martes, 17 de marzo de 2020

La verdad nunca es evidente

     Lo que nos es inmediato es vivir, dar espontánea respuesta a las incitaciones de lo que nos rodea. Predominan entonces en el trato con las cosas las percepciones, la apreciación y sujeción a lo que se tiene delante y es actual. Pero que ello no es suficiente lo demuestra el hecho de que entre nosotros y lo que percibimos vamos intercalando conceptos, teorías, presupuestos que restan valor a lo estrictamente percibido y correlativamente se lo dan a lo pensado o imaginado. Añadimos, pues, razón e imaginación a la vida, porque lo meramente vivido no nos da la verdad de las cosas. “No ha de olvidarse que la verdad no es nunca lo que vemos, sino precisamente lo que no vemos: la verdad de la luz no son los colores que vemos, sino la vibración sutil del éter, la cual no vemos”(1). Por tanto, del trato directo con las cosas solo podremos extraer sinceridad, constatar sin ambages lo que uno siente sin agregar a ello ningún aporte de la imaginación. “Pero la verdad no se siente, la verdad se inventa”[2]; sinceridad no equivale a verdad. Encuentra Ortega un ejemplo espléndido de lo que vale “no haber visto las cosas y hallarse sometido a inventarlas, a pensarlas y construirlas racionalmente”[3]: es el caso de San Pablo, el cual no conoció ni vio a Jesús, sino que solo tuvo noticias de su existencia de segunda y de tercera mano. Cuando, camino de Damasco, su alma dio trascendental vuelco, necesitó recoger aquellos fragmentos dispersos que sobre Jesús le habían llegado y reconstruir con ellos su figura. “Como no le había visto, necesitaba figurárselo (…) De recordar a Jesús como San Pedro, a pensar a Jesús como san Pablo, va nada menos que la teología. San Pablo fue el primer teólogo; es decir, el primer hombre que del Jesús real, concreto, individualizado, habitante de tal pueblo, con acento y costumbres genuinas, hizo un Jesús posible, racional, apto, por tanto, para que los hombres todos, y no sólo los judíos, pudieran ingresar en la nueva fe. En términos filosóficos, San Pablo objetiva a Jesús”[4]. En suma, San Pablo recogió los fragmentos dispersos que de la figura de Jesús le habían llegado y los conjuntó dándoles unidad de carácter.
Salvador Dalí: "Mercado de esclavos con aparición del busto de Voltaire" (fragmento)
Heráclito: "La naturaleza gusta de ocultarse"
 
     No se trata, desde luego, de sustituir las cosas que percibimos por algo que meramente podamos imaginar. Acceder a la verdad exige imperativamente respetar el contorno que de las cosas nos muestra la percepción. Por tanto, “corrijamos el perfil deteriorado e incierto de nuestros ánimos según la pauta ofrecida por las líneas más quietas y más firmes de lo que se halla fuera de nosotros”. “Salvémonos en las cosas”, le gusta decir a Ortega[5]. Solo que es preciso ir más allá, o más al fondo de lo en ellas evidente. “La única diferencia está en que la ‘realidad’ –la fiera, la pantera– cae sobre nosotros de una manera violenta, penetrándonos por las brechas de los sentidos, mientras la idealidad sólo se entrega a nuestro esfuerzo”[6]. “La naturaleza gusta de ocultarse”, decía Heráclito. Y solo se desvela al que se esfuerza por conquistarla. “La verdad es cosa a querer –decía asimismo María Zambrano–, algo a lo que hay que entregar totalmente la vida, algo implacablemente, infatigablemente buscado”[7]. O el mismo Ortega: “Una verdad no es verdad porque se la desea; pero una verdad no es descubierta si no se la desea y porque se la desea se la busca”[8]. Con métodos que nos han de ayudar en esa labor de excavación que ponga a nuestro alcance la soterrada verdad contamos ya desde hace dos mil quinientos años largos: “Sócrates nos ha traído —dice Aristóteles (…)— dos cosas: la definición y el método inductivo. Juntas ambas constituyen la ciencia”[9]. Ciencia es, pues, lo que resulta de añadir razón a la vida.
    Nace la ciencia de la actitud que, si bien parte de tomar las cosas según se dan y empíricamente se nos muestran, lleva a sentirlas como alusión a algo más, algo no presente, no inmediatamente accesible, algo que acontece más allá de lo tangible y que, como las Ideas de Platón, emite sobre las cosas su poder de investidura, o que, como la potencia de Aristóteles, influye desde lo recóndito en lo que su actualidad nos muestra. Como dice el mismo Ortega: “Reflexión, ciencia es purificación de lo espontáneo, psíquico”[10]. La mente genera espontáneas hipótesis que se depuran en el contraste con la realidad exterior. Vale decirlo de esta otra forma: “Casi siempre acontece lo mismo con las grandes ideas: las vemos a un tiempo fuera y dentro, como verdades y como deseos, como leyes del cosmos y confesiones del espíritu. Tal vez es imposible descubrir fuera una verdad que no esté preformada, como delirio magnífico, en nuestro fondo íntimo”[11].


