sábado, 19 de septiembre de 2015

Cómo resolver el problema del nacionalismo en España

     La materia prima de la que estamos hechos los hombres es la insatisfacción. Ortega y Gasset hablaba de ese nuestro divino descontento, especie de amor sin amado y un como dolor que sentimos en miembros que no tenemos. Ese descontento, esa insatisfacción es finalmente irresoluble, y, de modo semejante a como Casandra estaba condenada a saber la verdad pero, a la vez, a que nadie la creyera, los hombres estamos asimismo condenados a necesitar ser felices tanto como a no poder alcanzar nunca esa felicidad que perseguimos, porque, hagamos lo que hagamos, siempre nos quedará ese poso de insatisfacción sin resolver. Decía también Ortega que esa capacidad de insatisfacción es “lo que vale más en el hombre”, puesto que gracias a ella convertimos la vida en un intento de aproximar nuestra circunstancia a aquello que deseamos, hasta el punto de que podemos decir que todo lo que el hombre ha sido capaz de construir en el mundo se debe al empuje de aquel deseo de alcanzar lo que nos falta… y que, de un modo  u otro, cambiando un objetivo por el que le sigue, siempre acabará faltándonos. Pero como las realidades humanas son esencialmente paradójicas, además de ser esa insatisfacción, ese desasosiego, lo que más vale de los hombres, es también la causa de nuestras acciones más detestables. Porque no solo invertimos ese componente de nuestra personalidad en tareas reparadoras, sino que, echando balones fuera, también alimentamos con él nuestra necesidad de buscar culpables sobre los que perversamente proyectar las causas de esas insuficiencias y esos desasosiegos. De modo que desde nuestras simples desconfianzas, cuando son claramente inmotivadas, hasta nuestras paranoias más patológicas vienen a ser espuma en superficie de ese desasosiego (angustia existencial lo han llamado también) que nos bulle en las profundidades.

Ilustración: Samuel Martínez Ortiz

     Jesús Laínz, el historiador español que, probablemente, mejor conoce nuestros nacionalismos, daba en el clavo al hablar hace unos días en un artículo (http://www.libertaddigital.com/cultura/historia/2015-09-11/jesus-lainz-la-diada-ignorancia-y-odio-76643/ ) de los dos ingredientes básicos de los que se alimentan esos nacionalismos que tanta energía humana controlada por ellos desperdician y que no poca, asimismo, nos hacen perder también a quienes nos oponemos a ellos: esos ingredientes son el odio y la ignorancia. Cuando al odio le faltan motivos objetivos por los que desencadenarse, suele entonces brotar, precisamente, de aquella especie de magma volcánico que decíamos que se formaba en los suburbios del alma a expensas de nuestro irreductible desasosiego y de la insaciable necesidad de culpables a cuya búsqueda nos empuja cuando no somos capaces de convertirlo en tareas constructivas y reparadoras. Que el odio del que nos ocupamos sea irracional, sin un mínimo sustento en argumentos digeribles por una mente sensata, es un hecho que va al encuentro del otro ingrediente básico de los movimientos nacionalistas: la ignorancia. Gracias a esa ignorancia, ha colado en Cataluña (y se enseña en sus escuelas) que aquella Guerra de Sucesión que dividió a los españoles (y a buena parte de los europeos) entre 1701 y 1714 entre los partidarios de dos dinastías enfrentadas (los Austrias y los Borbones), pero ambas con la pretensión de gobernar en toda España, haya sido rebautizada como Guerra de Secesión, y su resolución convertida en el momento clave de la pérdida de una supuesta independencia de ese ente nacional que nunca había existido como tal: Cataluña. Y ha colado también algo tan esperpéntico como considerar que nuestra Guerra Civil de 1936-39 fue en realidad una guerra de España contra Cataluña, rivalizando en capacidad para el delirio con los nacionalistas vascos e incluso con los gallegos, que también consideran que fue aquella una guerra contra sus respectivas “naciones”. Puestos a competir a ver quién la echa más gorda y sostiene argumentos más delirantes, los nacionalistas vascos, por su parte, consideran, por ejemplo, que un, por otro lado inexistente, fenómeno de endogamia (que hubiera significado una catástrofe genética), es argumento suficiente para reivindicar su “nación”, sustentada en esa invariabilidad de la herencia biológica y en los tropecientos apellidos vascos. De esa forma, los hombres del paleolítico habrían tenido más amplia legitimidad incluso para reivindicar a los del neolítico la vuelta a la Edad de Piedra, la caza y el nomadismo, apoyados en una tradición mucho más milenaria que estos otros pringaos que al principio llevaban cuatro ratos de nada pastoreando ganado y sembrando mieses, y con apellidos recién inventados.
     En el viaje de ida de esa mezcla de ignorancia y odio que caracteriza a nuestros nacionalistas, pueden cometerse, y se han cometido de hecho, las más terribles barbaridades: por ejemplo, el terrorismo, eso que tantos políticos hoy están dispuestos a sentar a su mesa. De lo que ocurre después, en el viaje de vuelta, dio razón no hace mucho tiempo el ex-etarra Iñaki Rekarte, que, como jefe del Comando Santander, mató en 1992 en esa ciudad a tres personas (un matrimonio de panaderos y un estudiante de Químicas) y dejó heridas a 21 personas más. Después de pasar 23 de sus 43 años en la cárcel, y una vez arrepentido, declaraba hace unos meses en el programa “Salvados” de televisión a la pregunta del periodista Jordi Évole “¿Por qué entras en ETA?”: Pues no sé. Tenía una falta de madurez muy grande. Me dejé arrastrar”. Y añadiendo matices a las patológicas motivaciones que pueden empujar a algo así, dejaba claro que también intervenía en ellas la necesidad de compensar por la vía rápida el sentimiento de inferioridad, puesto que en el irracional contexto nacionalista y en aquel momento, decía que “ser de ETA era ser un héroe”. Declaraba también: “Dentro (en la organización) no se habla de política. Sólo decíamos 'hay que hacer algo'. Sin ton ni son. 'Algo' era un atentado, claro”. Así pues, para conducir el odio irracional hacia algún resultado político no es necesario dejar de ser un ignorante en política. Los primeros años en la cárcel, decía Rekarte asimismo, transcurrieron en medio del odio: “Buscas gasolina en el odio y por dentro estás podrido. Vives una vida irreal. Si no, te rondan las preguntas. Odias al que no es como tú. Al que puedes odiar. Para justificar el victimismo que te creas tú mismo”. Más tarde, en la cárcel, empecé a leer la historia de nuestro pueblo y pensaba: 'Matáis en nombre de un pueblo, y no sabéis ni su historia'. Con el tiempo te das cuenta de que eras una oveja haciendo bee”.
     Así de febles resultan ser los motivos a través de los cuales se puede llegar a encauzar de modo tan truculento el odio que promueven los nacionalismos. La ignorancia, pues, como detonante para que el odio acabe de estallar. ¿Cómo se debería de combatir esta irracionalidad? Desde luego, no dejando las escuelas en manos, precisamente, de quienes propagan las falacias que servirán de cauce ideológico (es un decir) para ese potencial de odio irracional contenido en tanta personalidad inmadura. Pero si ese torrente de odio ya está discurriendo y produciendo sus desastrosos efectos, sería preciso que quienes detentan el poder tuvieran claro que no se puede contemporizar con esos movimientos tan desestabilizadores, y, apoyándose en la ley, dar la batalla a su irracionalidad. Poner en práctica las medidas necesarias para combatir aquella mezcla de odio y de ignorancia no ha de ser demasiado difícil, estaría al alcance de cualquier clase política incluso mediocre que tuviera una mínima noción de en qué consiste el trabajo por el cual le pagan.
     Pero aquí, en España, nuestra clase política no supera siquiera ese vil listón. ¿Qué calificación podríamos dar a una clase política de la que han surgido jefes de gobierno capaces de afirmar, refiriéndose a la nación que gobiernan y que les paga, que “el concepto de nación es algo discutido y discutible”? ¿O que prometieron (y, a los efectos, cumplieron) dar su aprobación a cualquier estatuto de autonomía que aprobara un parlamento regional dominado por los separatistas? Una clase política que ha legalizado y entregado ingentes cuotas de poder político (y económico) a los representantes del terrorismo. O de la que, por ejemplo, ha emanado un patético ministro de Defensa capaz de afirmar que, antes que matar, prefería ser él quien muriera. O también un neopolítico, reciente aspirante a Jefe de Gobierno, que acaba de afirmar que “siempre contará con mi respeto quien practique la desobediencia civil”; por ejemplo, dejar de pagar impuestos. Una clase política que, como caso único en el mundo, consiente en que no se pueda estudiar en el territorio de su nación en el idioma propio de sus habitantes, el que todos ellos hablan, contradiciendo incluso lo que dicen sus tribunales. O que, en general, es incapaz de hacer cumplir las leyes y las sentencias de los tribunales incluso por parte de quienes representan al estado…
     ¿Cómo resolver, pues, el problema del nacionalismo en España? No hay otra que empezar por el principio: cambiar de clase política. También hay, sin embargo, otra salida a la situación: darnos por vencidos y dejar que, ya que no la imaginación, el odio y la ignorancia suban decididamente al poder. ¿Podemos llegar a ver plasmada esta última alternativa?... Podemos, ¡claro que podemos!

