Las musas aguardan en la frontera de las cosas, allí donde
la utilidad que estas rinden acaba y empieza el reino de lo superfluo, para
desde allí comenzar a ejercer su función fecundadora. “Nadie ignora que el significado
originario de la palabra ‘musa’ es ocio, y ocio en el sentido clásico quiere
decir lo opuesto a trabajo útil; no es un no hacer, sino el trabajo inútil, el
trabajo sin soldada ni material beneficio, el esfuerzo que dedicamos a lo
irreal, a lo supremo. Yo tengo para mí que los grandes hombres han debido
siempre mucho más a este ocio viril que a las musas de carne y hueso. En el
caso Leonardo no hay duda: la mujer concreta, esta mujer, aquella mujer, le fue
por completo superflua; no amó jamás (…) Ni amó a las mujeres ni fue amado de
ellas, destino común a los temperamentos especulativos que no descienden nunca
de la contemplación para meterse en la batalla de la vida, que no salen nunca
de sí mismos para fundirse en los demás”[1].
Por tanto, la perspectiva sobre las cosas que Leonardo tenía le llevaba a mirar
más allá de ellas, hacia el horizonte, en el que ya no queda apenas mundo que
percibir.