Guillermo de Ockham (1285-1347) llegó diciendo que solo
existían los individuos, no los géneros; solo los árboles concretos, no el
bosque. Los conceptos, las generalidades, eran solo “flatus vocis”, soplos de voz, no realidades. Preparó así el camino
al empirismo. Tuvo que llegar Ortega, entre otros, para advertir de que, además
de las realidades concretas, tangibles, existía el sentido. Los bosques, pues,
han vuelto a ser rehabilitados:
“Diríase que hay en cada (cosa) una cierta secreta potencialidad de ser
mucho más, la cual se liberta y expansiona cuando otra u otras entran en
relación con ella. Diríase que cada cosa es fecundada por las demás” (Ortega
y Gasset[1]).