lunes, 14 de febrero de 2022

LA SOLEDAD COMO REFUGIO

 


    “Siempre conviene tener una estancia, secreta y propia, en la que establezcamos nuestra verdadera soledad y nuestra principal soledad y retiro. Allí es donde debemos ordinariamente platicar con nosotros mismos, haciendo ese lugar tan privado que ningún conocimiento ni amistad extraña penetre” (Michel de Montaigne[1]).

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     “El sabio puede vivir contento, e incluso solo, aun si está en la turbamulta de un palacio; mas si ha de elegir huirá, como la doctrina aconseja, hasta de ver palacio alguno” (Michel de Montaigne[2]).

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     “Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable” (María Zambrano[3]).

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   “Escribir es una forma de terapia; a veces me pregunto cómo se las arreglan las personas que no escriben, que no pintan o no componen para huir de la locura, la melancolía y el terrible pánico inherente a la condición humana” (Graham Greene[4]).



[1] Michel de Montaigne: “Ensayos”, 3 Ts., Barcelona, Orbis, 1984, Tº 1º, Cap. XXXVIII, “De la soledad”, p. 180.

[3] María Zambrano: “Hacia un saber sobre el alma”, Barcelona, Planeta De Agostini, 2011, p 31.


jueves, 10 de febrero de 2022

LA ANGUSTIA PUEDE SERVIR DE SUSTRATO A LA VITALIDAD

 


     “El angustiado, por el hecho de estarlo, profundiza su existencia” (J. J. López-Ibor[1]).

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    “La vitalidad grita su dolor en formas diversas, y la más característica, exuberante y frecuente es la angustia, que parece surgir de aquella parte que San Agustín llamaba las entrañas del alma” (J. J. López-Ibor[2]).

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   “Desde el momento en que se ha afirmado la realidad de la libertad del espíritu la angustia se desvanece” (Sören Kierkegaard[3]).

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   “El espíritu guerrero parte de una sensación vital contraria a la que late bajo el espíritu industrial. Es (…) un sentimiento de confianza en sí mismo y en el mundo que nos rodea. No es extraño que condujese a una concepción optimista del universo. Porque, en efecto, se da la paradoja de que la Edad Media, que una estúpida historiografía nos ha pintado como un tiempo tenebroso y lleno de angustia, ha sido la sazón de las filosofías optimistas, al paso que en nuestra Edad Moderna apenas si han resonado más que voces de pesimismo. ¿Es que el espíritu guerrero confía en sí por ignorar los males del mundo? De ninguna manera: conoce tan bien como Schopenhauer todo el dolor cósmico, prevé el riesgo y subraya la angustia de vivir. Pero ¡ahí está!... Ante el mismo hecho, ante la misma realidad del dolor y el peligro, la actitud espontánea es opuesta. El ánimo guerrero, lleno de magnífico apetito vital, se traga la existencia sin pestañear, con todo su dolor y su riesgo dentro. Son éstos reconocidos de tal suerte como esenciales a la vida, que no se ve en ellos la menor objeción contra ésta, y, en consecuencia, se cuenta con ellos y, en vez de organizar las cosas con la casi exclusiva mira de evitarlos, se los acepta. Esta aceptación del peligro que lleva, no a evitarlo, sino a correrlo, es precisamente el hábito guerrero, es la casa como castillo” (Ortega y Gasset[4]).



[1] J. J. López Ibor en “La angustia vital”, Madrid, Paz Montalvo, 1969, p. 14.

[2] J. J. López Ibor en “La angustia vital”, Madrid, Paz Montalvo, 1969, p. 17.

[3] Kierkegaard citado por Léon Chestov en “Kierkegaard y la filosofía existencial”, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1965, pág. 30

[4] Ortega y Gasset: “Notas de vago estío”, en “El Espectador”, Vol. V, O. C. Tº 2, pp. 430-431.

 


martes, 8 de febrero de 2022

CUANDO EL DOLOR Y LA DULZURA SE SUPERPONEN

 


   “¿Habéis analizado alguna vez esta emoción que llamamos ternura? ¿Es alegre, es triste la ternura? ¿No parece más bien la ternura una semilla de sonrisa que da el fruto de una lágrima? En el enternecimiento sentimos angustia precisamente por aquello mismo que nos causa placer. Así, la inocencia nos encanta porque se compone de simplicidad, pureza, insuspicacia, nativa benevolencia, noble credulidad. Mas precisamente estas cualidades nos dan pena porque la persona dueña de ellas será víctima de los dobles, impuros, suspicaces, malévolos y escépticos que pueblan la sociedad. La inocencia no nos entusiasma, la inocencia no nos enoja, la inocencia nos enternece. Si nos representamos la emoción como un volumen, yo diría que la ternura es por dentro placer y por fuera dolor” (Ortega y Gasset[1]).

