domingo, 31 de mayo de 2020

Ventajas y desventajas de la vida fácil

     La sociedad humana en su conjunto ha elevado en los últimos tiempos su nivel histórico. En ellos ha acontecido un ascenso fabuloso en cuanto a posibilidades y mejora de la calidad de vida del hombre medio. El mundo ha crecido, y con él, la vida. Para empezar, porque el ámbito en que esta se desenvuelve se ha globalizado, ha pasado a ser ya todo el planeta y el horizonte de las vidas particulares se ha ampliado así enormemente. “Un ejemplo trivial: en 1820 no habría en París diez cuartos de baño en casas particulares (…) Pero más aún: las masas conocen y emplean hoy, con relativa suficiencia, muchas de las técnicas que antes manejaban sólo individuos especializados. Y no sólo las técnicas materiales, sino lo que es más importante, las técnicas jurídicas y sociales. En el siglo XVIII, ciertas minorías descubrieron que todo individuo humano, por el mero hecho de nacer, y sin necesidad de cualificación especial alguna, poseía ciertos derechos políticos fundamentales, los llamados derechos del hombre y del ciudadano”(1). Se ha ensanchado enormemente, en fin, la conciencia de lo que nos es posible: los objetos que podemos comprar superan ampliamente el número de los que seríamos capaces de imaginar; la información que quisiéramos tener es abrumadoramente sobrepasada por la que efectivamente está a nuestro alcance; el cine, la televisión, internet y los medios de comunicación en general ponen ante los ojos y el conocimiento del hombre medio los lugares y aspectos más remotos de nuestro planeta; el elenco de los placeres y diversiones que están disponibles sobrepasan en número al de aquellos que nos da tiempo a disfrutar; el límite al que llegan los esfuerzos físicos y deportivos es cada vez más amplio, mostrando cómo el organismo humano posee capacidades superiores a las que nunca había tenido; la ciencia y la técnica han ampliado hasta lo inverosímil su horizonte de conocimientos y realizaciones prácticas
     Este acceso generalizado a bienes, derechos y posibilidades no llegó a perturbar, en el nivel que se había adquirido a lo largo de todo el siglo XIX, la aceptación por parte de las mayorías de su papel subordinado. La equiparación en el acceso de esas mayorías a todas esas posibilidades que iban aumentando no cambió por entonces la psicología del hombre medio en lo que se refiere a la aceptación de sus insuficiencias. Pero esa psicología fue cambiando, y poco después de comenzar el siglo XX ese cambio se ha traducido en una extemporánea sensación de señorío y dignidad que lleva a negar toda servidumbre o docilidad y a pretender imponer la propia voluntad de una forma desmedida. Se ha perdido la referencia de la dificultad en el acceso a lo deseado, hasta el punto de que se ha llegado a pensar que todas esas facilidades que nos ofrece el mundo hoy están ahí como puestas por la naturaleza. Y de forma correlativa es como se ha exacerbado, igual que ocurre con el niño mimado, la sensación de que la voluntad lo puede todo, de que la realidad está al servicio de nuestros deseos, es, aquí y ahora, lo que nosotros decidamos que sea. Ha irrumpido en la historia, en fin, el hombre-masa.
 
     Así pues, “todo el bien, todo el mal del presente y del inmediato porvenir tienen en este ascenso general del nivel histórico su causa y su raíz”(2). Si la calidad de las cosas está relacionada con la dificultad mayor que supone el acceso a las mejores, al desdeñar la dificultad, quedan todas ellas equiparadas en su nivel más bajo. Y el mal que se ha incrustado en nuestras sociedades consiste en la exacerbación de esa tendencia a convertir en igual todo lo que es desigual. Incluidas las jerarquías entre los hombres. Y es que “la sociedad humana es aristocrática siempre, quiera o no, por su esencia misma, hasta el punto de que es sociedad en la medida en que sea aristocrática, y deja de serlo en la medida en que se desaristocratice”(3).
     Hay dos grandes clases de criaturas: “Las que se exigen mucho y acumulan sobre si mismas dificultades y deberes y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas”(4). Son estas últimas las que hoy marcan la pauta en el contexto cultural establecido. Y lo hacen retrotrayendo a su nivel, en aras de la igualdad, a aquellas que están encargadas de ser la aristocracia moral de la sociedad. Es lo que Ortega llamó “la rebelión de las masas”, según la cual, estas, con gesto de suficiencia propio de niños mimados, creen que los derechos no tienen la contrapartida de las correspondientes obligaciones, ni que los deseos tengan el tope infranqueable que impone la realidad.

