domingo, 30 de octubre de 2016

Todo es fuego según medidas

     Nada ha alcanzado ni alcanzará el ser, el ser definitivo. Mal avenidas consigo mismas, las cosas, todas ellas, se instalan en la duda, cuando no en la guerra, entre sus tendencias contradictorias. Insatisfechas con lo que han logrado ser, basculan hacia lo que las contradice, en interminable búsqueda de lo que aún les falta, que no consiguen integrar en una unidad, porque la ley de la contradicción se lo impide. Toda cosa, buscando la paz, querría ser ella y su contraria, pero solo puede ser una de las dos cada vez. Así que la Creación acaba por ser como una rueda (una espiral en realidad) que lleva desde una cosa hacia la otra, y vuelta a empezar. Semejante, pues, a esta otra rueda que tan bellamente describió León Felipe:
Mi amor tiene el ritornelo
del agua, que, sin cesar,
en nubes sube hasta el cielo
y en lluvia baja hasta el mar
El agua, aquel ritornelo,
de mi amor, que, sin cesar,
en sueños sube hasta el cielo
y en llanto baja hasta el mar
     Lo que parece rotundo, gravoso, consistente, acaba disolviéndose finalmente, tratando de recrearse, de empezar otra vez, por ver si el nuevo intento conduce a mejores resultados. Observando esa disolución reiterada de todo lo que había llegado a tener una forma, Anaxímenes concluyó en el siglo VI antes de Cristo que todo era aire, es decir, que detrás de su coyuntural apariencia, todo regresaba hasta esa sutileza, hasta ese estado inmediatamente anterior a la nada que era el aire. Su colega Anaximandro pensó llamar más bien “lo indefinido”, “lo informe” a esa desembocadura a la que acaba llegando todo lo que alguna vez fue. Y Heráclito, tras constatar que todo fluye, que todo cambia, dio otra nueva formulación (otra metáfora) a aquello en lo que consiste la rueda de la Creación al decir: “Este orden del mundo, el mismo para todos, no lo hizo Dios ni hombre alguno, sino que fue siempre, es y será, fuego siempre vivo, prendido según medidas y apagado según medidas”. Es el fuego, más ligero, más aéreo aún que el mismo aire, el último destino de todo lo que alguna vez tuvo forma, estuvo consolidado. Pero ese fuego no es eterno, se apaga medidamente para que las formas vuelvan a reconstruirse, para que todo intente de nuevo incorporar lo que le faltaba, su irreconciliable contrario. La transformación universal discurre a través de dos dinamismos que se suceden cíclicamente: uno que desciende hacia la contracción o condensación, y otro que asciende hacia la dilatación; uno que va dirigido hacia lo pesado, conformado, sólido, y otro que se encamina hacia lo ligero, inconsistente y fugaz. Todo ello “porque sin fuerzas de colisión no hay movimientos y no hay realidad”.
     Pero si todo se destruye, si todo lo acaba devorando el fuego, si a todo le llega la hora de la decepción, el desistimiento y la muerte,  no es por otra razón que porque el camino hasta entonces emprendido de acceso al ser ha llegado a su punto de colapso, de no dar más de sí, y es preciso renacer para volver a intentarlo de otra manera. Por eso, como dice María Zambrano, “En la promesa de ser, se esconde la atracción del no-ser”. Se muere porque lo que se era resultaba insuficiente. Pero asimismo, todo muere porque todo aspira a ser, a intentarlo de otra manera. “Vida y muerte son momentos de un eterno proceso de resurrección”, dice consecuentemente Zambrano. O como prefiere decirlo Ortega: “La vida ha triunfado sobre el planeta gracias a que en vez de atenerse a la necesidad la ha inundado, la ha anegado en exuberantes posibilidades, permitiendo que el fracaso de una sirva de puente para la victoria de otra”.
     Reflexionando sobre estas ideas, hablaba también María Zambrano de que la “la fe antigua, la primera del alma griega clarificada en la mente de Heráclito, (es) la fe de la naturaleza como ‘logos’, como ‘medida’ de algo, fuego que siendo cambio incesante es al mismo tiempo medida (...) La fe en un mundo que fuera, como decía Demócrito, figura y orden (...) Fe en la medida del orbe, en que la realidad fuera mundo, realidad sujeta a ley (...) Esta antigua fe es la única salvadora para los hombres que sentían el horror del desorden sin sentido”. Con todo lo cual se quiere decir que la muerte, y las etapas de disolución que la preceden, son subsidiarias de las otras, de aquellas en las que se busca una forma, una manera de ser: se muere o se desiste o se fracasa para volver a intentarlo en otro lugar o de otra manera. Si las cosas hubieran alcanzado ya su ser, si este coincidiera ya con lo posible y deseable, reposarían en ese ser, todo en ellas sería ya inercia, inmovilidad, indolencia. El alma de las cosas representa en ellas el anhelo por lo que aún falta, y el movimiento y la vida existen como una función de ese alma. Por eso, como dice Cioran, “el desapego a la vida engendra un gusto por la rigidez. Comenzamos a ver un mundo de formas rígidas, líneas precisas, contornos muertos”; y como Ortega confirma,  “la forma es un movimiento detenido”, porque en toda forma, en todo objeto, late el inconformismo, la aspiración a algo más, el empuje en pos de lo que aún falta. Y, abunda María Zambrano, todo lo que ya es, “toda objetividad nos esclaviza de algún modo”, porque “bajo la objetividad (…) alguna esperanza ha quedado aprisionada”. O como lo dice Ortega: “Nuestros anhelos son energías prisioneras en la prisión de la materia, y gastamos la mayor parte de ellas en resistir el gravamen que ésta nos impone”. Unamuno lo decía de esta otra forma: “El universo visible (...) me viene estrecho, esme como una jaula que me resulta chica, y contra cuyos barrotes da en sus revuelos mi alma”. En definitiva, concluye Ortega: “La realidad es un simple y pavoroso ‘estar ahí’. Presencia, yacimiento, inercia. Materialidad”. Y también: “Mientras por materia entendemos lo inerte, buscamos con el concepto de espíritu el principio que triunfa de la materia, que la mueve y agita, que la informa y la transforma y en todo instante pugna contra su poder negativo, contra su trágica pasividad (…) Esto es, de uno u otro modo, en definitiva, el espíritu: sobre la mole muerta del universo una inquietud y un temblor”.
     Pero, complementaria y contradictoriamente con todo lo dicho, “toda forma está envuelta en límites. Si se rompe por completo el límite, la forma desaparece, no se es nadie, no se es alguien”, y “el simple anhelar es por esencia destructor” (Zambrano). De modo que para ser algo o alguien, hay que llevar incorporada la necesaria dosis de decepción, de aceptación de lo que hay, de permanencia a pesar de todo, y de compromiso con ello, aunque sea insuficiente. Pues “no podría haber realidad afirmada en objeto (…) si no hubiese este género de amor hacia la realidad que es capaz de atravesar el fracaso” (Zambrano). Y como Unamuno dice, “la conciencia de sí mismo no es sino la conciencia de la propia limitación”. En este sentido, Ortega advierte de que “no es desdeñable enseñanza que la materia, lo más opuesto al alma, sea la encargada de hacer vivir a ésta. El resto del espíritu que no ha logrado materializarse se evapora”, pues “no puede llegarse (al alma) sin darle alguna forma”. Y, según el mismo Ortega, que nos hayamos “creado algo estable, eso es el verdadero sentido del mundo”.
