sábado, 31 de mayo de 2014

El descrédito de la realidad: de Guillermo de Ockham a Podemos

 (Artículo seleccionado por el equipo de la plataforma Paperblog en su Revista Política - http://es.paperblog.com/politica/ )
   
     No fue Calderón el que inició ese descrédito con aquello de que la vida es sueño y, por tanto, la realidad externa una simple dependencia de ese sueño. Ni siquiera fue un exponente demasiado significativo de ese proceso que, desde una siniestra sombra, acompaña al hombre occidental a lo largo de la historia. Sí lo fue, por el contrario, Guillermo de Ockham, que dividió la realidad en dos: una de ellas es la que estrictamente reside en los objetos mundanos y que detectan los sentidos; del trato excluyente con esa parcela de la realidad surgió el empirismo. La otra realidad era la que daba al mundo interior, dirigido primero por la fe y después por las composiciones que hacía la imaginación en general, y esa realidad interna no tenía ya que rendir cuentas a la realidad de los sentidos; de allí surgió el racionalismo. Lo cierto es que ni una ni otra, por sí solas, son la realidad stricto sensu, que necesita de ambas para configurarse: yo soy yo y mi circunstancia, en indisoluble interacción. Pero aquella escisión, aquella doble hemiplejia, aunque permitió importantes desarrollos en el conocimiento de las cosas, trajo consigo también, y no pocas, consecuencias dramáticas.

     Y así, por ejemplo, del racionalismo surgió el pensamiento utópico, el que conduce a la conformación de más o menos caprichosos mundos imaginarios, que se proponen como arbitraria alternativa al mundo real. “La propensión utópica [nacida de un racionalismo remontable a Grecia] –dice Ortega– ha dominado en la mente europea durante toda la época moderna: en ciencia, en moral, en religión, en arte. Ha sido menester de todo el contrapeso que el enorme afán de dominar lo real, específico del europeo, oponía para que la civilización occidental no haya concluido en un gigantesco fracaso. Porque lo más grave del utopismo no es que dé soluciones falsas a los problemas –científicos o políticos– sino algo peor: es que no acepta el problema –lo real– según se presenta; antes bien, desde luego –a priori– le impone una caprichosa forma”. Así, a partir del Renacimiento, empezaron a aparecer destacados exponentes del pensamiento utópico: Tomás Moro, Bacon, Campanella… y Rousseau, el gran ariete que la modernidad arrojó contra el principio de realidad. El utópico lo es porque imagina, genera en su mente un prototipo de lo que, según él, debiera de ser la realidad,  y lo que auténticamente sea esta le parece, no algo reformable o mejorable, sino un error, una desviación, una injusticia que debe de ser sustituida sin contemplaciones por aquello que su imaginación ha previsto y preconizado. En suma, aplica a su trato con la realidad social criterios equivalentes a aquellos que el delirante pone en marcha en su microcosmos personal. Para Rousseau, todo lo que fue siendo la realidad desde que el hombre abandonó el paleolítico es un fraude, un engaño, algo perverso que hace que arrastremos cadenas de por vida.

     ¿De qué modo se fueron configurando las ideas de Rousseau hasta acabar convirtiéndose en la matriz del pensamiento utópico moderno? Para empezar a comprenderlo, cojamos lo que podemos considerar como un hecho primario de la realidad social: un hombre se encuentra con otro hombre y se produce entre ellos un intercambio, el uno da algo que tiene y recibe a cambio algo de lo que el otro disponía. Evolucionando, eso acaba convirtiéndose en libre comercio, en intercambio de propiedades, que, llegados al punto de gran complejidad que constituye la vida social actual, necesita de cauces, controles y prevención de abusos que habrán de tener en cuenta los legisladores. Pues bien, el punto de partida de las utopías que nacen en Rousseau fue la violencia intelectual con que este interpretó ese hecho primario, que entendió que estaba viciado de partida, pues para intercambiar algo, primero tiene que haber propietarios de ese algo, y la propiedad, para Rousseau, es un robo. Antes de que apareciera el intercambio, el hombre, según él, tenía que haber parado su evolución. No lo hizo, y así resulta que la historia de la civilización, toda ella, es la historia de una perversión. Esta desorbitada exageración interpretativa, sin embargo, prendió posteriormente en la mente de marxistas y anarquistas, todos ellos enemigos de aquella historia que comenzó con esa proyección del hombre sobre las cosas que llamamos propiedad, es decir, con el primer paso que dio la civilización. Mentes, pues, reaccionarias en grado extremo que, sin embargo, han conseguido colar su pensamiento utópico como el súmmum del progresismo.