[1] Ortega y Gasset: “La rebelión de las masas”, O. C. Tº 4, p. 152.
[2] Ortega y Gasset: “La rebelión de las masas”, O. C. Tº 4, p. 153.
[3] Ortega y Gasset: “La rebelión de las masas”, O. C. Tº 4, p. 150.
[4] Ortega y Gasset: “La rebelión de las masas”, O. C. Tº 4, p. 146.

viernes, 15 de mayo de 2020

La tarea de vivir

     “La vida no es un estar ahí ya, un yacer, sino un recorrer cierto camino; por tanto, algo que hay que hacer —es la línea total del hacer de un hombre”(1). De modo que vivir, cumplir con lo que la vida humana exige para ser propiamente tal, supone estar haciendo alguna clase de tarea, añadir, día a día, nuevo bagaje a lo ya acumulado en el camino hacia el objetivo de alcanzar a ser lo que sentimos que tenemos que ser.
     Este ser no nos viene dado ni prefijado, como a los demás seres del universo, sino que tenemos que elegirlo nosotros. “Ese ser que el hombre se ve obligado a elegirse es la carrera de su existencia”(2). Y desde el virtual punto de llegada a ese objetivo que, para ser, hemos de alcanzar, emite su llamada dentro de nosotros mismos. Esa llamada, esa voz que reclama cumplir con la tarea que nos exigimos para llegar a ser el que sentimos que tenemos que ser es la vocación.
     Pero ese objetivo por cumplir no es algo realmente existente, sino que está en nuestra imaginación, y puesto que la vida es caminar hacia ese lugar imaginado, podemos decir que la vida es obra de la fantasía. Los hombres vivimos porque tenemos imaginación.
     Para llevar a cabo esa tarea fantástica cuenta el hombre, desde luego, con generosa ayuda: el mundo, el mundo real, pone a la vista la trayectoria existencial de muchas personas que han realizado ya su vocación, su objetivo de llegar a ser lo que tenían que ser. No es necesario seguir la trayectoria estrictamente individual de esas personas, sino poder tener una idea general, un esquema de lo que esas vidas han sido: tales hombres fueron médicos, tales otros abogados, policías, políticos, psicólogos… El individuo que quiere tener claridad sobre su vocación puede representarse el modo en que tales personas han llevado a cabo su tarea, para así poder escuchar la voz interior que quede evocada a la vista de ello. El camino que hay que seguir a partir de entonces lo denominamos “carrera”.
     Hay tareas que no son propiamente “carreras”; son las que denominamos “oficios”: albañilería, fontanería, conductores de autobuses, cajeras de supermercados… “Se llama «carreras» a los esquemas sociales de la vida en que predomina el hacer espiritual—intelecto, científicos; voluntad, políticos, hombres de acción; imaginación, poetas, novelistas, dramaturgos— y «oficios» a aquellos en que predomina el hacer de la mano, la mano de obra”(3). Habrá que dejar no del todo resuelta la cuestión de si la vocación hay que referirla más bien a las carreras, es decir a las actividades en las que predomina el hacer espiritual, porque entonces los oficios se llevarían una cuota exigua de la imaginación que hemos entendido como ingrediente esencial de la vida. Estarían