*     *     *
     Llevamos recorridos varios siglos en los que el anhelo ha ido adquiriendo prevalencia sobre las formas, en los que lo logrado y establecido va quedando relegado frente a lo deseable y dinamizador. La última época realmente estable (a pesar de lo difícil que era entonces vivir) fue la Edad Media. Así lo confirma Julián Marías: “La vida tiene en la Edad Media una gran estabilidad”, dice exactamente. Erich Fromm advierte de que por entonces “la vida personal, económica y social se hallaba dominada por reglas y obligaciones a las que prácticamente no escapaba esfera alguna de actividad”. Ortega abunda: “En el siglo XIV el hombre desaparece bajo su función social. Todo es sindicatos o gremios, corporaciones, estados. Todo el mundo lleva hasta en la indumentaria el uniforme de su oficio. Todo es forma convencional, estatuida, fija”. Y concluye que “la cultura tradicional (…), formada durante la Edad Media, había llegado a anquilosarse y ahogar la espontaneidad del hombre”. También Jacob Burckhardt confirma todo ello: “El hombre se reconocía a sí mismo –dice– solo como raza, pueblo, partido, corporación, familia u otra forma cualquiera de lo general”.
     Todo cambió, especialmente cuando llegó Guillermo de Ockham (1285-1347) arrasando toda forma al afirmar que las generalizaciones no existen, solo existen los individuos; no existe el bosque, solo los árboles de uno en uno. Ideas que hicieron eclosión sobre todo a partir del siglo XV: “El siglo XV es el más complicado y enigmático de toda la historia europea hasta el día –escribió, efectivamente, Ortega–. Y no por casualidad ni por extrínsecos motivos, sino precisamente porque es el siglo de la crisis histórica”. Pico Della Mirándola, un humanista y pensador italiano de finales del siglo XV, en su “Discurso sobre la dignidad del hombre”, considerado como el manifiesto del Renacimiento, formulaba la nueva manera de entender la vida que estaba emergiendo a través de esta imaginaria exhortación que Dios dirigía al hombre: “No te he dado un puesto fijo, ni una imagen peculiar, ni un empleo determinado –le decía–. Tendrás y poseerás por tu decisión y elección propia aquel puesto, aquella imagen y aquellas tareas que tú quieras”. “Con el Renacimiento –decía Cioran al observar todo lo que entonces pasó– comienza el eclipse de la resignación. De ahí la aureola trágica del hombre moderno. Los antiguos aceptaban su destino. Ningún moderno se ha rebajado a esa condición”. Lo cual tuvo graves efectos sobre el estado de ánimo de los hombres de aquel tiempo, puesto que, como advierte Stephan Zweig en su biografía de Erasmo, “de la noche a la mañana, las certidumbres se convierten en dudas, cualquier cosa perteneciente al ayer parece tener milenios y se descarta (…) el desasosiego fermenta en los países, el miedo y la impaciencia alientan en las almas”. Ortega viene a confirmarlo: “Hacia 1560 comienzan a sentir las entrañas europeas una inquietud, una insatisfacción, una duda de si es la vida tan perfecta y cumplida como la edad anterior creía. Empiézase a notar que es mejor la existencia que deseamos que la existencia que tenemos”.
     Esta era del inconformismo que en lo intelectual comenzó con Guillermo de Ockham y en lo vitalmente efectivo con el Renacimiento ha conducido al hombre, especialmente en Occidente, a sus más altas cotas en cuanto a avances científicos y tecnológicos y en cuanto a riqueza, posesión y disfrute de bienes, considerando que hasta finales del siglo XVIII la pobreza era el estado natural de todos los hombres. Pero todo ello no ha llegado a traducirse en un correlativo aumento del sentimiento de felicidad. “Nunca, ni de lejos –reflexiona Ortega– han contado estos pueblos de Occidente, y en general la humanidad, con más medios ni facilidades para vivir. ¿Cómo se explica entonces esa radical desazón?”.
     Para contestar, hemos de remitirnos a la primera parte de nuestra exposición. Retomemos aquello que vimos que decía Zambrano: “Toda forma está envuelta en límites. Si se rompe por completo el límite, la forma desaparece, no se es nadie, no se es alguien”. Y hoy el inconformismo, la ruptura de las formas, la desestabilización, lo inconsistente y fugaz han llegado a su más alto nivel. El arte, por ejemplo, ha decidido en su mayor parte dar expresión a lo deforme o a lo informe. La producción de bienes de consumo y las modas discurren sobre una corriente que presupone la fugacidad o lo provisional y sujeto a fácil recambio. Las relaciones personales se han vuelto inconsistentes, las infidelidades en la pareja aumentan, y, correlativamente, el sentimiento de soledad va agrandándose. Las instituciones han dejado de servir de referencia. Las filosofías de la vida buscan el común denominador del carpe diem, de la supresión del compromiso y la previsión de lo futuro. Lo lúdico y ligero toman prevalencia sobre lo importante y acumulativo. Lo que uno tiene que decir y, correlativamente, que pensar, suele caber en un tuit de 140 caracteres y casi nadie echa mano de los ensayos y de la filosofía. En política, la mercadotecnia superficial y los titulares van sustituyendo cada vez más a la exposición de programas y el análisis de las propuestas…
     Nada parece merecer la estabilidad, porque esa estabilidad ha dejado de ser creíble o incluso deseable, a pesar de aquello que decía Ortega: que nos hayamos “creado algo estable, eso es el verdadero sentido del mundo”. Heráclito decía en sentido contrario: “Nada es permanente a excepción del cambio”, y esto ha alcanzado hoy su más alto grado de verosimilitud. Pero recordemos que las etapas de disolución e inestabilidad no son en absoluto definitivas, son solo preparatorias de épocas que habrán de venir en las que de nuevo las formas, lo estable, lo consistente y grave, lo duradero adquieran prevalencia; entonces el hombre, al menos, rebajará su grado de desazón.

sábado, 15 de octubre de 2016

Cómo llegar a ser un perfecto nihilista

     Evocando a San Agustín, María Zambrano apuntaba a algo que estuvo en el origen de la civilización occidental: “ ‘Vuelve en ti mismo. En el interior del hombre habita la verdad’ –decía–. El hombre europeo ha nacido con estas palabras”. En realidad, ese hombre europeo ha estado tensado entre dos fuentes de verdad: la que procede de esa intimidad a la que aluden San Agustín y Zambrano, y la que aporta la experiencia, la investigación de la realidad externa, el conocimiento de los hechos. Siguiendo la pista a esta segunda fuente de verdad, el hombre occidental acabó asfaltando el camino que condujo a la revolución científica y, subsiguientemente, la revolución tecnológica e industrial, que tanto ha determinado lo que hoy es nuestro modo de vida. Y la primera fuente de verdad, la que nace en la intimidad, es la que estaría encargada de generar una ética y una estética, una manera de intentar dar sentido a las constataciones de esa otra verdad, la de los hechos.