     El utópico, pues, empieza por hacer una interpretación abusiva de los hechos; anclado en una emotividad regresiva, mira la historia con desconfianza y, aunque se presente como progresista, añora la vuelta atrás, hacia un idílico pasado que en realidad nunca existió. Impulsado por su necesidad de regresar al paraíso perdido, se siente obligado a intervenir sobre la sociedad no para ponerla a la altura de la creciente complejidad que va aportando el desarrollo histórico, sino para tratar de recuperar la simplicidad de los orígenes; en última instancia, la que prevaleció cuando aún no existía la propiedad privada. Situadas en la modernidad, esas mentalidades utópicas han acabado así tratando de convertir el estado, no en el medio que tienen las sociedades para administrar y regular la crecientemente compleja realidad social, sino en el instrumento para poner esa realidad patas arriba y adecuarla a sus presupuestos reaccionarios.

     Y en esas estamos: la interpretación abusiva que puso en marcha ese enemigo de la civilización que fue Rousseau, y según la cual toda propiedad es un robo, ha ingeniado un argumento añadido igualmente irrespetuoso con los hechos: si el estado –vienen a decir–, investidos sus políticos y funcionarios con las nuevas ideas, las que expresan el “nuevo” orden, sustituye con sus acciones a la iniciativa privada, eliminará el gasto añadido que supone el egoísmo en las interacciones humanas, así que lo mejor ha de ser sustituir la propiedad privada por la propiedad del estado, y la iniciativa privada por la planificación estatal. De ese modo, en vez de la ley de la oferta y la demanda que venía regulando naturalmente las interacciones de los hombres, aparece el político de turno y los funcionarios a sus órdenes planificando lo que, según ellos, debe de ser la realidad a través de sus órganos y funciones reguladoras: subvenciones aquí pero no allá, empresas públicas para producir no lo que la sociedad demande sino lo que la mente de los representantes del nuevo orden decidan que es adecuado, criterios educativos coherentes con los nuevos principios que han de sustituir a las intrínsecamente perversas iniciativas de los individuos… Y políticos, muchos políticos; y funcionarios, muchos funcionarios (incluidos los comisarios), que no tienen el encargo de administrar los recursos sociales, sino, sobre todo, la ingente tarea de sustituir la realidad por el nuevo orden que han imaginado sus mentes reaccionarias.

     El resultado está a la vista: la utopía correlaciona inevitablemente con el totalitarismo, y de esto el siglo XX dio ejemplos catastróficos suficientes, que todavía siguen emitiendo sus epígonos en el siglo XXI. Todos los totalitarismos tienen esa intención de base: sustituir la libre iniciativa por lo que exigen sus delirantes gestores, unas veces en nombre de la raza perdida o en peligro de perderse, otras en nombre de idílicas naciones inventadas, también supuestamente perdidas y que hay que recuperar, y otras en nombre de las clases explotadas que, supuestamente asimismo, representan el comunismo primitivo que nos arrebató la civilización. Dicho más claramente: en última instancia no hay diferencias sustanciales entre fascismo, nacionalismo y comunismo. Todos ellos son formas de intervencionismo abusivo sobre la realidad generadas por interpretaciones utópicas y reaccionarias.

