viernes, 2 de agosto de 2013

Los sentimientos paradójicos que estar en peligro nos suscita

      Tiene razón, Don Sierra: ni siquiera las buenas ideas son capaces de hacer que en ellas encaje toda la realidad, y siempre hay alguna porción de esta que se escapa por las costuras de nuestros intentos de abarcarla con aquellas. La idea de la aversión a la pérdida o al riesgo (yo no he leído todavía el libro de Kahneman, “Pensar rápido, pensar despacio”, y no sé si seré capaz de situar bien lo que digo en relación con lo que dice él) parece tener varios descosidos de esos por donde se escapa la realidad, y que él mismo aceptaría como excepciones a su regla general. Efectivamente, no todo lo que hacemos está regido por esa aversión. Hace pocos días estaba en la prensa la noticia de esos tres montañeros españoles a los que se dio por muertos en el Himalaya después de que se estuviera varios días buscándoles infructuosamente. Siento simpatía por los alpinistas, esos amantes del riesgo a veces extremo, porque una parte de mí envidia sus aventuras. Me cuesta más meterme en el pellejo de, por ejemplo, esos otros amantes del riesgo que corren en los encierros de los sanfermines, aunque los suelo ver por televisión; precisamente, no se me va de la cabeza la australiana herida muy gravemente por asta de toro en el último encierro de este año, más o menos de la edad de mi hija. El caso es que en estos tipos de actividades es muy difícil saber cuál es la ganancia y resulta muy evidente la pérdida cuando llega. Aunque en el alpinismo hay otras sensaciones de alta calidad (nunca mejor dicho), parecería que el riesgo es a veces, por sí mismo, un estímulo suficiente para la acción. Y arriesgo una interpretación: puesto que la muerte es nuestro principal adversario y recurrentemente la vemos rondar cerca de nosotros, hay quien la echa algún que otro envite, y a veces un órdago, para demostrarse que no es tan vulnerable ante ella como parece, que la puede plantar cara con ciertas o suficientes garantías.

      Así que creo que de lo que, en última instancia, se trata en cualquier actividad de riesgo de este tipo, en donde la ganancia es, respecto de la pérdida posible, muy cuestionable (y podríamos incluir aquí también juegos como el de la lotería), es de intentar demostrarnos (supersticiosamente) que la fortuna nos ronda y acabará viniéndonos a ver, y, en última instancia, de que somos más o menos invulnerables. Consuelos, pues, infantiles que nos buscamos, prolongando aquellos que de niños nos hacían creer que los buenos (como nosotros) no mueren, o, como mínimo, van al cielo.

      Esto de afrontar temerariamente tales riesgos ocurriría cuando nos da el punto maníaco. Pero cuando estamos más normalitos y nos sabemos tan vulnerables como en realidad somos, lo que hacemos es protegernos, incluso excesivamente, de los riesgos y las posibles pérdidas; y aquí es donde tendrían efectiva aplicación las ideas de Kahneman y Tversky sobre la aversión a la incertidumbre o al riesgo, que nos lleva a buscar el asilo en sagrado de cualquier superstición o mecanismo de defensa psíquico que se ponga mágicamente al alcance de la mano.

      En el origen de todo lo que ocurre en nuestra psique está la angustia. Paul Diel (1893-1972), psicólogo austriaco que se afincó en París y cuyas ideas sobre la introspección como método de conocimiento genuino de la psicología fueron apoyadas por uno de sus conspicuos lectores, Albert Einstein, decía más exactamente: “La vida no tiene otro sentido sino el de superar la inquietud fundamental, germen de angustia”.  Y aclaraba: “Vivir es sentir. Sentir es oscilar entre un estado de insatisfacción y un estado de satisfacción. Esos estados opuestos se manifiestan en el nivel humano en forma de sentimientos claramente diferenciados: angustia y alegría”. Es decir, que si conseguimos convertir la vida en una tarea que vaya reparando o compensando nuestra insatisfacción radical, esta se va convirtiendo en alegría, y si no, si nuestra vida se interrumpe y no encontramos un cauce a través del cual aquella insatisfacción que irrenunciablemente nos constituye se haga productiva, el resultado es la angustia. “La inquietud angustiada –decía, en fin, Diel– es el motor de la evolución en su forma psíquica”. La evolución es el resultado acumulado de aquella tarea vital.