domingo, 6 de septiembre de 2015

Las grandes conquistas de Occidente y sus tendencias autodestructivas

     Occidente es una anomalía, una excepción benéfica que supone un salto evolutivo cualitativo para el hombre en relación con el resto de la historia de la humanidad. Occidente es ante todo una civilización basada en la técnica. La tecnología usada por las sociedades pre-occidentales ha sido habitualmente muy rudimentaria; resaltemos, por ejemplo, cómo las sociedades prehispánicas americanas no conocían ni el uso de la rueda y, por tanto, estaban estancadas en estadios de desarrollo muy elementales. Y cuando ha habido descubrimientos importantes en las sociedades orientales, como los de la pólvora o el arte de imprimir, no han pasado a ser útiles técnicamente hasta que Occidente los incorporó.

Ilustración: Samuel Martínez Ortiz
     La tecnología prolonga y amplía las posibilidades de la acción humana a través de las máquinas. No solo ha sido así en lo referente a la directa acción del hombre sobre las cosas, sino que también se ha usado la tecnología para romper las barreras espaciales en las relaciones entre los hombres a través del transporte y de los medios de comunicación, incluido internet. Y aún más: el cuerpo mismo, no solo las máquinas, ha sido objeto preferente de las preocupaciones de la ciencia y la tecnología occidentales. Es así como se hicieron posibles los grandes logros de la medicina occidental, la cual, fundamentada en el método científico, ha conseguido no solo curar enfermedades, sino también reparar y recomponer en gran medida las partes defectuosas del organismo, disminuir la mortalidad infantil y, en general, ampliar el tiempo de vida de los seres humanos. Hoy ya nos cuesta trabajo pensar en lo que sería la vida sin la ayuda de la medicina en asuntos tan cotidianos como la corrección de los defectos de la vista o de la dentadura, o lo que significa que el parto no suponga un grave peligro de muerte para el niño o la madre, pero si eso es posible es gracias a la medicina occidental. Efectivamente, el número de mujeres que fallecen debido al embarazo o al parto sigue disminuyendo sin parar: la ONU recoge datos de los últimos 25 años: en 1990 había 380 de esos fallecimientos por cada 100.000 nacimientos; ahora hay 210. En los últimos tiempos, la esperanza de vida en el mundo ha pasado de moverse entre los 25 y los 45 años a comienzos del siglo XX (debido, sobre todo, a la mortalidad infantil, que bajaba enormemente la media) a oscilar entre los 60 y los 80 años en la actualidad. La variable que interviene en ello, evidentemente, es la del avance y extensión de la medicina científica occidental.

     Los efectos multiplicadores de la tecnología sobre la acción humana se expresan en términos de energía. El hombre consume energía cuando realiza sus acciones vitales. En este sentido, resulta significativo el dato que resalta Julián Marías de que la energía consumida por el hombre occidental en un solo año de nuestro tiempo equivale al consumo total de energía consumida por el hombre durante toda la historia universal hasta 1800. Se trata, pues, de traducir el significado de esas cifras a términos de vida efectiva, de horizontes vitales cubiertos con ese consumo energético. Y eso se multiplicó en un grado inconmensurable a raíz de nuestra revolución industrial, momento en el que hizo eclosión práctica la previa revolución científica occidental.