     Lo expuesto hasta aquí permite explicar, para empezar, que en las elecciones al parlamento europeo de hace unos días, los extremismos (los utopismos) de derecha y de izquierda, extraídos de la misma raíz, coincidan en sus últimas pretensiones: detraer recursos de la iniciativa privada para que sean administrados por el estado, vale decir, por los gestores de sus respectivos “órdenes nuevos”. Podemos en España, Frente Nacional en Francia, Syriza en Grecia, Movimiento 5 Stelle en Italia... todos ellos exhiben unas propuestas que son muy parecidas en su formulación y están marcadas por un profundo estatismo: intervencionismo económico, nacionalizaciones, salida del euro, más gasto público, restricciones en el mercado laboral...  En Francia, España, Grecia o Italia, las cuentas públicas, tras muchos años de déficits públicos disparados, están al límite de su sostenibilidad. Y sin embargo, estos grupos lo que proponen es aumentar más aún el gasto público, clamando furiosos contra el “austericidio” de Angela Merkel. El colectivo Podemos incluso proclama el derecho a una renta básica para todos y cada uno de los ciudadanos por el mero hecho de serlo (todos tenemos derecho al paraíso que los inventores de la propiedad privada nos arrebataron). ¿De dónde se va a sacar el dinero? Muy fácil: para empezar, no pagando la Deuda pública. Después, saliendo del euro y regresando a la peseta, para poder así imprimir en España todo el dinero que haga falta. El Frente Nacional francés también dice en su programa: “Evitaremos que Francia sea esclava de su deuda, porque esto sería un suicidio económico y social". Tanto el Frente Nacional como Podemos o Izquierda Unida proponen la nacionalización de la banca, para que sea esta la que compre la deuda del Estado. Es decir, que los números rojos de los políticos sean avalados por parte de toda la ciudadanía a través de un sector financiero nacionalizado. Y también, que los políticos que se cargaron nuestras Cajas de Ahorro con sus despilfarros y su corrupción tengan en sus manos el control de toda la banca (desde luego, nadie explica la diferencia que habría entre estos nuevos comisarios que proponen ahora y aquellos que llevaron a la quiebra a las Cajas de Ahorro). No han inventado nada: la nacionalización de la banca era la primera exigencia en el programa de Falange Española en los años treinta del siglo pasado. Pablo Iglesias quiere que el BCE (Banco Central Europeo) se supedite "a las autoridades políticas", lo que incluiría "el apoyo a la financiación pública de los Estados a través de la compra directa de deuda pública en el mercado primario sin limitaciones". En suma, los gobiernos podrían gastar sin las restricciones actuales (que consisten, básicamente, en que los bancos amenacen con dejar de financiar porque no se fían de los que gastan), gracias a que el BCE  o el banco central nacional les facilitan todo el dinero que ellos pidan. Evidentemente, todos esos grupos utópicos hacen genéricas referencias a recortes en gastos políticos o privilegios para los partidos, pero son muchísimas más las partidas que proponen aumentar.

     Por último, para seguir incrementando el gasto público, lo que procederá será aumentar todavía más, mucho más, los impuestos, esto es, que sigan pasando recursos de la economía productiva a la administración estatal (ahora mismo, más del 50 % de la economía ya la administra el estado), mejor dicho, a la construcción del nuevo orden aprovechando el aparato estatal. En fin, que para un utópico lo fundamental es su intención de regresar al paraíso perdido; la realidad, por las buenas o por las malas, ya encontrará la manera de doblegarse y supeditarse a esa intención.

     Todos estos partidos utópicos están de acuerdo: el papel del estado en la economía debe incrementarse. Y mucho. Por eso, Podemos pide la "recuperación del control público en los sectores estratégicos de la economía: telecomunicaciones, energía, alimentación, transporte, sanitario, farmacéutico y educativo, mediante la adquisición pública de una parte de los mismos". Syriza mantiene propuestas similares. Y el FN no podía ser menos: “Exigimos una renegociación de los tratados de libre comercio que ponga fin al dogma de la libre competencia que en realidad es la ley de la jungla”.

     La experiencia, ese valor que nos ayuda a relacionarnos con los hechos, viene desde hace mucho tiempo demostrando que estas propuestas utópicas que desplazan la realidad para sustituirla por los caprichos reaccionarios que genera la imaginación son pavorosamente destructivas. Para empezar, destruyen la economía de los pueblos que son infectados por el delirio de estos nuevos matemáticos que insisten en que dos más dos son tropecientos. Sin embargo, como en las enfermedades bipolares, antes de hundirse en la depresión, los pueblos infectados por el utopismo pueden ser víctimas de un delirio maníaco que les llene de entusiasmo ante la perspectiva de que sus problemas están a punto de acabarse. Pero la realidad, eso que, por un rato e igual que le ocurría a Calderon, parecía una simple y maleable ensoñación, acaba finalmente mostrando que estaba hecha de fenómenos sólidos, pesados, ineludibles. Los mismos contra los que quienes quisieran vivir en las nubes acaban dándose de bruces.

