domingo, 26 de junio de 2016

Una teoría de la enfermedad basada en el estrés

     La medicina logró un incuestionable avance cuando sustituyó al chamán por el médico, cuando arrancó el sufrimiento de la esfera de lo sobrenatural, en la cual la enfermedad era una clase de castigo enviado por la divinidad y de la que el enfermo era el último responsable, y lo ubicó en el ámbito de los fenómenos naturales. Desde entonces, la enfermedad dejó de ser algo que afectaba al individuo en su totalidad y pasó a estar acotada en solo uno de sus órganos; y tanto el agente productor de la enfermedad como el tratamiento dejaron de ser referidos al alma del enfermo y pasaron a ser algo objetivado. Este ya no intervenía ni en la enfermedad ni en la curación, pues se había convertido en paciente, en sujeto pasivo y receptor tanto de la una como de la otra. A partir del siglo XIX, incluso el médico empezó a ser un elemento cada vez más marginal en el proceso curativo, y pasó a tomar preponderancia un factor completamente desprovisto de alma: el aparato. Paulatinamente, el laboratorio y la técnica fueron supliendo al médico en el diagnóstico y, subsiguientemente, en el tratamiento, que se deducían de los datos proporcionados por el análisis de fluidos, las radiografías, la resonancia magnética, el escáner, los instrumentos de medición, el termómetro, las exploraciones… En suma, por el conjunto de aparatos que venían a sustituir a la voluble intuición del antiguo médico de cabecera, apenas armado de un termómetro y un estetoscopio. Indudablemente, la medicina ha alcanzado logros muy meritorios y resultados muy fecundos desde que asumió la perspectiva según la cual la enfermedad es un proceso que le acaece al enfermo llegando desde fuera, en forma de microbios, virus o, en general, procesos en los que para nada interviene él, salvo como pasivo receptor; por ejemplo también, las taras genéticas. Desde esa perspectiva, Paracelso (1493-1541) no dejaría de ser un vulgar hechicero cuando, entre otras cosas, afirmaba: “Debéis saber que la acción de la voluntad es un factor importante en medicina”.

