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domingo, 30 de diciembre de 2018

Mujeres fuertes, hombres frágiles



     Teresa Giménez Bartat, diputada de la cuasi extinta UPyD, ha puesto en marcha como eurodiputada en Bruselas lo que El Mundo dice que es la mejor iniciativa que haya tenido un eurodiputado español a lo largo del tiempo, Euromind. Allí convocó un seminario sobre “Mujeres fuertes, hombres frágiles”. En él, Susan Pinker (hermana del Steven, el autor del muy recomendable libro “Los ángeles que llevamos dentro”) argumenta como psicóloga (con cifras estadísticas) que en la etapa escolar los niños demuestran ser mucho más frágiles, más carne de cañón para los psicólogos (y también tienen menos supervivencia a partos prematuros, más muertes súbitas…) que las niñas. Y el rendimiento escolar de estas, o su capacidad para la empatía, es mayor que el de los niños. Todo esto se traslada también a la edad adulta: los hombres contraen más enfermedades crónicas y más infecciones (las muertes por infecciones hospitalarias son de hombres en un 70%), hay diez veces más población reclusa masculina que femenina, las lesiones en la columna vertebral por accidentes son cuatro veces más en los hombres; la esperanza de vida en los países desarrollados es entre 5 y 8 años más corta entre los hombres. Las demencias también afectan más a los hombres. El rendimiento en la universidad también es mayor en las chicas. Hasta los estragos de la polución afectan mucho más a niños y hombres que a niñas y mujeres. Curiosamente, puesto que han de luchar contra mayores déficits para sobreponerse y tener una vida exitosa, la resiliencia lleva muchas más veces a alcanzar el éxito (tal y como suele entenderse) a los hombres que a las mujeres. Pero, en resumen: hay más idiotas varones… y más genios varones (Premios Nobel incluidos, y no porque la Academia sueca sea reducto heteropatriarcal). No hay Mozarts femeninos… pero tampoco homólogas de Jack el Desptripador.

     Las diferencias, ¿son, por tanto, atribuibles al “heteropatriarcado”? ¿Por qué hay diferencias laborales? Resulta que las mujeres, a la hora de escoger un trabajo, priorizan la flexibilidad, la autonomía y los fines humanitarios mucho más que el poder o el dinero. Y tienden a poner el foco de su interés en la gente y los procesos orgánicos, y no en las cosas (prefieren la medicina o la política pública en vez de tecnología de la información o ingeniería). El 70% de las mujeres está dispuesta a cambiar dinero por significado; tienden a buscar un propósito social. Obstetricia y veterinaria son carreras casi exclusivamente femeninas. También trabajo social, ginecología o pediatría son mayoritariamente femeninas. El 90% del voluntariado es femenino. Todo esto explica la brecha salarial.

     ¿Deben las mujeres medirse por el estándar de éxito entendido al modo masculino? ¿Somos los hombres culpables y llevamos el machismo impreso en nuestro ADN, como diría la alcaldesa de Madrid? Desde luego, Teresa Giménez se ha convertido en el blanco de las diatribas del feminismo radical por atreverse a impulsar el debate sobre estos temas.
Para más información a propósito de las diferencias biológicas entre hombre y mujer, remito al vídeo de la conferencia de Susan Pinker.

