lunes, 12 de junio de 2017

La dosis de pesimismo que hay que añadir a nuestra optimista visión del futuro

Resumen: El título de mi anterior artículo era algo tramposo: mientras lo redactaba ya iba tomando notas para hacer este otro. Los avances tecnológicos que se avecinan llegarán de la mano de la visión mecanicista del hombre y del universo. Esa manera de mirar ha sido muy fructífera para la ciencia, pero está asfixiando el alma del hombre.

     Todo el proceso de avance tecnológico que se viene produciendo desde los tiempos de la Revolución Científica, y los extraordinarios que están produciéndose ahora mismo y se producirán en el próximo tiempo futuro, se han sustentado sobre el paradigma científico y filosófico que, surgido sobre todo del mecanicismo de Descartes, ha llevado a entender que el universo, incluidos nosotros los hombres, se comporta como si fuera una gran máquina. En lo que se refiere a los humanos, esa forma de mirar supone que nos entendemos como meros seres reactivos, es decir, que no somos nada más que un conjunto de respuestas emitidas ante estímulos que nos vienen dados desde fuera, nada más que las consecuencias acumuladas a partir de unas causas que nos son ajenas. Otro destacado pensador, este de los tiempos de la Ilustración, Julien Offray de La Mettrie hizo famoso su libro más significativo y polémico, “El hombre máquina”, publicado en 1748,  en donde sostiene que son los procesos orgánicos los que producen los fenómenos psíquicos, que nuestra inteligencia depende solo, por tanto, de la constitución física del cerebro y que el hombre es lo que come. Su método de conocimiento no le permitía reconocer otra realidad más que aquella que sucesiva y no siempre firmemente le iban revelando los sentidos. Aunque en última instancia hay que considerar que el hombre, dice también La Mettrie, no ha sido hecho para conocer sino para ser dichoso. Estamos determinados a ser, según esto, lo que circunstancias que nos son exteriores deciden que seamos; nada de nosotros se debería a nosotros mismos. El caso es que los humanos habremos quedado disminuidos con esa restrictiva manera de entendernos, pero no cabe duda de que la ciencia ha podido recorrer un muy fructífero camino partiendo de esa consideración del universo como un gran engranaje mecánico.

     John Stuart Mill (1806-1873), que pertenecía a esa especie en peligro de extinción que son (somos) los liberales, aludió a los nefastos efectos que tiene esta fatalista visión del hombre como máquina (como conjunto de respuestas mecánicas emitidas ante estímulos que nos vienen dados) sobre nuestro estado de ánimo. Partía Stuart Mill en su argumentación de la constatación contraria a esa: “Sabemos que no estamos impelidos, como por un oráculo, a obedecer ningún motivo particular”, decía. Y también: “Las causas de las que depende una acción no son nunca incontrolables”. Desde ahí observaba lo que le ocurre a quien, en sentido contrario, se percibe a sí mismo como una máquina: “El fatalista cree, o medio cree (ya que nadie es un fatalista consistente), no solo que cualquier cosa que sea lo que ocurra será el resultado infalible de las causas que lo producen (…), sino más aún, cree que no vale la pena enfrentarse a ello; que ocurrirá a pesar de todo lo que podamos hacer para prevenirlo”; de una concreta causa se seguirá necesariamente, según esto, una prevista consecuencia. Y concluye que tales ideas o maneras de estar en el mundo conducen inevitablemente al estado de ánimo depresivo (él mismo sufrió una depresión, así que sabía de lo que hablaba). Y es que, para empezar, solo quien se siente capaz de cambiar sus actuales circunstancias realizará el esfuerzo necesario para conseguirlo; es lo que no ocurre con el fatalista, que considera que estamos determinados a reaccionar ante solo dos clases de motivaciones: buscar el placer y huir del dolor. Decía La Mettrie, precisamente, que el objetivo de la vida se encuentra en procurarse los placeres que otorgan los sentidos, y que la virtud puede reducirse a lo que es el amor propio. Tanto apreciaba, por ejemplo, los placeres de la mesa, que un día se excedió al parecer con un paté de águila preparado con trufas al modo de faisán, se indigestó gravemente y murió; era el 11 de noviembre de 1875. Cuando la muerte llega, la “farsa se acaba”, así que tomemos el placer mientras podamos, había dejado dicho.

      Pero ser moralmente libre no puede derivar meramente de la búsqueda del placer; ha de significar que uno, si bien condicionado por las circunstancias, decide sus propósitos y no los subordina al hecho de que en el camino hacia ellos encuentre placer o dolor. Así lo afirma Stuart Mill: “Se dice que tenemos un carácter bien establecido sólo cuando nuestros propósitos se han independizado de los sentimientos de dolor o placer desde los que surgieron originalmente”.