     Los caminos que el hombre recorre tratando de materializar sus pretensiones (nunca del todo realizables) tienen siempre, al final, un común destino: la exageración. Cuando en ese recorrido se llega a un punto de saturación, la ley de la paradoja emite su ineludible mandato y obliga a volver atrás, en busca de todo aquello que la hemipléjica exageración precedente había dejado desatendido. El paradigma hoy dominante en medicina todavía no lo sabe, pero ha llegado a ese punto de saturación, y por ello empiezan a asomar perspectivas que habría que situar como prolongación de aquellos otros modos de la medicina que quedaron interrumpidos en las prácticas chamánicas o que, en general, observaban la enfermedad como un proceso que nace, no tanto, o no siempre, en un agente externo, como en vicisitudes que implican al mismo enfermo y a su intimidad. Diferentes casos, por ejemplo, de curaciones inexplicables desde la perspectiva biomédica preponderante, en las que la mera sugestión es capaz de lograr lo que todo el arsenal tecnológico de la medicina no ha podido antes conseguir, empiezan a torcer la mirada de algunos investigadores médicos en busca de nuevas explicaciones sobre el hecho de la enfermedad. Esta emergente curiosidad está llevando a la medicina, dice Stefan Zweig, a atender “el fenómeno de las ‘curaciones por el espíritu’ que todavía en el siglo XIX eran reprobadas y ridiculizadas despectivamente por los graduados como embustes, patrañas e idioteces (…) De manera inequívoca se nota en los médicos más juiciosos y humanos una nostalgia por el viejo universalismo, un deseo vehemente de volver a encontrar el camino que les lleve de la exclusiva patología local a una terapia constitucional, un deseo de saber no sólo acerca de las enfermedades particulares que afectan al hombre, sino acerca de la personalidad que este hombre representa. Después de que el afán productivo de saber ha investigado el cuerpo y la célula como sustancia general casi hasta la molécula, al fin vuelve de nuevo la mirada hacia la totalidad de la esencia de la enfermedad, siempre diferente, y busca tras las particularidades locales otras de carácter superior”. De vuelta de aquella exageración en la que la medicina ha explorado ya todo lo que da de sí la especialización, la excluyente concentración en el síntoma y la atención a lo microscópico, empezamos (de nuevo) a observar al enfermo como totalidad, al síntoma como mera señal de una enfermedad que afecta al individuo completo, y a la forma de estar en el mundo del enfermo como algo que a menudo participa en el proceso del enfermar. En suma, la nueva perspectiva que está emergiendo empuja a ver la enfermedad y la curación como algo en lo que también puede tener que ver el propio enfermo como sujeto agente y no solo como paciente, como receptor  pasivo. Camino de compensar la exageración de la que venimos, quedaría así pautada la reflexión que hacía Paul Valéry cuando decía: “Sólo los extremos confieren valor al mundo, sólo el término medio le da estabilidad”.
     Hans Selye (1907-1982), el fisiólogo, médico y filósofo nacido en Viena que puso nombre, definió e investigó durante toda su vida profesional el estrés, fue uno de los adelantados en esa nueva perspectiva que aún late en el subterráneo de la práctica médica dominante. En el único libro suyo traducido al español que un servidor sepa, “La tensión en la vida (el stress)” (Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1960) –un libro tan interesante como mal escrito– se apoyaba en la emergente perspectiva que aportaba el psicoanálisis para dar enunciado a esta nueva manera de mirar que involucra al enfermo en su enfermedad: “El psicoanálisis ha demostrado que el conocimiento de uno mismo tiene valor curativo. Pienso que esto también es verdad acerca de los trastornos psicosomáticos y quizá hasta de aquellos que consideramos puramente somáticos u orgánicos”. Asimismo afirma más adelante: “Nuestro fracaso para adaptarnos correctamente a los acontecimientos de la vida se encuentra en la verdadera raigambre de los conflictos productores de enfermedad”. Su objetivo máximo como médico era encontrar una definición de la enfermedad que sirviese de común denominador a todos los procesos morbosos particulares, y, consiguientemente, encontrar leyes generales que dieran razón del proceso del enfermar. Todo partía de la observación que había hecho ya en sus tiempos de estudiante –y que veía cómo era desdeñada por los académicos y profesionales de la medicina– de que había síntomas comunes a muchas enfermedades: los enfermos tenían, en general, la lengua sucia, se hallaban aquejados de dolores difusos en las articulaciones, de pérdida de apetito y de peso, de trastornos intestinales, a menudo tenían fiebre, el bazo o el hígado agrandados, las amígdalas inflamadas, erupciones en la piel… Como los médicos iban en busca de causas específicas a las que referir cada enfermedad y estas manifestaciones eran inespecíficas, generales, dejaban de tener utilidad para ellos.
     Selye partía de los presupuestos que el biólogo Claude Bernard había establecido en la segunda mitad del siglo XIX, según los cuales, una de las cualidades más características de todos los seres vivos es su capacidad para mantener la constancia de su medio interno a pesar de los cambios que puedan producirse en el medio externo. Por ejemplo, un hombre puede ingerir grandes cantidades de una u otra sustancia, sin que ello influya mayormente en la composición de su sangre, gracias a los mecanismos de adaptación. Si este poder de autorregulación fracasa, aparece la enfermedad o incluso la muerte. Walter Cannon llamó posteriormente homeostasis a este poder de permanencia, y puso el énfasis más en la relativa estabilidad que en la absoluta constancia del medio interno. Partiendo de aquí, la enfermedad no sería un mero sufrimiento producido por la agresión de los gérmenes al organismo o por la lesión del mismo, sino una lucha por mantener el balance homeostático de nuestros tejidos. Se recuperaría así la visión que ya dejó establecida hace veinticuatro siglos Hipócrates, el padre de la medicina, cuando dijo que la enfermedad no es solo sufrimiento (pathos), sino también lucha (ponos), esto es, el esfuerzo del organismo para volver a la normalidad. “El verdadero concepto de enfermedad –concluía Selye– presupone un choque entre las fuerzas de agresión y nuestras defensas”.
     La aportación de Selye consistió, para empezar, en definir el síndrome del estrés, el cual se producía cuando el organismo era atacado de alguna forma (física o psíquica), y que estaba orientado a buscar su readaptación y a tratar de volver al estado original. Las reacciones de adaptación son de dos tipos: las que se producen en respuesta a ataques que el organismo percibe como generales, y que conformarían lo que Selye llamó “síndrome general de adaptación” (SGA), y las que se emiten en respuesta a ataques locales y específicos, y en este caso se trataría del “síndrome local de adaptación” (SLA). Ambos se desarrollan en tres fases: 1) reacción de alarma, 2) estado de resistencia, y 3) estado de agotamiento, si la agresión al organismo se cronifica. Y añade Selye: “Muchas enfermedades comunes son debidas principalmente a errores en la respuesta de adaptación al estrés, más bien que al daño directo por gérmenes, venenos y otros agentes externos. En este sentido, muchos trastornos nerviosos o emocionales, la hipertensión arterial, la úlcera gastroduodenal, ciertos tipos de reumatismos y enfermedades alérgicas, cardiovasculares y renales, parecen ser esencialmente enfermedades de adaptación”. El origen de la enfermedad deja, pues, en estos casos, de estar fuera del enfermo y pasa a ser producida, provocada, por el enfermo mismo, a causa de una errónea interpretación por parte de su organismo del tipo de defensas que ha de oponer.
     En el síndrome general de adaptación (SGA) se producían varios efectos que Selye observó para empezar en los animales de experimentación: agrandamiento considerable de la corteza suprarrenal, consecutivo a la producción masiva de hormonas antiinflamatorias (adrenocorticotropa o ACTH, cortisona, hidrocortisona o cortisol, adrenalina), intensa reducción o atrofia del timo, el bazo y los ganglios linfáticos, con la consiguiente reducción de los linfocitos sanguíneos (es decir, se desactivaban los recursos que nuestro sistema inmunitario opone a las agresiones que el organismo sufre), y, por último, aparecían úlceras profundas, sangrantes, en las paredes del estómago y del duodeno. El síndrome general de adaptación se ponía en marcha cuando el organismo percibía un peligro o amenaza inespecíficos, también en respuesta a la inyección de sustancias extrañas o de hormonas purificadas, como la adrenalina o la insulina (hormonas antiinflamatorias), o bien a través de agentes físicos tales como el frío o el calor intensos, los rayos X, el dolor o el ejercicio muscular prolongado… Todas estas respuestas constituían la primera fase de la respuesta adaptativa, la reacción de alarma. Seguía una fase de resistencia, en la que se interrumpía la emisión de estas hormonas en la sangre, y en la tercera fase o de agotamiento se regresaba a síntomas muy similares a los de la reacción de alarma, y de nuevo subía de nivel la producción de hormonas antiinflamatorias. El SGA se pondría típicamente en marcha en situaciones percibidas como amenazantes, y en las que el organismo como conjunto se viera perentoriamente obligado a responder con el ataque o la huida.
     Por otro lado, Selye observó que, además del síndrome general de adaptación (SGA), se producía alternativamente un síndrome local de adaptación (SLA), que provoca reacciones contrapuestas a las del primero, estimulando la producción de hormonas proinflamatorias (somatotrofina, aldosterona, desoxicórticosterona). La defensa del organismo en este caso consiste típicamente en la producción de una bolsa inflamatoria local, en el lugar específico en el que se recibe (o se percibe) la agresión, y tiene lugar cuando el organismo entiende que esta defensa local es prioritaria, mientras que cuando es el SGA el que se pone en marcha, provoca reacciones que inhiben esas defensas locales a través de las hormonas antiinflamatorias, atendiendo así a las necesidades de defensa general e inespecífica del organismo, si esa es la prioridad percibida por este. “Normalmente –dice Selye a este respecto–, el estrés, aplicado a una región limitada del organismo, causa inflamación, pero la habilidad de las partes del cuerpo para responder de esta manera es dificultada cuando el organismo entero se halla bajo el estrés. En otras palabras, los experimentos mostraban que los animales expuestos a algún alarmógeno general (tales como una infección, una intensa excitación nerviosa o una extrema fatiga muscular) dejaban de reaccionar con una inflamación en los sitios donde algún alarmógeno local (por ejemplo, una sustancia a la que eran alérgicos) se aplicaba directamente al organismo”. En el SLA, en vez de ser inhibida la actuación de los linfocitos, como ocurre en el SGA, son ellos los principales encargados de contraatacar al agresor con la bolsa inflamatoria defensiva generada, y por tanto, se aumenta su producción. La inflamación, cuando, por ejemplo, algunos microbios virulentos se introducen a través de la piel por algún tipo de grieta, produce al principio cuatro síntomas característicos: enrojecimiento, calor, hinchazón y dolor; asimismo, se produce la interferencia y obstaculización en la función ejercida por la parte afectada. La inflamación alcanza su madurez cuando se forma un forúnculo o un absceso, y finalmente, el tejido local implicado se desintegra, se abre el absceso y se produce la evacuación del líquido inflamatorio. En medicina, se acostumbra añadir el sufijo itis después del nombre del órgano afectado para indicar la existencia de una inflamación: conjuntivitis, inflamación de la conjuntiva del ojo; nefritis, del riñón; artritis, de las articulaciones; neuritis, de los nervios… La fiebre del heno es inflamación de la mucosa nasal, porque algo de su estructura se ha hecho especialmente sensible a ciertos pólenes de las plantas.
     El mecanismo del SGA se pone en marcha a partir de una señal de alarma que el cerebro emite sobre la hipófisis (glándula situada en la base del cerebro). Esta, a su vez, produce corticotrofina (ACTH), que induce a las glándulas suprarrenales a producir hormonas antiinflamatorias, como adrenalina, cortisona o cortisol. Tales hormonas inhiben la respuesta en que consiste el contrapuesto SLA, de modo que, de manera característica, el organismo se prepara para lo que se percibe como una agresión general o inespecífica, del tipo de las que conducen a la respuesta de ataque o huida, las que desde los estratos más profundos de la mente tendríamos dispuestas los individuos ante, por ejemplo, el ataque de un depredador: los órganos linfáticos entonces involucionan y los glóbulos blancos tienden a desaparecer de la circulación (se desactiva, en suma, el sistema inmunológico), porque el organismo desatiende las posibles heridas concretas (de ahí que no sea raro que en medio del combate, el soldado cargado de adrenalina no repare siquiera en que está herido), la presión arterial aumenta para enviar sangre a las partes del organismo más necesitadas de actividad, las arterias se endurecen para contrarrestar esa presión, las pulsaciones se aceleran, el corazón realiza un sobreesfuerzo para bombear la sangre a pesar del estrechamiento de las arterias… En la fase que sigue a la reacción de alarma, la fase de resistencia, la actividad de los corticoides cae a un nivel solo ligeramente por encima de lo normal. Pero en la tercera fase, la de agotamiento (cuando la percepción de ataque sufrido se cronifica), sube de nuevo, aún por encima del nivel máximo alcanzado durante la reacción de alarma. Si el ataque o la percepción del mismo persisten, el mecanismo de adaptación puede llegar al colapso. En este mecanismo queda involucrada la propia psicología de la persona estresada, pues resulta evidente que si es especialmente vulnerable o más temerosa de lo normal tenderá a alarmarse y a desencadenar la respuesta de estrés con más facilidad que otras personas.
     En conclusión, son dos las maneras que tiene el organismo de enfrentarse a lo que le agrede (el alarmógeno): el síndrome general de adaptación y el síndrome local de adaptación. El primero es una reacción general del organismo que bloquea las respuestas parciales que procura el segundo, es decir, la inflamación. Esta última consiste en oponer una barrera inmunitaria a la agresión; esa barrera es la bolsa inflamatoria, que delimita rigurosamente lo enfermo de lo sano. Los glóbulos blancos y el líquido linfático acuden al lugar dañado para anular los gérmenes, bacterias o virus que podrían infiltrarse en el organismo por la brecha producida y extenderse por el organismo a través de la sangre. De manera prototípica, un grano de pus contiene linfa, glóbulos blancos, los microbios atacantes y las células de desecho del tejido sacrificadas.
