros, una presencia reconfortante diciéndonos lo que debemos hacer a continuación, y esa presencia puede ser tan poderosa como una voz en el interior de nuestro pecho”.
     En junio de 1933, Frank Smythe y Eric Shipton estaban intentando alcanzar la cima del Everest, de 8.848 metros. A los 8.500 metros Shipton abandonó y quedó solo Smythe realizando el intento. Mientras a duras penas escalaba, según sus palabras, “era como si una parte de mí estuviera a un lado, mirándome, y la otra luchando para salir adelante”. En un momento en el que sentía que había llegado al límite de sus fuerzas, se detuvo a descansar. Y continúa: “Pensé que debía comer algo para mantener las fuerzas. Cuanto llevaba conmigo era un pedazo de pastel de menta Kendal. Lo saqué del bolsillo, lo partí con cuidado en dos mitades y me volví sosteniendo uno de los trozos para ofrecérselo a mi ‘compañero’ ”. “Durante todo el tiempo que escalé en solitario me embargó la intensa sensación de estar acompañado de una segunda persona. El sentimiento de estar acompañado era tan poderoso que colmó la soledad en la que, de otro modo, podría haber caído. Parecía incluso que me hallaba atado a mi ‘compañero’ por una cuerda, y que, si hubiera resbalado, él me habría sostenido. Recuerdo que estuve mirando con el rabillo del ojo constantemente”.
     Reinhold Messner, italiano, es considerado unánimemente el mejor escalador de la historia. Fue el primero en conquistar la cumbre del Everest en solitario y sin oxígeno suplementario, y también el primero en alcanzar las cimas de los catorce picos del mundo de más de 8.000 metros de altura. En 1970, a los veinticinco años, intentó escalar en solitario el Nanga Parbat, la novena montaña más alta del mundo, de 8.125 metros, en el Himalaya, en Pakistán. Su hermano Günther, de forma inesperada, se unió a él sobre la marcha. Ambos llegaron a la cima, pero Günther acabaría pagándolo con la vida. Reinhold describe lo que sucedió en un determinado momento, mientras descendían de la cumbre: “De repente, un tercer alpinista se encontraba cerca de mí. Descendía con nosotros, manteniendo una distancia regular unos pasos a mi derecha, lo que hacía que quedara fuera de mi campo de visión. No podía intentar ver esa figura y, al mismo tiempo, mantener la concentración, pero tenía la certeza de que allí había alguien. Podía sentir su presencia, sin necesidad de prueba alguna”. Más tarde intentó comprender el significado de aquello, preguntándose si el Tercer Hombre no sería en realidad él mismo, visto desde “una dimensión distinta de la existencia”.
     Alguna peculiaridad aporta otro caso, el de Williams Willis, un veterano marinero que en 1954 zarpó desde Perú en barca para demostrar la teoría de que los náufragos podían sobrevivir largos períodos a la deriva con un mínimo de material. Estuvo 115 días en su solitario y penoso periplo a través del océano Pacífico. Aquellas peculiaridades de su caso las recuperaremos cuando hablemos de las experiencias cercanas a la muerte recopiladas por Raymond Moody, y se refieren al hecho de que, en algunos momentos críticos Willis sintió como si su propio espíritu “se hubiera desplazado a alguna parte, mirando mi cuerpo desde arriba y observando cómo este se movía penosamente”. En el cuadragésimo quinto día de la travesía, cuando ya su fisiología funcionaba a un nivel muy básico, Willis asimismo anotó en su diario: “En mi subconsciente tuve la impresión de que alguien trabajaba en la cubierta, dirigiendo el bote. Tuve esa sensación con frecuencia (…) Mientras empezaba a recobrar el sentido, esa impresión se hizo más firme y me sentí liberado de toda responsabilidad”.
     Se refiere Geiger también a las investigaciones del neurólogo Macdonald Critchley sobre personas que han tenido esta clase de experiencias, entre las que incluye casos de místicos que podrían asimilar la suya a aquellas. Así habría ocurrido con Santa Teresa de Jesús, de la que cita sus palabras: “Estando… en oración, vi cabe mí o sentí, por mejor decir, que con los ojos del cuerpo o del alma no vi nada, mas me parecía estaba cabe mí Cristo… Me parecía andar siempre a mi lado Jesucristo, y como no era visión imaginaria, no veía en qué forma; mas estar siempre al lado derecho, lo sentía muy claro, y que era testigo de todo lo que yo hacía (…) Parece que es como una persona (a la que se) siente con los sentidos, o (se) la oye hablar, o menear, o (se) la toca (pero) acá no hay nada de esto”. Estados de privación sensorial, de castigos corporales o de prolongada soledad a los que se sometían monjes o místicos habitualmente en otros tiempos, parece que son desencadenantes de este tipo de experiencias. A veces, esos seres que acompañan se hacen visibles de manera alucinatoria.
     William James, en su libro más conocido, “Las variedades de la experiencia religiosa”, se refiere también a este fenómeno. Dice que a través de la experiencia religiosa se puede acceder a una realidad superior, a otra dimensión de la existencia que trasciende el mundo razonable y compresible. Y más en concreto, escribe James: “El desarrollo imperfecto de una alucinación es frecuente: la persona afectada sentirá una ‘presencia’ en la habitación, perfectamente localizada, dispuesta de un modo particular, real en el sentido más enfático de la palabra, una presencia que habitualmente aparece de forma tan repentina como luego desaparece; y, sin embargo, no ha sido vista, oída o percibida en ninguna de las formas ‘sensitivas’ habituales”.
     Desde la filosofía también nos llegan ideas que vienen a abundar en el presupuesto del que partíamos, aquel que nos llevó a distinguir entre un cuerpo físico y otro situado en una dimensión supraespacial y supratemporal. Así, según Platón, el alma viene a parar al cuerpo físico desde una esfera del ser más alta y más divina. Para él, no es la muerte sino el nacimiento lo que nos instala en el sueño y el olvido, pues el alma, al insertarse en un cuerpo al nacer, pasa de un estado de gran conciencia a otro mucho menos consciente, y olvida las verdades que sabía en su estado anterior y externo al cuerpo. Por tanto, es la muerte lo que lleva de nuevo a despertar y a recordar. Según Platón, el alma que ha sido separada del cuerpo en la muerte puede razonar y pensar con mayor claridad que antes y puede reconocer las cosas en su verdadera naturaleza. Nuestras almas no pueden ver la realidad auténtica hasta que no se hayan liberado de las distracciones e imprecisiones a que las someten los sentidos físicos.