     El hombre-máquina, según lo dicho, va construyendo su vida como mera acumulación de experiencias reducibles al juego de acción-reacción frente a estímulos que provocan la aceptación de los que son placenteros y la evitación de los dolorosos. Pues bien, estamos ya acercándonos a un punto paroxístico, de exacerbación de las consecuencias de considerar que el hombre es asimilable en su funcionamiento al de una máquina. En un futuro cada vez más cercano, parece que el hombre, definitivamente, ya no necesitará tener propósitos, valdrá con que se limite a manifestar esas dos predisposiciones básicas, las que lo llevan a buscar el placer y a evitar del dolor; el sistema se encargará de todo lo demás.

     Así, por ejemplo, la poderosa nanomedicina, en línea con la interpretación dada por la medicina vigente hasta ahora, también basada en la concepción mecanicista del cuerpo y de la mente, seguirá entendiendo la enfermedad como algo que sufre un “paciente”: este, asimismo, se mantendrá sin tener nada que ver ni que hacer con su enfermedad. Solo tendrá que dejarse llevar. Y efectivamente, lo que el sistema le prescriba, de manera semejante a como ocurría con el soma en “El mundo feliz” de Aldous Huxley, le curará. Con el soma, se dice en este libro que habla de un mundo distópico muy parecido a este que va a venir, “uno puede tomarse unas vacaciones de la realidad siempre que se le antoje, y volver de las mismas sin siquiera un dolor de cabeza o una mitología (…) Un solo centímetro cúbico (de soma) cura diez sentimientos melancólicos”. También los robots nos sustituirán en breve a la hora de hacer las cosas que actualmente suponen un esfuerzo mecánico. Hasta los coches se conducirán por sí solos y Amazon tendrá previsto lo que, según los gustos que allí saben que tenemos, deberemos comprar. Solo tendremos que contraponer nuestra fisiológicamente condicionada búsqueda de placer y evitación del dolor, y de todo lo demás se encargará el sistema, que es el que mejor sabe lo que nos conviene.


     Todo lo cual no debe llevarnos a abogar, desde luego, contra los muy benéficos avances que nos procurarán las nuevas tecnologías, sino contra esta peligrosa derivada suya que se abre al considerar que no somos más que lo que nos dicta lo que es externo a nosotros. Porque cuando un hombre no tiene nada propio que hacer con su vida, cuando acepta ser lo que el mecanicismo (tan fructífero produciendo tecnología) había previsto que fuera, lo más inmediato que le ocurre es que, como sabía Stuart Mill, le sobreviene la depresión o alguno de sus equivalentes. La Organización Mundial de la Salud (OMS), la máxima institución sanitaria internacional, en un comunicado recientemente difundido, ya ha destacado que la depresión en el mundo creció más del 18 por ciento a nivel mundial entre 2005 y 2015. Y el fenómeno se extenderá aún más. Lo siguiente que acontecerá será que ese hombre-máquina buscará aturdirse de una u otra forma para sobrellevar una vida que, de puro desocupada, cuando menos, será aburrida (perfectamente compatible con el hecho de resultar placentera). En consecuencia, es previsible que en ese futuro que ya está llegando aumenten exponencialmente el alcoholismo, el uso de drogas y la búsqueda compulsiva de diversión y de consumos banales.

     Cuando uno no tiene propósitos, metas, proyecto de vida, y se convierte en un mecanismo que meramente reacciona, de forma respectivamente positiva o negativa, ante los estímulos placenteros o dolorosos, porque todo lo demás ya estará resuelto, no quiere ello decir que se ha llegado ya a un auténtico “mundo feliz”, sino que la vida, en tal tesitura, se convierte en un fértil manadero de angustias y desasosiegos. Y el caso es que vamos directos hacia un, en este sentido, infernal paraíso de tiempo libre en el que, efectivamente, (casi) todo estará resuelto. Helmholtz Watson, un inadaptado al “mundo feliz” de Huxley, un rebelde incluso, reflexionaba en la novela ante su amigo Bernard Marx: “¿No has tenido nunca la sensación de que dentro de ti había algo que solo esperaba que le dieras una oportunidad para salir al exterior? ¿Una especie de energía adicional que no empleas, como el agua que se desploma por una cascada en lugar de caer a través de las turbinas? (…) Me refiero a un sentimiento extraño que experimento de vez en cuando, el sentimiento de que tengo algo importante que decir y de que estoy capacitado para decirlo”. Ese es, precisamente, el sentimiento que corre el peligro de ser ahogado en el mundo feliz hacia el que vamos aceleradamente; Huxley, que publicó “Un mundo feliz" en 1932, previó que su distopía llegaría en un siglo. En el prólogo de su libro, Aldous Huxley mismo, desde dentro de la trama que construyó con su novela, veía la alternativa a todas las declinantes posibilidades que empujan hacia el "mundo feliz” en la cordura que representaría una comunidad de desterrados o refugiados del mismo que tendrían una filosofía de la vida en la que “prevalecería una especie de Alto Utilitarismo, en el cual el principio de Máxima Felicidad sería supeditado al principio del Fin Último”.

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