     Pero las aportaciones de Occidente a la historia de la humanidad no se reducen a las que se derivan de su ciencia y su tecnología: pensemos, por ejemplo en lo que significa esa gran contribución histórica y política que es la democracia como forma de gobierno, es decir, la participación de todos los hombres en su destino civil y político. Ese gran instrumento legado al mundo por Occidente es la consecuencia de algo a lo que el hombre está obligado en esta civilización: obligado a ser libre y responsable de sus decisiones, incluidas las colectivas. También han sido singulares las aportaciones culturales hechas por Occidente: la invención de la filosofía, de la tragedia, de la comedia, de la novela, de la música sinfónica, de infinidad de estilos artísticos. La civilización occidental ha añadido además a los modos de conocimiento del hombre ese gran instrumento epistemológico que es la duda, y, por tanto, la corrección y aumento de los conocimientos a través del ensayo y la contrastación empírica, así como la constante superación que supone el persistente cuestionamiento de lo ya conocido o adquirido. Occidente es la única civilización que ha sido capaz de criticarse a sí misma, y de crecer a través de la autocrítica. Todo lo cual se ha traducido en el hecho de que haya sido esta civilización la que ha descubierto de modo cabal la historia, la concepción del hombre no como algo concluido y eternamente reiterado, sino como una permanente promesa de algo más, en perpetuo alumbramiento de formas nuevas de ser.

     En rigor, se puede decir que hoy el mundo en el que vivimos existe gracias a Occidente. Que habiten en el planeta siete mil millones de habitantes es posible físicamente gracias a las técnicas de producción, agrícolas, mineras, industriales… implantadas por Occidente. Gracias a ellas, la mayoría de esas personas, con más o menos holgura, tienen con qué alimentarse, abrigarse, realizar sus proyectos, tener una esperanza de vida que no hubiera sido posible sin las aportaciones de nuestra civilización. Incluso quienes, como los extremistas islámicos, tratan de atentar contra Occidente, tienen que hacerlo pidiéndole prestadas sus armas y sus descubrimientos. Occidente, en fin, ha elevado enormemente el nivel de vida de la humanidad. Hasta que apareció nuestra civilización, la humanidad estuvo instalada en gran medida en modos de vida prehistóricos. Incluso considerando que otras civilizaciones han llegado a realizar puntualmente obras asombrosas, como las pinturas de Altamira o las pirámides en Egipto, tales obras no llegan, sin embargo, a significar que las sociedades en las que se realizaron hayan superado en su conjunto modos de vida prehistóricos.

     Hasta la llegada de la revolución industrial occidental hacia 1800, la pobreza había sido, y sigue siéndolo en las sociedades no occidentalizadas, la condición del hombre. Ser hombre, hasta entonces, era lo mismo que ser pobre. La riqueza era una excepción muy minoritaria, y habitualmente injusta, aunque la eventual distribución equitativa de aquella riqueza no habría llegado a suponer la desaparición de la pobreza. Esta situación ha cambiado enormemente en los últimos doscientos años, especialmente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Hoy la pobreza ha pasado a ser una posibilidad o un riesgo, pero no la condición general de la humanidad. En los ámbitos abarcados por el tan a menudo vituperado modo de producción capitalista y de libre mercado propio de la civilización occidental, la tasa de pobreza se ha movido a la baja enormemente desde la revolución industrial. Y sigue haciéndolo: en el informe hecho público por la ONU respecto de los últimos 25 años (http://www.libremercado.com/2015-08-05/el-capitalismo-salva-vidas-la-pobreza-mundial-baja-del-36-al-12-desde-1990-1276554227/# ), se muestra que en 1990 había en el mundo 1.926 millones de personas que vivían por debajo de la línea de pobreza extrema, mientras que esta cifra ha caído hasta los 836 millones que la ONU espera para 2015. Las cifras de la ONU reflejan que incluso en el África subsahariana la tasa de pobreza ha caído del 57% al 41% entre 1990 y 2015. Al norte del continente africano los datos son mucho mejores: un 5% en 1990 y un 3% en la actualidad. En el sur de Asia, el desplome de la pobreza ha sido más pronunciado: si en 1990 había una tasa de miseria del 52%, en 2015 ha bajado al 17%. El sudeste asiático ha tenido un desarrollo mejor incluso: sus niveles de pobreza eran del 46% hace un cuarto de siglo, pero la ONU los reduce al 7% en sus últimas estimaciones. Y en China, la caída ha sido del 61% al 4%. Para América Latina y la región del Caribe, también nos encontramos con resultados alentadores: la tasa de pobreza cayó del 13% al 4% a lo largo de los veinticinco años observados. A nivel global, la tasa de pobreza ha caído del 36% al 12% desde 1990 hasta 2015. Lo cual, lógicamente, correlaciona con el descenso del hambre a nivel mundial: si a comienzos de los años 90 la desnutrición afectaba al 23,3% de la población mundial, esta tasa asciende ahora, en 2015, al 12,9%.

     Hay más datos reveladores: la humanidad ha sido durante la mayor parte de su historia una humanidad primero cazadora y recolectora y después, desde el neolítico (que comenzó hace 10.500 años), agricultora y domesticadora de animales. Hasta 1800, la población agrícola y campesina ha sido el 80 o el 90 por ciento de la humanidad. Hoy, por ejemplo, en Estados Unidos, los trabajadores agrícolas son solamente el 2% de la población total; en España, alrededor del 4%. Y las necesidades que cubre el trabajo agrícola se resuelven, sin embargo, con mayor eficacia que nunca. Por otro lado, mientras que hacia 1850 la jornada laboral, incluida la de muchos niños, era de 14 horas diarias (y siendo laborables todos los días, es decir, que solo se pagaban los días en que se trabajaba), actualmente, en Occidente, está en vigor la jornada laboral de 40 horas, y, a menudo, de 35. Es decir, que en ese lapso de tiempo se ha reducido a menos de la mitad. Lo cual, unido a lo que significa que las máquinas hayan sustituido a los hombres en las labores más penosas, hay que valorar a la hora de comprender lo que ha pasado a ser el horizonte vital de las personas. Complementariamente, el acceso a los bienes culturales y a los estudios superiores ha dejado en gran medida de estar acotado por las posibilidades económicas y en esa misma proporción ha pasado a ser decidido por el interés o las capacidades de quien aspire a ello.

