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viernes, 10 de enero de 2020

España, hoy por hoy, no tiene arreglo

     No hay nada que hacer. Las bases de votantes de eso que se conoce como “la izquierda progresista” es inamovible. ¿Que el presidente haya alcanzado el poder contradiciendo, al día siguiente de las elecciones, sus propias manifestaciones sobre con quién iba a pactar o sobre su pretendida voluntad de volver a llevar al Código Penal los referéndums ilegales? DA IGUAL. ¿Que su socio principal, Podemos, sea un partido comunista, cuya referencia más inmediata ha sido desde su origen la Venezuela hoy de Maduro, cuyo líder Pablo Iglesias dejó dicho que “la caída del muro de Berlín fue una mala noticia” (ver vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=2kZ_Mtgtznc ) y cuyo codirigente y ministro del nuevo gobierno, Alberto Garzón, se fotografíe con camisetas en las que se exhibe el logo de la República Democrática Alemana (ver foto)? DA IGUAL, aunque no exista ni un solo ejemplo de que las políticas de los partidos comunistas no hayan conducido a los pueblos por los que han pasado a la catástrofe social, política y económica ¿Que para gobernar Sánchez tenga que contar con el beneplácito del grupo heredero de ETA, a cuyo frente está una persona condenada por explosión en una gasolinera, robos a mano armada, asaltos, secuestros, apología del terrorismo, inducción a la violencia, pertenencia a ETA en grado de dirigente… más lo que no se sabe, y de nada de lo cual se ha arrepentido, sino todo lo contrario? DA IGUAL. ¿Qué se haya cedido en todas las exigencias de un partido golpista como ERC, cuyo dirigente máximo está en la cárcel por protagonizar un golpe de Estado y cuyos presupuestos incluyen, efectivamente, el deseo de destruir este Estado, el de los españoles, al cual odian? DA IGUAL.


     Lo que pase con España, el país en el que estos llamados “progresistas” viven, trabajan, desarrollan sus proyectos de vida… LES DA IGUAL (no hay ningún otro país del mundo en el que sus habitantes, excepto quizás los más primarios y bárbaros, no se sientan vinculados con la colectividad a la que pertenecen). Que en un tercio de España no se pueda estudiar en español, el idioma en el que hablan 572 millones de personas, y se esté obligado a hacerlo en idiomas regionales que inevitablemente están condenados a desaparecer a medio plazo… LES DA IGUAL. Que el país se deshilache en las mil maneras posibles de clamar imperativamente que “Mi pueblo existe” o “¿Qué hay de lo mío?”, LES DA IGUAL.
     Todo lo cual correlaciona y queda reforzado por un discurso elemental, aunque a la vista está que también efectivo, consistente en que al otro lado lo que hay es una derechona fascista, que por si fuera poco es fascista y apesta, además de que es fascista y franquista y, por si fuera poco, mataron a García Lorca. Y son fachas. No hace falta mantener ningún rigor, ningún conocimiento mínimamente sustentado, no hace falta escuchar lo que diga el “enemigo”, al que se repudia con histerismo en cuanto empieza a hablar (si es que se le deja empezar). Solo hace falta tener suficientemente lleno el depósito del rencor para que el discurso “progresista” venda todo lo que quiera vender. Desde luego, y por ejemplo: que son preferibles los comunistas, terroristas o golpistas a esa odiosa derechona constitucionalista. Y, por tanto, facha.

sábado, 20 de enero de 2018

Por qué los separatistas catalanes no pueden dejar de luchar por la independencia

     Resumen: Daniel Kahneman, flamante Premio Nobel de Economía, sostiene que aunque la experiencia nos demuestra una y otra vez que las cosas no son como quisiéramos que fueran, los hombres no podemos tolerar la falta de sentido. Así que, cuando la realidad se pone intransigente, optamos, en el grado que consideremos necesario, por recomponer o deformar esa realidad, hasta conseguir que se acomode a nuestras necesidades de sentido. Lo evidente pasa así a ser algo prescindible. En ese punto está el separatismo catalán.

     Daniel Kahneman es ese peculiar psicólogo que ha conseguido ser el primer no economista al que le han concedido el Premio Nobel de Economía, que obtuvo en 2002 por sus trabajos sobre la toma de decisiones en entornos de incertidumbre. Su idea principal es que contamos con dos yoes, uno que se atiene más a la experiencia y otro que prefiere tener en cuenta, sobre todo, aquellas cosas que tengan sentido. Aquí podríamos acoplar la idea de Ortega de que este filtro perceptivo que hace que solo tengamos en cuenta aquellas cosas con las cuales podamos construir una narración que tenga sentido, desechando las demás y añadiendo a aquellas el ingrediente de fantasía que sea necesario para que adquieran solidez, es una herencia de nuestro yo infantil. Decía concretamente Ortega: “(A un niño) sólo en último término y con carácter muy borroso (le interesa la cuestión de si algo es real o imaginario)”. Y poniéndose acto seguido en la piel del niño, añade: “Lo que (a mis compañeros y a mí) nos interesa es que las cosas sean bonitas”.
     El caso es que, quizás porque pesa excesivamente aún nuestra perspectiva infantil sobre las cosas, este último yo, el yo narrador, adquiere absoluta preeminencia a la hora de poner orden en nuestra vida y de tomar las decisiones a partir de las cuales la vamos construyendo. De ese modo, incluso relegamos temerariamente los dictados de la experiencia y de la evidencia con el objeto de salvaguardar nuestra necesidad de que las cosas tengan sentido o, como decía el niño virtual que imaginaba Ortega, de que “sean bonitas”. Lo cual, a menudo, nos enreda en una espiral descendente que puede abocarnos hacia el abismo cuando, para contrarrestar el empuje de lo evidente, nos reafirmamos en lo imaginado, añadiendo capas de justificación del fracaso que arrastramos en nuestro choque con la realidad, con las que tratamos de sobreponernos a esas evidencias.
     Yuval Noah Harari, el historiador e intelectual de moda en todo el mundo a raíz de la publicación de sus libros “Sapiens. De animales a dioses” y “Homo Deus. Breve historia del mañana” cuenta un hecho histórico que puede muy bien servirnos de ejemplo de esto que decimos. Incluso viene a darnos el título de la narración cuando dice que lo narrado responde al síndrome que en política podría denominarse de “nuestros muchachos no murieron en vano”. Se refiere al hecho de que, cuando los italianos entraron como contendientes en la Primera Guerra Mundial al lado de las potencias de la Entente, lo hicieron con el propósito declarado de “liberar” los territorios de Trento y Trieste que el Imperio austrohúngaro conservaba como propios “injustamente”.  Enardecidos por los discursos patrióticos de sus políticos, centenares de miles de reclutas italianos se dirigieron al frente gritando “¡Por Trento y Trieste!”, en lo que suponían que iba a ser un paseo militar.
     Pero en absoluto lo fue. El ejército austrohúngaro tenía una fuerte línea defensiva a lo largo del río Isonzo. Los italianos se lanzaron contra ella en 11 sangrientas e inútiles batallas. En la primera perdieron 15.000 hombres. En la segunda, 40.000. En la tercera, 60.000. Así durante dos años, al final de los cuales los austríacos contraatacaron en la batalla de Caporetto y derrotaron completamente a los italianos, haciéndolos retroceder casi hasta las puertas de Venecia. Esta última batalla fue el mayor desastre militar italiano de toda la historia. Al final de la guerra, casi 700.000 soldados italianos habían muerto y más de un millón habían resultado heridos. La mitad de todos ellos, en las batallas del río Isonzo.
Soldados italianos en la batalla de Caporetto
     Después de perder la primera batalla de Isonzo, los políticos italianos tenían dos opciones. Podían haber admitido su error y firmar un tratado de paz, que los austriacos, acosados por los rusos en el frente contrapuesto, hubieran admitido de buen grado. Pero ¿cómo podían los políticos dirigirse a los padres, viudas e hijos de los 15.000 soldados italianos muertos y decirles que todo había sido un error y que sus queridos hijos, esposos y padres habían muerto en vano? No es de sorprender que se inclinasen por la segunda opción y asegurasen que no, que no habían muerto en vano y que “¡seguiremos luchando hasta que la victoria sea nuestra!”. Cada derrota, mayor incluso que la anterior, llevaba no a una sensata renuncia a sus imposibles objetivos, sino a una reafirmación, cada vez más temeraria, en la idea de que “nuestros muchachos no murieron en vano”. No solo los políticos: la población en general se sintió obligada a persistir en las sugestiones de su yo narrador, del yo que no soporta la falta de sentido, y acabaron poniendo al frente de su nación a Benito Mussolini y sus fascistas, que prometieron que obtendrían para Italia una compensación por todos los sacrificios que habían hecho en la guerra. Ni los políticos, ni los padres de los soldados muertos, ni los mismos soldados derrotados y a menudo mutilados, fueron capaces de admitir la evidencia de que su sacrificio había sido en vano. Les resultó más fácil vivir con la fantasía de que su sufrimiento había tenido sentido. A todo lo cual, para llegar cabalmente a la conclusión, hay que añadir un dato más: y es que cuanto mayor sea el sacrificio realizado, más difícil resulta admitir su inutilidad, así que los artificios de la mente destinados a darle sentido acaban convirtiéndose en un delirio del que cada vez se hace más difícil salir.
     Queda así, creo yo, suficientemente completo y entendible el hilo argumental que, por analogía, habrá de servirnos para comprender también por qué los separatistas catalanes no pueden permitirse sentir que el camino político que han recorrido en busca de la independencia ha sido y está siendo un error. ¿Cómo admitirlo después de haber dedicado a esa tarea tanto tiempo, tantos recursos, y hasta, en algunos casos, sufrir penas de cárcel? ¿Cómo reconocer, sin hundirse en la depresión, la evidencia de que su camino no conduce a ninguna parte, salvo al enfrentamiento entre catalanes y con el resto de los españoles, la fuga de empresas, la disminución del turismo, la pérdida de prestigio de la marca Cataluña, la salida de la Unión Europea si se cumpliesen sus aspiraciones…? La única vía que sienten tener ante sí es la de mantenerla y no enmendarla: “nuestro sacrificio no fue en vano” es lo único que a estas alturas su yo narrador les permite decirse. El separatismo solo tiene por delante el camino que le dicte su obcecación, el relato que pueda dar sentido al laberinto en el que se ha metido. Y lo seguirá haciendo aun en contra de toda evidencia. El separatista convencido que se salga de ese laberinto haciendo caso a su yo experimentador (y a costa de sufrir un duro golpe en su autoestima) será excepcional. De otra forma, no le habrían dado el Premio Nobel a Kahneman.
     Por tanto, si seguimos todo este argumento hasta el final, se habrá de concluir que el estado tampoco tiene ante sí la salida del consenso, del entendimiento con los separatistas. Ellos, de una u otra forma, seguirán en lo que están; han hecho demasiados sacrificios. Y hasta que no tengamos un gobierno nacional que entienda que esta es la disyuntiva en la que andamos, y que, como los austriacos en Caporetto, debe de derrotar sin paliativos al separatismo, el problema seguirá estando presente. Desgraciadamente, no tenemos a la vista una clase política que parezca capaz de comprender esto, así que habrá problema para rato... salvo que esa misma clase política se acabe rindiendo y ceda a los delirios nacionalistas. Entonces la locura del yo narrador desbordaría las dos orillas del Ebro, y a saber a dónde íbamos a parar.

