El arte nació en el contexto de los hombres primigenios que
buscaban alterar sus estados de conciencia, con el objeto de ir a parar a una
realidad superior y sagrada, el mismo reino en el que brotan los sueños. La
mitología, el teatro, el arte en general (esas ramificaciones de los sueños)
nacieron llevando la impronta de lo sagrado, porque, a través del trance que en
las ceremonias primitivas se alcanzaba, uno se ponía en contacto con la “otra
realidad”, una realidad reparadora de las insuficiencias de esta otra que
sufrimos aquí abajo. Mircea Eliade, el historiador de las religiones
probablemente más prestigioso, decía: “Los mitos de muchos
pueblos hacen alusión a una época muy lejana en la que los hombres no conocían
ni la muerte, ni el trabajo ni el sufrimiento, y tenían al alcance de la mano
abundante alimento”[1]. Idea en la que, ya en la modernidad, redunda
Calderón de la Barca: “Yo sueño que estoy aquí / destas prisiones
cargado, / y soñé que en otro estado / más lisonjero me vi”[2]. Esa
era, pues, la vía pre-intelectual de acceso a la realidad deseable en la que uno
se liberaba de las insuficiencias de la realidad patente. La imaginación que se
ponía en juego de esa manera fue, pues, la fuente de la que nacieron la
mitología y el arte.
La filosofía, la historia, la psicología, el arte, la antropología, la actualidad... de la mano, sobre todo, de Ortega y Gasset, el pensador más importante de todos los tiempos en lengua española
lunes, 2 de marzo de 2026
EL ARTE VINO A PROLONGAR EL MUNDO DE LOS SUEÑOS
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