sábado, 13 de junio de 2015

Si la crisis tiene salida, no está en este callejón


     Nuestra supuestamente modélica Transición de la dictadura a la democracia fue, en gran medida, una operación de ingeniería política destinada a perpetuar en el poder a determinadas castas privilegiadas desde mucho tiempo atrás y a hacer sitio a otras nuevas, apenas perceptibles hasta aquel momento, y que por entonces emergieron con fuerza. La Constitución de 1978 vino a ser el reflejo jurídico de esa operación, y las castas que tomaron el poder fueron la Iglesia, la monarquía, las oligarquías catalana y vasca, los partidos políticos, los sindicatos y las patronales. En el nuevo sistema, a falta de una verdadera separación de poderes y de algún tipo de control suficiente sobre ellas, las castas privilegiadas que tenían poder para hacerlo multiplicaron los estratos políticos y administrativos en los que colocar a sus respectivas clientelas, generando un estado mastodóntico, intervencionista y, como se acabaría viendo, tremendamente costoso, en el que ahora estamos atrapados y sin fácil salida ordenada. La guinda del pastel la constituye esa ubicua corrupción que, a falta también de controles, ha penetrado en todos los intersticios de la Administración.
     Los desajustes que se generaron en aquella manipulada Transición han llegado a estas alturas a un punto crítico, y en la desencantada opinión pública se ha instalado la zozobra y la confusión propia de las situaciones de crisis, cuando se tiene claro que las cosas tienen que cambiar, pero no se sabe bien hacia dónde. Ortega dice de estas situaciones de crisis que en ellas “el hombre (se siente) perdido, azorado, sin orientación. Se mueve de acá para allá sin orden ni concierto; ensaya por un lado y por otro, pero sin pleno convencimiento, se finge a sí mismo estar convencido de esto o lo otro”. Si saliéramos con bien de esta, habríamos dado un gran paso adelante, porque ello supondría que habríamos corregido los desajustes que han desembocado en el actual atasco político, social y económico, y el porvenir se habría vuelto prometedor. Afirma Julián Marías, sin embargo, que a lo largo de la historia, y por esta circunstancia que hace que todo esté bañado de incertidumbre y confusión, cuando se han dado las condiciones adecuadas para dar un paso adelante, muchas veces han venido los extremismos a estropearlo todo y dar un paso atrás. Pone el ejemplo de la Revolución Francesa que, dice, con su violencia y su extremismo, desbarató el trayecto y el impulso que había promovido la Ilustración, y retrasó varias décadas el acceso a la libertad, la democracia y la ciudadanía incluso en la misma Francia (eso sin contar las innumerables e irreparables víctimas del Terror revolucionario). No digamos nada de los catastróficos efectos involucionistas (del mejor de los reinados, el de Carlos III, pasamos sin solución de continuidad a los calamitosos de Carlos IV y, sobre todo, de Fernando VII), además de la terrible Guerra de la Independencia, que aquellas convulsiones acontecidas en el país vecino produjeron en nuestro país.
     El caso es que también en un momento como el actual, en que procedería dar un paso adelante, ha aparecido en España esa cuota de extremismos parece que irremediablemente adscrita a toda situación de crisis. Y como siempre en estos casos, las propuestas políticas que, como las de Podemos, han tomado auge en los últimos tiempos, solo significarían, de llevarse a la práctica, una agudización de nuestros problemas. Esta vez, porque nuestros extremismos no solo no pretenden desmontar este dinosaurio estatal que ha crecido a base de clientelas e intervencionismo, y que está en la base de nuestros males, sino que aspiran a engordarlo aún más.


Ilustración: Samuel Martínez Ortiz
     Según el Instituto Nacional de Estadística, el número de empleados públicos en 1976 era de 1.385.100. En 1987, época ya de madurez del sistema, había ascendido ya a 1.869.200. Al final de 2013, ese número alcanzaba la cifra de 2.909.400. Se estima que unos 2 millones son funcionarios y el resto, un millón, personal laboral y eventual. El máximo número de empleados públicos se alcanzó en 2011, el año del fin de gobierno de Zapatero, y fue de 3.306.600 en el tercer trimestre de dicho año. Ese ha sido el crecimiento en funcionariado y empleo público en general necesario, no para mejorar las prestaciones públicas, que no ha sido el caso (ninguna persona sensata diría que hemos casi triplicado las prestaciones estatales desde 1976), sino para mantener las clientelas y el intervencionismo estatal.
     España sufre el déficit público más alto de la Zona Euro, excluyendo a la rescatada Chipre. Traducido a cifras: el estado está gastando ahora mismo al año 60.000 millones de euros por encima de lo que ingresa. Dicho de otra forma: por cada español, incluidos los recién nacidos, gasta al año 1.300 euros más de lo que ingresa. Y así un año tras otro desde 2009. La deuda pública total es casi del 100% del PIB, la más alta desde principios del siglo XX. Los privilegios fiscales, económicos y políticos de los que disfrutan los partidos, los sindicatos, la Iglesia…, y el gasto público que generan los múltiples ramales de la Administración estatal, extremado en el caso de los nacionalismos, han originado una presión fiscal que ahoga nuestro sistema productivo e hipoteca el de las próximas generaciones. Por si fuera poco, la corrupción se ha extendido como una mancha de aceite por todo el sistema. Y he aquí la original propuesta de solución de los extremistas de Podemos: gastar mucho más y montar un estado aún más intervencionista, con muchos más empleados públicos. Pero ¿y si esta dinámica alocada no se pudiera mantener indefinidamente? ¿Y si hacia lo que estamos yendo por este camino es hacia el colapso y la bancarrota, igual que Grecia, que es, entre otros aún más catastróficos, el país que sirve de referencia a nuestros podemitas?
     Habrá que buscar alguna salida a todo esto, especialmente si Podemos llega, efectivamente, al poder, pero, por favor, que no tenga que ser por tierra, mar o aire.

lunes, 8 de junio de 2015

El papel reaccionario de la Iglesia a lo largo de nuestra historia

     El punto de inflexión que habremos de tomar como referencia, puesto que en él quedó marcada la Iglesia como institución reaccionaria frente a la dinámica histórica más poderosa y decisiva de todos los tiempos, podemos situarlo en el Concilio de Trento de 1545, origen de la Contrarreforma, que España decidió abanderar. Y quedaría reflejada la situación que entonces se creó en el recrudecimiento de la polarización que ya estaba caracterizando a la cultura europea: en uno de los polos estaban germinando maneras de ver el mundo que quedarían representadas por personajes como Galileo Galilei (1564-1642), creador del método científico e iniciador de una serie de descubrimientos que servirían de anuncio y preparación para la gran revolución científica y tecnológica de los siglos posteriores; en el otro polo se situaba la poderosa Iglesia, obsesionada con castigar como herejías esas actitudes intelectuales entonces emergentes y que han desembocado en lo que, gracias a ellas,  hoy es Occidente. El brazo armado de la Iglesia, la Inquisición, se dedicó a perseguir a las personas que estaban dejándose impregnar de la curiosidad por los fenómenos naturales que había empezado a irrumpir en el Renacimiento. Fue la Iglesia, a través de la Inquisición, la que ordenó quemar vivo a Giordano Bruno por abrir su mente a aquella curiosidad indagadora. Galileo, por su parte, pecó asimismo de haber comprendido que “el Universo está escrito en el lenguaje de las Matemáticas” y de observar con espíritu indagador lo que ocurría en ese Universo, hasta deducir, por ejemplo, que la Tierra giraba alrededor del Sol. Acusado de herejía por ello, fue obligado a desdecirse; su confesión le libró de la prisión y la tortura a los 70 años que entonces tenía. A cambio, sufrió arresto domiciliario de por vida y fue obligado a “rezar los siete salmos” en penitencia, obligación en la que quiso sustituirle su querida y abnegada hija monja, María Celeste.

