miércoles, 18 de abril de 2018

Una teoría del dolor y de la fibromialgia

       Resumen: Cuando el impulso vital fluye y nuestra vida discurre hacia metas que le dan sentido, la consecuencia, dice E. Minkowski, psiquiatra existencial, es el contento. Cuando ese impulso se interrumpe y deja de estar claro a dónde ir, aparece el dolor. La psicosis es un buen campo de pruebas en el que constatar lo dicho.   
      Antes de nada, tengamos bien presente cuál es el método más adecuado a emplear si tratamos de conocer una cosa: viajar hasta sus extremos, recorrer su perfil cuando más depurado aparece, en el punto en el que esa cosa ha alcanzado su mayor grado de exageración. Así que, cuando de lo que se trata es de asumir la perspectiva desde la que son visibles esos perfiles, esos extremos de las cosas, resulta conveniente procurarse la compañía de quienes habitan en esos extremos, y, entre ellos, los enfermos psicóticos son de los que tienen posiciones más exageradas y, en este sentido, más útiles.

     De la mano del psiquiatra existencial Eugène Minkowski y de los enfermos mentales que trató descubrimos que, para empezar, a la hora de salir al mundo exterior, de confrontarnos con la realidad, no nos dedicamos a hacer inferencias desde lo particular y hacia lo general, sino que procedemos en sentido inverso: generalizamos, asumimos un prejuicio de partida y desde él nos confrontamos con los objetos y las experiencias concretas. De igual modo que cuando el niño pequeño que aprende la palabra “papá” empieza por aplicársela a todos los adultos que pasan ante él, el psicótico elabora prejuicios de carácter universal y desde ellos juzga y valora los hechos simples, los fenómenos específicos y particulares. El paranoico, por ejemplo, siente la persecución que se ejerce sobre él primero como algo que a todo su entorno implica y desde ahí va incorporando a ese prejuicio comportamientos de las personas concretas que le rodean, y que a los demás nos suelen parecer casuales. La casualidad no existe para el psicótico: los fenómenos particulares son por sistema, para él, expresión de modos de lo universal y prefijado. Y donde los demás no vemos conexiones que comuniquen unas cosas con otras y pensamos que quien las vea es, cuando menos, supersticioso, el psicótico ve signos o símbolos que entrelazan unas cosas con otras hasta envolver todas ellas en formas de existencia compartida. Y así, nos habla Minkowski de uno de sus pacientes cuya mente “había perdido sus frenos y no podía detenerse en los límites de cada objeto, sino que –como él mismo decía– tenía que seguir sin parar deslizándose rápidamente desde el objeto solitario hacia el horizonte infinito”. “Cada objeto –dice también Minkowski refiriéndose a este enfermo– era solo un representante del conjunto y su mente saltaba sobre su significado concreto (…) Un miembro de su familia que padecía bronquitis tuvo la ocurrencia de expectorar; nuestro hombre empezó entonces a disertar sobre todos los esputos de todos los sanatorios tuberculosos del país, y de ahí pasó a todas las inmundicias y desechos de todos los hospitales. Cuando yo me afeitaba ante él, se ponía a hablar de los soldados de unas barracas próximas, que se estarían también afeitando, y de ahí saltaba a todos los soldados del ejército nacional. Una vez, mientras se lavaba, me confió: ‘A cada momento en que hago algo debo recordar que cuarenta millones más hacen lo mismo’”. Mientras tanto, los que no hemos alcanzado el grado de exageración de los psicóticos parece que hacemos que nuestra mente sea capaz de sumergirse, no digamos que en el caos de lo múltiple y diverso (porque, igual que el psicótico, seguimos necesitando generalizar), pero sí, al menos, en la atención a lo diferente, a lo particular, que muchas veces escapa, en mayor o menor medida, a la norma general.
     Henri Bergson (1859-1941) es famoso por su concepto del èlan vital, el aliento vital, que es el principio sobre el que se sostiene la vida, lo que nos empuja hacia la actividad y, en última instancia, lo que nos hace evolucionar desde lo inferior hacia lo superior, desde lo más imperfecto hacia lo más perfecto, en lo cual, precisamente, consiste el discurrir de la vida. La evolución la entiende, precisamente, este filósofo que fue Premio Nobel de Literatura, como el tránsito que va desde lo concreto y particular hacia lo ideal y universal. O, como dice Minkowski, siguiendo a Bergson, “Toda nuestra evolución individual consiste en rebasar lo ya hecho”. Al contrario que el psicótico, el hombre normal parte de la situación concreta en la que está y, empujado por el èlan vital, se dirige hacia donde marca el ideal, se pone a recorrer el camino que va desde la intrascendente situación concreta hacia la situación modélica a la que aspira. Si a ese hombre normal le faltara la percepción de lo particular, si todo le resultara generalizable, intercambiable, indiferente, si no hubiera entonces trayecto a recorrer entre lo peor y lo mejor, entre lo más imperfecto y lo más perfecto, porque todo es equivalente, el èlan vital, el impulso vital se extinguiría. Incluso faltaría entonces la sensación de tener un yo al que atribuir el esfuerzo de recorrer ese trayecto, el deseo de acercarse al objetivo, incluso la expectativa de que hay un futuro, un porvenir en el que el ideal se acabe de poner a nuestro alcance.
     El impulso vital, dice Minkowski en el contexto del informe sobre el paciente psicótico al que nos hemos referido, contiene un elemento de expansión, nos empuja hacia la actividad en la que la vida precisamente consiste. “Esta actividad lleva consigo un sentimiento específico y positivo que llamamos contento”. En sentido contrario, “si constituimos en el polo positivo el contento, el fenómeno que más se le acerca como polo negativo es el dolor sensorial (…) El dolor implica intrínsecamente el sentimiento de ciertas fuerzas externas que actúan sobre nosotros y a las que forzosamente hemos de someternos. Visto así, el dolor se opone evidentemente a la tendencia expansiva de nuestro impulso personal; ya no podemos ‘asomarnos al exterior’ ni intentamos estampar nuestro sello personal en el mundo que nos rodea. En vez de eso, dejamos que el mundo nos invada con toda su impetuosidad y nos haga sufrir. Así, el dolor es también una actitud frente al medio ambiente. Aunque generalmente es de corta duración y aun momentáneo, se convierte en crónico cuando no encuentra la contrarreacción de su antagonista, el impulso vital personal”. Según esta interpretación, la función del dolor no es solo avisar de la más o menos coyuntural interrupción de la tendencia a vivir de nuestro ser corporal. No solo duelen las heridas o quebrantos físicos. Eso ocurre, ciertamente, en el ámbito de las experiencias normales. Pero cuando vamos a los extremos, cuando, por ejemplo, nos acercamos a las vivencias de los psicóticos, podemos observar que el dolor tiene una función más amplia: la de avisar de la interrupción o bloqueo del impulso vital general. Entonces, aun en ausencia de eventuales causas físicas, corporales, el dolor puede aparecer. Es lo que experimenta también, precisamente, el fibromiálgico, respecto del cual habría de valer asimismo la interpretación de que el impulso vital y el contento que produce sentir que uno está en marcha, evolucionando de lo peor a lo mejor, está interrumpido o bloqueado, y que se necesita, por tanto, abrir la vía del porvenir, de la expectativa de mejorar, o lo que es lo mismo, del deseo, del entusiasmo, y aun antes que eso, es preciso salir de la indiferencia, de la sensación (del prejuicio) de que todo da igual.
     No es, por tanto, que esta forma de experimentar el dolor sea propia solo de los psicóticos. Gracias a ellos, sin embargo, y gracias también a la experiencia de los fibromiálgicos, si es que nos decidimos a interpretar de esta manera el aviso que significa el dolor, podemos entender que, más allá de sus causas corporales o fisiológicas, el dolor está empujándonos en la dirección del èlan vital, empujándonos hacia la vida.

