El arte nació en el contexto de los hombres primigenios que
buscaban alterar sus estados de conciencia, con el objeto de ir a parar a una
realidad superior y sagrada, el mismo reino en el que brotan los sueños. La
mitología, el teatro, el arte en general (esas ramificaciones de los sueños)
nacieron llevando la impronta de lo sagrado, porque, a través del trance que en
las ceremonias primitivas se alcanzaba, uno se ponía en contacto con la “otra
realidad”, una realidad reparadora de las insuficiencias de esta otra que
sufrimos aquí abajo. Mircea Eliade, el historiador de las religiones
probablemente más prestigioso, decía: “Los mitos de muchos
pueblos hacen alusión a una época muy lejana en la que los hombres no conocían
ni la muerte, ni el trabajo ni el sufrimiento, y tenían al alcance de la mano
abundante alimento”[1]. Idea en la que, ya en la modernidad, redunda
Calderón de la Barca: “Yo sueño que estoy aquí / destas prisiones
cargado, / y soñé que en otro estado / más lisonjero me vi”[2]. Esa
era, pues, la vía pre-intelectual de acceso a la realidad deseable en la que uno
se liberaba de las insuficiencias de la realidad patente. La imaginación que se
ponía en juego de esa manera fue, pues, la fuente de la que nacieron la
mitología y el arte.
El lector de Ortega y Gasset
La filosofía, la historia, la psicología, el arte, la antropología, la actualidad... de la mano, sobre todo, de Ortega y Gasset, el pensador más importante de todos los tiempos en lengua española
lunes, 2 de marzo de 2026
EL ARTE VINO A PROLONGAR EL MUNDO DE LOS SUEÑOS
miércoles, 25 de febrero de 2026
NO SABEMOS QUÉ SER
“El hombre es afán de ser —afán en absoluto de ser, de subsistir— y
afán de ser tal, de realizar nuestro individualísimo yo (…) Pero sólo puede
sentir afán de ser quien no está seguro de ser, quien siente constantemente
problemático si será o no en el momento que viene, y si será tal o cual, de
este o del otro modo. De suerte que nuestra vida es afán de ser precisamente
porque es, al mismo tiempo, en su raíz, radical inseguridad. Por eso hacemos
siempre algo para asegurarnos la vida, y antes que otra cosa hacemos una
interpretación de la circunstancia en que tenemos que ser y de nosotros mismos
que en ella pretendemos ser —definimos el horizonte dentro del cual tenemos que
vivir (…) Vivir es reaccionar a la inseguridad radical construyendo la
seguridad de un modo, o, con otras palabras, creyendo que el mundo es de este o
del otro modo, para en vista de ello dirigir nuestra vida, vivir (…) (Pero) en
esta hora el hombre, y precisamente el más civilizado, en uno y otro
continente, no sabe qué hacer” (Ortega y Gasset[1]).
viernes, 20 de febrero de 2026
DÓNDE RESIDE LA VERDAD
Cuando Ortega dice que “la
verdad es lo único que esencialmente necesita el hombre”[1],
no está hablando primariamente de la verdad que ponen a nuestro alcance los
sentidos, ni de lo que subjetivamente satisfaga al individuo que se crea en
posesión de ella. “Verdad” en Ortega quiere decir “sentido”, y en esa frase
citada viene él a decir lo mismo que Viktor Frankl cuando
afirma: “La primera fuerza
motivante del hombre es la lucha por encontrarle un sentido a su propia vida”[2]. Y ambos, lo mismo que Jean Grondin cuando dice: “La tensión hacia el Bien,
hacia lo mejor, hacia la sobrevivencia es así inmanente a la vida”[3].
La verdad no es, por tanto, lo que de las cosas resulta manifiesto, que por sí
solo puede llegar a ser absurdo. La verdad de lo que es el bosque no es lo que
de él llegamos a ver, es decir, la primera fila de árboles, sino lo que se
oculta detrás de esto que es manifiesto; su ser fundamental (su sentido) no es
lo visible, sino lo que late detrás. La verdad es algo a desvelar, no consiste
en cosas, en hechos que capten los órganos sensoriales, sino en la ley, el
sentido que late detrás de lo manifiesto.
[1]
Ortega y Gasset: “Prólogo para alemanes”, O. C. Tº 8, pp. 39-40.
[2]
Viktor E. Frankl: “El hombre en busca de sentido”, Barcelona, Herder, 1979, p.
98.
[3]
Jean Grondin: “Del sentido de la vida. Un ensayo filosófico”, Barcelona,
Herder, 2011, p. 79
domingo, 15 de febrero de 2026
La DESAPARICIÓN DEL PADRE está destruyendo la familia (y viceversa)
Estamos asistiendo a una profunda transformación —y
descomposición— de la institución familiar en Occidente. A través de datos
demográficos, estudios psicológicos y una reflexión filosófica que recorre a
Engels, Freud, Sartre, Simone de Beauvoir, María Zambrano y Jung, este vídeo
analiza las consecuencias sociales, emocionales y culturales de la ausencia del
padre y la desarticulación de la familia tradicional. ¿Es la crisis de la
familia una simple evolución social o el síntoma de algo más profundo? ¿Qué ocurre
cuando se rompe la transmisión entre generaciones? ¿Puede una civilización
sostenerse sin padres, sin herencia y sin filiación?
miércoles, 11 de febrero de 2026
LO QUE DA SENTIDO A NUESTRA VIDA ESTÁ POR VENIR
“La materia de que está hecho el porvenir es la
inseguridad. Esa posibilidad necesaria y, a la vez, insegura es nuestro yo. Este, pues, lo primero que hace,
antes de darse cuenta del presente en que está, es estirarse hacia el futuro,
se futuriza, y desde allí se vuelve al presente, a las circunstancias en
que ya nos hallamos (…) Las circunstancias responden favorable o adversamente,
es decir, facilitan o dificultan la realización —la conversión en un presente—
de ese yo futurizante que por anticipado somos ya. Cuando nuestro yo
consigue en buena parte encajarse en la circunstancia, cuando ésta coincide con
él (…) es lo que denominamos felicidad. Viceversa, cuando nuestro contorno
—cuerpo, alma, clima, sociedad— rechaza la pretensión de ser que es nuestro yo
y le opone por muchos lados esquinas que impiden su encaje, sentimos una
desazón no menos amplia, no menos íntegra, como que consiste en la advertencia
de que no logramos ser el que inexorablemente somos. Este estado es lo que
llamamos infelicidad” (Ortega y Gasset[1]).