lunes, 10 de mayo de 2021

EL CIELO ESTRELLADO SOBRE MÍ, LA LEY MORAL DENTRO DE MÍ


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    “Ni la ley moral, ni la idea de Dios, ni religión alguna le han llegado al hombre del exterior, como caídas del cielo; al contrario, el hombre, desde su origen, lleva todo esto en sí, y es por ello por lo que extrayéndolo de sí mismo, lo recrea siempre de nuevo” (Carl G. Jung[1]).

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    “El cielo azul no empieza por estar allá en lo alto tan quieto, y tan azul, tan impasible e indiferente hacia nosotros, sino que empieza originariamente por actuar sobre nosotros como un riquísimo repertorio de señales útiles para nuestra vida (…) Nos hace señales. Por lo pronto el cielo azul nos señala buen tiempo y nos es el primer reloj diurno con el sol andariego (…) y nocturnamente las constelaciones que nos señalan las estaciones del año y los milenios  (…) en fin, nos señalan las horas. Mas no para aquí su actividad señaladora, advertidora, sugeridora (…) Kant (…) resume todo su glorioso saber diciéndonos: «Dos cosas hay que inundan el ánimo con asombro y veneración siempre nuevos y que se hacen mayores cuanto más frecuentes y detenidamente se ocupa de ellas nuestra meditación: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí.» Es decir, que aparte de señalarnos el cielo todos esos cambios útiles —climas, horas, días, años, milenios—, útiles pero triviales, nos señala, por lo visto, con su nocturna presencia patética, donde tiemblan las estrellas, no se sabe por qué estremecidas, la existencia gigante del Universo, de sus leyes, de sus profundidades y la ausente presencia de alguien, de algún Ser prepotente que lo ha calculado, creado, ordenado, aderezado. Es incuestionable que la frase de Kant no es sólo una frase, sino que describe con pulcritud un fenómeno constitutivo de la vida humana: en la bruna nocturnidad de un cielo limpio, el cielo lleno de estrellas nos hace guiños innumerables, parece querernos decir algo (…) Su parpadeo, a la vez, minúsculo en cada una e inmenso en la bóveda entera, nos es una permanente incitación a trascender desde el mundo que es nuestro contorno al radical Universo” (Ortega y Gasset[2]).

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    “Ninguna ciencia sustituirá al mito y no resultará mito alguno de ninguna ciencia. Pues «Dios» no es un mito, sino que el mito es la manifestación de una vida divina en el hombre. No le damos sentido nosotros, sino que es él quien nos habla como «palabra de Dios». La «palabra de Dios» viene a nosotros y no tenemos medio alguno de diferenciar si es distinta a Dios y en qué lo es. Nada existe en esta «palabra» que no sea conocido y humano, excepto la circunstancia de que se nos aparece espontáneamente y nos obliga. Escapa a nuestra arbitrariedad. No se puede explicar una «inspiración». Nosotros sabemos que una «ocurrencia» no es el resultado de nuestra agudeza mental, sino que la idea nos ha venido «de alguna parte»” (Carl Gustav Jung[3])

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    “Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre, y eso es lo que somos” (José Saramago[4]).

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    “Lo visto, lo oído tiene valor meramente por lo que en ello hay de alusión a ese fermentar secreto, a esa latente trayectoria de que lo sensible no es sino un estadio” (Ortega y Gasset[5]).



(0) PORTADA: 0A-Immanuel Kant: "Crítica de la razón práctica", Madris, Gredos, 2010, p. 296.

                           0B-Ortega y Gasset: “La rebelión de las masas”, O. C. Tº 4, p. 221.

[1] Carl G. Jung: “Los complejos y el inconsciente”, Madrid, Alianza, 1970, p. 307.

[2] Ortega y Gasset: “El hombre y la gente”, O. C. Tº 7, p. 123.

[3] Carl Gustav Jung: “Recuerdos, sueños, pensamientos”, Seix Barral, p. 398.

[5] Ortega y Gasset: “El Espectador”, Vol. II, O. C. Tº 2, p. 175.


sábado, 8 de mayo de 2021

COMENTARIO A LA ANTERIOR PUBLICACIÓN SOBRE LA POSIBLE APARICIÓN DEL DESÁNIMO

    Tal vez proceda contrarrestar un poco la deriva pesimista que pudieran provocar las citas anteriores, que a alguno le podría parecer que, hasta cierto punto al menos, vienen a justificar el desánimo.