     Así resume Hans Selye sus descubrimientos: “El estrés desempeña un papel importante en muchas enfermedades. Sus expresiones generales (SGA) y regionales (SLA) encierran la verdadera esencia de lo que llamamos enfermedad”. El caso es que las enfermedades producidas a través de estos dos mecanismos de adaptación, el SGA y el SLA, parecería que se pueden entender sin salirse del paradigma dominante, según el cual son los agentes externos al organismo los que producen la enfermedad; y en esa misma medida, el tratamiento dependería también de factores externos. Pero existen asimismo, como ya vimos, las que Selye denomina enfermedades de adaptación, que ya no son resultado directo de algún agente externo (el ataque de un depredador, una infección, una intoxicación), sino resultado de reacciones de adaptación inadecuadas. Un ejemplo, precisamente, en el campo delimitado por el SLA, sería la fiebre del heno a la que nos hemos referido, que se genera por el contacto con inocuos pólenes; la mucosa nasal respondería de una manera hiperdefensiva, y sería esta respuesta la que produce la enfermedad, no el agente externo. En el ámbito referido al SGA, la hipertensión, por ejemplo, sería resultado de una sensación de amenaza persistente que podría no corresponderse con la realidad.
     La útil función defensiva por parte del organismo a través de ambos síndromes, el SGA y el SLA, se convierte en un problema cuando el individuo genera respuestas hiperdefensivas ante invasores inocuos; por ejemplo, aquella respuesta de la alergia ante el polen primaveral. “La inflamación no significa en este caso ninguna protección contra la enfermedad: es la enfermedad”, ratifica Selye. Algo semejante ocurriría con la hipertensión o la úlcera gástrica ante amenazas inexistentes o desdeñables. “En tales casos –dice también Selye– no estamos siendo dañados, simplemente nos dañamos a nosotros mismos”. Ampliando las cotas de los circuitos argumentales previstos por Selye, podemos considerar también que el dolor inútil de la fibromialgia apuntaría asimismo a un tipo de respuesta del organismo que conservaría aquella característica propia de la inflamación, pero que se habría puesto en marcha no, o no tanto, debido a agresiones reales sufridas, como a algo que el afectado, desde su excesiva vulnerabilidad, interpreta como tal. Algo equivalente ocurre cuando se genera angustia o ira como respuesta a situaciones objetivamente inocuas o bien suponen una reacción desproporcionada a las mismas. En general, en las enfermedades así ocasionadas, tanto las procedentes de las respuestas inflamatorias propias del SLA como de las antiinflamatorias del SGA, encontraríamos fundamento suficiente para, en esa misma proporción, romper con el paradigma actualmente dominante en medicina, según el cual la enfermedad procede de un ataque exterior al organismo.
     Dice Selye, en fin, que “algunas enfermedades tienen causas específicas: las acciones directas de ciertos agentes particulares productores de enfermedad, tales como microbios, venenos o lesiones físicas. (Sin embargo) Un número mucho mayor de enfermedades no son originadas por ninguna causa en particular; se originan por la propia respuesta del organismo a alguna situación desacostumbrada (…) Algunas veces las reacciones del organismo son excesivas y completamente desproporcionadas respecto a la irritación fundamental inocua”. Los fallos en el juego compensatorio entre los dos conjuntos de hormonas movilizadas respectivamente por el SGA (hormonas antiinflamatorias) y por el SLA (hormonas proinflamatorias), estarían en la base de la explicación de muchas enfermedades. De esta manera, mientras que el exceso de corticoides antiinflamatorios “desempeñan un papel en el desarrollo de las enfermedades renales y cardiovasculares del hombre”, un exceso de hormonas proinflamatorias provocaría desde enfermedades alérgicas a la artritis reumatoide.
     Y aquí residiría asimismo la explicación de muchas curaciones que la medicina todavía oficial no tiene más remedio que desechar como supercherías, y que, entre otros, nos retrotraen a los tiempos de los chamanes, que ya apuntamos que de alguna más refinada manera habremos de retomar cuando acaben de emerger los nuevos paradigmas. Así, por ejemplo, los hechiceros o sacerdotes realizaban antiguamente rituales de curación en los que se incluían métodos destinados a infundir terror en los pacientes, con el fin de expulsar a los demonios de la enfermedad. Movilizaban de esta manera los mecanismos de alarma propios del SGA, es decir, la producción de hormonas antiinflamatorias (adrenalina, corticotrofina, cortisona o cortisol…), de modo que las enfermedades con base en algún tipo de inflamación remitían. El mismo sentido tendrían prácticas tan extravagantes como las sangrías, la toma de drogas o brebajes putrefactos, los vendajes dolorosos o los tratamientos de choque. Nadie sabía en realidad cómo actuaban estas terapéuticas, y generalmente suponían además graves riesgos, pero el caso es que a veces funcionaban, de manera semejante a como un vaso de agua fría en la cara de un niño puede interrumpir drásticamente una de sus pataletas. Señala Selye en este sentido que durante la primera mitad del siglo XX “una variedad de los llamados tratamientos inespecíficos estuvo en gran boga (…) Se basaban en la observación de que el estado de paciente de varias clases de enfermedades crónicas, como el reumatismo, es a menudo mejorado por la inyección de sustancias extrañas, tales como leche, sangre ajena o ciertas preparaciones base de metales pesados, los cuales estimulan una fuerte reacción del organismo”. Sería la reacción general del organismo promovida por el SGA la que impediría la formación de bolsas inflamatorias como las que, entre otras enfermedades, están detrás del reumatismo, según demostró Selye en sus experimentos con animales. Unos médicos alemanes que compartían con él estos presupuestos, los pusieron en práctica con una paciente afectada por una artritis reumatoide grave y crónica en las articulaciones de manos, pies y rodillas que la mantenía inmovilizada. Le produjeron artificialmente el estrés provocándole varios choques insulínicos, y fue después de ello cuando la paciente pudo levantarse y caminar por primera vez en tres años. La movilización de las propias glándulas endocrinas de la paciente y la correspondiente producción de corticoides antiinflamatorios fueron responsables de este éxito terapéutico. Selye confirma que observaciones similares fueron publicadas por otros médicos que usaron diferentes tipos de alarmógenos, además del choque insulínico. Prácticas, en fin, no tan diferentes de aquellas que en otros tiempos realizaban los chamanes. Lo cual demostraba que “estas enfermedades son debidas esencialmente a reacciones de adaptación inadecuada frente a agresores comparativamente inocuos. Son debidas a la mala adaptación”.
     “Varios tratamientos por choque –dice Selye asimismo–, y otros inespecíficos, han demostrado claramente que el estrés general puede curar ciertas enfermedades; sin embargo, también sabemos que, muy a menudo, una tendencia latente a una enfermedad es transformada en una afección manifiesta por demasiado estrés y tensión”. Sería este último el caso, por ejemplo, de la tuberculosis, en la que la reacción que el organismo estresado opone a la presencia del bacilo de Koch que eventualmente ha irrumpido en la sangre consistente en inhibir las hormonas proinflamatorias, favorece la diseminación del bacilo por todo el organismo, porque la inflamación que los pulmones oponían al vacilo era una respuesta adecuada. En la apendicitis aguda, en que la expansión de la infección es suficientemente amenazante y grave como para que el organismo la impida a toda costa, la acción de las hormonas antiinflamatorias sería también desastrosa, porque la inflamación protege a los tejidos vecinos y al organismo en general. En sentido contrario, señala Selye que “la gran mayoría de todas las enfermedades de la piel y de los ojos son esencialmente inflamaciones y muchas de ellas son causadas por agentes que no serían particularmente dañosos si el organismo no reaccionara contra ellos con respuestas inflamatorias indebidamente violentas”. Afirmación que resulta congruente con el hecho, que también resalta Selye, de que precisamente durante los períodos de estrés general intenso, las enfermedades de la piel y de los ojos, predominantemente inflamatorias, tienden a mejorar. La ley de la paradoja, sin embargo, obliga a no cruzar el umbral de la exageración, puesto que un exceso de corticoides antiinflamatorios administrados para combatir esas inflamaciones hace que el organismo se vuelva propenso o vulnerable a las infecciones, así como a la hipertensión arterial, el insomnio, los trastornos gastrointestinales, etc. hacia los cuales aboca la descompensación del organismo en favor de las hormonas antiinflamatorias. Por ejemplo, es un hecho bien conocido que el estrés y la tensión predisponen a la tuberculosis, que resultaría de la ruptura de barreras inflamatorias que el organismo opone al bacilo de Koch, que de otra manera quedaría acotado por la respuesta proinflamatoria. Por eso, a los tuberculosos se les aconseja largas curas de reposo para recobrar su resistencia contra el bacilo. Lo mismo se puede decir respecto de otras clases de infección.
     Una cuestión que interesó a Selye y que le llevó a investigarla expresamente fue el por qué los jugos gástricos, que eran capaces de digerir perfectamente la carne consumida, no digerían también las paredes del estómago. Experimentando con ratas de laboratorio, comprobó que cuando se las sometía a estrés intenso, se generaban úlceras gástricas, es decir, que los jugos de la digestión, efectivamente, digerían las paredes del estómago. Y sin embargo, cuando esas ratas eran tratadas con hormonas proinflamatorias, las úlceras se evitaban. Dedujo que el estómago venía a ser equivalente a una bolsa o barricada inflamatoria, y que esa protección era la que evitaba que los jugos gástricos afectaran a las paredes del estómago.
     Otra enfermedad que encontraría explicación en estos mecanismos que resultan del estrés sería la diabetes: el estrés provoca la producción masiva de glucosa en la sangre para que sea utilizada como fuente de calor por los tejidos en situaciones de alarma que exigen un rendimiento extra. Superado el umbral que el organismo marca a la producción de glucosa y al estancamiento de esta en la sangre, sobreviene la diabetes, que ha de ser tratada con insulina, la cual sirve para reutilizar, y consiguientemente consumir, la glucosa por parte de los tejidos.
     Una enfermedad de particular interés que encuentra ángulos de interpretación asequibles a la teoría del estrés es el cáncer. Observa Selye que muchos tipos de cáncer se desarrollan en sitios de lesión tisural crónica. Por ejemplo, la exposición prolongada de la piel a los rayos de sol o al calor puede conducir a la formación de un cáncer en el lugar en el que esa irritación ha sido persistente. Interesantes estudios estadísticos muestran asimismo cómo nunca se ha observado cáncer en el cuello de la matriz entre mujeres enclaustradas, y sin embargo es muy común en mujeres casadas, especialmente después de partos repetidos. Experimentalmente, ha sido posible producir cánceres extremadamente malignos en animales por medio de una irritación crónica con aceites irritantes introducidos en bolsas inflamatorias. Complementariamente, comprueba Selye que “el estrés general tiende a suprimir el crecimiento canceroso”. También se llega a inhibir el crecimiento de ciertos cánceres mediante el tratamiento con grandes dosis de hormonas antiinflamatorias, las que están precisamente encargadas de disminuir o suprimir las respuestas inflamatorias a algún tipo de lesión local. Todo lo cual aboga por la interpretación de que esos cánceres vendrían a ser bolsas inflamatorias formadas en lugares de persistente daño tisural. La función habitual de las bolsas inflamatorias incluye la destrucción de los tejidos involucrados en ellas, que son eliminados como residuos producidos en el combate contra los agentes productores de ese daño en el tejido. La exacerbación de esa defensa proinflamatoria acabaría resultando en la formación de un cáncer. De manera prototípica, las leucemias serían esencialmente cánceres de los leucocitos sanguíneos o glóbulos blancos, los que cuando existe una herida acuden, precisamente, de forma masiva a combatir a los gérmenes que puedan tratar de invadir el organismo a través de esa grieta, y que finalmente serían eliminados, junto a los restos del tejido muerto, a través de los abscesos o formaciones purulentas. Los tumores serían formaciones equivalentes a estos abscesos. Esa sería la causa de que el tratamiento con hormonas antiinflamatorias resulte eficaz frente al crecimiento de ciertos cánceres, especialmente aquellos en los que con tales hormonas queda inhibido el crecimiento de los tejidos linfáticos (leucemia) y en cánceres hepáticos de evolución lenta.
     En conjunto observamos que se puede hablar de que en el organismo se produce un balance entre las hormonas pro y antiinflamatorias del cual depende la salud. “Cuando la inflamación es excesiva –dice Selye–, como por ejemplo en la artritis reumatoidea, la situación es corregida mediante tratamiento con corticoides antiinflamatorios. Al contrario, un efecto adverso podrá esperarse de tal tratamiento en enfermedades caracterizadas por una incapacidad relativa para construir barricadas inflamatorias adecuadas contra los invasores, como, por ejemplo, en la tuberculosis”. Este balance hormonal es el responsable de dirigir los mecanismos de adaptación frente a los factores de desequilibrio que puedan surgir en el organismo. Y precisamente, en los desarreglos de nuestro mecanismo de adaptación radica de forma decisiva el desarrollo de muchas enfermedades. De modo que Selye puede afirmar que, por sí sola, “la entrada de los gérmenes en nuestro organismo no constituye la enfermedad”. Es así porque, en unos casos, algunos microbios pueden vivir pacíficamente en nuestros intestinos, pulmones o gargantas sin causar ningún trastorno. Otros microbios pueden dañarnos, pero antes de que lo hagan, nuestros tejidos los acantonan dentro de barricadas inflamatorias impenetrables, o simplemente los matan con sustancias químicas conocidas como anticuerpos. Sin embargo, esta función defensiva de la inflamación puede verse alterada cuando se producen situaciones de estrés intenso.  Lo cual sería la causa de que tantas infecciones se produzcan durante las guerras, el hambre, el frío o el calor extremos. Así que podemos concluir que la responsabilidad de la enfermedad hay que achacarla tanto a los gérmenes invasores como a las respuestas que les oponemos.
     Y llegando a una conclusión más general, diremos que el paradigma todavía dominante en medicina ha desarrollado unas terapéuticas muy eficaces en el combate contra las enfermedades que tienen un origen en el exterior del organismo, pero va abriéndose paso una nueva perspectiva que obliga a atender de manera diferenciada ese otro gran conjunto de enfermedades que se originan en el individuo y en su errónea manera de enfrentarse a los posibles ataques que proceden del exterior.

