sábado, 20 de marzo de 2010

AUGE Y CAÍDA DEL YO

(Publicado en El Correo de Burgos el 18-III-2010)

El Renacimiento y la Modernidad significan el resquebrajamiento de un mundo que hasta entonces se había mostrado enormemente sólido y estable. Esa solidez y estabilidad había estado garantizada por el hecho de que los individuos no tenían en la práctica entidad como tales, puesto que había unos, llamémosles así, moldes o modelos sociales, en los que los individuos debían encajar, hasta el punto de que su propia identidad les venía dada a través de esos prototipos. A todo trabajo, matrimonio, patrimonio, religión, títulos… se accedía no por desarrollo o decisión personal, sino que eran cosas que estaban predeterminadas, incuestionablemente prefijadas, y los individuos sólo podían aportar a ellas su consentimiento.

La tarea de los nuevos tiempos, a partir del Renacimiento, consistió en humanizar los modelos, hacerlos descender del Olimpo de lo ideal y abstracto hasta que pisaran en el suelo de lo individual y concreto. Se trataba de trasladar al individuo la responsabilidad por su vida, hasta entonces encerrada dentro de los corsés sociales o trascendentes en general, que anulaban la eficacia de cualquier cosa que pudiera aquél hacer, proponer o desear. A lo largo de este proceso humanizador, individualizador, la pintura descubrió, por ejemplo, el retrato, la representación no idealizada de seres concretos, de carne y hueso. Del mismo impulso proceden las propuestas desmitificadoras que llevaron, por ejemplo, a Velázquez a pintar a un dios Marte en una pose muy poco marcial, impropia de un ser con los atributos de una divinidad, y exhibiendo una musculatura a punto de la flacidez y el descuido. Las mismas intenciones le llevan a pintar al dios Baco rebajado al pedestre rango de mero borrachín. En literatura quedan también los modelos expuestos a la desmitificación, incluso a la burla, al ser filtrados por el ser de los individuos concretos. Y así, el idealizado caballero andante pasa a encarnarse en la figura de don Quijote, un hidalgo rentista y desocupado que, rastreando la imposible trayectoria de esos héroes de ficción, acaba perdiendo el oremus.

En religión fue Lutero el que, de una tortuosa manera, hizo descender a la moral hasta el nivel de la conciencia individual. Y en filosofía, quien asumió la tarea de descubrir (redescubrir en realidad) la subjetividad fue sobretodo Descartes, auténtico cancerbero de la Modernidad. Empezó Descartes por dudar de todo. Desprovisto de la fe en las verdades preestablecidas, buscaba una verdad radical de la que poder partir. Y comprobó que sólo estaba seguro de su propia duda, esto es, de su acto de pensar (en el que incluía cualquier acto psíquico, también la percepción, la voluntad el deseo…). La verdad, para Descartes, ya no estaba en el mundo externo, dictando desde ahí afuera lo que había que acatar o a lo que era preciso adaptarse. A partir de él, la verdad había que alumbrarla desde sí mismo, apoyándose en el penoso, solitario y esforzado trabajo personal. La razón, al revés de lo que había ocurrido en la Edad Media, transcurría desde lo individual y concreto hasta lo general e ideal.

Pasa, pues, el hombre de estar alojado dentro de un destino ineludible, prefijado y respecto del cual no tiene nada que decir ni que aportar, a convertir el mundo en una emanación de sí mismo, de su subjetividad, de su pensamiento, de su voluntad. En eso consiste el idealismo, la doctrina filosófica más representativa de la Modernidad, que no es la de Descartes, pero que enraíza en él, y que, rompiendo los antiguos corsés sociales, desató el enorme potencial creador que encierra el individuo cuando se le abren las compuertas de la libertad.

Pero el idealismo es una inflación del yo, una exageración según la cual la realidad es una prolongación de mí mismo, algo que nace de mí. Al contrario de lo que ocurría antes de la Modernidad, a partir de ésta es, aparentemente, el mundo el que viene a encajar y amoldarse a mis presupuestos y mis deseos como individuo. Y esa forma de ver las cosas, tan liberadora por un lado, es, por otro, justamente la que define y sustenta al delirio. De esa visión idealista surgieron deliremas como los de las utopías, en las cuales lo real queda sustituido por lo que a algunos les parece deseable, y que, bien sea buscando suplantar lo que había en la realidad por lo que se llamó “naturaleza”, o por una imaginada tribu o nación perdida, o por el predominio de una raza pura que supuestamente sería la superior, o por un pretendido paraíso comunista en el que todo sería de todos, regó de sangre, especialmente a partir de la Revolución Francesa, ese mundo que, paradójicamente, había descubierto la libertad.