 
     En plena sintonía con esa Iglesia reaccionaria, y mientras en Europa se abría paso la ciencia experimental, en la España que había empezado a regir la dinastía de los Austrias  –ellos fueron quienes nos pusieron a la cabeza de la Contrarreforma–, los referentes culturales, podríamos decir que alternativos, eran los místicos. Y aunque, ciertamente, la Inquisición no fue en España más cruel que en otros sitios, su impronta marcó, sin embargo, los límites del ambiente intelectual al que estuvimos sometidos los españoles durante varios siglos, hasta la tardía desaparición de aquella lamentable institución en 1834.

     Llegamos al tiempo del siguiente gran impulso histórico, la Ilustración, plenamente condicionados por el poder omnímodo de la Iglesia, que, a través de su absoluto control sobre la educación, siguió suponiendo un lastre a la hora de permitir que en España penetraran las nuevas actitudes intelectuales que encaminaban hacia la revolución científica. Por otro lado, la Iglesia contaba con un enorme poder económico en bienes inmuebles, que en sus manos se convirtió en gran medida en improductivo. Tal era su influencia sobre la marcha de las cosas, que cuando nuestros liberales llevaron a cabo la revolución que supuso la proclamación de la Constitución de 1812, no se atrevieron a cuestionar aquel poder eclesiástico, de modo que en esta ley fundamental no quedó consagrado el principio de libertad religiosa. Las conciencias iban a seguir seguido siendo vigiladas y tuteladas por la institución eclesiástica y por la Inquisición. La vuelta de Fernando VII en 1814 significó incluso un mayor reforzamiento de su poder.

(A partir de aquí, me apoyaré, sobre todo, en datos extraídos del libro “El traje del emperador”, de César Vidal, Premio Stella Maris de Ensayo de 2015)

     Murió el rey felón en 1833, y el clero se apuntó masivamente al bando del carlismo absolutista, que entró en guerra contra los liberales, postura que se reforzó cuando en 1834 la Iglesia quedó privada de la perla de su poder al ser abolida la Inquisición. El Estado liberal nunca fue suficientemente fuerte a lo largo del siglo XIX, y sus medidas para acabar con el poder de las castas hasta entonces dominantes, como la misma Iglesia, fueron frágiles e insuficientes. Una de las tareas que era preciso abordar era la de la desamortización, que había de consistir en el hecho de  poner en el mercado, previa expropiación forzosa y mediante una subasta pública, las tierras y bienes que hasta entonces no se podían enajenar (vender, hipotecar o ceder) y que se encontraban en poder de las llamadas “manos muertas” (improductivas), es decir, fundamentalmente, la Iglesia Católica y las órdenes religiosas; también la nobleza y las tierras de propiedad comunal de los pueblos quedaban afectadas por esta medida. Los propietarios hasta entonces de todas estas tierras tampoco tributaban por ellas al fisco. La desamortización ya se había llevado a cabo en la Europa del Norte en la que triunfó la Reforma durante el siglo XVI y en Francia durante la revolución del siglo XVIII. Mendizábal, ministro de la regente María Cristina no hizo bien la desamortización en 1836-37, pues consiguió que fueran los grandes propietarios los únicos capaces de entrar en la puja por las tierras liberadas, con lo que se aumentó el poder de los latifundistas, especialmente en el sur de España, sin llevar a cabo la necesaria reforma agraria que debía de haber convertido en propietarios a los pequeños y medianos campesinos, objetivo que tampoco logró Madoz en 1855, cuando llevó a cabo una nueva desamortización. Además, aunque se hacía preciso desamortizar el excesivo número de conventos y monasterios existentes, el patrimonio cultural quedó muchas veces devastado, y asimismo, la deforestación que llevaron a cabo los nuevos propietarios supuso una catástrofe ecológica. Por su parte, la Iglesia a lo que se dedicó fue a excomulgar tanto a los expropiadores como a los compradores de las tierras: ni buena ni mala, era partidaria de ninguna desamortización.

     En 1834, los liberales moderados procedieron a la elaboración de un Estatuto Real, una especie de sucedáneo de la Constitución, de cuya redacción se encargó Martínez de la Rosa. Partía de la base de que la soberanía no residía en la nación sino en el rey, y dejaba sin reconocer la libertad religiosa. Tras un pronunciamiento de sargentos de la Granja en 1836, se promulgó una nueva Constitución en 1837, pretendiendo corregir ambas insuficiencias. En tal ocasión, el general Espartero, liberal progresista, desplazó de la regencia a María Cristina de Borbón, que asumió él mismo con la pretensión de asentar un verdadero orden constitucional liberal. Las oligarquías catalanas (afectadas por la pretensión del nuevo gobierno de suprimir el proteccionismo arancelario) y la eclesiástica conspiraron hasta lograr la expulsión de Espartero de la vida política. Fue sustituido por el general Narváez, el cual trabajó para conseguir una nueva Constitución intermedia entre el Estatuto Real de Martínez de la Rosa y las constituciones liberales, en la cual se consideraba que la soberanía era esta vez compartida por el rey y la nación; asimismo se suscribió un Concordato que regulaba las relaciones entre el Estado y la Iglesia, y que consagraba numerosos privilegios favorables a esta: de nuevo se negaba la libertad religiosa en favor del catolicismo, se dejaba la educación en manos de la Iglesia y el estado asumía la obligación de mantener al clero diocesano.

     En 1854 Espartero regresó al poder con la pretensión de que el liberalismo recuperara la iniciativa, y cuando en 1856 una nueva constitución iba a devolver la soberanía a la nación, el general O’Donnell se hizo con el poder y consiguió que no llegara a aplicarse nunca. Los privilegios que la Iglesia había recuperado con Narváez se mantuvieron e incluso se ampliaron.

     En 1868 se derrocó a Isabel II y se dio por terminado un régimen entonces exhausto. Aunque el nuevo régimen que empezaba, el del Sexenio Revolucionario, tenía una vocación profundamente democrática y pretendía limitar privilegios como aquellos de los que disfrutaba la Iglesia, la disgregación política entonces existente hizo finalmente inviable primero la nueva monarquía que iba a encarnar en Amadeo de Saboya, y después, desde 1873, la República que entonces se instauró. El clero católico no dudó entonces en azuzar a los carlistas para que se levantaran de nuevo contra el régimen constituido. Del fracaso final del Sexenio Revolucionario nació el régimen de la Restauración, con Alfonso XII convertido en nuevo rey.

     La Constitución de la Restauración, promulgada en 1876, significó en general un claro retroceso: la soberanía volvía a dejar de residir en la nación para pasar a ser compartida por el rey y las Cortes; el Poder Legislativo también estaba mediatizado por el rey, y el Ejecutivo recaía asimismo sobre este. Y aunque el conservador Cánovas entendió como indispensable la proclamación de la libertad religiosa y que el Estado conservara su autoridad sobre las escuelas y universidades, dictó medidas para apoyar a las finanzas eclesiales con dinero público. La reacción de la Iglesia fue, pese a todo, de una extrema hostilidad, que se intensificó cuando en 1881 Sagasta y los liberales llegaron al poder.

     Dios los cría y ellos se juntan: los nacionalismos vinieron a heredar, tanto en su ideología absolutista y feudalizante como en las zonas geográficas en las que predominaron, a los carlistas. Y allí estuvo también la Iglesia, a fines del siglo XIX, articulando el nacionalismo vasco y el catalán. Cuando en 1903 murió Sabino Arana, el PNV sobrevivió gracias al respaldo explícito de la Iglesia católica. En conjunto, detrás de la mayoría de los numerosos infortunios que aquejaron nuestro atormentado siglo XIX, estuvo la Iglesia como deplorable promotora o participante.

