lunes, 2 de marzo de 2026

EL ARTE VINO A PROLONGAR EL MUNDO DE LOS SUEÑOS

El arte nació en el contexto de los hombres primigenios que buscaban alterar sus estados de conciencia, con el objeto de ir a parar a una realidad superior y sagrada, el mismo reino en el que brotan los sueños. La mitología, el teatro, el arte en general (esas ramificaciones de los sueños) nacieron llevando la impronta de lo sagrado, porque, a través del trance que en las ceremonias primitivas se alcanzaba, uno se ponía en contacto con la “otra realidad”, una realidad reparadora de las insuficiencias de esta otra que sufrimos aquí abajo. Mircea Eliade, el historiador de las religiones probablemente más prestigioso, decía: “Los mitos de muchos pueblos hacen alusión a una época muy lejana en la que los hombres no conocían ni la muerte, ni el trabajo ni el sufrimiento, y tenían al alcance de la mano abundante alimento”[1]. Idea en la que, ya en la modernidad, redunda Calderón de la Barca: “Yo sueño que estoy aquí / destas prisiones cargado, / y soñé que en otro estado / más lisonjero me vi”[2]. Esa era, pues, la vía pre-intelectual de acceso a la realidad deseable en la que uno se liberaba de las insuficiencias de la realidad patente. La imaginación que se ponía en juego de esa manera fue, pues, la fuente de la que nacieron la mitología y el arte.



[1] Mircea Eliade: “El mito del eterno retorno”, Madrid, Alianza, 1979, pág. 87.

[2] Calderón de la Barca: “La vida es sueño”.

miércoles, 25 de febrero de 2026

NO SABEMOS QUÉ SER

“El hombre es afán de ser —afán en absoluto de ser, de subsistir— y afán de ser tal, de realizar nuestro individualísimo yo (…) Pero sólo puede sentir afán de ser quien no está seguro de ser, quien siente constantemente problemático si será o no en el momento que viene, y si será tal o cual, de este o del otro modo. De suerte que nuestra vida es afán de ser precisamente porque es, al mismo tiempo, en su raíz, radical inseguridad. Por eso hacemos siempre algo para asegurarnos la vida, y antes que otra cosa hacemos una interpretación de la circunstancia en que tenemos que ser y de nosotros mismos que en ella pretendemos ser —definimos el horizonte dentro del cual tenemos que vivir (…) Vivir es reaccionar a la inseguridad radical construyendo la seguridad de un modo, o, con otras palabras, creyendo que el mundo es de este o del otro modo, para en vista de ello dirigir nuestra vida, vivir (…) (Pero) en esta hora el hombre, y precisamente el más civilizado, en uno y otro continente, no sabe qué hacer” (Ortega y Gasset[1]).



[1] Ortega y Gasset: “En torno a Galileo”, O. C. Tº 5, Madrid, Alianza, p. 32.

 

viernes, 20 de febrero de 2026

DÓNDE RESIDE LA VERDAD

Cuando Ortega dice que “la verdad es lo único que esencialmente necesita el hombre”[1], no está hablando primariamente de la verdad que ponen a nuestro alcance los sentidos, ni de lo que subjetivamente satisfaga al individuo que se crea en posesión de ella. “Verdad” en Ortega quiere decir “sentido”, y en esa frase citada viene él a decir lo mismo que Viktor Frankl cuando afirma: “La primera fuerza motivante del hombre es la lucha por encontrarle un sentido a su propia vida”[2]. Y ambos, lo mismo que Jean Grondin cuando dice: “La tensión hacia el Bien, hacia lo mejor, hacia la sobrevivencia es así inmanente a la vida”[3]. La verdad no es, por tanto, lo que de las cosas resulta manifiesto, que por sí solo puede llegar a ser absurdo. La verdad de lo que es el bosque no es lo que de él llegamos a ver, es decir, la primera fila de árboles, sino lo que se oculta detrás de esto que es manifiesto; su ser fundamental (su sentido) no es lo visible, sino lo que late detrás. La verdad es algo a desvelar, no consiste en cosas, en hechos que capten los órganos sensoriales, sino en la ley, el sentido que late detrás de lo manifiesto.



[1] Ortega y Gasset: “Prólogo para alemanes”, O. C. Tº 8, pp. 39-40.

[2] Viktor E. Frankl: “El hombre en busca de sentido”, Barcelona, Herder, 1979, p. 98.

[3] Jean Grondin: “Del sentido de la vida. Un ensayo filosófico”, Barcelona, Herder, 2011, p. 79

 

domingo, 15 de febrero de 2026

La DESAPARICIÓN DEL PADRE está destruyendo la familia (y viceversa)

Estamos asistiendo a una profunda transformación —y descomposición— de la institución familiar en Occidente. A través de datos demográficos, estudios psicológicos y una reflexión filosófica que recorre a Engels, Freud, Sartre, Simone de Beauvoir, María Zambrano y Jung, este vídeo analiza las consecuencias sociales, emocionales y culturales de la ausencia del padre y la desarticulación de la familia tradicional. ¿Es la crisis de la familia una simple evolución social o el síntoma de algo más profundo? ¿Qué ocurre cuando se rompe la transmisión entre generaciones? ¿Puede una civilización sostenerse sin padres, sin herencia y sin filiación?

miércoles, 11 de febrero de 2026

LO QUE DA SENTIDO A NUESTRA VIDA ESTÁ POR VENIR

“La materia de que está hecho el porvenir es la inseguridad. Esa posibilidad necesaria y, a la vez, insegura es nuestro yo. Este, pues, lo primero que hace, antes de darse cuenta del presente en que está, es estirarse hacia el futuro, se futuriza, y desde allí se vuelve al presente, a las circunstancias en que ya nos hallamos (…) Las circunstancias responden favorable o adversamente, es decir, facilitan o dificultan la realización —la conversión en un presente— de ese yo futurizante que por anticipado somos ya. Cuando nuestro yo consigue en buena parte encajarse en la circunstancia, cuando ésta coincide con él (…) es lo que denominamos felicidad. Viceversa, cuando nuestro contorno —cuerpo, alma, clima, sociedad— rechaza la pretensión de ser que es nuestro yo y le opone por muchos lados esquinas que impiden su encaje, sentimos una desazón no menos amplia, no menos íntegra, como que consiste en la advertencia de que no logramos ser el que inexorablemente somos. Este estado es lo que llamamos infelicidad” (Ortega y Gasset[1]).



[1] Ortega y Gasset: “Goya”, O. C. Tº 7, p. 552.