martes, 28 de noviembre de 2017

El trasfondo emocional del nacionalismo y de las ideologías extremistas

Resumen: madurar consiste en ir comprendiendo que en la vida estamos abocados a la decepción, a constatar que la realidad nunca estará a la altura de nuestros deseos. A eso los psicólogos lo llaman “tolerancia a la frustración”. Lo contrario, la intolerancia a la frustración, busca a menudo en las ideologías extremistas un disfraz que dignifique lo que no es sino inmadurez emocional. Normalmente, no se llega hasta ese extremismo, pues, por la vía de los argumentos y de la razón, sino por sintonía emocional con tales discursos.
     Sigmund Freud consideraba que la libido, la energía psíquica (que él entendía como primariamente sexual), discurría a través de dos fases claramente diferenciadas: la libido narcisista y la libido de objeto. La primera es la que caracteriza sobre todo al bebé, pero quedará como residuo regresivo en todas las personas que no consigan madurar emocionalmente, y en ella, dice Freud, “el yo no precisa del mundo exterior”. De esa forma, dice también el fundador del psicoanálisis, en las fases más primitivas de la psique, el yo, que está bajo el dominio del “principio del placer”, solo reconoce “los objetos que le son ofrecidos en tanto en cuanto constituyen fuentes de placer y se los introyecta, alejando, por otra parte, de sí aquello que en su propio interior constituye motivo de displacer”. La libido objetal es, por el contrario, la que es capaz de vincularse a la realidad exterior. Esta, si la hacemos equivalente a la “circunstancia” de Ortega, se nos aparece como resistencia, dificultad o contraste. Aceptar solo las cosas que nos procuraban placer nos mantuvo, durante aquellas primeras etapas de nuestra vida, en un orbe indiferenciado (el de la unión simbiótica con nuestra madre), en el que las fronteras entre el yo y el mundo no quedaban cabalmente determinadas, porque no existía la distancia para ello requerida entre lo que deseábamos y lo que la realidad externa (es decir, exclusivamente la madre por entonces) satisfacía. De esa forma narcisista de instalarse en el mundo derivaría el sentimiento megalomaníaco: el yo, un yo infantilizado y relacionado tan solo con la parte del mundo que se subordina a los propios deseos, y rechazando e ignorando la que le opone resistencia y dificultades, sufriría una inflación y derivaría hacia un patológico delirio de omnipotencia (el “yo soy Napoleón” o “la encarnación de la divinidad” del esquizofrénico), asociado a su vez al delirio paranoide o de persecución cuando irrumpe la parte de mundo que se rechaza, que no se adecua a los propios deseos.
     La fase de transición desde la libido narcisista hasta la libido objetal, es decir, el paso desde un ámbito en el que solo existe una realidad subordinada a nuestros deseos hasta otro en el que aparece lo que se nos resiste y nos frustra (los objetos), quedará delimitada por un sentimiento primigenio: el odio. Dice Freud que “el odio hace el objeto”, y que “el mundo externo, el objeto y lo odiado habrían sido al principio idénticos”. El mundo externo, filtrado a través de ese sentimiento de odio, es un mundo que quisiera verse destruido; la primera forma de relación con los objetos (con lo que no es una mera prolongación del incipiente yo) es la que empuja hacia su rechazo, hacia el deseo de que desaparezca (y aquí encajarían los delirios sobre el fin del mundo característicos también de la esquizofrenia). Podríamos decir que el mundo externo, para empezar, solo viene a estorbar. Llegar a reconocer, a aceptar la existencia de los objetos, es decir, de lo que se nos opone y resiste, habrá de ser posible solamente a la vez que la personalidad se haga capaz de desarrollar la tolerancia a la frustración; pero antes, insistamos en ello, la primera reacción, la que sirve de puente entre la mera negación de la realidad frustrante y su aceptación, es el sentimiento de odio, que el bebé pone en marcha como reacción frente a lo que considera peligro de ser aniquilado por ese mundo que siente que se le opone y le amenaza.