     El conde de Romanones, a la sazón ministro liberal de Instrucción Pública, anunció en 1901 que se respetaría la libertad de cátedra de los profesores universitarios y suprimió la religión como asignatura obligatoria en las escuelas públicas de enseñanza secundaria. En 1906, el nuevo gobierno liberal presidido por Segismundo Moret presentó un programa de reformas que de nuevo incluía la libertad religiosa y otras medidas indispensables para cualquier estado en que el poder civil y el eclesiástico estén delimitados y sean independientes. La reacción de la Iglesia, para variar, fue de una virulencia extrema. Tras un gobierno del conservador Maura, cuando Canalejas retomó el poder para los liberales retrocedió ante las presiones eclesiales. La dictadura de Primo de Rivera fue bien acogida en 1923 por la Iglesia católica, aunque esa buena sintonía se rompió por el enfrentamiento del dictador con los separatistas catalanes, aliados de la Iglesia.

     El año en que llegó la República, en 1931, se volvió a proclamar la libertad religiosa, la voluntariedad de la educación religiosa en las escuelas públicas, el matrimonio civil, un poco más adelante el divorcio, además de otras medidas secularizadoras igualmente sensatas y tendentes a la separación de la Iglesia y el Estado que fueron, todas ellas, recibidas por aquella no ya como una ofensa, sino con beligerancia. Lo cual no ayudó a calmar, precisamente, el clima de creciente crispación que estaba encaminando hacia la guerra civil. Cuando en 1933 la CEDA pudo condicionar, después de ganar las elecciones, al gobierno del republicano Lerroux, se permitió el regreso de la enseñanza confesional. Cuando en 1934, el PSOE, los nacionalistas catalanes y otros grupos dieron un golpe de estado revolucionario y, después de fracasar, llegó la hora de la represión, resultó significativo el hecho de que las solicitudes de clemencia de los obispos favorecieran únicamente al nacionalismo catalán, no a los demás condenados de ideología izquierdista.

     El colectivo más beneficiado por el triunfo de Franco en la Guerra Civil fue, sin duda, la Iglesia católica: no solo logró que se derogara toda la normativa republicana que había estado encaminada a separar Iglesia y Estado, sino que la enseñanza quedó en sus manos, de modo que la asignatura de religión se declaró obligatoria en la enseñanza primaria y secundaria; se eliminaron de las bibliotecas todos los libros que pudieran considerarse “contrarios a la moral cristiana”; se purgó del estamento del profesorado no solo a aquellos que hubieran apoyado al Frente Popular, sino incluso a los que no hubieran asistido a misa con regularidad. Durante décadas, la esencia del régimen de Franco no estaría decidida por la Falange, el Ejército u otras facciones del llamado Movimiento Nacional, sino por la Iglesia católica. No deja de ser significativo que España quedara en 1948 fuera de la ayuda del Plan Marshall porque la condición que exigían los Estados Unidos, esto es, que hubiera libertad religiosa para los protestantes españoles, no fuera aceptada por los obispos. Toda esta situación quedó consolidada con el Concordato que suscribió el régimen de Franco con la Santa Sede en 1953, en el que además se estableció que los clérigos disfrutaran de inmunidad judicial (lo que significaba que solo podrían ser procesados con permiso del obispo y cumplir condenas en cárceles especiales), que las instituciones eclesiásticas y los emolumentos del clero estuvieran exentos de impuestos, y que los programas de televisión y radio tuvieran espacios para defender “la verdad religiosa”, según la entendía la Iglesia, que asumía también las tareas de prohibición y censura de publicaciones y de libros.

     Desde el comienzo de la década de los sesenta, la Iglesia iba a realizar un giro radical que le permitiría situarse como una de las fuerzas sociales más decisivas de cara al futuro, junto a otras fuerzas que irían emergiendo paulatinamente hasta la llegada de la Transición. El nuevo camino escogido por la Iglesia no iba a alterar excesivamente, sin embargo, su posición reaccionaria y de rémora histórica. El punto de inflexión lo marcó el Concilio Vaticano II, que fue anunciado por Juan XXIII en enero de 1959, comenzó en 1962 y terminó en 1965. En España, el cambio de rumbo de la Iglesia respecto del régimen franquista se suele situar en el papel activo que desempeñó en el nacimiento de ETA, organización que surgió en el colegio de san Ignacio de San Sebastián, en 1959. No solo los nacionalistas vascos en general, vinculados ya a la Iglesia desde sus orígenes, iban a ser los beneficiarios de esa Iglesia renovada: en abril de ese mismo año estallaron en Asturias huelgas relacionadas con la minería, en las que se implicaron activamente algunos sacerdotes y obispos. En 1963, asimismo, el abad de Montserrat, Aurelio María Escarré, defendía el nacionalismo catalán en unas declaraciones a Le Monde.

     En diciembre de 1970 tuvo lugar el Juicio de Burgos contra dieciséis miembros de ETA acusados, entre otras cosas, del asesinato de tres personas. En el contexto de aquel juicio, la organización terrorista secuestró al cónsul honorario de la República Federal Alemana en San Sebastián, para lo cual contó con el apoyo directo e indispensable de varios sacerdotes. Asimismo, la Iglesia católica cedió locales para reuniones y encierros en favor de ETA y difundió distintas pastorales en apoyo de los terroristas juzgados. En paralelo, en Cataluña, la abadía de Monserrat se abría para servir de sede para un encierro en solidaridad con los terroristas. Por otro lado, cuando en 1972 la policía detuvo a los principales dirigentes de la organización comunista entonces ilegal, Comisiones Obreras, fue significativo el hecho de que la detención tuviera lugar en el convento de Oblatos de Pozuelo de Alarcón. Ninguna de estas tomas de postura de la Iglesia fue circunstancial ni aislada, sino parte de una línea de actuación sistemática y consecuente. Si no otras, o no en demasía, sí fueron lacerantes las actuaciones de la Iglesia catalana y vasca a favor del nacionalismo, e incluso la implicación de esta última en las acciones terroristas, bien colaborando muchos de sus sacerdotes directamente en ellas o bien prestando sus locales a los terroristas y negando, por el contrario, sus iglesias a las víctimas para sus funerales o, en fin, expresando más o menos sutilmente en sus pastorales y declaraciones su proximidad o comprensión con el terrorismo. El resto de la Iglesia española, como casi siempre, se dedicó en gran parte al sofisticado arte de lavarse las manos, buscar simetrías o hacer mutis por el foro. El nuevo régimen de “coexistencia” con el terrorismo (es decir, a fin de cuentas, de rendición a las exigencias de este) que siguió a los acuerdos de la banda terrorista con Zapatero, y que Rajoy mantuvo vigentes, nació significativamente en la casa de los jesuitas de Loyola, donde se firmaron los acuerdos. Incluso el papa Benedicto XVI bendijo el denominado “proceso de paz”, que coadyuvó decisivamente para colocar el porvenir de nuestra nación sobre un plano descendente que estamos recorriendo y que a nada bueno puede conducir.

     Y a lo que íbamos: la Iglesia católica, principal beneficiaria de la dictadura de Franco, se situó decididamente, a partir de la década de los sesenta, en contra del régimen, e incluso acabaría jugando un muy importante papel, a través sobre todo de la figura del cardenal Tarancón, en el modo en que se fue diseñando la Transición. A la vez, como se ve, iban emergiendo nuevas castas políticas que, con ayuda de la Iglesia, fueron también posicionándose en puestos hegemónicos de cara a esa futura Transición.

     En enero de 1979 se procedió a la firma del acuerdo entre España y la Santa Sede, en donde la Iglesia, entre otras ventajas, adquiría una dotación económica que no suponía merma alguna respecto de la que disfrutó bajo la dictadura de Franco. A lo cual se sumaba un extraordinario abanico de exenciones fiscales, especialmente la de los impuestos reales o de producto sobre la renta y sobre el patrimonio, así como de sucesiones y donaciones (en 1987, con Felipe González en la Jefatura del Gobierno, estos privilegios fiscales se ampliarían con la posibilidad que se permitió a las grandes fortunas de constituir SICAVs, que estaban exentas de numerosos impuestos). También se garantizaba en aquel acuerdo la enseñanza obligatoria de la asignatura de religión salvo en COU y estudios universitarios, impartida por docentes autorizados por la diócesis respectiva (en 1990 pasó a ser asignatura optativa). En 1993, Felipe González equiparó a efectos salariales y de seguridad social a los profesores de religión católica (unos 13.000) con el resto de los profesores, que habían accedido a su puesto mediante oposición (aquellos quedaron incorporados como interinos). Los privilegios de la Iglesia quedaron significativamente ampliados cuando en 1996 Aznar, de manera anticonstitucional, le entregó la posibilidad de inmatricular bienes inmuebles sin necesidad de justificar, mediante procedimiento judicial, escrituras públicas o actas notariales, que la propiedad que se registraba a nombre de la Iglesia era realmente suya; todo ello, claro está, siempre y cuando esas propiedades carecieran de escrituras previas. El número de fincas inmatriculadas por la Iglesia por este método fue de varios millares. Zapatero, en septiembre de 2006, suscribió asimismo unos acuerdos con la Iglesia católica en materia económica por los cuales adquiría esta un status económico aún más privilegiado que en las décadas anteriores.