Es ese el mismo idealismo destructor que está detrás de esa supuesta capacidad para decidir sin contar con los límites que impone la realidad de la que tanto se hace gala en estos tiempos posmodernos, y según la cual un hombre puede inscribirse como mujer en el Registro Civil, una pareja homosexual puede sustituir a un padre y una madre (en esto último advierto de que mi opinión no es canónica en UPyD), un español puede decidir ser “sólo vasco” o “sólo ciudadano universal”, puede concluirse también que un montón de chatarra es una obra de arte, o incluso puede conservarse ese modo de pensamiento mágico según el cual la prosperidad no está mediatizada por el esfuerzo. Debajo de todo esto está el mismo sustento intelectual que llevó al presidente Zapatero a decir que “no es la verdad lo que nos hará libres, sino la libertad lo que nos hará verdaderos”. La verdad, vista de esta forma, es un acto de decisión íntimo y subjetivo; no cuenta con límites objetivos.


Desde la filosofía misma se han formulado ya las alternativas al idealismo. Entre nosotros, Ortega lo hizo de una manera magistral cuando dejó enunciado que “yo soy yo y mi circunstancia”. Y María Zambrano, cuando decía: “Toda forma está envuelta en límites. Si se rompe por completo el límite, la forma desaparece, no se es nadie, no se es alguien”, contraponiéndose así a esa anárquica disolución de la identidad que tanto caracteriza a nuestro tiempo. O cuando asimismo afirmaba: “Objeto es algo frente a nosotros, algo, por tanto, que nos limita, ante lo cual tenemos que quedar detenidos”. Los deseos que brotan del individuo sin tener en cuenta los límites de la realidad se convierten en peligrosos delirios. O como asimismo dice Zambrano: “El simple anhelar es por esencia destructor”.


Javier Martínez Gracia, miembro de UPyD de Burgos

EL MILENARISMO CATASTROFISTA

(Publicado en El Correo de Burgos el 11-II-2010)

Entramos en la vida sin amortiguadores. Hasta que éstos llegan, desplegamos en toda su intensidad nuestra tendencia a la exageración (“En el comienzo fue la exageración”, decía Ortega). La primera de ellas llegará a convertirse en el núcleo duro desde el que arrancan todas las psicopatologías y que, resumiendo, viene a querer decir que el mundo es peligroso y malo; la poco reconfortante contrapartida de esta exageración inaugural es que por entonces nos sentimos totalmente vulnerables e incapaces de contrarrestar esos peligros que sentimos que nos amenazan. La cálida acogida maternal es el primer e imprescindible amortiguador que deja en suspenso el desasosiego que nos produce la multiforme amenaza ambiental. Pero aún permanecerán en estado de latencia, prestas a aparecer de nuevo en cuanto fallen los amortiguadores (tal vez ya en la edad adulta), las respuestas que quedaron preparadas para responder a esas eventuales amenazas: para empezar, un estado de hiperalerta que puede llegar a hacerse crónico, con la correspondiente carga de tensión, de ansiedad y de prevención en las relaciones con los demás. Si, además, la sensación de impotencia ante aquellos peligros sobrepasa cierto umbral, se acabará desembocando en la depresión.


Esa exagerada expectativa de peligro, desproporcionada respecto de la amenaza real, tiene nombre más o menos técnico: catastrofismo. El miedo, pues, sería en estos casos previo a aquello que supuestamente lo causa, un estado de ánimo que buscaría proyectarse en el exterior inventando objetos tan temibles como los fantasmas interiores de los que proceden. El estoico Séneca decía a este respecto que “los males quiméricos alarman más, tal vez porque los verdaderos tienen medida; todo cuanto proviene de lo incierto queda a merced de conjeturas y fantasías del alma atemorizada”. Existen ya en el ámbito de la psicopatología escalas de evaluación que miden los índices de catastrofismo de las personas y que los relacionan, por ejemplo, con una mayor proclividad hacia la depresión, con la probabilidad de aparición de la fibromialgia (dolor difuso crónico) o incluso con tendencias suicidas.