9 comentarios:

  1. Uno debe ser consciente de la Naturaleza Humana, de sus virtudes y de sus defectos a la hora de gobernar. " ‬El Estado:‭ ‬de fundador se convierte en obrero‭; ‬no es ya el genio de la colectividad que la fecunda‭; ‬la dirige y la enriquece sin atarla‭; ‬es una vasta compañía anónima de seiscientos mil soldados,‭ ‬organizada para hacerlo todo,‭ ‬la cual,‭ ‬en lugar de servir de ayuda a la nación,‭ ‬a los municipios y a los particulares,‭ ‬los desposee y los estruja.‭ ‬La corrupción,‭ ‬la malversación,‭ ‬la relajación,‭ ‬invaden pronto el sistema‭; ‬el Poder,‭ ‬ocupado en sostenerse,‭ ‬en aumentar sus prerrogativas,‭ ‬en multiplicar sus servicios,‭ ‬en engrosar su presupuesto,‭ ‬pierde de vista su verdadero papel y cae en la autocracia y el inmovilismo‭; ‬el cuerpo social sufre‭; ‬la nación,‭ ‬contra su ley histórica,‭ ‬entra en un periodo de decadencia‭" dice Pierre Joseph Proudhon y yo no puedo estar más de acuerdo con él. Para mi el estado es la estructura, el tronco del árbol y los ciudadanos debemos crecer libremente, la regulación esta bien la intervención debe dejarse para épocas de urgencia. Un Estado demasiado interventor anula la iniciativa de las personas, iguala a todos y es un error enorme, en demasiados casos se confunde igualdad de oportunidades con somos todos iguales y no lo somos, la primera alternativa fecunda la sociedad y la otra corta todo a igual altura. ¿Donde esta el limite? esa es una buena pregunta. Respecto a Utopia ese maravilloso país que describía el filosofo es el destino, el fin del viaje, un viaje que no llegara nunca a su fin, pero que, sin embargo, es buena referencia.

    Un saludo

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  2. El estado caótico de los delirios utópicos viene de muy atrás. El propio Platón ideó su República según sus aristocráticos orígenes. Y la intentó llevar a cabo por dos veces en Sicilia, en esa Magna Grecia que los griegos dominaban. Por cierto, el hecho de expandirse y colonizar otras tierras para sí, también respondería a otro modo de utopía. Todos nosotros somos fruto de esa expansión que siempre habrá buscado una reintegración utópica de la especie bajo una exclusiva proyección. El hecho de poseer a otros pueblos no creo que fuera resultado de libre intercambio.

    Pero retornaremos a la viciosa manía de seguir utopías. Si el hombre, desde sus estadios de homínido, se va desarrollando a partir de una tábula rasa y su desarrollo ha de ir generándolo, hubo de fijarse metas que hasta cada momento anterior resultarían excesivas, temerarias, etc. En algún momento, la complejidad crearía soluciones utópicas, siempre como motor; siempre como no lugar. En este sentido, la apreciación de Temujin me parece muy ponderada.

    Pero el término se pervierte, como no, y ello a partir de la Modernidad. Cuando el hombre cree que la solución está en la recreación de los no lugares, aparecen las frustraciones. Lo mismo que han variado de acepción otros términos relacionados y que la antigüedad clásica generó. Tal es el caso de la tiranía, que inicialmente se otorgaba para evitar desmanes, y el tirano muchas veces era propuesto. Igualmente la idea del cinismo ha derivado, pues aquellos iniciales despreciaban las convenciones sociales, ello no acarreaba la carga peyorativa de hoy día. Y para evitar los mencionados desmanes, los mismos griegos idearon las diversas vertientes del poder, siendo la democracia la que ha resultado, sabido es, el menos malo de los sistemas. Pero a ella le acompañaban la mencionada tiranía -gobierno de uno solo-, la aristocracia -gobierno de los mejores- y la oligarquía -gobierno de unos pocos-.