     De todo lo expuesto, se decanta la conclusión de que la Iglesia, apoyada en su papel de reconocida administradora de las formas de acceso a un más allá que dé sentido a la existencia en la tierra, ha sido la institución más poderosa de la historia de España, y muy pocas veces para bien. Aunque tuvo una función civilizadora en sus primeros siglos de existencia, especialmente a partir del Renacimiento ha jugado, sin embargo, un papel estrictamente reaccionario, coartando la libertad de pensamiento bien por la fuerza bruta o por la derivada de su control de las instituciones de enseñanza, y, a partir de la Ilustración, luchando abiertamente contra los impulsos del liberalismo de ir generando unas instituciones democráticas y una sociedad abierta. Asimismo, su papel como gran propietaria de inmuebles ha sido propio de un sistema feudal, lastrando gravemente la producción de riqueza; y los privilegios fiscales y tratos de favor acumulados en cuestiones de economía han resultado ser atentatorios contra el principio de equidad. Y respecto de su papel con los nacionalismos y el terrorismo, es de esperar que cuando los actores eclesiásticos implicados tengan su entrevista post mortem con San Pedro, este les diga que se han equivocado de destino y que a donde tienen que ir a parar es al puñetero infierno.

sábado, 23 de mayo de 2015

Acción y reacción en la historia de España

     Decía Anaximandro, uno de los tres primeros filósofos de la historia, que en el principio todo permanecía en un estado de equilibrio, formando parte del ápeiron, lo indefinido e ilimitado. En aquel magma original nada particular había salido a la existencia, porque, si algo hubiera pretendido hacerlo, su contrario habría reaccionado de forma compensatoria y lo habría devuelto al estado de equilibrio y de indiferencia. Acción y reacción, pues, se contrarrestaban. Al final, acabaron naciendo las cosas a causa de que unas se impusieron injustamente a sus contrarias, rompiendo así el equilibrio original. De esa injusticia nacieron, pues, las cosas emparejadas con sus opuestos: el frío y el calor, la noche y el día, lo duro y lo blando, lo dulce y lo amargo… que no pararían de disputarse entre ellas y de alternar eternamente su respectiva primacía. Bueno, eternamente no; al final, según Anaximandro, todas las cosas acabarían regresando al equilibrio original y se disolverían de nuevo en el ápeiron.

Ilustración: Samuel Martínez Ortiz
     Nuestra historia, precisamente, constituye una depurada demostración de esta ley según la cual toda acción va seguida de su correspondiente reacción, presuponiendo que, según hubiera dicho el filósofo griego, aquella trataba de prevalecer injustamente, y antes de que tal injusticia se consumara. Ocurre, sin embargo, que si el ámbito de aplicación de esa ley de la acción y la reacción fuera general y absoluto, la historia no habría sido posible, porque para que exista dinamismo histórico es preciso que la acción prevalezca sobre la reacción; de otra manera, todo acabaría estancado en el punto cero, en el cual dejaría de haber movimiento, demostrada su inutilidad, y no existiría el progreso hacia formas cada vez más complejas de las cosas, que es lo que, sin embargo, se dedica a hacer la evolución. Pero no hay duda de que, pese a todo, en España la idea de Anaximandro de que toda acción sería una especie de injusticia que exige su reacción compensadora y reparadora se ha cumplido bastante fielmente.
     El hecho de que en estos últimos siglos que abarca la Edad Moderna la historia haya adquirido un dinamismo arrollador permitiría explicar el hecho de que en España, tan apegados como estábamos a las tesis de Anaximandro, no hayamos sabido seguir el ritmo que marcaban los países más dinámicos de nuestro entorno. Así, por ejemplo, y para empezar, los azares que en el siglo XVI condujeron al cambio de dinastía de los Trastámara por los Austrias, provocaron que finalmente, cuando en Europa iban tomando cuerpo mentalidades lo suficientemente abiertas como para que el estudio experimental de la naturaleza y el método científico fueran abriéndose paso, aquí optáramos por el movimiento reaccionario de la Contrarreforma, que hizo que en muchos sentidos nos situáramos en la estela de una Edad Media que la historia quería dejar atrás.
     En el siglo XVIII empezó a abrirse paso en toda Europa la Ilustración, y la idea de que la soberanía residía en los ciudadanos en vez de estar encarnada en las monarquías absolutas iba haciéndose cada vez más consistente. No fue aquel un mal siglo para España, al menos hasta la muerte de Carlos III, pero ya su hijo Carlos IV, y sobre todo el hijo de este, Fernando VII, encabezaron un movimiento reaccionario que frenaría poderosamente el avance del liberalismo a lo largo del siglo XIX. Ese movimiento reaccionario, representado especialmente por el carlismo absolutista, lastró gravemente entre nosotros la marcha a lo largo de ese siglo, y las consecuencias de todo aquello seguimos sufriéndolas a día de hoy, puesto que los nacionalismos se desarrollaron como prolongación de aquel carlismo, y en los mismos lugares en los que este prevaleció.
     La República fue recibida en 1931 por muchos españoles como el cauce político que se estaba necesitando para dar un impulso definitivo a la modernización de nuestro país. Nuestros mejores intelectuales, y a la cabeza de todos ellos José Ortega y Gasset, la recibieron pletóricos de esperanza. Pero desde el principio muchos de los que ayudaron a traer aquella República empezaron, paradójicamente, a conspirar contra ella. El partido más importante de la izquierda de entonces, el PSOE, especialmente después de perder las elecciones en 1933 y tras apartar de la presidencia de UGT al moderado y destacado intelectual Julián Besteiro, asumió plenamente las ideas revolucionarias que habían triunfado en Rusia y, bajo la presidencia de Largo Caballero, el llamado Lenin español, pasó a considerar a la República como una democracia burguesa que era necesario sustituir por la dictadura del proletariado. Desde ese epicentro, compartido con el que emanaba desde un anarquismo que siempre se mantuvo en los aledaños del terrorismo, y el del disgregador separatismo, así como el freno que a toda posible evolución oponían las élites dominantes, se generó una inestabilidad política y social cada vez mayor que desembocó en la Guerra Civil y en la Dictadura, y de nuevo el avance de España hacia la modernidad fue dramáticamente obstaculizado.
     Y hemos llegado, en fin, al momento presente. Cuando hace unos años parecía que habíamos superado nuestras crispaciones y proverbiales enfrentamientos, estando plenamente incrustados en esa zona del mundo privilegiada que es Europa y con unas instituciones que a priori tenían que haber servido perfectamente para la tarea, debería haber resultado fácil discurrir hacia la conformación del estado moderno que caracteriza a los países del norte de Europa. Sin embargo, los movimientos reaccionarios frente a esa posibilidad han surgido por doquier y los españoles no acabamos de despejar el camino hacia el progreso. Nacionalistas, poderosos grupos de inspiración totalitaria, unos partidos mayoritarios y unas instituciones que han dilapidado todo el capital de credibilidad con el que una vez contaron, así como una organización territorial disparatada y despilfarradora se han convertido de nuevo en las trabas que recurrentemente hemos ido poniéndonos los españoles cuando lo que tocaba era avanzar.  El deseo de regresar, de desandar lo andado, de impedir el progreso hacia el estado moderno resulta ser, una vez más, especialmente poderoso en nuestro país. La añoranza del ápeiron parece que puede con nosotros.

domingo, 17 de mayo de 2015

La necesidad del mal

     La vida es el escenario en el que tiene lugar el mayor drama imaginable, el de la lucha del bien contra el mal. Aún más: a la hora de ir construyendo el relato de nuestra vida, todo lo que en ella vaya aconteciendo tenderá a encontrar alojamiento en una de esas dos categorías morales: bueno o malo. Hemos venido, pues, a la vida con la clara y determinante misión de llevar a cabo en ella un combate moral, de convertir las parcelas de azar que nos son entregadas en ámbitos de sentido en los que el bien acabe prevaleciendo sobre el mal.

