martes, 7 de febrero de 2017

Un secreto nos habita (o también: Un monstruo viene a verme)

     Resumen: La filosofía idealista de Kant y de Fichte nos dejó el precioso legado de entender que, si bien la realidad, la realidad de los objetos, es algo que se constituye al margen de nosotros mismos, la verdad, por el contrario, necesita de nuestra intervención: llegamos a conocer de verdad solo aquello que nuestra inquietud nos empuja a desear conocer. Esa verdad habita en nuestro interior en estado de latencia, en forma de interrogantes que emitimos hacia el exterior, y que el mundo nos devolverá en forma de respuestas. Mientras no acabe de desvelarse, y nunca lo hará del todo, es un secreto, un arcano. Y si renunciamos a desvelarlo, se acaba convirtiendo en un monstruo que puede llegar a devorarnos.
   En la película “Un monstruo viene a verme” asistimos al desvelamiento de un secreto que hará que el protagonista pase de poseer la pequeña verdad de un niño a otra verdad más grande, más abarcadora, que le conducirá a dejar de ser niño y madurar como adolescente.
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     “Qué clase de filosofía se elige depende de qué clase de hombre se es”, dice, desde el punto álgido de su posición filosófica, Johann Gottlieb Fichte. Cada cual, desde su particular modo de ser, escoge su manera de tratar con la verdad. Más aún: cada cual escoge la manera de hacer brotar la verdad, las preguntas que determinarán la clase de respuestas a las que accederá. “Para el hombre que quiera encontrar la verdad –dice María Zambrano–, su voluntad es decisiva; la verdad es cosa a querer, algo a lo que hay que entregar totalmente la vida, algo implacablemente, infatigablemente buscado”. Pongamos que tenemos ante nosotros el Sol. Un hombre simple buscará alcanzar frente a él solo una verdad simple, por ejemplo, que el sol es, simplemente, un astro que nos da luz y calor. Eso es verdad, pero la filosofía escogida para alcanzar esa verdad tan escueta es la propia de un pequeño ser. El Sol… ¡es el mismo Dios! ¿Cómo va a caber su verdad en afirmaciones tan escasas? Hay que desplegar la voluntad en busca de esa otra verdad que nunca llega a ser alcanzada del todo. Otros hombres más ambiciosos, como Giordano Bruno, descubrieron el infinito para crear un ámbito en el que el Sol, y Dios mismo, cupieran de modo más holgado. Salvo como momentánea etapa del camino, no hay ahí afuera, frente a nosotros, una verdad dada, un objeto que haya que entender reduciéndolo a efecto de alguna causa externa. La verdad empieza por emerger de nuestra voluntad, desde el campo de preguntas que lanzamos hacia afuera para que vaya acudiendo a nosotros en forma de más o menos solícitas respuestas. Por eso, como dice Kant, “no se enseña filosofía, se enseña a filosofar”, se enseña a formular preguntas, a situarse frente al mundo en actitud interpelante.  
     Lo que afirmaba San Agustín, que “la verdad habita en nuestro interior”, es una parte de la verdad: ciertamente, habita en nuestro interior… en forma de preguntas, interpelaciones o inquietud. Y asimismo –esta es la otra parte de la verdad– llega a nosotros en forma de respuestas procedentes del exterior. Somos el alambicado recipiente que toma la forma de signo de interrogación que viene a llenar el enigmático mundo externo con sus respuestas. Cuantas más preguntas y más abarcadoras, más verdad estaremos preparándonos para recibir.
     El hombre no es una cosa, un objeto, pues este está ya delimitado, concluido, fijado. A los objetos los estudian las ciencias naturales. Qué sea una cosa no depende para nada de los sujetos que sobre ella se interroguen. Pero la verdad… ¡la verdad la generamos nosotros mismos, brota de nuestra libre voluntad! El mundo, el mundo en el que estoy, en el que me muevo, en el que hago mi vida… ¡ese mundo lo he creado yo! Lo ha creado mi inquietud indagadora, y abarca hasta donde esa inquietud ha logrado llegar. Por supuesto que mi mundo no es el mundo, pero respecto de aquel mundo mío, yo soy su último creador.
     Nos habita la verdad, pues –en su forma incipiente, aún por desvelar–. Que es tanto como decir que nos habita el secreto, eso a cuya revelación dedicamos la vida. Dice María Zambrano que el escritor escribe porque “quiere decir el secreto; lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad; las grandes verdades no suelen decirse hablando”. Y también: “Descubrir el secreto y comunicarlo, son los dos acicates que mueven al escritor. El secreto se revela al escritor mientras lo escribe y no si lo habla”. Valdría decir que se puede acceder también al secreto que nos constituye convirtiéndose en narrador, contando historias. Para eso se inventó la literatura: para rodear el secreto, como los israelitas hicieron con Jericó, atronando el aire, ellos con sus trompetas, los narradores con sus historias, hasta conseguir que las murallas que protegen ese secreto acaben derribándose.