estas tareas más cerca de las que hay que hacer para sobrevivir como organismos biológicos, y quedaría entonces por cubrir en las personas dedicadas a ellas la parte de lo que se ha de ser que cubre la imaginación y que es lo que mejor caracteriza la vida humana propiamente dicha. ¿Habrían, en tal caso, los titulares de los oficios de buscar cómo activar esa llamada vocacional que en ellos quedaría en principio latente, si quieren cumplir los requisitos necesarios para vivir más humanamente? Aun dejando la cuestión sin resolver –que es lo que hace Ortega–, parecería que así es, que se necesita incrementar la sensación de estar en la tarea de vivir con algún otro tipo de actividad que sobresalga por encima de las tareas mecánicas o las estrictamente atenidas a la supervivencia. Porque si no, la falta de atención a esa llamada interior que sigue latiendo por debajo de esas tareas repetitivas y de supervivencia puede transmutarse en sensación de falta de sentido en la vida. Lo que sí dice Ortega es: “Si la vida no es la realización de un proyecto, la inteligencia se convierte en una función puramente mecánica, sin disciplina ni orientación”(4).
     Por otro lado, “la vida es una trayectoria individual que el hombre tiene que elegir para ser. Mas las carreras son trayectorias genéricas y esquemáticas: cuando se elige una por vocación, el individuo advierte muy bien que, no obstante, esa trayectoria no coincide con la línea exacta de vida que sería, en rigor, su precisa, individual vocación”(5). Muchos aspectos de la carrera profesional tal y como es ofertada por la sociedad, no interesarán a aquel que la elija, además de que, en sentido contrario, no llega a cubrir todos los asuntos llenos de matices personales sobre los que, a la hora de incorporarlos a nuestro programa de vida, también actúa la llamada interior. Y otra cosa más: la especialización ha escindido las carreras en múltiples ramales, haciendo perder la idea de conjunto en los saberes y provocando que vayan perdiendo atractivo, y el profesional, apego a lo que hace. En este sentido, la carrera va adquiriendo los caracteres que eran propios de los oficios, destinados ambos entonces a ser meras ocupaciones laborales cuyo objeto es asegurar la supervivencia biológica.
     De esta manera, la posibilidad de hacer viables las vocaciones se encuentra sometida hoy en día a serias dificultades. Lo cual repercute desfavorablemente sobre la fortaleza espiritual de los individuos, que dejan de experimentar que su vida esté dirigida hacia finalidades que les permitan sentir que están en camino hacia la realización del propio ser o, en suma, que su vida tiene sentido. El aturdimiento con drogas, diversiones simples pero excitantes, así como las múltiples ventajas y comodidades que ofrece la sociedad del bienestar pueden circunstancialmente estar taponando la herida anímica que esta mecanización de la tarea de vivir conlleva. Y quizás sea una situación, la que se ha creado al respecto, que podamos entender como un mal endémico en nuestra cultura actual.