A partir del Renacimiento y la Edad Moderna, el hombre aumentó dramáticamente sus niveles de desasosiego interior. Hasta entonces disponía de respuestas a lo que le inquietaba que le procuraban la providencia o el todo social. Otro estoico, Marco Aurelio, ya había dejado dicho bastantes siglos antes: “La providencia: todo fluye de allí”. Y asimismo, predisponiendo a la adaptación a lo inquietante: “Todo lo que acontece, acontece justamente, (…) y como por obra de alguien que distribuyese conforme al mérito”. También para los cristianos, la Palabra de Dios revelada era respuesta suficiente y tranquilizadora. Pero con los nuevos tiempos el hombre tuvo que aprender a dar aquellas respuestas a lo inquietante por sí mismo. Pico Della Mirandola, un humanista y pensador italiano de finales del siglo XV, en su “Discurso sobre la dignidad del hombre”, considerado como el manifiesto del Renacimiento, formulaba esa nueva manera de entender la vida a través de esta imaginaria exhortación que Dios dirigía al hombre: “No te he dado un puesto fijo, ni una imagen peculiar, ni un empleo determinado –le decía–. Tendrás y poseerás por tu decisión y elección propia aquel puesto, aquella imagen y aquellas tareas que tú quieras”. Los hombres empezaron a aprender que no había nada preestablecido, que disponían de libertad para hacer que las cosas fueran de una manera o de otra. La libertad, ya que no sobre el inamovible pasado, se proyectaba vertiginosamente sobre un futuro incierto y por construir. Ese futuro abierto es precisamente el ámbito que todos los angustiados y catastrofistas prefieren para volcar sobre él sus temores. “Miedo a la libertad” lo llamó Erich Fromm.

En los últimos tiempos, esos temores catastrofistas han escogido el camuflaje de la ecología y de un supuesto progresismo para buscar justificación. En los años 80 del siglo pasado se difundieron teorías catastrofistas que afirmaban que la humanidad se encaminaba hacia una era glacial, con una bajada generalizada de las temperaturas. En los 90, la catástrofe que cogió el relevo fue la supuesta desertización progresiva del planeta. A finales de esa década, de lo que los catastrofistas empezaron a hablar fue del agujero de la capa de ozono producido por los aerosoles, que parecía que iba a elevar a niveles de epidemia los cánceres de piel. Aunque se acabó demostrando que se trataba de otro invento de los catastrofistas, una agencia de la ONU llegó a falsificar datos sobre el tamaño del agujero de la capa de ozono para que no se relajara el estado de alerta.

Han llegado a intercalarse otras alarmas generalizadas y desorbitadas como la de la Gripe Aviar o incluso ésta de la Gripe A. Pero la estrella de todas las catástrofes pareció que iba a ser la del calentamiento global producido por la emisión de CO2. Sin embargo, al estabilizarse la temperatura global en los últimos años, la teoría ha pasado a denominarse del “cambio climático”, mucho más ambigua y abarcadora, pues caben en ella tanto las subidas como las bajadas de temperatura, o las inundaciones, las sequías y los huracanes. Por supuesto, el cambio climático es algo permanente a lo largo de la historia del planeta. Ha habido épocas de más calor y otras de más frío. Lo que resulta temerario es achacarlo a la influencia humana sin datos ni escala temporal suficiente como para poder hacer una inferencia así (lo cual, ¡por supuesto!, no nos lleva a defender la degradación ambiental. Ni siquiera a estar seguros de que no estemos amenazados por alguna otra catástrofe digamos que moral… Dejemos para otro artículo el profundizar en ello).

Hace poco, un pirata informático logró introducirse en los servidores de correo electrónico de uno del los principales centros de investigación británicos en el campo del cambio climático. El pirata informático hizo públicos los mensajes intercambiados por los científicos de ese centro con otros también defensores de la teoría del cambio climático, difusores todos ellos de amenazas catastrofistas a este respecto. De tales mensajes de correo se desprende que esos científicos habían falseado datos de temperaturas para adecuarlos a sus fraudulentos modelos de clima, y habían ocultado otros datos que cuestionaban sus teorías. Asimismo, habían presionado a revistas científicas para tratar de silenciar a los investigadores que cuestionaban el calentamiento global y obtenido grandes sumas de dinero con sus fraudulentas posiciones anticientíficas (también la oscarizada película de Al Gore ha sido puesta en evidencia al confesar la responsable de efectos especiales los diversos montajes que hizo o al prohibir su exhibición en los colegios públicos un juez inglés por las manipulaciones y mentiras que detectó en ella).