     Con la Reforma protestante (Lutero era un fraile agustino) la verdad interna adquirió un gran impulso: de manera taxativa, la diferencia entre lo que estaba bien y lo que estaba mal, así como la que separaba lo bello de lo feo, ya no la decidía una fuente externa al individuo, fuera el sacerdote u otra autoridad competente, o incluso alguna forma de verificación objetiva, sino la conciencia. Todo lo que vino después tuvo que pasar por el filtro que suponía esa verdad interna. Descartes atravesó aquella aduana afirmando: “Pienso, luego existo”; incluía en la primera parte de esa proposición todo lo que procediera de lo interior, fuera razón o sentimiento estricto. Novalis lo dejó claro en nombre del Romanticismo: “Todo me conduce, de nuevo, hacia mí mismo”, decía, y también: “Todo lo bueno que hay en el mundo viene de dentro”. Nietzsche apuntaló la verdad interior cuando dijo: “Al descubrir las cosas, lo que hacemos es aprender a describirnos a nosotros mismos”. Y era así porque “eso a lo que habéis dado el nombre de mundo, eso debe ser creado primero por vosotros”. Y de forma aún más taxativa, si cabe: “En última instancia lo que amamos es nuestro deseo, no lo deseado”.
     Mientras que las asépticas ciencias empíricas iban haciendo su labor, la consideración de lo que estaba bien o mal, era bello o era feo (en última instancia: tenía sentido o era absurdo), a esas alturas ya había dejado de apelar a alguna clase de consistencia objetiva. Y así lo venía a mostrar André Breton, en nombre del arte moderno cuando, desde su propia parcela dentro del mismo ensayaba esta definición: “Surrealismo: (…) Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral”. Y, consecuentemente, proseguía: “Creo que todo acto lleva en sí su propia justificación, por lo menos en cuanto respecta a quien ha sido capaz de ejecutarlo”. Y llegaba a concluir que el arte, que no es sino un ramal que crece de la civilización en la que nace, debe de afirmarse en “el deseo de superar la insuficiente, la absurda distinción entre lo bello y lo feo, lo verdadero y lo falso, el bien y el mal”. La subordinación de cualquier conclusión, de cualquier verdad ética o estética a la estricta subjetividad de cada cual, la ausencia de cualquier baremo o cómputo objetivos que permitan señalar la diferencia entre el bien y el mal, la verdad y la falsedad, lo bello y lo feo, ha elevado la fuente interna, subjetiva, de verdad a la categoría de hipérbole.
     Incluso la razón, una fuente de verdad y de sentido que también nace en lo íntimo de la mente, pero a partir de la cual es posible encontrar verdades generales y compartidas por todos, pasó a ser o bien repudiada (Lutero la consideraba la “ramera del diablo”) o bien relegada a la hora de buscar el sentido de las cosas. Antiguamente, por ejemplo, el hombre apelaba a su confesor cuando buscaba ayuda para tratar de dirimir lo que era pecado y lo que no. A los confesores hoy les ha sustituido el psicólogo, que, ante los comportamientos que su cliente, el antiguo feligrés, le relata, ya no emite un juicio objetivo, no le dice si lo que hace o piensa está bien o está mal, ateniéndose a mandamientos morales suprapersonales, solo pregunta: “¿Cómo le hace sentirse eso que le ha ocurrido?”.
     No vamos a seguir aquí la pista de las ventajas que tiene esta cosmovisión, esta retracción hacia lo interior como fuente de verdad ética y estética. Alguna tendrá, puesto que, dejando a un lado a los heraldos del apocalipsis, no ha quedado tan mal el mundo que, a las alturas del siglo XXI, ha salido de esa manera de mirar. Pero parece evidente que algunos, muchos, pelos si se ha dejado el gato de la civilización occidental al atravesar el filtro o gatera de esa verdad a medias que nos constituye como occidentales. No todo lo que es verdad, todo lo que da sentido, procede de nosotros mismos. Al fin y al cabo, como decía Machado: "El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas, / es ojo porque te ve". Ortega era aún más explícito: “Edad Moderna –reflexiona a este respecto– (…) es preciso ante todo que rehusemos el crédito a su dogma principal, aquel pensamiento subversivo y nihilista que deslizaba en el oído de cada hombre buscando halagar a las almas plebeyas: ‘Lo que tú ves, eso es lo real.’ No; nada de eso. Para percibir una realidad es necesario previamente convertirse en órgano adecuado para que ella penetre en nosotros”. Hacer lo contrario, convertir a la conciencia en el único juez, en la única instancia capaz de diferenciar el bien del mal, afirmarse sobre la idea de que no hay nada trascendente al sujeto mismo a lo que este pueda apelar como fuente de verdad, hace finalmente que la realidad deje de necesitar tener sentido, e incluso deje de afectarnos y vaya perdiendo consistencia a la hora de planificar nuestra vida. Es eso lo que empuja a los artistas modernos a dar vueltas alrededor de la idea de que el vacío es lo único sustancial, y de que la realidad es una especie de orla o aditamento contingente que le ha salido al vacío. La realidad está dejando de ser sugerente y sugestiva. No hay mucho ya que hacer en ella, apenas sirve de cauce para posibles objetivos o finalidades a los que aspirar. El nihilismo al que Ortega aludía consiste precisamente en eso, como el mismo Nietzsche reconocía cuando decía: “La desilusión sobre una supuesta finalidad del devenir es la causa del nihilismo”.
     La realidad que se percibe a través de los sentidos, esa sí, ha sido exhaustivamente explorada por el hombre de Occidente. Pero a la hora de encontrar valores sobre los que sustentar el sentido o el absurdo de esa realidad, a la hora de emitir valoraciones éticas y estéticas sobre ella con las que intentar dar la respuesta que el alma necesita para saber el porqué y el para qué, qué es lo bueno y qué lo malo, cuál es lo bello y cuál lo feo, ya no tiene otra fuente de saber que los sentimientos (y, de su mano, el capricho), lo que a cada cual le parece bien o mal, bello o feo. En ese sentido, la realidad externa se va quedando hueca, vacía, sin nada que aportar al juicio subjetivo, deja de ser una resistencia que imponga obligaciones. Y constatar que ese vacío es lo único consistente con lo que uno se encuentra a la hora de salir al mundo, ha dejado profundas e inquietantes huellas en las gentes de este tiempo. Además de sus efectos sobre el arte, esa extrema subjetividad ha llenado de psicofármacos los anaqueles de las farmacias. Y no digamos ya de lo que han sido sus repercusiones en el ámbito de la política, donde, desde los tiempos de aquellos nihilistas rusos endemoniados que Dostoievski convertía en personajes de sus novelas, y hasta ahora, han proliferado los grupos políticos y las actitudes que se fundamentan en la negación por la negación, en la absurda seguridad de que lo que importa es estar descontento con lo que hay y rechazarlo, tenga la apariencia que tenga, de que todo lo que hay ahí afuera ha nacido del error, porque solo el yo y lo que de él se deriva debe prevalecer. Visiones del mundo a menudo camufladas detrás de la justificación o blanqueamiento de las posiciones más explícitamente anti-sistema o, en general, nihilistas. Hemos ido a parar, en suma, a tiempos en los que se ha dado rienda suelta al hombre-masa, aquel cuya característica principal hace residir Ortega en el hecho de “no apelar de sí mismo a ninguna instancia fuera de él”.