    Pues bien, nuestra modernidad nos ha generado unas oligarquías dentro de la democracia que resultan del todo intempestivas.Se ha generado una clase de políticos de oficio que han sumado una serie de privilegios -intocables, incuestionables- que están comenzando a soliviantar a la población, a la no aristocrática ni oligopolista. Cuando los esfuerzos, tremendo eufemismo para suavizar el hecho del estrangulamiento social, impuestos por los gobiernos son tan fuertes, insisto, la clase política no rebaja un ápice su estatus (incluidos los privilegios a nivel de aportaciones en pocos años para lograr pensiones vitalicias). En estos aspectos creo que puede andar el revuelco en la votación habida.

    Pero esos mandatos utópicos de generar más gasto social no solo se dan en las mencionadas utopías, sino que las más mesuradas opciones netamente capitalistas también las ejercen. Ahí tenemos los casos del llamado keynesianismo, que se apoyaría en un incremento del gasto público para contrarrestar la tendencia liberal más purista de los seguidores de Adam Smith. Es lo que ha estado sucediendo en nuestro país con las soluciones buscadas por los últimos gobiernos. El de Zapatero con su plan E y el incentivo del gasto público, y el más estrictamente liberal, restringiéndolo, que Rajoy ejercita.

    El problema lo veo en la propia especie, que, como bien vuelve a decir Temujin, intenta igualar, restringiendo el impulso e iniciativas, o busca el sistema más individualista de salvar a los ¿mejores?, ¿más pudientes?, ¿elegidos?... El famoso homo homini lupus hobbesiano estará tanto dentro de los utópicos como en los conservadores. Pero, La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés. Antonio Machado. Y el llamado sistema se está olvidando de las personas por regular óptimamente los mercados. La macroeconomía reinante está ahogando a muchas personas por mor de salvar unos ¿utópicos? resultados abstractos. Y ¿quién decide por qué unos han de poseer y otros no? De la misma manera que ¿por qué unos han de decidir que quitan a otros?

    Recibe un cordial saludo

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  3. Estimados Temujin y Vicente.

    Muchas gracias, para empezar, a ambos, por vuestros dos enriquecedores comentarios,

    Respecto del tuyo, Temujin, la verdad es que, salvo las reticencias que me produce Proudhon (uno de mis principales referentes, sin embargo, en mis locos años veinte), no encuentro nada que objetar. Ni siquiera el concepto de utopía que manejas, que no tengo mayores problemas para aceptar. Asimismo, yo también soy partidario de un estado lo más pequeño posible; no entremos ahora en cuáles serían sus funciones genuinas, pero soy liberal, así que sospecho del estado y de su intervencionismo, aunque menos que Proudhon, claro. Y desde luego, respaldar la libre iniciativa presupone que el sistema que lo haga enseguida dejará ver que los hombres no somos iguales en mérito. La única corrección que cabe a esta realidad creo que debe ser la que procure asistencia social a los más débiles, no anular globalmente las consecuencias de la diferencia de méritos.

    Para diferenciar entre utopías que ayuden a crecer a los hombres y aquellas que son destructivas, Temujin y Vicente, yo propondría esta distinción que hace el filósofo Manuel García Morente, orteguiano con matices y gran estudioso de Kant: “Los hombres del siglo XVIII querían vivir en seguida conforme a la idea. Nosotros hemos aprendido a considerar que la idea está en un lejano futuro; que el presente y el pasado van poco a poco realizando la idea, y queremos que nuestra vida se encamine hacia ella, según las leyes y principios de todo encaminarse, de toda evolución. Aquellos vivían mirando al presente. Nosotros vivimos mirando al futuro. Su racionalismo era revolucionario. El nuestro es evolucionista”. Es decir, el utópico destructivo solo dispone del presente y no entiende que los ideales se plasman a lo largo de un proceso evolutivo que necesita del futuro para ir realizándose. Y el evolucionista sensato ha de saber además que en la esperanza de algo mejor se incluyen promesas que siempre estarán por encima de los logros; es decir, que ha de estar preparado para tolerar la frustración y reprimir las ganas de echarse al monte a las primeras de cambio. Además, yo he propuesto la idea de que el utópico destructivo, más que en el presente, está anclado en el pasado, tiene nostalgia de un paraíso que siente haber perdido. Por eso decía María Zambrano: “Las utopías nacen solamente dentro de aquellas culturas donde se encuentra claramente diseñada una edad feliz que desapareció”. De todas formas, quizás lo que más nos diferencia es que vosotros miráis con más simpatía la palabra “utopía”; yo tengo empacho de ella y prefiero hablar de “ideales”. Y me apunto a concluir al respecto con esto que decía también Zambrano: “De todas las condenaciones y errores del pasado sólo da remedio el porvenir, si se hace que ese porvenir no sea una repetición, reiteración del pasado, si se hace que sea de verdad porvenir”. No caben, por tanto, ni nostálgicos de la raza, ni de la paradisíaca nación perdida, ni del comunismo primitivo.