      Venimos a decir que frente a la angustia, que si la desbrozamos de sus apariencias resulta ser siempre angustia de muerte, utilizamos dos recursos (inútiles) que nos desvían a un lado y a otro del único camino racional, que es la aceptación de la realidad y la conversión de la inquietud que supone la confrontación con ella en una tarea productiva: el que mágicamente nos defiende (ilusoriamente) de los peligros y el que mágicamente nos inviste de un poder (asimismo ilusorio) que nos permite plantar cara activamente a los peligros. El primer sesgo, el que nos hace creer que podemos protegernos de los peligros cumpliendo ciertos ritos, nos lleva a construir imaginarios reductos de orden, círculos mágicos, dentro de los cuales lleguemos a sentirnos suficientemente inmunizados frente a la amenaza de incertidumbre, caos o riesgo. Se trata del mismo impulso que a todos nos ha llevado alguna vez a no pisar raya cuando andamos, esto es, a colocar el pie dentro de un recinto, el que delimitan esas rayas, o el mismo que lleva al agorafóbico a no salir de las zonas que para él son seguras, y a sufrir ataques de angustia si queda expuesto en un campo abierto, extraño a su círculo mágico protector. Y también podríamos incluir en este impulso perentorio y más bien errático en busca del orden aquellas conductas que a los sujetos del experimento de Kahneman y Tversky les hacía vincular supersticiosamente sus respuestas a preguntas sobre cantidades de cosas que desconocían a números que el azar (o la mano del experimentador) ponía a su disposición (de lo cual traté en una anterior entrada, la que titulé “Nuestra aversión a la incertidumbre…”); prevalecía allí la necesidad de tener, a toda costa, una respuesta a situaciones de incertidumbre, aunque esa respuesta fuera irracional. Y el segundo sesgo, el que nos lleva a sentirnos mágicamente investidos de poder frente al infortunio (y este sería el mecanismo típico del maníaco) explicaría las conductas temerarias, desde las de los corredores de encierros en San Fermín hasta las ludopatías.

      Así que, recopilando ideas, podemos ir concluyendo que, al venir a la vida, contamos con un bagaje inicial: nuestra esencial inquietud. Si la convertimos en tarea productiva y conseguimos de esa manera poner orden y sentido en nuestra vida, el sentimiento resultante será la alegría, y si no, será la angustia la que llene el hueco. Asimismo, y como recurso espurio e inútil para defendernos de la angustia cuando aparece, podemos regresar a los esquemas del pensamiento mágico, y entonces, o bien creamos un círculo mágico en el que ilusoriamente nos sintamos a salvo de los agentes angustiosos, y que defendemos a través de nuestras fobias (aversiones) y obsesiones, o bien nos sentimos investidos de omnipotencia y nos identificamos con entidades que, en forma delirada, nos ponen a salvo de los peligros, bien sea el Ángel de la Guarda o San Fermín. Lo que Kahneman y Tversky llamaron aversión a la incertidumbre no sería entonces sino un recurso mágico con el que establecer un círculo de orden que permita defenderse (ilusoriamente, claro está) del caos de estímulos en que, para empezar, consiste la realidad.

 
      Todo lo cual, por otro lado, confirmaría el derrotero errático, y a menudo contraproducente, que ha tomado el paradigma actualmente dominante en psicología clínica y en psiquiatría, que, a través de terapias de conducta como la relajación o la desensibilización sistemática, o de psicofármacos como los ansiolíticos, tiene como pretensión prioritaria, y frecuentemente excluyente, la de anular la insatisfacción que está en el origen de la angustia, en vez de reconducirla hacia la puesta en marcha de una tarea reparadora.

6 comentarios:

  1. La insatisfación , la angustia y la ansiedad se combaten con la actividad,el trabajo y el ocio bien administrado, la inacción es el peor enemigo de la angustia, lo que pasa es que lleva a ello por eso hay que romper el círculo.
    Feliz verano a todos,descansad, cambiar de actividades, entregaros a la familia y leed mucho.
    UN bs.

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  2. Javi, sigue escribiendo para deleite nuestro, el otro comentario no lo había firmado, este sí.
    Charo

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    1. Hola, hermosa.

