“La materia de que está hecho el porvenir es la
inseguridad. Esa posibilidad necesaria y, a la vez, insegura es nuestro yo. Este, pues, lo primero que hace,
antes de darse cuenta del presente en que está, es estirarse hacia el futuro,
se futuriza, y desde allí se vuelve al presente, a las circunstancias en
que ya nos hallamos (…) Las circunstancias responden favorable o adversamente,
es decir, facilitan o dificultan la realización —la conversión en un presente—
de ese yo futurizante que por anticipado somos ya. Cuando nuestro yo
consigue en buena parte encajarse en la circunstancia, cuando ésta coincide con
él (…) es lo que denominamos felicidad. Viceversa, cuando nuestro contorno
—cuerpo, alma, clima, sociedad— rechaza la pretensión de ser que es nuestro yo
y le opone por muchos lados esquinas que impiden su encaje, sentimos una
desazón no menos amplia, no menos íntegra, como que consiste en la advertencia
de que no logramos ser el que inexorablemente somos. Este estado es lo que
llamamos infelicidad” (Ortega y Gasset[1]).