jueves, 3 de mayo de 2018

Posmodernismo, esquizofrenia y feminismo de género

     Ya con 22 años Ortega y Gasset combatía la “ridícula propensión” con que queremos reducir la vida inabarcable y fértil a “nosotros, como si solo nosotros fuéramos la vida y porque tenemos un dolor decimos que la vida es mala o necia o buena o torpe”. Y en esa tierna edad juvenil fraguó ya la fórmula que después convertiría en uno de los pilares de su doctrina: “salvémonos en las cosas”, y no en lo que el débil pero ensoberbecido yo de cada cual decida de manera autística.
     Michel Foucault (1926-1984), quizá el principal adalid intelectual del posmodernismo y del feminismo de género, apuesta decididamente por ir en la dirección contraria a aquella que proponía Ortega, y está a la vista que el eco que han alcanzado sus posiciones ha sido mucho mayor que el logrado por el filósofo español con las suyas. Para Foucault, la realidad, las cosas no existen. Recogió de Nietzsche la idea de que “no hay hechos, hay interpretaciones”. Y también se sintió heredero de Descartes, al que siempre consideró la frontera a partir de la cual fue tomando forma la manera de pensar de la que se sentía partícipe, y cuya aportación más decisiva fue la de que es posible el pensamiento sin representación de cosa alguna, la subjetividad con independencia de cualquier referente objetivo.
     Para Foucault es imposible, en efecto, alcanzar la objetividad. Lo que así llamamos es la supuesta verdad que el poder impone con el fin de dominar las voluntades y las conciencias en beneficio propio. Esa verdad la va filtrando a través del lenguaje y sus contenidos semánticos, y la mantiene por medio de instituciones disciplinarias como la prisión, la fábrica, el asilo, el hospital, la universidad, la escuela y los manicomios. Y a esa verdad impuesta, a esa anulación de la subjetividad, el poder lo llama “orden”. Según esta perspectiva, el orden no es, en realidad, más que un medio para hacer trabajar, y el trabajo es un medio para hacer reinar el orden. El resultado final es que el individuo, su ser más auténtico, queda constreñido por la estructura social (creencias, costumbres, prejuicios, convicciones, tradiciones…). ¿Qué propone Foucault para liberarse de esa alienación a la que la estructura, el poder, cualquier poder en cualquier sociedad, nos somete? Nada concreto, salvo dejar que eclosione la subjetividad. Incluso la locura, en cuanto que poderoso medio de cuestionamiento de la razón prevaleciente, es un modo plausible de liberarse del poder de las “sociedades disciplinarias”.
     ¿Qué queda entonces, para Foucault, de todo aquello a lo que el hombre ha solido entregar su vida, de los ideales, de las misiones y tareas que han empujado a los hombres hacia metas que les trascienden, que están más allá de los dominios de su estricta subjetividad? Nada, no queda nada. En un debate televisado en 1971 de Foucault con Noam Chomsky, el primero argumentó contra la posibilidad de cualquier identidad, cualquier naturaleza humana fija, en contra de lo postulado por el concepto de Chomsky de las facultades humanas innatas. Este argumentó que, por ejemplo, la idea de justicia estaba arraigada en la mente humana, mientras que Foucault rechazaba que hubiese ningún concepto de justicia por encima de lo que subjetiva y coyunturalmente le pareciese a cada cual. Tras el debate, Chomsky se vio afectado por el rechazo total de Foucault a la posibilidad de una moralidad universal, afirmando: "Me parecía completamente amoral, nunca había conocido a alguien que fuera tan amoral (...) Quiero decir, me agradó personalmente, es sólo que no podía entenderlo. Es como si fuera de una especie diferente, o algo así ". Como alguien sin identidad, podríamos decir, sin nada fijo ni objetivable a lo que poder referir su personalidad.
     Curiosamente, esta forma de instalarse en el mundo que, en términos generales, proponen Foucault y el posmodernismo viene a coincidir, con la que han consignado algunos psiquiatras existenciales que es la propia de quienes sufren de esquizofrenia (ver, por ejemplo, Louis A. Sass: “Locura y modernismo”, Ed. Dikynson). Ya Eugène Minkowski había resaltado como definitorio de la esquizofrenia el hecho de percibir cualquier salida al mundo, cualquier objetivación de su ser íntimo por parte del esquizofrénico como algo alienante, una traición a su sí mismo, de modo que, cuando esta persona realiza alguna tarea mundana, se siente a sí misma como falseada, como un vacío, como una máscara de sí. De esa manera nos hace ver Sass, que se percibía a sí mismo Antonin Artaud –esquizofrénico y a la vez un conspicuo representante del arte de vanguardia, arte también ligado a estos presupuestos–, el cual describía su propia cara como una “máscara lubricante”, “como si la parte más íntima suya se volviera un objeto externo”. Sass considera como característica principal de la esquizofrenia lo que llama “hiperreflexividad”, una tendencia exagerada a encerrarse en sí mismo y construirse un mundo a la medida de las propias ideas, fantasías o pulsiones íntimas antes de que lleguen a tropezar con la realidad exterior.
El panóptico de Bentham
     Otra característica habitual en la esquizofrenia son los delirios de referencia, que nacen de la sensación de que todo lo que ocurre alrededor del esquizofrénico considera este que alude o tiene relación con él. Un síntoma amortiguado de esto mismo son las ideas de referencia, características de personalidades esquizoides, no estrictamente psicóticas; y ya decididamente intensificado este síntoma pasaría a ser delirio persecutorio o paranoico. Hablamos de un síntoma que tiene evidentes concomitancias con la idea de Foucault, expuesta en “Vigilar y castigar”, de que el sistema, es decir, la “sociedad carcelaria”, viene a ser algo equivalente al panóptico de Bentham, un tipo de arquitectura ideada hacia fines del siglo XVIII por el filósofo utilitarista Jeremy Bentham para cárceles y prisiones, diseñada en forma de anillo de celdas alrededor de una torre de vigilancia desde la que el carcelero puede observar todo lo que hacen los prisioneros recluidos en esas celdas, sin que estos puedan saber si son observados, porque desde fuera la torre de vigilancia resulta opaca. El sistema, pues, viene a ser el ojo que todo lo ve o que en todo momento se ocupa de él, que tanto Foucault como el esquizofrénico sienten que les acosa por doquier.  El continuo que va desde las ideas de referencia hasta el delirio persecutorio permite por otro lado entender los comportamientos de muchas personas politizadas que mantienen algo así como una permanente postura de disposición para el combate, de defenderse del ubicuo enemigo que creen detectar en cualquier sujeto que, por algún detalle más o menos relevante, pasa a ser a sus ojos representante del sistema (un enemigo de la nación, un enemigo de clase, un enemigo de género…). Como los esquizoides y esquizofrénicos en general, tienden estas personas a ser invulnerables a los razonamientos.
     La trayectoria del pensamiento de Michel Foucault, esta que, como hemos ido viendo, podría servir perfectamente de marco intelectual para la esquizofrenia, vino a entrelazarse con la que, por su parte, iba realizando Simone de Beauvoir (1908-1986), una de las máximas representantes del feminismo de género. Según esta autora, también según Foucault, no existen a priori ni “hombres” ni “mujeres”; la realidad en sí, toda ella, sigue sin existir, cada cual se la puede inventar. Se la puede inventar a partir del lenguaje. Simone de Beauvoir sostenía, pues, que no nacemos hombres o mujeres, sino que la sociedad, a través de consignas transmitidas por el lenguaje (y cuyo cumplimiento se vigila desde el virtual panóptico que constituye la hoy llamada sociedad heteropatriarcal), nos hace hombres o mujeres. Y además, dicha sociedad ha fabricado a la “mujer”, ese constructo cultural, como esclava.
     Christina Hoff Sommers, una destacada feminista de la actualidad, aunque de otra clase de feminismo, el que ella llama “de igualdad”, en sus libros “¿Quién te robó el feminismo?” (1994) y “La guerra contra los chicos” (2013), define de esta forma el feminismo de género, al que ella misma puso también nombre, en una entrevista en “El Mundo” del 17 /09/2016[1]:
     ¿Qué es el feminismo de género, explicado a lectores no iniciados?
     “Es una escuela de feminismo de línea dura que ve a las mujeres, incluso en Occidente, como cautivas de un sistema de injusticia y de opresión. Según esta teoría, cada logro humano en realidad lleva el sello del patriarcado: literatura, filosofía, ciencia, música o lenguaje. No es suficiente con cambiar leyes o tradiciones. El sistema entero tiene que ser desmantelado. El feminismo de género salió de la política radical de los 60 y estuvo marcado por la filosofía marxista y la de Marcuse, Frantz Fanon y Michel Foucault. Yo, sin embargo, me considero una propagadora del “feminismo de igualdad” que lucha por la igualdad moral, social, legal de hombres y mujeres, por la libertad de mujeres y hombres para emplear su estatus de igualdad en intentar ser felices como ellos quieran. Su origen es la Ilustración. Dicho claro, el feminismo de la libertad quiere para las mujeres lo que para todos: dignidad, oportunidad y libertad personal. No está en guerra con feminidad y masculinidad y no ve a los hombres y a las mujeres como tribus opuestas. No está en sus tablas sagradas las teorías de la opresión universal del patriarcado y los males inherentes al capitalismo”.
     “El feminismo de hoy es de lamento. Se empezó a forjar en los 90. La causa noble de la emancipación de la mujer se transformó en victimismo. ¿Cómo pasó? Le echo mucho la culpa a una mezcla desafortunada de teorías de la conspiración sobre un patriarcado fantasma y la propaganda. Desde hace años, he mirado con cuidado estadísticas sobre mujeres y violencia, depresión, desórdenes alimenticios, igualdad salarial y educación. Lo que he encontrado es información engañosa. La tercera ola del feminismo se construye con mentiras e hipérboles. Por ejemplo, la desigualdad salarial. Sí, las mujeres ganan menos que los hombres, pero es porque estudian distintas carreras, trabajan en distintos campos y menos horas. Cuando controlas todos estos factores, la diferencia casi desaparece. Pero eso no se dice en los libros de los estudios de género”.
     “El lobby feminista parte de una lógica perversa: si algunos hombres están mejor que las mujeres, eso es una injusticia. Si a las mujeres les va mejor, eso es la vida”.
     Christina Hoff Sommers es escritora y doctora en filosofía. Investiga en el American Enterprise Institute, uno de los think tanks liberales más señeros de Washington, donde mantiene un videoblog, “La Feminista basada en los hechos”. Dice tener un proyecto: devolver la cordura al feminismo. “Que hombres y mujeres usen su estatus de igualdad para ser felices como quieran”. Considera que el feminismo de género se ha extraviado al unirse a la lucha política de la extrema izquierda, que utiliza el victimismo para imponer las tesis de lo “políticamente correcto” y negar el derecho a la discrepancia. Defiende un “feminismo de igualdad” frente a ese “feminismo de género” que ella considera reaccionario y autoritario y que a menudo contiene una “hostilidad irracional hacia los hombres”. Sommers añade que las preferencias personales, y no la discriminación sexista, juegan un papel en la elección de carrera de las mujeres. Las mujeres no sólo prefieren desarrollarse profesionalmente en campos como la biología, la psicología y la medicina veterinaria, por encima de la física y las matemáticas, sino que además buscan carreras que sean compatibles con su vida familiar. Sommers escribe que “el verdadero problema al que la mayoría de las científicas se enfrentan es el reto de combinar la maternidad con una carrera científica de alto valor”.



domingo, 11 de marzo de 2018

Cómo desestabilizar una sociedad (por ejemplo, la española)

     Resumen: una sociedad se mantiene estable cuando las fuerzas que aglutinan sus partes componentes prevalecen sobre las fuerzas disgregadoras, las que oponen a las partes entre sí y con el todo. Un estupendo caldo de cultivo, sobre todo emocional, para la desestabilización de una sociedad son las movilizaciones callejeras en favor de las fuerzas disgregadoras.
 