     Mientras tanto, si la libido acaba finalmente enfocándose hacia los objetos, si el sujeto acata el “principio de realidad” y acepta el mandato que nos impone aquella ley que Ortega cifraba al decir que “se vive de dentro a fuera” (desde la libido narcisista a la libido objetal, diría Freud), ello significa que esa persona ha madurado emocionalmente, es decir se ha vuelto capaz de aceptar la realidad, a pesar de que ello suponga emplear un esfuerzo y una tolerancia a la frustración que habrán de ser el contrapunto de esa realidad que nunca se adecua suficientemente a nuestros deseos.
     Si dejamos a un lado el lenguaje técnico del psicoanálisis y tratamos de formular estas ideas en otro lenguaje más directamente experiencial, podríamos decir que, en nuestra relación con la realidad, el sentimiento que más interviene es el de decepción o frustración, porque nunca la realidad estará a la altura de nuestros deseos. Una persona madura no es aquella que solo está dispuesta a relacionarse con la realidad (finalmente utópica) que se subordina a sus deseos, sino la que sabe sobrellevar sin demasiados aspavientos esa decepción acumulativa en que, en gran medida, consiste la vida; estaríamos hablando, pues, de aquello que los psicólogos denominan “tolerancia a la frustración”, y que sería la actitud que serviría de frontera respecto de las personas emocionalmente inmaduras. La realidad nunca llegará a ser el cabal correlato de nuestras pretensiones y hay que aprender a aceptarlo (sin llegar a renunciar, claro está, al intento de procurar que esa realidad se aproxime, pese a todo, a nuestros deseos en alguna medida). La persona emocionalmente inmadura, sin embargo, se rebela intempestivamente contra la decepción, busca culpables, añadir a su frustración una causa exterior. El resultado es el odio, un odio o resentimiento a la busca de destinatarios. Y ese sentimiento así surgido, cuando menos, ofusca la mente, y en personas que en algún otro ámbito de desenvolvimiento pueden demostrar ser inteligentes, en estos en los que intervienen las emociones inmaduras puede llegar a contaminar y distorsionar gravemente los juicios.
     La intolerancia a la frustración es característica, pues, de muchas personalidades que podríamos incluir en mayor o menor grado en el ámbito de la psicopatología, y que manifiestan una serie de rasgos con los que fácilmente podríamos construir una tipología psicológica suficientemente definida. Los rasgos de ese personalidad-tipo serían congruentes con los que podríamos deducir de los mecanismos mentales que hemos ido analizando. Hablaríamos, pues, de sujetos que dividen drásticamente a los demás en dos bandos: los que están conmigo y los que están contra mí, y que a estos últimos les dedican un odio o animadversión furibundos; personalidades paranoides, litigantes, impacientes, que tienden fácilmente a la exasperación y a hacer juicios contundentes y sin matices (a menudo contrarios a la evidencia), que son inadaptables, que difícilmente acaban de encontrar acomodo o satisfacción en el mundo que les ha tocado en suerte, y son asimismo manifiesta o latentemente propensas a la violencia.
     Y bien: es de este tipo de sujetos de los que precisamente se nutren las ideologías extremistas y las que más llegan a distorsionar la convivencia. Estas ideologías vienen a servir de coartada y disfraz para aquellos rasgos de carácter que alimentan esa gama de patologías que hemos incluido en el epígrafe general de intolerancia a la frustración. Son los propios de personas acostumbradas a negar la realidad o a combatirla por sistema, y a ir persistentemente en busca de contrincantes sobre los que volcar su animadversión. Estos eventuales contrincantes, filtrados por la ideología, pueden convertirse en el “enemigo de clase”, el “enemigo de la nación” o el “enemigo racial”, pero el sustrato de esa enemistad no hay que buscarlo en los argumentos más o menos coyunturales que proporciona la ideología, sino, tal y como hemos ido viendo, en una emotividad patológica.
     Podríamos fácilmente ampliar el ámbito de nuestra descripción recurriendo a quienes han sabido valorar con perspicacia algunas de esas concretas ideologías (que, por otro lado, pueden llegar a seducir también a personas normales). Por ejemplo, Henry Hazlitt (1894-1993), que fue un filósofo y economista liberal estadounidense, periodista del The Wall Street Journal, el New York Times, Newsweek y The American Mercury, entre otras publicaciones, y que da una definición del marxismo que encaja perfectamente con los presupuestos que hemos ido estableciendo. Decía: “Todo el evangelio de Karl Marx puede resumirse en una frase: Odia a quien esté mejor que tú. Bajo ninguna circunstancia admitas que su éxito puede deberse a su propio esfuerzo, a la contribución productiva que ha hecho a la vida de otros. Atribuye siempre su éxito a la explotación, al fraude o el robo más o menos abierto a otros. Nunca admitas que tu propio fracaso puede deberse a tu propia debilidad, o que el fracaso de cualquier otro puede deberse a sus propios defectos, como pereza, incompetencia, falta de inteligencia o falta de previsión”. Valoración esta que podría servir de marco a las que hicieron precisamente los adalides de tales ideologías; por ejemplo, la de Lenin cuando dijo: “La muerte de un enemigo de clase es el más alto acto de humanidad posible en una sociedad dividida en clases”. O la del Ché Guevara: “El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal”. Tales personajes han encontrado fieles seguidores que nos resultan más inmediatos, como Pablo Iglesias, que el 21 de marzo de 2015 en una conferencia recogida en Youtube decía: "El enemigo solo entiende el lenguaje de la fuerza".
     Y abriendo el abanico de las ideologías que sirven de coartada a este tipo de perversiones del carácter, añadiremos alguna cita de próceres del nacionalismo que podríamos incluir dentro de una lista fácilmente ampliable. Caben aquí, por ejemplo, las siguientes palabras que Prat de la Riba, el fundador del nacionalismo catalán, incluyó en su libro “La nacionalitat catalana” para describir el modo en que se realizó el proselitismo nacionalista de la primera hora: "Debía acabar de una vez esta monstruosa bifurcación de nuestra alma, debíamos saber que éramos catalanes y sólo catalanes (…) Esta obra, esta segunda fase del proceso de nacionalización catalana (no iba a hacerla) el amor, como la primera, sino el odio". En el mismo libro se incluye esta otra cita: “Rebajamos y menospreciamos todo lo castellano, a tuertas y derechas, sin medida”. Por su parte, Joan Estelrich (1896-1958), intelectual catalán, no precisamente de los más extremistas, arengaba de esta manera en sus escritos: “Catalán, por mucho que te cueste, algún día tendrás que ser insensible, duro y vengativo. Si no sientes la venganza —la venganza depurada del odio, que restablezca el equilibrio roto—, si no sientes la misión de castigar, estás perdido para siempre. No lo olvides —confían en tu falta de memoria—. No te enternezcas —confían en tu sentimentalismo fácil—. No te apiades —confían en tu compasión ellos, los verdugos”.
     Así pues, este tipo de ideologías no se sustenta finalmente tanto en argumentos, como en emociones. Emociones que son las propias de personalidades que no han tenido un desarrollo cabal. Difícilmente, por tanto, los argumentos y la razón serán armas suficientes para conseguir derrotar a tales ideologías y a las políticas subsiguientes… aunque es probable que sean las únicas que tenemos a mano.

domingo, 10 de enero de 2016

España: ¿una sociedad enferma?

     Hace un par de artículos situábamos el fundamento de las enfermedades en general en el hecho de que una parte del organismo se separara del todo e intentara hacer la vida por su cuenta. Como, según argumentamos allí, el todo no es en el organismo una mera suma de partes, sino que está incluido en cada una de ellas, esa evasión del destino común resultaba perjudicial, y en última instancia fatal, para el organismo. Sigmund Freud sustentaba este argumento sobre su teoría de la existencia de dos instintos básicos, Eros y Tánatos, instinto de vida e instinto de muerte; y así, afirmaba: “El fin del Eros consiste en establecer unidades cada vez mayores, y por consiguiente conservar; es la ligazón. El fin de la otra pulsión (Tánatos) es, por el contrario, romper las relaciones, y por consiguiente destruir las cosas”. Miguel de Unamuno ratificó este modo de ver el problema de la enfermedad de esta otra manera: “Una enfermedad es, en cierto respecto, una disociación orgánica; es un órgano o un elemento cualquiera del cuerpo vivo que se rebela, rompe la sinergia vital y conspira a un fin distinto del que conspiran los demás elementos con él coordinados (…). Todo lo que en mí conspire a romper la unidad y la continuidad de mi vida, conspira a destruirme y, por lo tanto, a destruirse”.
ILUSTRACIÓN: SAMUEL MARTÍNEZ ORTIZ

