domingo, 1 de agosto de 2021

POR QUÉ CIENCIA + RELIGIÓN = OCCIDENTE ≠ ORIENTE

 


   El descubrimiento del cero vendría a ser, quizás, el punto de inflexión más importante a la hora de situar esa diferencia entre Oriente y Occidente. Para Oriente, la vida es una carga; Buda la identifica con el sufrimiento. El infinito, visto desde este punto de vista, es un horror, viene a anunciar el samsara, la rueda de las reencarnaciones (¡qué pesadez!, dicen por allí), de la que hay que liberarse, para llegar al moksha. Lo bueno, pues es regresar a la nada, al vacío original… al punto cero de la existencia. Y van los hindúes y los árabes e inventan, consecuentemente, el cero, posiblemente su mejor invento.

   Los grecorromanos, por el contrario, sufrían de “horror vacui”, así que definían el espacio por los objetos que lo pueblan. Los cristianos vinieron a completar la idea: todo fue creado por Dios de la Nada. La Nada no va a ser un punto de llegada, como para los orientales, sino un punto de partida hacia el Todo, hacia el infinito. El greco-romano-cristiano (es decir, Occidente) no va a querer liberarse de la vida, sino que va a aspirar a la vida eterna. El occidental entenderá el cero, el vacío, no como algo en lo que instalarse, sino como algo que hay que llenar. Así lo ratifica María Zambrano, que dice: El hombre podría definirse –una de tantas posibles definiciones– como el ser que alberga dentro de sí un vacío (…) un vacío que ha de llenarse”[1].

   Fue en el Renacimiento cuando estas dos maneras de mirar, Oriente y Occidente, se escindieron definitivamente. Giordano Bruno aún pagó en la hoguera su sesgo hacia el infinito, es decir, hacia la lejanía, que es lo que por entonces empezó a interesar. La lejanía en términos temporales es el futuro; y es lo que había que llenar. Sobre esa base apareció la idea de progreso, que junto al método científico de Galileo sentaron las bases de la Revolución científica, después la Revolución técnica, el evolucionismo… y llegamos hasta lo que hoy es Occidente.



[1] María Zambrano: “Persona y democracia”, Madrid, Siruela, 1996, p. 82.


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