martes, 31 de mayo de 2011

CULPA E INDIGNACIÓN NOS ACOMPAÑAN DESDE QUE NACIMOS

Vicente Javier y Gabriel: me he puesto a escribir algo para contestaros, pero como me enrollo como las persianas, al final he pensado que lo mejor es hacer un nuevo artículo con lo que se me va ocurriendo, tratando de poner orden en la moto acelerada que parece ahora mi cabeza a raíz de vuestros comentarios.

También yo pienso, Vicente Javier, que el sentimiento de indignación (ése sería uno de sus nombres posibles; otro, agresividad) nos acompaña desde que aparecimos como especie y como individuos. Y creo, Gabriel, que tenemos abierta por aquí una vía a través de la cual indagar en las motivaciones profundas de esa indignación social que puede desviarse hacia la venganza y el consiguiente enfrentamiento y disgregación social (reflexión ésta cuyo perímetro has ampliado cualitativamente con los ejemplos que añades referidos a Chile, tu país, de los que, al menos en lo que se refiere a la polémica por la construcción de las centrales hidroeléctricas en la Patagonia, algo se ha llegado a saber aquí). Así que propongo hacer una especie de arqueología del sentimiento de indignación. La cual empezaría haciéndonos excavar y bajar un escalón, hasta constatar que hay otro sentimiento, creo yo, aún más profundo y primordial que ése: el desasosiego o, más claramente dicho, la angustia, que podríamos considerar como el sentimiento original, del que todos los demás fueron surgiendo. De lo perturbador que, debido a que se realiza en su compañía, resulta el hecho de nacer, daba cuenta León Felipe, aquel poeta para el que vivir era estar condenado al exilio, en estos versos:

“Y me ha parecido siempre que el que nace, el que llega, llega como forzado...
que alguien lo empuja por detrás, que lo echan a puntapiés y puñetazos
de algún sitio, y le arrojan aquí... que por eso aparece llorando”
Unido a la angustia, enseguida irrumpe también otro sentimiento extraordinariamente peculiar: la nostalgia. “Peculiar”, porque de lo que sentimos nostalgia es de la Nada que dejamos atrás, es decir, de algo que nunca tuvimos (en todo caso fue ella la que nos tuvo a nosotros). El mismo León Felipe demostraba sufrir de esa añoranza inclasificable cuando, en un momento de desánimo (existencial, no ligado a una circunstancia concreta) escribía:

“Señor del Génesis y el Viento...
vuélveme al silencio y a la sombra,
al sueño sin retorno y a la Nada infinita...
No me despiertes más”
Job, el personaje bíblico, a punto de perder su proverbial paciencia, también sentía esa misma nostalgia. Decía:

“¿Por qué no quedé muerto desde el seno? ¿Por qué no expiré recién nacido? (...) Ahora dormiría tranquilo, y descansaría en paz”.

No es posible evitar ese desasosiego, esa angustia que viene incluida en el mismo pack del hecho de nacer y que nos hace sentir nostalgia de lo que perdimos al venir al mundo; con esa angustia lo único que podemos hacer es ponerla a producir. Pero como tal angustia es, sin embargo, poco manipulable; es un sentimiento inasible, difuso, es imposible hacerle producir. Así que, finalmente, viene a servir como caudal a dos sentimientos inmediatamente consecutivos, contrapuestos entre sí, a través de los cuales sí podemos transformarla en actividad productiva: el sentimiento de culpa (el Pecado Original de la religión católica), que nos hace sentirnos responsables de nuestro desasosiego, y el de agresividad o indignación, que, junto a su contrapunto, el miedo, nos encamina hacia la búsqueda de eventuales culpables externos de nuestra falta de paz.
Mientras que la angustia es un sentimiento centrípeto, condenado a la introversión, la culpa interior empuja de dentro a fuera, hasta convertirse en actividad reparadora: nos transformamos nosotros mismos a través de ella, para así lavar lo señalado por el sentimiento de culpa. Cioran decía: “En el fondo, ¿qué hace cada hombre? Se expía a sí mismo”. Aún era más descarnado cuando hablaba del Pecado Original (de la culpa que antecede a cualquier acción pecaminosa) de esta otra forma: “Esa necesidad de remordimientos que precede al Mal, mejor dicho, que lo crea...”. Porque, efectivamente, podríamos decir que buscamos el Mal en nuestro interior para poder repararlo, para mejorarnos… si conseguimos dar con algo en nosotros que cumpla la función de hacernos sentir, por fin, culpables, y así hacer entendible (y convertirlo en productivo) ese profundo desasosiego que nos acompaña. Casi resulta chistosa la manera en que Unamuno dialoga con Dios de la siguiente manera a propósito de este extraño sentimiento:

“Acepto este dolor por merecido,
mi culpa reconozco, pero dime,
dime, Señor, Señor de vida y muerte,
¿cuál es mi culpa?”
Bien, pues ése, el sentimiento de culpa, es uno de los dos en los que desemboca la angustia original, cuando el mal, el desasosiego que nos invade, sentimos que somos nosotros mismos quienes lo hemos originado. En el extremo, si no hay adecuación a la realidad objetiva, esa indomable ansia de culpa se transforma en delirio masoquista, en necesidad de cargar con cualquier mal que se ponga a tiro.

El otro sentimiento que viene a complementar a éste del que hemos hablado nos lleva, por el contrario, a buscar culpables en el ancho mundo exterior: las cosas que en él están mal, nos requieren, sentimos que nuestro malestar se debe a algún agente externo que con sus malas artes nos lo provoca. Así de peculiar también: sentimos que el mal habita en el mundo antes de ver alguna de sus manifestaciones concretas. Una fuerza ésta capaz de llevarnos a transformar constructivamente el mundo, pero también de desembocar en el delirio, esta vez persecutorio, si tampoco consigue adecuarse a la realidad objetiva.

Así que, de la misma forma que hay personalidades sesgadas hacia la autodestrucción masoquista, las hay asimismo inclinadas a pelearse con el mundo por principio. Éstas, seguro que no han perdido la ocasión de apuntarse a las concentraciones de esta última hora, las de la “Democracia Real Ya”, así como a las que tú, Gabriel, refieres de Chile, y, sin duda, todas con la pretensión de cumplir en tales movimientos un papel protagonista. Papel éste que, en el caso de España, no es ahora, en esta fase de debate y votación de propuestas, cuando más claramente se va a ver, aunque sí lo pueda ser a los ojos de personas vigilantes, que, por ejemplo, hayan advertido que una de las propuestas más debatidas (y aprobadas) es la de la supresión de la Ley de Partidos, el instrumento más eficaz que, mientras fue respetado, tuvo el Gobierno en sus manos para combatir al terrorismo y sus adláteres, que son el prototipo de posición extremista. Sin embargo, será en los momentos del paso a la acción, en los que toque defender (o, eventualmente, agredir con) esas propuestas debatidas y votadas, cuando tendrán su papel principal las actitudes antisistema. Porque ya ha asomado la de contraposición y falta de respeto a los cauces democráticos establecidos: lo hizo cuando los concentrados en las diversas plazas se negaron a acatar la legalidad que, Junta Electoral mediante, prohibía ese tipo de concentraciones en la jornada de reflexión y en el día de las votaciones para elegir representantes en los ayuntamientos y parlamentos regionales. Y es de temer que la virulencia aumente cuando lleguen los inevitables recortes económicos de todo tipo que el Gobierno tendrá que acometer en los próximos meses, porque, recordémoslo, vivimos en un país al borde de la quiebra, y, sin embargo, las propuestas de los “indignados” discurren hacia fórmulas intervencionistas y de gasto público cada vez más irreal.

Habrá que esperar a esas previsibles movilizaciones, en las que lo racional tiende a dejar la primacía en la dirección de los comportamientos a lo emocional, para comprobar si, efectivamente, los delirios persecutorios de los más extremistas consiguen contagiar al resto o, por el contrario, al menos algún sector de este movimiento, opta por articularse políticamente y conducir la indignación por dentro de los cauces democráticos… los de siempre, por cierto. Aquí nadie tiene que inventar la democracia; que haya políticos corruptos (además de ineptos) no invalida los cauces democráticos establecidos. En fin, que como decía Novalis, “el entusiasmo sin comprensión es inútil y peligroso”.

miércoles, 25 de mayo de 2011

¿INDIGNARME? ¡YO HACE MUCHO TIEMPO QUE ESTOY HARTO!