domingo, 8 de abril de 2018

El peligro de pensar que la vida es absurda complementado con el de creer que tiene sentido

Resumen: El esquizofrénico se defiende del caos y el absurdo con que se le muestra el mundo exterior retirándose de la realidad, retrayéndose hacia su mundo interior. La cultura occidental lleva mucho tiempo realizando el mismo movimiento: acepta que el mundo no tiene sentido ni finalidad alguna, que no hay ningún propósito en la creación ni ideales a los que aspirar que tengan virtualidad para ordenar ética o estéticamente el conjunto de las cosas.

     Tensadas por fuerzas contrapuestas, las cosas suelen buscar acomodo en la tibieza de las zonas medias, más abajo que las cumbres y por encima de las vaguadas. La indefinición y la ambigüedad abren paréntesis de sosiego en la naturaleza de esas cosas, en las cuales, pese a todo, late con fuerza su intrínseca vocación por la paradoja, su irredimible atracción por los extremos y la contradicción. Pero si aspiramos a comprender algo, hay que viajar hasta esos extremos, desvelar el rostro bifronte que esconde la ambigüedad con la que las cosas se nos aparecen en primera instancia, mirar al fondo de los abismos que se abren a los dos lados de donde parece haber terreno firme, allí donde lo habitual nos permite refugiarnos en la sensación de que todo está en orden. Entonces comprenderemos que cada exageración era un, a la larga inútil, valladar defensivo frente a la exageración opuesta.