[1] O y G: “Sobre las carreras”, O. C. Tº 5, p. 167.
[2] O y G: “Sobre las carreras”, O. C. Tº 5, p. 168.
[3] O y G: “Sobre las carreras”, O. C. Tº 5, p. 170.
[4] O y G: “Meditación de la técnica”, O. C. Tº 5, p. 357.
[5] O y G: “Sobre las carreras”, O. C. Tº 5, p. 171.

domingo, 26 de abril de 2020

El hombre-masa o la ostentación de la vulgaridad

     A la hora de caracterizar a los seres humanos, la principal línea divisoria es la que ayuda a clasificarlos en dos grandes clases de criaturas: “Las que se exigen mucho y acumulan sobre si mismas dificultades y deberes y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas”(1). O dicho de otra forma: la sociedad se divide en minorías excelentes y masas. En cierto sentido, parecería que todos somos masa en alguna faceta de la vida: la mayoría no sabemos, por ejemplo, cómo hacer que el agua de los ríos sea purificada, canalizada y conducida eficientemente hasta nuestros hogares, y, en ese aspecto, no aspiramos a mejorar, sino que nos aceptamos como somos. Los ingenieros del ramo serían los que habrían de asumir el papel de minoría excelente. Sin embargo, hay una característica que diferencia al hombre-masa del simple ignorante que asume sus insuficiencias, y es que aquel no acepta su inferioridad, sino que se cree capacitado para opinar sobre cualquier asunto y para que se acepte que esas opiniones suyas tengan la misma validez que la del experto o la del sabio. Y aún más: “Delante de una sola persona podemos saber si es masa o no. Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo —en bien o en mal— por razones especiales, sino que se siente “como todo el mundo” y, sin embargo, no se angustia, se siente a sabor al sentirse idéntico a los demás. Imagínese un hombre humilde que al intentar valorarse por razones especiales —al preguntarse si tiene talento para esto o lo otro, si sobresale en algún orden—advierte que no posee ninguna calidad excelente. Este hombre se sentirá mediocre y vulgar, mal dotado; pero no se sentirá ‘masa’”(2).
     Lo peculiar de este fenómeno sociológico y psicológico es que, mientras que antes las mayorías aceptaban su papel subordinado, el hecho nuevo consiste en que hoy “la masa (…), sin dejar de serlo, suplanta a las minorías”(3). Así, por ejemplo, en política, las mayorías aceptaban antes el hecho de que, con todos sus defectos y lacras, había una minoría que entendía los problemas políticos un poco mejor que ellas. “Ahora, en cambio, cree la masa que tiene derecho a imponer y dar vigor de ley a sus tópicos de café”(4). E incluso una gran parte de los políticos actuales han pasado a serlo partiendo de su originaria pertenencia a la masa, es decir, siendo gentes sin ninguna cualificación, pero sintiendo que eso no los inhabilita, porque entienden que todo el mundo tiene derecho a todo, sin más requisitos. Lo propio acontece –un ejemplo más– en el ámbito intelectual: no es ya que cualquiera pontifique sin pudor desde su ignorancia sobre lo que un escritor haya investigado y pensado concienzudamente antes de publicar un libro, sino que cualquiera se siente escritor capaz de publicar sus opiniones, considerando que su vulgaridad está a la misma altura que los trabajados pensamientos de un escritor egregio. O fijémonos también en el caso de quien siente que, por el hecho de existir, tiene derecho a una vivienda, “como todo el mundo”, y, si no dispone de ella, lo único que debe hacer es "okupar" alguna de las que estén a su alcance.
René Magritte: "Golconda"
     Esto que pasa podríamos definirlo como hiperdemocracia: según el dicho, nadie es más que nadie, que trasladado a este caso quiere decir que todas las opiniones, todos los derechos, están equiparados, pero por su rasero más bajo y sin las correlativas obligaciones. O también: “La masa arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto. Quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo corre riesgo de ser eliminado”(5). Ya no hay mejores y peores: hemos conseguido la igualdad… eliminando de la ecuación a los que osaban destacar.


[1] O y G: “La rebelión de las masas”, O. C. Tº 4, p. 146.
[2] O y G: “La rebelión de las masas”, O. C. Tº 4, p. 146.
[3] O y G: “La rebelión de las masas”, O. C. Tº 4, p. 147.
[4] O y G: “La rebelión de las masas”, O. C. Tº 4, p. 148.
[5] O y G: “La rebelión de las masas”, O. C. Tº 4, p. 148.