     Estos descomunales avances que ha traído consigo la civilización occidental no están, evidentemente, exentos de peligros y contradicciones. Pero su solución no puede venir de una vuelta atrás, igual que los desequilibrios que produjo la revolución neolítica (por ejemplo, las enfermedades que se contagiaban por la convivencia con los animales domesticados) no demandaban una vuelta al paleolítico, ni las pérdidas en términos de fortaleza física y desarrollo de los sentidos y de los instintos que vino a suponer la aparición del homo sapiens eran una demostración de que lo mejor hubiera sido regresar al homo antecessor. Sin embargo, los movimientos reaccionarios han ido acompañando desde siempre al desarrollo de Occidente. Por ejemplo, y sin salir de nuestro tiempo, hacia los años setenta del pasado siglo los hippies, retomando pautas de instalación vital propias de los cínicos griegos, constituyeron una explícita forma de oposición a los logros de Occidente. Su actitud nació, sobre todo, como rechazo de la técnica occidental y como intento de “vuelta a la naturaleza”. Las secuelas de este movimiento o la aparición de otros movimientos equivalentes han ido conformando un poso de rebeldía frente a Occidente que hoy sigue muy activo dentro de su seno. Más graves fueron los cánceres que afectaron a la civilización occidental y que surgieron en su seno el siglo pasado: el nacionalsocialismo, una doctrina política que sustituía el principio de racionalidad (la aportación griega a Occidente) y de sometimiento a la ley (la aportación romana) por la voluntad de poder y el mando arbitrario y despótico, y la consideración del valor supremo de la persona (la aportación cristiana), por su subordinación a una jerarquía de razas. Y el comunismo significó una marcha atrás de la historia fundamentada en aberraciones equivalentes, en donde la lucha de razas era sustituida por la lucha de clases, y la libertad resultaba superflua, como le mostró Lenin a Fernando de los Ríos, socialista español que llegó a ser ministro de la República, al que, convenientemente preguntado por ella, le contestó el dirigente comunista: “Libertad, ¿para qué?”.

     La evolución, en fin, es un camino que el universo recorre yendo hacia delante. El hombre es la punta de lanza de la evolución. Y Occidente el punto álgido de la evolución del hombre. El aumento en la complejidad que suponen los avances evolutivos significa, por otro lado, aparición de nuevos peligros y de nuevas áreas de vulnerabilidad. Pero, aun así, no hay otro camino mejor que el que señala hacia delante, hacia el logro de nuevas cotas de complejidad y desarrollo.

sábado, 22 de agosto de 2015

Cómo nació Occidente y por qué está en crisis

     Occidente es el resultado o la síntesis de tres aportaciones sucesivas, y a veces paradójicas, que vinieron a conformar, aglutinadas, su sustrato esencial y original: la de Grecia, la de Roma y la del cristianismo. Grecia aportó el pensamiento racional, la capacidad de abstracción que generó su filosofía. Gracias a ello, los griegos, en principio, aprendieron a elevarse por encima de las efímeras y cambiantes circunstancias concretas hasta descubrir en las cosas un núcleo esencial, una permanencia, un ser sobre el que era posible sostener los conceptos y, con ellos, sosiego y claridad sobre las cosas. “Una de las funciones de los conceptos –decía María Zambrano– es tranquilizar al hombre que logra poseerlos. En la incertidumbre que es la vida, los conceptos son límites en que encerramos las cosas, zonas de seguridad en la sorpresa continua de los acontecimientos”. El pensamiento griego, por tanto, responde a la necesidad que tiene el hombre, y de la cual los filósofos griegos fueron pioneros en su toma de conciencia, de encontrar lo que permanece en las cosas (aquello en lo que consisten). Como también dice Zambrano, dando expresión a esa necesidad, “hay que buscar la realidad perenne, donde (las) apariencias brillantes no perezcan”, y puesto que las cosas y los individuos concretos demostraban ser tan variables e inconsistentes, había que elevarse por encima de su realidad, encontrar, más allá de ella, su ser esencial e invariable. Es de eso de lo que se encargó la entonces emergente filosofía, como asimismo señala Zambrano: “La Filosofía ha pretendido siempre la máxima objetividad, el mayor desprendimiento de lo individual: Dios, la naturaleza, el conocimiento, la universalidad”. Gracias a esta manera de confrontarse con las cosas o, más bien, de abstraerse por encima de ellas, los griegos dejaron sentadas las bases de las matemáticas y la geometría con las que andando el tiempo sería posible construir la ciencia y la técnica, a las que ellos solo realizaron una aproximación preliminar.
 