sábado, 1 de octubre de 2016

Perentorio intento de poner orden en el universo

     Este mundo es un caos. Pero, visto desde la mentalidad del hombre primitivo y, curiosamente, también desde la del físico que se adscribe a la segunda ley de la termodinámica, no siempre fue así. El hombre primitivo entiende la vida y la historia como un proceso de decadencia a partir de un idílico estado original del que (¡algo habremos hecho!) fuimos expulsados para entrar en este otro estado, en el que la confusión, la injusticia, la enfermedad y otras mil penurias nos atenazan o nos amenazan. A través de diversos ritos purificadores, el hombre primitivo restaura, al menos simbólicamente, el orden mítico tal y “como era en un principio”. Orden significaría, pues, vuelta al estado de naturaleza (de nacimiento), regresión a lo que éramos antes de que comenzara este extravío a través de un valle de lágrimas en que consiste la vida.
     La segunda ley de la termodinámica se enunció a partir de una cosmovisión que, a la hora de situar la aparición del caos, coincide con la del hombre primitivo. Efectivamente, hay que entender que en el origen tuvo lugar, según el enunciado de esta ley, el momento de máxima ordenación del universo. Orden significa estructuración, diferencia, jerarquía, o dicho en los términos que le son propios a la ciencia física, diferenciación térmica. El orden, según esto, procede de la formación de estructuras que contienen una mayor cantidad de energía que el medio que las rodea: la estrella respecto del espacio en el que está envuelta, por ejemplo. El movimiento sería el resultado de la descarga de energía, es decir, de la acción de un cúmulo de energía mientras discurre hacia la equiparación térmica con el medio que lo rodea: mientras el sol o la tierra tengan más calor, más energía que el espacio en torno, seguirán, pues, girando. Pero, dice la termodinámica, todo tiende hacia la entropía, es decir, hacia la equiparación térmica, o sea, al desorden. El movimiento, el dinamismo que discurre entre un ámbito de mayor energía y otro de menor, supone un gasto, es decir, no la desaparición de esa energía (que ni se crea ni se destruye: primer principio de la termodinámica), sino, simplemente, el flujo térmico desde el lugar donde el nivel energético es mayor a aquel otro donde es menor. Pero estos procesos no serán eternos, ese desnivel entre las bolsas cargadas de energía y su entorno más frío discurre hacia el momento en el que todos los puntos del universo tendrán la misma cantidad de energía. El sol, la tierra, la vida se disolverán en un mismo espacio equiparado térmicamente. La vida, que es un dinamismo generado a partir de la diferencia térmica entre el calor que llega del sol (o quizás del interior de la tierra, como pudo ser el caso de LUCA, “Last Ultimate Common Ancestor”, el último antepasado común) y el frío de la corteza terrestre, se agotará. Todo lo cual sirve perfectamente de contexto favorable al enunciado de la teoría del instinto de muerte de Freud, según la cual, la tendencia que predomina en todo ser viviente es la que lo empuja finalmente hacia la muerte.
     Llegado el momento final, no habrá ya ninguna clase de movimiento. La teoría del Big Crunch o de la Gran Implosión afirma que la fuerza expansiva del universo decrece, de modo que toda la materia existente, llegado un momento, volverá a contraerse. Pero, de manera semejante a como ocurre con lo previsto por la termodinámica, habría que suponer que fue en el origen cuando se produjo el momento de mayor fuerza cinética, el expresado por la expansión que sufrió el universo al ocurrir la explosión primigenia, y que significa que tuvo lugar un flujo de energía (cinética esta vez) desde el foco de mayor concentración de la misma (allí donde el universo se inició) hacia los lugares donde la energía era menor (el resto del universo). Es decir, que es preciso postular que fue asimismo en su momento inicial cuando el universo habría tenido su mayor expansión. Y a partir de allí, se habría generado un contrapuesto movimiento de contracción, de inercia, de vuelta a los orígenes, como la piedra que, arrojada hacia arriba, una vez alcanzado su momento de mayor ascenso, empieza a regresar hacia el punto de partida. La ley de la gravedad representaría, precisamente, esa fuerza de inercia hostil al movimiento, es decir, a la fuerza expansiva del universo. Equiparación térmica, ausencia de movimiento, silencio absoluto… En el futuro, según la termodinámica y la teoría del Big Crunch, el universo alcanzará plenamente el estoico ideal de la inmutabilidad, de la ataraxia total. Y sin embargo… se mueve, que diría Galileo. Los astrofísicos han comprobado, al parecer de modo irrefutable, que el universo se está expandiendo. Es decir, que, en vez de regresar hacia la inmovilidad, su fuerza cinética aumenta.
     Que el universo camina hacia el desorden, como predice la termodinámica, o a la inmovilidad, como prevé la teoría del Big Crunch, es algo que viene a contradecir el hecho mismo de la vida. Con ella el universo gana en complejidad y en dinamismo: en vez de regresar hacia la desestructuración y a la nivelación de energía con el medio, un organismo viviente resulta ser una bolsa de energía en la que esta queda aumentada respecto de la de su entorno. A través de ella, el universo alcanza unas mayores cotas de orden, de diferenciación, de jerarquización y de progreso. Y no solo eso: la vida viene evolucionando, desde hace 4.000 millones de años, en que surgió el organismo unicelular que la ciencia ha denominado LUCA, hacia cotas de complejidad cada vez más altas. Además, en el ser humano, la biología cede el testigo a la historia, que sigue sirviendo de cauce a modos de ser los individuos y las sociedades cada vez más complejos y ordenados.
     Y si observamos no solo los procesos que objetivamente han dado lugar a un mayor nivel de ordenamiento, jerarquía y diferenciación, sino también los subjetivos, los que empujan desde el interior de los individuos hacia la búsqueda de un orden cada vez mayor, podemos comprobar que también el hombre ha prolongado esa tendencia hacia el más allá, hacia lo que Teilhard de Chardin denominó Punto Omega, que supondría un máximo de complejidad, progreso, orden. Y así, del caos inicial en el que al nacer se encuentra todo hombre, en donde todas las cosas se le aparecen como dispersas, erráticas e indiferenciadas, empezamos por extraer similitudes que primero sustentaron las prácticas mágicas y después sirvieron de base a la formalización de los conceptos; más tarde las cosas alcanzaron un nivel de ordenación aún mayor al ser divididas en causas y efectos (y así permitieron dar alguna clase de respuesta a la pregunta: “¿de dónde venimos y de dónde proceden las cosas?”), y por último, con Aristóteles sobre todo, se ordenaron esas cosas en función de la causa final, la que todo lo encaja en el proceso que va desde la materia a la forma, desde la potencia hacia el acto (y sobre ese cauce pudieron discurrir los innumerables contenidos que van sirviendo de respuestas, inevitablemente provisionales y parciales, a la para siempre inquietante pregunta de “¿para qué?” o bien “¿hacia dónde vamos?”).
     La evolución discurre, pues, en la dirección contraria a la de la entropía, y según Hegel, sería el campo a través del cual el espíritu (el orden máximo), partiendo del caótico estado de naturaleza en el que solo era una potencia, va en pos del encuentro consigo mismo, de su actualización. Y discurriendo hacia ello, resulta que, según dice este filósofo, “el espíritu es infinito movimiento (energía, actividad) (…) El espíritu nunca cesa, nunca reposa y es un movimiento que, después de una cosa, es arrastrado a otra, y la elabora y en su labor se encuentra a sí mismo”. Ilya Prigogine, Premio Nobel de Química de 1977, abundaba con sus reflexiones en esta línea argumental: “Lejos de poder someter nuestro concepto del tiempo a las regularidades observables del comportamiento de la materia, debemos comprender la idea de un tiempo productor, un tiempo irreversible que ha engendrado el Universo en expansión geométrica y que todavía engendra la vida compleja y múltiple a la que pertenecemos”. Y, consecuentemente, se preguntaba: “¿Seremos capaces de vencer algún día el segundo principio de la termodinámica?”