De este escándalo, conocido ya como el Climategate, por asociación con el Watergate, incluso los medios han ocultado en gran medida su existencia. Seguramente que para prevenir aquello que también decía Séneca: “la mayoría de los mortales, cuando no padecen desgracia alguna ni ninguna ceguera les amenaza, se atormentan y se agitan”. Parece que una época como ésta, en la que tantos temores genera la libertad, necesita sentir que el futuro tiene forma de amenaza, para tratar de escapar hacia algún ilusorio refugio del pasado.

Javier Martínez Gracia, miembro de UPyD de Burgos

LA EVOLUCIÓN HACIA EL ANIMAL POLÍTICO

(Publicado en El Correo de Burgos el 1-XII-2009)

Alguien preguntó a la señora Gradgrind, un personaje de una novela de Dickens, si sentía dolor, y ella respondió: “Hay un dolor en alguna parte de la habitación, pero no estoy segura si lo tengo yo”. Es ésta de la señora Gradgrind una clase de duda que remite a una personalidad morbosamente infantil, aquélla que Sigmund Freud denominaba “narcisista”, y que era previa a la conformación del yo como algo diferenciado del entorno. Para entender ese mismo tipo de personalidad, Carl Gustav Jung, el más brillante y heterodoxo discípulo de Freud, tenía previsto el concepto de “unión simbiótica”, que aludía en origen a la fusión psíquica que el niño siente entre sí mismo y su madre, antes incluso de que aparezca la palabra “yo” en el vocabulario de ese niño, que mientras tanto habla de sí utilizando la tercera persona. El momento en que tal palabra aparece es uno de los más críticos en la vida del hombre, pues viene a significar que aquella unidad primordial se ha roto: la madre, y el entorno en general, podrán desde entonces ser vividos como algo diferenciado de ese yo emergente. Quienes, como la señora Gradgrind, sigan sin tener clara esa distinción, saldrán de la consulta del psiquiatra con el diagnóstico de esquizofrenia o de psicosis paranoide bajo el brazo, las más graves de las enfermedades mentales.
Es éste que estamos describiendo, asimismo, el pensamiento propio de mentalidades mágicas o animistas, frente a las cuales aparece un entorno poblado de fuerzas personificadas que, como ocurre en los sueños, están encargadas de traducir a lenguaje dramático el conjunto de las energías psíquicas concentradas alrededor de lo que Jung llamaba complejos o arquetipos. Aquellos personajes tan significativos del mundo medieval, las hadas, los duendes, los dioses, los diablos… no serían, pues, sino proyecciones hacia el exterior de acúmulos de energía psíquica, maneras de dar apariencia personal (independiente de uno mismo), por ejemplo, a esa entidad dolorosa que la señora Gradgrind sentía rondar por la habitación.
El romanticismo elevó a categoría vital aquella añoranza de la unión simbiótica con el entorno. Preludiando su caída fatal en la locura, que siempre le había rondado, Hölderlin, el máximo representante del romanticismo alemán, en su obra “Hiperión”, se dirigía así a Belarmino, su alter ego: “Ser uno con todo, ésa es la vía de la divinidad, ése es el cielo del hombre. Ser uno con todo lo viviente, volver, en un feliz olvido de sí mismo, al todo de la naturaleza, ésta es la cima de los pensamientos y alegrías, ésta es la sagrada cumbre de la montaña, el lugar del reposo eterno (…) A menudo alcanzo esa cumbre, Belarmino. Pero un momento de reflexión basta para despeñarme de ella (…) el mundo eternamente uno desaparece; la naturaleza se cruza de brazos, y yo me encuentro ante ella como un extraño, y no la comprendo (…) En vuestras escuelas es donde me volví tan razonable, donde aprendí a diferenciarme de manera fundamental de lo que me rodea (…) He sido así expulsado del jardín de la naturaleza (…) ¡Oh, sí! El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”.