sábado, 11 de junio de 2016

España es un polvorín

     Este artículo empieza mal ya desde el título: lo último que alguien desea oír o leer hoy son mensajes anunciadores de posibles catástrofes. Quienes han conseguido alzarse a estas alturas en España como portavoces de la opinión políticamente correcta –eso que en las conversaciones de bar se puede decir en voz alta sin escandalizar, como quien pone en evidencia obviedades–, es decir, y sobre todo, la extrema izquierda, saben bien que, por el contrario, las más duras y traumáticas de sus propuestas deben de comunicarse “con lenguaje dulce”. Eso es lo que proponía Julio Anguita en un reciente mitin de Podemos, aunque añadía también que ese lenguaje debía ser “penetrante como un bisturí”. Es buscando esa dulzura por lo que Pablo Iglesias no habla en sus entrevistas de “dictadura del proletariado” o mostrando su solidaridad con aquel del que el expresidente de Uruguay, José Mujica, decía hace poco que “está loco como una cabra”, Nicolás Maduro. No; lo que hace Iglesias es eludir en sus declaraciones estos temas espinosos y, en un lenguaje desenfadado y divertido, ponerse a hablar de sexo con Susana Griso en Antena Tres, o rodearse de niños junto a Ana Rosa Quintana en Tele Cinco y mostrarse con ellos simpático y cariñoso. Todo lo más que llega a hacer el líder podemita cuando habla de política para la mayoría es lo que hizo su maestro Hugo Chávez cuando aún disputaba los votos que habrían de llevarle a la presidencia de Venezuela en 1999: mostrarse como moderado y amable socialdemócrata.
     Mal empiezo y mal sigo, porque, en total ausencia de esos contextos lúdico-festivos de los que otros saben rodearse, sigo sin verme suficientemente hábil para encontrar un “lenguaje dulce” con el que describir lo que veo cernirse sobre nuestro panorama político si Unidos Podemos llega al poder cogido de la trémula mano de ese otro flautista de Hamelín camino de laberintos sin salida que es el PSOE (ya en las conversaciones que siguieron a las anteriores elecciones, el equipo negociador del PSOE dijo estar dispuesto a admitir el 70% de las propuestas de Podemos; suficiente con eso para que incluso el Purgatorio nos quedase muy arriba). Si, efectivamente, la extrema izquierda llegara al poder, sus objetivos estarían muy claros, e intentarían por todos los medios que los socialistas fueran no un obstáculo sino amigables cooperadores; al fin y al cabo, una buena porción del alma socialista, especialmente en algunas regiones, está en entusiasta y mal contenida sintonía con la de la extrema izquierda. Para empezar, está en el ADN de esa facción política tratar de tomar posesión de todas las instituciones, algo de lo que ya ha avisado suficientemente cuando, entre una y otra col de dulzura en el lenguaje, se le ha colado algún lapsus de amargas intenciones… o simplemente, tal vez, de mensajes más explícitos para sus incondicionales, los que necesitan de vez en cuando un chute en vena de exasperación. Cuando Pablo Iglesias proponía a Pedro Sánchez cuál debería ser la composición de su futuro gobierno en las anteriores negociaciones, quedaba claro que lo que, antes que cualquier otra cosa, interesaba a Podemos era el control de los aparatos clave del estado, sobre todo aquellos que, como la justicia, la policía, los órganos de inteligencia, el ejército o los medios de comunicación, habrían de garantizar la difusión e implantación paulatinamente excluyentes de su ideología, así como la depuración en los aparatos del estado de quienes no sean afines a los nuevos planteamientos. Es la senda que ya recorrió Venezuela y que pretendería garantizar que su toma del poder fuera irreversible. Sirva como expresivo ejemplo de tales intenciones el hecho de que el programa inicial (enseguida se recuperó, sin embargo, el “lenguaje dulce” de los eufemismos) del partido de Pablo Iglesias en las últimas elecciones planteaba, en lo que a la organización de la justicia se refiere, que algunos puestos clave de esta parcela de la Administración, como el Fiscal General del Estado, los magistrados del Tribunal Constitucional o los vocales del Consejo General del Poder Judicial fueran designados, además de por los criterios clásicos de mérito y capacidad, por su “compromiso con el programa del Gobierno”; es decir, por su fidelidad al programa de “cambios” que supone un poder dirigido por comunistas. Por otro lado, la visión de estos neocomunistas sobre cómo deben comportarse los medios de comunicación incluye, bajo el "lenguaje dulce" de “democratización” de esos medios, el control público, la aplicación de límites o expropiaciones estatales o incluso, finalmente, la apropiación por parte del estado (del "nuevo estado") de esos medios. Es una intención que también han hecho explícita en alguna ocasión.
     “El comunismo se ha puesto de moda”, dijo hace poco Alberto Garzón, dirigente de Izquierda Unida. “Se ha puesto de moda”, dice, a pesar de que no hay país en el que se haya implantado tal doctrina que no haya acabado en la ruina económica y en la catástrofe social. La hoja de ruta para acceder a tan deleznable objetivo estaría escrita: primero, el estado usurpa a la sociedad civil lo que le hace a esta funcionar, la libre iniciativa, el juego de la oferta y la demanda, y detrae, vía impuestos, los recursos que aquella sociedad lograba con su actividad productiva para ponerlos en manos de la improductiva burocracia estatal que ha de pasar a administrar esos recursos. España es hoy ya el país de la Unión Europea con mayor número de políticos, unos cuatrocientos mil, es decir, un político por cada 115 habitantes, mientras que Italia, el segundo de la lista, tiene uno por cada 300 aproximadamente, Francia uno por cada 325 y Alemania uno por cada 800 ciudadanos. Si accedieran al poder los comunistas, no sería para adelgazar el estado, sino –es parte esencial de su doctrina– para engordarlo. Llevarían así a la práctica de una manera aún más depurada aquellos presupuestos que dejó establecidos Marx, esta vez en su versión Groucho, el cual decía: "La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados".
     Con su ejército de burócratas y asesores sin fin dispuestos a aplicar esos remedios equivocados, el futuro gobierno vendría a “corregir” las decisiones del mercado, es decir, de lo que buenamente los individuos ofertan, demandan e intercambian, con su política de impuestos por un lado y de subvenciones por otro (en suma, implantando la clase de desigualdad social que a ellos les parezca bien), así como imponiendo drásticamente a los empresarios los sueldos que han de pagar y a las cosas los precios que han de tener. No ya con la intención de corregir abusos sino, ante todo, de imponer los términos de su particular utopía sobre los dictados de la realidad. Lo cual, saliéndose abruptamente de lo que decide la oferta y la demanda, sabemos ya por Venezuela (ya lo sabíamos por Cuba o por la URSS) a lo que conduce: la desindustrialización y el desabastecimiento. No hay nada en este sentido que no esté inventado ya y hacia lo que no se pueda arrastrar a una población; solo se necesita controlar los resortes de lo políticamente correcto y, de su mano, hacer que la sensatez pasa a considerarse cosa de fachas. Y si, transformando la economía productiva en anquilosante costra estatal, ya hemos alcanzado una deuda pública que equivale a la bancarrota (y que se hará explícita en cuanto Bruselas deje de subvencionar nuestro despilfarro y de aplazar así sus catastróficos efectos), no por ello nuestros comunistas se amilanan, y lo que pretenden es aumentar aún más el gasto público. Que haya que dejar de pagar la deuda y, por tanto, espantar a los inversores y aislarnos internacionalmente, o salirse del euro para poder inyectar la inflación (otra forma de exacción fiscal) que haga falta en nuestra economía, no serían obstáculos que ellos vieran insalvables.
     Pero en España no nos conformaríamos con recorrer únicamente el camino hacia el abismo que ya han recorrido otros. Nosotros tenemos nuestra propia idiosincrasia, y añadiríamos a la cuenta de resultados lo que ya Podemos ha anunciado con su previsto “Ministerio de las nacionalidades”, que pasarían a dirigir los nacionalistas, es decir, los que llevan tantas décadas intentando destruir nuestro estado, y que incluso han llegado ya a un punto casi definitivo en esas pretensiones. Traducido, esto quiere decir que España culminará un proceso de desintegración territorial que no se sabe realmente dónde acabará, porque Cataluña, según los nacionalistas, no termina en Cataluña, y el País Vasco tampoco termina en el País Vasco… y la inercia desintegradora tampoco quedaría probablemente acotada en esas regiones, tal y como puso de manifiesto la capacidad de contagio demostrada, entre otras, por la patética experiencia cantonalista de 1873-74.
     Que se llegue a saber dónde empiezan estas cosas, pero no dónde podrían acabar, quedaría asimismo demostrado por el hecho de que tenemos en el sur agazapado a nuestro tradicional enemigo, Marruecos, esperando la oportunidad de, tras haber cumplimentado la hasta ahora antepenúltima etapa de su recorrido expansionista con la Marcha Verde sobre el Sáhara en 1975, volver a la carga esta vez con lo de la soberanía sobre Ceuta y Melilla (para empezar). No tendría mejor ocasión para ello que el que se produjera el descabalamiento de nuestra nación que pondría en marcha el régimen podemita (frente al cual, su posible coaligado, el contradictorio e insustancial PSOE, no parece, insistamos en ello, un baluarte defensivo excesivamente firme, especialmente si, como parece evidente, se produce el sorpasso). Un estado arruinado, territorialmente deshecho y con una población con, quizás, la menor conciencia patriótica del mundo, es una perfecta víctima propiciatoria para sus enemigos. El Estado Islámico, siempre dispuesto a colaborar en estos casos, acaba de mencionar hasta cuatro veces a España en un vídeo de menos de tres minutos realizado con motivo del inicio del próximo Ramadán. Denomina a nuestro país como Al-Ándalus, el nombre que tuvo durante los ocho siglos de dominación musulmana en la Edad Media, y es el único país no musulmán que es nombrado, evocando precisamente los para ellos gloriosos y pasados tiempos de grandes conquistas, como, singularmente, fue la de nuestro país, y que aspiran a volver a realizar. Por esta vez, que estemos presentes en las oraciones de los yihadistas, y no es la única ocasión en que ha ocurrido, no es precisamente augurio de nada bueno, porque Ceuta y Melilla serían un buen comienzo también para ellos en esa ansiada vuelta a sus gloriosos tiempos de conquistadores.
     Redondeemos nuestras conclusiones: la alternativa política hoy dominante, el PP, ha demostrado, por su parte, ser el perfecto telonero de estas catástrofes que asoman por el horizonte, y no ha hecho sino agudizar los problemas que nos han conducido hasta este panorama. Y el único partido que, sin llegar a ella, se acerca a la sensatez, Ciudadanos, parece haber llegado a su exiguo tope electoral.
     Si alguien sabe decir todo esto en ese “lenguaje dulce” que recomienda Anguita, que me lo cuente cuanto antes y redacto de nuevo el artículo, a ver si consigo algún lector más de los escasos previstos. Dejemos constancia, sin embargo, de que, para un servidor, en esta y cuantas añadidas ocasiones se presenten, no es tarde todavía. Solo hay que saber cómo implementar ese presupuesto moral, y confieso que no lo tengo claro.