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  4. Haces una observación, Vicente, muy aguda que no quiero pasar por alto como si no hubiera reparado en ella y así ahorrarme el esfuerzo de contrastarla. Efectivamente, la historia muestra que la propiedad ha sido muchas veces el resultado de un robo: unos pueblos han invadido a otros y han robado las propiedades de estos e incluso, en otros tiempos convertían a los vencidos en esclavos. Eso no es, desde luego, “libre intercambio”. Y aquello que yo proponía como hecho social primario, el encuentro entre dos hombres y el libre intercambio de sus respectivas propiedades, parecería ser menos definitorio de las actitudes humanas que nos muestra la historia que aquel del robo y el botín. Bien, solo me cabe ponerme aristotélico y pensar que lo esencial (lo natural incluso) de las cosas no está en el origen, sino en el destino. La propiedad privada es la proyección que el hombre realiza sobre las cosas, la manera última y más densa en que, saliendo al mundo y a la vida, se va plasmando su interacción con lo que ahí afuera encuentra. El niño no quisiera tener barreras para su instinto de apropiación; y el hombre primitivo, tampoco. Ambos vienen a ser partidarios del botín (en última instancia, no tendrían reparos en hacer que la propiedad fuera el resultado de un robo). El hombre evolucionado se proyecta sobre las cosas de una manera más benigna y respetuosa. Eso sería lo natural. Y el libre intercambio (un ideal más, no algo que esté propiamente en el origen) habría de presuponer esto. El “homo homini lupus” no es, pues, lo natural; es solo lo original. Y el liberalismo, el libre intercambio, sería entonces un ideal, no el encuentro entre primitivos partidarios del botín.

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    1. Hola, Javier:

      Es sabido que el libre cambio ha sido asumido como el sistema preponderante en las transacciones económicas. Cierto es que el liberalismo económico también empujó al social y el mundo de las ideas fue abriéndose en esa libertad de conciencia, lejos de los dogmatismos reaccionarios. Pero este libre cambio sin control, sin regulación, insistiría yo, vuelve a sacar al lobo hobbesiano.

      Si bien resultaría conforme a un estadio inicial del desarrollo, este comportamiento agresivo para con los semejantes, sigue sucediendo, algo que ya no debería de resultar procedente. De la misma manera que observo que, como especie, seguimos en proceso de humanización. pues el componente animal aún nos marca en muchos de nuestros procederes.

      Este desenvolvimiento, tanto en lo económico como en lo social, prosigue pues su proceso de adaptación. Pero seguimos siendo injustos si miramos el devenir de nuestra especie. "El mercado totalmente libre que domina nuestra tierra (jamás el dinero aulló como hoy por todo el planeta), la estructura de un trasnochado capitalismo planetario tecnocrático no es la más adecuada, me parece, para de valores filosóficos, estéticos o, al menos, del pasado". Nos dice George Steiner en La barbarie de la ignorancia. Del mismo modo, reprueba la opción marxista (por supuesto, no pasa por ser un convulso revolucionario dada su procedencia de una aposentada burguesía centroeuropea de origen judío). "La Unión Soviética (son declaraciones de 1999) y los Estados Unidos son dos gigantescas racionalizaciones de la voluntad industrial."

      Pero para intentar reorientar las transacciones (económicas, sociales, políticas...) no hay por qué asumir la utopía como finalidad. El mismo Steiner nos transmite sus desazones al respecto. (Comienza haciendo referencia a Heidegger): "Hay una ausencia del ser humano, del individuo humano (...) ¡A veces se tiene la impresión de que para Heidegger, el ideal es el planeta vacío bajo el sol griego de la mañana! Y eso es extremadamente peligroso, como lo es el gran libro de Platón Las Leyes, uno de los libros más crueles acerca de la supresión de la libertad humana en la ciudad ideal, como lo es, a mi modo de ver, la voluntad general de Rousseau, o numerosos otros ejemplos, incluso el Final de la historia de Hegel.