Pero es la evolución psíquica la que conduce, como decíamos, hacia la escisión o diferenciación entre las cosas que pertenecen al yo y las que hay que referir al entorno. Además del yo, va apareciendo la voluntad, alrededor de la cual van reuniéndose todos aquellos complejos de energía psíquica que antes vagaban por el magma indiferenciado que forma la unión simbiótica entre el yo y el entorno. Al aparecer la voluntad, se va situando en uno mismo el origen de todo eso que antes sentíamos como dependiente de alguna instancia exterior; o mejor dicho, de alguna instancia procedente de ese complejo simbiótico que forman uno mismo y el todo. Sin embargo, mientras se recorre ese largo camino hacia el yo diferenciado y responsable de sí mismo, es posible que esa voluntad que va emergiendo sea aún percibida de una manera semejante a como lo hacía la señora Gradgrind con su dolor: “hay una voluntad –se vendría a decir– en alguna parte de la habitación pero no estoy seguro de tenerla yo”, de forma que se siente tal voluntad como una fuerza que se impone, e incluso que puede arrollar al yo. Schopenhauer (1788-1860) dio virtualidad filosófica a esta fuerza que surge de lo interior cuando habló de la voluntad de la naturaleza, a la que atribuía un poder superior sobre el que no cabe el control suficiente de la conciencia, del yo. Freud (1856-1939) denominó “inconsciente” a esa fuerza incontrolable y, en una segunda formulación de sus conceptos, lo llamó “ello”. Asimismo, fueron los románticos el movimiento social y cultural que más cabalmente asumió la existencia de esa voluntad que, aun surgiendo de nuestro interior, se nos impone como lo más genuino de nosotros mismos, por encima incluso de esa formación diríamos entonces que epidérmica de nuestro ser, y que denominamos “yo”.
Sentir que hay algo en nosotros que nos empuja a obrar de alguna incontrolable manera es un modo sibilino de rebajar la carga de responsabilidades que hemos de portar en nuestro bagaje personal: “Yo actúo –se viene a decir– pero no me pidáis razón y cuenta de lo que hago, porque algo que surge de mí pero que no soy yo me obliga a obrar así”. Estamos, pues, hablando todavía de personalidades irresponsables, inmaduras, que, profundizando en las vías abiertas por el romanticismo, han nutrido la cultura, el arte y los modos de estar en el mundo de nuestro tiempo; que se han fiado más, en suma, de lo inconsciente e instintivo (de lo “natural”) que del yo. En este tiempo, y tal y como venía a proponer Hölderlin, hemos puesto a nuestro yo a seguir la estela de nuestros sueños, de nuestras fantasías, de nuestros instintos, en vez de subordinar todos ellos a la potencia ordenadora y controladora del yo.
Nos quedan, pues, aún por definir las claves y factores que, en contraste con estas otras personalidades que adolecen de un yo débil o incluso inexistente, darían consistencia a la personalidad madura. Aristóteles decía que el hombre cabal es el “zoon politikon”, el animal político, que desarrolla sus fines dentro de una sociedad, que vive, pues, de dentro a fuera, y busca en la polis, en su medio social una tarea que cumplir, un objetivo que realizar. La capacidad para la acción política, en este sentido que señala hacia el bien común, marcaría así, por uno de sus lados, el perímetro de lo que es propio de la personalidad madura. La asunción de responsabilidades por las propias acciones sería el otro extremo que delimitaría aquel perímetro. Mientras tanto, rechazar el hecho de que entre las propias tareas estén éstas que se orientan hacia la acción política, esto es, al bien común, equivale a mantener interrumpida la propia evolución personal. Repudiar la política a causa de la coyuntural corrupción o degeneración de una determinada casta política, o de buena parte de ella –como manifiestamente ocurre entre nosotros–, sería así una simple coartada que permitiría eludir las propias responsabilidades como persona madura, además de dar una ocasión perfecta a los corruptos para seguir dirigiendo el cotarro.

