sábado, 6 de febrero de 2016

La sociedad del bienestar y el malestar de la civilización

     Dice Gilles Lipovetsky, sociólogo francés cuyos análisis sobre la era del vacío en la que vivimos le han dado fama internacional, que vivimos una revolución individualista que ha hecho que, aparentemente al menos, todo esté organizado para que el mundo funcione a partir de un mínimo de coacciones y un máximo de elecciones privadas. “En la era posmoderna –afirma– perdura un valor cardinal, intangible, indiscutido a través de sus manifestaciones múltiples: el individuo y su cada vez más proclamado derecho a realizarse”. En la actual sociedad, asegura, hemos llegado a un punto en el que “cada cual puede componer a la carta los elementos de su existencia”. Y sin embargo, todo esto, que parecería contener los ingredientes necesarios para llevar adelante una vida plena, rebosante de sentido y de metas enaltecedoras, resulta que es compatible con un generalizado sentimiento de vacío emocional, de indiferencia hacia las grandes cuestiones, de depreciación de los grandes valores, de hundimiento de los ideales; en suma, dice Lipovetsky que nos hemos instalado en un “desierto de apatía”. Las claras antinomias que antes servían para organizar nuestra manera de entender el mundo, las que diferencian lo bueno de lo malo, lo bello de lo feo, lo verdadero de lo falso, lo real de lo ilusorio, lo que tiene sentido de lo que es absurdo, se han diluido, se han esfumado. La norma vital por excelencia parece ser aquella que pudiera caber en una exclamación del tipo de “¡qué más da!”. Con estos mimbres, al final no es posible hacer un buen cesto: “Cruzando solo el desierto, transportándose a sí mismo sin ningún apoyo trascendente –sostiene, en fin, Lipovetsky– el hombre actual se caracteriza por la vulnerabilidad”. El individuo que parecía reinar en este mundo posmoderno es solo un personaje, un ente superficial, un falso yo que enmascara a ese otro ser vulnerable y aún menesteroso que vive debajo. La última consecuencia de todo este montaje queda en evidencia al constatar cómo, por detrás de tanta abundancia de posibilidades, los estados depresivos se han convertido en una plaga.

EL HOMBRE LIGHT: ¿ÚLTIMO ESLABÓN DE LA CADENA EVOLUTIVA?
(ILUSTRACIÓN: SAMUEL MARTÍNEZ ORTIZ)

     Después de desplegar ante nosotros, con ayuda de Lipovetsky, el mapa de la situación, nos queda todavía entender el porqué y el cómo de que hayamos llegado hasta esto. Y proponemos partir de una premisa que habrá de ser la misma que encontraremos cuando lleguemos a la conclusión: a pesar de las facilidades que el mundo posindustrial pone al alcance de la mayoría, hoy en día es difícil acceder a la sensación de que uno está viviendo su propia vida, de que al hacer lo que hace está ejercitando su vocación. Tras el camuflaje de una infinidad de opciones, de disponibilidades, de trayectorias posibles, abunda la sensación de que nada vale auténticamente la pena o incluso de que uno vive una vida ajena o equivocada. En el horizonte asoman incluso los trastornos de despersonalización y desrealización, los más frecuentes en psicopatología después de la ansiedad y la depresión. Los síntomas característicos de la despersonalización incluyen la sensación de que se vive respondiendo a meros automatismos, de que se pasa por la vida como si esta resultara algo ajeno, como si se estuviera siendo espectador de una película o metido dentro de un sueño, sufriendo, en fin, una seria dificultad para relacionarse consigo mismo, con el propio cuerpo y con la realidad externa. Mientras que la despersonalización se refiere más al sentimiento de irrealidad de uno mismo, la desrealización apunta más a la percepción del mundo externo como extraño o irreal, a la sensación de que el escenario en el que transcurre la vida es un mero teatro del que está ausente toda espontaneidad y toda emoción auténtica, incluso cuando se trata de las personas más cercanas.
     Hay una narración posible para tratar de entender la manera en que puede haberse llegado a producir este resultado de falta de conexión entre uno mismo y su vida, y que podría sintetizarse diciendo que, si esto ocurre, es que no se han tenido suficientes oportunidades de intervenir en la manera en que la propia vida ha ido construyéndose, de añadir las propias opciones y preferencias a los trayectos a través de los cuales han discurrido el por dónde, el cómo y el para qué a partir de los que uno conforma su biografía. Corroborando estos presupuestos, es fácil observar cómo, sobre todo hoy, lo que, para empezar, ha de ser la vida del niño está previsto de una manera exhaustiva desde que nace, y su eventual capacidad de iniciativa es sustituida por las decisiones de un gran engranaje social, primero a través de las cotas que se imponen desde el ámbito familiar y, después, por medio de la educación desde la guardería hasta que acaba su aprendizaje escolar y académico. Desde el programa de vacunaciones hasta las actividades extraescolares, pasando por la asistencia pasiva a todo lo que para ellos ponen en la televisión, el niño se va convirtiendo en un ser receptor de instrucciones, va aprendiendo lo que toca hacer en cada momento, sin que su eventual iniciativa tenga prácticamente ningún papel que cumplir, ninguna oportunidad clara de aflorar. No es algo todo esto que esté mal por principio, desde luego, y en gran medida resulta muy útil para que ese niño pueda ir introduciéndose en un mundo complejo que le desborda por todos los lados. Pero se trata aquí de hacer de abogados del diablo e ir viendo cómo la propia voluntad del niño no tiene en este contexto muchas oportunidades de asomar, no hace otra cosa que discurrir por carriles predeterminados. Se va preparando así lo que, si nada lo remedia, conduce al sentimiento de alienación, de desconexión de la propia circunstancia en la que a uno le ha tocado vivir, y a la pérdida de energía vital para sentirse insertado en una realidad que no ha ido apareciendo para encontrarse con los propios deseos o motivaciones, sino para imponerse antes de que estos lleguen a emerger.
     Asimismo, en los actuales estados del bienestar, la vida del hombre está tutelada y acotada por ellos desde la cuna hasta la sepultura. El estado se ha ido convirtiendo en el Gran Hermano de Orwell que, por nuestro bien, nos vigila y trata de que seamos felices (en Venezuela hay incluso un Ministerio de la Suprema Felicidad). Muy bien. Pero la consecuencia es que el hombre empieza a no tener proyectos propios y deja de poner en práctica sus propios recursos, deja de sentir el apremio de tener que hacer él su vida.
     Solo suelen quedar dos momentos vitales, dos puntos de inflexión desde los que arrancar para llegar a establecer contacto consigo mismo: la característica rebelión de la edad adolescente, que, sin embargo, tiende a ser disruptiva y dramática, y suele poner patas arriba la convivencia familiar, y las crisis vitales, singularmente las que suponen un trastorno psíquico, que tienen una ladera que da a esa toma de contacto con el yo profundo, de modo que, si se sale de esa crisis, se hace creciendo, descubriendo ese ser íntimo que no había logrado aún salir a la palestra.
     Llegamos así, habitualmente, a la conformación de esa clase de hombre de la que hablaba Lipovetsky y al mismo que el catedrático de psiquiatría Enrique Rojas denominaba hace unos años hombre light, al cual también consideraba característico de esta época nuestra. Decía de él que es “un hombre sin sustancia, sin contenido, entregado al dinero, al poder, al éxito y al gozo ilimitado y sin restricciones. El hombre light carece de referentes, tiene un gran vacío moral y no es feliz, aun teniendo materialmente de casi todo”. Las características más propias de este hombre light serían, pues, según Rojas, el materialismo (solo le interesa lo que puede traducirse a términos tangibles y, más aún, contables), el hedonismo (búsqueda compulsiva de diversión, de sensaciones nuevas y excitantes que compensen el vacío interior), la permisividad y el relativismo (vale todo o, dicho de otra manera, nada vale lo suficiente como para comprometerse con ello, y, por tanto, uno se instala en el desconcierto y en la falta de referencias firmes), y el consumismo (y la consiguiente reducción de la idea de libertad a lo que quepa en la mera posibilidad del hecho de consumir). A su vez, su norma de conducta es, en (solo aparente) contradicción con la revolución individualista de la que hablaba Lipovetsky, “la vigencia social, lo que se lleva, lo que está de moda”. Rojas, en fin, contrapone la aspiración a la felicidad, que hace residir en “tener un proyecto, que se compone de metas como el amor, el trabajo y la cultura” y, en suma, “de hacer algo con la propia vida que merezca realmente la pena”, a la aspiración, característica de nuestro tiempo, al bienestar, que se limita a disponer de “un buen nivel de vida y ausencia de molestias físicas o problemas importantes; en una palabra, sentirse bien y (tener) seguridad”.
     Y es en ese marco en el que no caben, o caben a duras penas, auténticos proyectos de vida autosustentados, emanados de la propia vocación. Lo que debería conformar un abanico de motivaciones propias, de exploración y experimentación de la vida para hacerla discurrir entre un por qué y un para qué, a través de un destino que uno mismo debiera construir o descubrir, está asfixiado, anegado entre tantos corsés previstos para dar seguridad y bienestar preestablecidos. Como consecuencia, los hombres dejan de sentir que viven su propia vida y, finalmente, acaban decayendo en la apatía, en la desgana de vivir. Julián Marías afirma que este tipo de previsión y seguridad preestablecidas y sofocantes son la raíz del cansancio de la vida, que es especialmente frecuente en nuestro tiempo: “Si todo está ya determinado y a la vez es fácil, ¿qué hacer?, y eso que se hace, ¿para qué?”, se pregunta, efectivamente, el filósofo vallisoletano. La libertad, dice también, no consiste tan solo en un mero hacer: “La libertad humana, el proyecto, consiste en ponerme a hacer algo”. Y si se quita de esa actividad la intervención de la propia voluntad, queda como resto, meramente, un automatismo. Y cuando el hombre se acostumbra a actuar no en base a motivaciones propias sino por automatismos, y hasta cuando emite opiniones sobre algún tema en una conversación lo hace empujado por lo que es apropiado desde un punto de vista general, por lo que se dice o lo que se hace, la vida en la que uno está insertado acaba dejándose de sentir como algo propio. Uno acaba impregnado de la sensación de que hace lo que toca hacer, aunque venga envuelto bajo el formato de múltiples posibilidades, y no va quedando sitio ni opción para lo que se quiere hacer, que acaba ignorado de tanto ser preterido. La propia capacidad de hacer proyectos queda en estas personas cohibida, constreñida por esa ubicua previsión externa de lo que ha de hacerse, incluso aunque sea por su bien. La imaginación se extingue en un ecosistema así. Y la amputación de la imaginación, de la capacidad de idear proyectos, de actuar animado por motivaciones propias lleva al final a la conclusión de que todo lo que se hace es fútil y extraño. Esa sería, en última instancia, la causa principal del cansancio de la vida o de lo que podría servir como su sucedáneo: el tedio. Aquel cansancio y este tedio formarían parte del mismo paquete existencial. Como dice Ramón Gómez de la Serna en una de sus greguerías: “Aburrirse es besar a la muerte”.