     También de los ámbitos propios de la religión nos llegan ideas que vienen a confluir con el conjunto de las reflexiones que aquí estamos acumulando. Dice, por ejemplo, San Pablo en Corintios 15, versículos 35-47, refiriéndose al tipo de cuerpo que tendremos después de muertos: “Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? (…) Hay cuerpos celestiales y cuerpos terrestres (...) Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción; se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder; se siembra cuerpo natural, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo natural, y hay cuerpo espiritual (…) Pero lo espiritual no es primero, sino lo natural; luego, lo espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo.”. Y en otra ocasión narra Pablo ante el rey judío Agripa cómo se produjo su caída del caballo y consiguiente conversión, una experiencia que tiene interesantes concomitancias con aquellas ocurridas en situaciones límite de las que hemos hablado más arriba, en las que aparece una presencia que ayuda y da consejos. Dice San Pablo en Hechos de los Apóstoles 26, 13-16: “Al mediodía, ¡oh rey!, vi en el camino una luz venida del cielo, más brillante que el sol, que me rodeó a mí y a quienes viajaban conmigo. Y habiendo caído todos nosotros a tierra, escuché una voz que me hablaba y me decía en lengua hebrea: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón’. Yo le dije: ‘¿Quién eres tú, Señor?’ Él respondió: ‘Soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y ponte de pie, pues me he aparecido a ti para que seas ministro y testigo de las cosas que has visto y de las que te mostraré...".
     Otra interesante referencia nos la da el Libro Tibetano de los Muertos, que contiene una detallada explicación de los diferentes estadios que atraviesa el alma tras la muerte física. Lo primero que, se dice en él, hace la mente o alma de la persona muerta es abandonar el cuerpo. Pasa, sin embargo, a estar en otro “cuerpo”, que se llama en el libro “cuerpo brillante”, que no parece estar compuesto de sustancia material. Puede atravesar las piedras, paredes y montañas sin encontrar resistencia. Cuando desea ir a algún sitio, llega en un momento. Su pensamiento y percepción están asimismo menos limitados que cuando habitaba en el cuerpo físico; su mente es muy lúcida y sus sentidos parecen más perfectos. Si en la vida física había sido ciego, o mudo, o lisiado, el muerto se sorprende de que en su “cuerpo brillante” tiene todos los sentidos, y de que todas las facultades de su cuerpo físico se han restaurado e intensificado.
     Son conocidas, por otro lado, las visiones místicas que tuvo Emanuel Swedenborg, y que él mismo recogió en sus escritos.  Swedenborg, que vivió entre 1688 y 1772, nació en Estocolmo. Era famoso en su época e hizo contribuciones considerables en varios campos de las ciencias naturales. Sus escritos, orientados en un principio hacia la anatomía, fisiología y psicología, le aportaron un gran reconocimiento. Sin embargo, en un periodo más tardío de su vida sufrió una crisis religiosa y comenzó a hablar de experiencias según las cuales pretendía haber estado en comunicación con entidades espirituales del más allá. Esta es la razón de que muchos hayan pasado a considerar que Swedenborg se volvió loco y que de lo que hablaba era de simples alucinaciones… que, por lo demás, nos recuerdan, entre otras, las que sufrieran aquellos montañeros, náufragos y exploradores de los que hablábamos antes. El caso es que, a partir de sus experiencias, sus escritos pasan a describir de forma detallada cómo es la vida que hay más allá de la muerte. Raymond Moody, en su famoso libro “La vida después de la vida”, resalta también la sorprendente correlación existente entre la descripción que Swedenborg hace de algunas de sus vivencias espirituales y lo que cuentan los que han tenido experiencias cercanas a la muerte. Por ejemplo, describe cómo, cuando han cesado las funciones corporales de respiración y circulación de la sangre, “el hombre todavía no ha muerto, sino que está separado de la parte corpórea que utilizó en el mundo... El hombre, cuando muere, sólo pasa de un mundo a otro”. Afirma Swedenborg también que él mismo ha pasado por las primeras etapas de la muerte y ha tenido experiencias fuera de su cuerpo: “Pasé por un estado de insensibilidad de los sentidos corporales, casi por el estado de la muerte; la vida de pensamiento interior seguía entera, por lo que percibí y retuve en la memoria las cosas que ocurrieron y lo que les ocurre a los que han resucitado... Especialmente se percibe... que hay una absorción..., un tirón de... de la mente, es decir, del espíritu, hacia fuera del cuerpo”. Durante la experiencia se encontró con seres a los que identificó con “ángeles” que le preguntaron si estaba preparado para morir. La comunicación que tuvo lugar entre Swedenborg y los espíritus no es de tipo terrestre y humano. Era casi una transferencia directa de pensamientos. Aquellos a quienes acompañó el Tercer Hombre también cuentan que la comunicación con este suele ser extra verbal; incluso cuando intentan reproducir lo que “hablaron”, no consiguen recordarlo, porque les faltan los códigos con los que traducir aquel lenguaje mental a este otro verbal.
     El estado espiritual, sigue diciendo Swdenborg, es menos limitado que este físico. La percepción, el pensamiento y la memoria son más perfectos, y el tiempo y el espacio ya no constituyen obstáculos, como en la vida física: “Todas las facultades de los espíritus... se dan en un estado más perfecto, así como las sensaciones, pensamientos y percepciones”. Swedenborg también describe la “luz del Señor”, que penetra el futuro, una luz de inefable brillo que él mismo ha visto. Es una luz de verdad y comprensión. Aquí recordamos las arriba citadas investigaciones de Jean-Pierre Garnier y las experiencias que Jung narra en su autobiografía, que tratan de una percepción supra o extra espacial y temporal. Cuenta Swedenborg también que aquel que pasa a estar en su cuerpo “luminoso”, puede ver su vida pasada de golpe, y la recuerda con todo detalle: “La memoria interior... En ella están escritas todas las cosas particulares... que el hombre ha pensado, hablado y hecho... desde su primera infancia hasta el momento de morir. Al hombre le acompaña el recuerdo de todas las cosas cuando pasa a la otra vida y es llevado sucesivamente a rememorarlas todas... Cuanto ha hablado y hecho... queda manifiesto ante los ángeles con una luz tan clara como la del día..., y nada hay tan oculto en el mundo que no se manifieste tras la muerte... como visto en efigie, cuando el espíritu es visto a la luz del cielo. Muchos de los que han estado cerca de la muerte hablan de esto mismo, es decir, de que su vida pasa ante su visión de una manera tan instantánea como completa.
