domingo, 26 de diciembre de 2021

LA VIDA CONSISTE EN LA LUCHA POR SUPERAR NUESTRA INSIGNIFICANCIA DE PARTIDA

 


  “¿Sois feos? ¡Bien, hermanos míos! ¡Envolveos en lo sublime, que es el manto de lo feo!” (Friedrich Nietzsche[1]).

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      «Mi camino de terrores me ha llevado al más feliz logro» (Goethe en el “Fausto”[2]).

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      “Todos estamos anhelando alcanzar un objetivo en el futuro mediante cuyos logros nos sentiremos fuertes, superiores y completos (…) Como quiera que se la llame, siempre encontraremos en los seres humanos esta gran línea de actividad: la lucha por ascender de una posición inferior a una posición superior, de la derrota a la victoria, del abajo al arriba. Comienza en nuestra primera niñez; continúa hasta el final de nuestra vida” (Alfred Adler[3]).

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     “Algunos grupos de escritores europeos (los existencialistas) (…) pretenden hoy retrotraer al hombre a la nada y dejarlo en ella instalado (…) No es la manera de combatir y superar ese nihilismo (…), apartar utópica e ingenuamente la mirada de las limitaciones y negatividades humanas. A mi juicio, hay que proceder inversamente: (…) en vez de ocultar las negatividades actuales y sobre todo las que son de todos los tiempos por ser constitutivas del hombre —lo cual sería aceptar el método del avestruz—, pienso que debemos ponerlas de manifiesto, acusarlas, definirlas enérgicamente, porque si hacemos esto veremos que al hacerlo las negatividades se nos convierten en positividades. Esto es lo que ha hecho siempre el hombre (…) Y aquí tienen ustedes la gran tarea goethiana en que, a mi juicio, comienza a entrar Europa: la construcción de una civilización que parta expresa y formalmente de las negatividades humanas, de sus inexorables limitaciones y en ellas se apoye para existir con plenitud” (Ortega y Gasset[4]).



[1] Friedrich Nietzsche: “Así habló Zaratustra”, Madrid, Alianza, 1981, pág. 80.

[2] Citado por Ortega y Gasset en “Sobre un Goethe bicentenario”, O. C. Tº 9, p. 566.

 

[3] Alfred Adler: “El sentido de la vida”, Madrid, Espasa Calpe, 1975, p.160.

[4] Ortega y Gasset en “Sobre un Goethe bicentenario”, O. C. Tº 9, pp. 566 a 568.


sábado, 25 de diciembre de 2021

¿Quién soy yo? ¿Qué será de mí? Las respuestas que da la filosofía


 

     La vida es algo fluido, cambiante, nada en ella es definitivo. Y sin embargo, nos es imprescindible tener una identidad, sentir que mañana seguirá habiendo alguien al que poder llamar yo. Por no tener una identidad clara, por no saber con suficiencia quién es, el hombre actual vive en persistente desasosiego. Dice Ortega: “El repertorio con que hoy cuenta el hombre para vivir (…) es incomparablemente superior al que nunca ha gozado (…) y, sin embargo, la desazón es enorme, y es que el hombre actual no sabe qué ser, le falta imaginación para inventar el argumento de su propia vida”.

martes, 21 de diciembre de 2021

LA VIDA HUMANA SE SOSTIENE SOBRE LA ESPERANZA… DE LO QUE PUEDE QUE NUNCA LLEGUE

 

Tommy Ingberg (de la serie “Solitario”)

 El hombre es creador porque inventa lo que no existe en la realidad, lo que en ella echa en falta. A veces anticipa con sus creaciones imaginarias lo que acabará existiendo. Pero lo decisivo para que la vida pueda fluir es echarlas de menos, desearlas, imaginarlas, no que existan.

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 “Quien espera siempre lo mejor, envejece pronto con las decepciones de la vida; y quien siempre teme lo peor, se gasta en seguida; pero el que tiene fe, ése conserva una eterna juventud” (Sören Kierkegaard[1]).

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     “Porque ya estamos salvados, aunque sólo en esperanza; y es claro que la esperanza que se ve no es propiamente esperanza, pues ¿quién espera lo que tiene ante los ojos?” (San Pablo[2]).