     Una parte de nosotros, la que mejor se aviene con la fe, quisiera que nuestra vida tuviera sentido toda ella, que detrás de cada acontecimiento hubiera un propósito latiendo que empujara desde allí hacia la realización de un plan que a todo acabara invistiendo de significado. La otra parte nuestra que con aquella convive nos confronta, por el contrario, con el absurdo que todas las cosas rezuman, si no para hoy, para más adelante. No hay ningún propósito que dé sentido a las cosas, concluye esta parte nuestra escéptica y desesperanzada; cualquier intento de encontrar un sentido a la vida acabará chocando tarde o temprano con la realidad.
     El abismo, el extremo del continuo hacia el que señala la exageración en la que se posiciona esa parte de nosotros que se decanta por la falta de propósitos hacia los que orientar la vida, que concluye que la realidad, el mundo que nos rodea es absurdo, es esa forma mórbida de la inteligencia que llamamos esquizofrenia.
     El filósofo Henri Bergson resalta cómo la inteligencia es una función que nos vincula con lo discontinuo e inmóvil. Su campo de trabajo es la materia inerte, lo que se repite, lo idéntico a sí mismo; solidifica todo lo que toca. Por tanto, le resulta ajeno lo que fluye, lo que cambia, lo que está vivo, lo que discurre en el tiempo, en suma, la duración vivida. Para entender el mundo, y más aún, para incorporarse a él, es preciso insertar nuestra inteligencia, nuestra capacidad de razonar, en ese contrario suyo que es el mundo pragmático, ese en el que las cosas cambian, van y vienen o incluso desaparecen. El esquizofrénico razona, es inteligente, pero no es capaz de insertarse en el mundo, en lo que cambia. Así se expresaba, en este sentido, una paciente esquizofrénica del psiquiatra existencial Eugène Minkowski: “Hay una fijeza absoluta alrededor de mí. Todavía tengo menos movilidad respecto del porvenir que en el presente y en el pasado. Hay en mí una especie de rutina que no me permite encarar el porvenir. El poder creador está suprimido en mí. Veo el porvenir como repetición del pasado”. Esta paciente pasaba sus días en la cama, en un estado de inercia completa, y cuando se levantaba se movía como un autómata. Otros esquizofrénicos le decían a Minkowski que sus “ideas son inmóviles como estatuas”, o también que “son estáticas y carecen de tendencia a la realización”. Sufren, pues, estos enfermos de un déficit de actividad pragmática, no han acabado de salir al mundo. Está debilitado su impulso vital y su afectividad. Sin embargo, sus operaciones puramente intelectuales no sufren déficit; todo lo más, son accesoriamente modificadas.
     Para el esquizofrénico, salir de sí para entrar en el mundo equivale a perder contacto consigo mismo. “Busco la inmovilidad –dice también otro enfermo–. Tiendo al reposo y a la inmovilización (…) Por eso amo los objetos inmutables, las cajas y los cerrojos, las cosas que siempre están ahí, que jamás cambian. La piedra es inmóvil, la tierra en cambio se mueve; ella no me inspira ninguna confianza. Solo atribuyo importancia a la solidez”. Buscando la inmutabilidad, este enfermo permaneció una vez 24 horas sin orinar. Aspiraba, dice, a “hacer refluir el tiempo, morir con las mismas impresiones con las cuales se ha nacido, hacer movimientos en círculos para no alejarse de la base, para no desarraigarse, he ahí lo que quisiera”. Otro enfermo decía asimismo: “Desde mi enfermedad, me ha sucedido suprimir la impresión del tiempo. El tiempo no cuenta para mí. Pongo un tiempo infinito en realizar el menor acto de la vida corriente”. Y una enferma más, preguntada después de la visita de su madre a la casa de salud en la que estaba internada si se había alegrado de verla, parecía discípula de Parménides cuando contestó: “Eso es movimiento, a mí no me gusta mucho eso”. Otro enfermo, en fin, a través de una asociación similar, conservaba las botellas de los medicamentos que había tomado, para tener así una huella de las cosas que desaparecen con el tiempo.
     Desprovistos de la operatividad pragmática que les permitiría desplegarse en el tiempo, tener proyectos y trabajar por ellos para, de esa forma, intentar conseguir que sus deseos vayan haciéndose realidad, sustituyen estos enfermos todo ese dinamismo por ensueños en los que, efectivamente, sus ideales, sus sueños, se han convertido en realidad. Y esos ensueños los viven como actualizados. De esa forma, se ven como héroes, inventores o grandes hombres; o si se trata de un hombre de a pie, en su delirio puede verse casado con una princesa.
     Pablo, un estudiante de diecisiete años de edad, nos ofrece una vertiente más de esa realidad poliédrica que es la esquizofrenia. De carácter muy recto y exitoso en sus estudios, aunque siempre había tratado poco con sus compañeros. Muy amante de la precisión, lo cual era considerado como un rasgo positivo… hasta que este rasgo se exageró desmedidamente, coincidiendo con un momento en que se queja por falta de energía y fatiga moral. Acaba incluso interrumpiendo sus estudios. En esa época empieza a controlar sus actos de manera excesiva, por ejemplo, asegurándose repetidamente de haber cerrado bien las puertas. Una cosa tan simple como colocar un pañuelo debajo de la almohada al acostarse exigirá ahora invertir en ello una hora o más; dice querer asegurarse de que el pañuelo no sobresale en ninguna parte de la almohada. Las comidas se prolongan indefinidamente: inspecciona interminablemente las fuentes, los platos, los cuchillos, los tenedores… Sus dudas y preguntas se refieren solo al orden objetivo de las cosas: la exactitud del reloj, la altura del plumero, el tamaño de los intersticios de la puerta. No intervienen en ellas, pues, los seres vivos. Le interesa solo la geometría de las cosas, su exactitud, su precisión matemática, que nunca llega a coincidir con las cosas reales.  Eso sí, cualquier objeto que aparezca ante él puede desencadenar esos procesos mentales y hacer que se ocupe de él durante horas. Todo le distrae de lo que efectivamente son las cosas, el mundo pragmático.