    Es constatable, en este sentido, que estamos hechos a partir de dos componentes, paradójicos y contradictorios, como de costumbre: ilusión y desánimo, vitalidad y cansancio, ascenso y declive. Nuestro espíritu ―debiera decirse que el universo― es esencialmente ciclotímico. Pero lo cierto es que no hay simetría entre esas dos potencias, no están ellas destinadas a empatar: el universo, al final, se expande, no retrocede, sube más de lo que baja, crea más de lo que destruye. O como dice María Zambrano: “El amanecer es de mayor monta que la muerte en la historia humana, el amanecer de la condición humana que se anuncia una y otra vez y vuelve a aparecer tras de toda derrota”[1]. El que se estanca en el momento declinante del ciclo interrumpe ese devenir hacia la siguiente etapa. Un devenir que empezamos en la Nada y que debiera de acabar en el Todo, y del que, a trancas y barrancas, claro, llevamos recorrido ya un buen trecho. Así que, para concluir, podríamos recurrir a la ya conocida por estos lares sentencia de María Zambrano: “Vivir, al menos humanamente, es transitar, estarse yendo hacia… siempre más allá”(2).



[2] María Zambrano: “Persona y democracia”, Madrid, Siruela, 1996, p. 62.

viernes, 7 de mayo de 2021

AVISOS DE QUE ESTÁ APARECIENDO EL DESÁNIMO

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    “Tarde o temprano cada deseo debe encontrar su fatiga: su verdad…” (Emil M. Cioran[1]).

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     “A poco que vivimos hemos palpado ya los confines de nuestra prisión. Treinta años cuando más tardamos en reconocer los límites dentro de los cuales van a moverse nuestras posibilidades. Tomamos posesión de lo real, que es como haber medido los metros de una cadena prendida de nuestros pies. Entonces decimos: ‘¿Esto es la vida? ¿Nada más que esto? ¿Un ciclo concluso que se repite, siempre idéntico?’ He aquí una hora peligrosa para todo hombre” (Ortega y Gasset(2)).

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    “La segunda mitad de la vida (…) ese momento crítico en el que la psique, llegada a su punto culminante, se vuelve—o debería volverse—hacia su ocaso, para descender la pendiente que hasta allí ha subido. Pero los signos que invitan a ello escapan fácilmente a todo aquel que viva sólo una vida cerebral y brillante, relegando el resto de su ser al rango de accesorios molestos. Esta es la razón por la que surgen tantas neurosis entre los cuarenta y los cuarenta y dos años en el hombre, y entre los treinta y cinco y cuarenta en la mujer, en ese período de la vida en el que se diría que empieza una nueva vida, la vida del atardecer de la existencia, cuando la mayor parte de los datos esenciales de la época anterior tienden a invertirse. Las supremas ambiciones de la juventud no son totalmente ciertas y dejan paso a otras aspiraciones. Pero éstas son cosas que la mayoría de los seres ignoran, pues nosotros, al contrario que en Oriente, no tenemos para este punto de vista ni educación ni cultura. En cierta ocasión realicé una encuesta que me habían sugerido unos teólogos relativa a la siguiente cuestión: los seres que padecen dolores morales ¿prefieren confiar sus males íntimos a un médico del alma o a un sacerdote? Mi cuestionario cayó por azar en manos de un chino, quien respondió sencillamente: de joven me confiaría al médico; de mayor me dirigiría a un sabio” (Carl G. Jung[3]).


0-PORTADA: 0A-Friedrich Nietzsche: “La voluntad de poderío”, Madrid, Edaf, 1980, pp. 26-27.

                          0B-Miguel de Cervantes: “Don Quijote de la Mancha”, Barcelona, Crítica, 1998, p. 1.097.

                           0C-León Felipe: “Obras Completas”, Buenos Aires, Losada,

                       OD-E. M. Cioran: “El ocaso del pensamiento”, Barcelona, Tusquets, 2000, p. 189.

[1] E. M, Cioran: “Silogismos de la amargura”, Barcelona, Tusquets, 1997, p. 52.

[2] O y G: “Meditaciones del Quijote”, O. C. Tº 1, p. 379.

[3] Carl G. Jung: “Los complejos y el inconsciente”, Madrid, Alianza, 1970, pp. 407-408.


 

miércoles, 5 de mayo de 2021

PARA QUÉ VIVIR

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    Dostoievski vivió entre 1821 y 1881. En 1849 fue condenado, por conspirar contra el zar Nicolás I a 4 años de trabajos forzosos en Siberia. Sus experiencias allí las relató en un libro: “Memorias de la casa muerta”. En él lleva a cabo la siguiente reflexión: 

   “El muchik(1) trabaja, seguramente, más que el (trabajador) forzado, pues no tiene descanso de día ni de noche, en verano ni en invierno; pero trabaja por su propio interés y, por consiguiente, sufre menos que el presidiario, el cual realiza un trabajo del que no ha de sacar ningún provecho.