domingo, 24 de enero de 2016

Cuando el cansancio y el dolor se vuelven inútiles

ILUSTRACIÓN: SAMUEL MARTÍNEZ ORTIZ
     Vivir significa cansarse, enfrentarse a retos, crecerse ante las dificultades… “Vivir es no poder reposar hasta la muerte”, decía María Zambrano, que añadía: “Toda vida se vive en inquietud”. Con lo cual no hacía sino abundar en lo que ya había dejado expreso su maestro Ortega y Gasset: “La vida es la grande, esencial inquietud”.
     Pero ¿cuál es esa tarea en que la vida consiste para que nos obligue de esta manera a la alerta y la inquietud permanentes, a mantener un tan persistente estado de alarma que no nos deja reposar hasta la muerte? No es otra, desde que nacimos, que la de sobreponernos a nuestra esencial vulnerabilidad, responder a todo lo que nuestro humano destino ha dispuesto para mantener en peligro constante nuestra integridad física y psíquica, nuestra siempre precaria autoestima, el nunca del todo desentrañado sentido de nuestra vida. No es propiamente que el hombre se crezca ante las dificultades, sino que es precisamente confrontándose con ellas la única manera que tiene de crecer: gracias a esas dificultades y agresiones que recibimos, obligados a responder ante ellas, vamos desarrollando nuestra personalidad y dando contenido a nuestra vida, que no necesitaría salir de la inercia si todo fueran facilidades. Esta, la vida, resulta ser, pues, el trayecto a través del cual lo que fue nuestra constitutiva inferioridad de partida va poco a poco transformándose hasta conseguir que lleguemos a ser alguien significativo, hasta que alcancemos el punto en el que nuestra vida quede suficientemente justificada.
     En ese proceso, en ese camino que lleva a la superación de nuestra inicial insignificancia, a la compensación de la insustancialidad en la que fuimos embutidos al nacer, los años más críticos y decisivos son los de la primera infancia, porque es en ellos cuando más débiles somos y cuando desde esa debilidad generamos unas pautas de respuesta ante la sensación de amenaza, de peligro para nuestra integridad, que determinarán en buena medida nuestras futuras maneras de responder a las nuevas o renovadas situaciones amenazantes que habrán de aparecer en la edad adulta. Estas primeras respuestas del infante ante la percepción de peligro se realizan antes con el cuerpo que con la mente, la cual carece aún de las estructuras de las que le dotarán más adelante, en gran medida, el lenguaje y la razón. En ese formato preverbal, quedan, pues, predeterminadas distintas maneras de responder a los atentados contra nuestra integridad que podrían más tarde derivar hacia sendas patologías.
     Una de esas maneras es la que podríamos decir que consiste en una rendición preventiva: el niño acata lo que ese entorno en el que se origina la amenaza le impone, aprende a humillarse ante quien es percibido como amenazante, se hace perdonar infligiéndose a sí mismo alguna clase de castigo antes incluso de saber cuál es su culpa. El eco de este tipo de respuestas adquiridas lo encontraremos más adelante, en la vida adulta, en muchos enfermos depresivos que se aferran a su papel de personas desamparadas, permanentemente rechazadas, tristes o maltratadas. Las conductas autopunitivas consiguientes habría que valorarlas, efectivamente, como resultado de aquella búsqueda de perdón, de reparación y, en última instancia, de aceptación por parte de los demás (o bien, de esa instancia íntima que representa a los demás y que Freud denominaba “superyó”). Partiendo del originario sentimiento de inferioridad y baja autoestima, no se encontraría otro cauce por el que discurrir que la propia humillación para lograr hacerse un sitio entre quienes han logrado ser admitidos y arropados por sus congéneres. En esa humillación preventiva vendrían a incluirse también los sabotajes al propio éxito que este tipo de personas llegan a infligirse, la elusión de responsabilidades o las conductas de dependencia extrema. En el fondo de todos esos comportamientos autodestructivos hay, pues, un ser diminuto y sufriente, alojado en la zona sombría del alma, que está mendigando el perdón. Cualquier muestra de autoafirmación resultaría peligrosa a los ojos del depresivo (del humillado) de cara a ese último objetivo de alcanzar el perdón, de no molestar, de homologarse, de no perder el apoyo y el amparo de los demás. He aquí, pues, una de las fuentes posibles de sufrimiento y dolor inútiles, y hasta perversos, cuando las respuestas autopunitivas, estimuladas por el temor, resultan ser exageradas, y en vez de favorecer la integridad personal, como creyó el niño, promueven la autodestrucción. De este tipo de sufrimiento inútil, absurdo, huérfano de auténticos por qué y para qué, podrían servir de ejemplo, además de los comportamientos masoquistas expuestos, también, de modo paradigmático, los de aquellos santos que intentaban emular la pasión de Cristo y llegaban incluso a pedir a Dios la dudosa gracia de la estigmatización (comportamientos de los cuales hablábamos hace un par de artículos, en “Paulina: un sentimiento de culpa insaciable”) o aquellos otros que se pueden detectar detrás de personalidades excesivamente propensas a sufrir accidentes, sin que haya una voluntad consciente de tenerlos.
     Otra manera de responder a las amenazas a nuestra integridad, contrapuesta a esta de la que hablamos, que asimismo quedó preformada en nuestra primera infancia y que también puede derivar hacia posteriores patologías es la del imprudente o temerario que desatiende las señales de peligro o se ve compulsivamente empujado a retarse frente a las amenazas que encuentra en su camino o las que alternativamente busca. Cabrían aquí los comportamientos de algunos que acaban dedicándose a profesiones o hobbies de alto riesgo, los de los ludópatas o incluso los de quienes arriesgan estúpidamente la vida en alguna clase de diversión o excentricidad.
     Y nos quedaría aún por explorar una ubérrima fuente de cansancio, dolor y sufrimiento inútiles, también enraizada en pautas de comportamiento originadas en la primera edad y que en lo esencial consisten en la realización de respuestas defensivas desproporcionadamente grandes frente a estímulos que son percibidos como amenazantes, al menos vistos desde la extrema vulnerabilidad del niño, pero que pasan enseguida a ser, no ya un lastre, sino un peligro mucho mayor que la misma ausencia de respuesta defensiva. Aquí tendrían cabida las respuestas de estrés, en las que el organismo se instala en unos modos de reacción fisiológica a peligros extremos que, perdurando en el tiempo, acaban derivando en hipertensión, úlceras, hiperglucemia o diabetes, colon irritable, arritmias, contracturas musculares… La alergia sería otro modo de reacción exagerada a agentes que invaden el organismo de una manera objetivamente inocua, y que el niño, influido por su extrema vulnerabilidad, recibe desde una actitud hiperdefensiva que emite su mandato también a sus funciones fisiológicas. De este modo, el organismo pone en marcha ese tipo de respuestas desproporcionadas que también pasan a suponer una amenaza mayor que la misma ausencia de respuestas. Y en fin, otras respuestas defensivas exageradas son las que, desde la psique, son emitidas en la forma en que Sigmund Freud denominó mecanismos de defensa del yo (represión, desplazamiento, proyección, disociación…) y que asimismo constituyen una fuente de amenaza para la integridad mental del individuo mayor que la mera ausencia de respuestas; sería, por ejemplo, el caso de la fobia, en que la reacción defensiva de la mente frente a elementos o situaciones objetivamente inocuos constituyen la base de unos trastornos que pueden desorganizar la vida entera de quien la pone en marcha. Como de estas respuestas de estrés, de la alergia o de los mecanismos de defensa del yo ya hemos hablado en alguna ocasión, pasaremos a centrarnos en otra peculiar forma de producción de sufrimiento, dolor y cansancio inútiles que ocupa cada vez una mayor atención y constituyen un grave motivo de preocupación: la que representan la fibromialgia y el síndrome de fatiga crónica, que aunque están nosográficamente considerados como síndromes diferentes, tienen una misma raíz y cursan habitualmente juntos.