     Su falta de resolución, la desubicación de su actividad en el tiempo real, pragmático, la falta de jerarquización entre sus actos, todo ello señala hacia la ausencia de un fin, de un propósito, que sería el factor respecto del cual las cosas se organizarían en más o menos importantes, en útiles o inútiles, en urgentes o aplazables. Así explicaba Pablo cómo ponerse a buscar una palabra en el diccionario se convertía en una labor interminable porque se distraía buscando el significado de otras muchas: “Todo tiene la misma importancia para mí –dice–; uno se instruye igualmente observando en el diccionario el sentido de otras palabras que aquellas de que se tiene necesidad en el momento”. De esta forma, la personalidad de Pablo se va disolviendo en el caos de lo indiferente, todo tiene la misma importancia… realmente ninguna. Si no hay metas, propósitos, la noción de porvenir pierde también su sentido.
     Y puesto que no existe ese elemento ideal, el fin, la meta, que habría de servir de barómetro para situar respecto de él las cosas en mejores o peores, más próximas o más lejanas al ideal, buenas o malas, absurdas o lógicas, el sentido estético y el moral quedan también arruinados. Y así, Pablo coge también la manía de experimentarlo todo, sin ninguna regla que ponga orden en ese “todo”: un día echa su café con leche en la sopa para ver qué gusto tiene esa mezcla; otro se queda una hora de pie, quieto, para ver qué se siente; otro se pone a hacer el mayor ruido posible para ver lo que eso produce. Quiere también experimentar la pederastia, la morfinomanía, la cocainomanía, todo lo que es susceptible de procurar goce. Y, alterado como tiene el sentido estético entre tanta indiferencia, se siente capaz asimismo de pintar como lo hicieron Miguel Ángel o Leonardo, y también podría componer inmediatamente una ópera al estilo de Wagner. Desde el punto de vista estético pone en el mismo plano un cigarrillo y un dibujo bonito. Dice asimismo que para él tiene el mismo atractivo un ruido que una ópera. Y un terremoto vendría a repercutir sobre él lo mismo que un pequeño ruido. Ya no lee los diarios, la crónica de sucesos, porque, dice, “no hay opiniones precisas; no sé cuál de los dos es culpable, el asesino o la víctima”. Su sentido ético está, pues, también arruinado.
     Pablo habría de suicidarse poco tiempo después de ser tratado por Minkowski.
     Nuestra civilización ha descubierto hace tiempo que el universo sigue su marcha al margen de cualquier finalidad que le dé sentido… Borremos esto que acabo de escribir; quería decir que se ha decantado por la exageración de que no existe en ese universo ningún propósito, nada que le dé sentido. Un punto de inflexión bastante definitivo en ese decurso de las cosas fue la publicación en 1859 de “El origen de las especies” por parte de Charles Darwin: todo lo decide desde entonces la combinación de azar y selección natural, nada hay que permita suponer que existe algún plan, algún propósito en la naturaleza. A partir de aquel momento, y como siempre que falta el propósito, el ideal, la progresión hacia la indiferencia se aceleró en todos los campos en los que antes había regido la jerarquización entre lo mejor y lo peor, lo bello y lo feo, lo importante y lo accesorio.
     ¿Cualquier parecido entre esta decantación a favor del absurdo y en contra del sentido y aquella en la que se instalan los esquizofrénicos, para los que todo lo que ocurre en el mundo exterior es equivalente, es decir, indiferente, es resultado de la casualidad?... Va a ser que no. La cultura occidental ha ido, por un lado, retrayéndose hacia lo interior: lo bueno y lo malo han pasado a ser cada vez más valores que se deciden en la intimidad de las personas, no hay criterios objetivos que tengan una virtualidad a la que aquellos otros, subjetivos, deban supeditarse. Visto desde ese relativismo, el delincuente no es que se haya decantado por el mal, sino que tiene otro esquema de valores, y a la hora de penalizar sus comportamientos, nos retendrá, consecuentemente, un vago pero efectivo sentimiento de culpa. Como decía Pablo, el enfermo de Minkowski, “no hay opiniones precisas; no sé cuál de los dos es culpable, el asesino o la víctima”. El reino en el que antes regían las verdades objetivas, por ejemplo, la diferencia entre un hombre y una mujer, ha sido conquistado actualmente por la subjetividad: hoy se es hombre o mujer en función de las propias decisiones. En los museos comparten espacio cuadros pintados en tiempos en los que lo bello y lo feo tenían una clara delimitación con los botes de “Mierda de artista” de Piero Manzoni. Ya había dicho Pablo que desde el punto de vista estético comparten “el mismo plano un cigarrillo y un dibujo bonito”; y que un ruido estruendoso es igual de bello (o feo) que una ópera de Wagner; o podríamos decir: la música dodecafónica que la Sexta de Beethoven.