viernes, 17 de abril de 2020

La agonía del arte

     El pensamiento es una facultad humana que, frente a las variaciones permanentes del entorno, nos permite conducir nuestra mente sin distracción hacia un objetivo. Es, dice Ortega, “el proceso mental ordenado y conforme a plan en que perseguimos deliberadamente un problema y evitamos las meras asociaciones”(1). Lleva a cabo su función ordenando una línea de procesos mentales que consisten en analizar, comparar, atribuir, inferir, deducir, abstraer, clasificar… todos ellos conducidos hacia la comprensión de algo o la resolución de un problema. Por el contrario, las meras asociaciones a que Ortega se refiere romperían la cadena que hace que todas esas operaciones se integren en un proceso acumulativo y orientado hacia un fin. “En la asociación va el alma a la deriva, inerte y deslizante, como abandonada al alisio casual de la psique”(2). En el extremo, esa distracción en que consiste tal asociación acaba en la fuga de ideas, que puede ser uno de los síntomas de la enfermedad mental grave, cuando ya no hay objetivos estables para el pensamiento, sino que este se desarticula yendo detrás de cada nuevo estímulo.
     Nuestro sistema sensorial, al contrario que el intelectivo y en sintonía con la asociación de ideas, nos centrifuga y dispersa, en la medida en que en que está preparado para responder a las múltiples y sucesivas impresiones que recibimos del entorno. Si le encargáramos a nuestro sistema sensorial componer un poema sin la ayuda del intelecto, lo haría rompiendo la secuencia entre las palabras que colaboran para construir un pensamiento. Si fuera una pintura, los objetos en ella representados se diluirían para dejar que prevalecieran las impresiones sensoriales. Y si fuera una composición musical, la ruptura que supondría afectaría a la melodía, que dejaría de ser algo continuado, armonioso y coherente.
     Stéphane Mallarmé (1842-1898), el más destacado componente del movimiento simbolista, fue un poeta empeñado en componer sus creaciones con su sistema sensorial, alejándose todo lo posible de lo que pudiera permitir la comprensión intelectiva de las mismas. Decía: “No escribimos los poemas con ideas, sino con palabras”. Es decir, que trataba de que el registro encerrado en las palabras se alejara de su valor conceptual, el que permite entender lo que se dice, y se concentrara en su valor emocional. Para realizar un poema a partir de esas premisas, hay que romper todo orden, toda secuencia intelectiva, todo plan oratorio. Las palabras dejan de estar conectadas entre sí, en el sentido de que no tratan de transmitir ideas, sino sensaciones. Estos que siguen son los primeros versos de su poema más famoso, "L'après-midi d'un faune" o "La siesta de un fauno", y nos servirán de ejemplo:
“Estas ninfas quisiera perpetuar.
                                                   Que palpite
su granate ligero, y en el aire dormite
en sopor apretado.
                              ¿Quizás un sueño amaba?
Mi duda, en oprimida noche remota, acaba
en más de una sutil rama que bien sería
los bosques mismos, al probar que me ofrecía
como triunfo la falta ideal de las rosas”
     Podríamos decir que el simbolismo nace de una antipatía hacia los significados, que disuelve en meras palabras, de forma semejante a como Ortega decía que “el impresionismo nacido de una antipatía hacia las cosas atomiza las formas en puros reflejos: de una jarra, de una faz, de un edificio, pintará sólo la masa cromática amorfa. Y es que no por casualidad ambos movimientos, el impresionista y el simbolista, son coetáneos y está amparados por el mismo espíritu de los tiempos. El impresionismo disuelve los objetos en puras sensaciones, y viene a confluir así con las pretensiones del simbolismo.
Joan Miró, Paisaje catalán (El cazador) 1923-24
     El músico Claude Debussy (1862-1918) compuso su obra más famosa, “Preludio a la siesta de un fauno”, influido por el poema de Mallarmé. Su música ha sido considerada también como “impresionista”, a pesar de que él se rebelaba contra esa adscripción. De una manera asimilable a lo que sostenían simbolistas e impresionistas, decía Debussy: “No hay teoría. Sólo tienes que escuchar. ¡El placer es la ley!”[3]. La melodía pierde consistencia en las composiciones de Debussy de la misma forma que el significado lo hace en los poemas de Mallarmé o los objetos en las representaciones del impresionismo. El espíritu de la época estaba divorciándose del sentido para poner en su lugar el sentimiento. Deja de ser preciso entender y lo que vale es lo que sientes. No hay nada que justificar o someter a valoración, simplemente hay que dejarse llevar por las impresiones. Se trata de esconder las cosas y sus significados, lo que equivale a evitar la realidad reduciéndola a asociación de sensaciones.
     Concluye Ortega su artículo sobre Mallarmé con esta reflexión: “Mallarmé fue un fracasado, un pájaro sin alas, un poeta genial sin dotes ningunas de poeta, escaso, torpe, balbuciente... ¿La poesía?... Hace tiempo estoy convencido de que la poesía se ha agotado... Cuanto hoy se hace es mero hipo de arte agónico... De pronto se abre en mí un vacío mental: no hallo nada dentro de mí; ninguna idea, ninguna imagen..., salvo esta percepción de vacío espiritual... Pasan entonces a primer término las sensaciones intracorporales y externas: el latido de la sangre en las venas, el zapato de Moreno Villa(4) que está sentado a mi vera y el tronco arrugado de una sófora(5) japonesa que se alza enfrente de mí...”(6). Estaba hablando de sus propias percepciones durante el acto público en memoria de Mallarmé que sirvió de detonante para su artículo. Pero, como de costumbre, hay en Ortega, a mayor profundidad, una segunda intención, esta vez, la de convertir sus sensaciones en metáfora de lo que estaba queriendo decir.