Javier Martínez Gracia, miembro de UPyD de Burgos

LAS DESVENTAJAS DEL FEDERALISMO

(Publicado en El Correo de Burgos el 21-XI-2009)

Tendría algunas compensaciones creer que es el azar lo que rige en última instancia los procesos por los que discurre la Creación: nos ahorraríamos, en tal caso, tener que responder a esas graves preguntas que, puesto que nunca llegan a ser del todo resolubles, tanto nos agobian a lo largo de la vida: ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos? Pero si prevalece en nosotros la necesidad de dar un sentido a las cosas, habremos de intentar encontrar, pese a todo, las correspondientes respuestas, llegar a vislumbrar el punto desde el cual esas cosas empezaron a ponerse en marcha y aquel otro hacia el cual entendemos que pretenden ir (Alfa y Omega los llamaba respectivamente Theilard de Chardin). Las teorías evolucionistas, a pesar de rendir la mayoría fuertes tributos a la idea del azar, nos aportaron, sin embargo, un argumento especialmente jugoso a quienes anhelamos descubrir que las cosas tienen sentido… o que, al menos, aspiran a tenerlo: según ellas, todo transcurre desde lo simple hacia lo complejo. La misma inteligencia, que es el producto más acabado de la Creación, no es sino una función mental que consiste en reunir datos o ideas simples en conceptos más abarcadores y complejos.

Si lo que pretendiéramos descubrir de manera más urgente e inmediata fuera el sentido de la historia, podríamos sentirnos ya, después de incorporar esa aportación del evolucionismo, como el zahorí que, horquilla en ristre, ha intuido el río subterráneo que sirve de sustrato a lo que aparece en superficie: la historia, nos atreveríamos a decir pues, es el proceso que empuja a las sociedades humanas en busca de fórmulas de complejidad organizativa cada vez mayor.

Resaltemos alguno de los hitos de ese proceso: el Imperio romano, supuso, sin duda, uno de sus momentos culminantes. Si hacia el extremo de lo simple se situaban los modos de vida tribal, rural, autárquico que aún Roma se encontró en gran parte de su trayecto, la nueva complejidad hacia la que el Imperio apuntaba vino a aportar la civilización, esto es, la civitas, y dentro de ella el foro hacia el que afluían, gracias a una nutrida y hasta entonces inédita red de vías de comunicación, hombres y mercancías, y desde el que se administraban y regulaban jurídicamente las nuevas formas de organización social. El factor decisivo a la hora de conseguir que funcionara esa nueva estructura social unitaria fue la existencia de un idioma común, el latín, que vino a superponerse a la previa dispersión lingüística propia de las sociedades autárquicas y endogámicas que se dejaban atrás. Como dice el añorado Juan Ramón Lodares en su libro “Lengua y Patria”: “La diversidad lingüística no es natural sino fundamentada históricamente en el aislamiento material de las gentes y en las dificultades para comunicarse”. Las lenguas comunes a poblaciones diversas no suelen surgir por imposición coactiva ni son un error histórico que deba repararse (como hoy se entiende a menudo en España a raíz de los presupuestos ideológicos que los nacionalismos han implantado pérfidamente), sino el resultado inevitable del acceso a formaciones sociales más complejas.

El mundo alcanzó muy altas cotas de desarrollo y prosperidad de la mano de esa nueva complejidad que vino a aportar Roma. Por el contrario, entró en una vasta etapa de oscuridad y decadencia cuando se hundió el Imperio: las unidades sociales más simples recuperaron la preeminencia, regresaron las formas de vida tribal y autárquica, las ciudades desaparecieron, se restableció la dispersión lingüística…

De nuevo la historia fue encontrando, con el tiempo, las rutas hacia la complejidad. La irrupción de la Edad Moderna trajo a la vez la vuelta a la vida de las ciudades, la expansión del comercio, la preeminencia política de lo unitario sobre la dispersión feudal, la recuperación de los idiomas comunes… Así ocurrió de una manera muy singular en España con los Reyes Católicos, que fundaron el primer estado moderno de Europa.

Cuando las sociedades enfilan por fin decididamente esa ruta que va desde lo simple hacia lo complejo, irrumpe en ellas un potencial, una fuerza que se desparrama hacia todos los ámbitos de la vida; y así, a partir del Renacimiento, el mundo pareció salirse de sus costuras, quedarse pequeño para contener toda la vitalidad que se había desencadenado. Ni hablemos de lo que por entonces ocurrió en España.