     La Sociedad Española de Reumatología define la fibromialgia como “una anomalía en la percepción del dolor, de manera que se perciben como dolorosos estímulos que habitualmente no lo son”. Puesto que el dolor es una respuesta defensiva, de aviso preventivo de daños para el organismo o de peligro para la supervivencia, no existiría en esta inútil forma de percepción del dolor una diferencia cualitativa respecto de la respuesta de estrés, la de la alergia o la de la fobia, que hacen que la exageración en la réplica defensiva del organismo se convierta en un peligro mayor incluso que la ausencia de respuesta. A menudo ese umbral excesivamente bajo para desencadenar la respuesta defensiva se sobrepasa en la fibromialgia después de vivir una experiencia sentida como ataque, tanto desde el punto de vista orgánico como psíquico, y que puede ser, por ejemplo, una infección bacteriana o viral, un accidente de automóvil o un trauma psicológico. Efectivamente, el 50% de quienes sufren este trastorno atribuye la aparición de los síntomas de su enfermedad a una lesión, una infección, el estrés o un trauma emocional. El organismo y la psique del sujeto afectado, extremadamente sensibilizados frente a los eventuales estímulos amenazantes, viven esa experiencia como aviso de que es necesaria una reacción defensiva estable, permanente. El dolor sería esa respuesta, presta a mantenerse de modo estable, y sin que sea ya necesaria la concreta percepción de un peligro inmediato. De forma que tras una lesión o inflamación de este tipo, el cerebro no desconecta el mensaje de dolor incluso después de que se haya curado totalmente el tejido que ha sufrido la lesión o, en general, hayan quedado atrás los efectos del trauma. Como la persona estresada, como el alérgico o también el fóbico, el enfermo de fibromialgia viviría en estado de alarma permanente, presto a desencadenar su respuesta defensiva ante una mínima señal de peligro o cuando este ya ha desaparecido (el dolor sería la respuesta en este caso). Un ejemplo espectacular de este tipo de mensaje cerebral ya inútil es el dolor del miembro fantasma: aproximadamente, entre el 50 y el 80% de las personas que sufren una amputación tienen sensaciones de quemazón y dolor agudo en el lugar donde se encontraba el miembro amputado. Pues bien, se ha demostrado que, de manera semejante, muchos pacientes desarrollan un dolor crónico en un brazo o una pierna después de una lesión o una inmovilización leves y ya superadas fisiológicamente, y en donde el dolor queda asociado a una sensibilidad extrema al tacto, al frío o al calor desprovisto de justificación objetiva o accesible a cualquier tipo de registro fisiológico. En sentido contrario, mientras se está dando la respuesta de estrés, por ejemplo, en un campo de batalla, una herida de bala puede llegar a asociarse a una ausencia total de sensación de dolor.
     La fibromialgia es una enfermedad para la que oficialmente aún no se ha logrado tener una explicación. Los síntomas característicos de esta enfermedad son, precisamente, el dolor y la fatiga crónicos y no causados por ninguna clase de trastorno orgánico. Afectan principalmente a mujeres entre 30 y 60 años, que sufren dolores musculares y articulares generalizados, dolores de cabeza, así como fatiga, trastornos del sueño e irritación intestinal. En España, la valoración de la incidencia de la fibromialgia en la población varía, según los estudios, entre un 2,37 y un 4%: más de un millón de personas. En Estados Unidos y Canadá, el 7% de las mujeres entre 60 y 70 años padece fibromialgia. Sin embargo, cualquier grupo de edad es susceptible de quedar afectado, si bien, a cualquier edad, las mujeres que sufren este trastorno superan a los hombres en una proporción de 8 a 1. El 10% de la población llega a sufrir al menos un episodio de dolor muscular generalizado, típico de la fibromialgia, y el 40% de las personas padece de forma simultánea dolor de cuello y espalda durante por lo menos tres meses (normalmente se diagnostican como debidos a una lesión, inflamación a alteración estructural y se tratan como tales, a pesar de que no suele ser esa la causa y de que esos tratamientos no son en tales casos efectivos. En más del 90% de las personas que padecen dolor de espalda la causa exacta del dolor es incierta). Se ha observado que esta enfermedad aumenta en correlación con variables como estar divorciado o separado, tener un bajo nivel de estudios o tener bajos ingresos. Se ha constatado asimismo que los pacientes con fibromialgia presentan unos altos índices de ansiedad y depresión.
     El síndrome de fatiga crónica como independiente de la fibromialgia señala la Organización Mundial de la Salud que afecta a entre un 0,3 y un 0,5% de la población; es decir, en España, a entre 120.000 y 200.000 personas, y su síntoma fundamental sería una fatiga crónica debilitante y sin causa conocida que persiste o reaparece en un período de más de seis meses. Por otro lado, el 50% de las personas que padecen fibromialgia sufren también migrañas (de origen vascular, es decir, que dan lugar a palpitaciones similares a las del pulso) y más del 70% tiene cefaleas musculares (consecutivas a contracciones musculares crónicas que resultan de previas tensiones psíquicas). Como ocurre con la fibromialgia y el síndrome de fatiga crónica, se desconoce la causa exacta de la mayoría de las cefaleas.
     Aunque no existan alteraciones estructurales o bioquímicas en los músculos, ligamentos, tendones y articulaciones de las personas que sufren fibromialgia, sí se han observado algunas alteraciones funcionales en los músculos, por ejemplo, que no llegan a relajarse normalmente después de una contracción o un esfuerzo, lo que provoca fatiga muscular. Por esta vía podríamos desarrollar la inferencia de que el síndrome de fatiga crónico estaría relacionado con esa hiperactivación de la musculatura y de las funciones fisiológicas en general, que se encontrarían establemente predispuestas para la actividad, incluso en ausencia de motivos que lo justifiquen, lo cual abocaría a la larga al colapso y a la fatiga. Esto explicaría también que en estas personas el sueño no sea reconstituyente, incluso aunque se duerma mucho, porque la tensión no cejaría. Ocurriría esto de modo paralelo a la otra predisposición, la que pone en marcha el dolor como aviso de amenaza a la propia integridad percibida por el sujeto que, al igual que en las respuestas de estrés, en la alergia o en la fobia, serían más achacables a la disposición hiperdefensiva de los afectados que a la supuesta amenaza externa. Sin embargo, se ha observado que la secreción de hormonas en el organismo del afectado por fibromialgia es la contraria a la de aquel que sufre de estrés: mientras que este segrega una mayor cantidad de adrenalina, noradrenalina, cortisol y hormonas glucocorticoides en general, la fibromialgia cursa, por el contrario, con una carencia de estos corticoides. Lo cual hace pensar que esta y la fatiga crónica vienen a ser como el negativo del estrés, el efecto rebote posterior a la permanente preparación para la respuesta de ataque/huida propia del estresado. Sin embargo, se ha comprobado que inyectar noradrenalina en un enfermo de fibromialgia aumenta, paradójicamente, la sensibilidad frente al dolor. En sentido contrario, la administración de antidepresivos suele atenuar su sufrimiento casi siempre.
     Como conclusión podríamos decir que muy probablemente estemos desenfocando la cuestión al centrar nuestros intentos de explicación de este tipo de enfermedades en la búsqueda de causas estructurales y orgánicas. Ya en el siglo XVII Blaise Pascal Pascal, a pesar de ser un gran físico, matemático y estudioso de las ciencias naturales (o precisamente por serlo) decía que “los males del cuerpo no son otra cosa que el castigo y representación de los males del alma. Y Ortega vino a evocarle cuando dijo que “el alma esculpe el cuerpo”.

domingo, 10 de enero de 2016

España: ¿una sociedad enferma?