     Pasemos ahora a relacionar lo dicho hasta aquí con las investigaciones de Raymond Moody sobre las experiencias cercanas a la muerte. Raymond Moody es un médico psiquiatra que se hizo famoso a raíz de la publicación en 1975 de su libro “Vida después de la vida”, en donde recoge las experiencias coincidentes de ciento cincuenta personas que o bien han llegado a estar, podríamos decir, “clínicamente muertas”, pero que han “resucitado”, o bien han sufrido accidentes que les han puesto al borde de la muerte, o, por último, son personas que murieron, pero que en el trance previo vivieron ese tipo de experiencias y, antes de morir, las contaron a alguna persona presente. Moody recogió las narraciones de todas estas personas de lo que les ocurrió en tal estado, y de lo cual guardaron vivo recuerdo. Dadas las semejanzas de todas esas experiencias entre sí, construyó una narración-tipo de las mismas conjuntando los elementos comunes. Es esta que sigue:
     “Un hombre está muriendo y, cuando llega al punto de mayor agotamiento o dolor físico, oye que su doctor lo declara muerto. Comienza a escuchar un ruido desagradable, un zumbido chillón, y al mismo tiempo siente que se mueve rápidamente por un túnel largo y oscuro. A continuación, se encuentra de repente fuera de su cuerpo físico, pero todavía en el entorno inmediato, viendo su cuerpo desde fuera, como un espectador. Desde esa posición ventajosa observa un intento de resucitarlo y se encuentra en un estado de excitación nerviosa.
     “Al rato se sosiega y se empieza a acostumbrar a su extraña condición. Se da cuenta de que sigue teniendo un ‘cuerpo’, aunque es de diferente naturaleza y tiene unos poderes distintos a los del cuerpo físico que ha dejado atrás. Enseguida empieza a ocurrir algo. Otros vienen a recibirlo y ayudarlo. Ve los espíritus de parientes y amigos que ya habían muerto y aparece ante él un espíritu amoroso y cordial que nunca antes había visto –un ser luminoso–. Este ser, sin utilizar el lenguaje, le pide que evalúe su vida y le ayuda mostrándole una panorámica instantánea de los acontecimientos más importantes. En determinado momento se encuentra aproximándose a una especie de barrera o frontera que parece representar el límite entre la vida terrena y la otra. Descubre que debe regresar a la tierra, que el momento de su muerte no ha llegado todavía. Se resiste, pues ha empezado a acostumbrarse a las experiencias de la otra vida y no quiere regresar. Está inundado de intensos sentimientos de alegría, amor y paz. A pesar de su actitud, se reúne con su cuerpo físico y vive.
     “Trata posteriormente de hablar con los otros, pero le resulta problemático hacerlo, ya que no encuentra palabras humanas adecuadas para describir los episodios sobrenaturales. También tropieza con las burlas de los demás, por lo que deja de hablarles. Pero la experiencia afecta profundamente a su existencia, sobre todo a sus ideas sobre la muerte y a su relación con la vida”.
     Esas experiencias son en realidad inefables; quienes han pasado por ellas, no encuentran términos adecuados con las que expresarlas. Una de esas personas lo explica así: “Me encuentro con verdaderos problemas cuando trato de contárselo, pues todas las palabras que conozco son tridimensionales. Conforme tenía la experiencia, pensaba: ‘Cuando me hallaba en clase de geometría me decían que sólo había tres dimensiones y siempre lo acepté. Estaban equivocados. Hay más’. Nuestro mundo, en el que ahora vivimos, es tridimensional, pero el próximo no lo es. Por eso es tan difícil contárselo. He de describirlo con palabras tridimensionales. Es lo más cercano que puedo conseguir, pero no es realmente adecuado. No puedo darle un cuadro completo”.
     Estas personas coinciden en sentir que están fuera de su cuerpo físico, observando este. Una de ellas decía que “lo veía desde atrás y un poco lateralmente”, en el mismo sitio, pues, que muchas de las personas que atraviesan las situaciones límite de las que habla John Geiger (también Santa Teresa de Jesús) sienten que se sitúa la presencia que los acompaña. Vale también como experiencia común lo que decía otra de las personas investigadas por Moody: “Mi mente lo dominaba todo al instante, sin tener que pensar en ello más de una vez”. También es común la experiencia de observar cómo aparecen personas que vienen a acompañarles, a veces familiares, otras, personas que no reconocen. Todas ellas, sin embargo, producen sosiego, confianza, tranquilidad. En unos cuantos casos, los entrevistados las identificaron con “ángeles guardianes”. Lo más peculiar, sin embargo, es lo que los entrevistados describen como un “ser luminoso”. “Todos afirman –dice Moody– que es un ser personal, que tiene una personalidad bien definida. El amor y calidez que emanan de él hacia la persona que está muriendo carecen de palabras para expresarlo, pero ésta se encuentra totalmente rodeada y poseída por él, muy a gusto y totalmente aceptada en su presencia. Siente una irresistible atracción magnética ante ese ser, una atracción inevitable”. También es común la “revisión” panorámica de toda su vida en un instante: de nuevo esto apunta hacia ese estado de conciencia supratemporal y supraespacial en el que todo parece suceder a la vez y en el mismo punto. Y, en fin, todos coinciden en afirmar que aquello que vivieron no tenía nada equivalente a una alucinación.
     Concluyamos, pues, que vivimos para que no todo ocurra a la vez y en el mismo punto, aquel en el que empezó el big bang. Pero algo de nosotros mantiene el recuerdo de ese instante y ese lugar.

