viernes, 20 de marzo de 2026

¿SOMOS O NO SOMOS


 

DICE ORTEGA:

“El hombre (…) es puro movimiento y movimiento que va atraído por una meta”[1].

“El hombre es primariamente el que no es aún lo que es”[2].

“El hombre es incapaz, mientras no esté enfermo, de parar”[3]

“Ser hombre es un perenne superarse a sí mismo”[4]

“El hombre es primaria y fundamentalmente acción”[5].

Y, POR EL CONTRARIO, DICE TAMBIÉN

“El hombre no tiene más remedio que aprender a (…) sentirse a la par mudable y eterno”[6].

“En español ser, viene de sedere = estar sentado”[7].



[1] Ortega y Gasset: “La razón histórica”, O. C., Tº 12, pág. 316

[2] Ortega y Gasset: “Sobre la razón histórica”, O. C., Tº 12, pág. 216

[3] Ortega y Gasset: “Una interpretación de la historia universal”, pág. 37.

[4] Ortega y Gasset: “La estética de “El enano Gregorio el Botero”, O. C., Tº 1, pág. 544.

[5] Ortega y Gasset: “El hombre y la gente”, Tº 1º, pág. 47.

[6] Ortega y Gasset: “El Espectador”, Tº VIII, O. C., Tº 2, pág. 728

[7] Ortega y Gasset: “Pasado y porvenir para el hombre actual”, O. C., Tº 9, pág. 641

jueves, 12 de marzo de 2026

LAS EDADES DEL HOMBRE

“Una fábula de Esopo nos habla de cuatro edades: «Quiso Dios que el hombre y el animal tuviesen el mismo tiempo, treinta años. Pero los animales notaron que era para ellos demasiado tiempo, mientras al hombre le parecía muy poco. Entonces vinieron a un acuerdo, y el asno, el perro y el mono entregan una porción de los suyos que son acumulados al hombre. De este modo consigue la criatura humana vivir setenta años. Los treinta primeros los pasa bien, goza de salud, se divierte y trabaja con alegría, contento con su destino. Pero luego vienen los dieciocho años del asno y tiene que soportar carga tras carga: ha de llevar el grano que otro se come y aguantar puntapiés y garrotazos por sus buenos servicios. Luego vienen los doce años de una vida de perro: el hombre se mete en un rincón, gruñe y enseña los dientes, pero tiene ya pocos dientes para morder. Y cuando este tiempo pasa, vienen los diez años de mono, que son los últimos: el hombre se chifla y hace extravagancias, se ocupa en manías ridículas, se queda calvo y sirve sólo de risa a los chicos» (ORTEGA Y GASSET[1])



[1] Ortega y Gasset: “En torno a Galileo”, O. C. Tº 5, Alianza Editorial.

 

sábado, 7 de marzo de 2026

LAS GRANDES CRISIS DE OCCIDENTE-1

 En este vídeo iniciamos una introducción al libro En torno a Galileo de José Ortega y Gasset (1933), una obra fundamental para comprender cómo nacen y se desarrollan las grandes crisis históricas que han afectado a Occidente. Ortega afirma que las épocas de estabilidad se sostienen sobre un sistema compartido de convicciones. Pero cuando ese sistema se agota, el mundo se derrumba y el hombre queda sin referencias. Entonces comienza una crisis histórica. En este primer episodio analizamos sobre todo la primera gran crisis de Occidente: la que condujo del mundo antiguo grecorromano al cristianismo medieval. Veremos cómo: 1) El agotamiento del mundo clásico provocó una profunda crisis espiritual. 2) El cristianismo introdujo una nueva concepción de la realidad centrada en Dios. 3) La Edad Media reconstruyó lentamente el equilibrio entre fe y razón. 4) Santo Tomás intentó armonizar la filosofía griega con el cristianismo. 5) Y finalmente pensadores como Duns Scoto y Guillermo de Ockham comenzaron a desmontar ese equilibrio, preparando la gran crisis del Renacimiento. Este recorrido permite entender mejor algo que también nos afecta hoy: cómo nacen las crisis históricas y qué ocurre cuando una civilización pierde sus convicciones fundamentales.

lunes, 2 de marzo de 2026

EL ARTE VINO A PROLONGAR EL MUNDO DE LOS SUEÑOS

El arte nació en el contexto de los hombres primigenios que buscaban alterar sus estados de conciencia, con el objeto de ir a parar a una realidad superior y sagrada, el mismo reino en el que brotan los sueños. La mitología, el teatro, el arte en general (esas ramificaciones de los sueños) nacieron llevando la impronta de lo sagrado, porque, a través del trance que en las ceremonias primitivas se alcanzaba, uno se ponía en contacto con la “otra realidad”, una realidad reparadora de las insuficiencias de esta otra que sufrimos aquí abajo. Mircea Eliade, el historiador de las religiones probablemente más prestigioso, decía: “Los mitos de muchos pueblos hacen alusión a una época muy lejana en la que los hombres no conocían ni la muerte, ni el trabajo ni el sufrimiento, y tenían al alcance de la mano abundante alimento”[1]. Idea en la que, ya en la modernidad, redunda Calderón de la Barca: “Yo sueño que estoy aquí / destas prisiones cargado, / y soñé que en otro estado / más lisonjero me vi”[2]. Esa era, pues, la vía pre-intelectual de acceso a la realidad deseable en la que uno se liberaba de las insuficiencias de la realidad patente. La imaginación que se ponía en juego de esa manera fue, pues, la fuente de la que nacieron la mitología y el arte.



[1] Mircea Eliade: “El mito del eterno retorno”, Madrid, Alianza, 1979, pág. 87.

[2] Calderón de la Barca: “La vida es sueño”.

miércoles, 25 de febrero de 2026

NO SABEMOS QUÉ SER

“El hombre es afán de ser —afán en absoluto de ser, de subsistir— y afán de ser tal, de realizar nuestro individualísimo yo (…) Pero sólo puede sentir afán de ser quien no está seguro de ser, quien siente constantemente problemático si será o no en el momento que viene, y si será tal o cual, de este o del otro modo. De suerte que nuestra vida es afán de ser precisamente porque es, al mismo tiempo, en su raíz, radical inseguridad. Por eso hacemos siempre algo para asegurarnos la vida, y antes que otra cosa hacemos una interpretación de la circunstancia en que tenemos que ser y de nosotros mismos que en ella pretendemos ser —definimos el horizonte dentro del cual tenemos que vivir (…) Vivir es reaccionar a la inseguridad radical construyendo la seguridad de un modo, o, con otras palabras, creyendo que el mundo es de este o del otro modo, para en vista de ello dirigir nuestra vida, vivir (…) (Pero) en esta hora el hombre, y precisamente el más civilizado, en uno y otro continente, no sabe qué hacer” (Ortega y Gasset[1]).



[1] Ortega y Gasset: “En torno a Galileo”, O. C. Tº 5, Madrid, Alianza, p. 32.