     Hace un par de artículos situábamos el fundamento de las enfermedades en general en el hecho de que una parte del organismo se separara del todo e intentara hacer la vida por su cuenta. Como, según argumentamos allí, el todo no es en el organismo una mera suma de partes, sino que está incluido en cada una de ellas, esa evasión del destino común resultaba perjudicial, y en última instancia fatal, para el organismo. Sigmund Freud sustentaba este argumento sobre su teoría de la existencia de dos instintos básicos, Eros y Tánatos, instinto de vida e instinto de muerte; y así, afirmaba: “El fin del Eros consiste en establecer unidades cada vez mayores, y por consiguiente conservar; es la ligazón. El fin de la otra pulsión (Tánatos) es, por el contrario, romper las relaciones, y por consiguiente destruir las cosas”. Miguel de Unamuno ratificó este modo de ver el problema de la enfermedad de esta otra manera: “Una enfermedad es, en cierto respecto, una disociación orgánica; es un órgano o un elemento cualquiera del cuerpo vivo que se rebela, rompe la sinergia vital y conspira a un fin distinto del que conspiran los demás elementos con él coordinados (…). Todo lo que en mí conspire a romper la unidad y la continuidad de mi vida, conspira a destruirme y, por lo tanto, a destruirse”.
ILUSTRACIÓN: SAMUEL MARTÍNEZ ORTIZ

     Pues bien, a la hora de analizar la salud de una sociedad, siguen siendo válidas estas claves que nos servían para comprender cómo se originan las enfermedades de los organismos en general. Si sustituimos instinto de vida por civilización e instinto de muerte por barbarie, esta manera en que Ortega y Gasset formula la cuestión viene en este otro ámbito a ser equivalente a aquella en que lo hizo Freud y, por extensión, Unamuno cuando se referían a las enfermedades orgánicas: “Civilización es –dice, pues, Ortega–, antes que nada, voluntad de convivencia. Se es incivil y bárbaro en la medida en que no se cuente con los demás. La barbarie es tendencia a la disociación. Y así todas las épocas bárbaras han sido tiempos de desparramamiento humano, pululación de mínimos grupos separados y hostiles”. Y conocida es la idea del mismo Ortega a propósito de considerar el particularismo, la tendencia a la disociación, como el principal problema que tenemos los españoles. León Felipe era de la misma opinión, como dejó expresado en estos versos suyos:
“Aquí el hacha es la ley
y la unidad el átomo,
el átomo amarillo y rencoroso.
Y el hacha es la que triunfa”
     La falta de conciencia entre nosotros de lo que significa esta propensión nuestra a la enfermedad colectiva, el tratar de convertir en signos de normalidad lo que no son sino claros síntomas de nuestros padecimientos básicos, el intentar convivir a la par con los agentes de nuestra enfermedad nacional, con los particularismos que lo que buscan es la destrucción del conjunto, llevó a los gestores de nuestra Transición a la democracia a inocular de una manera fatal, unas veces de manera explícita y otras subrepticiamente, el germen de nuestra enfermedad colectiva en la Constitución y en las leyes que la desarrollaron, de modo que ese germen no ha hecho más que crecer y extenderse, llegando a amenazar gravemente la existencia de nuestro organismo nacional. Me refiero ante todo, claro está, y para empezar, a la carta blanca que se les otorgó a nuestros nacionalismos y protonacionalismos para que pudieran extender entre nosotros la idea de que no había una nación común en la que todos pudiéramos cobijarnos, o, si la había, era prácticamente irrelevante, idea que rápidamente se materializó en el esperpento de que incluso la palabra “España” se convirtiera en políticamente incorrecta. Desde la Transición, las tendencias centrífugas se han desarrollado entre nosotros hasta el punto de que, por ejemplo, nuestros escolares no puedan estudiar en el idioma común en muchas partes de nuestro territorio (fenómeno inédito en el mundo), o incluso de que en grandes áreas de la administración pública hayan tomado el poder los que durante muchos años practicaron el terrorismo como método para llegar, precisamente, a donde hoy están.
     Pero no solo los nacionalismos son el síntoma de nuestra enfermedad colectiva, aunque es evidentemente el más grave. También las ideologías extremistas, propensas al totalitarismo, que verían realizarse sus aspiraciones solo si excluyen de la participación en la democracia a buena parte de la sociedad, son otro grave síntoma de particularismo, de tumor canceroso. Y en los últimos tiempos, la aparición de contingentes humanos atraídos por la inmigración, que no solo no aceptan incorporarse a nuestra modo de vida colectivo y a nuestros valores comunes, sino que son abiertamente hostiles a ellos, vienen a agudizar los males de nuestro organismo nacional. Sin olvidar ese otro factor añadido, en buena medida resultado de los anteriores, que es el hecho de que tantos individuos se sientan desvinculados de la marcha de la sociedad y atiendan solo a los que son sus más inmediatos intereses. De nuevo Ortega amplía la idea de enfermedad, de crisis colectiva que sufrimos a través de una reflexión que esta vez incluye a Occidente en general, pero en la que claramente se vislumbra que España está, lamentablemente, en la vanguardia de los males que diagnostica: “Os invito a que imaginéis (el) caso de un hombre que se encuentra sin saber lo que tiene que hacer, lo que tiene que ser; que no lleva dentro de sí ningún horizonte de vida sinceramente suyo que se le imponga con plenitud y sin reserva (…)  Pues bien: yo creo que esto es lo que acontece a los hombres de Occidente: no saben de verdad qué hacer, qué ser, ni individual ni colectivamente”. Lo cual se traduce en una serie de comportamientos característicos: “En todas partes se advierte una protesta, una urgencia por reformar todo y por reformarlo hasta la raíz, que contrasta ostensiblemente con la falta de ideas claras sobre la sociedad, sobre el individuo”.
     Que ya desde los inicios de la Transición la trayectoria escogida por nuestros legisladores y gobernantes fue equivocada y que optó por seguir derroteros que en buena medida eran las que propugnaban nuestros instintos de muerte, se puede comprobar analizando la evolución de diferentes indicadores de salud social.
     Ha de resultar especialmente significativo analizar el índice de fracasos matrimoniales, puesto que es en los ámbitos familiares desestructurados donde se incuban muchos de los problemas indicativos de falta de salud social que después habrán de aparecer: suicidios, drogadicciones, fracaso escolar, comportamientos delictivos… Pues bien, España está a la cabeza del mundo en número de divorcios y rupturas matrimoniales, partiendo de la situación contraria cuando se legalizó el divorcio, en 1981. En este año, 1981, el número de rupturas fue de 16.362. En el año 2000, habían pasado  a ser 102.403. En 2014, el número total de rupturas, según datos del Instituto Nacional de Estadística, fue de 105.893. La tasa de rupturas matrimoniales por cada 1.000 habitantes en España fue de 2,3 en este año 2014. Lo cual quiere decir que en España un 61% de las uniones acaban en ruptura. En Europa estamos solo por detrás de Bélgica (70%), Portugal (68%), Hungría (67%) y la República Checa (66%). Y el hecho es que nueve de los diez países con más altas tasas de ruptura matrimonial en el mundo son europeos. Al tiempo, aumentan también en España los nacidos fuera del matrimonio y disminuyen constantemente los casamientos. Asimismo, los españoles se casan cada vez más mayores, con una media de 34,1 años en mujeres y de 37,2 años en hombres. Estos datos han de estar relacionados, sin duda, con el hecho de que la infidelidad sea también una conducta en la que los españoles estamos de nuevo  a la cabeza de Europa, según los datos de la red social para infieles Ashley Madison, la más importante de las redes que proporcionan “infidelidad sin riesgo” a sus usuarios.