     En una de sus sorprendentes e ilustrativas indagaciones etimológicas, Ortega nos descubre que “ser” viene de “sedere”, “estar sentado”; es decir, que aquello que aspire a llegar a ser ha de alcanzar, para conseguirlo, un estado de reposo, de permanencia, de quietud sedentaria que pueda superponer al caos, la improvisación y el deambular errático que caracterizan el previo no ser. Lo cual, cuando estemos hablando de cosas que al hombre conciernan, habremos de saber que ha de hacerse compatible con el hecho de que la vida no consiente tampoco la inmovilidad, puesto que, como decía María Zambrano, “vivir, al menos humanamente, es transitar, estarse yendo hacia… siempre más allá”.
     ¿Cuándo una sociedad adquiere su ser? Habrá que entender que cuando el conjunto de las interacciones humanas en que consiste encuentre un marco estable en el que desenvolverse, una estructura o modo de organizarse aceptado y compartido por los individuos que la componen, los cuales consienten en supeditar sus planes personales a los acotamientos que impone el interés común. Ese marco común lo conforman las instituciones, y su sentido podríamos concretarlo en el hecho de que, a través de ellas, el todo social prevalece sobre las partes. Es a esto a lo que Aristóteles se refería cuando decía en su “Política”: “Debe considerarse a la ciudad como anterior a la familia y aun a cada uno de nosotros, pues el todo necesario es primero que cada una de sus partes; una vez destruido el todo, ya no hay partes (…) porque la mano separada del cuerpo no es ya una mano real (…) La naturaleza arrastra, pues, instintivamente a todos los hombres a la acción política”.
     Cuando los individuos dejan de atenerse a las exigencias de ese marco común, cuando los intereses y pretensiones particulares o grupales chocan unos con otros, cuando lo que disgrega es más que lo que aglutina, la sociedad se desestabiliza, las normas de convivencia se diluyen, sobreviene el caos y, finalmente, la sociedad desaparece, deja de ser. Rostovtzeff, un conspicuo historiador de la Grecia y Roma clásicas, habla así de la disgregación social que existía en los tiempos en los que la caída del Imperio romano era inminente: “Los campesinos odiaban a los terratenientes y a los funcionarios; el proletariado de las ciudades odiaba a la burguesía urbana, y el ejército era odiado por todos, incluso por los campesinos...”. La unidad nacional romana se fue, por tanto, deshilachando… Reinaba la disociación. Las fuerzas disgregadoras empezaron a prevalecer sobre las aglutinantes. Roma, finalmente, dejó de ser.
En la manifestación feminista del 8 de marzo de 2018
     Podríamos concluir, en función de lo dicho, que las crisis sociales que ponen en peligro la existencia misma de la sociedad, están determinadas por la irrupción de factores de disgregación protagonizados por las partes que amenazan con prevalecer sobre las fuerzas aglutinantes, poniendo en peligro la existencia del todo. De entre los muchos ejemplos posibles que la historia pone a nuestro alcance de ese tipo de crisis, escogeremos uno suficientemente representativo y evocador que dejó en España heridas que aún hoy no están suficientemente suturadas: el que se corresponde con el período que transcurre entre la llamada Revolución Gloriosa de 1868 y el fin de la Primera República, en 1874, el llamado Sexenio Democrático, pletórico de buenas intenciones, pero en donde la acumulación de factores de disgregación social alcanzó un grado paroxístico.
     En los años previos se habían ido acumulando ya factores de desestabilización que cristalizaron en el Pacto de Ostende de 1866 entre progresistas y demócratas, promovido por el general Prim, en el que se planteó que se imponía derrocar la Monarquía de Isabel II y nombrar un Gobierno provisional que se encargara de buscar una nueva dinastía que sustituyera a la borbónica e implantase la soberanía única de la nación y el sufragio universal. De aquello se siguió un pronunciamiento militar que condujo finalmente a la abdicación de la reina Isabel, que inmediatamente se exilió en septiembre de 1868.
     El general Serrano fue nombrado regente y el general Prim, jefe del Gobierno. Este último se encargó de buscar un nuevo rey para sustituir a Isabel II, y al final el elegido por las Cortes Constituyentes fue Amadeo de Saboya, coronado rey de España el 2 de enero de 1871, inmediatamente después del atentado en el que, precisamente, murió el general Prim, su principal valedor. El propio rey, desprovisto de apoyos suficientes, abdicó en febrero de 1873, empujando casi de modo inevitable a la proclamación de la I República. Antes había rebrotado un nuevo ramal disgregador: los seguidores del pretendiente Carlos VII, viendo la debilidad del estado, declararon la Tercera Guerra Carlista. El 11 de febrero de 1873, al día siguiente de la abdicación de Amadeo I, las Cortes proclamaron la República.
     Ganaron posiciones los republicanos federales, que aspiraban a hacer de España una Federación de estados soberanos. El 8 de junio se proclamó la República Federal: nuevo factor disgregador de una nación que hasta entonces era unitaria. Un federalista moderado, Estanislao Figueras, fue el primer presidente del poder ejecutivo. En una reunión del Consejo de Ministros celebrada el 9 de junio de 1873, después de numerosas discusiones sin llegar a ningún acuerdo para superar la crisis institucional que atravesaba el país, al parecer, el presidente Figueras agotó su paciencia y, en un momento de la sesión, exclamó: “Señores, voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros”. Acto seguido, abandonó la sala. Al día siguiente, dejó una carta con su dimisión al vicepresidente del Parlamento, y, sin más avisos, cogió un tren a París para no volver más. Había durado en el Gobierno cuatro meses.
     Le sustituyó el también republicano federal Pi y Margall, que, para llevar adelante su idea de República Federal, promovió la división de España en 17 estados soberanos. Apenas había asumido su cargo, empezó a ser acosado por los intransigentes de su propio partido, que exhortaron a la inmediata y directa formación de cantones, para construir la República “de abajo arriba”, lo que supondría el inicio de la rebelión cantonal. El sector moderado de su partido, viéndolo desbordado, retiró su apoyo a Pi y Margall y le hizo dimitir. Había durado en el cargo treinta y siete días. Le sucedió otro moderado entre los republicanos federales: Nicolás Salmerón. El nuevo presidente del Ejecutivo renunció pronto también a su cargo porque no quiso firmar las sentencias de muerte de varios soldados acusados de traición, ya que era absolutamente contrario a la pena de muerte. Había durado en el cargo tres meses. Para sustituirle las Cortes eligieron el 7 de septiembre a Emilio Castelar, que se mantendría hasta enero de 1874. Entonces se sometió a una moción de confianza en las Cortes, que perdió. En resumen: cuatro jefes de Gobierno en menos de dos años, algo que por sí solo ya sería expresivo de la inestabilidad política por la que atravesaba la sociedad española. Tras la dimisión de Castelar, fuerzas de la Guardia Civil y del Ejército, al mando del capitán general Pavía, entraron en las Cortes y las suspendieron. El general Serrano fue nombrado jefe del nuevo Gobierno en calidad de dictador. El 29 de diciembre de 1874, el general Arsenio Martínez Campos se pronunció en Sagunto a favor de la restauración de la monarquía borbónica en la persona de don Alfonso de Borbón, hijo de Isabel II. Serrano optó por no presentar resistencia.
     Ya con la proclamación de la República, se habían empezado a producir estallidos en la calle y huelgas revolucionarias. Más la Tercera Guerra Carlista (1872-1876). Más la Primera Guerra de Cuba (1868-1878). Más el incremento del bandolerismo. Más crisis económica y malas cosechas varios años por la sequía, más intrigas políticas permanentes, más la aparición de organizaciones obreras radicales, marxistas y, sobre todo en España, anarquistas… En 1871 tuvo lugar el movimiento revolucionario de la Comuna de París, en la que coyunturalmente tomaron el poder los activistas revolucionarios. Los movimientos utópicos de la Comuna enseguida sintonizaron, no solo con sus correligionarios españoles, sino también con la rebelión cantonalista (muchos de sus protagonistas vinieron a España una vez fracasada la Comuna y prosiguieron aquí su activismo), porque, como siempre ocurre, saben que sus ideas encuentran el caldo de cultivo apropiado cuando el estado se desestabiliza, y la descomposición del territorio es una forma estupenda de socavar el poder del estado (hoy mismo está ocurriendo esa confluencia de intereses entre los nacionalismos independentistas, que aspiran a la descomposición territorial, y la extrema izquierda que ve en ello una forma de debilitar al estado).
     Pero aún queda por citar lo peor de todo aquel maremágnum de descomposición: la locura de la rebelión cantonalista. Imbuidos de la ideología federalista, pero sobrepasando los planteamientos de los federalistas moderados, los más extremistas empezaron a proclamar los cantones independientes, que se sublevaron inmediatamente contra el Gobierno republicano. Aparecieron cantones que se declararon independientes a lo largo de toda la geografía española, especialmente en el Levante y Andalucía (entre la guerra carlista y los cantones, 32 provincias españolas estaban en pie de guerra): Alcoy, en donde además se produjo un movimiento revolucionario obrero, Cádiz, San Fernando, Sevilla, La Línea de la Concepción, Málaga, Coria, Salamanca, Ávila, Betanzos, Camuñas, Murcia, Caravaca, Jumilla, Ricote, Cieza, Lorca, Pliego... se declaran estados independientes. El cantón de Sevilla declara la guerra al de Utrera. Granada declaró la guerra a Jaén. Jumilla amenaza con la guerra a todas las naciones vecinas a través de un bando en el que proclama: “La nación de Jumilla desea estar en paz con todas las naciones extranjeras, y sobre todo con la nación murciana, su vecina. Pero si esta se atreve a desconocer nuestra autonomía y a traspasar nuestras fronteras, Jumilla se defenderá como los héroes del 2 de mayo y triunfará en la demanda, y amenaza con no dejar en Murcia piedra sobre piedra”.
     Sin embargo, el prototipo y símbolo de todos los cantones será el de Cartagena, que se declaró independiente el 12 de julio de 1873. La flota que allí estaba radicada también se proclama cantonalista y recorrerá la costa exigiendo, por ejemplo, a Torrevieja una cantidad de dinero para la causa; posteriormente pasan a Alicante y exigen también dinero, y como los alicantinos se niegan, les confiscan un barco. Lo mismo hacen en Almería y Motril. El gobierno cantonal cartaginés incluso acuñó moneda propia. Cartagena, cómo no, declara la guerra al estado español. La última acción del gobierno cantonalista de Cartagena fue mandar una carta al presidente de Estados Unidos para solicitarle que les admitieran como un estado más de aquella nación. Finalmente, asediada por el ejército español, Cartagena se rinde, pero queda destruida; solo 24 casas de toda la ciudad quedaron indemnes.
     Hegel explicaba que en tiempos de grave crisis social, “los individuos se retraen en sí mismos y aspiran a sus propios fines (…) Esto es la ruina del pueblo; cada cual se propone sus propios fines según sus pasiones”. Donde pone “individuos” pongamos también “grupos particulares”. Si alguien quiere destruir el estado, lo que tiene que hacer es azuzar a unos grupos contra otros: obreros contra empresarios, mujeres contra hombres, unas regiones contra el conjunto del estado, los pensionistas contra la Administración… En el caldo de cultivo que producen esos enfrentamientos entre las partes y entre estas y el todo, las ideologías extremistas prosperan. Es algo que sabía muy bien el nefasto ex presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, que, en vísperas de las elecciones generales del 9 de marzo de 2008, al final de una entrevista con Iñaki Gabilondo, y cuando este, ya de pie y creyéndose fuera de micrófono, pero con él aún funcionando, le preguntó: “¿Qué pinta tienen los sondeos que tenéis?”. Zapatero, candidato a la reelección por el PSOE, le contestó: “Bien, sin problemas, lo que pasa es que nos conviene que haya tensión”. Esa estrategia de la tensión ya la había utilizado, y con mucha eficacia, con las movilizaciones por el hundimiento del “Prestige” en 2002, así como las de protesta contra el Gobierno por la guerra de Irak (en la que España, sin embargo, no participó), y, sobre todo, cuando consiguió algo único en el mundo después de un atentado de aquella gravedad: fue el del 11 de marzo de 2004, en que buena parte de la población se rebeló no contra los presuntos autores, sino contra su gobierno.
Manifestación feminista-8 de marzo de 2018
     La necesidad de que haya tensión, de que las instituciones entren en crisis, de que el poder del estado se debilite para así ellos prosperar, es algo que también saben, incluso mejor que Zapatero y sus epígonos, los dirigentes de Podemos, que recurrentemente proponen sustituir la democracia parlamentaria por la “democracia de la calle”, y que, al igual que el PSOE desde Zapatero, pero con más decisión incluso, se alían con las fuerzas disgregadoras del separatismo. El 26 de febrero pasado, Pablo Echenique, Secretario de Organización de Podemos, sin duda apremiado por unas encuestas que, a raíz del movimiento aglutinante que surgió en España después del referéndum separatista catalán del 1 de octubre de 2017, les auguraban una importante caída, se apresuró a declarar que Podemos llamaba “a una primavera de movilizaciones” y anunciaba que hará “todo lo posible” para que triunfe. Sabe Echenique, evidentemente, que las movilizaciones, sobre todo si son callejeras, al margen de las instituciones, de las partes contra las partes y de las partes contra el todo, van unidas al crecimiento de los extremismos, a su propio crecimiento. Y, como ya se ha podido ver, están en ello.