domingo, 18 de septiembre de 2016

La asimetría hombre-mujer y la catastrófica ideología de género

     Si quisiéramos hacer una historia cabal del pensamiento utópico, vendría a confundirse, en gran medida, con la de la historia de la humanidad. “El hombre es un ser utópico que sólo se propone ser ‘lo imposible’”, decía Ortega. Es decir, que propendemos, como seres humanos, a confundir deseo y realidad, a considerar que esta, más que, una resistencia que se nos opone, es una prolongación más o menos inmediata del yo; a suponer que la objetividad es un mero corolario de la subjetividad. Propendemos, en suma, al delirio. Uno de los hitos más importantes de esta irreprimible proclividad hacia lo que no puede ser lo marcó Jesús cuando dijo a sus discípulos: “Os aseguro que si tuvierais fe, aunque fuera tan pequeña como un semilla de mostaza, diríais a ese monte: ‘Quítate de ahí y pásate allá’, y el monte se pasaría. Nada os sería imposible”. Cuando se estaba inaugurando el tiempo moderno, fue esa pulsión hacia la utopía la que llevó a interpretar que cuando Kant (quizás el principal cancerbero de la modernidad) decía que el mundo externo nos era incognoscible y que lo que realmente alcanzábamos a conocer era lo que de ese mundo nos llegaba después de ser filtrado por nuestras categorías mentales, estaba diciendo en realidad que el mundo era lo que nuestra mente decidía que fuera. Hasta el punto de que Kierkegaard se atrevió a hacer formulaciones tan extremas como aquella en la que afirmaba: “La subjetividad es la verdad; la subjetividad es la realidad”. De modo que, siguiendo esa pista, los románticos no tuvieron reparos en sostener algo parecido; y así, decía Novalis: “Defino el mundo en la medida en que me defino a mí mismo”. Cuando los artistas recogieron este legado intelectual, Picasso llegó a decir que cualquier cosa que puedas imaginar es real”. Y Marcel Duchamp se decidió a concluir que un urinario al que llamó “Fuente” era una obra de arte no por más motivos que porque él, su soberana subjetividad, había resuelto que fuera así. Y el caso es que el mundo le siguió la corriente, puesto que su “Fuente” ha sido considerada la obra de arte más influyente del siglo XX.
     Este es el contexto que sirve para entender una de las más cabales expresiones de este modo de pensar, de esta manera de desdeñar la realidad: la llamada ideología de género. Es esta una ideología que pretende la completa supresión de cualquier distinción entre lo masculino y lo femenino. No existen, dicen sus seguidores, las realidades objetivas (que empiezan por ser fisiológicas) “hombre” o “mujer”, sino que se trata de roles moldeados por una concreta cultura y un específico entorno social. Y si esa realidad, al menos la fisiológica, existe es, cuando menos, perfectamente prescindible o sustituible por las decisiones personales de cada cual. Si podemos mover montañas, ¿cómo no íbamos a poder decidir cuál es nuestro sexo? Y si la realidad viene y nos contradice, no hay más que aplicar aquella regla general que, por ejemplo, dejó enunciada Picasso cuando hizo de la realidad una sucursal de la imaginación.
     La ideología de género considera que la relación entre hombre y mujer hoy todavía vigente y con pretensiones de ser exclusiva frente a otros modos de relación es una construcción social y cultural que está al servicio del mantenimiento del dominio masculino, dominio sobre el que se ha montado lo que desde tales parámetros se denomina “sociedad patriarcal” o, con otro vocablo bastante ridículo, “heteropatriarcal”. Es preciso, plantean desde esta ideología, suprimir el modelo familiar patriarcal y los roles consiguientes asignados al “hombre” y a la “mujer”.  Para ello, y para empezar, hay que abolir la maternidad como función femenina, que resulta ser un lastre que viene a impedir la realización de la mujer (la “mujer”). Esa supresión de roles impuestos abarca también al niño y sus juegos, sus modos de vestirle y otros gustos específicos que se le han adscrito desde el modelo patriarcal. Lo que hay que hacer, se concluye desde la ideología de género, es dejar al niño en libertad: que escoja ser niño o niña, o las dos cosas o ninguna.
     Esta ideología vino a hacer eclosión en la IV Conferencia Mundial de la ONU sobre la mujer celebrada en Pekín en 1995. Bella Abzug, representante de EEUU, hizo allí explícitas sus principales premisas cuando declaró: “El sentido del término género ha evolucionado, diferenciándose de la palabra sexo para expresar que la realidad de la situación y los roles de la mujer y del hombre son construcciones sociales sujetas a cambios”. La canadiense Rebecca J. Cook, redactora del informe oficial que se confeccionó instruyó de esta manera a los delegados allí presentes: “Los sexos ya no son dos sino cinco, y por tanto no se debería hablar de hombre y mujer, sino de mujeres heterosexuales, mujeres homosexuales, hombres heterosexuales, hombres homosexuales y bisexuales”. Otra de las feministas extrajo las conclusiones: “No existe un hombre natural o una mujer natural, no hay conjunción de características o de una conducta exclusiva de un sólo sexo, ni siquiera en la vida psíquica”.