     Pues bien, a la hora de analizar la salud de una sociedad, siguen siendo válidas estas claves que nos servían para comprender cómo se originan las enfermedades de los organismos en general. Si sustituimos instinto de vida por civilización e instinto de muerte por barbarie, esta manera en que Ortega y Gasset formula la cuestión viene en este otro ámbito a ser equivalente a aquella en que lo hizo Freud y, por extensión, Unamuno cuando se referían a las enfermedades orgánicas: “Civilización es –dice, pues, Ortega–, antes que nada, voluntad de convivencia. Se es incivil y bárbaro en la medida en que no se cuente con los demás. La barbarie es tendencia a la disociación. Y así todas las épocas bárbaras han sido tiempos de desparramamiento humano, pululación de mínimos grupos separados y hostiles”. Y conocida es la idea del mismo Ortega a propósito de considerar el particularismo, la tendencia a la disociación, como el principal problema que tenemos los españoles. León Felipe era de la misma opinión, como dejó expresado en estos versos suyos:
“Aquí el hacha es la ley
y la unidad el átomo,
el átomo amarillo y rencoroso.
Y el hacha es la que triunfa”
     La falta de conciencia entre nosotros de lo que significa esta propensión nuestra a la enfermedad colectiva, el tratar de convertir en signos de normalidad lo que no son sino claros síntomas de nuestros padecimientos básicos, el intentar convivir a la par con los agentes de nuestra enfermedad nacional, con los particularismos que lo que buscan es la destrucción del conjunto, llevó a los gestores de nuestra Transición a la democracia a inocular de una manera fatal, unas veces de manera explícita y otras subrepticiamente, el germen de nuestra enfermedad colectiva en la Constitución y en las leyes que la desarrollaron, de modo que ese germen no ha hecho más que crecer y extenderse, llegando a amenazar gravemente la existencia de nuestro organismo nacional. Me refiero ante todo, claro está, y para empezar, a la carta blanca que se les otorgó a nuestros nacionalismos y protonacionalismos para que pudieran extender entre nosotros la idea de que no había una nación común en la que todos pudiéramos cobijarnos, o, si la había, era prácticamente irrelevante, idea que rápidamente se materializó en el esperpento de que incluso la palabra “España” se convirtiera en políticamente incorrecta. Desde la Transición, las tendencias centrífugas se han desarrollado entre nosotros hasta el punto de que, por ejemplo, nuestros escolares no puedan estudiar en el idioma común en muchas partes de nuestro territorio (fenómeno inédito en el mundo), o incluso de que en grandes áreas de la administración pública hayan tomado el poder los que durante muchos años practicaron el terrorismo como método para llegar, precisamente, a donde hoy están.
     Pero no solo los nacionalismos son el síntoma de nuestra enfermedad colectiva, aunque es evidentemente el más grave. También las ideologías extremistas, propensas al totalitarismo, que verían realizarse sus aspiraciones solo si excluyen de la participación en la democracia a buena parte de la sociedad, son otro grave síntoma de particularismo, de tumor canceroso. Y en los últimos tiempos, la aparición de contingentes humanos atraídos por la inmigración, que no solo no aceptan incorporarse a nuestra modo de vida colectivo y a nuestros valores comunes, sino que son abiertamente hostiles a ellos, vienen a agudizar los males de nuestro organismo nacional. Sin olvidar ese otro factor añadido, en buena medida resultado de los anteriores, que es el hecho de que tantos individuos se sientan desvinculados de la marcha de la sociedad y atiendan solo a los que son sus más inmediatos intereses. De nuevo Ortega amplía la idea de enfermedad, de crisis colectiva que sufrimos a través de una reflexión que esta vez incluye a Occidente en general, pero en la que claramente se vislumbra que España está, lamentablemente, en la vanguardia de los males que diagnostica: “Os invito a que imaginéis (el) caso de un hombre que se encuentra sin saber lo que tiene que hacer, lo que tiene que ser; que no lleva dentro de sí ningún horizonte de vida sinceramente suyo que se le imponga con plenitud y sin reserva (…)  Pues bien: yo creo que esto es lo que acontece a los hombres de Occidente: no saben de verdad qué hacer, qué ser, ni individual ni colectivamente”. Lo cual se traduce en una serie de comportamientos característicos: “En todas partes se advierte una protesta, una urgencia por reformar todo y por reformarlo hasta la raíz, que contrasta ostensiblemente con la falta de ideas claras sobre la sociedad, sobre el individuo”.
     Que ya desde los inicios de la Transición la trayectoria escogida por nuestros legisladores y gobernantes fue equivocada y que optó por seguir derroteros que en buena medida eran las que propugnaban nuestros instintos de muerte, se puede comprobar analizando la evolución de diferentes indicadores de salud social.
     Ha de resultar especialmente significativo analizar el índice de fracasos matrimoniales, puesto que es en los ámbitos familiares desestructurados donde se incuban muchos de los problemas indicativos de falta de salud social que después habrán de aparecer: suicidios, drogadicciones, fracaso escolar, comportamientos delictivos… Pues bien, España está a la cabeza del mundo en número de divorcios y rupturas matrimoniales, partiendo de la situación contraria cuando se legalizó el divorcio, en 1981. En este año, 1981, el número de rupturas fue de 16.362. En el año 2000, habían pasado  a ser 102.403. En 2014, el número total de rupturas, según datos del Instituto Nacional de Estadística, fue de 105.893. La tasa de rupturas matrimoniales por cada 1.000 habitantes en España fue de 2,3 en este año 2014. Lo cual quiere decir que en España un 61% de las uniones acaban en ruptura. En Europa estamos solo por detrás de Bélgica (70%), Portugal (68%), Hungría (67%) y la República Checa (66%). Y el hecho es que nueve de los diez países con más altas tasas de ruptura matrimonial en el mundo son europeos. Al tiempo, aumentan también en España los nacidos fuera del matrimonio y disminuyen constantemente los casamientos. Asimismo, los españoles se casan cada vez más mayores, con una media de 34,1 años en mujeres y de 37,2 años en hombres. Estos datos han de estar relacionados, sin duda, con el hecho de que la infidelidad sea también una conducta en la que los españoles estamos de nuevo  a la cabeza de Europa, según los datos de la red social para infieles Ashley Madison, la más importante de las redes que proporcionan “infidelidad sin riesgo” a sus usuarios.
     Inmediatamente relacionados con los datos anteriores están los referidos a la evolución de la demografía en España: en 1975, los nacimientos fueron 669.000. En 2015, fueron 426.000. Defunciones en 1975: 298.000. En 2015: 396.000. En suma, nos hemos adentrado en un auténtico invierno demográfico. A 1 de enero de 2015, los nacimientos habían superado a las defunciones en solo 29.974 personas, cuando en 1975 fueron de 371.000 personas la diferencia. El índice de fecundidad (número medio de hijos por mujer) es en 2014 de 1,32, cuando se necesita que sea de 2,1 para que la población se mantenga estable. Somos el país número 184 en tasa de natalidad y el 182 en índice de fecundidad de los 192 países publicados por DatosMacro.com. En 1978, en los inicios de nuestra Transición, la tasa de natalidad era, sin embargo, en España de 2,55. Esa tasa fue decreciendo todos los años hasta que en el 2000 llegó a ser de 1,23. De entonces hasta ahora hemos subido a 1,32. Estamos a la cola del mundo. Recordemos de pasada, para ambientarnos, que uno de los principales síntomas que anunciaron la decadencia en la Grecia de las Guerras del Peloponeso y en la Roma de los siglos III y IV fue precisamente la bajísima tasa de natalidad.
     En cuanto a fracaso escolar, España se ha situado en 2011, 2012, 2013 y 2014 a la cabeza de Europa en abandono escolar temprano, que hace referencia a los jóvenes de 18 a 24 años que dejaron sus estudios tras completar la educación obligatoria o antes de graduarse. Según los datos publicados por la oficina de estadística comunitaria Eurostat, en 2014 la tasa de abandono fue de 21,6%, el doble de la media comunitaria, que fue del 11,1%. En 2006 la tasa había sido de 30,3%. La paradoja es que el de 2014 fue nuestro mejor dato histórico. Lo que ocurre es que, en el mismo tiempo, los demás países han hecho mejor los deberes.
     Repasemos ahora el índice de suicidios (en lo que España nunca ha destacado). En 1975, fueron 1.366 las personas que se suicidaron. En 1980, fueron 1.652, lo que suponía una tasa de 4,39 suicidios por cada 100.000 habitantes, tasa que fue creciendo hasta alcanzar un máximo de 8,51 en 1997. Llegamos al año 2012, año en que se registran 3.539 casos de suicidio, de los cuales 2.724 corresponden a hombres y 815 a mujeres, un 7,57 por cada cien mil. Y en 2014 fueron 3.870. En el resto del mundo, la media es mayor, de 10 suicidios por cada cien mil habitantes, pero la progresión registrada en nuestro país desde la Transición resulta significativa independientemente de esos otros datos comparativos.
     Respecto de los datos sobre criminalidad suministrados por el Ministerio del Interior, solo son accesibles los referidos a los años que van desde el año 2000 al 2010. En las regiones controladas por la Guardia Civil y la Policía Nacional, la tasa de delitos y faltas por cien mil habitantes (denunciados, claro está) ha disminuido ligeramente, de 45,9 a 45,1. Sin embargo, esta cifra afecta sobre todo a los delitos contra el patrimonio, pues los delitos contra la vida, libertad e integridad de las personas han aumentado en este período de 60.209 a 103.155 (de 1,61 a 2,66 por cada 1.000 habitantes). De entre ellos, los que más han aumentado son los malos tratos en el ámbito familiar: de 6,6 por cada 10.000 habitantes en el año 2000 a 16,4 en el 2010. El mayor índice de muertes violentas en el ámbito familiar se produce proporcionalmente entre los inmigrantes. Todo lo cual abunda en la idea de que la familia no es en nuestro ámbito una institución precisamente estable y estructurada, y es aquí donde deberían apuntar las medidas contra la violencia doméstica, y no tanto a la promulgación de leyes sexistas y a la organización de manifestaciones. También los delitos por posesión y consumo de drogas han crecido de 16.543 hasta 55.827 en este período.
     Que, en conjunto, los delitos disminuyan es un dato que hay que poner en relación con los de los demás países. Steven Pinker, destacado psicólogo canadiense que se ha hecho famoso por sus investigaciones históricas sobre el desarrollo de la criminalidad en el mundo ha declarado en una reciente entrevista que en Estados Unidos el crimen ha disminuido un 50 por ciento en los últimos 20 años. Igual que en Bogotá o Río de Janeiro. Una de las razones por las que el crimen ha disminuido en las ciudades norteamericanas es que la Policía puede monitorear los barrios donde se producen más crímenes. En su último libro, “Los ángeles que llevamos dentro”, Pinker lleva a cabo una minuciosa investigación que le ha permitido concluir que los porcentajes de homicidios en Europa se han dividido al menos por 30 desde la Edad Media: de aproximadamente 40 personas por cada cien mil al año en el siglo XIV a 1,3 al final del XX. No parece, pues, que la disminución de la criminalidad en nuestro país sea un dato comparativo como para tirar cohetes.
     En España, los cuerpos policiales han aumentado sensiblemente a lo largo de nuestra trayectoria democrática, lo cual también tendrá que haber influido en la evolución de nuestra criminalidad (además del desarrollo tecnológico de sistemas de videovigilancia y otros). El número de efectivos conjuntos de Guardia Civil y Policía Nacional ha ido creciendo a lo largo del tiempo desde los inicios de la democracia. Desde 2003, en que eran 118.666, fueron creciendo hasta 155.810 en 2011. En 2014 han pasado a ser 152.302, a los que hay que sumar 8.000 agentes de la Ertzaintza, 16.973 Mozos de Escuadra, 1.000 agentes de la Policía Foral Navarra y decenas de miles de policías locales, policías privados y guardias de seguridad. Según los datos del Boletín Estadístico del Personal al Servicio de las Administraciones Públicas de enero de 2014, en España había un total de 233.336 miembros de fuerzas de seguridad. Según Eurostat, en 2012, eran 534 policías por cada 100.000 habitantes, el cuarto país de Europa con un mayor despliegue policial en proporción a su población, sólo por detrás de Chipre, Italia y Croacia. Respecto de los datos sobre población penal, en 1975, el número de internos en las cárceles españolas, tanto hombres como mujeres, era de 8.440. Y a principios de 2015 era de 65.000 personas, casi ocho veces más.
     Y analicemos, en fin, un último dato, la evolución del consumo de drogas en nuestro país. El Instituto Nacional de Estadística proporciona datos sobre el consumo de drogas en la población entre 15 y 64 años en el período comprendido entre 1995 y 2009, tomando como medida el hecho de haber consumido la sustancia alguna vez en la vida. El consumo de cannabis ha ido aumentando desde un 14,5 por cada cien habitantes en 1995 hasta el 27,4 en 2011 (32,1 en 2009). En ese mismo período, el consumo de éxtasis ha aumentado desde el 2% al 3,6% (4,9% en 2009). Los alucinógenos, del 2,1 al 3,7%. Anfetaminas, del 2,3 al 2,9% (3,7% en 2009). La cocaína base del 0,3 al 0,9%; respecto de la cocaína en general solo hay datos referidos al 2007 (8,3%), a 2009 (10,2%) y a 2011 (8,8%); la heroína, por el contrario, ha disminuido del 0,8 al 0,6% entre 1995 y 2011. Respecto del consumo de tranquilizantes, solo hay datos sobre la evolución de su consumo entre 2005 (7% de la población) y 2011 (17,1%). Somos, junto a Reino Unido y Francia, los líderes en el consumo de cannabis y cocaína entre los jóvenes.
     Habíamos titulado este artículo: “España: ¿una sociedad enferma?”. A estas alturas del mismo podemos perder el miedo y atrevernos definitivamente a quitar del título los signos de interrogación. Pero puestos a anudar nuestras conclusiones con los puntos de partida, resaltemos que hacia donde aquí se apunta como causa estructural de la evolución expuesta es al virus de particularismo que se inoculó en la sin duda bienintencionada Constitución de 1978. Como de costumbre, el camino del infierno está sembrado de buenas intenciones.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Cómo resolver el problema del nacionalismo en España