     En la película “Un monstruo viene a verme”, que Juan Antonio Bayona dirigió basándose en la novela homónima de Patrick Ness, asistimos al desvelamiento del secreto que su protagonista guardaba en su interior, el que, una vez descubierto, habría de permitirle pasar desde la pequeña verdad de un niño invisible, aferrado a su pasivo papel de ser integrado en un entorno maternal, hasta la gran verdad de un adolescente madurado y capaz de aceptar la nueva realidad; una realidad que habría de surgir de la apocalíptica destrucción de su pequeño mundo de antaño. El monstruo que vive en él, igual que la Sombra de Jung, es tan destructivo como creador, absurdo para la mente de un niño, luminoso para la del adolescente que emerge. Ese monstruo ayudará a Conor, el protagonista que hacía poco que había cumplido trece años, a desvelar su secreto tal y como es debido: contando historias, haciendo aflorar en él el lenguaje literario con el que ha de construir la nueva verdad.
     “ ‘Historias’, pensó Conor con un escalofrío mientras caminaba hacia su casa (…) ‘Vuestras historias –había dicho la señorita Marl–. No penséis que no habéis vivido lo bastante como para no tener una historia que contar’. ‘Escribir la vida’, lo había llamado; un trabajo sobre ellos mismos. Su árbol genealógico, dónde habían vivido, los viajes en vacaciones y los recuerdos felices. Cosas importantes que hubieran pasado”. Así empezó Conor a pensar en esa clase de lenguaje que da acceso al secreto interior. Aquella noche, cuando dieron las 00:07 h., el monstruo se presentó ante la ventana de su habitación:
“–¿Qué quieres de mí?
–No es lo que yo quiera de ti, Conor O’Malley. –El monstruo pegó la cara a la ventana–. Es lo que tú quieres de mí.
–Yo no quiero nada de ti –replicó Conor.
–Todavía no –dijo el monstruo–. Pero ya lo querrás.
‘Es solo un sueño’, se dijo Conor.
(“En los sueños –dice Carl Gustav Jung– penetramos en el hombre más profundo (…) donde todavía él era todo y todo estaba en él, en la naturaleza indiferenciada, exenta de toda yoidad”. El monstruo de Connor era esa naturaleza, era un árbol personificado)
(…)
–Pero ¿qué es un sueño, Conor O’Malley –El monstruo bajó la cabeza hasta la cara de Conor–. ¿Quién dice que no es todo lo demás lo que es un sueño?
(“El alma –dice, efectivamente, Jung– (…) es algo lo suficientemente misterioso como para no estar seguros de en qué proporción yo soy mundo y en qué proporción el mundo soy yo).
(…)
–Esto es lo que pasará, Conor O’Malley –continuó el monstruo–: vendré a ti de nuevo otras noches y… –Conor sintió que se le encogía el estómago, como si se estuviera preparando para recibir un golpe– te contaré tres historias”.
(…)
–Bueno… –Conor miró a un lado y a otro sin dar crédito–. ¿Y qué clase de pesadilla es esa?
–Las historias son lo más salvaje de todo –retumbó la voz del monstruo–. Las historias persiguen y muerden y cazan (…) Y cuando yo haya contado mis tres historias (…) tú me contarás a mí una cuarta (…) y será la verdad (…) Tu verdad.
–Vale –dijo Conor–, pero dijiste que antes del final pasaría miedo, y eso no da nada de miedo.
–Sabes que no es cierto –dijo el monstruo–. Sabes que tu verdad, esa verdad que escondes, Conor O’Malley, es lo que más miedo te da en el mundo.
(…)
–Y si no te la cuento, ¿qué? –dijo Conor.
El monstruo volvió a esbozar su sonrisa diabólica.
–Entonces te comeré vivo.”
     El secreto permanece en la Sombra en forma de pecado. Por eso es impronunciable, por eso la conciencia lo rechaza. Pero si no se llega a confesarlo, acaba devorándonos. “Aceptando el propio pecado –decía Jung– se puede vivir con él, mientras que su rechazo trae consigo incalculables consecuencias”. Cuando Emil Michel Cioran escribió “En las cimas de la desesperación”, se justificó diciendo: “Es evidente  que, de no haberme puesto a escribir este libro a los veintiún años, me hubiese suicidado”. “¿Por qué no podemos permanecer encerrados en nosotros mismos? ¿Por qué buscamos la expresión y la forma intentando vaciarnos de todo contenido, aspirando a organizar un proceso caótico y rebelde? (...) Siempre es peligroso refrenar una energía explosiva, pues puede llegar el momento en que deje de poseerse la fuerza necesaria para dominarla (...) Existen estados y obsesiones con los que no se puede vivir. La salvación ¿no podría consistir en confesarlos? (...) El lirismo representa una fuerza de dispersión de la subjetividad, pues indica en el individuo una efervescencia incoercible que aspira sin cesar a la expresión (...) Su verdadero valor consiste, precisamente, en no ser más que sangre, sinceridad y llamas”.
     Efectivamente, Jung sabía que la Sombra, el guardián de nuestros secretos (de nuestros pecados), ha de salir a la luz, porque si no se convierte en un ser maligno y destructor. Entonces aparece la neurosis: “La enfermedad (neurótica) –dice– no es ninguna carga superflua y por lo tanto carente de sentido, sino que es la persona misma como ‘otro’ al que siempre se ha tratado de excluir, por infantil comodidad, por ejemplo, o por miedo, o por cualquier otro motivo”. La vida le estaba exigiendo a Conor crecer, ser “otro”, que su parte todavía infantil estaba tratando de evitar. El monstruo, igual que “el inconsciente –así llama Jung al hábitat de la Sombra– (…) es un organismo natural, indiferente al punto de vista moral, estético e intelectual, que no se hace realmente peligroso sino cuando nuestra actitud consciente respecto a él es desesperadamente falsa (…) Desde el instante en que el paciente comienza a asimilar sus datos hasta entonces inconscientes, los peligros disminuyen”. Porque “los contenidos inconscientes (…) no son en sí destructivos sino ambivalentes, y depende totalmente de la constitución de la consciencia que los capta que se conviertan en maldición o en bendición”. Cuando Cioran se confesó escribiendo su primer libro, cuando Conor, después del proceso catalizador de dejar que su monstruo le contara historias externas, acabó contándose su propia historia, descubrieron la verdad, y así consiguieron evitar ser devorados por su secreto, su pecado, su monstruo.
     Se escribe, pues, para no ser devorado por el monstruo que nos habita.