sábado, 30 de marzo de 2013

Cuando el resentimiento se camufla como feminismo

La acción política se alimenta de una clase de inquietud que empuja hacia la transformación de la realidad. Se trata de una inquietud que es preciso vigilar, porque puede decaer hacia esa forma de extremismo del que brota la propensión hacia las utopías o que, simplemente, sirve de coartada y camuflaje para impulsos patológicos y destructivos que, aprovechando los resquicios de imperfección o incluso injusticia que puede presentar la realidad, vuelcan sobre esta todo su desproporcionado, y en origen indiscriminado, potencial  de destrucción. Hay gente, pues, vocacionalmente dispuesta a enfrentarse con el mundo, a buscar culpables de algo, enemigos hacia los que dirigir su agresividad; personas esencialmente inadaptadas que necesitan encontrar sobre quién proyectar su global rechazo del mundo.  Esa gente encuentra precisamente en la política una manera de dignificar su patología destructiva.

De esa disposición se han alimentado, pues, ideologías que han ido dejando su rastro de sangre y fuego a través de la historia. El síntoma de que nos hallamos ante alguna de ellas es la manera en que enfáticamente interpretan el mundo como escenario de ineludibles confrontaciones entre bandos que sólo pueden terminar con la victoria aplastante del uno sobre el otro; podremos ver que asoman esas ideologías cuando se hace evidente la desproporción entre la clase de conflictos hacia los que apuntan y la violencia, sectarismo y obcecación con los que se desenvuelven en ellos.