Me lo he dicho así muchas veces: estoy harto (todavía no se había editado el librito en cuestión y, según veo ahora, me faltaba vocabulario). Y ese hartazgo me lo he tenido que merendar con muy poca compañía: llevo años buscando a otros indignados con los que compartir ese sentimiento tan aparentemente asequible ahora, asistiendo, por ejemplo, a múltiples concentraciones o manifestaciones a las que tantas veces me he desplazado en solitario (claro, eran para cosas tan atípicas o políticamente incorrectas como oponerme al terrorismo), y no me ha sido nada fácil encontrar compañía. Al revés: para mi desánimo, he tropezado demasiadas veces con el rechazo ambiental. Y es que claro, mi hartazgo, mi indignación parece ser de un tipo peculiar, y seguramente no cumple con el perfil exigible en la Puerta del Sol y las otras plazas.


Yo, de manera complementaria, no me creo demasiado la indignación hoy homologada. ¿Cómo me voy a creer la indignación de una gente que admite como portavoz a alguien capaz de decir, respondiendo a preguntas de los periodistas, que daría la bienvenida a este movimiento a BILDU, es decir a ETA, que, en contrapartida, y como los de Falange Española, se han mostrado solidarios con las concentraciones? ¿Qué clase de indignación es esa que exhiben quienes sólo se acuerdan de la corrupción, descrita, hasta donde alcanzo a ver, con trazo tan grueso como superficial y utópico, de políticos y banqueros, pero que, estando en España, no son capaces de recordar a las víctimas del terrorismo, o la destrucción sistemática, a lo largo de décadas, de nuestra cohesión social, de nuestras instituciones, de la compleja urdimbre –que hace muchos siglos que empezó a tejerse– que constituyen nuestras relaciones sociales y políticas, nuestro mercado interior, nuestro idioma común, nuestra igualdad jurídica… destrucción que ha llegado a su punto de paroxismo en esta era zapateril? Y sin embargo, es precisamente ése el caldo de cultivo en el que han aflorado todas las corrupciones y todas las ineptitudes que han hecho de la nuestra una crisis económica e histórica peculiar y especialmente enrevesada.


En fin, que, por supuesto, hay suficientes razones para estar indignados. Pero no consigo evitar pensar que estas concentraciones de ahora son una emulación, suficientemente descafeinada y acomodada a los márgenes de nuestra dulcificada manera de estar en el mundo, de las revueltas del norte de África, que, evidentemente, se generaron en contextos mucho más dramáticos. Y las frases y eslóganes que tuve la oportunidad de ver escritas el otro día, junto a otros miles de curiosos, en todo el perímetro de la Puerta del Sol, desgraciadamente, no llegaban ni de lejos al punto de creatividad y originalidad del Mayo del 68, que también sentí que se trataba de emular (afortunadamente, en compensación, tampoco se llegaba al punto de peligrosidad social y de irresponsabilidad de los sesentayochistas).

“No somos antisistema; el sistema es antinosotros”, dicen. El caso es que, evidentemente, no se sienten partícipes de las reglas de juego de la democracia, las que habrían de llevar a esta gente a elevar su frustración a la categoría de propuesta política articulada, razonada y efectiva. Además de la frustración que han llevado a las plazas de nuestras ciudades cuando este movimiento se puso en marcha, me temo que tendrán que acarrear con la que se llevarán en el viaje de vuelta, cuando no consigan insertar de manera constructiva alguna clase de propuesta que pueda conducir a la sociedad a emitir algo más que paternalistas gestos de comprensión y de contenida simpatía (cada vez menos).

sábado, 14 de mayo de 2011

COSAS QUE DEBERÍAS SABER SI ESTÁS PENSANDO EN SUICIDARTE

El suicidio no lo provocan causas externas. Todo lo más, estas pretendidas causas activan el interruptor de los resortes internos que realmente lo generan. Cioran, que sabía de esto por experiencia propia, así lo afirmaba: “Los seres humanos no se suicidan nunca por razones exteriores, sino a causa de un desequilibrio interno, orgánico”. Nuestro interior, abandonado a sí mismo, discurre hacia la melancolía y, en el extremo, entre otras cosas, hacia el suicidio. “Mi melancolía es la más fiel amante que he conocido”, decía Sören Kierkegaard, otro espíritu atormentado y experto en estos temas. De la mano del mundo y de las tareas que él nos da, nos situaríamos, por el contrario, en el extremo opuesto, el que nos empujaría hacia la vida, incluso, si las cosas van bien, hacia la dicha, una prolongación, una sofisticada reelaboración de la angustia que habita en nuestro interior, una vez que consigue reconvertirse en satisfactoria actividad mundana. “La dicha
–decía también Kierkegaard– no es ninguna categoría del espíritu, y por eso allá dentro, muy dentro, en lo más hondo y oculto del corazón de la dicha, habita también la angustia que es la desesperación”. Mientras que la melancolía que antecede al suicidio sería una especie de explosión o desenfreno hacia dentro, “la puerta de la dicha se abre hacia fuera”, añade Kierkegaard, que culmina esta reflexión afirmando en otro lugar que “el suicidio es la consecuencia existencial del pensamiento puro”, es decir, el pensamiento sin contenidos mundanos, sin cauces para ser expresado aprovechando las formas, los recursos que oferta la realidad exterior.