Ilustración: Samuel Martínez Ortiz
     El mal, para empezar, es algo que nos habita, y aún más, que nos constituye. Incluso que precede al bien. En consecuencia, decía Cioran: “El mal es abandono; el bien, un cálculo inspirado”. Y daba así sentido a esta enigmática pregunta que se hacía: “¿No es la luz una alucinación de la noche?”. Indagando a partir de ahí en las profundidades del alma de las que brota la conciencia del Pecado Original, el mismo Cioran vislumbraba el precedente del mal en un remordimiento previo: “El remordimiento metafísico –decía– es una turbación sin causa, una inquietud ética en el límite de la vida. No tienes culpa alguna de la que arrepentirte y sin embargo sientes remordimientos. No te acuerdas de nada, pero te invade un sentimiento infinitamente doloroso del pasado. No has hecho nada malo, pero te sientes responsable de los males del universo”. Y de ahí, de esa predisposición que nos hace sentir un remordimiento previo a cualquier causa que pudiera dar razón de él brotaría la conciencia del mal, que nos serviría como medio de aterrizaje y explicación de aquel difuso sentimiento previo: “Esa necesidad de remordimientos que precede al Mal, mejor dicho, que lo crea...”; y que nos llevaría a convertir nuestra vida en un medio de combate contra ese mal que nos habita y del que nos sentimos responsables: “En el fondo –concluye Cioran–, ¿qué hace cada hombre? Se expía a sí mismo”. Vivimos para expiar nuestro Pecado Original.
     La enfermedad mental se apodera de nosotros cuando, en vez de combatirlo, tratamos de aislar el mal que nos constituye encerrándolo en una zona secreta, sombría, del alma, desde donde, fraudulentamente entendido como algo ajeno y sobre lo que no tenemos responsabilidad, invade de forma recurrente la parte de nosotros que admitimos como propia, la que representa al bien, y a la que tratamos de aferrarnos de modo excluyente. Para Nietzsche, toda enfermedad constituye una manifestación de la maldad: “ ‘Mira, yo soy enfermedad’ –así habla la acción malvada; ésa es su sinceridad”. Interpretemos que vendría a ser una maldad que, aun siéndonos inherente, no hemos sabido hacer otra cosa con ella que tratar de arrinconarla, excluirla de la imagen de nosotros mismos que somos capaces de sobrellevar, y no, después de reconocerla como parte de nosotros mismos, combatirla, expiarla hasta donde podamos. Quien –quizá porque ya se da por vencido– no tiene ningún remordimiento, ningún mal del que sentirse responsable, ningún motivo por el que combatir consigo mismo (para empezar), o lo que es igual, mantiene ocultos incluso para sí tales motivos, acaba enfermando mental o físicamente. La vida se mantiene como lucha y mientras sigue activa nuestra disposición para el combate; por tanto, mientras tengamos algún mal al que enfrentarnos.
     En un manual de “Enfermedades psicosomáticas” leo el que puede ser un ejemplo ilustrativo de todo esto que vamos diciendo; se trata del que aporta un doctor en medicina que relata por carta a un colega el desarrollo de un impactante caso del que había sido protagonista y testigo, y en donde dice: “Hace ocho o diez meses recibí en mi consulta al señor Charles-Henri Z., de treinta y ocho años de edad. Sufría de una úlcera gástrica que tratamos de hacer desaparecer y de calmar con el tratamiento usual: cicatrizantes, antiácidos, protectores de mucosa, etc. En vano. La sensación de quemazón en el estómago persistía. Tuvimos que resignarnos a operar. La intervención se llevó a cabo con entera satisfacción. Mi paciente se fue a hacer una cura de reposo. En pocas palabas, todo iba bien. Al menos, yo así lo creía. Al finalizar el período de convalecencia, tuve la dolorosa sorpresa de comprobar que mi paciente se había suicidado”.
     Las úlceras gástricas suelen tener un origen psíquico: una de las formas de reaccionar del organismo ante la presencia de una amenaza es la secreción de jugos gástricos por encima de lo normal, con el objeto de acelerar el proceso digestivo y la descarga subsiguiente de los contenidos del estómago que lleven a término cuanto antes a la digestión, para así poder concentrar las energías del organismo en la respuesta a la amenaza. Si esta resulta ser permanente, la hipersecreción de jugos gástricos también se hará crónica, lo cual acabará dañando las paredes del estómago y produciendo la úlcera. Las amenazas más significativas que sufrimos los seres humanos ya no son las inmediatamente externas, por ejemplo, la procedente de un depredador que esté en las proximidades, sino que, en última instancia, emanan del mal que nos habita: nuestras insuficiencias, defectos, sentimientos de inferioridad, de insignificancia, nuestras perversiones, todo aquello que nos impide desde dentro de nosotros mismos estar a la altura en la que quisiéramos estar. La manera más dinamizadora de confrontarnos con ese mal que nos habita es luchando contra él y sobreponiéndonos a su influencia; pero hay otra manera autodestructiva de tratar con ese mal, y consiste en negarlo, ocultarlo (ocultárnoslo), hacer como si no existiera esa parte repudiable de lo que somos y, enfundándonos en una máscara que nos aboca a la inautenticidad, tratar de sostenernos solo sobre lo que nos resulta aceptable de nosotros mismos. Dejamos, pues, de combatir contra esa parte sombría de nosotros, y simplemente tratamos de hacer como si no existiese.
     En el caso relatado de este paciente que acabó suicidándose, el mal interior estaba inextricablemente unido a un mal (aceptemos considerarlo así) externo que servía de expresión objetiva para aquel. Para entender de qué se trataba, recuperemos el relato del médico en el punto en el que lo habíamos dejado: “Con el pretexto de una vaga formalidad administrativa, visité a la familia del suicida. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir en ella la presencia de un (hijo) mongólico escondido por aquella gente desde hacía doce años, incluso a los vecinos”. La visión de aquel niño escondido resultó espantosa, estaba “reducido al estado de una verdadera bestia”. Ni siquiera caminaba y permanecía como una momia en un rincón de su habitación. A la vista de aquello, los enigmas relativos a la enfermedad del paciente y su posterior suicidio se aclaraban: aquel hombre nunca pudo asumir la circunstancia de tener un hijo anormal. En vez de reaccionar al hecho consumado, de enfrentarse a esa situación, escogió vivir bajo la impresión de que aquel mal solo podía ser eludido, ocultado, hacer como si no existiese. Pero la amenaza de ese mal no desapareció, simplemente pasó a estar soterrado y, desde allí, se hizo permanente. Este padre pretendía hacer como si su vida no tuviera que ver con aquello, intentaba hacer como si tal acontecimiento no hubiese generado en él ninguna responsabilidad; sin embargo, su organismo seguía reaccionando con las pautas de respuesta propias de una situación de amenaza, y provocando finalmente una úlcera gástrica. “Toda experiencia profunda se formula en términos de fisiología”, decía Cioran. La operación exitosa de la úlcera dejó a aquel padre sin la posibilidad de sentir las claves orgánicas, fisiológicas propias de la respuesta a la amenaza. Y así, sintiendo que no podía responder de ninguna manera a esta, a la desasosegante presencia de su hijo mongólico y en estado cuasi animal, su integridad personal quedó deshecha, lo que le abocó al suicidio. Ortega dice que “cuando alguien es una pura herida, curarlo es matarlo”. La úlcera había servido como respuesta –primaria, pre-verbal– a la situación que vivía aquel hombre; sin úlcera, se quedó sin respuesta de ningún tipo, y por tanto expuesto a la amenaza, amenaza a su integridad, a su plan de vida previo a la aparición del hijo deforme, a su autoimagen de persona normal y capaz de tener hijos normales… La falta de respuesta produce indefensión. La depresión es consecuencia de la indefensión aprendida. El suicidio es una de las consecuencias a las que puede llevar la depresión.
     Buscaremos de nuevo en este punto apoyarnos en una cita de Cioran: “Todo problema profana un misterio; a su vez el problema es profanado por su solución”. También aquí estaríamos en condiciones de comprender esta otra enigmática sentencia suya: “El hombre tiene más posibilidades de salvarse a través del infierno que del paraíso”. Lo que nos salva, lo que nos redime no es la (ilusoria) ausencia del mal, sino su presencia: es esta la que, empujándonos al combate permanente contra él, nos mantiene vivos. Por ello decía Nietzsche: “El mal sumo forma parte de la bondad suma”. Y también: “El hombre necesita para sus mejores cosas de lo peor que hay en él”. Si actuamos como si el mal no estuviese dentro de nosotros, como si ya hubiéramos alcanzado cotas de desarrollo personal en el que aquel ya no tuviera lugar y pudiéramos, por fin, sentirnos plenamente realizados, lo único que habremos conseguido es regresar a formas de confrontación con el mal propias de las etapas preverbales, en que era el organismo el encargado de reaccionar ante las amenazas a nuestra integridad. Y si realmente hubiéramos alcanzado el estado de apaciguamiento pleno, de distanciamiento suficiente del mal como para que este nos resultara ajeno, en suma, si nos hubiéramos instalado en el estado de indiferencia moral, lo que habríamos hecho es preparar el camino de la depresión, del desistimiento de la vida, puesto que esta se mantiene esencialmente como combate moral. De nuevo, podemos optar por decirlo a la manera de Cioran: “La ansiedad, lejos de proceder de un desequilibrio nervioso, se apoya en la constitución misma de este mundo, y no vemos por qué no estaríamos ansiosos en cada instante, dado que el tiempo mismo no es más que ansiedad en plena expansión, una ansiedad de la que no distinguimos el comienzo ni el final, una ansiedad eternamente conquistadora”. Y como mensaje implícitamente dirigido a aquel desventurado padre que encontró la fatalidad en la resolución médica de su úlcera, valdrían estas otras palabras del mismo Cioran: “En cuanto logramos desembarazarnos de un defecto, otro se apresura a reemplazarlo. Ese es el precio que debemos pagar por nuestro equilibrio”.
      El insigne psiquiatra que entre nosotros fue Carlos Castilla del Pino sabía que el momento de la “curación” (pongámoslo entre comillas, porque resulta válido dudar de que esta realmente exista) es un punto de inflexión crítico en la vida de quien sufre un problema mental. Aludiendo a quien sufría aquel que entre ellos da lugar al delirio, concluía: “Al abandonar el delirio, el sujeto, que se sabía quién era cuando deliraba, no sabe ahora quién es, o literalmente aún no es nadie, y la depresión aparece indefectiblemente”. El delirio permitía, aunque fuera de forma enmascarada tras una ficción, llevar adelante la lucha contra el mal que está en la base de la vida. Suprimir el delirio, de forma semejante a lo que supuso la supresión de su úlcera en el sujeto del que hemos venido hablando (es decir la supresión de respuesta ante la situación amenazante), significa suprimir la fuerza que empuja a vivir, es decir, a combatir contra todo lo que en nosotros haya de malo o, si buscamos formas menos ampulosas de decirlo, todo lo que haya de defectuoso o insuficiente. Lo cual nos permite desembocar, a modo de conclusión, en estas otras palabras de Carl Gustav Jung que redondean nuestra idea: “Los problemas graves de la vida jamás se resuelven del todo. Si alguna vez puede parecer que es así es indicio seguro de que se ha perdido algo. El sentido y el propósito del problema parece que estriban no tanto en su solución como en nuestro laborar incesante con él. Sólo esto evita que nos embrutezcamos y petrifiquemos”.