domingo, 29 de mayo de 2016

¿Y es progresismo o inadaptación a la vida en sociedad?

     El recurso a la violencia en la actuación política y los modos incipientes o preparatorios de tal violencia que, cuando no la ejercen directamente, exhiben los grupos extremistas con el resto de sus actitudes y comportamientos, son el síntoma más claro de desestabilización que puede afectar a una sociedad. Intentando explicar la raíz de este fenómeno, algunas interpretaciones parecen sesgarse hacia una cierta visión benévola de esas formas de violencia. Esa es al menos la impresión que dejan, por ejemplo, las palabras que el Papa Francisco, aludiendo sobre todo al yihadismo islamista, pronunció en Kenia en noviembre de 2015: "La experiencia demuestra que la violencia, los conflictos y el terrorismo que se alimentan del miedo, la desconfianza y la desesperación nacen de la pobreza y la frustración". Vista de esta manera, en alguna medida queda dignificada aquella violencia, que no sería sino el más o menos comprensible resultado de esa desesperación que genera la pobreza. Precisamente, esta misma interpretación postulada por el Papa es la que han sostenido tradicionalmente los grupos violentos, que suelen justificar su violencia como una respuesta ante la pobreza y la injusticia social. Pero lo que en realidad demuestra la experiencia a la que apela el Papa es algo muy distinto de lo que prevén estas interpretaciones: no es de los países más pobres de donde fundamentalmente se nutre el terrorismo, sino que, en lo que respecta al yihadismo, sus fuentes principales, tanto ideológicas como financieras y de captación de militantes, están sobre todo en países musulmanes ricos. El saudí Osama ben Laden, por ejemplo, era multimillonario. Por otra parte, el terrorismo de ETA que hemos venido sufriendo en España surgió en una de las regiones con mayor nivel de renta de España y de Europa. Y en la segunda mitad del siglo XX aparecieron asimismo grupos terroristas en países con alta renta per cápita, como el Reino Unido, Alemania o Italia. Todo lo cual obliga a buscar otras interpretaciones más acertadas de las causas de la violencia social.
     Emile Durkheim (1858-1917), uno de los fundadores de la sociología moderna, creó un concepto que ha tenido una gran repercusión en toda la sociología posterior a él: el de “anomia”. Literalmente quiere decir “ausencia de normas”, y hace referencia a la falta de vinculación de los individuos afectados por ella con las normas de su sociedad. En tales circunstancias, esos individuos dejan de sentirse integrados en la estructura social a la que pertenecen, y ello estaría en el origen de las conductas desviadas o inadaptadas como, entre otras, aquellas que tienen repercusión política y que son las que fundamentalmente tratamos de entender aquí. Lo contrario sería la existencia de una sociedad sostenida y cohesionada en base a unos valores, normas, usos y costumbres que no necesitan de la coacción para ser asumidos y respetados, y que sirven de marco para que los individuos construyan en esa sociedad de modo cooperativo sus respectivos y complementarios proyectos de vida. Síntomas de que la anomia está afectando a una sociedad serían, según Durkheim, el aumento de la delincuencia, la drogadicción, el suicidio, los desórdenes mentales, el alcoholismo y la violencia en general. Hay que entender que también lo son las posturas extremistas y antisistema en política, así como la aparición de subculturas que pretenden construir normas y valores alternativos incongruentes con el marco social y cultural general, y que vienen a profundizar en la disociación y la descohesión del conjunto. En el otro extremo del espectro social, unas clases dirigentes y unas instituciones corruptas vendrían a cerrar el bucle de la generalización de la anomia. En conjunto, todo ello se acabará traduciendo finalmente en la ingobernabilidad de una sociedad afectada por este mal.
     Emile Durkheim abordó el estudio del modo como se manifiesta la anomia en una sociedad concentrándose en el análisis de uno de sus síntomas: el aumento de los suicidios. Encontró que en determinadas circunstancias se agrava la tasa de suicidios, por ejemplo, durante las crisis económicas, pero paradójicamente observó que también se producía ese aumento en las épocas en que los sujetos experimentaban un inesperado acrecentamiento de su bienestar. Estas otras crisis, decía Durkheim “cuyo efecto es el de acrecentar bruscamente la prosperidad de un país, influyen en el suicidio lo mismo que los desastres económicos”. Y todavía más: “lo que demuestra mejor aún que el desastre económico no tiene la influencia agravante (sobre el suicidio) que se le ha atribuido a menudo, es que produce más bien el efecto contrario (…) Hasta se puede decir que la miseria protege”.  La conclusión inevitable fue que no podía ser la penuria el factor explicativo: “Así, pues –decía, en fin, Durkheim–, si las crisis industriales o financieras aumentan los suicidios, no es porque empobrecen, puesto que las crisis de prosperidad tienen el mismo resultado; es porque son crisis, es decir, perturbaciones de orden colectivo (…) Toda rotura de equilibrio, aun cuando de ella resulte un bienestar más grande y un alza de la vitalidad general, empuja a la muerte voluntaria”.
     Ya que no la pobreza a la que aludía el Papa, por tanto, sí que han aparecido teorías que, en la estela de la postulada por Durkheim, hablan de alguna clase de frustración y tensión personales como origen de las conductas desviadas o antisociales. El sociólogo norteamericano Robert Agnew (n. en 1953) analiza diferentes vías por las que el individuo puede llegar a sentirse frustrado y tenso en este sentido, y que le llevarían a situarse al margen de su sociedad: desde el bloqueo de oportunidades hasta la incapacidad de responder a las propias expectativas o la acumulación de experiencias negativas que, efectivamente, empujarían finalmente hacia la marginalidad. El sentimiento hacia el que van afluyendo todas esas formas de frustración que abocarían a la marginalidad es, fundamentalmente, la ira, que, vista en negativo, se corresponde con el hecho de culpabilizar a otros de lo que a uno le pasa. Para Agnew, en suma, los individuos son impelidos a la delincuencia o a los actos antisociales a causa, ante todo, de emociones negativas, singularmente la ira, producidas por la tensión y la frustración. Valdría también sustituir “ira” por “odio”, que es una palabra que Josep Gargante i Closa, concejal por los radicales independentistas de la CUP en el ayuntamiento de Barcelona, tiene tatuada en una mano. Más sutil es Pablo Iglesias Turrión que se conforma con afirmar cosas como que “la guillotina es el acontecimiento fundador de la democracia”, o que “la crisis terminará cuando el miedo cambie de bando”, poniendo así de manifiesto qué aspectos de la democracia o de la crisis le parecen más relevantes, y qué sentido adquieren estas en tal contexto, en el que la ira se convierte en emoción dominante. Tales cosmovisiones tienen en España raíces profundas y extensas en el tiempo; baste con señalar la consideración que Largo Caballero, dirigente del PSOE durante la II República y la Guerra Civil, tenía de la legalidad democrática y republicana, manifiesta en palabras como estas (unas de tantas) que pronunció en un mitin, en noviembre de 1933, precediendo en dos años al comienzo de la guerra civil que él buscaba: “Vamos a la Revolución social. ¿Cómo? (una voz del público: como en Rusia).  No nos asusta eso.  Vamos, repito, hacia la revolución social… mucho dudo que se pueda conseguir el triunfo dentro de la legalidad. Y en tal caso, camaradas, habrá que obtenerlo por la violencia (…) Vamos legalmente hacia la revolución de la sociedad. Pero si no queréis (los que os oponéis a ella), haremos la revolución violentamente (Gran ovación). Eso, dirán los enemigos, es excitar a la guerra civil… Pongámonos en la realidad. Hay una guerra civil… No nos ceguemos camaradas. Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aún los caracteres cruentos que, por fortuna o desgracia, tendrá inexorablemente que tomar.…” (El Socialista, 9-XI-1933).