domingo, 18 de enero de 2015

Sufrimiento psíquico, fenómenos paranormales y creatividad


El momento a partir del cual la vida queda inaugurada, y que marcará de manera indeleble todo lo que en ella haya de ocurrir, es el que acontece al producirse la separación de la madre. Lo siguiente será intentar regresar, recuperar aquella unidad perdida. Por eso dice María Zambrano que “no más partir, volvemos”. Como Ulises al salir de Ítaca. O los judíos errantes queriendo volver a su Tierra Prometida. O, en fin, Adán y toda su estirpe tratando de reconstruir el Paraíso perdido. Desde entonces, desde que nacimos, la vida será el resultado de todo lo que el tan persistente como irrealizable deseo de reconstruir aquella unidad perdida sea capaz de producir. En el extremo más depauperado del trayecto que allí comienza, la sensación de abandono, rechazo, exclusión o soledad inundará la personalidad, impidiendo que la vida, que necesita sustentarse sobre la esperanza de llegar a reparar aquella primigenia separación, pueda desenvolverse. Pero aquellos sentimientos y esta interrupción del fluir de la vida, a la larga resultan insoportables, así que la personalidad busca modos de reparar o contrarrestar aquellas angustiosas sensaciones para de esa manera componer o recomponer un cauce a través del cual pueda discurrir la vida. El grado más inoperante e ineficaz de ese movimiento compensador consiste en el simple fantaseo de la solución a aquella angustiosa separación y a sus consecuencias (la sensación de rechazo y abandono), que puede finalmente concluir en el uso de esos recursos extremos que son el delirio y la alucinación. Las relaciones de dependencia y sometimiento (activo o pasivo) serían recursos coadyuvantes a la hora de intentar combatir aquella sensación de ser excluido. Y en su vertiente más productiva, en fin, los intentos de contrarrestar tales sentimientos conducirían hacia la puesta en marcha de un plan de vida reparador, de compensación por la pérdida sufrida, que permita sobreponerse suficientemente y de un modo real a los efectos de aquella primigenia separación.

Afirmar que la sensación de exclusión y de abandono pueden llegar a provocar una hipersensibilidad que, en vez de desembocar en la regresión que suponen el delirio y la alucinación, desarrollen (o tal vez recuperen) facultades que trasciendan el umbral de la mera intuición y entren en el terreno de la telepatía y la videncia (transmisión de pensamiento, en suma, sin mediación sensorial), supone aceptar los riesgos de entrar en un terreno plagado de inseguridades y vedado a mentalidades que, para atreverse a investigar algo, necesitan del apoyo experimental y de conceptos claros que establezcan firmes conexiones entre causas y efectos. Estas mentalidades cuentan, entre otras, con la facilidad que da disponer de un concepto tan dilatado y dilatable como el de la casualidad para tratar de arrinconar con él a quienes acudan a la palestra de este debate exhibiendo su bagaje de fenómenos pretendidamente paranormales. Aquí, efectivamente, podrían integrarse (es decir, desecharse) sin demasiadas complicaciones todos esos fenómenos que, sin embargo, han merecido la atención de personalidades no precisamente dadas al capricho o al devaneo intelectual. Por ejemplo, el premio Nobel Henri Bergson, que en 1886 publicó un artículo en el que detallaba asombrosas experiencias de adivinación realizadas por un sujeto hipnotizado. O Sigmund Freud, que en su ensayo “Psicoanálisis y telepatía”, y a propósito de un caso concreto, llegaba a esta conclusión: “Me parece que estamos obligados a admitir en este caso la posibilidad de transferencia de una persona a otra de un deseo inconsciente y de los pensamientos y hechos que en él se relacionan”. Y en una carta que en 1932 dirigió a su discípulo Edoardo Weiss concluía de un modo ya más general: “Es cierto que estoy dispuesto a creer que detrás de todo fenómeno supuestamente oculto se esconde algo nuevo e importante: el fenómeno de la transmisión de pensamiento, es decir, la transmisión de procesos psíquicos a otras personas en el espacio”.

Y sin embargo, es fácil transitar por un camino ortodoxamente materialista durante casi todo el trayecto que conduce hacia la formación de conceptos con los que entender estos fenómenos que pretenden encontrar acomodo en el ámbito de lo paranormal. Y es que entre los síntomas característicos de la esquizofrenia están, precisamente, el del miedo que sufre el afectado por ella a que le roben sus pensamientos, así como la convicción no menos habitual que tiene de poder leer los pensamientos ajenos. Todo lo cual no suele traspasar los límites del simple delirio, que puede ser interpretado dinámicamente como un residuo mental y emocional de aquella primigenia etapa de fusión simbiótica con la madre, con la que el sujeto afectado se sentiría patológicamente identificado, de tal modo que, en su desvarío regresivo, pretendería estar ubicado en un estado equivalente de fusión con el entorno en el que no existirían fronteras para el flujo de los pensamientos. Esta ausencia de límites entre la propia personalidad y la ajena atentaría contra su sentimiento de identidad, de poder mantener una personalidad independiente, capaz de guardar secretos y de emitir deseos personales, y desencadenaría fácilmente sentimientos paranoicos de vigilancia y persecución. Según esto, lo que desde el punto de vista del enfermo mental pretendían ser fenómenos de telepatía y clarividencia, no llegarían a ser sino meros delirios producidos por su mente trastornada. ¿Pero sería siempre así? ¿O, un grado más allá del simple delirio, y más o menos dentro de esa misma vía regresiva que utiliza el psicótico, se llegan a producir, efectivamente, fenómenos de transmisión de pensamiento o adivinación?  

Sigamos la pista de la formación de un simple delirio que no necesita para ser entendido de más instrumentos que los que da la psicología dinámica, y para nada se necesita recurrir a la parapsicología. La psiquiatra y psicoanalista Elisabeth Laborde-Nottale, en su ensayo sobre “La videncia y el inconsciente”, relata, en este sentido, el caso de un joven paciente que sufría el delirio de creer que tenía poderes telepáticos, acompañado de un acusado interés por las coincidencias, creyendo que podía encontrar siempre algún vínculo entre hechos que se producían en el mismo momento. Contaba a su psicoanalista que todos los seres humanos estaban unidos por cables invisibles, semejantes a cables eléctricos, que servían para la comunicación infraverbal y eran manejados por extraterrestres. Este joven permanecía atento a la más mínima expresión, al menor suspiro del prójimo para interpretarlo enseguida como algo integrado dentro del conjunto significativo de fenómenos que se producían a la vez. Sus interpretaciones eran muy a menudo erróneas, puesto que proyectaba en ellas sus propias emociones y sus propias sensaciones. Lo único que demostraba, pues, era su propia confusión mental. Su creencia delirante parecía ser más bien reflejo de la impresión que tenía de que desde su nacimiento había sido para sus padres una especie de extraterrestre. Esa impresión estaba probablemente causada por el hecho de haber sido un hijo no deseado, y había aprendido a protegerse de esa sensación de rechazo imaginando, de manera compensatoria, que los tres, sus padres y él, estaban unidos por cables, de modo que, a partir de un acto de sometimiento, pretendía que sus pensamientos eran prolongación de los de sus padres, lo que no era en realidad sino resultado de su miedo, intenso y realista, a perder contacto con ellos y de esa manera hundirse definitivamente en el caos psíquico. Esta interpretación constituiría, pues, como antes preveíamos, una explicación suficiente de lo que no dejaría de ser sino un delirio.