     Inmediatamente relacionados con los datos anteriores están los referidos a la evolución de la demografía en España: en 1975, los nacimientos fueron 669.000. En 2015, fueron 426.000. Defunciones en 1975: 298.000. En 2015: 396.000. En suma, nos hemos adentrado en un auténtico invierno demográfico. A 1 de enero de 2015, los nacimientos habían superado a las defunciones en solo 29.974 personas, cuando en 1975 fueron de 371.000 personas la diferencia. El índice de fecundidad (número medio de hijos por mujer) es en 2014 de 1,32, cuando se necesita que sea de 2,1 para que la población se mantenga estable. Somos el país número 184 en tasa de natalidad y el 182 en índice de fecundidad de los 192 países publicados por DatosMacro.com. En 1978, en los inicios de nuestra Transición, la tasa de natalidad era, sin embargo, en España de 2,55. Esa tasa fue decreciendo todos los años hasta que en el 2000 llegó a ser de 1,23. De entonces hasta ahora hemos subido a 1,32. Estamos a la cola del mundo. Recordemos de pasada, para ambientarnos, que uno de los principales síntomas que anunciaron la decadencia en la Grecia de las Guerras del Peloponeso y en la Roma de los siglos III y IV fue precisamente la bajísima tasa de natalidad.
     En cuanto a fracaso escolar, España se ha situado en 2011, 2012, 2013 y 2014 a la cabeza de Europa en abandono escolar temprano, que hace referencia a los jóvenes de 18 a 24 años que dejaron sus estudios tras completar la educación obligatoria o antes de graduarse. Según los datos publicados por la oficina de estadística comunitaria Eurostat, en 2014 la tasa de abandono fue de 21,6%, el doble de la media comunitaria, que fue del 11,1%. En 2006 la tasa había sido de 30,3%. La paradoja es que el de 2014 fue nuestro mejor dato histórico. Lo que ocurre es que, en el mismo tiempo, los demás países han hecho mejor los deberes.
     Repasemos ahora el índice de suicidios (en lo que España nunca ha destacado). En 1975, fueron 1.366 las personas que se suicidaron. En 1980, fueron 1.652, lo que suponía una tasa de 4,39 suicidios por cada 100.000 habitantes, tasa que fue creciendo hasta alcanzar un máximo de 8,51 en 1997. Llegamos al año 2012, año en que se registran 3.539 casos de suicidio, de los cuales 2.724 corresponden a hombres y 815 a mujeres, un 7,57 por cada cien mil. Y en 2014 fueron 3.870. En el resto del mundo, la media es mayor, de 10 suicidios por cada cien mil habitantes, pero la progresión registrada en nuestro país desde la Transición resulta significativa independientemente de esos otros datos comparativos.
     Respecto de los datos sobre criminalidad suministrados por el Ministerio del Interior, solo son accesibles los referidos a los años que van desde el año 2000 al 2010. En las regiones controladas por la Guardia Civil y la Policía Nacional, la tasa de delitos y faltas por cien mil habitantes (denunciados, claro está) ha disminuido ligeramente, de 45,9 a 45,1. Sin embargo, esta cifra afecta sobre todo a los delitos contra el patrimonio, pues los delitos contra la vida, libertad e integridad de las personas han aumentado en este período de 60.209 a 103.155 (de 1,61 a 2,66 por cada 1.000 habitantes). De entre ellos, los que más han aumentado son los malos tratos en el ámbito familiar: de 6,6 por cada 10.000 habitantes en el año 2000 a 16,4 en el 2010. El mayor índice de muertes violentas en el ámbito familiar se produce proporcionalmente entre los inmigrantes. Todo lo cual abunda en la idea de que la familia no es en nuestro ámbito una institución precisamente estable y estructurada, y es aquí donde deberían apuntar las medidas contra la violencia doméstica, y no tanto a la promulgación de leyes sexistas y a la organización de manifestaciones. También los delitos por posesión y consumo de drogas han crecido de 16.543 hasta 55.827 en este período.
     Que, en conjunto, los delitos disminuyan es un dato que hay que poner en relación con los de los demás países. Steven Pinker, destacado psicólogo canadiense que se ha hecho famoso por sus investigaciones históricas sobre el desarrollo de la criminalidad en el mundo ha declarado en una reciente entrevista que en Estados Unidos el crimen ha disminuido un 50 por ciento en los últimos 20 años. Igual que en Bogotá o Río de Janeiro. Una de las razones por las que el crimen ha disminuido en las ciudades norteamericanas es que la Policía puede monitorear los barrios donde se producen más crímenes. En su último libro, “Los ángeles que llevamos dentro”, Pinker lleva a cabo una minuciosa investigación que le ha permitido concluir que los porcentajes de homicidios en Europa se han dividido al menos por 30 desde la Edad Media: de aproximadamente 40 personas por cada cien mil al año en el siglo XIV a 1,3 al final del XX. No parece, pues, que la disminución de la criminalidad en nuestro país sea un dato comparativo como para tirar cohetes.
     En España, los cuerpos policiales han aumentado sensiblemente a lo largo de nuestra trayectoria democrática, lo cual también tendrá que haber influido en la evolución de nuestra criminalidad (además del desarrollo tecnológico de sistemas de videovigilancia y otros). El número de efectivos conjuntos de Guardia Civil y Policía Nacional ha ido creciendo a lo largo del tiempo desde los inicios de la democracia. Desde 2003, en que eran 118.666, fueron creciendo hasta 155.810 en 2011. En 2014 han pasado a ser 152.302, a los que hay que sumar 8.000 agentes de la Ertzaintza, 16.973 Mozos de Escuadra, 1.000 agentes de la Policía Foral Navarra y decenas de miles de policías locales, policías privados y guardias de seguridad. Según los datos del Boletín Estadístico del Personal al Servicio de las Administraciones Públicas de enero de 2014, en España había un total de 233.336 miembros de fuerzas de seguridad. Según Eurostat, en 2012, eran 534 policías por cada 100.000 habitantes, el cuarto país de Europa con un mayor despliegue policial en proporción a su población, sólo por detrás de Chipre, Italia y Croacia. Respecto de los datos sobre población penal, en 1975, el número de internos en las cárceles españolas, tanto hombres como mujeres, era de 8.440. Y a principios de 2015 era de 65.000 personas, casi ocho veces más.
     Y analicemos, en fin, un último dato, la evolución del consumo de drogas en nuestro país. El Instituto Nacional de Estadística proporciona datos sobre el consumo de drogas en la población entre 15 y 64 años en el período comprendido entre 1995 y 2009, tomando como medida el hecho de haber consumido la sustancia alguna vez en la vida. El consumo de cannabis ha ido aumentando desde un 14,5 por cada cien habitantes en 1995 hasta el 27,4 en 2011 (32,1 en 2009). En ese mismo período, el consumo de éxtasis ha aumentado desde el 2% al 3,6% (4,9% en 2009). Los alucinógenos, del 2,1 al 3,7%. Anfetaminas, del 2,3 al 2,9% (3,7% en 2009). La cocaína base del 0,3 al 0,9%; respecto de la cocaína en general solo hay datos referidos al 2007 (8,3%), a 2009 (10,2%) y a 2011 (8,8%); la heroína, por el contrario, ha disminuido del 0,8 al 0,6% entre 1995 y 2011. Respecto del consumo de tranquilizantes, solo hay datos sobre la evolución de su consumo entre 2005 (7% de la población) y 2011 (17,1%). Somos, junto a Reino Unido y Francia, los líderes en el consumo de cannabis y cocaína entre los jóvenes.
     Habíamos titulado este artículo: “España: ¿una sociedad enferma?”. A estas alturas del mismo podemos perder el miedo y atrevernos definitivamente a quitar del título los signos de interrogación. Pero puestos a anudar nuestras conclusiones con los puntos de partida, resaltemos que hacia donde aquí se apunta como causa estructural de la evolución expuesta es al virus de particularismo que se inoculó en la sin duda bienintencionada Constitución de 1978. Como de costumbre, el camino del infierno está sembrado de buenas intenciones.