lunes, 4 de mayo de 2015

Por qué los cuentos y las películas deberían tener un final feliz

     El primer invento propiamente humano, lo que definitivamente nos separó del resto de los animales fue la fantasía. Resultó que la realidad empezaba a resultarle insuficiente a nuestro primer ancestro, le comprimía, le parecía algo así como una prisión de la que necesitaba escapar; pero su cuerpo y las necesidades que este buscaba imperiosamente satisfacer le ataban a esa realidad, así que para dar cauce a esta otra necesidad emergente tuvo que trascender aquella realidad tangible que le encorsetaba. Lo hizo, efectivamente, a través de la fantasía. Llegado un momento, esta, la fantasía, que brotaba directamente de lo íntimo, encontró maneras de acoplarse con la realidad, se convirtió, en fin, en imaginación. A este respecto decía Ortega y Gasset que “la imaginación es el poder liberador que el hombre tiene”.
     La fantasía es, para empezar, un mecanismo de defensa. Todos los mecanismos psíquicos de defensa están diseñados para ser un modo de eludir o superar una realidad amenazante, la primera de todas ellas, desde un punto de vista evolutivo, la que procede de la presencia de un depredador. Las diferentes especies de animales fueron generando respuestas que de una u otra manera sirviesen para confrontarse con aquella amenaza: algunas ranas, aves y serpientes optan por hacerse las muertas, a la vez que relajan sus esfínteres y expulsan contenidos fecales, con lo que, previsiblemente, el depredador desistirá de ingerir una carne que aparenta estar putrefacta. Hay animales que utilizan el mecanismo de defensa de la disociación, de modo que se hacen pasar por otros: los sapos o determinadas especies de peces se hinchan, multiplicando artificialmente de esa manera el volumen real de su cuerpo, con lo que aparentan ser no tan inofensivos como en realidad son. Las abejas, por su parte, se sincronizan para zumbar al mismo tiempo, de manera que la impresión que produce un ejército tan numeroso emitiendo ese ruido ahuyentará también previsiblemente a los depredadores. La protección (relativa) que supone refugiarse en el número también la utilizan las tortugas cuando cientos de ellas, recién nacidas, emergen de la arena al mismo tiempo para maximizar sus probabilidades de llegar al mar sin ser devoradas por los depredadores al acecho. Todos estos mecanismos de defensa, la impasibilidad, la disociación, el refugio en la masa… son también utilizados por el hombre. Pero si la amenaza pasa de ser coyuntural a permanente, esos mecanismos de defensa, prolongados más tiempo del debido, se convierten ellos mismos en una amenaza para la supervivencia.
 