Sin embargo, Carl Gustav Jung, uno de los psiquiatras más renombrados de la historia, vino a avalar la existencia objetiva de sucesos que serían equivalentes a esas coincidencias significativas entre hechos sin relación causal que en el joven esquizofrénico del ejemplo expuesto no pasaban de ser sino el  irreal contenido de su delirio. Jung denominaba a este fenómeno “sincronicidad”, y decía de él que consistía en la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido pero de manera acausal”. Y añadía: “Así pues, emplearé el concepto general de sincronicidad en el sentido especial de una coincidencia temporal de dos o más sucesos relacionados entre sí de una manera no causal, cuyo contenido significativo sea igual o similar”. Bajo ese epígrafe de “sincronicidad”, Jung aludía, por tanto, no a la mera coincidencia sincrónica, pero casual, de dos sucesos, sino que era preciso, además, una coincidencia significativa entre ambos, uno de ellos, un suceso externo, y otro, procedente del mundo interior del sujeto, y que tendría una vinculación simbólica con el primero. Este último, el de procedencia íntima, acontecería en forma de imagen (las más de las veces), palabras escuchadas, sueño, ensueño, ocurrencia, presentimiento, intuición, dibujo o escritura automáticos, o sensación corporal, todo ello percibido en forma más o menos vaga y en un estado de conciencia crepuscular, es decir, no muy clara en el momento de recibir tales señales, que siempre se sentirían como recibidas del exterior de la persona (todo esto, por otra parte, podría asimismo provenir, como en el caso antes expuesto, de una mente simplemente delirante o alucinada y no constituir auténticos casos de videncia). Estos fenómenos paranormales llamaron también la atención del físico cuántico y Premio Nobel de Física en 1945, Wolfgang Ernest Pauli, con quien Jung escribió un libro, “La interpretación de la naturaleza y la psique”, dedicado a esta cuestión.

Estamos hablando, pues, de la eventual existencia, más allá de los fenómenos habituales con los que se enfrenta la psicología, de un sutil campo o lugar de encuentro de sucesos –unos de origen físico con otros de origen psíquico– no vinculados entre sí por una relación de causa-efecto, sino por el hecho de que tienen un significado común, al menos en parte. Sería como si el universo, visto a través de estos fenómenos, estuviera constituido por campos de metáforas: unos sucesos físicos vendrían a ser símbolo o metáfora de otros psíquicos (o viceversa), y cuando por alguna circunstancia (normalmente un suceso acompañado de intensa carga afectiva) se cruzan sus significados, uno reclamaría la aparición del otro. El ejemplo más conocido de este tipo de fenómenos es aquel que aporta Jung en relación con el tratamiento que estaba llevando a cabo de una joven con una mentalidad muy racionalista con la que le costaba progresar en la tarea terapéutica, porque se resistía a asimilar ciertas ideas que él le proponía. El mismo Jung relata que esa “joven paciente soñó, en un momento decisivo de su tratamiento, que le regalaban un escarabajo de oro. Mientras ella me contaba el sueño yo estaba sentado de espaldas a la ventana cerrada. De repente, oí detrás de mí un ruido como si algo golpeara suavemente la ventana. Me di media vuelta y vi fuera un insecto volador que chocaba contra la ventana. Abrí la ventana y lo cacé al vuelo.” Se trataba de un escarabajo dorado que inmediatamente entregó a la paciente. Lo curioso es que para los antiguos egipcios, el dios Khefri, representado como un escarabajo, es una figura arquetípica relacionada con la transformación del individuo, y esta vinculación simbólica sería la que habría puesto en marcha la sincronicidad, la confluencia del suceso psíquico del sueño y el suceso externo de la aparición del escarabajo en aquel momento crítico de la situación terapéutica. La paciente, ante lo insólito del acontecimiento, sintió resquebrajarse sus esquemas racionalistas, y a partir de ese momento empezó a considerar los argumentos de Jung, a dejarse influir por ellos, y el tratamiento comenzó a progresar.




La psicoanalista Elizabeth Laborde-Nottale, en su ya citado ensayo, describe por su parte, entre otros muchos, un ejemplo de videncia o sincronicidad que también podemos incluir aquí. Se refiere al momento final del tratamiento de una de sus pacientes videntes, un final voluntariamente asumido y promovido por la paciente, que se consideraba ya lo suficientemente curada como para dar por terminada la relación terapéutica, y en la que ese hecho objetivo activó un correlativo fenómeno de videncia que venía a servir de evocación simbólica de aquella separación. Cuenta Laborde-Nottale hablando de sí misma: “Un día recibí una (tarjeta postal) (…) El texto que leí en la tarjeta me desconcertó: estaba escrito con una letra tosca y firmado con el nombre de pila de una de mis parientas cercanas, fallecida algunos años antes, que había dejado dos niños pequeños. Mi paciente, en los cinco años de terapia jamás había evocado ese nombre y tampoco existía posibilidad alguna de que hubiese sido informada verbalmente de esta muerte trágica que fue un drama en mi vida. Se expresaba como si me hablara desde el mundo de los muertos, dándome noticias de la persona fallecida en los mismos términos, muy específicos, que ella hubiera empleado si se hubiese podido expresar y, en especial, pidiéndome que le diera un beso al bebé que había dejado, tuteándome, llamándome por mi nombre de pila y dándome seguridades de su amor”. La carta estaba escrita con un tipo de letra que la psicoanalista reconoció como la suya propia cuando era adolescente. Aquella tarjeta fue el último contacto que Laborde-Nottale tuvo con su paciente. Se trataba, pues, de un acto de despedida, su manera de comunicarle la separación que, puesto que iba a ser definitiva, evocaba de una manera simbólica la separación que la muerte significa. Para decirle adiós, la paciente se había identificado, pues, con una muerta a la que la psicoanalista había querido mucho, pero de cuya existencia la paciente no pudo haber llegado a saber nunca. Coinciden, pues, aquí, dos sucesos no relacionados causalmente, aunque sí simbólicamente, de la manera en que, según Jung, es característica de la sincronicidad: el recuerdo de un hecho objetivo, la pasada muerte de esta persona especialmente vinculada con la terapeuta y la vivencia de la separación de la paciente que dio por terminada la relación terapéutica, pero que sentía cómo ello venía a simbolizar, a ser metáfora de la separación definitiva que es la muerte.