      Efectivamente, la vida es el resultado de la insatisfacción, igual que el comer es el resultado de ese modo de insatisfacción que es el hambre. Si sabemos encajar aquella insatisfacción con lo que hacemos para remediarla, la vida puede resultar algo placentero, igual que el hecho de comer. Pero si, por ejemplo, tratáramos de ignorar el hambre tomando un medicamento que nos suprimiera las ganas de comer, esa insatisfacción acabaría aflorando de alguna manera morbosa. Y lo mismo ocurre con la inquietud que nos hace vivir: si tratamos de ignorarla, por ejemplo adhiriéndonos a filosofías que nos hablen de que “hay que dejar a un lado las preocupaciones, porque estamos aquí para disfrutar y hacer unas risas”, estamos equivocándonos gravemente (es lo que trataría de hacer también un mal psicoterapeuta). El disfrute sólo puede llegar después de, y a través del hecho de, atender esas preocupaciones, esas inquietudes que nos son intrínsecas. Tratar de puentear nuestra inquietud esencial para llegar directamente al bienestar es como tratar de remediar el hambre sin necesidad de comer. El resultado será que el sentimiento de vacío desbordará su motivo inicial y afectará al conjunto de la vida, y, en última instancia, aparecerá la angustia, que no es sino insatisfacción desatendida.

      Y muchas gracias, maja, por animarme a escribir. Eso, para algunos, entre los que me encuentro, es como responder a un instinto, y casi diría que es irrenunciable. Pero, ciertamente, se escribe a fin de cuentas para ser leído, y no suelo estar muy seguro de conseguir ese objetivo, así que se agradece saber que de vez en cuando hay alguien al otro lado del teclado.

      Disfruta tú también del verano... sobre todo de las buenas sombras, que es lo mejor (por la orilla del Arlanza seguro que hay bien de ellas).

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  3. Era el último día de vacaciones, el veinticinco de agosto.
    Me había bañado todos los días a la misma hora en las playas cercanas y ya sabía que la marea estaba alta, que apenas había playa, y que el mar estaría como la víspera, más bravo que todos los días anteriores, pero no intratable.
    Cuando llegué estaban los dos de los domingos, el hombre mayor que daba paseos disciplinados por la exigua cinta de playa que le dejaba la marea, y el pescador de caña embutido en neopreno, que volvería a no pescar nada.
    El mar no invitaba al baño, y los dos hombre habrían pensado que era un loco o un suicida -tantumdem- si no estuvieran tan acostumbrados a verme en el agua como yo a verles en tierra.

    A la vista de aquel mar cabreado deseché un mal presagio, un vestigio de prudencia, amparándome en la costumbre, sin reparar en que el mar no estaba como de costumbre.
    Traté de rebasar la rompiente para nadar con alguna comodidad.
    Después de un rato de natación ineficaz comprendí que estaba en una situación difícil. Traté de volver, pero el mar me llevaba en sentido contrario a mis esfuerzos; tragué agua un par de veces, y cada nueva ola me sumergía sin darme tiempo a recuperar el aliento. Estaba en peligro cierto; mejor dicho, percibí el peligro y me invadió la angustia.

    Un enorme sentimiento de culpa. No ignoraba los riesgos. Nací y viví al lado del mar. Incluso podía recordar la nómina de ahogados en aquella playa, en aquel mismo lugar, nativos y forasteros, las conversaciones con los vecinos en las que se interioriza y socializa ese conocimiento; las ambulancias que en los veranos recientes habían bajado a la playa avisando de su paso, a buscar al moribundo o al muerto.

    Podía hacer un ¿último? esfuerzo y tratar de pedir auxilio a aquellos dos hombres que fingían más o menos no verme, o que parecían completamente ajenos a mi drama, pero ¿con qué derecho?
    Me había metido en el agua muy consciente de su muda desaprobación. ¿Podía ponerles en peligro a ellos? ¿Podía, incluso, ponerles en la incómoda tesitura moral de elegir no hacer nada por mí, cosa que era lo más razonable, pues, en efecto, nada podían hacer, … excepto llamar a unos servicios de salvamento que sólo podrían llegar a tiempo de rescatar mi cadáver? Eran hombres responsables que no habían puesto a sus familias en la amarga tesitura en que yo había puesto a la mía -que dormía sin sospechar lo que yo estaba pasando-
    No. No tenía ningún derecho. Lo aplacé, aunque sabía que el tiempo se me acababa.
    Creo que tuve vergüenza. La vencería, por supuesto, en cuestión de minutos, pero pedir socorro no iba a ser mi primera opción. En este caso la temeridad se justificaba con la responsabilidad.
    Sería un poco fatuo decir que “me dispuse a morir”, pero esa era una opción muy real. Decidí aprovechar mis últimas fuerzas, no en ganar la playa, pues ya había comprobado que me era completamente imposible, y tampoco en seguir ese consejo que recordaba y que había practicado con éxito en ocasiones menos comprometidas: nadar en paralelo a la playa. Yo no podía nadar ni en paralelo ni en oblicuo: me había agotado simplemente en no alejarme más de la rompiente, pero sin avanzar lo más mínimo.

