martes, 11 de septiembre de 2012

Miedo y culpa en el mundo moderno y su reflejo en el arte

Un fantasma recorrió Europa ya a partir del siglo XIV, pero sobre todo desde el XV y el XVI: el fantasma de la libertad. Para ilustrar lo que esto significó, podríamos remitirnos a las palabras que el humanista Pico della Mirandola ponía en labios del mismísimo Dios, a fines del siglo XV, en una imaginaria exhortación que dirigía al hombre, sancionando con ellas la entrada en los nuevos tiempos: “No te he dado un puesto fijo, ni una imagen peculiar, ni un empleo determinado –le decía–. Tendrás y poseerás por tu decisión y elección propia aquel puesto, aquella imagen y aquellas tareas que tú quieras”. El hombre, acostumbrado hasta entonces a encontrarse dictadas las normas que habían de dirigir su vida, se descubría como nuevo protagonista de ella. Él solo como individuo, y nadie más, iba a estar encargado de construir su vida a partir de los materiales que le aportaba su circunstancia. El bien y el mal dejarían también de ser categorías preestablecidas: él, sin más ayuda, pasaba a ser quien habría de fijar los límites de ambos; nadie, salvo su conciencia, le iba a pedir ya responsabilidades morales por lo que hacía.

Aquella libertad recién adquirida produjo un gran impacto y una transformación sustancial en la manera de estar en el mundo de aquellos hombres que empezaban a despejar el camino hacia la modernidad. Y no siempre para mejor. En 1513 Maquiavelo escribía “El Príncipe” y mostraba allí el sesgo que iba a tomar buena parte de la modernidad en los asuntos morales: para Maquiavelo, el bien había de dejar paso a lo conveniente y los fines se encargaban de legitimar cualquier clase de medio: “En todas nuestras acciones –escribió–, y máxime en las de los príncipes, en cuyo caso no existe tribunal que las juzgue, se analizan los resultados finales (…) El príncipe, que se ocupe de ganar y mantener el poder; los medios se considerarán siempre honorables y dignos de general alabanza”. Y dejó constancia asimismo de la idea que tenía del hombre y que le permitía justificar tales consideraciones: “De los hombres se puede decir en general que son ingratos, volubles, mentirosos e hipócritas, temerosos del peligro, ávidos de ganancias”. Una línea de pensamiento y unos criterios morales que conducirían a una convivencia entre los hombres regida por una valoración que Thomas Hobbes hizo explícita en el siglo XVII: “Homo homini lupus”, el hombre es un lobo para el hombre; consiguientemente, el estado natural del hombre en sociedad (que, desde luego, había que intentar reconducir) era el de “guerra de todos contra todos”. Por este ramal de la modernidad, el hombre había retorcido la idea del bien hasta hacerla inoperante a la hora de organizar la convivencia: había que partir de que lo esperable en cada individuo era que actuase según su interés egoísta, a costa de llegar a desinteresarse por el daño que, en la persecución de aquél, pudiera causar a los demás.

Correlativamente, los hombres empezaron a sentir por entonces un profundo desasosiego, un miedo y una angustia crecientes. Stefan Zweig, en su biografía sobre Erasmo y refiriéndose a aquel tiempo de principios del siglo XVI, decía: “De la noche a la mañana, las certidumbres se convierten en dudas (…) el desasosiego fermenta en los países, el miedo y la impaciencia alientan en las almas”. Ortega fijaba de una manera muy precisa la aparición de este desasosiego: “Hacia 1560 –afirma– comienzan a sentir las entrañas europeas una inquietud, una insatisfacción, una duda de si es la vida tan perfecta y cumplida como la edad anterior creía”. En principio, ese estado de ánimo cristalizó sobre todo como miedo al juicio de Dios, que aquellos hombres presintieron que estaba cerca; Jean Delumeau, en su libro “El miedo en Occidente”, anticipando las fechas respecto de los autores anteriores, constata que “hay unanimidad entre los historiadores en estimar que, a partir del siglo XIV, en Europa se produjo un reforzamiento y una difusión más amplia del temor a los últimos tiempos (y de un) clima de pesimismo general sobre el futuro”. Y Huizinga, en “El Otoño de la Edad Media”, sitúa en esa época la existencia de un sentimiento compartido por todo el mundo de que “el aniquilamiento general se acercaba”.