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    “(En la nostalgia) echamos de menos algo que un día gozamos: es el dolor de hallarnos enajenados del paisaje patrio que abrigó cálidamente nuestra infancia y donde todo nos hacía mimosos guiños de nodriza; es el vacío afectivo que nos queda al vivir separados de aquella mujer tan bella y tan amada que oprimía nuestras pupilas con aquellas sus miradas tan largas, tan hondas, tan nuestras... Mas al echar de menos estas realidades encantadoras las traemos imaginariamente junto a nos[1]otros, las revivimos, volvemos a notar sus perfecciones, sus delicadezas, sus delicias, y un sordo deleite va vertiéndose en nuestro espíritu. El gesto de desolación con que añoramos el tiempo feliz concluye en un gesto de vago placer alucinado. Al revés que la ternura es la nostalgia hacia dentro, dolor, y hacia fuera, placer” (Ortega y Gasset[2]).



[1] Ortega y Gasset: “Azorín, primores de lo vulgar”, en “El Espectador”, Vol. II, O. C. Tº 2, p. 158.

[2] Ortega y Gasset: “Azorín, primores de lo vulgar”, en “El Espectador”, Vol. II, O. C. Tº 2, p. 159.


viernes, 4 de febrero de 2022

FILOSOFAR ES PENSAR CADA COSA EN FUNCIÓN DE LO QUE LE FALTA PARA SER (ES DECIR, EN ÚLTIMA INSTANCIA, EN FUNCIÓN DEL UNIVERSO)

 


   El bosque nunca lo hallaremos ante nosotros. Solo llegaremos a ver de él la primera fila de árboles, y eso no es el bosque. En general, el ser de las cosas nunca es lo evidente, sino lo que a esto le falta. Llevando esta idea a sus últimas consecuencias, dice Ortega: “El mundo que hallamos es, pero, a la vez, no se basta a sí mismo, no sustenta su propio ser, grita lo que le falta, proclama su no-ser y nos obliga a filosofar; porque esto es filosofar, buscar al mundo su integridad, completarlo en Universo y a la parte construirle un todo donde se aloje y descanse. Es el mundo un objeto insuficiente y fragmentario, un objeto fundado en algo que no es él, que no es lo dado. Ese algo tiene, pues, una misión sensu stricto fundamentadora, es el ser fundamental (…)

   “El ser fundamental, por su esencia misma no es un dato, no es nunca un presente para el conocimiento, es justo lo que falta a todo lo presente. ¿Cómo sabemos de él? Curiosa aventura la de ese extraño ser. Cuando en un mosaico falta una pieza lo reconocemos por el hueco que deja; lo que de ella vemos es su ausencia; su modo de estar presente es faltar, por tanto, estar ausente. De modo análogo, el ser fundamental es el eterno y esencial ausente, es el que falta siempre en el mundo — y de él vemos sólo la herida que su ausencia ha dejado, como vemos en el manco el brazo deficiente” (Ortega y Gasset(1)).



[1] Ortega y Gasset: “¿Qué es filosofía?”, O. C. Tº 7, pp. 332-333.


martes, 1 de febrero de 2022

POR QUÉ LOS HOMBRES DONDE MÁS CABALMENTE HABITAMOS ES EN LA FRONTERA

 


     Efectivamente, dice Ortega: “La parte de nosotros mismos donde más enérgicamente nos hallamos es en nuestro perfil”[1]. Es decir, que lo que mejor nos define (de-fine) es lo que de nosotros se sitúa en ese nuestro perfil, por tanto, lo que de nosotros está en la frontera, lo que somos cuando eso que somos llega al extremo, a sus últimas consecuencias. Somos más auténticamente la versión de nosotros mismos que aparece cuando afrontamos una situación límite. Lo cotidiano solo permite que asomen de nosotros versiones tibias. Yo no soy propiamente el que manifiestamente, evidentemente, en suma, aparentemente soy. “Yo (soy) un perfil de aspiraciones y anhelos, de proyectos”[2], dice también Ortega. Soy, pues, el que señalan mis ideales. Y estos asoman no tanto cuando me confronto con lo cotidiano, con lo que puedo resolver más o menos fácilmente poniendo en práctica mis hábitos, sino cuando las situaciones a las que me enfrento exigen de mí que aparezca mi yo más cabal, el que me obliga a escoger entre ser y no ser, el que auténticamente me define. Por eso, el “yo” que aguarda en mis ideales me obliga a vivir en estado de alerta, el estado propio de la vida de frontera. Porque, en conclusión, como dice Ortega: “Todo el que se coloque ante la existencia en una actitud seria y se haga de ella plenamente responsable, sentirá cierto género de inseguridad que le incita a permanecer alerta”[3].



[1] Ortega y Gasset: “El Espectador”, Vol. III, O. C. Tº 2, pág. 270

[2] Ortega y Gasset: “Juan Vives y su mundo”, O. C. Tomo 9º, Alianza, Madrid, 1983, pág. 514.

[3] Ortega y Gasset: “La rebelión de las masas”, O. C. Tº IV, Madrid, Alianza, 1983, p. 64.