[1] O y G: “Mallarmé”, O. C. Tº 4, p. 481.
[2] O y G: “Mallarmé”, O. C. Tº 4, p. 481.
[3] Cita recogida del artículo que la Wikipedia dedica a este autor
[4] Uno de los asistentes a la conmemoración del XXV aniversario de la muerte de Stephan Mallarmé, a propósito de la cual escribe Ortega su artículo.
[5] Una especie de árbol.
[6] O y G: “Mallarmé”, O. C. Tº 4, p. 484.

lunes, 6 de abril de 2020

La pérdida de contacto con la realidad en el arte y en la vida

     De nuevo la complejidad de los asuntos que han surgido en el debate sobre arte que mantenemos Lenin Rojo y un servidor, me lleva a realizar mi respuesta en forma de artículo en este blog.
     Yo creo que resulta fructífero acompañar a Ortega y Gasset en su viaje a través de los grandes procesos históricos, sobrevolando por encima de los otros procesos, más concretos y numerosos, que se desarrollan a ras de tierra, por ejemplo, en el arte. Habla Ortega de la gran crisis histórica que irrumpe con la llegada del Renacimiento, a fines del siglo XIV, aunque con algunos precedentes. Es la crisis del fin del hombre medieval, de una manera de estar en el mundo caracterizada por la total dependencia de los individuos de factores externos a ellos. Lo que ocurría en su vida era dictaminado o bien por la voluntad de Dios o por la de sus mentores en la tierra, o por el gremio, o por la familia, o por las tradiciones… Desde que comenzaba a vivir hasta su muerte, todo estaba pautado y dirigido desde afuera: con quién debía casarse, en qué debía de trabajar, cómo debía de comportarse según qué situaciones, qué convicciones o qué creencias, ya que no ideas, debía de tener…
     Llega el Renacimiento y el péndulo de la historia empieza a bascular hacia el otro extremo: el individuo pasa paulatinamente a ser soberano de su vida. Pico della Mirandola, un humanista y pensador italiano de finales del siglo XV, en su “Discurso sobre la dignidad del hombre”, considerado como el manifiesto del Renacimiento, formula la nueva manera de entender la vida que había surgido, a través de esta imaginaria exhortación que Dios dirigía al hombre: “No te he dado un puesto fijo, ni una imagen peculiar, ni un empleo determinado –le decía–. Tendrás y poseerás por tu decisión y elección propia aquel puesto, aquella imagen y aquellas tareas que tú quieras”. Desde ahí hemos seguido caminando hasta, como decía en mi comentario anterior, la teoría queer, según la cual también tenemos subordinado a nuestra “decisión y elección” el hecho de pertenecer a la categoría “hombre” o “mujer”.
     Si descendemos al nivel del arte, partimos, efectivamente, como usted dice, Lenin Rojo, de un arte medieval en el que, igual que en el resto de la vida, no cabía ningún componente de intimidad: se pintaban o esculpían imágenes para el culto, y el contenido ya estaba prefijado sin que interviniera la intención del artista. En la etapa intermedia, tiene un papel muy destacado, efectivamente, la luz (Caravaggio, Velázquez, Vermeer…), además de los otros ingredientes de los que ya hemos hablado. Yo creo que la manera en que la realidad exterior se hace más presente en la pintura es a través del figurativismo, del cuidado de las formas. Y cuando empieza a prevalecer el mundo interior, las formas se diluyen en colores, lo que reflejó tan bien el Impresionismo. La luz, convertida en elemento central y unificador del cuadro en el Barroco sería un momento de transición desde la forma hacia el color.