     La materia prima de la que estamos hechos los hombres es la insatisfacción. Ortega y Gasset hablaba de ese nuestro divino descontento, especie de amor sin amado y un como dolor que sentimos en miembros que no tenemos. Ese descontento, esa insatisfacción es finalmente irresoluble, y, de modo semejante a como Casandra estaba condenada a saber la verdad pero, a la vez, a que nadie la creyera, los hombres estamos asimismo condenados a necesitar ser felices tanto como a no poder alcanzar nunca esa felicidad que perseguimos, porque, hagamos lo que hagamos, siempre nos quedará ese poso de insatisfacción sin resolver. Decía también Ortega que esa capacidad de insatisfacción es “lo que vale más en el hombre”, puesto que gracias a ella convertimos la vida en un intento de aproximar nuestra circunstancia a aquello que deseamos, hasta el punto de que podemos decir que todo lo que el hombre ha sido capaz de construir en el mundo se debe al empuje de aquel deseo de alcanzar lo que nos falta… y que, de un modo  u otro, cambiando un objetivo por el que le sigue, siempre acabará faltándonos. Pero como las realidades humanas son esencialmente paradójicas, además de ser esa insatisfacción, ese desasosiego, lo que más vale de los hombres, es también la causa de nuestras acciones más detestables. Porque no solo invertimos ese componente de nuestra personalidad en tareas reparadoras, sino que, echando balones fuera, también alimentamos con él nuestra necesidad de buscar culpables sobre los que perversamente proyectar las causas de esas insuficiencias y esos desasosiegos. De modo que desde nuestras simples desconfianzas, cuando son claramente inmotivadas, hasta nuestras paranoias más patológicas vienen a ser espuma en superficie de ese desasosiego (angustia existencial lo han llamado también) que nos bulle en las profundidades.