      Desde mi punto de vista escéptico, me parece acertado también finalizar con otra nueva cita suya al respecto de los pensamientos salvíficos o utópicos, etc. "El gran pensamiento siempre es peligroso. No se puede pensar sin entregar rehenes al error", ¡y quizás a lo inhumano!"

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    2. Acepto, Vicente, que el libre comercio es algo muy serio como para dejarlo del todo en manos de los comerciantes. Si, en general, no existe ninguna cortapisa a la espontaneidad de los comportamientos, no son los impulsos más nobles y fiables los que acaban prevaleciendo, sino los propios del lobo hobessiano. El problema estriba entonces en dar con el tratamiento adecuado a esos impulsos antisociales. Los utópicos (en el sentido perverso de ese concepto, ya sabes) no buscan tanto regular las transacciones e interacciones humanas para que no se produzcan abusos, como sustituir el libre intercambio por la planificación estatal. A lo que aspiran es a sustituir la realidad por lo que ha construido su mente. Aquí encajo yo ese pensamiento de George Steiner que traes a colación: "El gran pensamiento siempre es peligroso. No se puede pensar sin entregar rehenes al error" (¡y quizás a lo inhumano!, añades tú).

      Bien, yo creo que la realidad es algo lo suficientemente sólido como para que la imaginación, así, a pelo (vale decir: la planificación), pueda sustituirla sin más. Es decir, que a la realidad se la puede empujar para que se vaya transformando en dirección a su destino (diría Hegel) racional; pero si te inventas una realidad diferente, creyendo que es mejor, y dedicas el estado no a administrar lo real sino a sustituirlo por el nuevo orden, lo que la experiencia histórica demuestra es que lo que has hecho es sentar las bases, primero del totalitarismo, y finalmente de una catástrofe económica, política y humanitaria.

      La diferencia entre una cosa y otra es que el utópico necesita un estado asfixiante, que intervenga y coarte la libre voluntad de los ciudadanos, que es algo muy diferente de regular y controlar que en esos intercambios no se produzcan abusos. En este último caso, el estado respalda el libre intercambio; en el primero, aspira a suprimirlo y sustituirlo por la planificación.

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  5. Es así como hemos llegado de la navaja conceptuosa de Ockhan al fusil utilitario de ese narcisillo ridículo pero temible de P(h)odemos.

    El utópico, ... aunque se presente como progresista, añora la vuelta atrás, hacia un idílico pasado que en realidad nunca existió. Impulsado por su necesidad de regresar al paraíso perdido se siente obligado a intervenir sobre la sociedad no para ponerla a la altura de la creciente complejidad que va aportando el desarrollo histórico, sino para tratar de recuperar la simplicidad de los orígenes;
    Mi radicalismo liberal, fruto de mi circunstancia -viviendo dentro del ogro filantrópico conozco perfectamente sus apetitos, sus perversiones, sus excesos y la dificultad de saciarlo y contenerlo-, sostengo que esa necesidad de intervenir, con ser aniquiladora cuando la gestiona el utópico contra las libertades más elementales, contra los logros primarios de la civilización, también es generalmente perniciosa cuando tenemos la suerte relativa de que no está a los mandos el utópico, sino cualquier otro arbitrista con menor grado de embriaguez.
    No propugno, por supuesto, la desaparición del estado. Sí del estatismo. Y tengo una idea bastante cabal de cuales son sus funciones, pero, sobre todo, de cuales no lo son, sino usurpaciones usufructuadas por unos o por otros para P(h)odernos más o menos, pero siempre de manera creciente, 'progresista', en un movimiento histórico unidireccional en el que no retroceden jamás.
    Allí donde el ogro filantrópico posa uno de sus tentáculos para la coacción, generalmente rematado en un mecanismo de succión, la libertad, la iniciativa, la capacidad individual de creación y crecimiento, quedan aniquiladas para siempre. La plétora burocrática excreta otro rótulo pomposo y propagandístico, del que enseguida empiezan a salir líneas y cuadritos de organigrama, con sus vacantes y provisiones, libres designaciones y dotaciones presupuestarias consiguientes , destinadas a crecer anualmente hasta el fin de los tiempos ...
    "toda necesidad es un derecho" sentenció ya para la Historia Eva Perón, y todos los populistas y profesan ese dogma, considerando necesidad cualquier urgencia subjetiva entorno a la que pueda constituirse algún "colectivo", por arbitraria o estúpida que sea la cosa (podría dar ejemplos)
    Tal régimen, que me atrevo a calificar como 'consenso socialdemócrata' perfectamente articulado en nuestro país por el complejo PP-PSOE, tan acertadamente calificado en la red con la exitosa síntesis PPOE, sólo puede verse reforzado por la aparición de algo aún más temible, más destructivo, como el utopismo carente de todo escrúpulo de P(h)odemos. Aunque también existe el riesgo, muy alto en estos momentos, de que la facción socialdemócrata titular de la marca -el psoe- o el grueso de sus restos, siga su tendencia zapatista y sucumba al utopismo del 'telepredicador Iglesias', como le ha llamado Santiago González, ese otro burgalés de cuidado.
    Fuera -más o menos, pero tampoco demasiado alejados- del grueso de ese consenso socialdemócrata están Upyd, Ciudadanos, y, sin haber obtenido siquiera representación en la primera oportunidad electoral a que ha concurrido, Vox. Demasiado pocos y fragmentados para constituir la alternativa que pide la urgencia de la situación.
    -0-
    Bueno, y ya olvidaba decir, tal vez por obvio, que has escrito otro artículo excelente.