     Que el individuo afectado por la anomia escoja en política el nacionalismo o la extrema izquierda para tener una forma en la que plasmar sus predisposiciones sería a fin de cuentas secundario e intercambiable, porque no se trata de un problema de ideologías, sino de carácter o manera de ser. Y si el estado de ánimo de una sociedad, como hoy ocurre en la española, está impregnado de ira, los líderes que tenderán a prevalecer no serán los que mejor argumenten, sino los que mejor den cauce a la ira contenida, es decir, los que muestren un discurso más exasperado.  
     De aquellas reflexiones de Agnew que antes comentábamos nos quedaremos con la importancia que da al sentimiento de ira como catalizador de los comportamientos desviados y antisociales, lo cual nos permitirá prever que en los colectivos marginales o de actuación política extremista ese sentimiento va a ser predominante. Pero a la hora de analizar las fuentes de frustración que están en el origen de la ira, creemos que los análisis de Alfred Adler (1870-1937), que pasó de ser discípulo de Sigmund Freud a fundar su propia escuela, la psicología individual, tienen una profundidad que viene a enriquecer teorías como esta de Agnew. Adler se centra en su análisis en el estudio de la edad juvenil, pues considera esta edad como un momento de transición especialmente crítico en la vida de las personas, y en donde afloran con más virulencia los potenciales de transgresión que se incubaron en el alma del niño que se había sido hasta poco antes. Las reflexiones de Adler, sin embargo, no quedan acotadas solamente por los márgenes de esta edad juvenil, sino que lo que en ella aparece puede permanecer marcando la personalidad del marginado en las edades posteriores.
     La edad juvenil es considerada por Adler, pues, una edad crítica que aporta muchos contingentes al caudal de la inadaptación social. También es la edad en la que tienen su comienzo muchas enfermedades funcionales y desórdenes nerviosos. De modo característico, el joven afectado por aquella inadaptación tiende a considerarse a sí mismo libre de responsabilidad por la causa de esos sufrimientos, de los que, para defender su precaria autoimagen, culpa a su entorno familiar o social. De tales situaciones vitales surgen a menudo protestas o formas de rebeldía que encontrarían en la política una vestidura enaltecedora. Cuando en tantos sitios la población estudiantil se muestra rebelde y contestataria, habría que buscar mucho menos la raíz de estas actitudes en la especial cualificación intelectual de este sector de población y más en este sustrato de inadaptación a la vida en sociedad especialmente propio –no necesariamente, por supuesto– de la edad juvenil. Divide Adler a su vez en dos clases o tipos a las personas que acaban sufriendo esa inadaptación a la sociedad: aquellos que desde su infancia sufrieron el rechazo y la falta de afecto, y, en el extremo opuesto, los que fueron niños mimados, que desde su temprana infancia se acostumbraron a encontrar satisfacción a sus deseos a través de la simple protesta o censura a su entorno.
     “Si un hombre tiene la actitud de ‘otros me maltratan y me humillan’ –dice también Adler–, hallará pruebas suficientes para confirmarla. Estará a la búsqueda de semejantes pruebas y no advertirá las que le demuestren lo contrario (…) No presta atención a lo que no está de acuerdo con su propia interpretación de la vida”. Y si esos otros a los que culpabiliza de sus males, y eventualmente la sociedad o el sistema, reaccionan castigando o reprimiendo sus comportamientos, él no solo no cederá, sino que encontrará en esa reacción una confirmación de que la sociedad va contra él. Su odio a las fuerzas encargadas de ese tipo de represión, especialmente la policía, se explica porque en ellas ve con claridad la confirmación de que el mundo, el sistema, está en contra suya. En el extremo de los comportamientos antisociales, los propios del delincuente, esta peculiaridad se manifiesta de manera depurada: “Un delincuente –confirma Adler– interpretará el castigo sólo como signo de que la sociedad está contra él, tal como siempre pensó”.
     En resumen, hay dos dinamismos dentro de una sociedad que generan trayectorias que tienden a encontrarse en el profundo pozo de la disociación: uno sería aquel que, en el marco de lo social, supone la anomia, la disolución de las estructuras normativas, institucionales y de usos y costumbres que acotan los comportamientos de los individuos en un sentido cooperativo. Otro, considerado desde el nivel de los individuos, sería la prevalencia en un número suficiente de estos de emociones negativas que podrían encontrar acomodo en el común depósito del resentimiento y de la ira.  Ambas dinámicas, una vez puestas en marcha cuentan con el favor de una inercia que puede prolongarlas fatalmente, puesto que en la propia naturaleza humana hay partes de ella que empujan en mayor o menor medida hacia aquella anomia y hacia estas emociones que genera la frustración. Es lo que advertía Cioran en sí mismo cuando decía: “Todo lo que me opone al mundo me es consustancial. La experiencia me ha enseñado pocas cosas. Mis decepciones me han precedido siempre”. Es decir, que los efectos de aquellas dinámicas que desde lo colectivo y lo individual empujan hacia la disociación pueden aquí encontrar un apropiado caldo de cultivo y empujar a la sociedad en su conjunto hacia el desastre si se vuelven mayoritarios. Que en España, entregada a múltiples desavenencias y particularismos, falla la idea de colectividad, de cooperación y de aceptación de las normas comunes (de patriotismo, en suma) es, en este sentido, una evidencia a complementar con la de que la ira es hoy un estado de ánimo generalizado.

domingo, 15 de mayo de 2016

¿Es progresismo o es resentimiento?

     Hay situaciones que a duras penas se prestan al disimulo, la ambigüedad o la evasión, y comportamientos que, aunque pretendan justificarse amparándose en argumentos de carácter político, dejan en evidencia anomalías que difícilmente encontrarían el amparo del sentido común. Por ejemplo, todo lo que rodea al caso de Alfonso Fernández Ortega, más conocido entre sus conmilitones de la extrema izquierda como Alfon, un joven convertido por ellos en icono de la protesta popular a raíz de su detención el 14 de noviembre de 2012, día en que tuvo lugar una huelga general convocada por las centrales sindicales. La razón de su detención fue que se le sorprendió llevando una bolsa de gran tamaño con un artefacto explosivo de fabricación casera, que contenía metralla y una mecha de fósforos, es decir, que estaba preparado para ser detonado. Alfon tenía antecedentes policiales tan graves como robo con violencia, tráfico de estupefacientes y agresión sexual, y está cumpliendo ahora condena por un delito tipificado en el Código Penal, como es el de tenencia de explosivos. La sentencia ha sido ratificada por el Tribunal Supremo, a pesar de lo cual los grupos de Podemos, Izquierda Unida, BNG, Amaiur, ERC, Compromis y Geroa-Bai lo han convertido en un héroe afirmando que ha sido “acusado falsamente por la policía”, y presentando en el Parlamento una proposición no de ley sostenida sobre esta afirmación. No solo eso: se han organizado manifestaciones, se han hecho pancartas, camisetas, chapas, pegatinas… ensalzando a este “héroe” de la lucha sindical y popular.

     Podría entenderse que estos grupos de la extrema izquierda defienden a Alfonso Fernández de buena fe, convencidos de que el Tribunal Supremo prevarica al condenarle, y que, por tanto, están en contra de los actos violentos que se enmascaran bajo el camuflaje de la política, pero no es este el único caso que con esas mismas características ha saltado a la opinión pública y que viene a demostrar que la propensión hacia las acciones violentas por parte de estos grupos no deriva de un malentendido. Destaca, por ejemplo, el de Andrés Bódalo, concejal que encabezó la lista a las elecciones generales del 20 de diciembre por Podemos en Jaén, a pesar de que cuando se celebraron tales elecciones estaba condenado a tres años y medio de prisión por agredir a un edil socialista en 2012. Efectivamente, Bódalo había sido condenado por un delito de atentado y una falta de lesiones por la agresión contra el primer teniente de alcalde de Jódar, Juan Ibarra Marín, durante una protesta.

     Tampoco fue esa la única ocasión en que Bódalo trasladó su atrabiliario carácter al ámbito de la política, sino que su historial en este sentido se remonta al 2002. El 20 de junio de ese año coincidió con una jornada de huelga general. Algunos comercios y establecimientos de Úbeda decidieron abrir. Fue el caso de una heladería en la que irrumpió salvajemente un piquete violento entre los que se encontraba el concejal de la formación morada. Eva, la heladera, estaba embarazada de seis meses. A ella y a su marido les agredieron en presencia de su hijo de dos años, y asimismo destrozaron su establecimiento. Por estos hechos, Bódalo y sus compañeros piqueteros aceptaron 2 años de prisión por un delito de coacciones, amenazas, daños y vulneración del derecho de los trabajadores. Tres años después, Bódalo asaltó la consejería de Agricultura de la Junta para exigir la cesión de una finca. Hubo enfrentamientos con policías, causando traumatismos a cuatro de ellos. Meses más tarde ocupó la iglesia de un colegio de Úbeda. En agosto de 2012 asaltó con el alcalde de Marinaleda, Juan Manuel Sánchez Gordillo, un Mercadona en Écija. Un mes después ocurrieron los hechos por los que ahora ha sido condenado y enviado a prisión. Pero aún tuvo tiempo en abril de 2014 de organizar en Jaén la presentación de un libro del diputado de Amaiur, Sabino Cuadra. Un grupo hostil a la realización del acto se presentó en el lugar y aquello terminó en una batalla campal. Bódalo pegó a uno de ellos. Fue condenado a pagar una indemnización y una multa.