Ilustración: Samuel Martínez Ortiz

     Jesús Laínz, el historiador español que, probablemente, mejor conoce nuestros nacionalismos, daba en el clavo al hablar hace unos días en un artículo (http://www.libertaddigital.com/cultura/historia/2015-09-11/jesus-lainz-la-diada-ignorancia-y-odio-76643/ ) de los dos ingredientes básicos de los que se alimentan esos nacionalismos que tanta energía humana controlada por ellos desperdician y que no poca, asimismo, nos hacen perder también a quienes nos oponemos a ellos: esos ingredientes son el odio y la ignorancia. Cuando al odio le faltan motivos objetivos por los que desencadenarse, suele entonces brotar, precisamente, de aquella especie de magma volcánico que decíamos que se formaba en los suburbios del alma a expensas de nuestro irreductible desasosiego y de la insaciable necesidad de culpables a cuya búsqueda nos empuja cuando no somos capaces de convertirlo en tareas constructivas y reparadoras. Que el odio del que nos ocupamos sea irracional, sin un mínimo sustento en argumentos digeribles por una mente sensata, es un hecho que va al encuentro del otro ingrediente básico de los movimientos nacionalistas: la ignorancia. Gracias a esa ignorancia, ha colado en Cataluña (y se enseña en sus escuelas) que aquella Guerra de Sucesión que dividió a los españoles (y a buena parte de los europeos) entre 1701 y 1714 entre los partidarios de dos dinastías enfrentadas (los Austrias y los Borbones), pero ambas con la pretensión de gobernar en toda España, haya sido rebautizada como Guerra de Secesión, y su resolución convertida en el momento clave de la pérdida de una supuesta independencia de ese ente nacional que nunca había existido como tal: Cataluña. Y ha colado también algo tan esperpéntico como considerar que nuestra Guerra Civil de 1936-39 fue en realidad una guerra de España contra Cataluña, rivalizando en capacidad para el delirio con los nacionalistas vascos e incluso con los gallegos, que también consideran que fue aquella una guerra contra sus respectivas “naciones”. Puestos a competir a ver quién la echa más gorda y sostiene argumentos más delirantes, los nacionalistas vascos, por su parte, consideran, por ejemplo, que un, por otro lado inexistente, fenómeno de endogamia (que hubiera significado una catástrofe genética), es argumento suficiente para reivindicar su “nación”, sustentada en esa invariabilidad de la herencia biológica y en los tropecientos apellidos vascos. De esa forma, los hombres del paleolítico habrían tenido más amplia legitimidad incluso para reivindicar a los del neolítico la vuelta a la Edad de Piedra, la caza y el nomadismo, apoyados en una tradición mucho más milenaria que estos otros pringaos que al principio llevaban cuatro ratos de nada pastoreando ganado y sembrando mieses, y con apellidos recién inventados.
     En el viaje de ida de esa mezcla de ignorancia y odio que caracteriza a nuestros nacionalistas, pueden cometerse, y se han cometido de hecho, las más terribles barbaridades: por ejemplo, el terrorismo, eso que tantos políticos hoy están dispuestos a sentar a su mesa. De lo que ocurre después, en el viaje de vuelta, dio razón no hace mucho tiempo el ex-etarra Iñaki Rekarte, que, como jefe del Comando Santander, mató en 1992 en esa ciudad a tres personas (un matrimonio de panaderos y un estudiante de Químicas) y dejó heridas a 21 personas más. Después de pasar 23 de sus 43 años en la cárcel, y una vez arrepentido, declaraba hace unos meses en el programa “Salvados” de televisión a la pregunta del periodista Jordi Évole “¿Por qué entras en ETA?”: Pues no sé. Tenía una falta de madurez muy grande. Me dejé arrastrar”. Y añadiendo matices a las patológicas motivaciones que pueden empujar a algo así, dejaba claro que también intervenía en ellas la necesidad de compensar por la vía rápida el sentimiento de inferioridad, puesto que en el irracional contexto nacionalista y en aquel momento, decía que “ser de ETA era ser un héroe”. Declaraba también: “Dentro (en la organización) no se habla de política. Sólo decíamos 'hay que hacer algo'. Sin ton ni son. 'Algo' era un atentado, claro”. Así pues, para conducir el odio irracional hacia algún resultado político no es necesario dejar de ser un ignorante en política. Los primeros años en la cárcel, decía Rekarte asimismo, transcurrieron en medio del odio: “Buscas gasolina en el odio y por dentro estás podrido. Vives una vida irreal. Si no, te rondan las preguntas. Odias al que no es como tú. Al que puedes odiar. Para justificar el victimismo que te creas tú mismo”. Más tarde, en la cárcel, empecé a leer la historia de nuestro pueblo y pensaba: 'Matáis en nombre de un pueblo, y no sabéis ni su historia'. Con el tiempo te das cuenta de que eras una oveja haciendo bee”.
     Así de febles resultan ser los motivos a través de los cuales se puede llegar a encauzar de modo tan truculento el odio que promueven los nacionalismos. La ignorancia, pues, como detonante para que el odio acabe de estallar. ¿Cómo se debería de combatir esta irracionalidad? Desde luego, no dejando las escuelas en manos, precisamente, de quienes propagan las falacias que servirán de cauce ideológico (es un decir) para ese potencial de odio irracional contenido en tanta personalidad inmadura. Pero si ese torrente de odio ya está discurriendo y produciendo sus desastrosos efectos, sería preciso que quienes detentan el poder tuvieran claro que no se puede contemporizar con esos movimientos tan desestabilizadores, y, apoyándose en la ley, dar la batalla a su irracionalidad. Poner en práctica las medidas necesarias para combatir aquella mezcla de odio y de ignorancia no ha de ser demasiado difícil, estaría al alcance de cualquier clase política incluso mediocre que tuviera una mínima noción de en qué consiste el trabajo por el cual le pagan.
     Pero aquí, en España, nuestra clase política no supera siquiera ese vil listón. ¿Qué calificación podríamos dar a una clase política de la que han surgido jefes de gobierno capaces de afirmar, refiriéndose a la nación que gobiernan y que les paga, que “el concepto de nación es algo discutido y discutible”? ¿O que prometieron (y, a los efectos, cumplieron) dar su aprobación a cualquier estatuto de autonomía que aprobara un parlamento regional dominado por los separatistas? Una clase política que ha legalizado y entregado ingentes cuotas de poder político (y económico) a los representantes del terrorismo. O de la que, por ejemplo, ha emanado un patético ministro de Defensa capaz de afirmar que, antes que matar, prefería ser él quien muriera. O también un neopolítico, reciente aspirante a Jefe de Gobierno, que acaba de afirmar que “siempre contará con mi respeto quien practique la desobediencia civil”; por ejemplo, dejar de pagar impuestos. Una clase política que, como caso único en el mundo, consiente en que no se pueda estudiar en el territorio de su nación en el idioma propio de sus habitantes, el que todos ellos hablan, contradiciendo incluso lo que dicen sus tribunales. O que, en general, es incapaz de hacer cumplir las leyes y las sentencias de los tribunales incluso por parte de quienes representan al estado…
     ¿Cómo resolver, pues, el problema del nacionalismo en España? No hay otra que empezar por el principio: cambiar de clase política. También hay, sin embargo, otra salida a la situación: darnos por vencidos y dejar que, ya que no la imaginación, el odio y la ignorancia suban decididamente al poder. ¿Podemos llegar a ver plasmada esta última alternativa?... Podemos, ¡claro que podemos!

martes, 16 de diciembre de 2014

De dónde vienen las dos Españas - 2ª parte y última

     Concluíamos la primera parte con el trazado de lo que ha sido la línea directriz sobre la que ha ido desarrollándose nuestra trayectoria histórica. Frente a esta trayectoria evolutiva y acumulativa, se situaron a partir, fundamentalmente, de 1898, las ideologías hispanofóbicas que decidieron convertirse en representativas de alguno de aquellos frustrados ramales centrífugos de nuestra historia, los que, de haber decidido nuestro rumbo, nos habrían impedido el acceso al estado moderno que, mal que bien, hemos llegado a conformar, y que si no hemos alcanzado de una manera plenamente homologable con la Europa más desarrollada, ha sido, entre otras cosas, por el lastre que tales ideologías nos hacen sobrellevar y el desgaste en rozamientos internos que han provocado entre nosotros.


     Así, el nacionalismo vasco pasó a sentirse representante de aquel ramal de nuestra historia que ya vino a superar la romanización, y construye su bagaje ideológico sobre un nostálgico sentimiento de identidad que busca retrotraerse hasta la tribu prerromana de los vascones; una identidad, por otro lado, que además de resultar absurda a esta altura de los tiempos es imposible reconstruir después de la mezcla de sangres que ha procurado la historia y, antes aún, del acceso a la civilización que supuso Roma, a partir de la cual la categoría de ciudadano vino a sustituir a la de pertenencia a una etnia a la hora de decidir esa identidad. El idioma en el que supuestamente (ha variado mucho) se entendían aquellos vascones, y que empezó a perder vigencia histórica cuando los romanos aportaron un idioma en el que pudieran entenderse las diferentes tribus que –desde entonces camino de su desaparición– poblaban la Península, se ha convertido en el último recurso desde el que seguir reivindicando aquella identidad tribal por parte del nacionalismo vasco.