lunes, 23 de enero de 2017

Las tribulaciones de Unamuno o cómo enfrentarse a una crisis de identidad

     En 1891, al ganar la cátedra de Lengua y Literatura griega en la Universidad de Salamanca, Miguel de Unamuno (1863-1936) deja atrás sus habituales lugares de referencia en el País Vasco y traslada su vida a los contrapuestos paisajes castellanos. Una confrontación más la llevó a cabo frente al otro paisaje renovado, el humano, que le resultó en buena medida hostil. Todo lo cual colaboró en el hecho de que atravesara una profunda fase de introversión. Unamuno se sentía por entonces solo y aislado en el mundo, sentimiento —nos dice él— que "puede llegar a producir terribles estragos en el alma y aún a ponerla al borde de la locura".
     Aquella situación de soledad y aislamiento, a la que su carácter antipático colaboró decisivamente, acabó derivando hacia una profunda crisis espiritual, esa que nace a partir de la incertidumbre sobre quién se es, incertidumbre que Ortega dejó perfilada de esta manera: “El hombre es afán de ser –afán en absoluto de ser, de subsistir– y afán de ser tal, de realizar nuestro individualísimo yo (…) Pero sólo puede sentir afán de ser quien no está seguro de ser, quien siente constantemente problemático si será o no en el momento que viene, y si será tal o cual, de este o del otro modo. De suerte que nuestra vida es afán de ser precisamente porque es, al mismo tiempo, en su raíz, radical inseguridad”. Aquella inseguridad sobre sí mismo, sometida a presión por sus concretas circunstancias, hizo eclosión en Unamuno una noche de insomnio de 1897, en la que de pronto le sobrevino una irreprimible crisis de llanto. Encontró consuelo en el abrazo de su mujer, que yacía a su lado, y que acariciándolo le decía: “¿Qué tienes, hijo mío?”. Estimulado por ese trato maternal, como él mismo cuenta, “entonces me refugié en la niñez de mi alma”. Con ello quería decir que pretendió volver a la fe de su infancia, según confesó en una “Carta a Clarín” de 1900. De manera típica, cuando tiene lugar una crisis personal, se suele producir en la psique un movimiento de regresión: se busca entonces consuelo en una imposible vuelta atrás, a épocas en las que la protección del entorno paterno, el marco de creencias en el que por entonces se sentía que el mundo encajaba y el sentimiento de confianza consiguiente procuraban un sosiego suficiente, y en donde la sensación de pertenencia resolvía esa clase de inquietud que más tarde habrá de irrumpir irremisiblemente como necesidad de buscarse una identidad.
      Unamuno, después de aquella noche crítica, intentó en primera instancia recuperar las prácticas religiosas que en su niñez se asociaban a aquel consuelo perdido; abandonó sus clases y sus demás obligaciones, y fue a recluirse en el convento de frailes dominicos de Salamanca, donde estuvo tres días. Pero enseguida se percató de que aquel intento iba a fracasar, de que “aquello era falso”, así que su crisis le empujó hacia nuevos derroteros. Dice José Luis Abellán en su libro “Miguel de Unamuno a la luz de la psicología”: “No sabemos lo que Unamuno pensó en los tres días que estuvo encerrado en el convento, pero es seguro, porque él nos lo ha dicho, que la lucha se desarrolló entre el hambre de notoriedad y la fe sencilla de la infancia. Por eso, se entregó a las prácticas religiosas más rutinarias; pero, al poco tiempo, ese "yo enconado" por la vanidad y el estímulo de la fama literaria se impuso, como más fuerte, por encima de todo lo demás”.
     Esos nuevos derroteros por los que la atormentada alma de Unamuno discurrió quedan explícitos en el resto de la carta a Clarín en la que, hablando de sí en tercera persona, dice en concreto: “Se percató de que aquello era falso, y volvió a encontrarse desorientado, preso otra vez de la sed de gloria, del ansia de sobrevivir en la historia”. Desechado el sentimiento de identidad que le sirvió de niño, lo que afloró fue su “espíritu inquieto, sediento de atención, ávido de que se le oiga”. Dice asimismo en la carta: “quisiera que no se hubiese mezclado en ella (la carta) mi condenada vanidad, pero es imposible”. Él mismo da con la secuencia argumental que explica su posición vital entonces: “¡Ah, qué triste es después de una niñez y juventud de fe sencilla haberla perdido en vida ultraterrena, y buscar en nombre, fama y vanagloria un miserable remedo de ella”.
     Hay pues dos tendencias radicales en aquel Unamuno en busca de su identidad que de mala manera conviven en un mismo recinto, el de su alma: la que supone su ansia de inmortalidad conducida a través de sus sentimientos religiosos y –dadas las insuficiencias a que sus insoslayables dudas le conducían por esta primera vía– la que alternativa y compensatoriamente le empuja al ansia de fama y de gloria mundanas, a la necesidad de sobresalir y al consiguiente exhibicionismo. A partir de su crisis religiosa, esta última faceta de su personalidad, la egotista y vanidosa, aun dejando a salvo su genialidad como pensador, novelista y poeta, pareció adquirir preeminencia, al menos en lo que respecta a su trato con los demás. Así lo afirma José Luis Abellán: “Tras la crisis del 97, Unamuno se entregó a satisfacer su ansia de popularidad, abandonando la vía mística a la que se sintió llamado. Durante los meses inmediatos a la crisis una terrible lucha debió operarse en su ánimo: el yo y Dios, el ansia de ser famoso y el deseo de entregarse a una vida religiosa, debieron luchar en su alma. Y, por fin, el primero venció al segundo”.
Miguel de Unamuno
     El anhelo de inmortalidad que hasta entonces había discurrido por los cauces que la religión le procurara, pasó a disponer para satisfacerse, ya que no solo, sí en gran medida, de los (precarios) medios que aporta la vida mundana. De modo parecido a como Nietzsche, una vez muerto Dios, desembocó en esa inflación sucedánea a la que denominó superhombre, Unamuno lo hizo en un yo sobredimensionado. Para poder llegar a esta conclusión, contamos con el testimonio de muchos de los que le conocieron: “Unamuno —nos dice Salvador de Madariaga, por ejemplo— trata ante todo, quizá siempre, de su propia persona. Ello se debe primero a que Unamuno está obseso de sí mismo”. Baroja dice de igual manera en sus Memorias: “Creo que Unamuno tenía mucho de patológico en la cabeza, sobre todo un egotismo tan enorme que le aislaba del mundo, a pesar de que él creía lo contrario”. Ortega insiste con fuerza en la misma opinión: “No he conocido un yo más compacto y sólido que el de Unamuno. Cuando entraba en un sitio, instalaba desde luego en el centro su yo, como el señor feudal hincaba en medio del campo su pendón. Tomaba la palabra definitivamente. No cabía el diálogo con él... No había, pues, otro remedio que dedicarse a la pasividad y ponerse en corro en torno a don Miguel, que había soltado en medio de la habitación su yo, como si fuese un ornitorrinco”.
     El mismo Unamuno reconoce a menudo su pecado de vanidad, pero encuentra para él justificación en sus propios descubrimientos como pensador. Así que razona, por ejemplo, de esta manera: “Cuando las dudas nos invaden y nublan la fe en la inmortalidad del alma, cobra brío y doloroso empuje el ansia de perpetuar el nombre y la fama, de alcanzar una sombra de inmortalidad siquiera. Y de aquí esa tremenda lucha por singularizarse, por sobrevivir de algún modo en la memoria de los otros y los venideros, esa lucha mil veces más terrible que la lucha por la vida, y que da tono, calor y carácter a nuestra sociedad, en que la fe medieval en el alma inmortal se desvanece”. O también: “Y vuelven a molestarnos los oídos con el estribillo aquel de ¡orgullo!, ¡hediondo orgullo! ¿Orgullo querer dejar nombre imborrable? ¿Orgullo?... Ni eso es orgullo, sino terror a la nada. Tendemos a serlo todo, por ver en ello el único remedio para no reducirnos a nada”. Todo en Unamuno conduce, en fin, hacia la conclusión que él mismo expresa en su famosa “Oración del ateo”, soneto que acaba con estas palabras:
“Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si tú existieras
existiría yo también de veras”
     Y puesto que esa existencia de Dios resulta tan dudosa, para conquistar su identidad, para intentar “existir también de veras”, solo encuentra el filósofo vasco el nietzscheano cauce de intentar ser un superhombre, de dejar su huella, cuanto más grande mejor, en este mundo, de que el eco de su acotada existencia sea lo suficientemente poderoso como para conseguir perdurar cuando él ya no esté.
     ¿Y no hay más alternativas, entonces, que la de conseguir esa ansiada identidad, a la que no es posible renunciar, a través de un yo que trascienda de esta existencia mundana o embutiéndose, si no, en un yo hiperbolizado y patéticamente investido por la vanidad y el intento de sobresalir a toda costa? Tal vez no sea así, tal vez quede una vía intermedia o, mejor, que sirva de síntesis de esas otras dos posibilidades que no acaban de aportar una completa resolución: se trataría entonces de buscar la trascendencia, como quiere nuestro yo religioso, pero sin salirse de este mundo, que es la condición que pone nuestro otro yo, el que busca adaptarse a la realidad tal como se nos presenta. La crisis de Unamuno vendría a ser una crisis de juventud (de la que seguramente nunca llegó a salir del todo), según los términos en los que Ortega la deja expresada: “El hombre joven –dice efectivamente– vive para sí. No crea cosas, no se preocupa de lo colectivo. Juega a crear cosas (…) juega a preocuparse de lo colectivo (…) Mas, en verdad, todo ello es pretexto para ocuparse de sí mismo y para que se ocupen de él. Le falta aún la necesidad sustancial de entregarse verdaderamente a la obra, de dedicarse, de poner su vida en serio y hasta la raíz de algo trascendente de él, aunque sea sólo a la humilde obra de sostener con la de uno la vida de una familia”. Una visión que perfectamente podríamos acoplar a la manera de estar en el mundo de Unamuno, como demostrarían palabras suyas del siguiente cariz: “Yo tengo mi lucha, y cada uno de nosotros tiene la suya. Y mi lucha no puedo asegurar que sea por el mejoramiento de la Humanidad. ¿La Humanidad?, y si luego resulta que de aquí a diez, a cien, a mil o a un millón de siglos, la Humanidad ha desaparecido sin dejar rastro alguno de sus ciencias, sus artes, sus industrias, ¿qué me importa eso?”.
     Así que el filósofo de Bilbao y rector de Salamanca tenía cegada la vía de acceso hacia la auténtica trascendencia en este mundo. De cuya posibilidad de nuevo Ortega nos da la clave, a la vez que nos instruye sobre el modo en el que esa clave quedó incorporada al bagaje de nuestra civilización: “He aquí lo fundamental de la experiencia cristiana del hombre: todo lo demás es secundario, casi anecdótico al lado de eso. Descubrir, caer en la cuenta de que la vida en su última sustancia consiste en tener que ser dedicada a algo, no en ocuparse de esto o de lo otro dentro de la vida, que eso sería lo contrario, meter en la vida algo que se considera valioso, sino tomar en vilo nuestra existencia entera y entregarla a algo, de-dicarla…, esa es la averiguación fundamental del cristianismo, lo que indeleblemente ha puesto en la historia, es decir, en el hombre”. Y añade: “Desde el cristianismo, el hombre, por ateo que sea, sabe, ve, no ya que la vida humana debe ser entrega de sí misma, vida como misión premeditada y destino interior –todo lo contrario que aguante de un externo destino–, sino que lo es, queramos o no. Díganme ustedes qué otra cosa significa la frase tan repetida en el Nuevo Testamento y como casi todo el Nuevo Testamento tan paradójica: ‘el que pierde su vida es el que la gana’. Es decir, da tu vida, enajénala, entrégala; entonces es verdaderamente tuya, la has asegurado, ganado, salvado”. Enseñanza que Antonio Machado dejó traducida a lenguaje poético cuando versificó diciendo:
“Moneda que está en la mano
quizá se deba guardar;
la monedita del alma
se pierde si no se da”