[1] O y G: “Asamblea para el progreso de las ciencias”, O. C. Tº 1º, p. 101.
[2] O y G: “Planeta sitibundo”, O. C. Tº 1º, p. 147
[3] O y G: “Una polémica”, O. C. Tº 1º, pp. 157-58.
[4] O y G: “Una polémica”, O. C. Tº 1º, p. 158.
[5] O y G: “Asamblea para el progreso de las ciencias”, O. C. Tº 1º, p. 102
[6] O y G: “Meditaciones del Quijote”. O. C., Tº 1, pág. 349
[7] María Zambrano: “Hacia un saber sobre el alma”, Madrid, Alianza, 1987, p. 170.
[8] O y G: “¿Qué es filosofía?”, O. C. Tº 7, p. 392
[9] O y G: “Asamblea para el progreso de las ciencias”, O. C. Tº 1º, p. 102.
[10] O y G: “Psicoanálisis, ciencia problemática”, O. C. Tº 1º, 1983, pp. 217-18.
[11] O y G: “El Espectador”, Tº VI, O. C., Tº 2, pág. 526.

viernes, 13 de marzo de 2020

Cómo nació el escepticismo


–¿Y esto era todo?   

Todavía jadeante, observaba cómo su estado de ánimo iba pasando ineluctablemente desde la perplejidad hacia el despecho.

Nadie le respondió. Y es que las cimas son lugares deshabitados e inhóspitos. Debería haber previsto que allí estaría solo. “Cuando estoy arriba –decía en esa misma situación el Zaratustra de Nietzsche–, siempre me encuentro solo. Nadie habla conmigo, el frío de la soledad me hace estremecer”.

Tanta ilusión, tanta determinación, tanto esfuerzo... ¿Y ahora, qué?

“¿Y ahora, qué?”. Nunca nadie ha sido capaz de traspasar definitivamente los límites adscritos a esta inquietante pregunta. Desde luego, Sísifo tampoco lo consiguió. Y es que, decía León Felipe,

“Nadie va más allá de sus tinieblas

y el hombre no camina

más lejos que su sombra”

Los dioses, como tienen por costumbre, se mostraron indolentes ante sus lamentos.

Aún permaneció un rato aturdido, indeciso, sumido en la incertidumbre. Por fin, cuando ya estaba a punto de caer en la desesperación, consiguió reaccionar. Se levantó, apoyó sus manos en la enorme piedra que acababa de subir y optó por la única solución que, una vez más, logró encontrar: presionó con ahínco sobre la piedra hasta ver cómo de nuevo rodaba montaña abajo…

Viendo esta historia repetirse muchas veces, Lao Tsé pudo concluir: “El que camina por el llano sendero del Tao parece subir y bajar”.
 
M. C. Escher: "Escaleras arriba, escaleras abajo"
 

domingo, 8 de marzo de 2020

¿Son "hombre" y "mujer" sexos diferentes o eso es un invento de la educación heteropatriarcal?

