“El que cree que sabe una cosa pero, en
realidad, la ignora, con su presunto saber cierra el poro de su mente por donde
podía penetrar la auténtica verdad. La torpe idea que tiene, soberbia o terca,
actúa como en las termiteras —nidos de insectos algo semejantes a las hormigas—
el guardián, que tiene una cabeza enorme, charolada, durísima y se dedica al
menester de ponerla en el orificio de entrada, obturando con su propia testuz
el agujero para que nadie entre. Así, el que cree saber cierra con su propia
idea falsa, con su propia cabeza el opérculo mental por donde el efectivo saber
penetraría”. (Ortega y Gasset[1])
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«¿No
es una ignorancia vergonzante creer conocer una cosa que no se conoce?» (Sócrates[2])
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«Las
convicciones son enemigos de la verdad más peligrosos que las mentiras»
(Nietzsche[3])
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«Nuestro
conocimiento solo puede ser finito, mientras que nuestra ignorancia
necesariamente debe ser infinita» (Karl Popper[4])