domingo, 8 de enero de 2017

Las consecuencias de la muerte de Dios

     Duns Scoto (1266-1308) y Guillermo de Ockham (1285-347) pusieron patas arriba la escolástica cuando concluyeron que Dios no estaba limitado por el principio de racionalidad, sino que era voluntad pura y pura arbitrariedad, es decir, que hacía lo que le parecía y no se sujetaba a lo que pudieran dictar la lógica o la ética humana. Hubo una indudable consecuencia positiva de la irrupción de esta (relativamente) nueva forma de mirar, pues de esa manera se estaba abriendo una puerta en la mente de los hombres para que por ella pudiera entrar lo sorprendente, lo novedoso, lo que no se sometía a los prejuicios o conceptos ya establecidos, lo que no encajaba en lo que la razón tenía previsto. En suma, se estaba abriendo la puerta al Renacimiento, que no iba a tardar en llegar, así como al empirismo y al estudio de los fenómenos particulares, hasta entonces desechados, puesto que solo cabía la atención para lo que era generalizable y no arbitrario o absurdo.
     Hasta la llegada de Scoto y Ockham, la verdad, como dejaron dicho Platón y su epígono San Agustín, era anterior a los hechos, estaba escrita en los astros y en el destino. En consecuencia, los hechos eran desdeñables, en la medida en que no podían llegar a ser más que una mala copia de la idea o verdad preestablecida. Una forma de ver las cosas que no dejaba sitio, pues, a los imprevistos, y que llevaba a San Agustín a considerar la curiosidad como algo pecaminoso. Si las verdades eran eternas, nada podía añadirles la experiencia; si, como había dicho San Agustín, “todo tiende a la unidad”, lo extraño, lo singular, lo que no cabe en el molde de lo general y, por tanto, excedía del marco de esa ley unificadora, quedaba ignorado. La traducción de esa forma de mirar al terreno de la vida práctica significaba que los hombres no tenían que hacer con su vida otra cosa que lo que ya estuviera previsto que hicieran. Por ello pudo decir Erich Fromm refiriéndose a la Edad Media: “La vida personal, económica y social se hallaba dominada por reglas y obligaciones a las que prácticamente no escapaba esfera alguna de actividad”; en suma, se buscaba la plena correspondencia entre lo previsto o previsible y lo real. Ortega lo ratifica: “En el siglo XIV el hombre desaparece bajo su función social. Todo es sindicatos o gremios, corporaciones, estados. Todo el mundo lleva hasta en la indumentaria el uniforme de su oficio. Todo es forma convencional, estatuida, fija”.
     Así que al introducir la arbitrariedad en los designios de Dios sobre lo que podía o no acontecer, el perímetro del mundo se amplió enormemente, primero en la mente de los hombres, y, acto seguido, en la realidad. Los hombres pudieron atender a la aparición de lo singular, de lo extraño, de lo insólito. “El hombre moderno –decía Ortega– vive asomado al mañana para ver llegar la novedad”. Aparecieron, por ejemplo, los gabinetes de curiosidades, precedentes de los que con el tiempo llegaron a ser los museos de historia natural. Quien tenía recursos y afición, se dedicó al coleccionismo, a atesorar ejemplares curiosos que procedían de los campos más heterogéneos: piezas arqueológicas, reliquias, ingenios mecánicos, animales raros, esqueletos, minerales, fósiles, hierbas, artefactos de interés etnográfico…  Lo extraordinario y su observación empírica reclamaron la atención de los hombres. El empirismo, el estudio de los hechos, empezó a adquirir carta de naturaleza.
     Pero la mente humana difícilmente puede adaptarse a una existencia en la que no rigen lo previsible, lo razonable, aquello para lo que emiten sus dictados las leyes de lo general. Dicho de otra forma: difícilmente se puede soportar la idea de que Dios (el que impone su marcha a los acontecimientos) es un ser arbitrario. Scoto y Ockham disponían, por ello, de un recurso alternativo para sobrellevar la nueva manera de entender a Dios, esa que lo imaginaba como pura voluntad, y que, por tanto, hacía no lo que es bueno o razonable, sino lo que a su libre arbitrio le parecía. Ese recurso que al fin y al cabo permitía sentir que la vida tenía sentido a pesar de que lo que en ella ocurriera (lo que Dios consentía que ocurriera) fuera irracional, injusto y a veces espantoso, era la fe. Si la fe fallaba, todo se desmoronaba.
Los hombres se lanzaron a navegar en un mar de dudas