Durante un siglo, la idea de la “lucha de clases” vino a servir de camuflaje a muchas de estas personas portadoras de instintos antisociales (todavía sigue haciéndolo, aunque de modo más o menos residual). Los cien millones de muertos achacables al comunismo dan testimonio de ello. El marxismo real retorció la filosofía de Hegel, que exigía la fusión dialéctica de los contrarios, y la convirtió en instrumento intelectual con el que dar legitimidad al aplastamiento de una de las dos clases sociales, la burguesía, por parte de la otra, el proletariado (hablamos, recordémoslo, de meros camuflajes: en realidad, un sector social, el que tenía su sustento en el partido y en la burocracia estatal, se dedicó, bajo estos regímenes, a aplastar sañudamente al resto de la población). Otra idea utópica, la de la pureza racial, apenas disimuló los instintos antisociales de aquellos otros que, de la mano del nazismo, llevaron a Alemania, y de paso al resto del mundo, a la catástrofe. Hoy vivimos el auge de otra idea, la de la yihad o guerra santa, que sirve de camuflaje a otras mentes asimismo propensas a la psicopatía.

 
El feminismo goza de una indudable legitimidad de origen: no hay más que ver el escaso número de veces que la mujer ha estado en el primer plano de la historia para fácilmente deducir que debajo de ello ha discurrido una larga trayectoria de maltratos o, cuando menos, de sometimiento. Sin embargo, aprovechándose de los complejos y sentimientos de culpa del hombre de hoy (del hombre occidental, más en concreto) generados por aquellas injusticias, ha ido aupándose sobre aquel feminismo legítimo una clase de extremismo antisocial y excluyente del mismo tipo que las malhadadas ideologías antes referidas, que sibilinamente ha acabado impregnando a ese compacto conglomerado de la opinión pública que rige como “lo políticamente correcto”.

Fue al final de los años sesenta del pasado siglo cuando irrumpió con toda su fuerza ese feminismo radical que, tomando el testigo del resentimiento que le legaba la anterior y ya declinante lucha de clases, partía de la consideración de que las relaciones humanas están determinadas por una consustancial lucha de sexos. Hombres y mujeres, según eso, no podrán contar nunca con un ámbito que compartir y en el que encontrarse y complementarse, porque su relación es en realidad el campo en el que se desarrolla una ineludible confrontación y lucha de poder. Uno de los textos de referencia de ese feminismo radical fue el Manifiesto SCUM (iniciales en inglés de “Manifiesto de la Organización para el Exterminio del Hombre”), de Valerie Solanas, que a través de formulaciones demasiadas veces grotescas y disparatadas viene a dar expresión supuestamente feminista a lo que no es sino un cauce más a disposición de aquel impulso resentido y a la busca de enemigos a los que odiar de los que hablábamos antes.

Para Solanas (y hay que entender que para las muchas feministas radicales que tienen sus escritos como imprescindible referencia), “el hombre es un egocéntrico total, un prisionero de sí mismo incapaz de compartir o de identificarse con los demás, incapaz de sentir amor, amistad, afecto o ternura”. O dicho con más crudeza todavía: “Cada hombre sabe, en el fondo, que sólo es una porción de mierda sin interés alguno”. Hasta ahora el hombre ha ejercido su dominio a través de la institución familiar: “Se las ingenió para crear una sociedad basada en la familia, una pareja hombre-mujer y sus hijos (el pretexto para la existencia de la familia) que virtualmente viven uno encima del otro, violando inescrupulosamente los derechos de la mujer, su intimidad, su salud”. Concretamente, la paternidad ha permitido “proporcionar al hombre la máxima oportunidad para manipular y controlar a los demás”. Pero reduzcamos la cuestión a sus justos términos: “la función del macho es la de producir esperma. En la actualidad (sin embargo) existen bancos de esperma”. Las cosas, pues, están cambiando: “El amor no es dependencia ni es sexo, es amistad (…) Al igual que la conversación, el amor solamente puede existir entre dos mujeres-mujeres seguras, libres, independientes y desarrolladas”. El punto al que se ha llegado es aquel en el que se hace “necesario haberse hartado del coito para profesar el anti-coito”. Parecería que asimismo hemos llegado a poder plantearnos el asunto en los siguientes términos: “saber si deberá continuar el uso de mujeres para fines de reproducción o si tal función se realizará en el laboratorio”. En realidad, ya tenemos la solución: “la respuesta es la reproducción en el laboratorio”. Sin embargo, si somos decididos (decididas, perdón), podemos llevar el asunto a sus últimas consecuencias: “¿Por qué reproducir? ¿Por qué futuras generaciones? ¿Para qué sirven? ¿Por qué preocuparnos de lo que ocurra una vez muertos?”. Y en conclusión: “Eliminad a los hombres y las mujeres mejorarán. Las mujeres son recuperables; los hombres, no”.

Parecería que estas pintorescas formulaciones (y otras más sobre las que no nos extenderemos) son el simple producto exudado por una mente delirante. Y, efectivamente, Valerie Solanas fue finalmente diagnosticada como esquizofrénica. Pero con un mayor o menor añadido de sutileza, es este tipo de ideas lo que está en el sustrato de la llamada ideología de género. “Género” es precisamente, un concepto nuclear (hoy asumido por la generalidad) de este feminismo extremo, con el que se pretende sustituir a otro concepto digamos que meramente organicista, el de sexo: ser hombre o ser mujer es para este tipo de feminismo una mera etiqueta cultural, perfectamente independiente de las adscripciones que tenga previstas la biología, y, por supuesto, de mayor entidad que lo que tenga que decir el hecho de tener unos genitales u otros. Por otro lado, que en España hayamos pasado de ser en 1975 el país europeo con un más alto índice de natalidad a ser ahora mismo el país del mundo con un índice de natalidad más bajo, habla del modo en que, de una u otra manera, esa cultura enfrentada a la “familia reproductora” que manó del feminismo radical ha ido impregnando nuestra mentalidad durante las últimas décadas.
 
Y en fin, de modo sibilino, camuflada como instrumento legal supuestamente destinado a promover la igualdad entre sexos, la Ley Integral de Violencia de Género actualmente vigente está cumpliendo un impagable servicio a esta extremista y excluyente ideología de género. De manera tal que hemos llegado a una situación en la que la magistrada de Barcelona María Sanahuja pudo, por ejemplo, afirmar en octubre de 2011: “Ya existen españoles con penas de seis meses de cárcel sólo por decir a sus mujeres ‘vete a la mierda’”. O en la que el magistrado de Granada Manuel Piñar Díaz llegó a emitir en septiembre de 2011 una sentencia a raíz de una falsa denuncia de malos tratos en la que afirmaba: “Con este excesivo celo ideológico de proteger a la mujer, se está llegando a quitar la dignidad a determinados varones que son denunciados y sometidos a procedimientos que con frecuencia comprenden detención y escarnio público, lo que no hace sino alimentar la violencia, dar un paso atrás en la igualdad ante la ley y en última instancia en el Estado de Derecho”.

Siempre les quedará a los defensores de la ideología de género (y a la gran parte de la población que ha sido seducida por sus ideas extremas y anti igualitarias) la posibilidad de negar la realidad y decir que esas afirmaciones expuestas son falsas. O desdeñables por ser poco significativas… Un síntoma más de que la ideología de género está triunfando, de que se ha impuesto como lo políticamente correcto y de que todos los que no pasamos por el aro y aceptamos sus presupuestos somos simplemente unos machistas.

