●●●●●●●●●
“Aquello que amamos, claro está que, en algún sentido y
forma, lo deseamos también; pero, en cambio, deseamos notoriamente muchas cosas
que no amamos, respecto a las cuales somos indiferentes en el plano
sentimental. Desear un buen vino no es amarlo; el morfinómano desea la droga al
propio tiempo que la odia por su nociva acción.
“Pero
hay otra razón más rigorosa y delicada para separar amor y deseo. Desear algo
es, en definitiva, tendencia a la posesión de ese algo; donde posesión
significa, de una u otra manera, que el objeto entre en nuestra órbita y venga
como a formar parte de nosotros. Por esta razón, el deseo muere automáticamente
cuando se logra: fenece al satisfacerse. El amor, en cambio, es un eterno
insatisfecho (…) En el acto amoroso, la persona sale fuera de sí: es tal vez el
máximo ensayo que la naturaleza hace para que cada cual salga de sí mismo hacia
otra cosa. No ella hacia mí, sino yo gravito hacia ella (…) En el modo de
comenzar se parece, ciertamente, el amor al deseo, porque su objeto —cosa o
persona— lo excita (…) Tal estímulo tiene, pues, una dirección centrípeta: del
objeto viene a nosotros. Pero el acto amoroso no comienza sino después de esa
excitación; mejor, incitación. Por el poro que ha abierto la flecha incitante
del objeto brota el amor y se dirige activamente a éste: camina, pues, en
sentido inverso a la incitación y a todo deseo. Va del amante a lo amado —de mí
al otro— en dirección centrífuga (…) En el amar abandonamos la quietud y
asiento dentro de nosotros, y emigramos virtualmente hacia el objeto. Y ese
constante estar emigrando es estar amando” [Ortega y Gasset-1].
[1]
Ortega y Gasset: “Facciones del amor”, O. C. Tº 5, pp. 554-556.