     Y acabó fallando. Los hombres fueron quedándose desnudos ante el absurdo y la arbitrariedad a los que habían abierto la puerta con su –por otro lado tan productiva– nueva forma de mirar. Sólo los protestantes fueron capaces de seguir creyendo en un Dios arbitrario. Lutero, un fiel seguidor de las ideas de Ockham, era suficientemente explícito en sus planteamientos cuando decía que “la razón es la ramera del diablo”. Lo cual no le evitaba ser una persona angustiada y atormentada. El estado de ánimo de los hombres en general fue impregnándose de inquietud, de desasosiego. Constata Stefan Zweig en su biografía de Erasmo, que, precisamente en el tránsito del siglo XV al XVI, “de la noche a la mañana, las certidumbres se convierten en dudas, cualquier cosa perteneciente al ayer parece tener milenios y se descarta (…) El desasosiego fermenta en los países, el miedo y la impaciencia alientan en las almas”. Y Ortega añade: “El hombre antiguo parte de un sentimiento de confianza hacia el mundo, que es para él, de antemano, un Cosmos, un Orden. El moderno parte de la desconfianza, de la suspicacia, porque (…) el mundo es para él un Caos, un Desorden”.
     Como resumen descriptivo de la situación a la que ha llegado el hombre después de este periplo que comenzó en el Renacimiento vale esto que Jung dice: “Nuestro intelecto ha hecho conquistas tremendas, pero al mismo tiempo nuestra casa espiritual se ha desmoronado”. El hombre dejó de creer en un Dios bueno y razonable, es decir, dejó de creer que lo que acontecía cabía en los moldes previstos por la lógica y la ética humanas, y aceptó adentrarse en el reino de lo absurdo, de lo arbitrario. El hombre, podríamos decir, se atrevió a lanzarse a navegar en un mar de dudas, es decir, en lo inseguro, en lo desconocido, en lo que no se sabía dónde podía llevar. No solo Colón o Elcano, con el bagaje que les otorgaba esta nueva perspectiva, pudieron llevar entonces adelante sus aventurados planes: la duda entró a formar parte de toda indagación experimental y filosófica. La incertidumbre pasó a señorear el alma de los hombres.
     Todo eso, efectivamente, permitió ampliar enormemente el perímetro del mundo externo. Pero el mundo interno, el alma del hombre zozobró. La duda metódica es, desde luego, el mejor de los instrumentos en el campo de la experimentación científica, pero el mundo afectivo necesita seguridades, aspira a la estabilidad, quiere pisar terreno firme. Mientras tuvo el arma de la fe, es decir, mientras confió en que al otro lado de lo incierto, de lo desconocido, de lo absurdo, las cosas seguían teniendo sentido, el hombre pudo seguir adelante. Pero cuando, como Nietzsche sentenció, Dios murió, el hombre se quedó frente al absurdo sin más, desarmado ante las situaciones límite, abocado a la desesperación. Sartre pudo decir, precisamente, que la vida comenzaba más allá de la desesperación, y Camus, que antes de preguntarse sobre cualquier otra cosa, era preciso resolver si había que suicidarse o no. Primo Levi, tras pasar por el campo de concentración, concluyó: “Existe Auschwitz… no existe Dios”. Provisto solo de su razón, el hombre moderno estaba acabando de aceptar que más allá del absurdo, de lo espantoso, de la situación límite, no había nada. La vida no tenía sentido: a eso quedó abocado Primo Levi, y por eso se suicidó.
     “Desde tiempos inmemoriales –dice Jung–, los hombres tuvieron ideas acerca de un Ser Supremo (uno o varios) y acerca de la Tierra del más allá. Sólo hoy día piensan que pueden pasarse sin tales ideas”. Ortega ayuda a completar este pensamiento: “Decir que no hay dioses es decir que las cosas no tienen, además de su constitución material, el aroma, el nimbo de una significación ideal, de un sentido”. Lo mismo opina Viktor Frankl, que cita a Ludwig Wittgenstein: “Creer en Dios significa ver que la vida tiene un sentido”. Y asimismo Jung, evocando el Macbeth de Shakespeare: “El hombre, positivamente, necesita ideas y convicciones generales que le den sentido a su vida y le permitan encontrar un lugar en el universo. Puede soportar las más increíbles penalidades cuando está convencido de que sirven para algo; se siente aniquilado cuando, en el colmo de todas sus desgracias, tiene que admitir que está tomando parte en un ‘cuento contado por un idiota’”.
En vez de estar expuesto a animales salvajes, a rocas que se desprenden, a inundaciones, está ahora expuesto el hombre a sus fuerzas anímicas elementales
      Quedar inerme frente al absurdo no es algo que el hombre pueda sufrir sin mayores efectos. “El hombre moderno –decía también Jung– no comprende hasta qué punto su ‘racionalismo’ (que destruyó su capacidad para responder a las ideas y símbolos numínicos) le ha puesto a merced del ‘inframundo’ psíquico”. Lo que el mismo Jung escribió al acabar la Segunda Guerra Mundial nos ayuda a entender cuáles pueden ser las consecuencias de la muerte de Dios, del imperio del absurdo, de la desesperación de que la vida pueda tener un sentido, del nihilismo en suma: “Las catástrofes de gigantescas proporciones que nos amenazan no son acontecimientos elementales de índole física o biológica sino sucesos psíquicos. Las guerras y revoluciones que nos amenazan tan pavorosamente son epidemias psíquicas. En cualquier momento puede apoderarse de millones de seres una idea delirante, y tendremos otra vez una guerra mundial o una revolución devastadora. En vez de estar expuesto a animales salvajes, a rocas que se desprenden, a inundaciones, está ahora expuesto el hombre a sus fuerzas anímicas elementales. Lo psíquico es una gran potencia que supera con mucho a todos los poderes de la Tierra. La Ilustración que desacralizó a la naturaleza y a las instituciones humanas, no vio al dios del terror que mora en el alma”.

lunes, 26 de diciembre de 2016

La causa última de las discordias en política

     La gran innovación que a la historia del pensamiento humano aportaron los primeros filósofos en Grecia fue la de explicar lo que son las cosas remitiéndolas a su origen o primera causa. Así consideradas, toda la caótica multiplicidad y dispersión con que ellas se presentaban ante los confusos seres humanos quedaba reducida a mera apariencia, porque la explicación causal sacaba a la luz la unidad, la base común que al fondo de ese caos subyacía. Cuando tenemos un por qué al que referir nuestro inicial asombro o inquietud ante las cosas y los acontecimientos, alcanzamos, al menos, la paz intelectual, y disponemos asimismo de capacidad para, desde aquel sustrato causal, maniobrar con eso que nos inquieta, transformándolo en algo acorde con nuestros deseos. Así que cuando Tales de Mileto, Anaxímenes y Anaximandro, los primeros filósofos, concluyeron respectivamente que todas las cosas proceden del agua, del aire o de “lo indeterminado”, estaban sentando las bases de un método de pensamiento que permitiría el desarrollo de toda la filosofía y toda la ciencia posteriores. Es el que aplicó Descartes cuando estaba buscando una verdad inicial e irrefutable desde la que empezar a comprender todas las cosas, y que concluyó que era la que encierra su apotegma de “pienso, luego existo”, o la que Ortega resumió en su “yo soy yo y mi circunstancia”. También Newton pudo reducir la multiplicidad de fenómenos físicos y astronómicos a manifestaciones de una ley común e inicial: la de la gravedad. Y, asimismo, Freud fundamentó el psicoanálisis proclamando que los trastornos psíquicos se explicaban escarbando en su raíz infantil y en alguna clase de trauma inicial.
     Así que puestos a intentar comprender la razón de la existencia de las discordias en política, esto es, de esa caótica dispersión de argumentos que dividen a la población en planteamientos políticos contrapuestos, habremos de intentar desbrozar el camino intelectual que nos conduzca hasta su primera causa, el por qué inicial, que nos permita añadir al fenómeno en cuestión ese foco de luz que surge de su raíz. Dejaremos para el final, aunque en su forma más o menos implícita, un posible enunciado concluyente y, a la manera freudiana, iremos elaborando la anamnesis de nuestro “paciente”, la sociedad actual, acumulando datos de su “biografía”. Si damos con la narración adecuada, la conclusión la obtendremos por añadidura.