 

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sábado, 16 de marzo de 2013

¿Puede el PSOE levantar la bandera de la igualdad?


(CONTESTACIÓN AL ARTÍCULO DE LUIS TUDANCA, DIRIGENTE DEL PSOE DE BURGOS, PUBLICADA EN EL CORREO DE BURGOS EL 19 DE MARZO DE 2013)

La igualdad ante la ley es una gran conquista de la civilización occidental. Gracias a ella, desde los tiempos de la Ilustración, en los cuales quedaron asentados los valores democráticos y se consolidó el estado de derecho, este principio de la igualdad jurídica supuso la supresión de los privilegios, de la discriminación positiva por ley, de modo que desde el siglo XIX, en los países democráticos, todos los habitantes de la nación han de estar, por ejemplo, sometidos a unos mismos criterios en cuanto a la distribución de cargas fiscales. En España, sin embargo, a causa del relativo fracaso de nuestras revoluciones liberales, hay todavía territorios discriminados positivamente en materia fiscal: la Comunidad Autónoma Vasca y la Comunidad Foral de Navarra, a través de sus respectivos conciertos económicos (y aspira a estarlo, a través de sus gobernantes nacionalistas, la Comunidad Autónoma de Cataluña). El único partido del arco parlamentario que, en este sentido, puede levantar la bandera de la igualdad es UPyD (y Ciudadanos en Cataluña); todos los demás, PP, PSOE, IU y, por descontado, los partidos nacionalistas, son partidarios de mantener esos privilegios feudales.

Gracias también a ese principio de igualdad ante la ley, desde los tiempos de la Ilustración quedaron asimismo superados en los emergentes códigos penales los delitos de autor, aquellos en los que un mismo delito era castigado de manera diferente según lo cometiera un noble o un villano. Algo que un régimen intrínsecamente reaccionario frente a los avances de la historia como el nacionalsocialista restauró cuando implantó el contra principio de que el mismo delito merecía penas diferentes según lo cometiera un ario o un judío. Entre nosotros, la ruptura de ese principio significaría, por ejemplo, que un mismo delito de tráfico de influencias fuera castigado de diferente manera (o tal vez no llegara si quiera a castigarse; o se indultase) según lo cometiera un político, la hija del Rey o un ciudadano de a pie.
 

Gracias a esa aspiración a la igualdad, en UPyD podemos compartir trinchera con D. Luis Tudanca, Secretario General del PSOE y diputado por Burgos, en asuntos como los de la aspiración a la igualdad de trato laboral entre hombres y mujeres o en la persecución de la violencia que yo prefiero denominar doméstica, a lo cual se refería en el artículo que, en buena medida como contestación a otro mío anterior, publicó en estas mismas páginas el pasado jueves, 7 de marzo, y que tituló: “¿Son tolerables las declaraciones de UPyD contra la igualdad?”.

Aclararé antes de nada que, aunque pertenezco al Consejo Local de UPyD de Burgos, le contesto en mi propio nombre; somos un partido transversal, en el que nos juntamos personas diversas, unidas por el perentorio propósito de trabajar por la regeneración política de nuestro país, la recuperación de una idea de nación común a todos los españoles y la separación de poderes, pero que podemos tener ideas diferentes en otros asuntos.

Dejamos de compartir trinchera PSOE y UPyD, precisamente, cuando aquel se declara partidario de romper la igualdad ante la ley, lo que hace que yo le devuelva la pregunta al Sr. Tudanca, en la medida en que él se muestra partidario de la actual Ley Integral contra la Violencia de Género, en la cual el mismo delito se castiga de forma diferente si lo comete un hombre o una mujer, y que suprime el elemental principio del estado de derecho según el cual todo el mundo es inocente mientras no se demuestre lo contrario; a partir de esta ley, el mero testimonio de la mujer puede llevar a un hombre a la cárcel. Evidentemente, muchas de las denuncias de maltrato están, sin duda, más que justificadas. Pero estos datos que proporciona el Consejo General del Poder Judicial merecen atención: según esta institución, en 2011 se hicieron 134.000 denuncias (367 denuncias diarias) por “violencia de género”. De esas denuncias, 52.294 derivaron en sentencias penales (el 40%). De ellas fueron condenatorias el 60% (31.403) y el 40% absolutorias (20.891). Es decir, que en sólo el 23,43 % de las denuncias el acusado es declarado culpable (en base, quizás, al testimonio único de la mujer, si el hombre no consigue demostrar su inocencia). O sea, que hay 244 hombres no-culpables que cada día son denunciados. Aun declarado no-culpable, el divorcio de esos hombres pasa a tramitarse desde el juzgado especial de violencia “de género”, en lugar del normal, lo que conlleva una inferioridad adicional a los ya de por sí sesgados divorcios en favor de la mujer (90% de custodias a su favor).

¿Todos aquellos casos en los que no se condena al hombre acusado merecen que siga viva nuestra sospecha de que “algo habrá hecho”? ¿Todos se deben a que no se pudo probar su culpabilidad? ¿O es legítimo pensar que muchos de ellos se deben a denuncia falsa, no sólo el 0,009 por ciento al que alude el Sr. Tudanca? Porque si los miles de personas hoy movilizadas contra esta ley (no hay más que visitar las páginas de internet en que imploran atención) tuvieran alguna razón, el daño que esta ley estaría haciendo sería tremendo. ¿Es razonable que en los 7 años de vigencia de la ley hayan sido ya acusados de maltrato el 5% de los hombres españoles mayores de 18 años?

Quienes realmente aspiramos a la igualdad ante la ley, queremos que esta vaya contra las conductas, no contra las personas; no castigue a los hombres por el hecho de ser hombres, sino a los delincuentes por el hecho de ser delincuentes. Que si hay agravantes, como el del abuso de la fuerza física, este, de acuerdo con los más elementales principios del estado de derecho, quede vinculado a los comportamientos no a los sexos. Que la desventaja de los colectivos sociales desfavorecidos (por razón de nacimiento, raza, sexo, religión u opinión, según dice la Constitución) no se pretenda arreglar con leyes que discriminen positivamente a cada uno de ellos, sino partiendo del principio de que todos somos iguales ante la ley. Y que ha de haber una misma ley para todos.

Javier Martínez Gracia, del Consejo Local de UPyD de Burgos


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“Cuando el resentimiento se camufla como feminismo”
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sábado, 9 de marzo de 2013

¿Es Toni Cantó un defensor de maltratadores?

(RESUMEN DE LA ENTRADA ANTERIOR PUBLICADO EN EL CORREO DE BURGOS EL 5 DE MARZO DE 2013, SEGUIDO DE LA, EN PARTE, RESPUESTA DE UN DIRIGENTE DEL PSOE)

Para expresar alegría, tristeza, irritación, agresividad, frustración, deseo… basta con los gritos y poco más. Esa es, precisamente, la base del lenguaje del niño y del salvaje, antes de que aparezca la necesidad de articular palabras y conceptos con los que tratar de apresar intelectualmente las cosas que nos rodean. “Lo que los niños llaman cosas –decía Ortega– son en realidad las siluetas fugitivas que se van dibujando en sus pasiones”. Allí donde la palabra viene a expresar un mínimo de idea y un máximo de afectividad estamos, pues, aprovechándonos del lenguaje no para describir las realidades objetivas sino para dar rienda suelta a nuestras pasiones. Es lo que ocurre sobre todo con los improperios. “La abundancia de improperios –decía también Ortega– es el síntoma de la regresión de un vocabulario hacia su infancia”. Y añadía: “Es sabido que no existe pueblo en Europa que posea caudal tan rico de vocablos injuriosos, de juramentos e interjecciones, como el nuestro. Según parece, sólo los napolitanos pueden hacernos alguna concurrencia”.