Ese lugar de encuentro de sucesos vinculados por su significado y catalizados por la carga afectiva del sujeto es lo que Jung denomina “inconsciente colectivo”. También habría de servir para ayudar a entender tales fenómenos el concepto de “campo mórfico” del bioquímico y autor de varios libros sobre este tema Rupert Sheldrake (por cierto, tan denostado por la ciencia ortodoxa como aquel otro de Jung).  Los campos mórficos serían patrones o estructuras de orden que tenderían a reunir asimismo fenómenos que tuvieran una forma común. Puesto que Sheldrake es bioquímico, aplica su concepto más bien al campo de la biología o de las estructuras físicas y químicas, aunque enseguida generaliza, de modo que para él, estos campos se refieren “no solo a los campos de organismos vivos sino también de cristales y moléculas. Cada tipo de molécula, cada proteína por ejemplo, tiene su propio campo mórfico -un campo de hemoglobina, un campo de insulina, etc. De igual manera cada tipo de cristal, cada tipo de organismo, cada tipo de instinto o patrón de comportamiento tiene su campo mórfico. Estos campos son los que ordenan la naturaleza. Hay muchos tipos de campos porque hay muchos tipos de cosas y patrones en la naturaleza...". En el momento en que aparece un campo mórfico se crearía una atracción o resonancia de fenómenos que vendrían a reunirse en él por una especie de simpatía. Esto nos permite entender asimismo que Sheldrake afirme que “los campos mentales podrían extenderse más allá del cerebro”, hacia un ámbito en el que se haga posible que diferentes campos mentales puedan, efectivamente, reunirse por simpatía. La “resonancia mórfica” de Sheldrake y la “sincronicidad” de Jung serían conceptos no coincidentes, pero sí confluyentes. Ambos tendrían en común también el hecho de considerar que lo que ocurre en la mente no puede ser explicado refiriéndolo exclusivamente a los procesos bioquímicos subyacentes: la bioquímica que subyace a dos recuerdos diferentes puede, efectivamente, ser idéntica, pero esos recuerdos no son idénticos. Sheldrake ha mostrado asimismo un activo interés por los fenómenos paranormales, especialmente la telepatía. El concepto de “espíritu de la época”, según el cual tenderían a emerger de forma coincidente determinadas ideas o procesos mentales, sin comunicación previa entre sus portadores, tampoco andaría lejos de estos otros conceptos de inconsciente colectivo o campo mórfico. Como tampoco lo haría el estado de conciencia (o mejor habría que decir inconsciencia) compartida que el antropólogo Lucien Lévy Bruhl denominaba “participación mística”, y que caracterizaba la forma de comunicación interna y de identificación con el grupo propias de los pueblos primitivos.

Para que no queden demasiado dispersos nuestros argumentos, retomaremos el hilo conductor que ha de servirnos de guía volviendo a los inicios de nuestra exposición, aunque ahora que regresamos, llevamos en nuestro bagaje el complemento de estos otros argumentos que han ido surgiendo por el camino. Podremos entender así que el vacío que nos dejó aquella separación de la madre de la que hablábamos al principio viene a conformarse al final como este campo mórfico o lugar de encuentro al que afluyen tanto nuestros pensamientos y deseos como aquellos correlatos objetivos suyos con los que se constituye el fenómeno de la sincronicidad. El intento de reparar aquel desgarro original, aquella primigenia sensación de abandono y soledad que es la consecuencia del hecho de nacer genera, si las cosas van bien, la implementación de un programa de vida destinado a contrarrestar tales sentimientos; pero si esta reacción reparadora no llega a ponerse en práctica y esas negativas sensaciones invaden y anegan la personalidad, el sujeto afectado regresará, o intentará hacerlo, hacia formas de comunicación preverbales propias del estado de unión simbiótica con la madre. Para el psiquiatra norteamericano Jan Ehrenwald, que escribió varios libros sobre fenómenos paranormales en contextos clínicos, la telepatía se puede precisamente reducir al lazo no verbal que une a una madre con su hijo, en la medida en que la separación física que se produce con el corte del cordón umbilical no acarrea una correlativa separación psíquica inmediata. Y Laborde-Nottale comenta cómo en las aldeas wolofs de África, “el niño es el principal vidente; cuando empieza a hablar se escuchan sus primeras palabras con mucha atención, porque se cree que en cierto modo pertenece aún al mundo ancestral de donde se presume que viene, lo que significa que se lo considera un embajador del mundo de los muertos”. Asimismo, señala que en un dialecto chino, una misma palabra significa médium y niño.

Esto será lo que provoque que sean las personas que sufren las enfermedades mentales más graves (y que, por tanto, sufren una regresión a los estadios más primitivos de la personalidad) las que de forma característica manifiesten, primero, delirios de transmisión de pensamiento y adivinación, pero además, un paso más allá (o más atrás quizás), esos delirios podrían acabar desembocando en auténticos fenómenos (no sistemáticos sino aleatorios) de videncia. Como dice Laborde-Nottale: “Con frecuencia estos momentos de videncia se relacionan con la angustia de ser rechazado o desinvestido y con el sentimiento de pérdida”. Y más adelante añade que “he observado frecuentemente que las videncias pueden tener lugar durante o después de las depresiones”. Lo cual no quiere decir que este tipo de fenómenos solo acontezcan si son protagonizadas por enfermos mentales, puesto que ese modo de comunicación preverbal existiría en estado de latencia en todos nosotros, aunque sea como atavismo, y en determinadas ocasiones (normalmente situaciones críticas con intensa carga afectiva) puede activarse. Nunca se producen estos fenómenos de manera sistemática (de ahí el fraude repetido de muchos videntes que creen que pueden producirlos intencionalmente y se resisten a ver que no es así) y no es posible, pues, estudiarlos con los instrumentos tradicionales de la ciencia, puesto que, al no ser repetibles o replicables, no hay manera de someterlos a análisis experimental.