Ilustración: Samuel Martínez Ortiz
 
     Lo que, por su parte, Roma aportó a Occidente fue el Derecho. El poder, el mando, en vez de adaptarse a cada variable situación concreta o al arbitrio particular de quien lo detentaba, pasó entonces a subordinarse al imperio de la ley. La peculiaridad de esta es, pues, que establece una norma general que se eleva por encima de las particularidades de cada caso, algo no muy diferente de aquellas otras leyes del pensamiento que los griegos descubrieron, y que permitían encontrar un marco general en el que incluir lo esencial de las variables cosas concretas.
     Pero en la ley, en lo general que, en uno u otro ámbito, aportaron Grecia y Roma a nuestra historia, quedaban disueltas las cosas y los individuos concretos, quedaba relegada la realidad en favor de la abstracción y la idealidad. La razón griega y la ley romana solo dejaban a salvo lo general, que, evidentemente, permitía remansar la caótica variabilidad de las cosas y de los acontecimientos con sus fórmulas estabilizadoras (los conceptos en Grecia, la ley en Roma), y así poner orden en, respectivamente, el cosmos y la sociedad; pero en esas fórmulas no tenían cabida suficiente las cosas y los casos particulares, los individuos y sus experiencias concretas, en suma, la realidad, que quedaba restrictivamente acotada, incluso encorsetada. La razón produciendo ideas o la ley atendiendo casos generales resultaban ser así insuficientes: “La vida no puede ser vivida sin una idea –matiza Zambrano–. Mas esta idea no puede tampoco ser una idea abstracta. Ha de ser una idea informadora, de la que se derive una inspiración continua en cada acto, en cada instante; la idea ha de ser una inspiración”, es decir, ha de acercarse a las experiencias, a los casos concretos, porque, por sí sola, “la razón no es sino renuncia, o tal vez la impotencia de la vida”, del conjunto de experiencias concretas y variables que nos van aconteciendo a las personas.
     Pero para ello, para acercarse a las experiencias, es preciso despegarse de lo general, relegar la ley a un segundo plano. Es lo que vino a enseñar el primer cristianismo, el tercer gran pilar de Occidente: “Nos hemos emancipado de la ley –dijo, en efecto, San Pablo–, somos como muertos respecto a la ley que nos tenía prisioneros, y podemos ya servir a Dios según la nueva vida del Espíritu y no según la vieja letra de la ley”. El estoico Marco Aurelio, siguiendo las pautas contrarias establecidas por el pensamiento griego y romano, había mostrado su acatamiento a la ley natural cuando afirmó: “Solo al ser racional le ha sido dado seguir voluntariamente los acontecimientos, pues seguirlos sin más es obligatorio para todos”. Así pues, asumiendo estos principios, supeditándose a los dictados del mundo objetivo, al individuo no le quedaba nada que decir, que añadir o que esperar; su vida estaba ya regida y determinada por esos principios preestablecidos por la ley natural. “Pero ha habido algo –señala, sin embargo, Zambrano–, experiencias precisamente, que no se dejaron reducir a universalidades, que se resistió a ascender al cielo de la objetividad”. Y es que “bajo la objetividad (…) alguna esperanza ha quedado aprisionada”, mientras que “ser cristiano es no resignarse, agarrarse a la esperanza en lo imposible”. Y por ello, en ese contexto generalizador promovido por griegos y romanos, el de la ley natural que regía la marcha del mundo, es donde irrumpió San Pablo recomendando: “No os acomodéis a los criterios de este mundo; al contrario, transformaos, renovad vuestro interior para que podáis descubrir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. Mientras tanto, el de Tarso ya había señalado que la voluntad de Dios no era previsible, no se subordinaba a los criterios de la razón, sino que era su libre arbitrio el que la servía de pauta; en suma, que los acontecimientos no se sujetan a las previsiones de lo razonable, sino a la libre voluntad divina.
     Llevando al extremo esta cosmovisión que rechazaba la adaptación al orden que griegos y romanos habían añadido al mundo, Jesucristo afirmó: “Mi reino no es de este mundo”, y San Pablo le glosó: “El hombre mundano no capta las cosas del Espíritu de Dios. Carecen de sentido para él y no puede entenderlas, porque solo a la luz del Espíritu pueden ser discernidas”. Y así, mientras que Séneca el estoico (es decir, seguidor de las enseñanzas clásicas) afirmaba: “Es la naturaleza quien tiene que guiarnos; la razón la observa y la consulta”, desde el otro extremo, San Pablo explícitamente sostenía: “¿De qué, pues, podemos presumir si toda jactancia ha sido excluida? (…) ¿Acaso por las obras realizadas? No, sino en razón de la fe. Pues estoy convencido de que el hombre alcanza la salvación por la fe y no por el cumplimiento de la ley”. De esta manera, ha de ser la fe en nuestro destino personal, no la expectativa de lo que generalmente ocurre y resulta razonable pensar, lo que ha de guiar nuestros pasos. Tertuliano, uno de los Padres de la Iglesia, frente al dominio de la razón establecido por los griegos, señalaba que los parámetros que sustentaban su fe no eran los mismos que los de la razón: “Creo porque es absurdo”, decía. Y mientras otro estoico, el emperador Marco Aurelio, recomendaba “no referir la acción a ninguna otra cosa excepto al fin común”, es decir, a lo general, San Justino, que precisamente fue perseguido y finalmente decapitado cuando Marco Aurelio gobernaba en Roma, señalaba: “Evidentemente, ellos (los estoicos) intentan convencernos de que Dios se ocupa del universo en su conjunto, de los géneros y de las especies. Pero si no se ocupara de mí o de ti, de cada cual en concreto, nosotros no le rezaríamos noche y día”.
     Griegos y romanos por un lado y cristianos por el otro, vinieron a conformar, pues, la paradoja con la cual quedó constituido Occidente. Ortega y Gasset la dejó graciosamente explicada de esta manera: “El griego es ciego para el transmundo, para lo sobrenatural; el cristiano, por su parte es ciego para el intramundo, para la naturaleza. Y el cristiano tiene que hacerse explicar lo que él ve, pero no puede decir, por el griego que está ciego para lo que ve el cristiano. Casi, casi es el famoso diálogo en que el ciego pregunta al tullido: ¿Cómo anda usted buen hombre? Y el tullido responde: ¡Como usted ve, amigo!”. María Zambrano, por su parte, explicaba así esa paradoja constitutiva que confronta lo ideal y lo real, el ser y la existencia, la razón y la fe, y de la cual surgió Occidente: “La realidad llama a la existencia, al salir de sí; (mientras que) el ser, al embobamiento, al apagamiento tal vez. La situación verdadera del hombre es encontrarse entre ser y realidad”.
     Grecia y Roma crearon, pues, un marco para incluir dentro de él lo razonable, lo previsible, lo regular. El cristianismo llegó para que se prestara atención a lo personal, a lo irregular, inexplicable, misterioso (lo que más tarde, a la “muerte de Dios” que Nietzsche proclamó, pasará a denominarse definitivamente “absurdo”); en suma, a esa clase de arbitrariedad que le hacía decir a San Pablo: “Dios mismo dijo a Moisés: Tendré misericordia de quien quiera y me apiadaré de quien me plazca (…) Así pues, Dios muestra su misericordia a quien quiere y deja endurecerse a quien le place”; la misma arbitrariedad que le hacía exclamar a San Agustín: “¡Dios mío, ayúdame, no entiendo nada!”.
     La confrontación de la aportación clásica (lo razonable) con la del cristianismo (lo imprevisto o misterioso) sirvió para introducir un nuevo ingrediente en el que sustentar la cosmovisión occidental: la duda. Puesto que la razón no lo abarca todo, el cristianismo añadió a los instrumentos con los que conducirse en la vida algo que desde el punto de vista de la confrontación con el más allá sería la fe (la creencia en que más allá del misterio o del absurdo aguarda el sentido; “creo para entender”, decía San Agustín), y desde el punto de vista de nuestra confrontación con el mundo será la duda (la expectativa que obliga a abrir nuevas posibilidades en lo ya sujeto a norma). Descartes, situado en el punto de inflexión más crucial de la modernidad, es decir, de la etapa de madurez de Occidente, sancionó esa duda cuando dijo: “¿Qué es entonces lo cierto? Quizá solamente que no hay nada seguro”. Porque “de todas aquellas cosas que juzgaba antaño verdaderas no existe ninguna sobre la que no se pueda dudar”. Si esa duda sobre lo razonable, lo entendible, lo sujeto a ley, la recoge un hombre religioso, la proyecta, pues, en forma de fe. Y si quien la recoge es un hombre de ciencia, acabará buscando asiento para ella en el método experimental, que no se fía de los principios y leyes preestablecidos, sino que, una vez sentados estos, hace necesaria su confirmación o validación empírica a través de la comprobación experimental. El método científico emanó de esa clase de duda que la modernidad occidental, en cuanto que secuela del cristianismo, añadió a los principios generales que la razón de los filósofos griegos había diseñado. Según dictamina este método, toda teoría científica ha de incluir esa duda, es decir, la posibilidad de falsación de sus presupuestos; debe estar atenta, pues, a la eventualidad de que llegue a aparecer un solo hecho que contradiga esa teoría, porque entonces esta quedará desechada. Pues bien: gracias al método experimental (a la duda sistemática) se hicieron posibles las aportaciones más decisivas de Occidente a la historia de la humanidad, las que resultan de la ciencia y de la tecnología, que llegaban mal pertrechadas con las solas contribuciones de los griegos, las cuales solo tenían en cuenta la ley general, los principios preestablecidos, lo previsible y de lo que no cabía dudar.
      Esa duda que el hombre moderno añadió a la visión del mundo que se había conseguido desde principios racionalistas acabó incrustada en el espíritu del tiempo y se fue manifestando también en diversas formas de sospecha sobre la realidad aparente que había construido la razón. Además del desprestigio de esa razón que tan poderosamente impulsaron los románticos, Paul Ricoeur señaló a Marx, Nietzsche y Freud como principales “maestros de la sospecha”, al destacar cómo cada uno de los tres había apuntado hacia diferentes insuficiencias de la conciencia sostenida sobre principios racionales: Marx mantenía que por debajo de la visión dominante de la realidad (lo generalmente admitido) actuaban fuerzas económicas de las cuales tal visión sería solo un instrumento puesto a su servicio. Nietzsche afirmaba que la forma en la que la realidad se nos presentaba era solo una ficción que los débiles y los resentidos habían conseguido imponer. Y Freud desveló cómo poderosas fuerzas inconscientes pujaban debajo de las que aparentaban conducir nuestra vida consciente.
     La herencia griega, en suma (y subsiguientemente la romana), la que nos había legado el poderoso instrumento que significa la razón a la hora de poner orden en el cosmos y en la vida, está en crisis después de los últimos embates de la modernidad (especialmente desde el Romanticismo) y la posmodernidad. Aquella duda que quedó configurada como uno de los dos pilares básicos de Occidente se ha alzado de manera descompensada sobre su imprescindible complemento, la razón, la ley, el sentido, de modo que nuestra civilización se halla hoy sesgada en gran medida hacia el descrédito de esa realidad previsible, ordenada, acotada por las instituciones. Además de los terremotos que en sus respectivos ámbitos de influencia generaron las filosofías marxistas, nietzscheanas y freudianas, en otras muchas parcelas de nuestra cultura se ha recibido también el impacto de aquella duda sobre lo que desde la realidad construida por la razón se nos proponía. El arte, por ejemplo, se ha inclinado exageradamente hacia el lado del absurdo, de lo estrictamente inédito o innovador, desechando aquello que resulte comprensible, razonable, generalizable. Las relaciones sociales se han impregnado de inestabilidad, de improvisación, de ausencia de compromiso. Las instituciones y las tradiciones van cayendo en el descrédito. La moral se disuelve en espontaneidad y contingencia, y las decisiones que se toman tienden a subordinarse tan solo a los dictados de cada momento y cada lugar. La literatura y el cine juegan con la disolución de las fronteras entre la realidad y el delirio. A falta de un mundo aceptable por la generalidad, queda privilegiada la relativización máxima: cada individuo pasa a ser la medida de todas las cosas… El hombre occidental, en suma, está mostrándose incapaz de conjugar la paradoja que le constituye, de hacer la síntesis a que su herencia histórica le compromete entre razón y vida, esencia y existencia, lo general y lo particular. El próximo giro histórico habrá de ser, inevitablemente, hacia la recuperación de las parcelas de orden, sentido, razón, ley, que se necesitan para que nuestra paradoja constitutiva quede equilibrada.

