martes, 13 de abril de 2021

EN QUÉ SE PARECEN UN MORALISTA, UN CIENTÍFICO Y UN POETA


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     ¿Quién soy yo? ¿En qué consisto? Soy el que, arrojado al caos de lo disperso y cambiante, persigue el rastro de la unidad y de lo que permanece. Así consigo generar ideales, conceptos y metáforas, agrupando percepciones, imágenes o experiencias particulares bajo la égida de una regularidad: agrupo la multiplicidad de los días en verano o invierno, la diversidad de los animales en especies diferenciadas, la pluralidad de plantas en sus respectivas clases, la disparidad de mis recuerdos en un relato integrador…

     Gracias a ese afán unificador nacen, para empezar, los ideales, cuyo fundamento común constituye la ética. De esta forma, las unidades que hemos formado prolongan los casos particulares en dirección hacia un virtual punto de confluencia que trasciende lo que ha alcanzado a ser cada uno de ellos: en eso consiste el ideal. Un pequeño o cotidiano acto benéfico nos lleva a extrapolar la idea de bondad. Un atisbo de hermosura nos lleva a inferir el ideal de belleza.

     Nace también de esa nuestra propensión hacia la unidad la ciencia: el científico consigue encontrar los vínculos entre dos clases de fenómenos hasta entonces ajenos e incomunicados entre sí: Newton ve caer la manzana y encuentra por vez primera que eso obedece a la misma ley, la gravedad, que mantiene en movimiento a los astros.

     Y rastreando la unidad nace asimismo la poesía. Dice el poeta (según un ejemplo que aporta Ortega): “El ciprés es como el espectro de una llama muerta”. “Ciprés”, “llama”, “espectro” y “muerte”, ajenos el uno al otro hasta entonces, son unificados en la metáfora que ha conseguido imaginar el poeta.

     En nuestro propio afán unificador, hemos encontrado que el moralista, el científico y el poeta pertenecen, pues, a un mismo linaje. Pero hemos de prever que bajando un primer escalón desde ese piramidal vértice unitario han de aparecer las notas que permitan diferenciar también a uno de otro.

   Y así, observamos que el moralista genera ideales abstrayéndose de la realidad y yéndolos a buscar en ese plano etéreo en el que un platónico cancerbero no deja entrar a ninguna cosa concreta, pues todas ellas quedan reducidas a ser mero recuerdo, apariencia o atisbo del modelo que allí se guarda. “Es condición de todo ideal ―dice Ortega― no ser posible realizarlo. Su papel consiste más bien en erguirse más allá de la realidad, influyendo simbólicamente sobre ésta, a la manera que la estrella influye simbólicamente sobre la nave. Norte y Sur no son puertos donde quepa arribar: son gestos remotos y ultrarreales que definen rutas y crean direcciones”[1].

     El científico, por su parte, envía su inteligencia a explorar por los recovecos de, esta vez sí, la realidad. Y, tras estratégicamente convertir las cosas en conceptos, en símbolos, observa cómo por debajo de dos fenómenos que discurrían a su arbitrio particular aparece una ley que los unifica. Una ley que no se desenvuelve, como ocurre en el caso del moralista, en el etéreo mundo de lo inmaterial, sino en este otro, más a mano, de lo constatable, de lo experimentable, de lo repetible, el ámbito aquel que Newton descubre que comparten manzanas y astros.

    Mientras tanto, ¿de dónde extrae el poeta su potencia unificadora para crear un ámbito en el que puedan conjuntarse el ciprés, la llama, el espectro y la muerte? No es en el punto de confluencia de los mejores destinos de cada una de estas cosas, que es en donde lo buscaría el moralista, ni es en la realidad que atiende el científico donde se conjuntan tales elementos. Es en el íntimo área sentimental del poeta donde se encuentra lo que los unifica. Es allí donde ciprés, llama, espectro y muerte encuentran la argamasa de una emoción compartida que se encargará de unificarlos. Esa argamasa es la metáfora. “La metáfora, pues, consiste en la transposición de una cosa desde su lugar real a su lugar sentimental” (Ortega y Gasset[2]):

     La moral, por tanto, unifica elevando las cosas hacia un modelo ultrarreal. La ciencia lo hace observando modos equivalentes de comportarse las cosas. Y el poeta emite radiaciones sentimentales que crean un manto unitario que envuelve cosas incompatibles.