 Ilustración: Samuel Martínez Ortiz
     En el caso del hombre, a estas alturas de la evolución, ya no solo estamos hablando de la supervivencia física, sino de la metafísica, la que se refiere a la necesidad de ser alguien significativo, de tener una identidad consistente, capaz de sobreponerse a unas circunstancias que, de otra manera que cuando quien amenazaba era el depredador, siguen suponiendo un peligro, si no de estricta desaparición, sí de irrelevancia o anulación. Y como decía Carl Gustav Jung, “el hombre no puede soportar una vida insignificante”. De esta manera, la impasibilidad, la indiferencia (hacerse el muerto), cuando nos sentimos atacados por alguna circunstancia especialmente hiriente, pueden dejar de ser útiles a partir de cierto momento, esto es, cuando se pasa de decir “esto no me importa” a concluir que “nada me importa”, y esta fórmula se convierte en expresión de una actitud vital general. Asimismo, la disociación, sacar fuerzas de flaqueza, aparentar ser quien no se es, puede distorsionar la percepción de la propia identidad si acaba perdiéndose el contacto entre ambas posibilidades de ser: quien efectivamente se es y quien se quisiera ser. Y el refugio en la masa, que en principio puede suponer un complemento social a nuestra escasa identidad individual, cuando se generaliza y se hace omnipresente, lleva inevitablemente a la anulación de sí mismo como individuo.
     Pero, como decíamos, el mecanismo de defensa más específicamente humano es la fantasía y, aún más, la imaginación: fantaseamos para escapar de una realidad hostil; y un paso más allá, imaginamos para buscar alternativas a esa realidad. La fantasía, dejada a su propia inercia, degenera en pensamiento utópico, en salidas falsas a las situaciones problemáticas. La función de la imaginación es conducirnos, sin salir de la realidad, hacia ámbitos en los que habrían de quedar superados nuestros problemas, las eventuales amenazas a nuestra integridad, a nuestra identidad. La vía por la que discurre la imaginación, y que virtualmente une la realidad con lo deseado, es la esperanza. Cuando uno está prisionero de una realidad frustrante o amenazadora, cuando no encuentra otra alternativa que la de adaptarse a esa realidad, es que ha desistido de lo que da la imaginación, un camino hacia lo deseado; en suma, se ha desesperado. “Bajo la objetividad (…) alguna esperanza ha quedado aprisionada”, decía María Zambrano.
     Cuando nos enfrentamos a una situación amenazante, el primero en reaccionar es el cuerpo, a través de lo que podríamos llamar el “lenguaje” de los órganos. El organismo se moviliza, se prepara para responder; por ejemplo, coge aire y lo retiene en actitud inspiratoria para hacer uso de él produciendo energía extra en cuanto se ponga en marcha la respuesta. Pero si la situación equivale a la de una amenaza de la que no es posible escapar, la respuesta para la que se había preparado el organismo no acaba de realizarse, es decir, la actitud inspiratoria se cronifica. Y esa falta de respuesta, esa cronificación de la fase preparatoria puede entonces degenerar, entre otras cosas, como asma. Henry Maudsley (1835-1918), psiquiatra británico famoso por sus investigaciones sobre el autismo, decía: “Si la emoción no se libera afectará a los órganos y perturbará su funcionamiento. La pena que puede expresarse con gemidos o con llanto se olvida con rapidez, mientras que la pena enmudecida, que roe sin cesar el corazón, acaba por desgarrarlo”. Es característica de los asmáticos, precisamente, la dificultad que tienen para exteriorizar su sufrimiento y para llorar. Tanto esa exteriorización como este llanto vienen a suponer, si no aquella respuesta cabal para la que el organismo se había preparado, sí una manera de descargar la tensión que se había acumulado: son formas de espirar, de soltar el aire retenido. Por eso, las crisis asmáticas ceden desde el momento en que el niño se permite romper a llorar.
     De forma complementaria, podemos entender que el asma significa un grito retenido, una llamada de socorro interrumpida… incluso una necesidad de expresar algo para lo que no se tienen recursos expresivos suficientes. Y es aquí donde podemos añadir a nuestro hilo argumental una nueva remesa de silogismos. Ahora debemos de traer de nuevo a colación a la imaginación, que es la función expresiva encargada de tomar el relevo al lenguaje o protolenguaje de los órganos. Destaquemos, para empezar, el hecho de que la materia prima con la que trabaja la imaginación son los símbolos. A este respecto, escribían Sigmund Freud y Joseph Breuer en sus “Estudios sobre la histeria”: “Hemos hallado, en efecto, y para sorpresa nuestra al principio, que los distintos síntomas histéricos (es decir, síntomas en los que el problema psíquico se expresa en forma de manifestaciones somáticas o corporales) desaparecían inmediata y definitivamente en cuanto se conseguía despertar con toda claridad el recuerdo (el aporte que hace la imaginación) del proceso provocador (la situación traumática original), y con él el afecto concomitante, y describía el paciente con el mayor detalle posible dicho proceso, dando expresión verbal (simbólica) al afecto (…) El proceso psíquico primitivo ha de ser repetido lo más vivamente posible, retrotraído al status nascendi, y ‘expresado’ después. En esta reproducción del proceso primitivo (aparecen) convulsiones, neuralgias, alucinaciones, etc. Nuevamente con toda intensidad, para luego desaparecer de un modo definitivo. Las parálisis y anestesias desparecen también”. Es decir, Freud se planteaba hacer regresar al paciente a la posición que adoptó ante la situación traumática original, con lo cual, para empezar, se había de recuperar con toda viveza la disposición que el organismo preparó para responder a la situación entonces creada. Aquella disposición quedó interrumpida en ese momento inicial, pues no se llegó entonces a la respuesta cabal, al momento de la descarga de aquella actitud preliminar, preparatoria. Una vez recuperado el recuerdo de aquella situación crítica, con toda su fuerza emocional concomitante, de lo que se trataba era de llegar a descargar la respuesta que entonces quedó interrumpida. Y Freud comprobó que no necesariamente esa respuesta había que darla en el mismo plano orgánico en el que se fraguó o quedó predispuesta en primera instancia, sino que era posible la descarga en el nivel del lenguaje simbólico, para empezar, y sobre todo, en el lenguaje hablado, el lenguaje de los conceptos. “La reacción del sujeto al trauma –dicen así Freud y Breuer– solo alcanza un efecto ‘catártico’ cuando es adecuado; por ejemplo, la venganza. Pero el hombre encuentra en la palabra un subrogado del hecho, con cuyo auxilio puede el afecto ser también casi igualmente descargado por reacción (Abreagiert). En otros casos es la palabra misma el reflejo adecuado a título de lamentación o de alivio del peso de un secreto (la confesión). Cuando no llega a producirse tal reacción por medio de actos o palabras, y en los casos más leves, por medio de llanto, el recuerdo del suceso conserva al principio la acentuación afectiva”. De esta manera, Freud fue fijando los principios de su método psicoterapéutico y encontrando la razón de por qué actuaba curativamente: “Anula la eficacia de la representación no descargada por reacción en un principio, dando salida por medio de la expresión verbal, al afecto concomitante, que había quedado estancado, y llevándolo a la corrección asociativa por medio de su atracción a la conciencia normal”. La respuesta, en suma, que el organismo previó para ser emitida ante la situación de peligro o amenaza, y que quedó registrada y bloqueada en diferentes actitudes corporales preparatorias (la “coraza muscular” de Wilhelm Reich), puede encontrar entonces una manera de ser descargada y finalmente concluida en forma de expresión verbal. Con ello se quiere decir que la tensión corporal preparatoria de la respuesta puede también disolverse a través de esa expresión verbal.
     El caso es que, descontando la directa descarga motora, no solo la expresión verbal sirve como cauce para la respuesta del organismo, en forma sublimada, a la situación traumática original en la que quedó atascado el ayer sujeto amenazado y hoy víctima de sus síntomas neuróticos o psicóticos (o dicho de otra forma: víctima de la insignificancia, de la irrelevancia existencial). Hay otras formas de lenguaje simbólico a través de las cuales esa respuesta puede buscar satisfacción, puede buscar descargarse. Adentrémonos en ellas.
     En 1979, la crítica literaria francesa consideró que el mejor libro del año había sido la autobiografía que escribió Fritz Zorn, un suizo de treinta y dos años, y que empieza así: “Soy joven, rico y culto. Y soy desgraciado, neurótico y estoy solo (…) Recibí una educación burguesa y he sido sensato toda mi vida. Hay en mi familia taras hereditarias, por lo que llevo sobre mí una pesada carga y me siento abrumado por mi entorno. Y, claro, también tengo cáncer, lo que cae por su propio peso si tenemos en cuenta lo que acabo de decir”. El joven Fritz Zorn murió al día siguiente de entregar sus memorias al editor. Lo que afirmaba estaba en sintonía con una línea de investigación cada vez más mayoritaria en medicina: la que considera que en el cáncer están involucrados, además de otros posibles factores fisiológicos o ambientales, los que tienen un origen psíquico. Cuando en 1948 Wilhelm Reich publicó su “Biopatía del cáncer” sosteniendo estas mismas tesis, generó un escándalo que el tiempo se ha ido encargando de diluir. “Creo –decía, convencido de la intervención de estos factores psíquicos, Fritz Zorn– que el cáncer es una enfermedad del alma que hace que un hombre que devora toda su pena sea a su vez devorado al cabo de algún tiempo por esa misma pena que está en él”. Una infancia neurotizada, una juventud dominada por la soledad, la tristeza y el pesimismo, una existencia hecha de lágrimas contenidas que no llegaban a fluir, un sufrimiento moral ahogado a lo largo de los años, frustraciones afectivas, incapacidad de expresar cólera o agresividad, hiperadaptación, vida sexual inexistente… Zorn sabía, cuando escribió su libro, que su cáncer era la consecuencia de todos esos factores. Diversos investigadores han añadido a todos ellos un factor recurrente más: un shock emocional violento acompañado de desesperanza, que suele preceder entre seis meses y seis años a la aparición del tumor.
     Carl Simonton (1942-2009), radiólogo americano, fue considerado el más importante profesional en el área de tratamiento de causas psicológicas del cáncer (http://bugui.blogia.com/2008/061304-enfoque-simonton-contra-el-cancer..php ). Trabajó en los hospitales y escuelas de medicina más importante de los EE. UU. y de varios países más, ayudando a crear el mismo tipo de programas de tratamiento del enfermo canceroso que utilizaba en su clínica de Texas. Él mismo  tuvo su propia experiencia con el cáncer a los 16 y 33 años, respectivamente, con procesos neoplásicos en piel y nariz. Una vez que se dedicó de lleno al estudio y tratamiento del cáncer, rápidamente llegó a esta conclusión: "Mis pacientes tienen desesperanza", y señaló a esta cuestión como la más crucial a la hora de determinar las causas de la enfermedad. Así resolvió investigar y aplicar un método sencillo, poco ortodoxo y que, en todo caso, tenía escaso predicamento en el establishment científico hasta ese momento: el que residía en el poder de la imaginación y que consistía en ejercicios de visualización. Siguiendo ese método, el paciente imagina, por ejemplo, que sus glóbulos blancos son un ejército de caballeros en encarnizada guerra contra las células cancerosas, sus enemigas. Si sigue un tratamiento de quimioterapia, visualiza los medicamentos como tiburones que penetran en los más recónditos pliegues de su cuerpo, limpiándolo todo a su paso y devorando los tumores a dentellada limpia. "Cuando cambiamos nuestras creencias conscientes y actitudes, cambia la química básica en nuestros órganos", decía Simonton, que consideraba que cuando se abre un cauce para el sentimiento de esperanza, el organismo lo convierte en procesos biológicos que restauran las defensas naturales y frenan la producción de células malignas. “La mente se refleja en el cuerpo”, decía, repitiendo una idea que ya antes había sostenido Ortega y Gasset: “El alma esculpe el cuerpo”.