    “Un día se me ocurrió la idea de que si se quería aniquilar a un hombre, castigarlo atrozmente y hacer que el asesino más empedernido retrocediese aterrado ante semejante tortura, bastaría dar al trabajo de este hombre un carácter de inutilidad perfecta, llevarlo, si se quiere, a realizar lo absurdo.

    “Los trabajos forzosos, tal como están hoy organiza-dos, no ofrecen ningún interés a los condenados, pero tienen su razón de ser: el presidiario hace ladrillos, cava la tierra, blanquea, construye, y todas estas ocupaciones tienen significación y objeto. A veces, se encariña con la obra que realiza y pone en ella mayor destreza y hasta trabaja con verdadera fruición. Pero si se le condena, por ejemplo, a transvasar agua de una tinaja a otra y viceversa, o a transportar espuertas de tierra de un lugar a otro para volver luego a trasladarla al sitio mismo de donde la tomó, estoy persuadido de que se ahorcaría o cometería mil crímenes, prefiriendo la pena de muerte a tal envilecimiento, a tortura tanta”[2].

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    “El hombre tiende genuinamente –y donde ya no, al menos tendía originariamente– a descubrir un sentido en su vida y a llenarlo de contenido” (Viktor E. Frankl[3]).

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     “En todo momento el ser humano apunta, por encima de sí mismo, hacia algo o hacia un sentido que hay que cumplir, o hacia otro ser humano, a cuyo encuentro vamos con amor. En el servicio a una causa o en el amor a una persona, se realiza el hombre a sí mismo” (Viktor E. Frankl[4]).



(0) PORTADA: 0A-Ortega y Gasset: “El Espectador”, Vol. VII, O. C. Tº 2, p. 611.

                             0B-Ortega y Gasset: “Ideas sobre Pío Baroja”, “El Espectador”, Vol I, O. C. Tº 2, p. 81.

[1] Nombre que se les daba a los antiguos campesinos rusos.

[2] Fiodor Dostoievski: “Memorias de la casa muerta” - http://www.librodot.com – p. 14.

[3] Viktor E. Frankl: “Ante el vacío existencial. Hacia una humanización de la psicoterapia”, Barcelona, Herder, 1980, p. 13.

[4] Viktor E. Frankl: “Ante el vacío existencial. Hacia una humanización de la psicoterapia”, Barcelona, Herder, 1980, p. 17.

lunes, 3 de mayo de 2021

LA SOLEDAD COMO ABISMO


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     El estado de ánimo de Rodia Raskólnikov, aquel solitario asesino, inmediatamente antes de cometer su crimen, es descrito así por Dostoievski: “Una sensación nueva, casi invencible, se iba apoderando de él cada vez más, de minuto en minuto. Era una especie de repugnancia infinita, casi física hacia cuanto encontraba y le rodeaba, una repugnancia tenaz, rencorosa, empapada de odio. Todas las personas con quienes se encontraba le parecían repugnantes, su rostro, su manera de andar, sus movimientos. Si alguien le hubiera dirigido la palabra, con toda probabilidad, le habría escupido a la cara sin más ni más, le habría mordido” (Fiodor Dostoievski[1])

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     Kafka, escribía en su “Diario” a los 28 años a propósito de su “ausencia de sentimientos” y de la brecha que existía “entre yo y todo lo demás… que no intento en lo más mínimo salvar”(2).

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   Mientras tanto, decía Ortega que “La vida es precisamente un inexorable ¡afuera!, un incesante salir de sí al Universo (…) Es (el hombre) un dentro que tiene que convertirse en un fuera”[3]. Y también: “Vivir significa tener que ser fuera de mí”[4].



(0) PORTADA: Fiodor Dostoievski: “Crimen y Castigo”, Barcelona, Orbis, 1982, p. 168.

[1] Fiodor Dostoievski: “Crimen y Castigo”, Barcelona, Orbis, 1982, p. 121.

[2] Citado en Louis A. Sass: “Locura y modernismo”, Madrid, Dykinson, 2014, p. 117.

[3] José Ortega y Gasset: “Unas lecciones de Metafísica”, O. C., Tº 12, Madrid, Alianza, 1983, p. 140.

[4] José Ortega y Gasset: “El hombre y la gente”, O. C., Tº 7, Madrid, Alianza, 1983, pág. 106