sábado, 8 de agosto de 2015

Para qué hemos venido al mundo

     La realidad es el conjunto de obstáculos que se oponen a nuestra intrínseca propensión hacia el delirio, hacia ese error necesario, como lo llamaba Carlos Castilla del Pino. Necesario porque, como dice Cioran, “sólo se puede respirar en lo más hondo de la ilusión”, hasta el punto de que, para defender esa ilusión, ese delirio, estamos dispuestos a destruir “las crueles certezas que nos acechan”, incluso “(a embestir) contra las verdades”.
     De modo que convertimos la vida, en el mejor de los casos, en una sucesión de intentos de acoplamiento de nuestros delirios o ilusiones constitutivos a la realidad. En tiempos en los que ser español era algo importante y que prometía aportar contenidos suficientes con los que poder llenar la vida de experiencias enaltecedoras, Miguel de Cervantes imaginó para Don Quijote unos delirios de grandeza que sobrepasaban la realidad por su lado podríamos decir que superior, aquel en el que un simple hidalgo se dedicaba a soñar con heredar la corona de un rey tras casarse con su hermosísima hija y después de hacerse merecedor de tal destino, ya que no por linaje, sí por los grandes servicios prestados en las muchas batallas y enderezamiento de entuertos que tendría la oportunidad y el honor de prestar a ese rey al que acabaría heredando. Eran estos, sobrecargados de energía, los tiempos que el mismo Cioran evocaba cuando, en otros suyos ya declinantes, reflexionaba de esta manera: “Silencio nocturno en los jardines del Sur… ¿Sobre quién se inclinan las palmeras? Sus ramas parecen ideas fatigadas. En otro tiempo, cuando en la sangre llevaba más alcohol y más España, mi furia las habría hecho volverse hacia el cielo, mi pasión habría enderezado su cansancio terrenal y los latidos de mi corazón las habrían empujado hasta la proximidad de las estrellas”.


     Dos siglos después, en España había ya más tribulación y bastante menos autoestima. La invasión napoleónica había dejado en nuestro país unas consecuencias desastrosas, prolongadas en penuria por los lamentables efectos de la vuelta de Fernando VII al poder. Por entonces, Goya sobrepasó con su arte la realidad por su lado más tenebroso cuando plasmó sus delirios en las pinturas negras o en los grabados que realizó, en los que vino a expresar, incluso literalmente, que cuando uno se pone a soñar, lo que hace en realidad es producir monstruos. Estaba así Goya inaugurando entre nosotros la era del desánimo, del nihilismo, de la desorientación, una era en la que se han hecho compatibles un gran avance científico y técnico con la sensación de no saber a dónde vamos o, aún peor, de que no vamos a ningún sitio. El biólogo Jacques Monod dejó plasmado tal estado de ánimo en estas palabras que transcribió en su emblemático libro “El azar y la necesidad”: “El hombre sabe al fin que está solo en la inmensidad indiferente del Universo, de la cual ha emergido por azar. Así como su destino, su deber no está escrito en parte alguna. A él le toca escoger entre el Reino y las tinieblas”. Obligado, pues, a elegir lo que ha de hacer con su vida en vez de simplemente acatar mandatos de autoridades que le trascendían, el hombre no ha superado su etapa de tinieblas y perplejidad, y o bien se refugia en sucedáneos de aquella trascendencia que antes le guiaba y que, como los totalitarismos que asolaron el siglo XX o aun hoy siguen haciendo los nacionalismos, le prestan una impostada y alucinatoria sensación de finalidad y sentido, o simplemente se deja decaer en el a fin de cuentas balsámico regazo del nihilismo, de la sensación de que a nada se está obligado salvo a los fragmentarios requerimientos del día a día, a la espera de que llegue esa fase drásticamente resolutiva que es la del olvido definitivo.