sábado, 26 de diciembre de 2015

"Paulina": un sentimiento de culpa insaciable

     “La patota”, estrenada en España con el título de “Paulina”, es una película argentina de 2015 dirigida y co-escrita por Santiago Mitre. La película participó en la 68ª edición del festival de Cannes donde ganó el premio principal de la semana de la crítica en el festival de Cannes y en el Festival de San Sebastián obtuvo los tres premios principales de su sección. Además, ha obtenido varios premios más.


     Paulina era una abogada con una carrera floreciente en Buenos Aires, que en un determinado momento decide dejar atrás su prometedora trayectoria profesional y volver a su ciudad natal para convertirse en maestra rural y dedicarse a la actividad social en entornos de jóvenes marcados por la pobreza y la marginalidad. Fernando, su padre, años atrás hizo algo parecido, y en la actualidad es un juez progresista, pero ahora, ya en el viaje de vuelta de sus juveniles entusiasmos, intenta aconsejar a su hija para que armonice sus deseos de cambio social con sus capacidades como abogada y no renuncie a su brillante futuro. Paulina no le hace caso y, tal y como tenía decidido, empieza a trabajar como maestra.
     Enseguida observa la desproporción o desajuste existente entre sus fervorosos impulsos de mejorar el mundo y el desdén y la desidia con los que son recibidos por parte de su juvenil clientela. Más aún: después de la segunda semana de trabajo es interceptada por una patota (una pandilla de chicos marginales y aficionados a los actos vandálicos) y violada por el líder de la misma. Ante la mirada atónita de quienes la rodean, Paulina decide, después de un par de días, volver a trabajar en la escuela y en el barrio donde fue atacada, a pesar de que enseguida llega a saber que los integrantes de la patota eran alumnos suyos, excepto el líder, del que también llega a saber que fue quien la violó. A pesar de ella misma, los integrantes de la patota son detenidos por orden de su padre, el juez, pero Paulina, en la rueda de conocimiento, y con la intención de defenderlos, niega que fueran ellos quienes la atacaran, de modo que salen libres.
     Nuestra protagonista descubre al poco tiempo que, como resultado de la violación, había quedado embarazada, y muy al contrario de lo que le piden su novio, su padre y su amiga, decide no abortar, llevar adelante su embarazo. Ello le cuesta la ruptura con su novio, la desesperación de su tolerante y amado padre, la incomprensión de su amiga… Pero ella prefiere seguir adelante en el camino hacia su particular calvario.
      La bondad de Paulina y su intención de ayudar a los sectores más marginales de la sociedad, incluso cuando los beneficiarios de esa ayuda se muestran refractarios a ella, recuerdan a aquella Viridiana de Luis Buñuel (1961), una ex novicia que acoge en la mansión de la que inopinadamente había quedado dueña a un puñado de pobres y vagabundos a los que va encontrando al azar. Estos, en vez de agradecer la ayuda, abusan de lo que se les da, atacan a Viridiana y destrozan la casa que los acoge.
      No dejan de merecer compasión, y a veces admiración, personas como estas, que deciden renunciar a sí mismas para entregar su vida a los necesitados. Pero parece que hay líneas rojas que esa virtud extrema puede llegar a traspasar, y entonces se convierte en algo morboso y quizás hasta perverso. Es posible que ese fuera el caso, por ejemplo, de Santa Catalina de Siena, co-patrona de Italia junto a San Francisco de Asís y una de las patronas de Europa, que nació en 1347, poco antes de que la gran epidemia de peste arrastrara a la tumba a las dos terceras partes de la población de Siena. Era la hija número veintitrés de un total de veinticinco partos. Creció en un ambiente dominado por el miedo, los sentimientos de culpabilidad y el duelo, pues la gente pensaba que la “peste negra” era el castigo de Dios por la perdición humana.
     Desde una edad muy temprana, Catalina se azotaba repetidamente y en secreto con el látigo. Rechazaba cualquier alimento que no fuera pan, verdura cruda y agua. Se ató a unas cadenas y guardó silencio, excepto en la confesión. Se incorporó a una orden laica de los dominicos y entre los dieciséis y los veintiocho años se sometió a ayunos extremos, y sus días transcurrían entre las plegarias, las autoflagelaciones y el cuidado de enfermos. El agotamiento físico extremo provocado por la falta de comida y sueño derivó en una experiencia de éxtasis (el estado de privación general es uno de los métodos de acceso a este tipo de experiencias), tras el cual manifestó los cinco estigmas o heridas de Cristo en manos, pies y corazón (manifestó los llamados “estigmas invisibles”: sentía el dolor en los lugares en los que Cristo tuvo sus llagas, pero no eran visibles externamente las heridas). Cuidaba de pordioseros, prisioneros y leprosos, y bebía el pus de las heridas de sus pacientes, con la esperanza de poder igualar la pasión de Cristo. Alguno de sus hagiógrafos considera que su principal milagro fue la paciencia de que hizo gala ante los severos ataques y reproches, aún de personas desagradecidas que ella había beneficiado con sus servicios. En el comienzo del año en que le sobrevino la muerte, 1380, Catalina renunció también al agua durante su ayuno. Murió unas semanas después, atormentada por culpas y demonios interiores; también en esto vino a imitar a Cristo: tenía treinta y tres años. “¿No habría aún suficiente sufrimiento en este mundo? –se preguntaba Cioran– Se diría que no, a juzgar por la complacencia de los santos, expertos en el arte de la auto-flagelación. No existe santidad sin voluptuosidad del sufrimiento y sin un refinamiento sospechoso. La santidad es una perversión inigualable, un vicio del cielo”.
     Ampliaremos nuestra reflexión añadiendo una cara más (de las muchas posibles) del poliedro que se abre a nuestra perspectiva al indagar en este tipo de comportamientos autodestructivos: recordaremos así la biografía de la singular poetisa norteamericana Sylvia Plath (1932-1963). Sylvia Plath fue una persona especialmente brillante: su currículum académico estuvo plagado de notas excelentes, del más alto nivel; llegó a ser admitida como becaria en las instituciones universitarias más prestigiosas, y desde muy joven refulgieron sus dotes como escritora. “No ser perfecto duele”, escribió Sylvia Plath en su “Diario” en 1957. Y unos párrafos antes: “Yo tengo este demonio que quiere que eche a correr gritando si resulta que tengo defectos, que soy falible. Quiere hacerme pensar que siendo tan buena como soy solo puedo admitir la perfección. La perfección o nada”. Al exceso de inquietud por encima de los motivos objetivos que la justifican, al campo de lejanías a las que uno quiere llegar pero a las que es imposible acceder, es a lo que propiamente llamamos ansiedad. En consecuencia, Plath sufría de insomnio crónico: un ansioso así no se puede permitir esa especie de abandono improductivo que es el dormir. Así que tomaba tranquilizantes y somníferos… que no llegaban a contrarrestar con suficiencia la fuerza de su inquietud. Durante toda su vida repitió un patrón de respuesta a cualquiera de sus logros: nunca eran suficiente. El último resultado de esa manera de instalarse en la vida fue que le diagnosticaron una depresión mayor. En noviembre de 1952, dejó escrito en su “Diario”: “Quiero matarme, escapar a toda responsabilidad, volver, arrastrándome abyectamente, al claustro materno. No sé quién soy ni a dónde voy, y soy yo quien tiene que contestar a esas horribles preguntas”. Fueron varios, efectivamente, los intentos de suicidio que siguieron a estos extravíos en el laberinto en que se había convertido su vida.
      Siempre por debajo de sí misma, de lo que interiormente se exigía, podríamos decir que ejercía sobre sí una especie de maltrato. La correlativa autoimagen la llevaría consigo cuando de mantener relaciones con los hombres se trató. Su primer amante, cuando tenía 22 años, la violó y maltrató físicamente. De hecho, pasó la noche después de esta primera relación en el hospital, tras lo cual… continuó saliendo con ese mismo sujeto, al que evidentemente disculpó, cargando sobre ella, tal vez “por haber malinterpretado la situación”, la responsabilidad por lo ocurrido. Asimismo, la primera vez que hizo el amor con el que después fue su marido, el también poeta Ted Hughes, sufrió por parte de él una paliza que la dejó llena de moratones y magulladuras. A lo largo del matrimonio, Hughes abusó de ella y la hizo objeto de sus frecuentes ataques de ira y violencia. Los últimos años, Plath se dio cuenta de que estaba siendo engañada, y ya no pudo confiar en su marido, a quien, pese a todo, se había entregado totalmente. Parece que podemos ir hallando una constante en esta propensión a sentir a los verdugos como víctimas y a sí mismo, la auténtica víctima en estos casos que tratamos, como verdugo, o al menos como el necesitado de perdón.
     De todas formas, Plath siguió sobresaliendo en sus estudios y obteniendo premios y galardones uno tras otro a lo largo de su vida: exitosas circunstancias mundanas incapaces de servir de fundamento a una personalidad que finalmente solo reconocía lo esencial de sí, en cuanto que habitante del mundo, en los momentos de fracaso. Logró el mayor de todos ellos en el invierno de 1963, cuando su marido, Ted Hughes, la abandonó junto a sus dos pequeños hijos para irse a vivir con otra mujer. Su último poema, escrito entonces, empieza con este verso: “La mujer alcanzó la perfección…”, justo lo que ella llevaba persiguiendo toda la vida. Había escrito también en otro de sus poemas, el titulado Lady Lazarus: “Morir / es un arte, como cualquier otra cosa. / Yo lo hago excepcionalmente bien”. Anunciando su inminente suicidio, acabó su último poema de esta concluyente manera: “Los pies parecen estar diciendo: hemos llegado muy lejos, se acabó” (poema “Límite”, último que escribió Plath, unas noches antes de su suicidio). Su tránsito hacia la lejanía había durado solo treinta años.
     Observemos una cara más de este poliedro que conforman las vidas dominadas por un impulso de autoagresión. En el siglo XII y principios del XIII, San Francisco, el otro co-patrono de Italia, conocido también como il poverello d'Assisi (“el pobrecillo de Asís”) a pesar de provenir de una familia rica, fundó una de las llamadas “órdenes mendicantes”, respondiendo a una llamada interior hacia el desapego de lo mundano. Cuando tenía veintiséis o veintisiete años, sus amigos le preguntaron si pensaba casarse, y él respondió: “Estáis en lo correcto, pienso casarme, y la mujer con la que pienso comprometerme es tan noble, tan rica, tan buena, que ninguno de vosotros visteis otra igual”. La “mujer” en cuestión era la Pobreza. En nombre de ella empleó el patrimonio de su padre (con gran enfado de este, que seguía perteneciendo a este mundo) en la reconstrucción de iglesias en ruinas. Cuando su padre lo llevó a juicio, devolvió el dinero que aún tenía, pero desde entonces proclamó que su verdadero Padre pasaba a ser el que estaba en el cielo. A partir de aquel suceso, él y sus seguidores vivieron de las limosnas y no aspiraron a otra cosa que a la vida eremítica, el silencio, la soledad y el ayuno. En septiembre de 1224, en el transcurso, precisamente, de un prolongado ayuno, Francisco oró para recibir dos gracias antes de morir: sentir la pasión de Jesús, y una enfermedad larga con una muerte dolorosa. Y efectivamente, como Santa Catalina, alcanzó la dudosa gracia de la estigmatización, una manera de somatizar su peculiar devoción que le causaba intensos dolores en las llagas, y la de una larga y acusada enfermedad. Ambas se prolongaron hasta octubre de 1226, en que, con 44 años, Francisco murió. 
     Las enseñanzas de Francisco de Asís han encontrado eco en uno de los próceres del mundo actual, el Papa Francisco, que escogió su nombre como Papa en honor y reconocimiento de aquel santo. Ambos Franciscos encontraron respaldo a sus decididos desapegos de todo lo mundano en aquel extremo pendular desde el que Jesucristo afirmó: “Mi reino no es de este mundo”. Lo cual se tradujo en propuestas doctrinales tan descarnadas como esta que el mismo Jesucristo proclamó: “Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”. Una doctrina que fue secundada por San Pablo, el auténtico fundador del cristianismo como institución, que decía: “En lo que resta, los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran. Porque la apariencia de este mundo está a punto de acabar”. Este desapego del mundo predicado por el cristianismo vino a identificarse con una vocación que empujaba a la pobreza por la pobreza misma, que veía, en última instancia, que esa  pobreza era en sí misma una virtud. Porque, como el evangelista Mateo recoge de entre las palabras de Jesucristo: "Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los Cielos". Se siguen de este modo los principios que el mismo Cristo dejó también enunciados cuando, según el mismo Mateo, proclamó: “No os inquietéis diciendo: ¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué nos vestiremos? Esas son las cosas por las que se preocupan los paganos. Ya sabe vuestro Padre celestial que las necesitáis. Buscad ante todo el reino de Dios y lo que es propio de él, y Dios os dará lo demás. No andéis preocupados por el día de mañana, que el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su propio afán”. Una forma de estar en el mundo que ya antes había seducido a Diógenes el cínico, que decidió apartarse del mundo y vivir dentro de un tonel; los cristianos prefirieron apartarse yendo a vivir a los desiertos y luego a los cenobios.
     San Francisco de Asís ha sido, como decimos, el modelo preferido por el Papa Bergoglio. En una visita que este hizo a la ciudad de Asís, llamó a la Iglesia a “despojarse de toda mundanidad”. De modo que por debajo de una pretendida lucha contra la pobreza que se expresa en uno de los niveles del discurso papal, asoma una identificación más profunda con esa pobreza en cuanto que eventual virtud que viene a expresar aquel desapego del mundo que ya predicó su predecesor en la doctrina, San Francisco de Asís. Cioran decía que “El remordimiento metafísico es una turbación sin causa, una inquietud ética en el límite de la vida. No tienes culpa alguna de la que arrepentirte y sin embargo sientes remordimientos. No te acuerdas de nada, pero te invade un sentimiento infinitamente doloroso del pasado. No has hecho nada malo, pero te sientes responsable de los males del universo”. Y hablaba de “esa necesidad de remordimientos que precede al Mal, mejor dicho, que lo crea...”. De una forma semejante podríamos hablar aquí de esa necesidad de alejarse del mundo que precede a la Pobreza, mejor dicho, que la crea…
     Y resumiendo las actitudes de todos estos tipos de personas que se ven fatalmente abocadas a la autoagresión, podríamos concluir hablando de esa necesidad de castigo que precede al remordimiento, mejor dicho, que lo crea.