(0) PORTADA: 0A-Ortega y Gasset: “Algunas notas”, O. C. Tº 1, p. 114.

                             0B- Ortega y Gasset: “Personas, obras, cosas”, O. C. Tº 1, p. 455.

[1] Ortega y Gasset: “El Espectador”, Vol. V, O. C., Tº 2, p. 434.

[2] Ortega y Gasset: “Ensayo de estética a manera de prólogo”, O. C. Tº 6, p. 261, nota.

domingo, 11 de abril de 2021

Y EN CASO DE QUE DIOS EXISTA, ¿QUIÉN ES?


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     “Abuso de la palabra Dios, la utilizo con frecuencia, con demasiada frecuencia. Lo hago cada vez que alcanzo un extremo y necesito un vocablo para nombrar lo que hay después. Prefiero Dios a lo inconcebible” (E. M. Cioran[1]).

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     “«Dios» no es un mito, sino que el mito es la manifestación de una vida divina en el hombre. No le damos sentido nosotros, sino que es él quien nos habla como «palabra de Dios». La «palabra de Dios» viene a nosotros (…) se nos aparece espontáneamente y nos obliga. Escapa a nuestra arbitrariedad. No se puede explicar una «inspiración»” (Carl Gustav Jung[2]).

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     “Si mi conciencia me desequilibra es que no estoy en concordancia con algo. Pero ¿qué es ello? ¿Es el mundo? Por supuesto que es correcto decir: la conciencia es la voz de Dios” (Ludwig Wittgenstein[3]).

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     “Dios ha muerto. Firmado: Nietzsche” “Nietzsche ha muerto. Firmado: Dios” (Graffiti anónimo).

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     “Yo creo que el alma europea se halla próxima a una nueva experiencia de Dios, a nuevas averiguaciones sobre esa realidad, la más importante de todas” (Ortega y Gasset[4]).



(0) PORTADA: 0A: Carl Gustav Jung: “Los complejos y el inconsciente” , Madrid, Alianza, 1970, p. 307.

                            0B-Ludwig Wittgenstein: “Diario filosófico (1914-1916)”, Barcelona, Planeta-De Agostini, 1986, 11/6/16, p. 126.

[1] E. M. Cioran: “Ese maldito yo”, Barcelona, Tusquets, 1988, p. 31.

[2] Carl Gustav Jung: “Recuerdos, sueños, pensamientos”, Barcelona, Seix Barral, 1981, p. 398

[3] Ludwig Wittgenstein: “Diario filosófico (1914-1916)”, Barcelona, Planeta-De Agostini, 1986, 8/7/16, p. 129.

[4] Ortega y Gasset: “Defensa del teólogo frente al místico”, O. C. Tº 5, pp. 456-457.

viernes, 9 de abril de 2021

¿EXISTE DIOS?


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     “Creer en Dios ante todo y sobre todo es querer que le haya” (Miguel de Unamuno[1]).

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     “Los dioses han sido, pueden haber  sido  inventados, pero no la matriz de donde han surgido un día” (María Zambrano[2]).

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  “Dependiendo como depende de nuestra desespe-ración, Dios debería continuar existiendo incluso en presencia de pruebas irrefutables de su inexistencia” (E. M. Cioran[3]).

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     “Dios acoge con los brazos abiertos a los ateos, sus hijos” (E. M. Cioran[4]).

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     “Decir que no hay dioses es decir que las cosas no tienen, además de su constitución material, el aroma, el nimbo de una significación ideal, de un sentido” (Ortega y Gasset[5]).

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     “Creer en un Dios quiere decir ver que con los hechos del mundo no basta. Creer en Dios quiere decir ver que la vida tiene un sentido” (Ludwig Wittgenstein[6]).