     En la reciente historia de la medicina y de la psicología existe un caso muy dramático, que ha tenido una amplia difusión, y para el que no es posible encontrar acogida en los presupuestos de la ideología de género. Es el protagonizado por David Reimer, un canadiense nacido en 1965, al que entonces pusieron sus padres el nombre de Bruce, y que, junto a su hermano gemelo, Brian, fue sometido, a los ocho meses de edad, a una operación de fimosis que, para él, tuvo desastrosas consecuencias. El urólogo encargado de realizar la operación utilizó un método de cauterización con corriente eléctrica que acabó achicharrando el pene de Bruce. Desesperados, los padres del infortunado bebé, después de ver un programa de televisión, se pusieron en contacto con John Money, un psicólogo del hospital Johns Hopkins (Baltimore), famoso por sus teorías sobre el género, que afirmaba  que la condición sexual no es innata, sino que es asignada mediante la educación en los primeros años de vida. Money recomendó a los padres que sometieran a Bruce a una castración quirúrgica quitándole los testículos y modelándole, de manera muy primaria, dado el escaso desarrollo en aquel momento de la cirugía de reconstrucción, una vagina. Desde entonces, educaran a Bruce como una niña, a la que llamaron Brenda. El 3 de julio de 1967, cuando Bruce tenía 22 meses, se realizó la operación. Las instrucciones para los padres, Janet y Ron, fueron claras: no contarle jamás lo que había ocurrido. Money se encargó del supuesto apoyo psicológico a la que ya era Brenda, y durante diez años estuvo viéndola una vez al año para evaluar el resultado de la operación y la reasignación de sexo. Aquella habría de ser, por otro lado, una oportunidad inigualable para Money de demostrar sus teorías sobre la determinación ambiental de la orientación sexual, ya que tendría un sujeto de control: Brian, con la misma carga genética que su hermano, pero que iba a ser educado para ser niño.
     Los niños fueron creciendo y la situación se fue complicando. Ello a pesar de que cinco años después de la operación el doctor Money publicó el primer libro sobre el caso que tituló “Hombre & Mujer, Chico & Chica” (para mantener en secreto la identidad de los protagonistas, lo llamaba caso John/Joan), en el que aseguraba que, tras haberle acostumbrado a Brenda al uso de la ropa femenina, ya tenía una clara preferencia por los vestidos. Que se sentía orgullosa de su pelo largo. Que por Navidades había pedido a Papá Noel una casa de muñecas y un carrito de paseo. En suma, que la orientación sexual femenina se había impuesto. Las notas tomadas por un estudiante del laboratorio de Money durante las visitas anuales de control revelan que los padres de David Reimer mentían al personal del laboratorio acerca del éxito del experimento. Efectivamente, todo lo que afirmaba Money acabaría siendo contradicho por los padres, el hermano y el propio David. Según declararía Janet, la madre, ya en los años 90, a la revista “Rolling Stone”, la primera vez que trató de ponerle un vestido a Brenda, ella intentó arrancárselo. “Recuerdo que pensé –decía la madre–: ‘¡Dios mío, sabe que es un chico y no quiere que le vista como a una chica!’”. Pero no solo sucedió aquello, sino que los juegos que Brenda prefería eran también los habituales de los chicos. Incluso, desde pequeña, insistía en orinar de pie. Su hermano gemelo, Brian, identificaba a Brenda como a una hermana, “pero ella nunca actuó como tal”, reconoció al periodista de “Rolling Stone”, John Colapinto. “Jugaba con mis juguetes mientras que los suyos, como una lavadora, solo los usaba para sentarse”. El propio David, en un libro escrito junto con Colapinto, afirmaría que, al contrario de lo que había escrito John Money, durante el periodo que vivió como Brenda nunca se identificó con una chica. Ni los vestidos de volantes, ni las hormonas femeninas le hicieron sentirse mujer.  
     A los 13 años la entonces Brenda empezó a sufrir depresiones, y les dijo a sus padres que se suicidaría si la obligaban a ver de nuevo al Dr. Money, cuyas supuestas “visitas terapéuticas” junto a su hermano resultaban ser especialmente traumáticas. Al iniciar su adolescencia, Brenda sufría, efectivamente, depresión y se había intentado suicidar al menos una vez. Desde que le practicaron la orquidectomía, orinaba a través de un agujero que le habían realizado en el abdomen. Estaba tomando estrógenos para acentuar los caracteres sexuales secundarios femeninos, y el doctor Money le instó a que se sometiera a otra cirugía para que le implantaran una vagina definitiva, pero Brenda se negó rotundamente. Desde aquel momento, “ella” y la familia decidieron abandonar las visitas de control. Fue entonces, a los quince años, cuando su padre, torturado por el sufrimiento que veía en su hijo, le reveló la historia que él y su madre habían estado manteniendo en secreto: había nacido siendo niño. A partir de aquel momento, Brenda decidió volver a ser un chico. Eligió de nombre “David”, se sometió a una faloplastia y se quitó los pechos que le habían crecido gracias a las hormonas. Para cuando cumplió 23 años, se casó.
     La historia de David Reimer saltó a la luz en 1997 gracias al doctor Milton Diamond de la Universidad de Hawai, quien convenció a David de que contar su caso ayudaría a que no le ocurriera a nadie más. La reflexión del doctor Diamond fue: “Si todos estos esfuerzos médicos, quirúrgicos y sociales combinados no tuvieron éxito en hacer que este niño aceptara una identidad de género femenina, entonces, tal vez, tengamos que pensar que hay algo importante en la constitución biológica del individuo”. Meses después salía publicado también el artículo de la revista “Rolling Stone”, que acabaría convirtiéndose en libro. La historia, sin embargo tuvo un final desgraciado: en 2004, David, con 38 años, se suicidaba tras haberse divorciado, años atrás, por iniciativa de su mujer y encontrarse en paro. Su hermano gemelo, Brian, se había suicidado asimismo dos años antes, tomando una sobredosis de antidepresivos, después de varios intentos. Esta historia se puede seguir en múltiples páginas de internet y en, entre otros, el siguiente vídeo:
 