     Puesto que la extensión de mi respuesta va a ser mayor de lo que es propio de un comentario, y apoyado además en el hecho de que la fecha hace que el asunto sea especialmente pertinente, traslado a este nuevo artículo, Aladino, el debate que tenemos iniciado en los comentarios al anterior artículo sobre las preocupantes o alarmantes opiniones que grandes filósofos e intelectuales han emitido sobre las mujeres. Hemos dejado sentado que, por supuesto, hombres y mujeres somos iguales tanto en términos jurídicos como de capacidades. Pero seguimos debatiendo sobre si las evidentes diferencias que sigue habiendo entre unos y otras se deben exclusivamente a la educación heteropatriarcal recibida, empeñada en combatir la paridad, o hay otras razones psicobiológicas que puedan dar razón de ellas.
     A ver si acierto con la comparación que se me ha ocurrido para desarrollar la idea que tengo en mente. Me he acordado de una peli que hay que peinar unas cuantas canas para tener noticia de ella: “Solo ante el peligro”, que protagonizaron Gary Cooper y la maciza de Grace Kelly (confío en que la ministra Irene Montero no lea este piropo, que me la cargo). El sheriff Gary Cooper se empeña en enfrentarse a los tres malos de la peli, que vienen a por él, mientras que su chica, Grace, le implora que no sea insensato, que eluda el enfrentamiento, porque nadie le va a ayudar y lo van a matar irremediablemente. En todas las pelis pasa igual (bueno, menos en "Catwoman" y así): el chico tiende a ser un temerario, mientras que la mujer representa la sensatez, el principio de realidad.
     Los y las feministas de última hornada se empeñan en decir que esas diferencias entre el hombre y la mujer son culturales, producto de la educación. Y que el objetivo sigue siendo alcanzar la paridad. Con lo cual, habría que concluir que es necesario conseguirla también en los trabajos más peligrosos (los que representa el sheriff Gary Cooper), en los cuales, analizando los datos, resulta que los hombres también son los que más los realizan. Efectivamente, según los datos de accidentes de trabajo en España en 2017, el 67% de todos los accidentes laborales los sufrieron los hombres, frente a un 33% de las mujeres. Teniendo en cuenta que las mujeres representan aproximadamente el 45% de los afiliados de la Seguridad Social, vemos que su tasa de siniestralidad laboral es sensiblemente inferior a la de los varones. Pero si profundizamos más, en los accidentes mortales vemos asimismo que, si tenemos en cuenta sólo los ocurridos efectivamente en el trabajo (descontando los accidentes in itinere, de desplazamiento al lugar de trabajo, que son en realidad accidentes de tráfico), el 95% de las muertes por accidente laboral corresponde a hombres. ¿Es por la educación recibida que los hombres asuman los trabajos más peligrosos? Entonces habrá que concluir que, en el futuro, en los encierros de Pamplona (una actividad, en mi opinión, estúpidamente arriesgada: debo de tener las suficientes hormonas femeninas que me ayudan a percibirlo así), acabaremos consiguiendo también la paridad. De momento, no los corre ninguna mujer, que yo sepa.
     En fin, que queda la opción de aspirar a la paridad también en estos trabajos arriesgados, y no solo en los de cuidado de las personas (los que siguen prefiriendo las mujeres) o, si no, tener esta otra explicación alternativa: las hormonas masculinas predisponen hacia el riesgo más que las femeninas, y, por tanto, a tomar iniciativas vital y laboralmente más comprometidas (hasta llegar, a menudo, a la insensatez), y las mujeres tienen más controlado el principio de realidad y de sensatez (hasta el punto de quedarse cortas muchas veces y detenerse un paso antes de decidirse a subir a la cima... o de arruinarse). Lo cual NO habla de las capacidades de ninguno de los dos sexos, ya lo hemos dejado establecido. Pero seguramente sí tenga reflejo a la hora de decidir las vocaciones laborales el hecho de que la biología nos haya diferenciado. Quiero decir que si cada célula recuerda nuestra masculinidad o la feminidad constitutivas (cromosomas XY o XX), si durante toda la vida la secreción hormonal es diferente y la morfología genital también, quizás ello quiera decir que no solo la biología está implicada en la diferenciación sexual, sino también la psicología, porque no somos seres parcelados en ámbitos biológicos y psicológicos diferenciados, sino psicobilógicamente integrados.
     Los descubrimientos científicos parecen avalar esta explicación: así, la progesterona, que es esencialmente una hormona femenina, produce, entre otros preparatorios del embarazo, efectos sedantes y antiansiedad (ansiolíticos). Mientras tanto, la hormona masculina por excelencia, la testosterona, se ha relacionado desde su descubrimiento con la agresividad, la competitividad, altos niveles de actividad y de ansiedad, mayor desarrollo muscular y físico y activación del apetito sexual. Asimismo, hay estudios que han concluido que personas con una cantidad excesiva de testosterona pueden ser menos empáticas, más egocéntricas y con menor capacidad de vincularse afectivamente… lo cual hace a estos hombres, en principio, y a diferencia de las mujeres, menos aptos para las ocupaciones laborales que lleven incluido el cuidado de las personas.
     En las derivaciones psicopatológicas a las que pueden llevar, en el extremo, estas predisposiciones, también se constatan las diferencias pertinentes: la mujer sufre dos veces más que el hombre de depresión, mientras que en la esquizofrenia el porcentaje se invierte, excepto durante la menopausia de las mujeres, en que la disminución de los niveles de estrógenos se acepta que puede explicar la aparición de esquizofrenia tardía en mujeres, más frecuente entonces que en hombres.
     En fin, concluyo: las capacidades equivalentes a la hora de decidirse por una u otra actividad laboral no es un factor suficiente para explicar que estas se distribuyan o no paritariamente, sino que hay predisposiciones psicobiológicas que empujan –aunque no determinen– en direcciones en este sentido diferentes. E insistir con la paridad también aquí, puede significar que se esté regando fuera del tiesto.