     Pero no es cierto que si nada ni nadie nos empujan u obligan a ir a sitio alguno, si no existe una finalidad preestablecida que acoja nuestros destinos particulares, de ello se deduzca que no hay ningún sitio a donde ir. La finalidad, el sentido que necesitan nuestras vidas para merecer ser vividas pueden, efectivamente, constituir el núcleo del componente de delirio que traemos con nosotros cuando nacemos, y que busca cómo aterrizar en el (al menos aparente) absurdo, azar, falta de sentido que rige la marcha del Universo. Pero rendirse a ese absurdo no es la opción. Lo que el hombre trae consigo en el envoltorio de eso que a menudo parece simple delirio es una misión, la de añadir sentido allí donde no lo hay, poner orden y finalidad en un mundo que se muestra para empezar indiferente, cuando no hostil, a esas necesidades morales nuestras. Los hombres hemos venido al mundo no para subsumirnos en su absurdo constitutivo sino para redimirlo de él.

sábado, 25 de julio de 2015

Por qué es tan alto el nivel de exasperación de los españoles

     En España, el tono en el que se desarrolla nuestra convivencia viene lastrado por un alto grado de exasperación que se hace especialmente patente en cuanto llegamos a rozar la fibra de los temas que se relacionan con la política. Parecería que esa exasperación tiene causas objetivas que la justifican suficientemente, y que hicieron eclosión en aquel movimiento de los “indignados” que, como el “fantasma que recorría Europa” en tiempos de Marx, Engels y su Manifiesto Comunista, empezó a recorrer esta vez más estrictamente nuestra geografía hacia 2011. El paro, la corrupción y los recortes fueron principalmente los motivos que se adujeron como más que suficientes para aquella explosión de indignación que acabó cristalizando, sobre todo, en la formación política Podemos.
     Sin embargo, es posible argumentar a propósito de la existencia de un sustrato emocional en nuestro estado de ánimo colectivo que nos predispondría para esa exasperación que desde hace un tiempo prende con especial facilidad entre nosotros, los españoles, y que no necesita más que la aparición de detonantes ocasionales para hacer erupción. Un primer atisbo de esa exasperación profunda que anida en nuestra alma colectiva podemos tenerlo al atender al nivel de los decibelios en que suelen transcurrir las conversaciones sobre temas políticos entre nosotros (siempre y cuando no hayamos ya desechado preventivamente la posibilidad de hablar de cosas así). La consecuencia de esa forma de conversar o, más bien, discutir, es que, en la misma proporción en que sube el volumen de las voces, baja la posibilidad de razonar e influirse mutuamente. Y el caso es que esas maneras tan rotundas de expresarse no indican precisamente seguridad en quien así se manifiesta, sino probablemente lo contrario, porque, como decía Ortega y Gasset, “cuando los hombres no tienen nada claro que decir sobre una cosa, en vez de callarse suelen hacer lo contrario: dicen en superlativo, esto es, gritan. Y el grito es el preámbulo sonoro de la agresión, del combate, de la matanza. ‘Dove si grida non è vera scienza’–decía Leonardo. Donde se grita no hay conocimiento”.


Ilustración: Samuel Martínez Ortiz
 
 
     Pero no solo en las conversaciones, también en otros modos más generales de expresar opiniones queda en evidencia esa exasperación profunda de la que hablamos, tan estéril dialécticamente como peligrosa para el normal desarrollo de la convivencia, especialmente si quienes la manifiestan tienen poder político. La actualidad suele traer a menudo ejemplos de ello. Por citar alguno, recordaremos cómo hace unos días se hicieron públicos unos tuits que hizo circular por internet Marisol Moreno, concejal en el Ayuntamiento de Alicante por Guanyar Alacant (formación integrada por Podemos, IU y otros colectivos) en los que escribió frases del estilo de:Mirar (sic) a estos hijos de puta... una (sic) bomba os tiraba yo a vosotros”, u otras semejantes refiriéndose a las personas que estaban en la plaza de toros de Pamplona, o comentarios apostando por utilizar las subvenciones destinadas a los toros para “asesinar políticos”. "No me da la gana que mis impuestos subvencionen asesinatos. A no ser que sean los de los políticos...", espetaba al subir la imagen de una campaña contra la tauromaquia. Algunos de esos tuits han sido eliminados de su cuenta de Twitter, otros aún los conserva. Marisol Moreno, que en Twitter se llama 'Marisol La Roja' (@marisolLaRoja), es ahora la titular de la recién creada concejalía de Protección Animal y se le ha asignado un sueldo de 50.600 euros anuales, según recogió ABC.

     Por no salir de los ejemplos que ha proporcionado la prensa estos últimos días, podríamos hablar también de cómo, a raíz de las concesiones que decidió hacer el gobernante griego Tsipras a las instituciones económicas europeas, David Torres, un columnista de 'Público' pedía a este gobernante que tuviera la "decencia", de pegarse un tiro en la boca. También encajarían aquí los exasperados tuits del concejal madrileño Guillermo Zapata en los que se burlaba de las víctimas del terrorismo o hacía chistes cómplices con los modos en que los nazis llevaron a cabo el holocausto de los judíos. Tampoco estarían fuera de lugar en este contexto las muestras de solidaridad que toda la extrema izquierda manifestó hacia Alfonso Fernández Ortega, “Alfon” para sus muchos simpatizantes, cuando fue detenido y encarcelado hace unas semanas por orden del Tribunal Supremo por ser portador de una bomba cargada con metralla en la última jornada de huelga general que hubo en España. Pero no creo que sea necesario extenderse demasiado con los ejemplos: las muestras de exasperación producidas en los ámbitos en los que de alguna forma está implicada la política son suficientemente cotidianas y evidentes para todo el mundo, y no parece que sea preciso realizar un catálogo minucioso o exhaustivo de las mismas. Lo que procede, en cambio, es tratar de entender las raíces de esta exasperación colectiva, que, al amparo, en principio, de la bandera de la “indignación”, se ha adueñado de determinados sectores sociales.