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  4. Los indígenas llamamos a la playa de Aviño la Torrada, por un macizo rocoso que se encuentra de frente al llegar por el único camino y que en realidad son tres islotes pelados de rocas afiladas que en marea muy baja pueden ganarse a pie seco desde tierra, pero me hallaba justo en la situación contraria.
    Si conseguía llegar a la Torrada o Turrada -embestida o corneada por el mar, en símil pecuario-, si conseguía trepar a las rocas aunque fuese con cortes, laceraciones y magulladuras …

    En pocos minutos estuve cerca, y sólo tenía que aprovechar una coyuntura favorable para izarme con el menor daño posible, antes de que el mar me arrastrase fuera de su alcance y quedase, como dicen algunos títulos de propiedad anteriores a la Ley de costas, lindando “mar en medio, con Inglaterra”
    Bueno, está claro que lo logré. Este no es un escrito de ultratumba.
    El mar que me había amenazado hasta la desesperación quiso luego serme propicio y pude subir a las rocas con muy poco daño. Hasta que recorrí penosamente el cantil, pues no hay otra manera de hacerlo descalzo, y me pude sentar en el punto más próximo a la playa a esperar a que bajase la marea, ni me di cuenta que sangraba por la rodilla derecha, unos rasguños sin importancia.
    Después de un buen rato, cuando ya me castañeteaban los dientes, me atreví a echarme al aguan otra vez, con la esperanza de recorrer el istmo sumergido a pie, aunque con el agua al cuello, cosa que pude hacer con relativa facilidad. Esta nueva inmersión me alivió del frío.
    No sé si el paseante o el pescador fueron conscientes de mi 'experiencia'. Con éste crucé unas palabras de cortesía como el domingo anterior -en efecto, no había pescado nada- disimulando el castañeteo.
    Al pie de la escalinata de madera que da acceso a la playa, el ayuntamiento ha puesto una ducha que mana a chorro, sin cebolleta. Me saqué el amargor salobre de la garganta, y agradecí haber bajado una toalla y una muda, cosa que no había hecho los días de sol. Subí feliz el kilómetro y medio hasta casa -y subir es subir, pues en esa distancia hay que salvar los 350 m desde el nivel del mar-.
    Me prometí que no lo volvería a hacer. Me decía que no contaría nada para no preocupar, … fue lo primero que hice al llegar, contarlo todo, entre espanto y alegría.
    -0-
    ¿Por qué me metí en el agua cuando sabía que no debía hacerlo?
    El mar, el abismo me retaba. Era el último día. Había presumido de bañarme todos los días. Quería hacerlo.
    Dios mío, ¡qué imprudencia!
    Nunca más. Nunca más.

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  5. ¡Vaya relato angustioso, Carlota! Como para haberlo leído mejor por la mañana, que cuando, acto seguido, me vaya a la cama, seguro que a los primeros intentos de dormirme me vendrán las imágenes de tu aventura, que no son las más apropiadas en estos casos. De hecho, recuerdo algunas recomendaciones de alguien que sabe de ello, de que para entrar más fácilmente en el sueño, es bueno imaginar, por ejemplo, un lago con el agua perfectamente en calma… ¡No es lo mismo!

    En fin, que me alegro un montón de que, efectivamente, el tuyo no haya sido un escrito de ultratumba. Pero es evidente que tienes dotes para escribir relatos que no quedarían mal así titulados. Ya puestos, podrías aprovechar y sublimar tu experiencia en esa dirección.

    Y sí, la próxima aventura que yo te recomendaría, iría más bien en la dirección de la que, junto a un par de comunes amigos que ya tú sabes de quién se trata, emprenderé este mismo viernes: sosegada caminata por la frontera entre Burgos y Cantabria aderezada de jugosísimas charlas y rematada con una cena no mucho menos sabrosa. Como ves, el riesgo que a nosotros nos atrae está bastante domesticado.

    En fin, que me alegro por partida doble de verte por aquí.

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