jueves, 5 de marzo de 2020

Los filósofos y sus inquietantes opiniones sobre la mujer

     Destaco el siguiente comentario que a mi página de Facebook https://www.facebook.com/javiermgracia/ me hace llegar Alonso Blangoa a punto de comenzar este jueves, 5 de marzo, refiriéndose a Ortega: ¿El que dijo “El fuerte de la mujer no es saber sino sentir. Saber las cosas es tener conceptos y definiciones, y esto es obra del varón”
No, gracias...
     Realmente son inquietantes las opiniones sobre la mujer que han transmitido filósofos e intelectuales desde el origen mismo de nuestra civilización. Resulta casi delicada esa opinión de Ortega si la comparamos con las de otros muchos insignes pensadores. Hay quien saca la consecuencia de que toda nuestra civilización, a cuya vanguardia están esos pensadores, está viciada de origen y que hay que empezarla a rehacer partiendo desde cero. ¿Renunciamos a la filosofía entonces? Yo no participo de esa opinión. Prefiero arriesgarme a saber lo que piensan los filósofos y elaborar después mi propio pensamiento. Antes de hacer una reflexión final, expongo algunas de las frases más famosas y desconcertantes que sobre la mujer han dicho algunos próceres del pensamiento:
Platón“Las mujeres comparten la naturaleza en todas las formas de vida como lo hacen los hombres, pero en todas ellas las mujeres son más débiles que los hombres”.
Aristóteles“El esclavo está absolutamente privado de voluntad; la mujer la tiene, pero subordinada; el niño sólo la tiene incompleta”.
“El macho es por naturaleza superior y la hembra inferior; uno gobierna y la otra es gobernada; este principio de necesidad se extiende a toda la humanidad”.
En comparación con el hombre la mujer es "más pícara, menos simple, más impulsiva (…) más compasiva (…) más propensa a las lágrimas (…) más celosa, más quejosa, más apta para reprender y herir (…) más proclive al desaliento y menos esperanzada (…) más descarada y más mentirosa, más engañosa, con mejor memoria (y) (…) también más alerta, más apocada (y) más difícil de inducir a la acción”.
 
“Son meras vasijas vacías del recipiente del semen creador”.
 

San Agustín - “Es orden natural entre los humanos que las mujeres estén sometidas al hombre, porque es de justicia que la razón más débil se someta a la más fuerte”.

Erasmo de Rotterdam - “Si, por ventura, alguna mujer quisiera aparecer como sabia, únicamente lograría ser dos veces necia: sería como intentar llevar un buey al gimnasio”.
Rousseau - “A las niñas no les gusta aprender a leer y escribir y, sin embargo, siempre están dispuestas para aprender a coser”.

 
Kant - “Las mujeres evitarán lo bajo no porque esté mal, sino porque es feo... ¡Nada de deber, nada de apremio, nada de obligación!... Hacen algo sólo porque les place... Me cuesta creer que el bello sexo sea capaz de tener principios”.

“Las mujeres son siempre niños grandes, es decir, no se fijan nunca un objetivo, sino que se dejan caer ahora aquí, ahora allá, pero no contemplan objetivos importantes; esto último es tarea del hombre”.
 

Baudelaire - “En toda mujer de letras hay un hombre fracasado”.
Schopenhauer“Las mujeres son la astucia de la especie para que el ser humano real, que es el hombre, se reproduzca, cosa que por su inteligencia no haría”.
“Sólo el aspecto de la mujer revela que no está destinada ni a los grandes trabajos de la inteligencia ni a los grandes trabajos materiales”.
Dostoievski“La vida de toda mujer, a pesar de lo que ella diga, no es más que un eterno deseo de encontrar a quien someterse”.
Nietzsche“El hombre ama dos cosas: el peligro y el juego. Por eso ama a la mujer, el más peligroso de los juegos”.
“Hasta aquí hemos sido muy corteses con las mujeres. Pero, ¡ay! llegará el día en que para tratar con una mujer habrá primero que pegarle en la boca”.
“La mujer no tendría el genio del adorno si no poseyera también el instinto de desempeñar el papel secundario”.
“Cuando una mujer tiene inclinaciones doctas, de ordinario hay algo en su sexualidad que no marcha bien”.
Oscar Wilde - “Las mujeres nunca tienen nada que decir pero lo dicen encantadoramente”
Darwin - "La diferencia fundamental entre el poderío intelectual de cada sexo se manifiesta en el hecho de que el hombre consigue más eminencia en cualquier actividad que emprenda de la que puede alcanzar la mujer (tanto si dicha actividad requiere pensamiento profundo, poder de raciocinio, imaginación aguda o, simplemente, el empleo de los sentidos o las manos)".
Freud - “La anatomía es el destino. Las niñas sufren toda la vida el trauma de la envidia del pene tras descubrir que están anatómicamente incompletas”.
Einstein - “La mujer, está donde le corresponde. Millones de años de evolución no se han equivocado, pues la naturaleza tiene la capacidad de corregir sus propios defectos”.
María Zambrano
     Dejo para el final una reflexión de una fiel y brillante discípula de Ortega (¡y venerada por muchas feministas!), María Zambrano, que no tira a la basura aquella otra reflexión de su maestro que vimos al principio, sino que la reelabora. En “Para una historia de la Piedad” escribió: “El sentir, pues, nos constituye más que ninguna otra de las funciones psíquicas, diríase que las demás las tenemos, mientras que el sentir lo somos”. Y considera que esa función sentimental está en la raíz del pensamiento, de manera que sostiene que, en última instancia, cualquier discurso racional tiene su origen en una interpretación previa, que es simbólica y sentimental. Zambrano se caracterizó, precisamente, por fundamentar su filosofía sobre una base poética y sentimental. 

