“No
hay lugar bajo el sol que me retenga ni sombra que me resguarde, porque el
espacio se vuelve vaporoso en el ímpetu errante y en la fuga ansiosa. Para
quedarse en algún sitio, para encontrar tu ‘lugar’ en el mundo tienes que
cumplir el milagro de hallarte en algún punto del espacio, sin andar encorvado
bajo el peso de las amarguras (…) Si no hay un solo sitio en el que no hayas
sufrido, ¿qué otro motivo puedes invocar en apoyo de una vida errante?” (E. M. Cioran[1])
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“Dios (…) no es sino nuestra incapacidad de detenernos en algún lugar” (E. M. Cioran[2])
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«Hemos de buscar a nuestra circunstancia,
tal y como ella es, precisamente en lo que tiene de limitación, de
peculiaridad, el lugar acertado en la inmensa perspectiva del mundo. […] En
suma: la reabsorción de la circunstancia es el destino concreto del hombre» (Ortega y Gasset[3])
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«Estar
arraigado es quizá la necesidad más importante y menos reconocida del alma
humana. Es una de las más difíciles de definir. Un ser humano tiene una raíz
por su participación real, activa y natural en la existencia de una
colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertas expectativas
de futuro» (Simone Weil[4]).
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“Un árbol cuyas raíces están casi
totalmente carcomidas cae al primer golpe” (Simone Weil[5]).
[1]
E. M. Cioran: “El ocaso del pensamiento”, Barcelona, Tusquets, 2000, pp. 34-35
[2]
E. M. Cioran: “El ocaso del pensamiento”, Barcelona, Tusquets, 2000, p. 185
[3]
Ortega y Gasset: “Meditaciones del Quijte”, O. C. Tº 1, Alianza Editorial.
[4]
Simone Weil: “Echar raíces”, Madrid, Ed. Trotta.
[5]
Simone Weil: “Echar raíces”, Madrid, Ed. Trotta.