Elizabeth Laborde-Nottale relata también el caso de una enferma mental, a la cual llama Coccinelle, cuyas facultades de videncia tuvo repetidamente ocasión de comprobar, y a la que trató como paciente. Efectivamente, su historial clínico mostraba el extremo grado de abandono en que transcurrió su infancia. Esta enferma recibía por su parte a clientes solicitando sus servicios como vidente, y describía así la manera en que preparaba sus sesiones de videncia: “Cuando alguien viene a verme y me concentro, me resulta fácil ponerme en su lugar. Me identifico con él, me integro a su persona. Usurpo su personalidad. No pienso en ninguna otra cosa, solo pienso en la persona que tengo frente a mí. Concentro en ella toda mi atención. Es un vacío mental”. Laborde-Nottale comenta a este respecto: “Las separaciones precoces pueden provocar una tendencia a vivir relaciones fusionales en una dinámica psíquica puesta en movimiento en la lucha contra la depresión (…) Suele ocurrir entonces que con motivo de una depresión se produzca una regresión espontánea a la fase relacional que se caracteriza por la fusión”. Y añade que el recurso puesto en marcha en los actos preparatorios de la videncia antes citados, “simbólicamente es también una manera de tener su espacio en el otro y no correr el riesgo de ser separada de él”. Un perentorio recurso, por lo tanto, puesto en marcha para combatir la sensación de soledad y abandono, y que Laborde Nottale encontró en el historial de los casos de videncia que trató. Dice precisamente al respecto: “En el pasado de los videntes hay una circunstancia que me ha llamado la atención a menudo: la de la separación precoz y prolongada de su madre”. Y añade: “Una consecuencia posible de estos traumatismos es una especie de regresión del niño a una fase anterior a la separación, que se caracterizaba por la relación fusional que vivía con su madre en los primeros tiempos. Algunos de ellos dan luego la impresión de conservar la posibilidad de entablar con mucha facilidad relaciones fusionales con cualquiera”.

Sándor Ferenczi, uno de los psicoanalistas más reconocidos que ha habido, coetáneo de Sigmund Freud, ya había notado que el miedo podía intervenir en la génesis del don de los médiums: “Al parecer –decía–, la hipersensiblización de los órganos de los sentidos, tal como lo he constatado en muchos médiums, se tendría que reducir a la escucha ansiosa de las pulsiones de deseo de una persona cruel”. Esta hipersensibilidad que permite presentir la inminente amenaza procedente de alguien de su entorno, también la había notado Laborde-Nottale en su paciente Coccinelle, y la denominaba “capacidad meteorológica” o facultad de prever los cambios de humor del prójimo y los peligros consiguientes que de ello pudieran derivarse para esa víctima potencial de los enfados. No siempre esa capacidad de prever el estado de ánimo de quienes rodean al médium está destinada a anticipar reacciones peligrosas por parte de quienes le rodean; a veces es lo contrario: por ejemplo, otro de los pacientes de Laborde-Nottale la veía a ella misma “como un doble o más exactamente como una prolongación suya y creía que yo compartía sus sufrimientos y sus deseos, en una fantasía de una comunidad cultural entre nosotros, como si tuviésemos una sola identidad”. Un paso más allá de estos tipos de hipersensibilidad, aparecería la videncia, algo que Laborde-Nottale pudo comprobar en diversas ocasiones con tales pacientes, facultad que, curiosamente, desapareció, en algún caso que la psicoanalista relata, al dar por terminada la terapia, en la medida en que había aparecido la posibilidad de una comunicación verbal normalizada, y consiguientemente dejaba de tener sentido la regresión defensiva hacia la comunicación preverbal. Otro conocido psicoanalista, Michael Balint, menciona observaciones que vienen a confluir con estas otras citadas, aunque ceñidas esta vez a la situación terapéutica, una en concreto para empezar: “El paciente –dice refiriéndose a esta específica ocasión–, desesperado por su dependencia, reaccionaba ante esta situación haciendo esfuerzos reiterados para captar la atención del analista. En esta situación muy tensa, al borde de la desesperación, sobrevinieron, al parecer, los fenómenos de telepatía y clarividencia”.  

Muchos psicopatólogos han estudiado  estos fenómenos, la mayoría a costa de poner en peligro su prestigio profesional, en la medida en que interesarse por ellos suele ser para la comunidad científica indicio suficiente de falta de rigor y extravagancia. Pierre Janet (1849-1947), que llegaría a ser uno de los más grandes psicopatólogos de su época, junto a personajes de la talla de Sigmund Freud, Alfred Adler o Carl Gustav Jung, fue uno más de los que se interesaron por la telepatía y la videncia. Estudió, por ejemplo, los efectos de telepatía bajo hipnosis con una campesina llamada Léonie B: anotaba en una hoja de papel una orden en la que se iba a concentrar, sin llegar a leerla en voz alta. A partir de ahí, los testigos habrían de evaluar en qué grado su sujeto de observación, Léonie, cumplía la sugestión posthipnótica de “llevarles un vaso de agua a estos señores”, tal y como ponía en la hoja de papel. Efectivamente, Léonie cumplió perfectamente esa orden poshipnótica que nunca llegó a oír.