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     “«Todo está permitido». Fue usted quien me lo enseñó, la verdad, pues entonces me decía muchas veces: si Dios infinito no existe, tampoco existe ninguna virtud, ni falta que hace” (Smerdiákov a Iván Karamazov[7]).



(0) PORTADA: Ortega y Gasset: “Una interpretación de la historia universal”, O. C. Tº 9, p. 104.

[1] Unamuno: “Del sentimiento trágico de la vida, Madrid, Espasa Calpe, 1967, p. 91.

[2] María Zambrano: “El hombre y lo divino”, México D. F., F. C. E.  p. 32

[3] E. M. Cioran: “De lágrimas y de santos”, Barcelona, Tusquets, 1994, p. 109.

[4] E. M. Cioran: “De lágrimas y de santos”, Barcelona, Tusquets, 1994, p. 80.

[5] Ortega y Gasset: “El Espectador”, Vol. I, O. C. Tº 2, pág. 58

[7] Fiódor Dostoievski: “Los hermanos Karamazov”, Barcelona, Planeta, 1988, p. 794.

 

miércoles, 7 de abril de 2021

LA INDISOLUBLE UNIDAD QUE FORMAN EL CERO Y EL INFINITO


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“Del infinito sueño que es la nada” (Ortega y Gasset[1]).

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     Georges Ifrah dice en su “Historia Universal de las Cifras” que el descubrimiento del cero “constituye el último grado de abstracción”[1], y también, “el concepto más delicado de la historia”[2]. Aún más, refiriéndose a su descubrimiento por los hindúes, dice que fue un acontecimiento “capital, confiriendo al pensamiento humano un potencial de alcance extraordinario. Puede decirse incluso que ninguna otra creación humana ha ejercido tal influencia sobre el desarrollo de la inteligencia”[3]. Fuera de Mesopotamia, la civilización maya y la India (de ésta lo heredamos en Occidente, a través de los árabes y hebreos, en el siglo XII), ninguna otra cultura de la historia ha llegado por sí misma a la idea del cero, si bien aquellas no llegaron a convertirlo en algo aritméticamente operativo: no alcanzó a ser un número, solo un espacio vacío a la espera de ser llenado, precisamente, por un número. Lo cual acaba sirviendo como analogía para la función propulsora que el vacío tiene en Occidente, como, por ejemplo, queda de manifiesto en este enunciado de María Zambrano: “El hombre podría definirse –una de tantas posibles definiciones– como el ser que alberga dentro de sí un vacío (…) un vacío que ha de llenarse”[4]. Si miramos desde esta perspectiva, por tanto, el Ser y la Nada se sostienen mutuamente a través de su perpetua confrontación. Según Lao Tsé, precisamente, “el ser y el no-ser se engendran mutuamente”[5]. El cero es la Nada, y también el soporte sobre el que todo se levanta y sostiene. Antes de que las cosas empiecen a surgir unas de otras, todas ellas han venido de la Nada, y adquieren su entidad en contraste con ella. “Lo que ahora hay era nada antes de ser creado, y de la nada de hoy pueden salir nuevos seres”, dice también María Zambrano[6]. Nietzsche enuncia esta idea en clave algorítmica: “¿Cómo?, ¿andas buscando?, ¿te gustaría decuplicarte, centuplicarte?, ¿andas buscando adeptos? –¡Busca ceros!”[7]. Georges Ifrah abunda en la misma idea[8] al reflexionar a propósito de los diversos significados de la cantidad cero a través de otros significados correlativos del término “vacío”, confluyentes todos ellos con la determinación de que, en el mismo lugar del vacío, algo es, aunque lo sea en forma latente: así, cuando un puesto de la administración está vacante, se está aludiendo a una potencialidad que recubre y da sentido a aquel vacío; este apunta hacia la plenitud aún inexistente. “Estar vacío es llenarse”: es la manera en que Lao Tsé lee esta paradoja[9]. Es precisamente ese lugar del vacío del que hablamos el que, si no es habitado, al menos, por algún producto imaginario, se convierte en foco de enfermedad. El vacío es entonces el heraldo de la muerte.