martes, 3 de marzo de 2020

CÓMO SUPERAR A LA VEZ EL RACIONALISMO Y EL POSITIVISMO. Dedicado a los que creen que Ortega solo hacía literatura (buena, eso sí)

    (Perdón por publicar este artículo que, según el canon que rige en internet, es más largo y algo más complejo de lo habitual)
     La ciencia consiste en el descubrimiento de leyes generales, en la extracción de constantes en el comportamiento de los hechos o cosas que cada una de las ciencias particulares trata de comprender. Es posible la ciencia a partir de que en el objeto al que esté dedicada se haya descubierto una manera de ser. A la ciencia se opone el comportamiento azaroso e imprevisible, cuando solo es posible certificar el cambio en las cosas, o lo que es lo mismo, cuando solo existen hechos, modos de comportamiento individuales en las cosas, que en un momento dejan de ser lo que eran y pasan a ser otra cosa. Si solo esto existiera, si no hubiera más que cambios y de nada pudiéramos deducir que existe un modo de ser, el mundo sería un caos. Que eso, un caos, es lo que para empezar nos es el mundo cuando por primera vez nos encontramos con él. Deja de serlo cuando vamos hallando constantes, cuando podemos generalizar, descubrir elementos comunes entre hechos diferentes.
     El racionalismo exageró su tendencia a la generalización, a descubrir leyes, hasta el punto de olvidarse de los hechos, de modo que acabó creyendo que lo que objetivamente acaecía consistía en realidad en una construcción mental. La ley, las constantes en su comportamiento no pertenecen, dice el racionalista, a las cosas, sino al pensamiento que las ha descubierto y con las cuales inviste y da consistencia a esas cosas. El positivista, por el contrario, cree que solo existen los hechos, los sucesos individuales, y que lo único que es legítimo afirmar es que tales cosas o tales otras “hasta el momento” parecen comportarse de esta o de la otra manera, pero nunca extraer de esos comportamientos leyes definitivas.
     El peligro al que aboca el racionalismo es el de, a base absolutizar las generalizaciones, caer en los tópicos y dejar desatendidos y desentendidos los casos individuales; solo considera los comportamientos de las cosas que se atienen a un patrón preestablecido. El peligro contrapuesto, y que hoy es el que más amenaza nuestra cultura, viene de la mano del positivismo, y es el que aboca al alejamiento de todo lo convencional, a vaciarse de principios y atender solo a los casos individuales, puesto que considera que todo cambia y de nada se puede decir que esté sujeto a leyes infalibles. Implícitamente admite que el mundo es un caos, para empezar y para acabar.
     De todas las ciencias es la física la que, en su ámbito, ha conseguido formular las leyes, las generalizaciones más certeras. En el extremo opuesto tendríamos, entre otras, a la historia, que todavía está lejos de contar con leyes que aúnen los hechos históricos y que sean generalmente admitidas por los historiadores. Cita Ortega a Leopold von Ranke (1795-1886) como referente de una historia que considera que tener ideas, es decir, apreciar la existencia de constantes históricas, es algo que hay que dejar para los filósofos solamente. Mientras tanto, para el historiador, según él, solo existen hechos, y la misión de la historia ha de consistir en “tan solo decir cómo efectivamente han pasado las cosas”(1). Pretendía Ranke, en consecuencia, que la tarea del historiador no debía de ser otra que la de remitirse a las fuentes, esto es, a la documentación histórica. Cumpliría el documento el mismo papel que en la física realiza el experimento.
Galileo Galilei
 