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    1. Pablo Iglesias, con su defensa de la privatización de la violencia, no hace sino ser fiel a la ortodoxia: Marx decía que nada se ha hecho en la historia sin tener que usar la violencia, así que, quien quiera verlo, debería ya de saber suficientemente cuál es el uso que él y sus acólitos harían del poder. No creen que ese poder –adquirido eventualmente a través de las urnas, pero, como el maestro Chávez, no desdeñan otros medios posibles– tenga las cotas que impone la democracia, no: ya están afilando sus guillotinas que saben imprescindibles para que la parte de mundo a ellos sometida no vuelva a caer en el error, vale decir, en la realidad que hasta entonces se oponía a su utopía. La corrupción, la evidente degradación del sistema es para ellos una estupenda coartada para hacer colar su discurso, que solo a una mirada atenta deja ver sus partes más abruptas: ¿no dice el tío que no participó en el boicot a la conferencia de Rosa Díez en la Universidad Complutense, a pesar de la evidencia gráfica? La mentira también puede ser un instrumento revolucionario, especialmente cuando la verdad puede dejar en evidencia al ogro que hay detrás del aparente redentor.

      Es lo que hay, querida Carlota: quieren venir a arreglar Guatemala los de Guatepeor, los que hundirían este país todavía más de lo que está, que ya es decir… Y si aquí hemos sido capaces de aupar a Zapatero, ¿por qué no íbamos a serlo de traer a hombros a este nuevo mesías cuando la situación social y política sigue cayendo en la desestabilización? Como tú dices en el Blog de Santiago González, expresando tu perplejidad por ello, este es un conspicuo profesor universitario en la facultad de Ciencias Políticas, alguien que viene de las élites intelectuales dedicadas a formar a nuestros universitarios: así tenemos montada nuestra pirámide social e intelectual. Y el PPOE está demostrando su cualificación para ser la alfombrilla que pise esta tropa para entrar en La Moncloa. En fin, que conste que no creo, no quiero creer, que seamos tan necios como para hacer que siga creciendo mucho más la serpiente dentro del huevo, pero la situación hoy es pavorosa, estamos camino de estar maduros para Maduro, y en el modelo venezolano fue también la corrupción de Carlos Andrés Pérez la que alfombró la llegada de la definitiva catástrofe. Así que la frivolidad del PP, que quiere colar que aquí no pasa nada (aunque el mundo se estuviera derrumbando, para ellos seguiría sin pasar nada), me parece una gran temeridad.

      La única alternativa realista, adecuada al escenario que tenemos, es la que ofrecen UPyD, Ciudadanos y Vox, y en mi opinión estamos tardando demasiado en encontrar fórmulas de concurrencia. Espero que, al final, la necesidad nos obligue a la virtud.

      Y muchas gracias, querida; de tu parte siempre me vienen ánimos.

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