 
     El caso de David Reimer constituyó un evidente apoyo para los científicos que pensaban que las hormonas prenatales e infantiles influyen intensamente en la diferenciación del cerebro y la identidad de género, y que esta es más profunda que la influencia ambiental que pueda sobrevenir a posteriori. Conclusión a la que ya antes se había llegado desde la reflexión filosófica. Para explicar esas eventuales diferencias que, a lo largo, sin duda, de un continuo de mayor a menor variación, separan al hombre de la mujer, Julián Marías echa mano de un concepto de raigambre unamuniana: el de “intrahistoria”, recogido por la Real Academia, según la cual viene a “designar la vida tradicional que sirve de fondo permanente a la historia cambiante y visible”. Partiendo de aquí, infiere Marías que “la vida es primariamente vida cotidiana, y sobre su fondo acontece todo lo demás, lo excepcional e insólito”. Y piensa que es precisamente la mujer la depositaria de esa posición vital desde la que, en lo fundamental, se administra la intrahistoria, la vida primaria, es decir, cotidiana. “La mujer nos da la impresión –sigue Marías ampliando su reflexión– de estar en contacto con las formas permanentes de la vida, con su sustancia (…) El hombre suele perderse en los accidentes (…), lo que ocurre o sucede”. Por sí solo, el hombre tendería a disolverse en sucesos, ocurrencias, novedades, minucias, porque “tiene una inquietante propensión a apasionarse por la inestabilidad de la superficie de la vida". A la mujer, por el contrario, “le dejan relativamente indiferente los ‘sucesos’, porque sabe que pasarán y quedará la vida permanente. Sus quehaceres, cotidianos e imperiosos, se lo han enseñado: la casa, las comidas, el sueño, el amor estable, los niños. Una vida variable, pero con ritmo, es decir, que vuelve (…) La atención masculina está mucho más orientada hacia lo que ‘pasa’; siente avidez por las noticias, que le interesan incomparablemente más que a la mujer”. No es que la mujer se desinterese de lo que pasa, pero lo hace “sin salir de su realidad”. Marías achaca la “pavorosa inestabilidad personal de nuestra época” a la pérdida de contacto consigo misma que, en buena medida, ha sufrido la mujer, lo cual ha afectado también al hombre, porque, como dice María Zambrano, “si es algo la mujer en la vida (…) quizá de todo hombre, es creadora de ‘orden’ ”.
     Podríamos decir también que, con todas las posibles variaciones que el continuo del que antes hablábamos consiente, el hombre es un eterno buscador de algo más. Si algo busca la mujer es, por el contrario, cómo dejar de tener que buscar. Aquel siempre tiene algo nuevo que intentar descubrir, esta aspira a la instalación. Él es una fuerza centrífuga, un culo de mal asiento, un inadaptado vocacional, siempre imaginando ser algo que no es; ella es hogareña, espera pacientemente, como Penélope, el regreso, la realidad es su terreno. Ortega decía: “La mujer normalmente imagina, fantasea menos que el hombre, y a ello debe su más fácil adaptación al destino real que le es impuesto”. Cuando, andando el tiempo, el deseo aún sigue vivo y exigente en el hombre, en la mujer va prevaleciendo la rutina, lo que ya existe, lo que ya se tiene y, por consiguiente, no es preciso tanto desearlo como, un escalón más arriba, conservarlo, a lo cual dedica sus energías. Esto causa importantes desajustes, para empezar, en el terreno sexual, los que hacen que, en el extremo, las ensoñaciones del hombre discurran hacia la infidelidad, mientras que las actitudes de la mujer la llevan a reforzar el valor de la fidelidad. Mas no solo: el sentido de la responsabilidad, la capacidad de atenerse a los hechos, de saber lo que en cada momento toca hacer, la prudencia, tienden a ser más valores femeninos, mientras que los complementarios valores masculinos son los que significan una mayor capacidad para la toma de iniciativas, para la ambición, para la disposición necesaria con la que enfrentarse a las dificultades, con la que sobreponerse a las limitaciones. Todo lo cual, a la hora de la convivencia entre unos y otras, si no se controla, es el fundamento de un mayor o menor desencuentro, incomprensión mutua y propensión a la conflictividad entre ambos sexos.
     Hombre y mujer son, en fin, seres distintos, y a veces contrapuestos. Al extremo de esa circunstancia, nosotros respecto de ellas, y viceversa, somos una inevitable fuente de decepciones. Prevenir posibles conflictos exige, por tanto, contrabalancear las mutuas decepciones y aprender a, respectivamente, tolerarlas y sobreponerse a ellas.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Sobre por qué vivir es desvivirse