La característica de las señales recibidas por el vidente de ser percibidas como una intuición o ensoñación que le viene de fuera de su mente es común a la manera en que los creadores artísticos o científicos describen a menudo el modo en que les llega la inspiración. Hay, al parecer, una inspiración que llega como producto de una ardua labor preparatoria y otra, esta de la cual hablamos, que llega fácilmente, como un chispazo inesperado y original, aunque no del todo claro, y que hay que traducir a términos formales. Lo novedosa que resulta esta clase de inspiración ha hecho pensar a quien la tiene que le es enviada desde fuera por algo así como las musas. También obedece al mismo esquema la inspiración que ha llevado a los grandes científicos a formular sus más innovadoras teorías. Einstein ha contado lo que sentía cuando hacía un descubrimiento: “Las palabras y el lenguaje, en su expresión oral o escrita, no parecen desempeñar rol alguno en el mecanismo de mi pensamiento. Las entidades psíquicas que al parecer sirven como elementos de pensamiento son ciertos signos e imágenes, más o menos claros, que se pueden reproducir y combinar ‘voluntariamente’ (…) Este juego combinatorio es, al parecer, la característica principal del pensamiento productivo, antes de que se establezca un vínculo cualquiera con una construcción lógica en palabras u otros signos comunicables a los demás”. Einstein, pues, describe dos etapas en la tarea creativa: la primera, de orden sensorial (signos, imágenes en cuyo formato llega la inspiración), la segunda, intelectual y laboriosa, que consiste en traducir aquella primera inspiración a términos verbales y lógicos.

En la psicoterapia suele darse también un tipo de vivencia similar, que ha sido repetidamente referida, y que hace que el terapeuta tenga de pronto un momento de inspiración que le permite acceder a una comprensión luminosa del material psíquico aportado por el paciente, lo cual se produce al margen de las deducciones que el terapeuta pueda realizar a partir de los datos que va aportando el paciente. El psicoanalista Michel de M’Uzan dice que en esos momentos “el aparato psíquico del analista ha pasado a ser, literalmente, el del analizado”. Como ejemplo complementario para entender de qué hablamos, podemos citar lo relatado en una novela que, a la hora de escribir este artículo, está arrasando en la lista de superventas en las librerías: se trata de “Ofrenda a la tormenta”, de Dolores Redondo. Allí se cuenta cómo la inspectora Salazar, encargada de investigar unos crímenes que han tenido lugar en el valle del Baztán, tiene también ese tipo de inspiración, que llama “el rayo”, y que es tan frágil e inconsistente como un sueño, a partir del cual se le representan claves fundamentales destinadas a aclarar sus pesquisas, pero que apenas puede retener la memoria, porque su código expresivo es, para empezar, muy diferente del que empleamos en la comunicación verbal y racional.
Podemos deducir de diferentes investigaciones, por ejemplo, las que llevaron a cabo los psicoanalistas Melanie Klein y Donald Winnicott, que este código expresivo en el que aparece la videncia o la inspiración de las personas creativas sería anterior a la aparición del lenguaje, y se correspondería con el del pensamiento propio del bebé. Este, antes de acceder al pensamiento estructurado por un lenguaje y que permita el uso de la comunicación verbal y de la comprensión de la realidad en términos de causas y efectos, tiene una actividad mental que podríamos denominar de pensamiento visual o, quizás mejor, sustentado en ideogramas, es decir, en imágenes que sirven como símbolos con los que se puede representar una idea, pero no reducirse a palabras o frases con significado concreto. Este tipo de pensamiento que es característico del bebé sería el mismo que Carl G. Jung describe como propio del hombre primitivo: “(Al primitivo) –dice– el pensamiento se le aparece; no lo piensa, sino que se le presenta de un modo proyectado, perceptible a los sentidos, en forma de alucinación diríase, o al menos de sueño sobremanera vivo. Por ello, un pensamiento puede en el primitivo tapar hasta tal punto la realidad sensible que si un europeo se comportara de ese mismo modo hablaríamos de locura”. El marco en el que quedaría acogido ese pensamiento visual es, dice Jung, el inconsciente colectivo: “Lo inconsciente suprapersonal o colectivo (está constituido por) posibilidades de representación innatas, condiciones de la representación fantástica a priori, comparables, por ejemplo, a las categorías kantianas. Las condiciones innatas no proporcionan ningún contenido, sino que proporcionan a los contenidos adquiridos determinadas formas”. Serían, pues, formas a priori, una especie de hornacinas preverbales preparadas para recibir contenidos verbales y lógicos, pero no reducibles a estos. Las mentalidades creativas son aquellas que consiguen traducir aquellas primigenias representaciones a lenguaje verbal o de alguna manera estructurado, adaptado a la realidad espacio-temporal en el que las cosas se encadenan unas después de otras y unas como causa de otras. “Lo inconsciente colectivo –dice también Jung– es ese fondo oscuro sobre el que se distingue claramente la función de adaptación de la consciencia”, dice también Jung. Pero en los orígenes, cuando nos manteníamos en aquel estado crepuscular, en el que nuestra mente formaba parte del inconsciente colectivo,  cuando venía a nosotros el contenido de nuestra mente sin nuestra intervención, ¿estábamos dentro o fuera, en nuestra mente o en la realidad externa? Interrogantes estos parecidos a estos otros que intrigaban a Jung: “¿Se origina la función psíquica, el alma, el espíritu o lo inconsciente en mí, o existe realmente la psique, en los comienzos de la formación de la consciencia, fuera de nosotros, en forma de intencionalidades y de fuerzas arbitrarias adentrándose y creciendo en los seres humanos en el curso de la evolución anímica?”. Las respuestas de Jung son inevitablemente poco concluyentes: “El alma (…) es algo lo suficientemente misterioso como para no estar seguros de en qué proporción yo soy mundo y en qué proporción el mundo soy yo (…) Es, en consecuencia como si nuestra conciencia estuviera entre dos mundos o realidades o, quizá mejor dicho, entre dos clases totalmente distintas de fenómenos u objetos psicológicos. Una mitad de las percepciones fluye hasta ella a través de los sentidos; la otra mitad, a través de la intuición, esa contemplación de procesos interiores estimulados por lo inconsciente (…) Estas dos imágenes del mundo son incompatibles entre sí, y no hay lógica alguna que pueda conciliarlas (…) Y, sin embargo, siempre ha sentido la humanidad la necesidad de unir de algún modo estas dos imágenes del mundo”.

Por nuestra parte, pondremos fin a estas divagaciones también de una manera poco concluyente, dejando en el aire una pregunta más: ¿somos quienes parecemos ser o meramente flotamos como la punta de un iceberg sobre la masa inmensa de algo que nos trasciende, pero a lo cual estamos inextricablemente unidos y que de vez en cuando nos emite sus destellos?