     No son estos los únicos casos de violencia que pretenden tener justificación política protagonizada últimamente por activistas de grupos extremistas. Por ejemplo, el diputado regional de Podemos de Asturias, Enrique López Hernández, también está acusado, junto a otras ocho personas de un delito de atentado con lesiones a raíz de los altercados que se produjeron en 2014 en el Teatro Jovellanos de Gijón, cuando un grupo de manifestantes entre los que se encontraba López Hernández se enfrentó a los agentes durante una protesta contra Israel y en favor del pueblo palestino, coincidiendo con la actuación del grupo judío Sheketak. En esos altercados resultaron heridos seis agentes del Cuerpo Nacional de Policía.
¿Cuál es la postura de los dirigentes políticos de la extrema izquierda ante este tipo de actos? El líder de Podemos, Pablo Iglesias, declaró sentirse "orgulloso" de su cabeza de lista por Jaén, Andrés Bódalo: "En este país se hacen leyes que sirven para condenar, para castigar a los que defienden los derechos sociales de todos. Y yo estoy orgulloso de que la gente que los defiende se identifique con Podemos". Iglesias decía también que "los delitos de los que se hablan son desórdenes públicos y atentado contra la autoridad, que suelen ser tipos penales que casi siempre se aplican a gente que participa en manifestaciones, en huelgas, a gente que, en última instancia, lucha por los derechos sociales y civiles". Asimismo, dos días después de que el concejal de Podemos fuera detenido, el partido en el Gobierno del Ayuntamiento de Madrid mostró su apoyo al agresor. Diversos dirigentes de la extrema izquierda firmaron un manifiesto pidiendo el indulto para José Bódalo, entre ellos, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau; el regidor de Zaragoza, Pedro Santiesteve; el de Cádiz, José María González Kichi; el de Santiago de Compostela, Martiño Noriega y el de La Coruña, Xulio Ferreiro, además de Pablo Iglesias, Teresa Rodríguez, la dirigente de Podemos en Andalucía (que comparó a Bódalo con Miguel Hernández), y Alberto Garzón, líder de Izquierda Unida. Esa petición de indulto fue acompañada de unas 5.000 firmas.
     La clave de por qué se justifican este tipo de comportamientos antisociales la podemos encontrar en silogismos como los que planteaba Pablo Iglesias en las redes sociales, en uno de sus tweets, hecho público el 7 de agosto de 2012, y en el que escribía: “25% de paro y Amancio Ortega en el ranking mundial de los ricos. Democracia ¿Donde (sic)? Terrorista ¿Quien (sic)?”. En suma, Iglesias venía a plantear que el auténtico terrorismo nace en trayectorias como las que han llevado a Amancio Ortega desde sus orígenes humildes hasta el hecho de ser la segunda persona más rica del mundo, y que el sistema que consiente algo así no es una democracia tal como este dirigente político la entiende. Aún más, se puede prolongar esa secuencia argumental hasta llegar a entender que la violencia ejercida contra este sistema es una violencia de respuesta, defensiva, y así viene a manifestarlo en otro de sus tweets de marzo de este año en el que toma partido por el violento concejal jienense del que venimos hablando: “Es una vergüenza que al tiempo que miles de corruptos se van de rositas, Andrés Bódalo pueda ir a la cárcel. Solidaridad con los que luchan”.

     Inditex, la empresa de Amancio Ortega, cuenta en su haber con el hecho de dar trabajo directamente a 120.000 personas en todo el mundo, así como aportar al erario público, por ejemplo en 2015, la nada despreciable cantidad de 1.000 millones de euros entre Impuesto de Sociedades, aranceles y cotizaciones sociales. No soslayamos que en su debe están ciertas prácticas laborales en países del Tercer Mundo muy cuestionables, del tipo de exhaustivas jornadas de trabajo por sueldos muy bajos o incluso explotación laboral infantil. Pero los ideólogos de la extrema izquierda no se plantean tanto corregir posibles abusos de este tipo, como suprimir un sistema en el que la iniciativa privada pueda conducir al enriquecimiento, aunque sea lícitamente. Hasta tal punto les resulta hostil un sistema así que, como viene a decir Iglesias, ven en él la razón de ser del terrorismo. Y es así como queda justificada la violencia “defensiva” contra quienes de una u otra forma participan de ese estado de cosas… tanto si es un policía como si se trata de un teniente de alcalde o incluso de una propietaria de heladería embarazada que se niega a ir a la huelga. Y llegar a estos extremos obliga a preguntarse sobre si tales actitudes caben dentro de planteamientos que pudiéramos llamar políticos o si surgen de mecanismos mentales y morales más propios de personas por alguna razón resentidas e intrínsecamente –más allá de su disfraz político– propensas a los comportamientos violentos.

     El pensador que más ha profundizado en el análisis del resentimiento ha sido probablemente Nietzsche, que en su “Genealogía de la moral” decía: “La real causa del resentimiento, de la venganza y de sus afines se encuentra en el deseo de distraer (…) un dolor martirizante, oculto y cada vez menos soportable, mediante una emoción más fuerte (…), y para provocarla, el primero y el mejor pretexto es pensar que alguien debe ser culpable de que yo me encuentre mal”. De aquella inquietud o desdicha que, para empezar, a todos nos afecta más o menos por el mero hecho de haber nacido, el resentido hace culpables sistemáticamente a otros, a los que convierte en malvados, y que unas veces resultará ser el vecino o el padre y otras, el gobernante o el patrón. Evidentemente, el propio sufrimiento se hace más llevadero cuando consigue transformarse en ira. El resentido, dice también Nietzsche, vive en un mundo de “subterránea e inagotable venganza, insaciable en explosiones contra los dichosos”, o contra los que ante él aparecen como tales, a los que viene a considerar culpables de las desgracias propias. También el pesimista Schopenhauer decía generalizando: “Los hombres no pueden soportar la contemplación de un supuesto hombre feliz porque se sienten desgraciados”. La suprema venganza del resentido –volvemos a Nietzsche– será convencer a los afortunados de que “es una vergüenza ser feliz habiendo tanta miseria”; y si no los persuade de ello por las buenas, aún es capaz de utilizar las convincentes armas del envidioso (la envidia, decía Unamuno precisamente, “es la lepra nacional española”), para el que “ver sufrir ocasiona bienestar, y hacer sufrir, aún más bienestar”. Así, dice Nietzsche en fin, se llega a una “transvaloración o inversión de los valores”, a través de la cual “el malvado de la moral del resentimiento es el bueno de la otra moral”, es decir, el que es capaz de triunfar es un malvado, y el fracasado o amargado se convierte en bueno. Como se dice en el cántico de la Internacional, a través de la revolución (de la inversión de los valores), “los nada de hoy, todo han de ser”. Lo cual cuenta con aquel precedente moral, en el que este otro apotegma se incardina, y según el cual “es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el reino de los cielos” (o, podríamos añadir, “entre en la dictadura del proletariado”). Cuando esa inversión de los valores se convierte en políticamente correcta, destacar de alguna forma pasa a ser algo perverso, de modo que –continuamos con Nietzsche, esta vez el de “Más allá del bien y del mal”– “hay que tener permiso para poseer talento”, y asimismo, preventivamente, “nos presentamos como más simples de lo que somos para así descansar de nuestros semejantes”. La única defensa posible frente a esos semejantes que representan a la nueva moral habría de consistir en pedir perdón por los propios éxitos.
     Si acabara triunfando una cosmovisión según la cual el éxito económico no solo es condenable, sino que, de una manera más o menos explícita, se le acusa de práctica terrorista, y actuaciones violentas como las arriba descritas son asimiladas a comportamientos progresistas; si en vez de la admiración y la emulación, el que destaca suscitara odio, envidia y resentimiento; en suma, si la sociedad acabara metabolizando esa dramática inversión de los valores, lo que estaría asomando por el horizonte sería la desestabilización social, la inseguridad ciudadana y el desastre económico, moral y cultural. En suma, el caos.

jueves, 28 de abril de 2016

España y su población islámica

     Quizás resulte paradójico, pero la superioridad de Occidente reside ni más ni menos que en las dificultades que hemos decidido intercalar en el camino que transcurre entre nosotros y la verdad. Cuando San Agustín, en el friso de los siglos IV y V, sentenciaba que “en el interior del hombre habita la verdad”, dejaba a salvo la evidencia de que, como ya había dicho Platón, respecto de lo que hay en el mundo exterior solo podemos albergar opiniones, interpretaciones, hipótesis, dudas… La vida en el mundo la hemos acabado construyendo en Occidente a partir del método de ensayo-error, porque, reconociendo implícitamente que debía ser así,  ya decía el mismo San Agustín que “no puede errar quien no vive”… luego todos los demás, sí. Lo cual quedó confirmado a sensu contrario cuando admitió que “si me engaño, existo”. El legado de San Agustín estriba tanto en la seguridad que mostraba respecto de la idea de que la verdad a la que había que aspirar estaba fuera del mundo como en la correlativa evidencia de que vivir significa, no olvidarse de la verdad, que es algo irrenunciable, sino tratar de ir descubriéndola y decantándola mientras discurrimos a través de ese campo de incertidumbres e inseguridades que es la realidad. “(Quien) duda, vive”, decía también el santo antes de afirmar que, consiguientemente, “(quien) duda, piensa”.
     Trece siglos más tarde, Descartes sancionaba la vigencia de la duda en nuestro trato con el mundo, y relegaba asimismo a la verdad a un puesto ubicado en nuestro interior, en el ámbito de la subjetividad, y accesible solo al pensamiento puro. Gracias a estas premisas, a esta capacidad de convivir con la duda, fue posible construir el método científico en nuestro trato con la realidad: según él, toda afirmación no pasa de ser una hipótesis provisional que ha de someterse al criterio de falsabilidad, es decir, exponerse a la posibilidad de que aparezca un hecho hasta entonces ignorado que obligue a la elaboración de una nueva hipótesis que suba un escalón respecto del grado de verdad hasta entonces alcanzado. Es a todo esto que empuja nuestra íntima intuición de lo que es verdadero a buscar ratificación en el mundo externo a lo que se refería Ludwig Wittgenstein cuando decía que "un 'proceso interno' necesita criterios externos". Y gracias al método científico fueron posibles las subsiguientes revoluciones científica, tecnológica e industrial sobre las que se levantó lo que hoy es Occidente. La verdad, para nosotros los occidentales, es solo el final inaccesible de un camino hecho de incertidumbres, el resultado de una evolución que solo finalizará en la línea que marca un horizonte inalcanzable. “Evolución” es otro concepto que solo ha aflorado en el contexto de la mentalidad occidental, según el cual la vida, mientras es vida, es un camino, no algo que pueda reposar en nada definitivo.
     El Islam, al contrario que nosotros, no consiente la duda. Un musulmán se siente instalado en la verdad, la verdad que transmite el Corán. Dudar es pecado. No hay ningún sustrato en tal mentalidad que permita la evolución. La verdad en el siglo XXI es la misma que en el siglo VII, cuando las huestes mahometanas se pusieron a expandir la verdad que poseían en el único ámbito que podía ser expandida: el geográfico. Intelectualmente ya no quedaba ningún esfuerzo más por hacer: implantado el Corán, ¿qué sentido, qué función les queda a los demás libros? Por eso, los inmigrantes musulmanes en Europa sacan a sus hijos de los centros escolares durante largas temporadas para enviarlos a memorizar el Corán en algún país musulmán (unos periodistas de TV3 averiguaron en febrero de 2014 que los padres pagaban solo unos 30 euros al mes por hijo; no averiguaron quién subvencionaba el resto de los gastos). Sacrifican la enseñanza académica para que sus hijos aprendan de memoria el único texto que a fin de cuentas importa: el Corán. Como es lógico, en ese ambiente intelectual, los países islámicos han alcanzado ya el nivel que les es posible alcanzar: la duda (y sus secuelas: el pensamiento evolutivo, la ciencia, la filosofía…) no tiene cabida en ellos, y si no fuera por el petróleo y por los frutos que son capaces de recoger del árbol que crece en Occidente, su riqueza sería congruente con tal restrictiva cosmovisión. Todo lo cual viene a ser una forma de ratificar aquello que decía Bertrand Russell: “Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se debe a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas”.
     Como bien saben los islamistas, su cultura y la nuestra no son demasiado compatibles. Allí donde, desde el siglo VII, todo está resuelto es difícil que quepa una manera de entender el mundo donde todo está en permanente estado de crecimiento, donde todo es, como Platón decía, doxa, opinión, debate, cuestionamiento, evolución… y, por tanto, tolerancia con el discrepante. Conscientes de esa incompatibilidad cultural, las comunidades musulmanas instaladas en Occidente, tienden a formar guetos cerrados que aspiran a que de nuestros modos de vida pase a ellos la menor contaminación posible. ¿Se puede deducir entonces que lo previsible habrá de ser que ambas comunidades puedan en Europa convivir aisladas una de otra, pero pacíficamente avecindadas? Es probable que no: un musulmán consecuente no puede renunciar a imponer la verdad. Por las buenas o por la yihad. Su último e irrenunciable objetivo es conseguir que Dar al-Islam, la casa del Islam, sea el universo entero. Lo que quiere decir que solo circunstancialmente, en función de que el momento sea o no el adecuado para poner en marcha sus pretensiones, esos musulmanes cabales interrumpirán su yihad. No se quiere decir, claro está, que los mil quinientos millones de musulmanes que hay en el mundo sean guerreros vocacionales dispuestos a imponer su religión como sea, pero tampoco están demostrando que muchos de ellos se vayan a constituir en un obstáculo para que aquellos que se pongan en la vanguardia de tal pretensión no traten de llevarla adelante.