domingo, 13 de diciembre de 2015

El sentido de la enfermedad

     Empezaremos nuestra reflexión partiendo de casos prácticos: cuenta el psicólogo de la corriente humanista David Bakan (“Enfermedad, dolor, sacrificio”, F. C. E., 1979) cómo el desarrollo del cáncer en los animales  parece relacionarse con su situación “social”: hay unos ratones experimentales, denominados C3H, en los que se ha observado que, después de ser inyectados con una sustancia cancerígena, cuando están enjaulados juntos, la metástasis progresa menos que cuando se hallan solos, circunstancia que se apoya en datos estadísticos suficientemente significativos. Asimismo, el mal se retrasa si manos humanas manejan regularmente a estos roedores. Experimento que sirve de metáfora o parábola de lo que ocurre asimismo en el ser humano, porque, de modo semejante, se ha observado, por ejemplo, que el índice de mortalidad de los niños privados del cuidado materno, aunque reciban la atención física necesaria, es considerablemente mayor que el de las criaturas que gozan de la solicitud de sus madres. Otros ejemplos: la tasa de fallecimiento durante el primer año de vida en el asilo de ancianos es mucho más elevada que la de los viejos con hogar. Asimismo, las enfermedades somáticas resultantes del rompimiento brusco y traumático de relaciones con personas emocionalmente importantes se manifiestan en lapsos de tiempo tan breves como incluso veinticuatro horas, y sus efectos se han constatado en numerosos padecimientos: asma, cáncer, infarto cardíaco, diabetes melitus, eritematosis, hemorragia uterina funcional, artritis reumatoide, colitis ulcerativa…
     En general, la incidencia de un padecimiento somático entre personas con un trastorno psicológico definido es mucho mayor que entre las personas que no sufren ese tipo de trastornos, y en gran número de estudios se ha constatado un nexo entre el desarreglo psicológico y diversas formas de separación y desintegración social y cultural. Estas disociaciones surtirían efecto especialmente cuando actúan sobre la base de un previo historial de rechazo o abandono en la primera infancia.
     Desde el modelo biomédico hoy dominante se entiende que las enfermedades tienen su causa en una perturbación orgánica o agente etiológico específicos: una bacteria, un virus, un trastorno hereditario… Según este modelo, los mecanismos biológicos, los que actúan en el interior del organismo, con pocas excepciones, trabajan esencialmente en favor de la supervivencia del individuo, y su funcionamiento estaría orientado hacia la salud, mientras que los agentes de la enfermedad son, en esa misma medida, externos o ajenos al organismo. Sin embargo, los ejemplos antes expuestos encuentran mejor explicación considerando, para empezar, que en la mayoría de las enfermedades intervienen varios factores que incluyen la condición integral del individuo, es decir, que la enfermedad sería un estado del organismo total, y la dolencia específica podría considerarse un síntoma particular de esa totalidad. Diversas investigaciones  han señalado asimismo que los individuos que habían enfermado alguna vez eran más propensos a los achaques -aunque aparentemente no tuvieran nada que ver unos con otros- que quienes siempre gozaron de buena salud; lo cual puede conducirnos a la conclusión de que existe en aquellos individuos una propensión a las enfermedades, que al parecer puede extenderse también hacia una posible propensión a los accidentes, lo cual apuntaría a una fuente interna de las enfermedades y de esa facilidad para sufrir accidentes (es decir: lo contrario de aquellos agentes etiológicos externos que, como fórmula general, propone el modelo biomédico). Con todo ello podemos ir trazando una vía de conexión, no simple y lineal, pero sí tendencial, entre experiencias de abandono infantil, trastornos psíquicos y, junto a los componentes genéticos o ambientales que puedan concurrir, propensión a las enfermedades y a los accidentes. Hans Selye, el fisiólogo y médico austríaco que creó el concepto de estrés (1956), decía que había un mínimo común denominador vinculado a la ansiedad en eso que llamamos “estar enfermo”. Famosas son asimismo las investigaciones del Dr. Karl Simmollthong, USA, (1.999), donde demuestra las altas correlaciones que existen entre factores estresantes mantenidos y ciertos tipos de cáncer, diabetes, trastornos inmunológicos, dermatitis, enfermedades digestivas y cardiopatías (resaltemos, sin embargo, que el estrés es causa de enfermedades solo cuando supera el umbral de adaptación, que es más bajo, precisamente, en las personalidades inseguras con experiencias infantiles de abandono).
     Selye hablaba de que los mecanismos defensivos puestos en marcha por el organismo en situaciones estresantes pueden resultar más nocivos para el mismo que si no se defendiera. En tales ocasiones, Freud diría que no se responde primariamente a ningún concreto peligro externo, sino que la respuesta la desencadena para empezar una íntima sensación de angustia que secundariamente buscaría acoplarse a algún objeto externo. “La angustia –dice en concreto Freud– constituye un estado semejante a la expectación del peligro y preparación para el mismo, aunque nos sea desconocido”. Así pues, el organismo humano se predispone para poder realizar aquella respuesta defensiva de la manera aparentemente más efectiva: como si estuviera frente a un depredador en una situación de vida o muerte (por buscar una concreción aproximada para esa sensación de peligro indefinido), para empezar, la adrenalina que producen las glándulas suprarrenales se vierte en la sangre haciendo que, por un lado, se contraigan los vasos sanguíneos, de modo que la sangre pueda circular más deprisa y afluir rápidamente hacia las partes del organismo que más la necesitan en tales momentos: las zonas musculares y el cerebro; aumenta, por tanto, la frecuencia cardíaca y la tensión arterial. Por otro lado, la adrenalina hace también que se dilaten los conductos de aire para de esa manera acoger una ración extra de oxígeno con la que producir el suplemento de energía que se va a necesitar. Las mismas glándulas suprarrenales, en esas situaciones en las que el organismo se dispone a dar la perentoria respuesta de ataque o de huida ante un peligro exageradamente valorado como extremo, segregan corticoides, unas hormonas que tienen la función de atenuar las respuestas del organismo a los efectos de la inflamación que puedan ocasionar las heridas, así como la de mantener, a pesar del desgaste por la lucha, la concentración de azúcar en la sangre, la presión arterial y la fuerza muscular. Asimismo, el páncreas produce glucagón, una hormona que libera en los vasos sanguíneos el azúcar que estaba almacenado en el hígado y en los músculos, provocando de esa forma un aumento casi inmediato de la glucemia, con el objeto de elevar el tono del organismo. Además, y puesto que el estómago necesita liberar urgentemente todos sus contenidos para que la actividad del organismo se centre exclusivamente en la tarea de responder a la amenaza que ha sobrevenido, se produce una gran secreción de jugos gástricos con el objeto de acelerar y dar término cuanto antes al proceso digestivo. Por otro lado, y con objeto de proteger la cabeza, especialmente la nuca, que es la parte de la anatomía que resulta más vulnerable sobre todo si el ataque se intuye que va a llegar por detrás, los hombros se alzan, se encoge el cuello y se tensa la musculatura general.
     ¿Pero qué pasa si la sensación de amenaza persiste en el tiempo? Inevitablemente ocurrirá que esas respuestas que el organismo debiera tener previstas solo para pasajeras situaciones de emergencia tenderán a cronificarse. Entonces, lo que estaba destinado a defender al organismo acabará desbordando las posibilidades de este y derivando hacia peligrosas anomalías. De esta manera, la sobreproducción de adrenalina provocará una hipertensión permanente que acabará formando grietas y fisuras en los vasos sanguíneos y produciendo el síncope vascular; debido a lo mismo, aparecerán también taquicardias y problemas respiratorios. Por otro lado, el exceso de corticoides en el organismo conducirá hacia la desmineralización ósea, es decir, la osteoporosis. La hiperglucemia, cuando se cronifica, puede llevar a la enfermedad diabética, a la disminución de la resistencia a las infecciones y a disfunciones multiorgánicas.  Si además los jugos gástricos se siguen produciendo por encima de lo conveniente, la hiperacidez acabará provocando lesiones irreversibles en el aparato digestivo que concluirán en la úlcera duodenal o diversas formas de colitis. Asimismo, aquella necesidad de vaciar con urgencia los contenidos digestivos para que el organismo se dedique exclusivamente a preparar respuestas de ataque/huida puede derivar, si estas se prolongan, hacia la enfermedad del colon irritable. Y en fin, las actitudes corporales que estaban previstas para situaciones de amenaza física, por ejemplo, la elevación de los hombros o la tensión muscular general, derivarán hacia contracciones musculares recurrentes que serán causa de graves disfunciones en los hombros y la espalda, así como de dolores de cabeza o fatiga muscular. Las reacciones hiperdefensivas del alérgico podrían también incluirse en este mismo catálogo de respuestas contraproducentes y exageradas a un supuesto ataque al organismo. Selye dice de manera diáfana que “nuestras indisposiciones provienen a menudo de nuestras propias respuestas”. De modo que, para eludir esos efectos dañinos, llegaba a recomendar que el sujeto afectado alentase a su cuerpo a “no defenderse”.