Emil Michel Cioran explica en su libro “En las cimas de la desesperación” cómo estuvo a punto de suicidarse, y que fue precisamente el hecho de abrirse al mundo (“confesar”, dice él) escribiendo el libro lo que evitó que llegara a hacerlo: “Es evidente que, de no haberme puesto a escribir este libro a los veintiún años, me hubiese suicidado”. Y más adelante da la explicación: “¿Por qué no podemos permanecer encerrados en nosotros mismos? ¿Por qué buscamos la expresión y la forma intentando vaciarnos de todo contenido, aspirando a organizar un proceso caótico y rebelde? (...) Siempre es peligroso refrenar una energía explosiva, pues puede llegar el momento en que deje de poseerse la fuerza necesaria para dominarla (...) Existen estados y obsesiones con los que no se puede vivir. La salvación ¿no podría consistir en confesarlos?”.

“Vivir significa tener que ser fuera de mí”, confirma, en este sentido, Ortega y Gasset. “Lázaro, ¡sal fuera!”, dijo precisamente Jesús a aquel amigo muerto (quizás sólo psicológicamente muerto) al que con tal exhortación hizo volver a la vida. La misma fuerza que, imposibilitada de salir hacia el mundo, bulle en nuestro interior, bien como angustia o bien, ya mortecina, como melancolía o depresión profunda, si encuentra una vía de salida, una finalidad o tarea en el mundo por la que discurrir, se convierte en el combustible que hace funcionar la vida. Por eso decía María Zambrano que “el hombre es así el ser que se constituye en vista de una finalidad”. Podemos discurrir en el mundo si tenemos un “para qué”; sin él, nos quedaremos enclaustrados en nuestro interior. Cioran, como de costumbre, lo dice de una manera más hermosa: “La melancolía es el estado onírico del egoísmo”. Al melancólico, dice asimismo Kant, “le interesan poco los juicios de los otros, lo que éstos toman por bueno o por verdadero, y se apoya sólo en su propio criterio”. Y Ortega delimitaba así el marco vital que significó el Romanticismo: “El romanticismo significa la moderna confusión de las lenguas. Es un ‘¡sálvese quien pueda!’. Cada individuo tiene que buscarse sus principios de vida –no puede apoyarse en nada preestablecido. ¡Adiós dulzura, suavidad, quietud!”. Se saldrá, pues, de la melancolía en la medida en que por encima del interés particular e inmediato, el que movía (o más bien paralizaba) a los románticos, aparezcan otros que obliguen a trascender de sí mismo, a universalizar los motivos que nos llevan a las personas a actuar.

El Romanticismo fue el movimiento cultural más específicamente vinculado a la melancolía. Como figura destacada suya, Novalis, por ejemplo, llegó a dar esta melancólica definición de la vida: “La vida es el comienzo de la muerte. La vida es por mor de la muerte”. Los artistas románticos parecieron condenados a recorrer rápidamente ese camino que lleva hasta la muerte: bien porque se suicidaban o porque la enfermedad (de manera arquetípica, la tuberculosis) daba expresión a su escasa vinculación con la vida, tendieron en gran número a morir muy jóvenes. Cuando surgió el Romanticismo, Kant, precisamente, acababa de dar cabal expresión filosófica al descubrimiento en el que la Modernidad había estado empeñada: el del yo como responsable de la propia vida. El mundo estaba ahí afuera dispuesto a tomar la forma que nosotros le diésemos. El mundo, venía a decir Kant, no era nada sin nosotros, sin cada uno de nosotros. O si era algo, si era un “mundo en sí”, nunca llegaríamos a saber lo que era (siempre habrá en las cosas zonas veladas a nuestro conocimiento). Vivimos, seguía diciendo, sobre un mundo que construimos nosotros a partir de algo incognoscible, aunque sustancialmente maleable, que se nos aparece como “un caos de sensaciones”. Esa nueva responsabilidad que adquiríamos los individuos de ser protagonistas directos de nuestra vida, de lo que habíamos de hacer en un mundo que aceptaba en gran medida ser la respuesta a nuestras propias pretensiones, los románticos la interpretaron de una manera radical: el hombre no había nacido para aceptar el mundo, sino para crear un mundo propio. El mundo no era nada; el yo lo era todo. El yo, sus deseos, sus aspiraciones (utópicas cuando no se tiene suficientemente en cuenta a la realidad exterior), pasaron al primer plano, ignorando que Kant también consideraba al individuo súbdito del reino de lo general, y como hacia fuera no había para ellos nada que crear, porque todo el poder creador estaba en el interior, los románticos buscaron cómo dirigirse directamente hacia ese mundo interior que los hombres habíamos dejado relegado u olvidado.