Carl Gustav Jung


     Nuestra narración comienza en el hecho del intercambio comercial como raíz primera de la actividad económica. De esa actividad económica básica se derivó una consecuencia: la producción por parte del comerciante de ingresos por encima de sus gastos, es decir, la acumulación de capital. Ese ahorro estaba naturalmente destinado a revertir de nuevo sobre la producción en forma de inversión que habría de añadir complejidades cada vez mayores a esa producción. Por esa vía del ahorro, de la acumulación de capital, se llegó inevitablemente a las diferencias en cuanto a poder económico: no todos producían lo mismo ni todos ahorraban y volvían a invertir de la misma manera.
     Especialmente la Ilustración levantó entre sus lemas movilizadores más importantes el de la igualdad, pero esta, según entendía la mayoría, no se refería a la igualdad económica, sino a la jurídica y política, la que proclamaba que todos los ciudadanos habían de ser iguales ante la ley, y que la aristocracia de la sangre o el poder religioso no supusieran un privilegio jurídico o que prevaleciera sobre el mérito a la hora de adquirir puestos de relevancia social. La acumulación de capital siguió siendo el factor vertebrador del desarrollo económico: solo si alguien acumulaba la suficiente riqueza podía adquirir los imprescindibles medios de producción que por entonces estaban poniendo en marcha la Revolución Industrial. Pero poco más tarde empezaron a surgir con fuerza movimientos que reclamaban también la igualdad económica. Su principio básico podríamos enunciarlo diciendo que nadie merecía ser rico mientras hubiera pobres, así que o bien habría que repartir la riqueza igualitariamente entre todos, o bien el estado, en representación del conjunto de los ciudadanos, habría de asumir la responsabilidad de la producción económica, ya que de ahí nacían las desigualdades; es decir, los empresarios habrían de ser sustituidos por funcionarios.
     Así pues, la pretensión de suprimir las diferencias en poder económico entre las personas conduce hacia uno de estos dos derroteros: o interrumpir los procesos productivos, es decir, matar la gallina de los huevos de oro, la acumulación de capital en la que se basa la producción, especialmente en las sociedades avanzadas, para repartir (y disolver) la riqueza acumulada entre todos; o bien, si se acepta la necesidad de que exista acumulación de capital, relegar a los empresarios y sustituirlos por funcionarios, que supuestamente libres del interés egoísta de los empresarios, producirían más y mejor por puro interés social. Es lo que se propuso hacer sobre todo el comunismo.
     El caso es que estos planteamientos que presuponen la expropiación de los medios de producción han conducido persistentemente a estrepitosos fracasos. Y es así porque las empresas proceden de la acumulación de capital e, idealmente al menos, a través de la libre competencia y los mecanismos de la oferta y la demanda, producen nueva acumulación si la capacidad de los empresarios lo permite, pero un funcionario es un mero administrador de unos bienes que no ha producido, una persona que viene a interferir en los procesos productivos para sustituirlos por otros con fundamento político, es decir, subordinados a las respectivas ideologías. Y la experiencia demuestra una y otra vez que al sustituir a los empresarios por funcionarios y a la ley de la oferta y la demanda por criterios políticos e ideológicos, las sociedades no se hacen más justas, sino más pobres, porque se quiebran los principios básicos del funcionamiento económico. Y complementariamente, también se fundamenta en la experiencia y en la evidencia el hecho de que las sociedades han adquirido su mayor nivel de riqueza y de ampliación de oportunidades cuando su funcionamiento económico se ha regido por los criterios de libertad de empresa y de libre competencia entre unas empresas y otras. En sentido contrario, la interferencia del poder político en la actividad económica correlaciona asimismo de manera persistente no tanto con una mayor justicia social como con un mayor nivel de corrupción y de creación de clientelas.
     Y aquí reside el núcleo de lo que diferencia las opciones políticas (dejando aparte las que generan los nacionalismos), las cuales discurren sobre un continuo que va desde el extremo de la libertad económica y la libre competencia al extremo contrapuesto de intervencionismo en la economía y en los procesos productivos. Todos los demás criterios que muestran la diferencia entre unas posiciones políticas y otras pueden finalmente remitirse a esta raíz, a esta discrepancia básica. La desigualdad económica, es decir, la posibilidad de que exista acumulación de capital, es un bien para un liberal, porque sobre ello se fundamenta la existencia de la producción económica desde los orígenes del intercambio comercial básico, y es cada vez más necesaria en un mundo cuya complejidad productiva aumenta sin cesar (hoy, de todas formas, la base social de esa acumulación económica es amplia, puesto que una gran parte de la población participa como accionista en las empresas). Y es un mal para un socialista y un comunista, porque ellos aspiran a la supresión de las desigualdades económicas. La misma disposición que lleva a interferir en los principios del funcionamiento económico básico lleva a los intervencionistas a intentar fiscalizar o controlar diferentes áreas de la vida de los ciudadanos y a injerirse en dominios que la ideología arrebata a los modos genuinos de conducirse de los particulares. En suma, las políticas intervencionistas tienden al totalitarismo, especialmente las de raigambre comunista (también los nacionalistas), porque los hombres no se comportan naturalmente como ellos prevén que deben comportarse.
     Otro concepto, esta vez procedente de la psicología, sobre todo de la que tiene su fundamento en la obra de Carl Gustav Jung, nos permite encontrar nuevas claves desde las que entender mejor estas posturas políticas de las que hablamos. Jung diferenciaba, en la psicología de los individuos, entre dos vertientes de la personalidad: el “personaje”, arquetipo al cual remitimos todo lo que admitimos de nosotros mismos, porque nuestras premisas morales le dan su visto bueno, y la “sombra”, el arquetipo que viene a ser el negativo del “personaje”, y a la cual enviamos todo aquello de lo que, aun perteneciendo a nuestra personalidad, renegamos, todo aquello de nosotros que, puesto que se contrapone a nuestras valoraciones morales, rechazamos ser. Y así, si traspasamos estos presupuestos de la psicología individual al análisis de los comportamientos colectivos de los que tratamos, podemos observar cómo la aspiración a la igualdad económica cursa en la superficie del “personaje social” –en la que aparece como moralmente  respetable–, como una aspiración a la justicia social y a la solidaridad entre los hombres. Hacia ese mismo criterio moral suele afluir el presupuesto complementario, de raigambre fundamentalmente marxista, de que la riqueza es casi obligatoriamente el resultado de un robo o de alguna forma de explotación a los demás (tampoco se defiende aquí la idea de que nunca ocurra esto, desde luego). Pero esta apariencia del “personaje social” moralmente aceptable se ve gravemente cuestionada por la realidad, porque a lo que conducen realmente tales pretensiones y presupuestos no es a una mayor justicia social sino a una mayor pobreza de las sociedades igualitaristas en todos sus segmentos sociales (excepto en el de las burocracias y clientelas privilegiadas). Se cumple así, pues, salvadas las distancias, la misma función que en el neurótico cumple el síntoma, es decir, la distorsión que avisa de que su “personaje” se está conduciendo por un camino equivocado. El fracaso económico es el “síntoma” al que hay que hacer caso si se quiere recuperar la salud social, y no eludirlo a través de racionalizaciones o actitudes evasivas que dejen a salvo al “personaje” que se cree ser (el que parecía obrar exclusivamente motivado por la aspiración a la justicia social). Así que, salvadas las buenas intenciones de muchos individuos que confían en la veracidad de lo que sostiene el “personaje colectivo” encargado de llevar adelante esos presupuestos intervencionistas, lo que asoma al fondo de esa pretensión igualitarista es la envidia, la perversa intención de que, como dice la letra del himno “La Internacional”, los nada de hoy consigan serlo todo, si no por las vías del mérito y de la libre competencia, por las de arrebatar a los que tienen lo que a ellos les falta. Para prepararnos a la asunción de este tipo de verdades, decía Jung que “el conocimiento de nuestra alma, comienza en todos sus aspectos por el extremo más repugnante, por todo lo que no queremos ver”.

