“Una fábula de Esopo nos habla de cuatro edades: «Quiso Dios que el
hombre y el animal tuviesen el mismo tiempo, treinta años. Pero los animales
notaron que era para ellos demasiado tiempo, mientras al hombre le parecía muy
poco. Entonces vinieron a un acuerdo, y el asno, el perro y el mono entregan
una porción de los suyos que son acumulados al hombre. De este modo consigue la
criatura humana vivir setenta años. Los treinta primeros los pasa bien, goza de
salud, se divierte y trabaja con alegría, contento con su destino. Pero luego
vienen los dieciocho años del asno y tiene que soportar carga tras carga: ha de
llevar el grano que otro se come y aguantar puntapiés y garrotazos por sus
buenos servicios. Luego vienen los doce años de una vida de perro: el hombre se
mete en un rincón, gruñe y enseña los dientes, pero tiene ya pocos dientes para
morder. Y cuando este tiempo pasa, vienen los diez años de mono, que son los
últimos: el hombre se chifla y hace extravagancias, se ocupa en manías ridículas,
se queda calvo y sirve sólo de risa a los chicos» (ORTEGA
Y GASSET[1])
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