     Pero siendo Galileo el fundador de la física tal y como hoy la entendemos, es preciso decir que “la innovación sustancial de Galileo no fue el “experimento”, si por ello se entiende la observación del hecho. Fue, por el contrario, la adjunción al puro empirismo que observa el hecho de una disciplina ultraempírica: el “análisis de la Naturaleza”. El análisis no observa lo que se ve, no busca el dato, sino precisamente lo contrario: construye una figura conceptual (mente concipio) con la cual compara el fenómeno sensible. Pareja articulación del análisis puro con la observación impura es la física”(2). Aún más, ese es el modo en que ha de actuar toda ciencia, que no consiste primariamente en la observación de hechos particulares, sino en la formulación de una hipótesis, un modo general de comportarse esos hechos, que de ser una construcción a priori, meramente especulativa, pasa a ser contrastada y eventualmente confirmada a posteriori con la realidad práctica a través del experimento. “Por tanto, no se trata de que el contenido de las ideas físicas sea extraído de los fenómenos: las ideas físicas son autógenas y autónomas. Pero no constituyen verdad física sino cuando el sistema de ellas es comparado con un cierto sistema de observaciones”(3). Galileo construía primero fórmulas matemáticas y posteriormente buscaba confirmarlas observando los hechos físicos. Por eso decía que “la naturaleza está escrita en lenguaje matemático”: primero las matemáticas y después la observación experimental de los hechos.
     Por las mismas razones podemos decir que la historia es algo muy distinto de la documentación y la labor filológica, de la acumulación pretendidamente aséptica de datos y citas. “La historiología va movida por el convencimiento de que la Historia, como toda ciencia empírica, tiene que ser, ante todo, una construcción y no un ‘agregado’”(4). Aún más decía Goethe en este sentido: “Todo hecho es ya teoría”(5), es decir, que desde el mismo momento en que el hombre enuncia un hecho, ya está interpretándolo (seleccionando, comparando, diferenciándolo… de otros hechos).
     Tanto el racionalismo como el positivismo consideran que el mundo no tiene un ser. El primero afirma que es la mente, la razón quien genera y es depositaria del ser, y con él inviste al mundo, a las cosas. Kant dice que ahí afuera, en el mundo, solo existe un “caos de sensaciones”, y que el orden y estructura que percibimos en él es porque lo aporta el sujeto. El positivismo, por su lado, se queda en la primera parte de lo que afirma el racionalismo: el mundo, sostiene efectivamente, no tiene ser, pero en este caso es porque está constituido de hechos cambiantes, ninguno de los cuales tiene sustancia perdurable. Frente a racionalistas y positivistas, la nueva forma de mirar que llega de la mano, entre otros, de Ortega, constata que el mundo tiene orden, estructura, ser, pero no porque el sujeto se lo aporte, sino en sí mismo. Lo que hace el sujeto es des-cubrirlo, levantar el velo que constituye la miríada de hechos individuales, y al fondo de ellos constatar el ser, la estructura, el orden, la relación entre los hechos. Pero todo eso, el ser, a quien pertenece es al objeto; el sujeto no hace más que descubrirlo. Ejemplo: un individuo atraviesa a lo largo de su vida por múltiples situaciones; pero no son cada una de ellas algo autónomo y que no tenga que ver con las demás, que no haya, por tanto, individuo propiamente dicho, que es por lo que se han decantado las teorías situacionistas y de la deconstrucción, las que han pretendido reducir la realidad a solo situaciones o fragmentos. En realidad, las partes de la vida de ese individuo están unidas por un denominador común: él mismo. Ese individuo tiene un ser: precisamente, su vida. Esa vida consiste en la trayectoria de su confrontación con las cosas, que le lleva a buscar entenderlas, saber a qué atenerse, tener de ellas una interpretación que le salve del caos.
 
 
     Cuando el científico utiliza sus instrumentos de medida para estudiar los hechos físicos y comprueba que estos se comportan en coherencia con tales instrumentos –que los objetos tienen un peso determinado o una longitud o una temperatura –, no hay que deducir de ello que la métrica sea una investidura subjetiva, mental, que se hace al hecho físico, aunque sí sea ese instrumento un método inventado por un sujeto. “El método define cierto comportamiento de la mente con anterioridad a su contacto con los objetos”(6). Pero finalmente es el objeto el que sustenta, el propietario de, digámoslo así, la medición. Que un objeto físico mida tanto y pese cuanto no es una creación subjetiva, sino algo objetivo. Los kilos que pesa el objeto no están en la mente del investigador físico, sino en el objeto. En suma: el racionalismo, tocado y hundido.
 