     Al hombre no le gusta la realidad. Por eso se pasa la vida intentando cambiarla. Pero, aún más al fondo, el hombre no se gusta a sí mismo, y hace de la vida un persistente intento de escapar de sí. Dicho de otra forma: la vida es una función del deseo, es decir, de la aspiración a algo que no se tiene o que no se es. Vivimos porque deseamos, es decir, porque no existe un objeto definitivo para nuestro deseo que podamos alcanzar y que dé fin así a ese deseo. Si lo alcanzáramos seríamos felices, pero no podríamos entonces vivir para contarlo. El hombre, salvo lo que nos permitan disfrutar momentos coyunturales, es un ser constitutivamente infeliz.
     Coadyuvando a que nuestra desesperada búsqueda de la felicidad resulte infructuosa se alza, para empezar, la circunstancia física que nos rodea, que nos es en gran parte hostil. Otro inconveniente que asimismo se levanta frente a aquella pretensión lo constituyen las flaquezas de nuestra propia contextura, que nos llevan frecuentemente a la enfermedad y a sufrir fatiga o accidentes, y finalmente a la muerte. A menudo, por otra parte, nuestros congéneres se nos presentan como adversarios, incluso como focos de hostilidad; y hasta cuando son amistosos, frecuentemente nos decepcionan. En conjunto, nuestras inagotables e insaciables apetencias y necesidades aportan a nuestro perfil trazos que empujan en la dirección del desánimo y de que nos percibamos como reducidos a una lamentable condición de desvalimiento y menesterosidad… La vida humana no es, en lo fundamental, sino una lucha permanente contra las limitaciones y contra situaciones percibidas como contrapuestas a nuestras intenciones y deseos, con circunstanciales y precarios espacios de reconciliación entre quien se pretende ser y quien efectivamente se es.
     Que seamos constitutivamente infelices ha llevado al hombre muchas veces a entender la vida, en lo fundamental, como una sucesión de desgracias y frustraciones. Y para enfrentar ese infortunio que significa vivir ha llevado a la práctica, entre otras posibilidades, formas diversas de ascetismo, es decir, de rechazo del deseo y, en consecuencia, de la vida misma. Miles de millones de personas, por ejemplo, han seguido desde hace más de dos milenios y medio las enseñanzas de Buda Gautama, que partiendo, efectivamente, de la constatación de que la vida es dolor y de que el dolor se fundamenta en el deseo insaciable que nos constituye, propuso, consecuentemente, que la solución estribaba en la eliminación de todo deseo. El ideal budista, alcanzar el nirvana, consiste en llegar a no existir de forma alguna, en aspirar a la aniquilación total, en lograr, al final de las reencarnaciones, el suicidio pleno y definitivo. Confucio, contemporáneo de Buda, partía también de la idea de que la naturaleza del hombre es mala. Su discípulo Hsün Tzu lo dejó explícitamente afirmado: “La naturaleza del hombre es mala, su bondad es adquirida”. Alcanzar el bien, por tanto, presupone negarse a sí mismo: “El hombre prudente –dijo también– es el que obra en contra de su naturaleza e instinto”. De Oriente proceden asimismo las enseñanzas de Lao Tsé, que, también hace más de dos mil quinientos años, recomendaba en el Tao te King “no hacer nada”, y afirmaba que “en el no ser está la utilidad” y que “la causa de nuestra miseria es nuestra persona”.

     Por lo que al ámbito occidental se refiere, quedó sancionada la vida como un mal ya desde el comienzo de la Biblia, cuando allí se relata cómo Dios lanzó al recién creado Adán la siguiente admonición: “Por ti será maldita la tierra, con trabajo te alimentarás de ella todo el tiempo de tu vida, te dará espinas y abrojos, y comerás hierbas del campo. Con el sudor de tu rostro ganarás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella has sido formado; polvo eres y en polvo te convertirás”. Y más adelante se nos refiere el paradigmático sufrimiento de Job, el que le llevó a exclamar: “¿Por qué no quedé muerto desde el seno? ¿Por qué no expiré recién nacido? (...) Ahora dormiría tranquilo, y descansaría en paz”. La definición del hombre como naturaleza caída y propensa al mal atraviesa toda la enseñanza cristiana. No menos que la propia del estoicismo, que frente a esa naturaleza del hombre que le hace estar siempre deseando lo inalcanzable y, consiguientemente, convertir su vida en sufrimiento, propone la ataraxia, es decir, no tener ni desear nada. El autodominio, es decir, la anulación del deseo, es una propuesta estoica que impregnó también al cristianismo. El jesuita español del siglo XVII, Baltasar Gracián, lo ejemplificaba cuando decía: “Bástase a sí mismo el sabio”, o bien: “Él era todas sus cosas y llevándose a sí lo llevaba todo”. Ampliando sus posibilidades, el ascetismo ha logrado también sobreponerse al infortunio de vivir proyectando al hombre tras la esperanza de una vida feliz en el más allá, a lo cual nuestros místicos dieron cabal expresión poética: “Vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero / que muero porque no muero”.
     Todas estas derivaciones del ascetismo no son, a fin de cuentas, sino modos de prolongar o dar viabilidad a la constatación de que el hombre aspira a negarse a sí mismo, y resulta llamativo comprobar que está abocado a ello, porque en eso consiste la vida. Han surgido, sin embargo, alternativas al ascetismo, las hedonistas, que han pretendido hacer que, por el contrario, la vida consista en la búsqueda del placer y en la huida ante el dolor. Para ello, los hedonistas han tenido que amputar la dimensión del deseo hasta restringirlo a los límites que lo permitan satisfacer sin salirse de lo inmediato. Pero la naturaleza humana no puede encontrar acomodo en ese reducido continente, así que el hombre que solo busca el placer, el que, por tanto, renuncia al deseo de lo inalcanzable, ha de dejar primero de ser hombre. Y eso trata de conseguirlo también a través de otras formas podríamos decir que perversas de negación de sí mismo: el olvido que procuran las drogas o los diferentes modos de matar el tiempo (que es la sustancia de la que está hecha la vida).
     Y es que, a fin de cuentas, no hay manera de eludir la condena que significa vivir, es decir, y en última instancia, huir de uno mismo, ir detrás de lo que no somos o no tenemos: deseamos, en efecto, ser más estimados y amados, queremos ascender en la jerarquía social, ambicionamos más poder, más riqueza, más tiempo libre, más conocimientos… Esa condena iba implícita en la tentación que dejó grabada en nuestra alma la serpiente bíblica cuando, enroscada al árbol del fruto prohibido, nos anunció: “Seréis como dioses”. Desde entonces, aspirando a ver realizada tal promesa (que, para empezar, provocó nuestra expulsión del paraíso), vivimos disconformes con nuestra naturaleza humana. Dicho más escuetamente: simplemente vivimos. Solo vivimos mientras nos negamos a nosotros mismos. Vivir es desvivirse.
     Así que lo que procede es buscar modos menos auto y heterodestructivos de negarse a sí mismos, de alterarse, que los que procuran el inútil ascetismo que echa a perder la vida en los desiertos o el simple hedonismo que la disuelve en meros instantes. Desde la perspectiva que aún nos queda por explorar, la vida pasa a ser entendida como una entrega. Salimos, pues, de nosotros mismos, pero no para simplemente autoanularnos o para evadirnos, sino para encontrar nuestra razón de ser en algo externo sobre lo que lleguemos a proyectarnos. Quien tiene hijos entiende fácilmente lo que aquí se trata de decir. Pero vale también la entrega a una tarea que permita trascender de sí, o diversas formas de altruismo que de una u otra manera permitan dejarse a sí mismo atrás y pasar a reconocerse en algo que esté fuera de uno: la patria, la humanidad, los más necesitados…
     Aunque fueran palabras más proclives, probablemente, al ascetismo, a la estricta negación de uno mismo, valdría tomar aquí en consideración aquellas que pronunció Jesucristo y que son citadas en el Evangelio de San Marcos: “Quien quiera salvar su vida, la perderá”. Porque solo es posible vivir desviviéndose.