 
     Hay un estrato del alma occidental en el que parece tomar inicial asiento este sentimiento de exasperación que nos caracteriza de un modo especial a los españoles. En ese estrato, el sentimiento que sirve de plataforma y palanca a nuestra exasperación es el desasosiego, algo que, situado en el contexto de una vida como la actual, en la que, en comparación con la de cualquier tiempo pasado, y a pesar de tantos inconvenientes, existen facilidades para llevarla a cabo que nunca antes existieron, a Ortega le resulta intrigante: “Nunca, ni de lejos –dice, en efecto– han contado estos pueblos de Occidente, y en general la humanidad, con más medios ni facilidades para vivir (¡lo decía en 1935!). ¿Cómo se explica entonces esa radical desazón?”. Y prosigue más adelante intentado encontrar una respuesta para tal pregunta: “Os invito a que imaginéis (el) caso de un hombre que se encuentra sin saber lo que tiene que hacer, lo que tiene que ser; que no lleva dentro de sí ningún horizonte de vida sinceramente suyo que se le imponga con plenitud y sin reserva (…)  Pues bien: yo creo que esto es lo que acontece a los hombres de Occidente: no saben de verdad qué hacer, qué ser, ni individual ni colectivamente”. Lo cual se traduce en una serie de comportamientos característicos: “En todas partes se advierte una protesta, una urgencia por reformar todo y por reformarlo hasta la raíz, que contrasta ostensiblemente con la falta de ideas claras sobre la sociedad, sobre el individuo”. En otro momento, y mientras conducía su reflexión por derroteros diferentes de los anteriores, el mismo Ortega añadía interesantes matices al asunto del que tratamos: “El mal humor es estéril –afirmaba entonces–. Todas las grandes épocas han sabido sostenerse sobre el abismo de miseria que es la existencia, merced al esfuerzo deportivo de la sonrisa. Por eso los griegos pensaban que el oficio principal de los dioses era sonreír y hasta reír. El rumor olímpico es, por excelencia, la carcajada”. Pero, concluye, “todas las potencias del mal están muy interesadas en instaurar el mal humor. Saben que un pueblo donde el mal humor se establezca es un pueblo destruido, aventurado, pulverizado”.
     Resultan irrenunciables estas reflexiones de Ortega si queremos abordar problemas como este del estado de ánimo de los españoles. Pero no haremos mal en complementarlas con estas otras de su más conspicuo discípulo, Julián Marías, que extraemos de una conferencia que dio sobre el tema, “Etapas y discordancias en la felicidad media de los españoles” (se puede seguir esa conferencia en este enlace de youtube: https://www.youtube.com/watch?v=yOPiRbQI3pI ). Dice Julián Marías que el español tiene cierta propensión a estar renegado, que se muestra a lo largo de la historia, y que se puede resumir en la sensación que suele quedar expresada cuando se dice: “la vida es un asco”. Y sin embargo, esta manera de ser ha sido tradicionalmente compensada por el hecho evidente de que, también a lo largo de la historia, el español ha sido bastante feliz. Hace un repaso de las distintas etapas históricas y va extrayendo esta conclusión de las muestras que aporta la literatura, el teatro, la pintura y otras expresiones culturales, incluida también la música. Y todo ello, incluso en el contexto de las dificultades económicas, de las restricciones impuestas a las ideas y de las guerras en las que estuvimos implicados. Resulta especialmente llamativo que, ya en el siglo XIX, después de los seis terribles años de guerra contra Napoleón y de la represión que Fernando VII llevó a cabo contra los liberales, en la época de los románticos, tan aparentemente sesgados, como estaban, hacia lo trágico, lo doloroso, la tristeza… los españoles vivían, sin embargo, impregnados de pasión, intensidad y alegría de vivir. “Es posible que nunca haya habido tanta felicidad real en España como en la época romántica”, llega a afirmar Marías de este período, por otro lado tan atribulado, de la historia de España.
     Pero hay un momento, ya bien entrado el siglo XX, en el que los españoles empiezan a no sentirse bien, a causa de algo terriblemente peligroso, que es la politización; no la política, que es algo importante, noble y necesario, sino la politización, que es otra cosa, y que significa que la política oculta todos los demás planos de la vida social. Esto empieza a producirse en España, dice Marías, a partir, quizás, de 1917 (en ese año se llevó a cabo una importante huelga general), en que aparecen los primeros síntomas, que se van acentuando con los reveses de la Guerra de Marruecos, la Dictadura de Primo de Rivera… Ya a partir de entonces, en las preocupaciones de la gente predomina de manera muy especial y exclusiva la política. Empieza a aparecer la discordia entre los españoles. La discordia no quiere decir que la gente opine cosas diferentes o incluso que luchen los diferentes bandos por sus respectivas ideas de cómo deben de ser las cosas. No; la discordia significa que unas personas no quieren convivir con las otras. Y esto es lo que emerge en estos años, y acabará de hacer erupción en nuestra Guerra Civil. Fue un proceso lento, que empezó por afectar solo a algunos sectores de la población, pero que se fue extendiendo hasta acabar en aquella terrible explosión de odio que fue la guerra.
     Pese a todo, después de aquello, de aquella horrible experiencia bélica, al acabar la guerra, la reacción de los españoles ante lo mucho que pudiera encontrarse de malo y penoso la resume Marías en tres palabras: ganas de vivir (y lo dice Marías, que tuvo que sufrir prisión al final de la guerra por haber militado en el bando republicano). Aconteció, pues, una explosión de ganas de vivir; se vivía mal, porque fueron tiempos muy difíciles, pero se tenían ganas de vivir. Se recuperó un sentimiento que había caracterizado a los españoles desde, al menos, el siglo XVI: la vitalidad. Consiguientemente, la discordia fue superándose y quedando, al final, más o menos orillada solamente en los ámbitos que sojuzgó el nacionalismo.
     Sin embargo, esa discordia sufrió un rebrote con José Luis Rodríguez Zapatero, uno de los peores gobernantes que hayamos tenido nunca, que hizo todo lo necesario para que reverdecieran las atribuladas emociones que habían predominado durante la guerra civil, lo cual acabó cristalizando finalmente en su Ley de Memoria Histórica. La oleada de crispación y exasperación que ahora estamos sufriendo tiene su precedente y su fuente más inmediata en las actitudes irresponsables de aquel iluminado adolescente tardío.
     Desde luego, hace falta cambiar muchas cosas en España. Algunas de ellas (solo algunas), coinciden con las que demandan nuestros indignados vocacionales. Pero si la etapa histórica que ha de venir para proveer esos cambios está canalizada a través de la discordia, el rencor y la exasperación, ya es posible prever que iremos de mal en peor.