La Ilustración fue el siguiente gran paso que realizó la historia a favor de la complejidad: Francia, que fue su cuna, marcó el modelo por el que discurrirían los países hacia la disolución de los restos del feudalismo, generando textos legales únicos allí donde había habido una maraña de fueros particulares, haciendo desaparecer aduanas y aranceles internos en cada país, unificando la administración estatal… Definitivamente, la lengua que se hablaba en París se superpuso a las decenas de variedades lingüísticas vigentes hasta entonces en Francia, y pasó a ser la lengua francesa, en correlación con la nueva estructura social unitaria que la Ilustración venía a consolidar. Naciones emergentes, como Estado Unidos, que surgió en 1776, o Alemania, que lo hizo en 1871, si bien adoptaron la fórmula federal, hay que entender que lo hicieron como peculiar manera de caminar hacia la complejidad, condicionada por su incipiente existencia como naciones. Que hace poco en Alemania se haya decidido que parte de las competencias de los Länder pasen al estado central sería muestra de que la historia sigue empujando en esa dirección. La federación y la confederación, enmarcadas en ese proceso histórico cuyo sentido tratamos de desentrañar, serían una etapa en el camino hacia modos cabales de estructuración social unitaria.

En España, el siglo XVIII, el de nuestro despotismo ilustrado, fue transcurriendo por esas mismas rutas que, profundizando en la modernización del estado, marcaba la Ilustración; pero el siglo XIX, aquél en el que las revoluciones liberales debieron de acabar definitivamente con los restos del Antiguo Régimen, dejó sueltos entre nosotros los jirones de los foralismos, los mismos que hoy han degenerado en nacionalismos. La fórmula federal o confederal que hoy muchos proponen como medio por el que buscar un nuevo entendimiento con los nacionalismos viene a ser un intento de satisfacer a nuestros nostálgicos del Antiguo Régimen. Según ello, para tenerles contentos, sería necesario regresar a un punto del pasado que sirviera de consenso, retornar a momentos que la evolución histórica ha dejado ya atrás.

Javier Martínez Gracia, miembro de UPyD de Burgos


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EL CUPO VASCO Y EL IMPERATIVO CATEGÓRICO

(Publicado en El Correo de Burgos el 29-X-2009)

Descontando, claro está, a los grandes filósofos de la Grecia clásica, Sócrates, Platón, Aristóteles, seguramente que el más grande filósofo de la historia haya sido Immanuel Kant (1724-1804), uno de los adalides de la Ilustración, que puso en marcha una auténtica revolución en el orden de las ideas al proponer que el conocimiento del mundo no consiste sólo en una aproximación y adaptación de nuestro intelecto al ser de las cosas, sino que también, en la dirección contraria, las cosas pasan a través del filtro de nuestras categorías sensoriales y mentales a priori, con las cuales elaboramos y damos forma a lo que, sin ellas, sólo sería un caos de sensaciones; en suma, que en lo observado o conocido intervienen decisivamente los filtros sensoriales y mentales innatos que aporta el observador.

Eso en el ámbito de la teoría del conocimiento. Pero asimismo, una de las principales contribuciones de Kant es la que realizó en el terreno de la moral. Aquí distinguía este insigne filósofo dos formas de ser, de las que, en principio, todos participamos en mayor o menor medida: una, la propia del que llamaba “yo empírico”, que hace referencia al sujeto en cuanto que sometido a las leyes naturales, físicas o psíquicas, y cuya voluntad, por tanto, responde mecánicamente a los estímulos externos, de forma semejante a como los cuerpos obedecen a la ley de la gravedad. En este sentido empírico, pues, el hombre no es libre, sino que está determinado a ser lo que el entorno le exige ser. Y, por otro lado, existe el “yo puro”, según el cual, el sujeto no está obligado a actuar según las exigencias del entorno, sino tal y como le dicta su conciencia, su sentido del deber, independientemente de que su conducta sea adaptativa o no. El yo puro es libre y responsable, no sometido a las leyes naturales, físicas o psíquicas, ante las cuales el que responde es su contrario, el yo empírico. El yo puro sólo responde ante la conciencia.