De esta forma, apremiados, por ejemplo, por la necesidad de exponer lo que queremos decir en un máximo de 140 caracteres, como nos exige ese medio de comunicación hoy tan prevalente que es Twitter, no hay más que ver cómo los españoles entendemos que ir al grano, a la sustancia de eso que queremos decir, equivale demasiado a menudo a conjuntar improperios. Cuando Toni Cantó, diputado de UPyD, expuso hace unos días su valoración sobre los perjuicios a los que, según él, está adscrita nuestra Ley Integral sobre la Violencia de Género, muchos de aquellos que se dedican a conjuntar interjecciones e improperios en vez de atender a la realidad que –con no demasiado acierto en las estadísticas en las que se apoyó– Cantó señalaba, aprovecharon para cebarse en él de una manera inmisericorde, propuesta de empalamiento incluida, así como de ilegalización de UPyD, estas dos procedentes del ámbito de Izquierda Unida.
 
 
El caso es que –sigamos con Ortega para así neutralizar los malos efluvios– “además de las interjecciones, es curioso el prurito de nuestra raza por expresarse con gestos excesivos”. En este marco hay que incluir asimismo el que PSOE, Izquierda Plural y BNG hayan pedido la reprobación del diputado Toni Cantó y PP, CiU y PNV hayan condenado sus declaraciones sobre las denuncias por violencia doméstica. De modo que entre improperios y gestos excesivos se ha conseguido una vez más usurpar el espacio que naturalmente deberían ocupar los argumentos. Si estos hubieran podido asomar, se debería haber podido atender al hecho de que somos el único país que ha pretendido defender a la mujer de la violencia de género llevándose por delante un precepto constitucional, en concreto el artículo 14, que dice: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. O aquel otro presupuesto básico del Estado de Derecho según el cual se presume la inocencia de las personas mientras no se demuestre lo contrario. De modo que, en España, hoy, si una mujer acusa a su marido de comportamiento violento con ella, es éste el que debe de probar su inocencia no aquella su culpabilidad, y, mientras tanto, el juez puede dictar, sin más requisitos, y hasta que se pruebe esa inocencia, medidas que lleven al acusado a ser detenido y esposado delante de sus hijos, encarcelado preventivamente, expulsado por treinta días del hogar familiar por una orden de alejamiento y obligado a perder la custodia y compañía de sus hijos menores de edad, así como a socorrerlos económicamente, además de arrastrar para siempre la sombra de la sospecha (no son éstos de los que hablo supuestos abstractos: son hechos, está ocurriendo así). ¿Pero y si la denuncia fuera falsa, como de hecho es muy posible que ocurra en los exasperados momentos de conflicto que suelen vivir muchas parejas, quizá próximas al divorcio? Pues si, como efectivamente ocurre a menudo, la denuncia falsa se archiva (salvo si es la segunda vez), la mujer encontraría un gran incentivo en aprovechar ese sesgo de la ley para sacar una gran ventaja de la conflictiva situación… a costa de que el hombre, sintiéndose tan injustamente tratado, aumentara gravemente su resentimiento hacia la mujer o, en el colmo de la frustración, cayera quizás en la depresión y en posibles pensamientos (o lo que es peor, actos) suicidas, porque ya no le queda nada, ni siquiera, estigmatizado como está, dignidad.

De esto venía a hablar Toni Cantó. No de dar pábulo a los terribles comportamientos de violencia intrafamiliar, que, efectivamente, exigen la puesta en práctica de toda la capacidad punitiva del estado, sino de las tremendas consecuencias que puede tener una ley como la que hoy está vigente (y que ningún otro país imita), y que no sólo no ha conseguido disminuir la llamada violencia de género, sino que, en esos casos a los que aquí se alude, por el contrario, lleva a aumentar el nivel de conflictividad y resentimiento, e incluso puede en algún caso servir de acicate a la violencia. Y puesto que contamos con un diputado valiente, además de brillante, capaz de traer a la luz de la discusión pública un problema de esta envergadura, quienes, transcendiendo de ese nivel intelectual y político en el que los improperios y los gestos histéricos sustituyen a los razonamientos, somos capaces de escuchar y entender, estamos obligados, en mi personal opinión, a arroparle y defenderle.

Javier Martínez Gracia, del Consejo Local de UPyD-Burgos

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¿SON TOLERABLES LAS DECLARACIONES DE UPyD CONTRA LA IGUALDAD?

(CONTESTACIÓN AL ARTÍCULO ANTERIOR POR PARTE DE LUIS TUDANCA, SECRETARIO GENERAL DEL PSOE Y DIPUTADO POR BURGOS, EN LA MISMA SECCIÓN DE EL CORREO DE BURGOS, EL 7 DE MARZO DE 2013)

Este viernes, 8 de marzo, conmemoramos el día internacional de la mujer. Y, más que celebrar este día sigue habiendo mucho que reivindicar en un país en el que las mujeres ganan un 22,5% menos que los hombres; en el que la tasa de desempleo femenino es superior al masculino; en el que se aprueba una reforma laboral con recortes en los derechos de maternidad y lactancia; en el que se impone un aumento de las tasas judiciales en los casos de violencia de género; y que ha sufrido la muerte de 49 mujeres a manos de sus parejas en el 2012.

Y esta lucha es de todos. Esta lucha ha sido durante demasiados años sólo de un movimiento feminista que ha logrado despertar conciencias, abrirnos los ojos y visibilizar aquello que sucedía pero que era invisible. Pero ya no. La responsabilidad es de todos, de la ciudadanía y de las instituciones; de las mujeres y de los hombres. Pero somos los hombres quienes más camino tenemos que recorrer porque muchos avances están en nuestras manos y porque debemos acabar con comportamientos, hechos y palabras que justifiquen y amparen el machismo.

Por eso no se pueden consentir declaraciones como las del diputado por UPyD, Toni Cantó, poniendo en duda el sistema de protección a las víctimas por violencia de género. No se puede mentir de forma irresponsable sobre el número de denuncias falsas cuando éstas no alcanzan, según los datos de la Fiscalía General del Estado, el 0,009 % del total, porque eso es alentar el machismo. Y, desde luego, no se pueden hacer esas declaraciones siendo el portavoz de Igualdad de su grupo porque es una provocación y un insulto a quienes sufren las gravísimas desigualdades de género que aún persisten en nuestro país.

Pero lo peor es que cuando Toni Cantó había demostrado un síntoma de inteligencia, callándose y pidiendo perdón, pese a que llegue tarde y se haga con la boca pequeña, salen algunos compañeros de su partido a defenderle, como, por ejemplo, el Consejo Local de UPyD de Burgos en un reciente artículo. Y ahondan en el discurso machista hablando de la inmensa cantidad de denuncias falsas, de que la protección a las víctimas de violencia de género rompe el principio de igualdad ante la ley de los hombres, o de las injusticias y vejaciones que tienen que sufrir en los procesos de separación y divorcio que les encamina al suicidio en masa.