Cabría una interpretación materialista respecto de las razones de la aparición de este desasosiego, según la cual, y de acuerdo con la fórmula marxista de que la existencia determina la conciencia, no sería aquél sino el reflejo de unas circunstancias objetivas: el recuerdo de los estragos de la peste negra, las numerosas guerras habidas por entonces, las conmociones producidas por los cambios en el modo de producción… Pero aquí vamos a arriesgar una interpretación según la cual son otras conmociones, las que se estaban produciendo en el alma de los hombres y no en las circunstancias objetivas, las inmediatamente responsables de tales miedos.

Los hombres, desde que existimos, hemos sufrido la realidad como algo insuficiente; siempre hemos echado de menos en ella lo que acabaría de aportarle un orden, un sentido. ¿Cuáles han sido en última instancia los criterios que nos han llevado a detectar esas insuficiencias? Finalmente, esos criterios que nos permiten aspirar al sentido en el universo, han sido de orden moral. El hombre ha intentado siempre completar lo que le falta al mundo favoreciendo lo que ha considerado bueno y, ya que no podía hacerlo desaparecer, relegando a los pisos inferiores de la existencia lo que ha considerado malo. En las épocas en las que esos criterios se han sometido a la norma general, la maldad estaba colectivamente relegada al inframundo, acotada, pues, y suficientemente controlada. Bien, pues en el tránsito a la Edad Moderna quedaron descalabrados esos criterios que ordenaban el mundo, y el mal, acompañado de lo feo, lo espantoso, fueron poco a poco asomando en el mismo piso por el que discurrían el bien, lo bello, lo ordenado.

Curiosamente, se acusó un aumento exponencial del miedo al diablo. Dice Jean Delumeau: “La emergencia de la modernidad en nuestra Europa occidental tuvo lugar acompañada de un increíble miedo al diablo”. Fue ese miedo desproporcionado algo específico de esta época, pues hasta entonces apenas había salido el diablo a la palestra. “A partir del siglo XIV las cosas cambian –añade Delumeau–, la atmósfera se vuelve en Europa más agobiante y esta contracción del diablo que había triunfado en la edad clásica de las catedrales deja sitio a una progresiva invasión demoníaca”. Empecemos por entender quién es el diablo: es un habitante de nuestra intimidad que representa en nosotros la mala conciencia. Lo cual nos permite comprender que, según dice el mismo autor, “junto a la peste, las carestías, las guerras, incluso la irrupción de los lobos, siempre eran interpretadas por la Iglesia, y más generalmente por los guías de la opinión, como castigos divinos: flechas aceradas enviadas del cielo sobre una humanidad pecadora”.

¿Cuál era ese pecado, es decir, la causa de aquellos miedos e inquietudes que arrastraba el emergente hombre moderno? Creer que la libertad naciente le había liberado de la responsabilidad moral, dejar de creer en el bien (general) para sustituirlo por la conveniencia (particular), convertir el mundo, al menos en principio, y tal y como Hobbes sostenía, en el escenario de una guerra de todos contra todos. Y era porque se entendió que, igual que pensaba el Iván Karamazov de Dostoievski, “si Dios no existe todo está permitido”. La pulsión moral que, en el intento de remediar las insuficiencias de la realidad, nos empuja en busca de lo bueno, había dejado de ser creíble, en buena medida, para el hombre moderno. Desde que la modernidad comenzó se ha ido instalando en la conciencia colectiva la idea de que no existe ese orden, de que cada individuo es plenamente soberano y no ha de aspirar a nada por encima de él. Fernando Pessoa (1888-1935), dando continuidad a esa creencia llegó a decir: “No hay normas. Todos los hombres son excepciones a una regla que no existe”. Y André Breton, en nombre del surrealismo, llevaba este presupuesto a sus últimas consecuencias: “Creo que todo acto lleva en sí su propia justificación, por lo menos en cuanto respecta a quien ha sido capaz de ejecutarlo”. Desdeñado el guía interior encargado de conducirnos más allá de nuestras consideraciones particulares, ha ascendido de categoría el otro guía, el que aspira a que lleguemos a la indiferencia moral, la indiferencia para con aquello que nos trasciende. Hasta el punto de que Cioran se apuntaba a este peculiar tipo de queja: “¡Si nos fuera posible abandonar voluntariamente la nada de la apatía por el dinamismo del remordimiento!”.