     Carl Simonton utilizó por primera vez su método en 1971 con un paciente cuyo cáncer, en fase terminal, se consideraba incurable (cito de Jacques Thomas: “Enfermedades psicosomáticas”, Salvat, 1990). El enfermo repetía tres veces diarias los ejercicios de visualización de cáncer. El tratamiento demostraba ser más y más eficaz cada día. “Los resultados han sido espectaculares –confirmó finalmente Simonton–: el paciente agonizante ha vencido la enfermedad”. El método no es que obrara milagros, pero se demostraba como una eficaz y poderosa ayuda complementaria de los tratamientos de quimioterapia y radiación. La psicóloga Nicole Alby sostenía que, en el cáncer, “el éxito terapéutico, cada vez más frecuente, depende de hecho, en buena medida, de factores psicológicos”. Según Simonton, la Sociedad Americana de Cáncer de Estados Unidos encomendó a un especialista que demostrara "la falsedad" de sus investigaciones. Pero lo que acabó haciendo fue certificar el trabajo realizado.
     La doctora  Jeanne Achterberg, partidaria del método de Simonton, definió el de las visualizaciones  como "el modo más antiguo utilizado en la historia de la medicina, tal como lo demuestran los templos curativos de la Grecia antigua y, en la actualidad, los laboratorios de biofeedback" (efectivamente, el biofeedback es un método de visualización en el cual el paciente, colocado frente a una máquina que registra diferentes medidas fisiológicas de su organismo como la tensión arterial, las pulsaciones…, es capaz de cambiar tales registros solo con la fuerza de su mente). Otro resultado a añadir a la eficacia de la intervención de la imaginación en los procesos curativos lo constituye, evidentemente, el efecto placebo.
     Ya Einstein dejó dicho que  “la imaginación es más fuerte que el conocimiento”. Y Carl Gustav Jung hizo uso de manera profusa del método de visualización creativa en sus terapias. Pero el caso es que el uso de la imaginación para conducir nuestras inquietudes y sentimientos de angustia hacia fórmulas de resolución es algo cotidiano que de una u otra forma ha sido siempre usado por el hombre. En tiempos prehistóricos, reunido alrededor del hogar, hacía uso de este recurso cuando se dedicaba a contar mitos, cuentos y leyendas que permitían dramatizar sus miedos, sus desasosiegos o sus deseos insatisfechos para conducirlos, a través de la narración, hacia finales felices o resolutivos. La literatura o el cine no cumplen otra función. En este sentido, es conocido el caso del periodista científico y colaborador de las más importantes revistas médicas americanas Norman Cousins (1915-1990), autor del libro Anatomía de una enfermedad, en donde narra cómo se curó de una enfermedad tan grave como la espondilartritis anquilosante tras ser desahuciado por los médicos, a pesar del arsenal de medicamentos que usaron con él. Cousins acababa de llegar de Rusia, donde había tenido una estancia muy estresante y pletórica de fracasos, y fue entonces cuando se le manifestó la enfermedad. Entonces puso en práctica un método de curación que le haría famoso: se curó gracias a la risa, encerrándose en una habitación con vídeos de Buster Keaton, Charles Chaplin, el gordo y el flaco y otras películas graciosas del mismo estilo. Su médico, el doctor William Hitzig, le hizo pruebas para comparar la velocidad de sedimentación de su sangre antes y después de una sesión de risa, y comprobó estupefacto que aquella se reducía, lo cual era una estupenda señal, porque la velocidad de sedimentación es reflejo de la magnitud de una inflamación o infección existente en el cuerpo. Además, a lo largo del proceso curativo quedó demostrado que ese descenso no era momentáneo sino acumulativo. A raíz de esto, Cousins fue llamado para colaborar en la red de hospitales de California. En otra de sus obras, Principios de autocuración, expuso cómo estos mismos presupuestos terapéuticos que de una u otra manera implican la intervención de la imaginación podían ser aplicados al tratamiento del cáncer.

     La defensa que la imaginación supone frente a nuestros desasosiegos y frustraciones es algo perceptible ya desde nuestra más tierna infancia. Cuando toca la hora de irse a dormir, en el niño pequeño asoma una inquietud heredera del miedo atávico a la oscuridad, de donde manan todas las amenazas y angustias que desde siempre nos acompañan, normalmente amortiguadas por las compensaciones que frente a ellas elaboramos en el tiempo de vigilia. Por eso, solemos recurrir a un método con el que ayudamos a nuestros niños a dramatizar sus miedos y a conducirlos hacia una imaginaria resolución, y cuya eficacia está avalada por el uso que de él se ha hecho durante milenios: les contamos un cuento. Gracias a la visualización imaginaria que permite la narración, el niño hace discurrir unos miedos paralelos a los que sufriría Caperucita Roja  frente al lobo hacia la solución que supone que ella triunfe y el lobo salga derrotado. Desde luego, si el cuento acabara mal, al apagar la luz, la habitación se parecería a la inquietante boca de un lobo que habría quedado al acecho.