sábado, 20 de marzo de 2010

LAS DESVENTAJAS DEL FEDERALISMO

(Publicado en El Correo de Burgos el 21-XI-2009)

Tendría algunas compensaciones creer que es el azar lo que rige en última instancia los procesos por los que discurre la Creación: nos ahorraríamos, en tal caso, tener que responder a esas graves preguntas que, puesto que nunca llegan a ser del todo resolubles, tanto nos agobian a lo largo de la vida: ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos? Pero si prevalece en nosotros la necesidad de dar un sentido a las cosas, habremos de intentar encontrar, pese a todo, las correspondientes respuestas, llegar a vislumbrar el punto desde el cual esas cosas empezaron a ponerse en marcha y aquel otro hacia el cual entendemos que pretenden ir (Alfa y Omega los llamaba respectivamente Theilard de Chardin). Las teorías evolucionistas, a pesar de rendir la mayoría fuertes tributos a la idea del azar, nos aportaron, sin embargo, un argumento especialmente jugoso a quienes anhelamos descubrir que las cosas tienen sentido… o que, al menos, aspiran a tenerlo: según ellas, todo transcurre desde lo simple hacia lo complejo. La misma inteligencia, que es el producto más acabado de la Creación, no es sino una función mental que consiste en reunir datos o ideas simples en conceptos más abarcadores y complejos.

Si lo que pretendiéramos descubrir de manera más urgente e inmediata fuera el sentido de la historia, podríamos sentirnos ya, después de incorporar esa aportación del evolucionismo, como el zahorí que, horquilla en ristre, ha intuido el río subterráneo que sirve de sustrato a lo que aparece en superficie: la historia, nos atreveríamos a decir pues, es el proceso que empuja a las sociedades humanas en busca de fórmulas de complejidad organizativa cada vez mayor.

Resaltemos alguno de los hitos de ese proceso: el Imperio romano, supuso, sin duda, uno de sus momentos culminantes. Si hacia el extremo de lo simple se situaban los modos de vida tribal, rural, autárquico que aún Roma se encontró en gran parte de su trayecto, la nueva complejidad hacia la que el Imperio apuntaba vino a aportar la civilización, esto es, la civitas, y dentro de ella el foro hacia el que afluían, gracias a una nutrida y hasta entonces inédita red de vías de comunicación, hombres y mercancías, y desde el que se administraban y regulaban jurídicamente las nuevas formas de organización social. El factor decisivo a la hora de conseguir que funcionara esa nueva estructura social unitaria fue la existencia de un idioma común, el latín, que vino a superponerse a la previa dispersión lingüística propia de las sociedades autárquicas y endogámicas que se dejaban atrás. Como dice el añorado Juan Ramón Lodares en su libro “Lengua y Patria”: “La diversidad lingüística no es natural sino fundamentada históricamente en el aislamiento material de las gentes y en las dificultades para comunicarse”. Las lenguas comunes a poblaciones diversas no suelen surgir por imposición coactiva ni son un error histórico que deba repararse (como hoy se entiende a menudo en España a raíz de los presupuestos ideológicos que los nacionalismos han implantado pérfidamente), sino el resultado inevitable del acceso a formaciones sociales más complejas.

El mundo alcanzó muy altas cotas de desarrollo y prosperidad de la mano de esa nueva complejidad que vino a aportar Roma. Por el contrario, entró en una vasta etapa de oscuridad y decadencia cuando se hundió el Imperio: las unidades sociales más simples recuperaron la preeminencia, regresaron las formas de vida tribal y autárquica, las ciudades desaparecieron, se restableció la dispersión lingüística…

De nuevo la historia fue encontrando, con el tiempo, las rutas hacia la complejidad. La irrupción de la Edad Moderna trajo a la vez la vuelta a la vida de las ciudades, la expansión del comercio, la preeminencia política de lo unitario sobre la dispersión feudal, la recuperación de los idiomas comunes… Así ocurrió de una manera muy singular en España con los Reyes Católicos, que fundaron el primer estado moderno de Europa.

Cuando las sociedades enfilan por fin decididamente esa ruta que va desde lo simple hacia lo complejo, irrumpe en ellas un potencial, una fuerza que se desparrama hacia todos los ámbitos de la vida; y así, a partir del Renacimiento, el mundo pareció salirse de sus costuras, quedarse pequeño para contener toda la vitalidad que se había desencadenado. Ni hablemos de lo que por entonces ocurrió en España.

La Ilustración fue el siguiente gran paso que realizó la historia a favor de la complejidad: Francia, que fue su cuna, marcó el modelo por el que discurrirían los países hacia la disolución de los restos del feudalismo, generando textos legales únicos allí donde había habido una maraña de fueros particulares, haciendo desaparecer aduanas y aranceles internos en cada país, unificando la administración estatal… Definitivamente, la lengua que se hablaba en París se superpuso a las decenas de variedades lingüísticas vigentes hasta entonces en Francia, y pasó a ser la lengua francesa, en correlación con la nueva estructura social unitaria que la Ilustración venía a consolidar. Naciones emergentes, como Estado Unidos, que surgió en 1776, o Alemania, que lo hizo en 1871, si bien adoptaron la fórmula federal, hay que entender que lo hicieron como peculiar manera de caminar hacia la complejidad, condicionada por su incipiente existencia como naciones. Que hace poco en Alemania se haya decidido que parte de las competencias de los Länder pasen al estado central sería muestra de que la historia sigue empujando en esa dirección. La federación y la confederación, enmarcadas en ese proceso histórico cuyo sentido tratamos de desentrañar, serían una etapa en el camino hacia modos cabales de estructuración social unitaria.

En España, el siglo XVIII, el de nuestro despotismo ilustrado, fue transcurriendo por esas mismas rutas que, profundizando en la modernización del estado, marcaba la Ilustración; pero el siglo XIX, aquél en el que las revoluciones liberales debieron de acabar definitivamente con los restos del Antiguo Régimen, dejó sueltos entre nosotros los jirones de los foralismos, los mismos que hoy han degenerado en nacionalismos. La fórmula federal o confederal que hoy muchos proponen como medio por el que buscar un nuevo entendimiento con los nacionalismos viene a ser un intento de satisfacer a nuestros nostálgicos del Antiguo Régimen. Según ello, para tenerles contentos, sería necesario regresar a un punto del pasado que sirviera de consenso, retornar a momentos que la evolución histórica ha dejado ya atrás.

Javier Martínez Gracia, miembro de UPyD de Burgos


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