De esa manera, el romántico inauguró el afán por desviarse hacia lo irreal: la noche (a la que Novalis dedicó un Himno), el sueño, los estados alterados de conciencia, la naturaleza desprovista de todo aditamento civilizador… Mientras tanto, la parte de sí que en el romántico daba a la realidad, una realidad despreciada y vituperada, caía en el “spleen”: así se llamó al estado de ánimo caracterizado por la melancolía sin motivo y la angustia vital; en suma, la desesperación o, cuando menos, esa forma de desesperación con sordina que es el aburrimiento. Cuenta Lord Byron (1788-1824) que se aburría tanto que ni siquiera tenía fuerza para pegarse un tiro. Novalis escribía: “buscamos por doquier lo absoluto y siempre sólo encontramos cosas”. Descendiendo a lo interior, los románticos renunciaban al mundo, incapaz de darles las respuestas extremadamente personales que buscaban.

El Romanticismo impregnó todo el arte posterior hasta nuestros días. Pedro Casariego Córdoba, poeta español de ahora mismo (1955-1993) también dejó dicho: “Sólo existe el artista interior, sólo se puede ser artista secreto, la comunión todo lo mancha (...) ¡El artista debe crear dentro de sí mismo!”. Consecuente con estos principios románticos, el 8 de enero de 1993 se arrojó al paso del tren en Aravaca, barrio de Madrid. Hegel había afirmado que este descenso hacia lo interior era característico de aquél “que no quiere dignarse a actuar y a producir en la realidad porque teme ensuciarse mediante el contacto con la finitud”. Pero vivir exige ese contacto con lo finito, aterrizar en ello nuestro ansia de infinitud.

Como tantas veces, Cioran puso las mejores palabras para describir y diagnosticar tanto la vertiente de este tiempo que da a ese arte ensimismado al que se refería Pedro Casariego como la que deriva hacia el estado de ánimo que impregna una época que ha optado por desdeñar la realidad: “Agotados los modos de expresión, el arte se orienta hacia el sin sentido, hacia un universo privado e incomunicable. Todo estremecimiento inteligible tanto en pintura como en música o en poesía, nos parece, con razón, anticuado o vulgar. El público desaparecerá pronto: el arte lo seguirá de cerca. Una civilización que comenzó con las catedrales tenía que acabar en el hermetismo de la esquizofrenia”.

¿Queda algo por hacer?

Lord Byron, romántico conspicuo, que empezó su carrera como portavoz en el Parlamento, escribió lo siguiente: “Yo mismo, gracias a la bondad de la indiferencia, he reducido mis opiniones políticas al desprecio de todos los gobiernos existentes (…) no creo que la política merezca tener una opinión (…) Mi convicción política es lo único en lo que me he mantenido consecuente, y esto se debe probablemente a mi total indiferencia respecto al tema” (16 de enero de 1814). Por contraste, Byron dejó así apuntada una posible salida a esta sobredosis de ensimismamiento que caracteriza nuestra cultura: se trataría de regresar a la realidad, descubrir que es en ella, no en el solipsismo, donde encontraremos respuestas, las únicas que están a nuestro alcance. La vida es una tarea, algo que parte de nuestra intimidad pero que ha de realizarse en la circunstancia. “Yo soy yo y mi circunstancia –todos sabemos ya quién lo dijo–, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”.