     En Historia, los métodos sirven solo para surtirla de datos. “Pero ésta pretende conocer la realidad histórica, y ésta no consiste nunca en los datos que el filólogo o el archivero encuentran, como la realidad del sol no es la imagen visual de su disco flotante, “tamaño como una rodela”, según Don Quijote”(7). Esos datos son solo el síntoma que anuncia la realidad histórica, pero no es esta, para llegar a la cual se necesita la ordenación y estructuración de los datos (para llegar a saber lo que es el sol, hay que estructurar e interpretar los datos inmediatos, los que le hacen parecer una simple “rodela”). “Esta realidad histórica se halla en cada momento constituida por un número de ingredientes variables y un núcleo de ingredientes invariables —relativa o absolutamente constantes. Estas constantes del hecho o realidad históricos son su estructura radical, categórica, a priori. Y como es a priori, no depende, en principio, de la variación de los datos históricos. Al revés, es ella quien encarga al filólogo y al archivero que busque tales o cuales determinados datos que son necesarios para la reconstrucción histórica de tal o cual época concreta. La determinación de ese núcleo categórico, de lo esencial histórico, es el tema primario de la historiología”(8).
     Solo sobre el fondo de esas invariantes históricas es posible organizar y entender los múltiples datos que están al alcance del historiador. Eduard Meyer (1855-1930), al que, pese a todo, Ortega consideraba en 1933 como el más grande historiador de lo que llevaban de siglo, sostenía, sin embargo, que “en el mundo descrito por la Historia rigen el azar y el albedrío”(9). Pero es esta una afirmación sin sentido. “Pongamos que, en efecto, la misión de la Historia no sea otra que la de constatar un hecho azaroso como éste: en el año 52 a. de J. C, César venció a Vercingetorix. Esta frase es ininteligible si las palabras “César”, “vencer” y “Vercingetorix” no significan tres invariantes históricas”(10). A lo largo de toda su vida, César fue César, y si no contamos con una definición de ese dato invariable, no sería posible saber de qué estamos hablando al nombrar la palabra “César”. Y así podríamos ir ascendiendo hacia otras invariantes cada vez más amplias y abarcadoras de más o menos menudos hechos históricos: el cesarismo, el Imperio romano, la Edad Antigua… Así que el historiador lo que ha de hacer es determinar cuáles son esos conceptos, esas constantes históricas, sobre cuyo fondo incluso se puede determinar el papel que juegan los sucesos azarosos. Lo concreto solo se puede entender partiendo de alguna abstracción, de alguna generalización o invariante.
     Kant pensaba que esas abstracciones o generalizaciones procedían de categorías que el sujeto tenía en su mente antes de confrontarse con los datos reales. Y así, el pensamiento se encuentra con un caos de datos, un material informe, a los que proporciona una forma, un ser. Como la actividad mental es el logos, hemos de deducir, si seguimos a Kant, que no hay más formas en el mundo que las lógicas, las extraídas del logos subjetivo. La ciencia histórica, según esto, es la lógica de los sucesos históricos: es la mente (la lógica), pues, no los sucesos, lo que da entidad a la historia. Pero para la historiología que Ortega propone –y aquí se separa definitivamente de Kant– todo ser existe ahí afuera antes de que la mente lo descubra, y “la misión del intelecto no es proyectar su forma sobre el caos de datos recibidos, sino precisamente lo contrario. La característica del pensar, su forma constitutiva, consiste en adoptar la forma de los objetos, hacer de éstos su principio y norma”(11). En sentido estricto no hay, pues, un pensar formal, exclusivamente afincado en la mente antes de, e independientemente de, los objetos pensados. Siempre que pensamos, lo hacemos vinculando nuestro pensamiento a alguna realidad objetiva, en suma, “pensamos con las cosas(12). Cuando, por ejemplo, aplicamos los dos principios de la lógica pura, el de identidad y el de no contradicción, no realizamos una operación exclusivamente subjetiva, sino que analizamos y comparamos objetos. El pensamiento lógico, “como todo pensar disciplinado, consiste en analizar y combinar ideas objetivas dentro de ciertas limitaciones —los llamados principios”(13).
     Podríamos identificar la capacidad de razonar con la actividad mental que realizamos al buscar cómo generalizar entre objetos, actividad que llevamos a cabo para poner orden en el caos con que, para empezar, se nos presenta la realidad. El principio de identidad surge de la constatación de que un objeto sigue siendo el que era a pesar de los cambios de tiempo o de lugar; es una generalización entre un objeto y el mismo objeto en otro momento o situación. La contradicción es el tope máximo con el que nos encontramos en nuestro intento generalizador: una cosa no hace conjunto con su contraria. El resto de operaciones mentales va surgiendo de las formas de relación entre los objetos que, de una u otra manera, buscamos unificar, generalizar, que es tanto como ordenar: la enumeración, la clasificación, la medida, la causalidad… emanan como formas de relación entre las cosas, sucedáneas todas ellas de la unidad ansiada, la ley que sometiera a su designio todos los hechos individuales. Lugar y tiempo son asimismo categorías que nos sirven para comparar objetos a través de ellos y sus cambios. Y así sucesivamente.
     Para Kant, las categorías son condiciones que el entendimiento requiere para que al pensar alcancemos la unidad sintética de los objetos caóticamente divididos que nos muestra la realidad. La experiencia es, por tanto, conocimiento por enlace de percepciones y estos enlaces son ordenados por los conceptos primordiales a priori (anteriores a la aparición de los objetos) que, según él, no contienen nada empírico, sino que son las condiciones previas guardadas por la mente para que la experiencia de los objetos sea posible. Pero el caso es que todas esas relaciones en que las categorías consisten son modos de ser de los objetos, y estos son siempre sustratos de aquellas, de modo que hay tantas de estas categorías, tantos modos de lo racional, como regiones objetivas. Es decir: esas categorías, aunque procedan de la mente, están insertadas en las cosas. Algo que el mismo Hegel, tan supuestamente racionalista, aseveraba: “Se habla siempre de la razón (logos), sin saber indicar cuál sea su determinación, cuál sea el criterio según el cual podemos juzgar si algo es racional o irracional. La razón determinada es la cosa”(14). “Todo lo racional es real” (Hegel), es decir, que las categorías de la razón van adjuntadas a las cosas, no son factores exclusivamente mentales.
     Esa tarea de relacionar seres, cosas, se traslada al objeto mismo de la historia, que no son los individuos tomados aisladamente, lo cual sería la materia que habitualmente pretende hacer suya el psicólogo, sino todos ellos conviviendo, con sus vidas traspasando las de los demás, y formando el conjunto que llamamos vida social. Pero a su vez, “la vida social presente es sólo una sección de un todo vital amplísimo, de confines indefinidos hacia pasado y futuro, que se hunde y esfuma en ambas direcciones. Ésta es sensu stricto la vida o realidad histórica”(15). La vida social, la trayectoria vital de las sociedades es el ser para cuya indagación es requerida la historiología. No, por tanto, los sucesos particulares.
     En suma, la ciencia existe no prioritariamente por la observación de los hechos sino porque existe una idea, una hipótesis, una interpretación que la observación de los hechos acaba confirmando.