     Por su parte, el nacionalismo gallego reivindica, de la misma forma, una imposible identidad tribal celta, y busca posterior apoyo histórico en otro de los ramales que representan un coyuntural obstáculo a lo que finalmente ha resultado ser nuestra trayectoria histórica real y vertebradora: en este caso, los nacionalistas gallegos reivindican también la línea centrífuga de nuestra historia que significaron los invasores suevos, que entraron en nuestra Península a la caída del Imperio romano y que se establecieron en la Gallaecia de entonces hasta que en el año 585 fueron derrotados por el rey visigodo Leovigildo, auténtico constructor del estado unitario que en la Península ibérica sucedió a la desintegración de Roma y que, como expusimos en la primera parte, continuaba la trayectoria histórica sobre la cual se fue construyendo nuestra actual nación.

     El nacionalismo andaluz anda ahora mismo agazapado detrás de ideologías islamizantes que reivindican para Andalucía su pasado musulmán. No, pues, el exuberante pasado romano que llevó al trono del Imperio a Trajano y a Adriano o a filósofos como Séneca, todos ellos nacidos en la Bética; ni los tiempos visigóticos en los que aquella región vio nacer a la cumbre del pensamiento de aquel entonces que fue San Isidoro de Sevilla. Por el contrario, estos peculiares andaluces se sienten herederos de al-Ándalus, una cultura que jamás fue española, como se pude deducir del simple hecho de que nunca un muladí (un musulmán de origen español) alcanzara el poder ni en los tiempos del emirato, ni en los del califato, ni en las taifas, así como del hecho de que los andalusíes se sintieran parte de una comunidad islámica foránea y contrapuesta a la que aquí estaba asentada. Descontemos el hecho de que la historia del Islam se ha conducido por unos derroteros que, si hubieran sido los de España, jamás habríamos tenido aquí ni Renacimiento ni Ilustración ni estado democrático, conquistas a las que nunca ha accedido realmente el islamismo. Otros nacionalistas, por lo tanto, estos de Andalucía, que encuentran sus fuentes de identidad en aquellos ramales que resultan excluyentes respecto del itinerario real recorrido por nuestra historia, es decir, respecto de lo que es la nación española.

     Por su parte, el nacionalismo catalán reivindica sobre todo una parcela de la historia que dejó de estar vigente al terminar la Edad Media, tratando además de ignorar, para empezar, aquel otro pasado que hizo de Tarraco la primera capital de la Hispania romana o de Barcino la primera de la España visigoda. Ni siquiera aquel precedente de los condados medievales sirve de soporte a la reelaboración de la historia que pretenden hacer los nacionalistas catalanes, pues nunca Cataluña fue una entidad política como tal, sino solo en cuanto parte del Reino de Aragón. Pero una vez en marcha su impulso hispanofóbico, estos nacionalistas han tratado de rehacer la historia hasta el punto de que cupiera en sus proyectos de exclusión de lo español. Y así, la entrada de los Borbones en España en 1700, en disputa con las pretensiones dinásticas de los Habsburgo disputa que provocó una guerra europea, aunque tuviera lugar en suelo español, la reelaboran aquellos como una guerra de España contra Cataluña, de forma semejante a como enseñan en las escuelas catalanas que nuestra guerra civil fue un nuevo capítulo de esa larga guerra que sus mentes han imaginado entre España y Cataluña.

     Las ideologías autodenominadas “progresistas”, plasmadas, como las de los nacionalismos, a raíz, fundamentalmente, de la crisis del 98, vinieron a configurarse, en gran parte, en nuestro país como un compendio de todas las ideologías hispanofóbicas y contrarias al estado moderno que habían ido surgiendo al albur de aquella profunda crisis de autoestima nacional. Aunque al principio muchos de los ideólogos de ese pretendido progresismo se declararon opuestos al nacionalismo, la hispanofobia ha acabado por ser dominante en la conformación de tales corrientes políticas. Su aversión al libre mercado fue otra de las constantes en la conformación de aquellas ideologías, y la tentación de considerar las libertades democráticas como meras libertades “formales”, propias de la democracia “burguesa”, en suma, su propensión hacia el establecimiento de regímenes en los que esas libertades quedaran controladas, intervenidas o directamente suprimidas, ha sido también una constante en la conformación de esas ideologías, no del todo corregida con el paso del tiempo. Otra constante en estas ideologías, al menos en sus orígenes, y que sigue caracterizando a sus corrientes más extremas, ha sido considerar la propiedad privada como un robo o una clase de perversión que solo puede corregirse regresando de alguna manera al comunismo primitivo propio de las hordas del paleolítico, del cual el control total de la economía por parte del estado vendría a ser un sucedáneo considerado asequible.

     Nos iremos acercando a las conclusiones de este artículo señalando de nuevo a la Leyenda Negra, especialmente al ser asumida por los propios españoles, como el foco principal del que han surgido los peores males que lastran la vida de nuestra  nación. Aún podríamos destacar como el elemento que quizás más ha servido a la puesta en marcha de esa Leyenda Negra la publicación del libro que fray Bartolomé de las Casas escribió y que tituló “Brevísima relación de la destrucción de las Indias”, que fue lo que más ayudó a que acabase de cristalizar una imagen de los españoles como seres bárbaros, crueles, fanáticos e intolerantes, y a dejar degradada la misión de España en América como una mera empresa genocida y de latrocinio por parte de los españoles que la llevaron a cabo. El libro de Las Casas, aun señalando abusos y excesos realmente producidos durante la conquista, llega a tal punto de exageración que sus afirmaciones quedan explícitamente contradichas por los escritos de otros religiosos coetáneos suyos partícipes también de aquella gran empresa americana, como fueron, entre otros, el vallisoletano Bernardo Vargas Machuca, Antonio de Herrera y Tordesillas, Gonzalo Fernández de Oviedo o fray Toribio de Benavente, apodado Motolinía, es decir, “el pobre” en lengua náhualt, y que califica a Las Casas como “hombre pesado, inquieto e importuno, bullicioso, malcriado, injuriador”. Calificativos estos que servirían como preludio al diagnóstico que de Las Casas hizo Ramón Menéndez Pidal en el libro que publicó en 1963, “El Padre Las Casas. Su doble personalidad”, en donde concluye que este fraile dominico sufría un “delirio paranoico”. Ninguno de estos desmentidos a las exageraciones vertidas en la “Brevísima relación…” de Las Casas ha alcanzado ni la atención ni el crédito que este tuvo. Y por el contrario, las ediciones de este libro tan nefando para España se han repetido en todos los momentos y ámbitos en que podía ser más dañada la imagen de nuestro país: la primera edición, en Sevilla, se hizo en 1552; pronto, en 1578, cuando los conflictos de España en Europa eran acuciantes, la obra fue traducida al holandés, francés, inglés e italiano, siendo la más conocida la edición que estuvo detalladamente ilustrada por los estremecedores grabados de De Bry. La segunda reimpresión en España se llevó a cabo en Barcelona en 1646, coincidiendo precisamente con los disturbios que allí acontecieron a raíz de los intentos unificadores (modernizadores) del Conde Duque de Olivares. El libro fue también “oportunamente” reimpreso en algunas de las principales ciudades hispanoamericanas –Bogotá, Puebla– durante los procesos de independencia de las naciones americanas a principios del XIX. Y en fin, fue asimismo reeditado en Nueva York en 1898, coincidiendo con el conflicto hispano-cubano, a partir del cual hizo eclosión ese hundimiento de nuestra autoestima que entre muchos españoles habría de cristalizar como hispanofobia.

     La conclusión que aquí venimos a extraer es que la otra España, la que en gran medida está detrás de la conflictividad que viene lastrando tan gravemente nuestra convivencia y nuestro desarrollo como estado moderno es la anti-España. Nuestro mal fundamental es, en fin, nuestro masoquismo nacional.

lunes, 15 de diciembre de 2014

De dónde vienen las dos Españas-1ª parte

     La principal dificultad a la hora de abordar este asunto de las dos Españas estriba en saber dónde trazar la línea divisoria entre ambas, delimitar en qué consiste cada una de esas Españas a las que Antonio Machado se refería en estos versos:

“Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.

Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón”

     Cuando uno trata de definir algo, busca deducir lo que es por contraste con lo que no es. Pero como las realidades son ambiguas (son lo que son… y buena parte de lo que no son), esa aspiración a la claridad de la cual partimos corre el peligro de decaer en la exageración, es decir, puede llevarnos a afirmaciones rotundas que excluyan importantes matices y que no acaben de registrar lo mucho que esas realidades tienen de paradójicas. Y así, si simplemente partimos de que España es la patria de los españoles, enseguida veremos cómo muchos de estos empiezan a removerse inquietos, incómodos ya ante tal escueta, y parecería que inocua, afirmación. María Zambrano recogía esta peculiar incomodidad que surge ante el imponderable que supone ser español en un gracioso diálogo que imagina con un interlocutor que vendría a representar a esa mala conciencia:
     “-Y usted, ¿qué es?
     -Yo, español.
     -¿Español?... Pero, ¿no podría ser otra cosa?
     -No, soy español simplemente, no puedo ser otra cosa.
     (…)
     -Pero esto es muy extraño. ¿Es que de verdad no puede dejar de ser español y ser otra cosa? Mire, nosotros queremos ayudarle, aquí mismo, en otro lugar. El mundo es muy grande y podría usted, quizá poniendo de su parte, encontrar algún otro ser”.
     Alentado por esa misma incomodidad de que hacía gala el imaginario interlocutor de María Zambrano, Antonio Cánovas del Castillo, el destacado político conservador, artífice de la Restauración borbónica y presidente del Consejo de Ministros del Gobierno de España durante la mayor parte del último cuarto del siglo XIX, hizo famosa aquella, también digamos que graciosa, definición de esa españolidad que queremos aquí entender: “Son españoles –decía– los que no pueden ser otra cosa”.

     ¿De dónde surge esa incomodidad, esa negativa predisposición hacia algo tan simple como el hecho de ser español? En nuestra historia más reciente, esa animadversión que afecta a tantos españoles tuvo su matriz en las graves perturbaciones que sufrió el alma de nuestra nación a raíz de la crisis de 1898. Quedaría aquella animadversión expresada en estas palabras que dejó escritas Joan Maragall, poeta catalán y destacado miembro del movimiento cultural de la Renaixença, en vísperas del estallido bélico de 1898 con Estados Unidos, la guerra de Cuba: “Creemos llegada a España la hora del sálvese quien pueda –decía Maragall–, y hemos de desligarnos bien deprisa de todo tipo de atadura con una cosa muerta”Además del lógico deterioro en la autoimagen de un país que ha sufrido una derrota bélica, el sustrato del que fundamentalmente surgiría esta malquerencia hacia España sería la Leyenda Negra, que en aquel contexto fue intensamente reavivada por las élites y los medios de comunicación norteamericanos e ingleses, pero que empezó a activarse ya a principios del siglo XIV, cuando tuvo lugar la terrible Venganza Catalana de los almogávares en tierras bizantinas después del asesinato de su líder Roger de Flor.

     La Leyenda Negra que afectó y sigue afectando a España fue descrita por Julián Marías como “la condenación y descalificación de todo el país a lo largo de toda su historia, incluida la futura”. Consiste en la magnificación desproporcionada de todas las cosas que los españoles hemos hecho mal en la historia, especialmente, las que tienen que ver con la Inquisición, la expulsión de los judíos, nuestro eventual fanatismo religioso y los abusos llevados a cabo a raíz del descubrimiento y conquista de América, así como la ocultación de todas las que hemos hecho bien. La magnificación de nuestros defectos pasa por alto el hecho de que los judíos ya habían sido expulsados antes de los demás países europeos, de que las víctimas mortales a causa de sus ideas religiosas o por brujería fueron mucho más numerosas en otros países, y también pasa por alto los beneficios que produjo la traslación de la cultura, la urbanización, las leyes y el sistema institucional hispánicos a los pueblos americanos, que en muchos aspectos aún vivían en el estadio tribal del paleolítico.

     Pero no toca hablar hoy tanto de la Leyenda Negra, como de los efectos que esta tuvo al ser metabolizada y asumida por los españoles, especialmente, como ha quedado dicho, a raíz de la crisis de 1898. Ninguna otra cultura, ningún otro país ha sufrido una descalificación tan intensa como España, a pesar de haber protagonizado a menudo hechos mucho más terribles que los que llevaron a cabo los españoles en sus peores momentos: la expansión de la República y el Imperio romanos, por ejemplo, se llevó a cabo a través de actos de crueldad, incluso genocidios, que sobrepasan con mucho los de los conquistadores españoles, pero ello no obsta para considerar que la romanización en su conjunto supusiera un gran avance histórico. Asimismo, las dos guerras mundiales y los genocidios de los campos de exterminio, responsabilidades históricas de Alemania de una enorme magnitud, mucho mayor que la de España en sus momentos más infaustos, no han supuesto finalmente para Alemania, como es lógico, el descrédito o su descalificación global como nación, cosa que, para muchos, sí ha ocurrido con España.

     Pero, como decimos, lo más nocivo de la Leyenda Negra estriba en que ha sido asumida, aceptada por muchos españoles. A partir de ella y de sus repercusiones en nuestra crisis del 98, la interpretación de la historia de España por parte de un importante sector de nuestra intelectualidad y de nuestras élites políticas, fue el punto crucial desde el cual se generó un sentimiento de rechazo hacia su nación por parte de numerosos españoles. Queda expresado ese rechazo en las palabras de Joaquín Costa, máximo representante del Regeneracionismo, movimiento intelectual y político surgido en aquel contexto. Decía Joaquín Costa, entre otras cosas, que España era una nación frustrada y que “debía ser fundada de nuevo, como si no hubiese existido”.

     La expresión “las dos Españas” tiene su origen a principios del siglo XX, especialmente, como hemos visto, en Antonio Machado, y se han propuesto para ella diferentes significados: la España de los liberales y la de los carlistas, la de los progresistas y los conservadores, la España industrializada y más urbanizada y la agrícola y rural, la España popular y la España de los caciques y las élites degeneradas… Esta última clasificación vendría, más o menos, a coincidir con la que, según Ortega, separa la España vital de la España oficial. Concretamente, Antonio Machado, en 1912, hablaba de

“La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
(…)
Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digna usar la cabeza”

Y la contraponía a esta otra España:

“Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea”

     Sin embargo, todas estas divisiones de España vendrían a ser subsidiarias respecto de la que acabaría consolidándose como la más definitoria, la que surgió de la crisis del 98, y que no tardó en quedar plasmada como aquella que nos divide entre, por un lado, los que siguen (seguimos) respaldando la idea de España, y por otro, los que padecen de hispanofobia. Nada ha resultado finalmente tan disgregador y atentatorio contra nuestra convivencia y nuestra conformación como estado moderno como esta negación de lo español por una gran parte de españoles. La hispanofobia que resultó de la metabolización de la Leyenda Negra por parte de una de las dos Españas se convirtió en el ingrediente básico de nuestros numerosos nacionalismos disgregadores y el que dio pábulo a buena parte de las ideologías que se consideraron a sí mismas progresistas. Tanto aquellos como estas se fundamentaron en una visión en negativo de la historia de España, y fueron recogiendo diversas parcelas o ramales centrífugos de la misma en los que el proyecto en marcha que supone nuestra nación se habría frustrado si aquellos impulsos centrífugos hubieran prevalecido. Ese proyecto en marcha que es la nación española se ha ido realizando sobre el sustrato de una evolución acumulativa que podríamos hacer arrancar de la romanización y que prosiguió con los visigodos. Se trataría de la misma trayectoria histórica en la que más adelante enraizarían los reinos cristianos (españoles) que se enfrentaron a la invasión musulmana (es decir, ajena a nuestra trayectoria histórica, la que da sentido a nuestra historia), y que dio un paso decisivo con la unificación (reunificación en gran medida) de esos reinos al llegar al trono los Reyes Católicos, y que no hubiera sido posible sin la referencia de la antigua España visigótica. Desde allí, la nación española comenzó a recorrer (no precisamente con agilidad bajo los Austrias) el trayecto que lleva hacia el estado moderno, y que recibió un impulso decisivo a partir de la Ilustración, en el siglo XVIII. Este impulso modernizador estuvo representado en España por los primeros reyes Borbones, y encontró prolongación en el siglo XIX, a pesar de muchas dificultades, gracias al liberalismo. Finalmente, la trayectoria histórica que ha desembocado en la conformación de las sociedades modernas ha debido de pasar por la generalización del libre mercado y la democracia.