     ILUSTRACIÓN: SAMUEL MARTÍNEZ ORTIZ
     Sigmund Freud, por su parte, habló, a partir de un determinado momento de su trayectoria intelectual, de la existencia de Tánatos, el instinto de muerte, que también se mostraría en aquellos momentos en los que la mente escoge defenderse frente a situaciones amenazantes: los mecanismos de defensa que el yo opone a esas situaciones (represión, desplazamiento, negación, regresión…) resultarían ser finalmente más nocivos para la integridad psíquica del sujeto que los pone en marcha que el hecho mismo de  enfrentarse a la situación que los desencadenó, y la enfermedad mental sería precisamente resultado de esa defensa exagerada. Podría servir de prototipo de lo dicho la defensa que el fóbico realiza frente a aquello que es objeto de su fobia; de ese modo, la respuesta defensiva a la inocua presencia de una simple araña puede llegar a desorganizar la vida entera de quien padece de aracnofobia.
     Así pues, los desórdenes considerados por Selye (la respuesta de estrés) y las enfermedades mentales consideradas por Freud (desencadenadas por los mecanismos de defensa del yo) proceden de las respuestas defensivas frente al agente externo nocivo (el que, sin embargo, el modelo biomédico actual considera causante de la enfermedad), y no del ataque por parte de este. De esa forma, Freud llega incluso a concluir en “Más allá del principio del placer” que “toda sustancia viviente está sujeta a morir por causas internas”. Y también que “el objetivo de la vida entera es la muerte”. Pero ¿cómo es posible que aquello que estaba dispuesto para defender al organismo y a la psique sea precisamente lo que puede llegar a destruir a ese organismo y a esa psique?
     Para intentar explicarlo, el referido David Bakan parte de que la vida en su conjunto existe como medio de alcanzar un fin, que es la forma concreta que cada organismo tiene empeño en conseguir (se trataría no solo de una forma física o biológica, sino también de una forma psíquica, biográfica). El modelo biomédico vigente, siguiendo la pauta mecanicista que dejó fijada Descartes, entiende que lo más bajo explica lo más alto, es decir, que hay que partir de la descomposición del todo en sus partes y explicar después aquel en función de estas. Pero eso no permitiría entender el hecho de que cuando hay un tejido dañado por una herida, las células de alrededor (las partes) se muevan con el objeto de recomponer ese tejido tal y como había sido hasta entonces; es decir, que en las células hay una especie de mandato que las empuja a algo más de lo que resultan ser cuando están aisladas, es decir, como meras partes que, simplemente sumadas, dan el todo. En suma: esas partes celulares tienen incorporada en sí la presencia del todo, en este caso, del tejido completo (el que resultó dañado), de modo que se mueven en la dirección de recomponer ese todo que coyunturalmente había desaparecido. Es el todo, pues, el que explica el funcionamiento de las partes. Cuando las partes del organismo entienden su subordinación al todo y se sacrifican en aras del mismo, hay salud. Pero cuando esas partes se hacen autónomas y dejan de tomar en consideración al todo, sus respuestas parciales pueden llegar a poner en peligro al conjunto. Por ejemplo, en el caso de la alergia respiratoria, la respuesta defensiva puesta en marcha por esa parte del organismo que es el sistema respiratorio puede acabar produciendo asma, es decir, poner en peligro al todo orgánico. El caso extremo es el del cáncer, en el que las células cancerosas se independizan del conjunto y luchan por su propia y particular sobrevivencia, a pesar de que ello significará al final la muerte del organismo global. En la obra citada, Freud decía que el instinto de muerte estaba primitivamente alojado en la célula individual, aislada, y que la existencia de organismos multicelulares resultaba de la acción del instinto opuesto, el de Eros.
     Un organismo tiende más de lo normal a la enfermedad cuando hay una parte de él que actúa al margen del conjunto y superpone su propia dinámica defensiva a la marcha del conjunto. ¿Cómo nace esta subestructura que transcurre al margen de y en oposición al conjunto psicosomático del organismo? Nace en los primeros años de vida, aquellos en los que la vulnerabilidad es extrema y consustancial a la frágil instalación del niño pequeño en su mundo. La expectativa de amenaza percibida por ese niño es correlativa a esa extrema vulnerabilidad, y cuando no se siente suficientemente protegido, pone en marcha los mecanismos de defensa fisiológicos que hemos analizado en la respuesta de estrés, que se caracterizan por ser una respuesta preverbal, exclusivamente somática al principio, pues no tiene recursos con los que elaborar otra clase de respuesta a la expectativa de peligro. El organismo queda finalmente anclado en aquella primera respuesta cuando la sensación de inseguridad y la expectativa de amenaza es estable (cuando el niño no se siente, pues, suficientemente atendido o incluso sufre la sensación de abandono). El aparato psíquico puede seguir evolucionando al compás del desarrollo de la capacidad de expresión verbal, pero aquella actitud preverbal, fisiológica, de respuesta a la amenaza quedará anclada en una parte de su cuerpo y de su mente y desde la zona oscura (reprimida) en la que seguirá habitando, seguirá condicionando la marcha del conjunto mente-cuerpo. La respuesta defensiva frente a la amenaza, exagerada desde el punto de vista del adulto, es un esquema de respuesta generado en la primera edad y que en aquel entonces se correspondía con la extrema vulnerabilidad del niño; ese esquema de respuesta quedó fijado y anclado en una zona inconsciente (por preverbal) del organismo psicofísico. Partiendo de aquí, lo que caracterizará a una persona enfermiza es su exceso de respuestas defensivas. Visto desde el otro lado: le caracteriza la exagerada expectativa de amenaza, la sensación de peligro inminente (la angustia incontrolada) que sigue conformando desde lo inconsciente los modos de responder al entorno del individuo adulto. La tarea terapéutica, según Freud, consiste en hacer evidente (consciente) que la forma de enfrentarse a los sucesos actuales por parte del individuo adulto son el eco del recuerdo inconsciente de un trozo del pasado.
     Decía Freud que el proceso curativo de las neurosis debía regirse por esta máxima: “donde hay ello debe de haber yo”. El ello es la parte de la personalidad que va por libre, que está fuera de lo que es capaz de incorporar la conciencia como constitutivo de la propia autoimagen. Ese ello (semejante a la sombra de Jung) irrumpe imponiendo sus propias necesidades, y saltando por encima de lo que conscientemente se es. El ello representa a la parte de la personalidad que, sintiéndose amenazada, ha sido excluida de la misma hacia el inconsciente por los mecanismos de defensa del yo, de manera paradigmática por la represión, para eludir la angustia que conlleva la amenaza; y representa también a ese contrapunto de la amenaza que son los deseos prohibidos por la conciencia. La sensación de amenaza puede relativizarse cuando pasa del nivel preverbal en el que el niño pequeño la incorporó al nivel verbal en que un adulto puede más fácilmente elaborarla y contraponerse a ella. La psicoterapia es, por tanto, y en buena medida, una tarea literaria. Y, concluyendo todo lo argumentado hasta aquí, el paso previo a la visita al médico encargado de curar gran parte de nuestras enfermedades habría de ser la visita al psicoterapeuta, un psicoterapeuta entrenado en esta perspectiva sobre la enfermedad que hemos expuesto, y que dotado de este marco explicativo indague en las fuentes de amenaza infantiles hasta alcanzar la situación catártica en que el sujeto deje de defenderse de esa amenaza en clave preverbal, corporal, y empiece a poder mirar esas supuestas fuentes de amenaza en clave adulta y apoyado en el poder de la palabra.