"Mierda de artista" (Piero Manzoni, 1961).
Algunas de estas latas han estado expuestas en museos como el Pompidou de París, el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA), la Tate Modern de Londres o el Museo Nacional de Arte Reina Sofía


     El artista conceptual Yves Klein había dicho: "El artista debe de crear una única obra de arte, él mismo, constantemente". Para su importante exposición que tituló “El Vacío”, en 1958, Klein declaró que sus pinturas eran ahora invisibles y para probarlo “expuso” una sala vacía. El arte, pues, según esto, no es algo a realizar fuera del artista: es el artista mismo. Sin más mediaciones, sin nada objetivo sobre lo que se pueda hacer auténticamente una valoración.
     A ver: no es que las cosas tengan sentido, tampoco hay que irse al otro extremo del continuo. Dejémoslo en que el hombre ha venido al mundo con la misión de añadir sentido, propósito, finalidad a las cosas, las tengan o no. Porque cuando falta el propósito, el sentido, las cosas del mundo dejan de estar ordenadas en función de su mayor o menor aproximación a ese ideal. Todo da igual. Entonces es cuando el esquizofrénico… quería decir el artista (en representación del hombre actual), se retira hacia su intimidad, allí donde todavía puede pisar terreno firme; incluso dedicarse a las matemáticas, que no necesitan de las cosas reales. O lo que es lo mismo: como Klein, vacía el mundo. Inventa su propio lenguaje, no para comunicarse con los demás, sino para expresarse a sí mismo; nada más. Los poetas, por ejemplo, hoy también hacen uso de un lenguaje incomprensible, porque la comunicación no es el objetivo. Como en el esquizofrénico. Todo esto lo expresó muy bien el poeta madrileño Pedro Casariego Córdoba: “Sólo existe el artista interior, sólo se puede ser artista secreto, la comunión todo lo mancha (...) ¡El artista debe crear dentro de sí mismo!”. Idéntico “dentro de sí mismo” a aquel en el que Pablo, el paciente de Minkowski, se sentía capaz de pintar igual que Miguel Ángel o Leonardo y de componer óperas de la misma calidad artística que las de Wagner; allí donde, a falta de referentes, todo da igual.
     El 8 de enero de 1993 Pedro Casariego se arrojó al paso del tren en Aravaca, barrio de Madrid.