     Según el estudio demográfico que cada año realiza la Unión de Comunidades Islámicas de España, había en nuestro país, a finales de 2015, 1.887.906 musulmanes, el 4,06 por ciento de la población, un número que ha crecido desde 2005 un 77%. Por nacionalidades, los más numerosos entre los musulmanes en nuestro país son los españoles: 779.080 conversos e inmigrantes que han adquirido la nacionalidad (el 41%), y en segundo lugar, los marroquíes: 749.274. En Melilla hay 85.584 habitantes; a finales de 2015 el número de musulmanes, evidentemente marroquíes o descendientes de ellos en su gran mayoría, era allí de 43.981, por tanto, mayoritario. Ceuta tiene una población de 84.498 habitantes; a finales de 2015, los musulmanes eran en esa ciudad 36.181. Son las dos ciudades de Europa más impregnadas de islamismo. En estas ciudades, así como en la periferia de Barcelona, es donde de manera más clara se está produciendo un peligroso caldo de cultivo entre, especialmente, los jóvenes musulmanes, que les empuja hacia el islamismo más radical. Después de Francia, que tiene un 8% de población musulmana, España, con un 4,06%, es el país europeo en el que las fuerzas de seguridad han realizado más operaciones contra el terrorismo islamista, más que Alemania (6% de población musulmana), Bélgica (6% y 25,5% en Bruselas) o Reino Unido (5%). No todo ello será achacable, seguramente, a la mayor eficacia de nuestra policía.
     El principal motivo que hace a los jóvenes musulmanes vulnerables frente a la propaganda de los grupos terroristas como el Estado Islámico no es la pobreza o el paro, sino la crisis de identidad que padecen en el contexto de un país al que incluso pertenecen y en el que estudian o trabajan, pero en el que rechazan integrarse. En España resulta significativo que casi la cuarta parte de los detenidos por yihadismo tenga formación universitaria. Esa crisis de identidad, dice Ignacio Cembrero en su libro recién editado “La España de Alá” (La Esfera de los Libros, 2016) “no surge entre los inmigrantes de primera generación, aún enraizados en el país en el que nacieron y empeñados en abrirse camino en el país donde se instalaron. Germina entre sus hijos y sus nietos (…) Son esas nuevas generaciones las que han proporcionado el grueso de los combatientes europeos en Siria e Irak”. El 70% de los presuntos yihadistas detenidos en España en 2013 y 2014 son nacionales españoles y viven en Ceuta y Melilla. Inmersos en su crisis de identidad, estos jóvenes la resuelven a través de un único sentimiento de pertenencia: el que les identifica como musulmanes.
     El contexto que ayuda a valorar el significado de la existencia de población islámica en Occidente tiene en España una importante peculiaridad: la que, prolongando el análisis que hicimos en el artículo anterior, nos permite añadir al mismo las implicaciones que se derivan de nuestros conflictos territoriales con Marruecos. Las que la vecina monarquía alauita considera irrenunciables aspiraciones a las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, y, en una siguiente fase, a las Islas Canarias, mantienen en estado de latencia un enfrentamiento que en algún momento podría pasar a ser efectivo. El precedente de la Marcha Verde que permitió a Marruecos anexionarse el Sáhara español, cuando nuestra nación estaba atravesando una grave crisis política, convertiría en gravemente negligente cualquier análisis que excluyera la posibilidad de que Marruecos volviera a intentar algo parecido o equivalente en algún momento futuro con el resto de los territorios en conflicto. La invasión de la isla de Perejil en julio de 2002 hay que interpretarla no como un hecho aislado, sino como parte de la secuencia de vicisitudes en que va consistiendo este conflicto. Y lo cierto es que, llegado el caso de que se produjera el enfrentamiento abierto entre España y Marruecos, no es previsible que en la población islámica, y mucho más en la de ascendencia marroquí, prevalezca un sentimiento de identidad que la vincule políticamente a España sobre el sentimiento de pertenencia a la comunidad islámica y, por tanto, favorable a Marruecos. Máxime cuando para el reino alauita el conflicto estará prioritariamente planteado como de intento de recuperación para la casa de los musulmanes de un territorio hoy enajenado en manos de los infieles. Una nueva Marcha Verde sobre Ceuta y Melilla contaría, muy previsiblemente, con una nutrida quinta columna favorable a Marruecos dentro de esas ciudades, o al menos no desfavorable.
     Ante una eventualidad así, España tiene o tendrá dos opciones: o retirarse, que es lo que está acostumbrada a hacer desde hace muchas décadas en todos nuestros conflictos con Marruecos, e ir dejando que la sharia o ley islámica sustituya a la cultura occidental y democrática en territorios que hoy están bajo su jurisdicción; o bien poner en marcha las medidas preventivas, y si llegara el caso las militares, necesarias. Si opta por lo segundo, ello tendría implicaciones en tres niveles que deberían empezar a asumirse resueltamente:
     Primero, el estrechamiento de nuestras alianzas defensivas con Occidente, pues es precisamente el marco de la civilización occidental el que debe ampararnos en nuestros posibles conflictos con países musulmanes. Como dice César Vidal, “quizás más que nunca, Occidente es un archipiélago de libertades rodeado por un océano de totalitarismos”, y es preciso estar dispuesto a defenderlo. Estas alianzas internacionales deben otorgar un papel privilegiado a Estados Unidos y a Europa occidental, pero también a Israel y a otros países como Canadá, Australia o Japón. El yihadismo islámico es el enemigo global, y en España, además, el expansionismo marroquí.
     En segundo lugar, España (y Europa en general) debe de implantar limitaciones a la inmigración valiéndose de un sistema de cuotas. Dado que en España, a diferencia de lo que ocurre en otras naciones occidentales, se proporcionan además de manera gratuita a los inmigrantes ilegales recursos sociales, como la sanidad y la educación, que son costosos, la posibilidad de acogerlos queda más limitada, a menos que deseemos deteriorar la calidad de estos servicios que se costean con los impuestos de los contribuyentes. Esas cuotas habrán de establecerse en función del número de inmigrantes que España necesita y permitir únicamente la entrada de estos en el territorio nacional. Es lo que impone un humilde reconocimiento de nuestras limitaciones. Y en ese contexto, habrá que priorizar, de entre los inmigrantes, a aquellos cuya integración sea más fácil, bien porque hablen nuestra lengua o porque pertenezcan a nuestra cultura occidental. Correlativamente, habrá que preterir especialmente aquellos contingentes de inmigrantes que no estén dispuestos a integrarse en nuestros esquemas de vida o que tengan un sistema de valores que colisione directamente con el occidental. Respecto de la población islámica que ya está instalada en nuestro territorio nacional, obviamente debe ser objeto de un pleno respeto a la libertad religiosa, pero siempre y cuando este principio no atente contra otros establecidos en nuestro ordenamiento jurídico. Así, nunca deberá ampararse la libertad de culto cuando este suponga la aceptación del maltrato o discriminación femeninos, la mutilación sexual de las niñas o actividades que perjudiquen la seguridad nacional, por ejemplo, a través de predicaciones incendiarias en las mezquitas.
     Por último, debería exigirse la aplicación del principio de reciprocidad: si consentimos que Arabia saudita financie actividades islámicas en España, habría de ser a cambio de que su monarquía tolere el ejercicio y financiación de actividades misioneras cristianas o de expansión de la cultura occidental en aquel país. No podría ocurrir lo que actualmente ocurre, por ejemplo, que haya un millón de inmigrantes filipinos en aquel país, en su gran mayoría católicos, que no pueden acudir a misa porque no hay allí ni una sola iglesia.
     Si no estamos dispuestos a poner en práctica estas medidas, el porvenir de nuestra civilización y, respecto de España, de nuestra integridad territorial, estará gravemente amenazado.