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     “Creer en que (Dios) existe es confiar en Él y tener en Él esperanza; es la diferencia que ya troquelaba San Agustín cuando distinguía entre creer que hay Dios y creer a Dios. Y es muy posible que la única manera que tiene el hombre para poder creer de verdad en que Dios existe es, antes de creer esto, creerle a Él, confiar en Él, aun todavía para uno inexistente. Esta extraña combinación es la auténtica fe” (Ortega y Gasset[3]).

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      “La fe es la actitud que corresponde al futuro; es el modo de tratar con él; de abrirle paso. Las raíces habrían de tenerla de la flor, si la planta realizara su esfuerzo conscientemente” (María Zambrano[4]).

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“Todas las creencias y también las ideas, que se refieren al orden del mundo, la figura de la realidad, están sostenidas por la esperanza” (María Zambrano[5]).



[1] Sören Kierkegaard: “Temor y temblor. Diario de un seductor”, Madrid, Guadarrama, 1976, pp. 26-27.

[2] San Pablo: Carta a los Romanos, cap. 6, vers. 24.

[3] Ortega y Gasset: “Una interpretación de la historia universal”, O. C. Tº 9, p. 104.

[4] María Zambrano: “Persona y democracia”, Madrid, Siruela, 1996, p. 160.

[5] María Zambrano: “Hacia un saber sobre el alma”, Madrid, Alianza, 1987, p. 95.

¿Cómo se accede a la verdad? Conjugando paradojas


 Conjugar paradojas equivale a saber navegar en un mar de dudas… y a pesar de todo saber lo que en cada momento procede elegir

viernes, 17 de diciembre de 2021

LAS RAÍCES METAFÍSICAS DEL SENTIMIENTO DE CULPA

 


   Ortega recomendaba: “En vez de derramar llanto sobre nuestras limitaciones, debemos utilizarlas como saltos de agua para nuestro beneficio”[1]. No es hablar por hablar: la vida consiste en eso, en aprovechar la energía que brota de nuestra vitalidad de una forma que, si no encontramos para ella un destino productivo, se convertirá en lo que Jung llamaba nuestra “sombra”, y nos perseguirá atormentándonos y alimentando nuestros trastornos psíquicos.

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     No es un asunto fácil de despachar este de la culpa del que trataba la publicación anterior. Se suele achacar a la educación recibida, pero se trata, sin duda, de algo más profundo. Es un asunto que tendemos a vivir de manera diferente hombres y mujeres. Tiene que ver con lo que en psicología se llama “locus de control”, el ámbito en el que se sitúa la responsabilidad por lo que pasa: los hombres tendemos a achacarla a factores externos, es decir, que sentimos que el culpable es el mundo, y, consiguientemente, nuestro empeño se dirige más a cambiar el mundo. Las mujeres tienden a responsabilizarse ellas mismas de lo que pasa, se sienten más preferentemente culpables en primera persona, y más que con el mundo entran en conflicto consigo mismas. En correspondencia, los índices de afectación por trastorno varían también: en el extremo, los hombres somos más propensos a la esquizofrenia y las mujeres a la depresión (son datos contrastados estadísticamente).

   En fin, que estamos hablando de predisposiciones innatas, que no se pueden contravenir; todo lo más, buscar cómo conducirlas. Y podemos encontrar ayuda a la hora de llevar a cabo esta tarea en cosas como esta que dice Viktor E. Frankl: “El hombre está siempre orientado y ordenado a algo que no es él mismo; ya sea un sentido que ha de cumplir ya sea otro ser humano con el que se encuentra. En una u otra forma, el hecho de ser hombre apunta siempre más allá de uno mismo, y esta trascendencia constituye la esencia de la existencia humana”[2]. O sea, que la manera de conducir esa predisposición culpabilizadora para amortiguar su mordedura es hacerla productiva: o bien a través de la entrega a otras personas o bien de la entrega a una tarea. Por eso, Frankl, en su psicoterapia, entendía que cuando las cosas llegan al extremo de sufrir una neurosis, proponía enfrentarla de esta manera: “(En la terapia de la neurosis) lo que importa es la entrega a una tarea, quiero decir, a una tarea personal y concreta que debe ir perfilándose y aclarándose en el decurso del correspondiente análisis existencial”[3]. Por ahí vendría el genuino “psicofármaco” con el que contrarrestar el metafísico sentimiento de culpa.



[1] Ortega y Gasset: “El hombre y la gente”, O. C. Tº 7, p. 231.

[3] Viktor E. Frankl: “Ante el vacío existencial. Hacia una humanización de la psicoterapia”, Barcelona, Herder, 1980, p. 53.