Y lo que me preocupa es pensar que, año tras año, sigue habiendo mucho contra lo que luchar en el día internacional de la mujer, que hay muchos hombres que siguen viendo en el feminismo un enemigo, que no entienden que en las situaciones de desigualdad siempre hay una víctima y que, en este caso son las mujeres. Y que una denuncia falsa es un problema que resuelven los jueces, pero que cientos de miles de denuncias auténticas por maltrato son un problema social y trágico que debe ser una prioridad para todos y todas. Incluidos los miembros de UPyD.

(MI RÉPLICA VA EN LA SIGUIENTE ENTRADA AL BLOG)


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jueves, 28 de febrero de 2013

Teoría del improperio y de los gestos histéricos (alegato en favor de Toni Cantó)

Originalmente el lenguaje era simple interjección. Tiempos aquellos, los que vieron el nacimiento del habla, en que los objetos servían de mera ampliación o de capa epidérmica a la intimidad, como ocurre con los niños, para los que el mundo posee la función de servir de escenario para sus juegos y sus sueños, y no tiene aún entidad suficiente para imponerse como exigencia y limitación a sus ingenuos prejuicios y a sus inocentes abusos interpretativos. “Lo que los niños llaman cosas –decía Ortega mucho mejor de como lo estoy diciendo yo– son en realidad las siluetas fugitivas que se van dibujando en sus pasiones”. Para expresar alegría, tristeza, irritación, frustración, deseo… basta con los gritos y poco más; y esa es la base del lenguaje del niño y del salvaje, antes de que aparezca la necesidad de articular palabras y conceptos con los que tratar de apresar intelectualmente las cosas que nos rodean.

Allí donde la palabra viene a expresar un mínimo de idea y un máximo de afectividad estamos, pues, aprovechándonos del lenguaje no para describir las realidades objetivas sino para dar rienda suelta a nuestras pasiones. Es lo que ocurre sobre todo con los improperios. “La abundancia de improperios –dice también Ortega– es el síntoma de la regresión de un vocabulario hacia su infancia”. Y añade: “Es sabido que no existe pueblo en Europa que posea caudal tan rico de vocablos injuriosos, de juramentos e interjecciones, como el nuestro. Según parece, sólo los napolitanos pueden hacernos alguna concurrencia”.

De esta forma, apremiados, por ejemplo, por la necesidad de exponer lo que queremos decir en un máximo de 140 caracteres, como nos exige ese medio de comunicación hoy tan prevalente que es Twiter, no hay más que ver cómo los españoles entendemos que ir al grano, a la sustancia de eso que queremos decir, equivale demasiado a menudo a conjuntar improperios. “Suele ser para nosotros los (…) iberos –pasamos a concluir también de la mano de Ortega– cada palabra un jaulón, donde aprisionamos una fiera, quiero decir un apasionamiento nuestro”. Si fuéramos capaces de salir de esa prisión de nuestras pasiones elementales, de atender al perfil que, más allá de nuestros deseos y pulsiones prematuras, emiten realmente las cosas y las opiniones ajenas, nuestro idioma relajaría la preeminencia que concede al improperio y dejaría un más amplio campo de acción a los argumentos. Pero ya advertía Ortega asimismo que esa perspectiva sesgada que nos regresa egocéntricamente hacia nosotros mismos y, correlativamente, “ese error persistente en nuestra propia valoración implica una ceguera nativa para los valores de los demás (…) La pupila estimativa (…) se halla vuelta hacia el sujeto, e incapaz de mirar en torno, no ve las calidades del prójimo”. Entiéndase también, junto a las del prójimo, las cualidades objetivas de las cosas.

Cuando Toni Cantó, diputado de UPyD, expuso hace unos días su valoración sobre los perjuicios a los que, según él, está adscrita nuestra Ley Integral sobre la Violencia de Género, muchos de aquellos que se dedican a conjuntar interjecciones e improperios en vez de atender a la realidad que –con mayor o menor acierto en las estadísticas en las que se apoyó– Cantó señalaba, aprovecharon para cebarse en él de una manera inmisericorde. De Izquierda Unida, ese ámbito político que parece que acepta servir como lugar de acogida para resentidos e inadaptados en general (y que en momentos tan dados a la exasperación como los actuales está, efectivamente, llamada a tener un gran futuro) es de donde vinieron las mayores descalificaciones. Entre ellas destacan las propuestas de empalamiento al diputado de UPyD por parte de Jorge García Castaño, concejal de IU en el Ayuntamiento de Madrid, en su cuenta de Twitter, o este antológico tuit del Área de Juventud de Izquierda Unida (12.202 seguidores): “Ilegalización ya de @upyd y dimisión de @tonicanto1 por apología del #terrorismomachista el machismo mata! Y vuestra ideología también!” (http://bit.ly/W8sV6o).

Pero –sigamos con Ortega para así neutralizar los efluvios de la mala literatura– “además de las interjecciones, es curioso el prurito de nuestra raza por expresarse con gestos excesivos”. En este marco hay que incluir asimismo el que PSOE, Izquierda Plural y BNG hayan pedido la reprobación del diputado Toni Cantó y PP, CiU y PNV hayan condenado sus declaraciones sobre las denuncias por violencia doméstica. De modo que entre improperios y gestos excesivos se ha conseguido una vez más usurpar el espacio que naturalmente deberían ocupar los argumentos. Si estos hubieran podido asomar, se debería haber podido atender al hecho de que somos el único país que ha pretendido defender a la mujer de la violencia de género llevándose por delante un precepto constitucional, en concreto el artículo 14, que dice: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. O aquel otro presupuesto básico del Estado de Derecho según el cual se presume la inocencia de las personas mientras no se demuestre lo contrario. De modo que, en España, hoy, si una mujer acusa a su marido de comportamiento violento con ella, es éste el que debe de probar su inocencia no aquella su culpabilidad, y, mientras tanto, puede, sin más requisitos, ser detenido y esposado delante de sus hijos, encarcelado preventivamente, expulsado del hogar familiar por una orden de alejamiento y obligado a perder la custodia y compañía de sus hijos menores de edad, así como a socorrerlos económicamente (no son éstos de los que hablo supuestos abstractos: son hechos, está ocurriendo así). ¿Pero y si la denuncia fuera falsa, como de hecho es muy posible que ocurra en los exasperados momentos de conflicto que suelen vivir muchas parejas, quizá próximas al divorcio? Pues si, como ocurre de hecho, no se persigue judicialmente la denuncia falsa, la mujer encontraría un gran incentivo en aprovechar ese sesgo de la ley para sacar una gran ventaja de la conflictiva situación… a costa de que el hombre, sintiéndose tan injustamente tratado, aumentara gravemente su resentimiento hacia la mujer o, en el colmo de la frustración, cayera en la depresión y en posibles pensamientos (y muchas veces actos) suicidas.

De esto venía a hablar Toni Cantó. No de dar pábulo a los terribles comportamientos de violencia intrafamiliar (de que esto es así sólo habría que convencer a aquellos a quienes su inteligencia no les permite confirmar lo evidente), sino de las tremendas consecuencias que puede tener una ley como esta que hoy pretende contrarrestar los efectos de la llamada violencia de género y que no sólo no ha conseguido disminuirla, sino que, en esos casos a los que aquí se alude, por el contrario, lleva a aumentar el nivel de conflictividad, resentimiento e incluso posible violencia final. Y puesto que contamos con un diputado valiente, además de brillante, capaz de traer a la luz de la discusión pública un problema de esta envergadura, quienes transcendiendo de ese nivel intelectual y político en el que los improperios y los gestos histéricos sustituyen a los razonamientos somos capaces de escuchar y entender, estamos obligados a arroparle y defenderle. Incluso a procurar que no se amilane.


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