(0) PORTADA: 01-Antonio Machado: “Proverbios y cantares”, en “Poesías Completas”, Madrid, Espasa-Calpe, 1981, p. 221.

                           02-Cioran: “De lágrimas y de santos”, Barcelona, Tusquets, 1994, p. 67.   

                           03-María Zambrano: “El hombre y lo divino”, México D. F., F. C. E. p. 128.

                           04-Ortega y Gasset: “El hombre y la gente”, O. C., Tº 7, pág. 145.

                           05-Johann W. Goethe: “Fausto”, Madrid, Unidad Editorial, 1999, Parte II, Acto I, p. 257.

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[1] Ortega y Gasset: “Idea del teatro”, O. C. Tº 7, p. 497.

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[1] Georges Ifrah: “Historia Universal de las Cifras”, Madrid, Espasa, 2002, p. 784

[2] Georges Ifrah: “Historia Universal de las Cifras”, Madrid, Espasa, 2002, p. 790.

[3] Georges Ifrah: “Historia Universal de las Cifras”, Madrid, Espasa, 2002, p. 1.026.

[4] María Zambrano: “Persona y democracia”, Madrid, Siruela, 1996, p. 82.

[5] Lao Tsé: “Tao te king”, Barcelona, Ed. Olañeta, 2005, p. 10.

[6] María Zambrano: “Senderos”, Barcelona, Anthropos, 1986, p. 142.

[7] F. Nietzsche: “Crepúsculo de los ídolos”, Madrid, Alianza, 1980, p. 11

[8] Georges Ifrah: “Historia Universal de las Cifras”, Madrid, Espasa, 2002, pp. 1.019-1.020

[9] Lao Tsé: “Tao te king”, Barcelona, Ed. Olañeta, 2005, p. 35.



lunes, 5 de abril de 2021

LA REDENCIÓN DE NUESTROS PECADOS: LA ACEPTACIÓN DE LA REALIDAD


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     “La Filosofía ha sido tradicionalmente razón, el intento de hacer el mundo habitable, rebajando de las esperanzas humanas su delirio, para lograr en cambio aquello que es posible (…) Filosofía es, ha sido más que nada, ‘entrar en razón’” (María Zambrano[1]).

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     “Lo característico de la ciencia, de la moral y del arte es que sus contenidos no son patrimonio individual. Dos y dos son cuatro, no para mí sólo sino para toda criatura inteligente. Cada uno de nosotros tiene sus caprichos, sus amores y odios personales, sus apetitos propios. Mas a la vera de ese mundo sólo nuestro, ese yo individual y caprichoso, hay otro yo que piensa la verdad común a todos, la bondad general, la universal belleza” (Ortega y Gasset[2]),

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     “Reconocer algo como objeto es detenerse ante ello, quedar hechizado, prendido, darle crédito; quedar, en cierto modo, enamorado” (María Zambrano[3]).

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     “No podría haber realidad afirmada en objeto (…) si no hubiese este género de amor hacia la realidad que es capaz de atravesar el fracaso” (María Zambrano[4]).

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     “Al hombre se le parece haber concedido (…) un tiempo para buscarse y una pausa para reconocerse y reconocer, para identificarse” (María Zambrano[5]).



(0) PORTADA: 0A-Ortega y Gasset: “Unamuno y Europa. Fábula”, O. C. Tº 1, 131

                             0B-Ortega y Gasset: “Meditación del pueblo joven”, O. C. Tº 8, p. 390.

                             0C-Ortega y Gasset: “España invertebrada”, O. C. Tº3, pág. 101.

[1] María Zambrano: “Hacia un saber sobre el alma”, Barcelona, Planeta De Agostini, 2011, p. 101.

[2] Ortega y Gasset: “La pedagogía social como programa político”, O. C. Tº 1, p. 512.

[3] María Zambrano: “Hacia un saber sobre el alma”, Madrid, Alianza, 1987, p. 97.

[4] María Zambrano: “Hacia un saber sobre el alma”, Madrid, Alianza, 1987, p. 97.

[5] María Zambrano: “Persona y democracia”, Madrid, Siruela, 1996, p. 150.