[1] Cit. en O y G: “La ‘Filosofía de la Historia’ de Hegel y la historiología”, O. C. Tº 4, p. 524.
[2] O y G: “La ‘Filosofía de la Historia’ de Hegel y la historiología”, O. C. Tº 4, pp. 526-27.
[3] O y G: “La ‘Filosofía de la Historia’ de Hegel y la historiología”, O. C. Tº 4, p. 527.
[4] O y G: “La ‘Filosofía de la Historia’ de Hegel y la historiología”, O. C. Tº 4, p. 530.
[5] Cit. en O y G: “La ‘Filosofía de la Historia’ de Hegel y la historiología”, O. C. Tº 4, p. 531.
[6] O y G: “La ‘Filosofía de la Historia’ de Hegel y la historiología”, O. C. Tº 4, p. 533.
[7] O y G: “La ‘Filosofía de la Historia’ de Hegel y la historiología”, O. C. Tº 4, p. 533.
[8] O y G: “La ‘Filosofía de la Historia’ de Hegel y la historiología”, O. C. Tº 4, p. 534.
[9] O y G: “La ‘Filosofía de la Historia’ de Hegel y la historiología”, O. C. Tº 4, p. 535.
[10] O y G: “La ‘Filosofía de la Historia’ de Hegel y la historiología”, O. C. Tº 4, p. 535.
[11] O y G: “La ‘Filosofía de la Historia’ de Hegel y la historiología”, O. C. Tº 4, p. 538.
[12] O y G: “La ‘Filosofía de la Historia’ de Hegel y la historiología”, O. C. Tº 4, p. 538.
[13] O y G: “La ‘Filosofía de la Historia’ de Hegel y la historiología”, O. C. Tº 4, p. 538.
[14] Cit. en O y G: “La ‘Filosofía de la Historia’ de Hegel y la historiología”, O. C. Tº 4, p. 539.
[15] O y G: “La ‘Filosofía de la Historia’ de Hegel y la historiología”, O. C. Tº 4, p. 541.