domingo, 11 de diciembre de 2016

El peligro que suponen unas masas indignadas

     La revolución rusa de 1917 tuvo su previo caldo de cultivo en el estado, primero de desánimo, y pronto de indignación e irritación que en la población se fue gestando en relación con la marcha de la guerra que por entonces asolaba los campos europeos. En el frente, los sucesivos desastres militares habían dejado al ejército ruso en un generalizado estado de motín. En febrero de ese año, en medio del caos, el zar abdicó y tomó el poder un Gobierno Provisional emanado del Parlamento. Aquel exasperado estado de ánimo de la población condujo a un período caótico en el que tuvieron lugar motines frecuentes, protestas y muchas huelgas. La desconexión entre la población y las élites políticas y las instituciones era total. En ese contexto, una minoría decidida y bien organizada, el Partido Bolchevique, dio un golpe de estado que apenas encontró resistencia inicialmente (enseguida comenzó una espantosa guerra civil), y tomó el poder. Casi nadie defendió en aquel momento al Gobierno y a las instituciones. Así dio comienzo en Rusia y en los países satélites la era comunista, a lo largo de la cual hubo millones de muertes a causa de la represión, y a través de la cual se puso en marcha un proceso que condujo a la ruina social y económica de todos los países de la órbita soviética. Aquello terminó solamente en 1991, con la debacle y subsiguiente disolución de la Unión Soviética.
     Por otro lado, al finalizar la Primera Guerra Mundial, Alemania había quedado derrotada y obligada a numerosas indemnizaciones de guerra que quedaron fijadas en el para aquel país humillante Tratado de Versalles. Las consecuencias de ese tratado junto a la crisis económica de 1929 fueron conduciendo cada vez más el estado de ánimo de las masas alemanas hacia la exasperación y el espíritu de revancha. La violencia explícita llevada a cabo por los nazis en múltiples acciones callejeras y reyertas, así como los métodos violentos aplicados a la lucha política por los que abogó Hitler en su libro “Mi lucha” sintonizaron con aquel estado de ánimo de la población, hasta el punto de que el Partido Nazi llegó a ser el más importante del Reichstag, el Parlamento alemán.  En aquel contexto, y a pesar de no tener mayoría absoluta, el presidente Paul von Hindenburg acabó nombrando a Hitler canciller en enero de 1933. En cuanto llegó al poder, Hitler destruyó las desacreditadas instituciones alemanas e impuso su visión totalitaria del estado. Comenzó así la delirante época nazi que acabó en la devastación no solo de Alemania sino de toda Europa y del mundo en general.
     En Italia, se generalizó asimismo un agudo sentimiento de frustración al acabar la Primera Guerra Mundial. A lo largo de la misma se había mantenido dentro del bando de los vencedores, aunque finalmente su población se sintió injustamente tratada en las resoluciones de los acuerdos posteriores a la guerra. La propaganda nacionalista italiana tras el Tratado de Versalles señaló que el triunfo en la Primera Guerra Mundial fue una “victoria mutilada”, puesto que franceses y británicos habían engañado al pueblo italiano, al haberle ofrecido beneficios territoriales y no cumplir luego su palabra por completo. Entre las capas sociales más descontentas e influenciables por esta propaganda emergieron las organizaciones de excombatientes, y en particular de ex arditi (tropas selectas de asalto). En tal contexto, y apoyándose en estos sectores sociales que se sentían más indignados, en 1919 Benito Mussolini sentó las bases de lo que más tarde sería el Partido Nacional Fascista. Las premisas básicas en las que según Mussolini había de fundamentarse el fascismo habrían de ser la promoción de un nacionalismo extremo, el culto a la violencia, el desprecio hacia la burguesía y la oposición frontal al marxismo, a pesar de que él también se sentía socialista y de que el intervencionismo en la economía fue muy elevado. Rápidamente las escuadras fascistas se difundieron por toda Italia y empezaron a protagonizar reyertas y acciones violentas, convirtiéndose en una fuerza paramilitar. Por su parte, los movimientos políticos socialistas también se estaban planteando la toma de poder por la violencia revolucionaria, ante la impotencia e incapacidad de los gobiernos conservadores de Giovanni Giolitti e Ivanoe Bonomi. El 12 de noviembre de 1921 se creó el Partido Nacional Fascista (PNF), transformando a los fascios de combate en un partido político. Mussolini decidió forzar una toma del poder, y ordenó a mediados de octubre de 1922 que todos los militantes del Partido Nacional Fascista ejercieran toda la violencia posible en el país, lo cual llevaron a cabo ante la pasividad del ejército y la policía. Luego, numerosos fascistas se lanzaron a carreteras y trenes para dirigirse a Roma y tomar el poder para su líder. El día 25 de octubre, una gran masa de miles de camisas negras había llegado a las afueras de Roma. El rey Víctor Manuel III, para evitar "una batalla entre italianos" a gran escala, decidió llamar al poder a Mussolini, el cual exigió la jefatura del gobierno. El rey Víctor Manuel accedió a ello: el 29 de octubre Mussolini recibió el cargo de primer ministro, y al día siguiente formó gobierno en Roma y abocó a Italia al totalitarismo.
     En marzo de 1952, Fulgencio Batista dio un golpe de estado en Cuba e instauró una dictadura. En abierta resistencia contra el dictador, Fidel Castro participó en 1953 en el fallido asalto al cuartel de Moncada, en el que murieron más de cien civiles y militares. Fue encarcelado, pero su paso por la cárcel siempre fue recordado por Castro como una experiencia tranquila y reconfortante, de la que salió más convencido de que debía proseguir su lucha contra Batista. Castro, que había sido condenado a quince años de cárcel, fue amnistiado y exiliado en 1955 (cumplió un año y diez meses de condena), pero volvió a Cuba en 1956 junto a un puñado de revolucionarios dispuestos a derrocar a Batista. Al desembarcar en la isla, su grupo fue casi totalmente aniquilado: solo sobrevivieron doce guerrilleros, que se adentraron en las montañas de Sierra Maestra, y desde allí se reforzaron y llevaron a cabo una guerra de guerrillas. La revolución triunfó el 1 de enero de 1959.