     El caso es que a donde hemos llegado siguiendo por este camino es al punto que por ejemplo señaló el artista conceptual Yves Klein cuando afirmó: "El artista debe de crear una única obra de arte, él mismo, constantemente". Antes Beethoven había dado la formulación romántica de esta idea, de manera menos abrupta, más amable, cuando dijo: “lo que está en mi corazón debe salir a la superficie”. En España contamos con la forma de decirlo del poeta madrileño Pedro Casariego Córdoba: “Sólo existe el artista interior, sólo se puede ser artista secreto, la comunión todo lo mancha (...) ¡El artista debe crear dentro de sí mismo!”. No toca hoy analizar si hay relación entre esa forma de mirar y el hecho de que no mucho después de escribir eso, Pedro Casariego, el 8 de enero de 1993, se suicidara arrojándose al paso del tren en Aravaca, barrio de Madrid. Pero sí traeré a colación lo que opinaba el psiquiatra y filósofo Eugène Minkowski sobre el carácter esquizoide (precursor de la esquizofrenia): “El esquizoide –decía– (…) en cada circunstancia lleva la antítesis ‘yo y el mundo’ hasta sus límites extremos (…) vive, por ese hecho, en una atmósfera de conflicto constante con el ambiente (…) El esquizoide casi siempre es insociable (…) Se repliega sobre sí mismo, prefiriendo su mundo interior, su ensueño, a una actividad exterior”. Y una esquizofrénica llamada Renée describía así su estado de ánimo en su “Diario de una esquizofrénica” (Fondo de Cultura Económica): “Vivía en una atmósfera de vacío, de indiferencia, de artificialidad. Un muro infranqueable me separaba de las personas y de las cosas (…) (A veces) las crisis de irrealidad sobrevenían en la calle: todo parecía entonces inanimado, muerto, mineral, absurdo (…) Me sentía expulsada del mundo, separada de la vida, espectadora de un filme caótico que se desarrollaba sin cesar delante de mis ojos y del cual no lograba ser partícipe nunca”. En mi opinión, se está así dando una definición bastante expresiva del “homo clausus” de Norbert Elias, el prototipo del hombre moderno… y el que sirve de referencia en el arte moderno y contemporáneo.
     Cuando hemos llegado a los extremos en que esta trayectoria, que volvemos a retrotraerla hacia el terreno del arte, derivó hacia lo que representaron, entre otros, el movimiento Dadá o el surrealismo, se ha acabado concluyendo que arte es todo lo que decida el artista que sea arte (el mismo mecanismo que lleva a concluir que uno es hombre o mujer porque así lo decide desde su intimidad, diga lo que diga su exterioridad). Y entonces va Marcel Duchamp, cuelga un urinario en una exposición, lo titula “Fuente”, ¡et voilá!, se convierte en una obra de arte. Y el espíritu de la época así lo ratifica: 500 cualificados expertos en materia de arte consideraron que esa fue la obra artística más influyente del siglo XX.
Marcel Duchamp: "Fuente" (1917)
Piero Manzoni: "Mierda de artista" (1961)
    
     En la base de estos resultados subyace lo que podríamos considerar “descrédito de la realidad” o, como preferiría llamarlo Renée, “desvitalización de la realidad”, de la realidad externa. Y por ahí ha discurrido toda la tarea de “deconstrucción de la realidad” en el arte, la que, por ejemplo, llevaba a Joan Miró a recoger los detritus que arrojaba el mar en la playa para con ellos hacer sus obras artísticas. O, más extremo aún, lo que hizo Piero Manzoni en 1961: llevar a una exposición lo que denominó "Mierda de artista", botes conteniendo excrementos propios. Algunas de estas latas han estado expuestas en museos como el Pompidou de París, el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA), la Tate Modern de Londres o el Museo Nacional de Arte Reina Sofía de Madrid. Si los pintores románticos se conformaban con pintar, con gran belleza plástica todavía, ruinas, hoy hemos llegado a lo que podríamos llamar arte realizado con los detritus.