Pero ese remordimiento, pese a todo, sobrevive: es el que nos avisa de que nuestra personalidad corre peligro de ser señoreada por nuestra parte más sombría, y por ello nos pide rendir cuentas. Ampliando la idea de que el ensalzamiento de la subjetividad fue, pese a todo, la gran aportación de la modernidad, decía también Víctor Hugo (1802-1885) que “los grandes peligros están en nuestro interior”. Por debajo de nuestro mundo aparente, pero asomando ya a la superficie, bulle este otro que despierta nuestra mala conciencia, nuestro sentimiento de culpa y nuestros miedos consiguientes. Eso que antaño llamaban el demonio, y que es el responsable del gran consumo que hacemos de ansiolíticos y antidepresivos.

El arte ha acompañado con sus producciones a este estado de ánimo propio del hombre moderno, y aquí dejaré reflejada una muestra de lo que digo. Goya significó un punto de inflexión definitivo en la expresión artística de la mala conciencia, singularmente con sus pinturas negras, pero fue un cuadro anterior, “San Francisco de Borja asistiendo a un moribundo impenitente”, el primero en el que la mala conciencia irrumpe en sus cuadros en forma demoníaca. Fue poco antes de la irrupción del episodio depresivo de su enfermedad bipolar (así diagnostica con gran pericia el psiquiatra y escritor Francisco Alonso-Fernández la “misteriosa” enfermedad que recurrentemente sufrió el pintor). Goya dio la señal de salida de un tipo de arte que ha dejado muchas muestras plásticas de la mala conciencia. Aquí debajo dejo alguna de ellas.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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2 comentarios:

  1. Muy interesante Javier.
    "EL SUEÑO DE LA RAZÓN PRODUCE MONSTRUOS".Con esta leyenda rotuló el propio Goya el grabado nº 43 de Los Caprichos (1799), aunque la imagen se expresa por sí misma. Están en el Museo del Prado, muy cerca de la anterior exposición de Hopper.
    Y la suerte que nos acompaña nos lleva a otra estupenda muestra de William Blake, poeta y artista británico, en las salas de Caixa Forum, también en el Paseo del Prado. Nos ofrecen la oportunidad de contemplar el cuadro "La Esperanza" de Geoge Frederic Watts, con una lira de una sola cuerda... es el cuadro más emocionante que he visto.
    un abrazo

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  2. Muchas gracias amigo.

    Decía precisamente William Blake que “lo que hoy es evidente, una vez fue imaginario”; es decir, que según él, antes de aterrizar en la realidad empírica, en el mundo de los hechos, vivíamos en el mundo de la imaginación. Es una idea muy interesante y fecunda que yo llevo rastreando, casi diría que apasionadamente, desde hace mucho tiempo. Durante gran parte de la historia del hombre, incluso, sólo hemos sido capaces de ver lo que ese otro ámbito imaginario en el que primordialmente vivíamos admitía como compatible con él, lo que nuestro mundo imaginado (y tal como era imaginado) daba de paso. Los azares o contingencias que se salían del orden previsto por lo imaginado, se desdeñaban, ignoraban u olvidaban. Bueno, seguimos actuando en gran medida así; lo que Freud llamaba mecanismo de negación obedece precisamente a eso.

    La tarea de la Edad Moderna ha consistido precisamente en
    empujarnos a aterrizar en el reino de los hechos. En el absurdo y desordenado reino de los hechos. Difícil aterrizaje: es una vez aquí abajo donde han aparecido los monstruos esos que veía Goya. La realidad desnuda, sin los añadidos de nuestra imaginación ordenadora, es absurda. Parodiando a Goya podríamos decir que los sueños de la razón nos llevan a confrontarnos con el absurdo. Y el absurdo es el infierno, el sitio del que salen todos esos demonios (y a los que casi sólo estamos combatiendo con ansiolíticos y antidepresivos).

    Un abrazo

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