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“Transfondos psicológico y cultural de la matanza de Newtown”


“Cómo llegó el fin del mundo (antes de lo previsto por los mayas)”



sábado, 7 de mayo de 2011

COMANDO JUDICIAL

ETA estará en los Ayuntamientos a partir del 22 de mayo. Millones de euros de distintas arcas municipales vascas y navarras (más dos ayuntamientos del burgalés Condado de Treviño) pasarán a ser administrados por sus miembros, los que atienden el frente militar o el de la acción política. Para empezar, se calcula que, teniendo en cuenta las subvenciones que el Ministerio de Economía otorga por cada concejal logrado y por cada voto recibido cuando éste se traduzca en un concejal, la coalición Bildu obtendrá de los fondos públicos 520.000 euros. Esto sería sólo el principio; en cuanto se tome posesión de los cargos municipales, el Estado dejará en las manos del grupo terrorista el manejo de presupuestos de docenas de ayuntamientos, ayudas públicas, sueldos, contratos a personas afines… De esta manera, el Estado español ayudará a que la banda terrorista sea sostenible, cosa nada fácil dados los ingentes gastos que supone su mantenimiento. Por ejemplo (es sólo un ejemplo), por una nota manuscrita que fue encontrada en poder de Aitor Elizarán Aguilar, jefe del «aparato político» de ETA, detenido en la localidad francesa de Carnac, en la Bretaña, el 19 de octubre de 2009, se ha sabido que poco antes la banda había comprado tres misiles (no utilizados todavía) que le costaron 100.000 euros. Sólo con las subvenciones del Estado recibidas antes de tomar posesión de las actas, la banda tendría ya fondos para multiplicar por cinco su arsenal de misiles, con los que podrá atentar contra cualquier avión o helicóptero.

En el Código Penal está tipificado el delito de financiación ilegal. Cuando unos magistrados del Tribunal Constitucional permiten que una banda terrorista concurra a las elecciones municipales y de esa manera pueda financiarse con dinero público, ¿se está defendiendo el Estado de Derecho y salvaguardando la Constitución o se está cometiendo un delito de financiación ilegal?

Cuando en vez de perseguir a una banda terrorista (que sigue operativa, aunque adaptando su estrategia a los gestos de colaboración con ella promovidos desde el poder político y judicial), se la permite instalarse en las instituciones del Estado, ¿se está respetando el juego democrático o se está cometiendo el delito tipificado como “omisión del deber de perseguir delitos”?

Cuando se consiente que, una vez instalada en los ayuntamientos, la banda terrorista tenga acceso al censo y a información sobre el domicilio y los ingresos de sus potenciales víctimas, y pueda poner en práctica con mayor eficacia su habitual estrategia de coacción y de chantaje, ¿se está siendo escrupuloso en la defensa de los ciudadanos que sostienen con sus impuestos al Estado o se están cometiendo delitos como el de prevaricación o colaboración con banda armada?

Que el Estado condescienda o colabore con grupos que aspiran a destruirle y a destruir la nación y la democracia en España es como optar por apostarse al borde del abismo. Y como Nietzsche decía: “Si miras durante mucho tiempo al abismo, el abismo acabará mirándote a ti”… A no ser que, sin tardanza, los españoles decidamos cambiar de perspectiva y empezar a mirar a tierra firme.

domingo, 1 de mayo de 2011

IV-LA INTELIGENCIA ¿ES UN DON O UNA ACTITUD?

Si una persona pierde la mano derecha, aprenderá a escribir con la izquierda. Cuando una persona se queda ciega, desarrolla más sus otros sentidos, de manera que empieza a percibir sonidos que antes desatendía y a deducir su significado, y su sentido del tacto alcanzará a descubrir sutilezas que antes le pasaban desapercibidas. Por otro lado, hay personas más intuitivas que otras. ¿Cuándo una persona es intuitiva? Cuando, enfrentada a una situación determinada, es capaz de ver cómo en ella intervienen una serie de factores o detalles que, aun resultando significativos, a los no intuitivos les pasan desapercibidos. El psicólogo Carl Gustav Jung analizaba sueños aparentemente proféticos de algunos de sus pacientes y observaba que, en realidad, traducían a lenguaje onírico determinadas percepciones o intuiciones que tales pacientes habían tenido en su estado de vigilia y que apuntaban hacia una adecuada interpretación que ellos aún no habían conseguido traducir a lenguaje consciente, pero su mente sí había encontrado la manera de reunir tales percepciones en un conjunto interpretativo que alcanzaba a tener un significado digamos que prerracional, en el lenguaje narrativo y de imágenes propio de los sueños.