     ¿Cómo un pequeño grupo de guerrilleros consiguió hacerse con el poder? En primer lugar, porque prácticamente nadie se sintió obligado a defender las desacreditadas instituciones cubanas. Y en segundo lugar, porque  los recelos de la población fueron frenados con las promesas que hizo Castro a los cubanos, que consignó en una declaración en la que se comprometió a: 1.- Restaurar la Constitución de 1940, derogada por Batista para poder gobernar de manera dictatorial. 2.- Llevar a cabo elecciones libres y democráticas, con la participación de todos los partidos, después de un año de gobierno provisional. 3.- Liberar a todos los presos políticos y 4.- Permitir la plena libertad de prensa. Fidel Castro declaró en una entrevista que tuvo lugar en la Sierra Maestra: “Nuestra filosofía política es la de la democracia representativa”. En otra entrevista, en el Club de Prensa de Nueva York afirmó: “Yo sé qué les preocupa a ustedes: que nosotros seamos comunistas. Que quede bien claro que nosotros no somos comunistas. Que quede bien claro”. En la realidad, sin embargo, en cuanto llegó al poder, se erigió en tirano de por vida, prohibió todas las libertades civiles, tomó el control absoluto de los medios de comunicación, prohibió las reuniones, las manifestaciones, la traslación de un lugar a otro, creó un ministerio para controlar todas las actividades religiosas, prohibió la creación de partidos, de sindicatos, de asociaciones y todo aquello que pudiera poner en peligro su poder. Instauró la pena de muerte e inmediatamente la aplicó sobre miles de cubanos (no es posible saber la cifra exacta), incluyendo a muchos de los revolucionarios que le habían acompañado en su ascenso al poder y habían creído en sus promesas. Otros muchos cubanos fueron encarcelados, en prisiones que no dejaron tan buen sabor de boca como el que a él mismo le quedó tras su paso por las cárceles de Batista; por el contrario, muchos perdieron en ellas la vida o la razón, o salieron de ellas mutilados por las torturas, o simplemente con sus vidas destrozadas tras décadas de encierro.
     He aquí un rápido balance de lo que han significado los hasta ahora sesenta años de revolución cubana:
     Dos millones de personas, el veinte por ciento de la población, se ha exiliado de Cuba. Decenas de miles que quisieron escapar de la isla y llegar a Florida perecieron en el intento, bien debido a la fragilidad de sus embarcaciones y el consiguiente naufragio o bien a manos de las acciones de las lanchas y los aviones militares castristas. Hasta 1959, sin embargo, Cuba había sido un lugar de atracción para inmigrantes.
     Se calcula que alrededor de un millón de personas ha sufrido cárcel en algún momento.
     En 1962 Castro estuvo a punto de provocar la Tercera Guerra Mundial con la crisis de los misiles soviéticos que permitió ubicar en la isla apuntando a Estados Unidos. No habría quedado lugar para una Cuarta Guerra: lo que hubiera quedado del mundo, habría regresado probablemente a algo así como la Edad de Piedra.
     Casi medio millón de cubanos (la población no pasaba por entonces de ocho o nueve millones) fueron enviados a diversas guerras, especialmente en África (Angola, El Congo, Argelia, Somalia, Eritrea, Mozambique… a exportar la revolución). Con ello, Cuba quedó consagrada como, proporcionalmente, el país más imperialista del globo terráqueo. Trece mil cubanos perdieron la vida en estas guerras; descontemos el enorme sacrificio presupuestario que estas supusieron.
     La economía cubana ha quedado devastada tras estos años de revolución: en 1959, Cuba era uno de los tres o cuatro países más ricos del continente americano, desde luego, bastante más rico que España. Hoy es uno de los países más pobres del mundo, después de haber estado enchufada durante décadas al subsidio soviético y al petróleo venezolano.
     También Hugo Chávez pasó por la cárcel venezolana, como Fidel Castro lo hizo por la cubana, después de su fallido y sangriento golpe de Estado en 1992 contra el gobierno presidido entonces por Carlos Andrés Pérez. Asimismo fue amnistiado a los dos años. Fundó entonces el partido político Movimiento Quinta República y fue elegido presidente de Venezuela en las elecciones de 1998, en medio del descrédito generalizado y de la corrupción de las instituciones. Durante la campaña electoral, de manera semejante a como lo había hecho Castro en Cuba antes de subir al poder, se había presentado a la opinión pública como inocuo socialdemócrata. En cuanto llegó al poder se quitó la máscara y fue apareciendo el dictador comunista que era en realidad. En febrero de 1999, juró sobre una Constitución que desde ese mismo día se propuso erradicar. Y así, a pesar de haber proclamado durante la campaña electoral que acataría la limitación de mandato a cinco años, como marcaba la Constitución, fue retrasando esa fecha hasta fijarla en algún momento en 2031. Durante los primeros años de la “revolución bolivariana”, con Venezuela recibiendo grandes beneficios por la venta de petróleo, las cosas fueron más o menos bien para el nuevo régimen, principalmente entre 2003 y 2007. Después, la pobreza, la inflación y la escasez de productos han sido la consecuencia inevitable del control de precios y salarios, del gasto insostenible y de la corrupción generalizada, además, claro está, de la caída del precio del petróleo. Asimismo, durante la presidencia de Chávez y hasta ahora, el país ha experimentado un aumento muy significativo de la criminalidad, especialmente de la tasa de homicidios.
     Es posible, después de exponer estos ejemplos históricos, detectar diferentes variables que tienden a repetirse a lo largo de los procesos revolucionarios: el primero, un estado de ánimo en la población expresivo de una profunda indignación y del descrédito de las instituciones. A ello se suma la aparición de grupos mesiánicos bien organizados y decididos que se aprovechan de la debilidad de los desacreditados gobiernos vigentes para lanzarse a la toma del poder. No reparan estos grupos en alternar el uso de la violencia con el engaño y el camuflaje de sus auténticas intenciones, que sistemáticamente acaban desembocando en el totalitarismo y en la represión despiadada de todo lo que se les opone. Los nuevos regímenes conducen sistemáticamente a la debacle total de los países en los que se instauran. Sin embargo, su capacidad de influir en la opinión pública perdura a través de la racionalización de sus fracasos y de la alianza, sobre todo en el pasado, de sectores de intelectuales que les ayudan en la tarea de volcar sobre algún supuesto enemigo exterior la culpa de esos fracasos.
     Hoy vivimos en el mundo un generalizado movimiento de indignación de la población y de confrontación con sus respectivas instituciones. Afecta a poblaciones muy diferentes y sirve de caldo de cultivo para la aparición de grupos políticos extremistas con ideologías incluso contrapuestas. Desde la desastrosa “Primavera árabe” a la toma del poder por la extrema izquierda en Grecia, la amenaza de tomarlo por la extrema derecha en Francia, la eclosión de diferentes partidos antisistema en toda Europa (incluida España, como es evidente), son expresión de ese inquietante estado de ánimo al que aludimos. El enfado y la indignación de la población, aun contando con poderosos motivos para que existan, especialmente la corrupción e ineficiencia de las instituciones, desencadenan movimientos que demasiado a menudo, en vez de conducir a remediar esas declaradas insuficiencias sociales y políticas, abocan a un desastre aún mayor. Los populismos son la contrapartida o el complemento de esos atribulados estados de ánimo de la población. Los hervores sociales que hoy asoman aquí y allá habrían de servir de inquietante aviso de que las cosas pueden ir a peor.