Kant buscaba un imperativo categórico (un apriorismo moral) que si obligase a actuar al hombre de alguna forma no habría de ser primariamente porque esa actuación la supeditara a la consecución de algún resultado concreto, sino porque la conciencia se lo exija así. El sentido fundamental de ese imperativo categórico quedaría expresado en esta fórmula: obra de modo que lo que haces pueda ser elevado a ley universal, válida para todos. Si, por ejemplo, yo miento, no podría elevar esa actuación a ley universal, porque en tal caso quedaría destruida la comunicación entre los hombres. Sólo cuando digo la verdad estoy respondiendo al imperativo categórico.

Así que la ética que Kant proponía sería aquélla cuyas propuestas vienen dictadas desde dentro de uno mismo, por la conciencia moral, y no por una instancia ajena al yo; y obliga a actuar no de la forma que resulte más adecuada o adaptativa según los dictados del entorno, sino por respeto a un sentimiento del deber que le convierte a uno en libre respecto de aquellos determinantes externos. Este concepto de persona moral es el punto culminante de la filosofía de Kant. Y recordemos que la suya es, a su vez, una cumbre de la filosofía universal. Darwin, al elaborar su teoría de la evolución, consideró que en ella sólo intervenían, además de las mutaciones, el azar y la selección natural, el mecanismo de adaptación; no llegó, por tanto, a dar razón de esta otra gran conquista evolutiva que es la conciencia, y que no promueve conductas necesariamente adaptativas, al menos no en lo inmediato, pero que, aun contando con ello, resulta ser el fundamento de la civilización tal y como hoy la conocemos.

Hoy vivimos bajo el imperio de los hechos, del mundo exterior, sometidos a los dictados del yo empírico, reduciendo la moral hasta haberla convertido en mero instrumento de las necesidades de adaptación y sumisión a las demandas del entorno. “Donde fueres, haz lo que vieres”, sería el primer mandamiento de esa moral que ya no se fundamenta en la conciencia, sino en las exigencias de la situación. La moral estaría, pues, por ejemplo, subordinada a la política, y no al revés. De ello encontramos pruebas cada día en la actitud posibilista de los partidos predominantes, cuyas actuaciones en absoluto aspiran a ser la traducción a la práctica política de unos principios previos e irreductibles a lo coyuntural. Ocurre más bien lo contrario, y el ciudadano se ve obligado a seguir la pista de unas propuestas políticas que hoy o aquí van por un sitio, y mañana o allí, discurren por otro.

Estas últimas semanas, sin ir más lejos, se ha hablado de la votación del blindaje del Cupo vasco en el Parlamento español, como condición previa que los nacionalistas vascos han puesto para dar su aprobación a los Presupuestos Generales del Estado. A lo cual han prestado su consentimiento el PSOE y los parlamentarios vascos del PP. Estamos hablando de una inmoralidad: puesto que ese Cupo es un privilegio fiscal que se realiza a costa de los demás españoles, especialmente aquellos cuyas Comunidades Autónomas son fronterizas con la Comunidad Autónoma Vasca, no sería posible elevarlo, hablando en términos kantianos, a ley universal: en este caso al menos, es necesario que para que exista el beneficio en unos, ha de haber correlativamente un perjuicio en los otros.

Antonio Basagoiti, secretario general del Partido Popular vasco y uno de los últimos dirigentes del PP que todavía parecía tener principios (el PSOE ha aceptado ya globalmente moverse dentro de los parámetros nacionalistas), se declaró partidario de ese blindaje, y respondió de manera crítica a María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP, instándola a atender los “argumentos racionales” que existen para tal blindaje del Concierto vasco: “El PP siempre ha defendido la foralidad”, dijo, agregando que, si el resto de su partido no apoya el blindaje, “que vengan ellos a presentarse por el País Vasco”. Es decir, que Basagoiti deja finalmente claro que no rige su conducta política por unos principios (un apriorismo o imperativo moral) que le obliguen en conciencia, sino por la contingencia que supuestamente convierte en algo electoralmente más útil el decidirse por lo inmoral.

De la misma forma que, como decíamos, la mentira no puede convertirse en imperativo categórico, porque eso supondría el fin de la comunicación, tampoco el mantenimiento de privilegios puede convertirse en principio rector de la política. El imperativo categórico al que estamos obligados como españoles es el que preserva la igualdad jurídica de todos ellos. Lo contrario, como prolongación del hecho de su inmoralidad, desembocaría a la larga en el fin de la nación.


Javier Martínez Gracia, miembro de UPyD de Burgos