En suma, existen muchas percepciones potenciales de lo que ocurre a nuestro alrededor que hacemos pasar por el filtro de nuestra atención selectiva, el cual impide que muchas de ellas atraviesen el umbral de la conciencia y adquieran significado. Cuanto mayor es el estado de alerta del individuo, más percepciones consiguen atravesar ese umbral e incorporarse a la producción de interpretaciones por parte del sujeto. ¿Cuándo una persona aumenta su estado de alerta? Cuando se siente vulnerable, amenazada, preocupada… angustiada. O sea, cuando más se entrega a la faena de vivir, porque, como decía Ortega, “la vida, individual o colectiva, personal o histórica, es la única entidad del universo cuya sustancia es peligro”. Si esa persona conserva un suficiente estado de alerta en situaciones de relajada normalidad, su vigilancia perceptiva pasará entonces a convertirse en ese cuasi lúdico estado de alerta en que consiste la curiosidad.

El aumento de esa materia prima que son las percepciones de señales emitidas por nuestro entorno no garantiza un enriquecimiento de la personalidad, sólo demuestra, para empezar, un mayor caudal de angustia o inquietud, que es la que obliga al incremento del estado de alerta. Ese superávit perceptivo puede entonces incluso convertirse en la fuerza desencadenante de trastornos psíquicos de índole persecutoria o fóbica si las señales percibidas quedan demasiado impregnadas por el sentimiento de angustia y subsiguientemente incluidas en una interpretación que sirva de fundamento para la generación de aquellos trastornos psíquicos.

Pero, en línea con los argumentos desarrollados en artículos anteriores (I, II y III), venimos a proponer que el mismo caudal que puede desembocar en la formación de patologías o perversiones psíquicas es el que viene a nutrir nuestras mejores capacidades. Porque la inteligencia no es sino la función mental encargada de conjuntar las señales que emite nuestro entorno (directas o ya convertidas en conceptos abstractos) en una interpretación eficaz y fructífera. Una persona será tanto más inteligente cuanto, por un lado, más amplio sea su campo perceptivo y, por otro, más abarcadoras y eficaces sean las interpretaciones con las que conjunta sus percepciones. Cuanto mayor sea el estado de alerta (“el alerta sin el cual los humanos no pueden, no tienen derecho a vivir”, según Ortega), es decir, cuanta más inquietud de partida obligue al sujeto a atender a las señales del entorno, mayor potencialidad tendrá su inteligencia… o mayores posibilidades habrá de que en él se generen trastornos psíquicos, según que la subsiguiente interpretación unificadora de las percepciones avale una u otros. Si esta forma de entender la inteligencia que se propone resultara la adecuada, la carga genética sólo vendría a servir de sustrato fisiológico de la inteligencia, no a explicarla; nos reafirmamos, pues, en el presupuesto de Ortega según el cual “ni un solo fenómeno psíquico resulta explicado fisiológicamente”.

Aún podemos llevar más lejos nuestras conclusiones: el nivel de productividad y eficacia de una sociedad queda delimitado por la forma en que culturalmente trata la angustia y sus derivados. Si, como en “El mundo feliz” de Aldous Huxley, el sistema procura ansiolíticos capaces de amputar la angustia (el “soma” en aquella novela, los fármacos –contra cuyo adecuado y sobrio uso en el campo de la psiquiatría nada se está diciendo aquí–, las drogas o el conjunto de productos culturales destinados a la evasión mental en nuestra sociedad), se tenderá a incrementar el estado anímico que sirve de contrapunto al de alerta: el de indiferencia. La mente –como probablemente ocurre en las personas mayores, las cuales, aumentado su grado de indiferencia hacia lo que ocurre a su alrededor, acaban predisponiéndose a las demencias y degeneraciones fisiológicas congruentes con tal renuncia–, acaba desparramando su fuerza motriz (la atención esmerada a lo que ocurre alrededor), y las sociedades así desactivadas tenderán a la decadencia. Si culturalmente una sociedad se mantiene en estado de alerta, su productividad general tenderá a aumentar, siempre que esa mayor atención sea conducida de manera creativa o, al menos, adaptativa. La cultura no es, pues, sino la manera que cada sociedad tiene de hacer productiva la angustia, primer manantial de la actividad humana y de la vida misma, pues, como decía Ortega, “la vida es la grande, esencial inquietud”.