sábado, 18 de junio de 2011

PSICOSOCIOLOGÍA DEL INDIGNADO FETÉN

Cuando caímos en este mundo, todos traíamos con nosotros, en su forma incipiente, la sensación de que hubiéramos merecido algo mejor. O dicho en negativo: sentimos que algún pecado debimos cometer antes para acabar cayendo aquí, en este lacrimoso valle. Desde entonces (desde siempre) nuestra relación con el mundo, con la realidad, ha sido dificultosa. La civilización ha sido el instrumento a través del cual hemos ido atemperando nuestros conflictos con ella; a esto es a lo que Freud llamaba, precisamente, “principio de realidad”, que cuando nuestra inadaptabilidad se sesga hacia el delirio persecutorio (en vez de hacia el delirio de culpabilidad, conceptos de los que hablamos hace un par de artículos), nos exige añadir a las capas profundas (infantiles) de nuestra personalidad otra más, que en su fase menos elaborada es simple tolerancia a la frustración, y en las más elaboradas, hace que se vayan rellenando los espacios entre el deseo y la satisfacción con todos esos productos que denominamos “cultura”, de una forma semejante a como un árbol rellena el camino hacia su objetivo, el fruto, con toda la frondosidad de que, dilatado en el tiempo, le hace capaz su impulso hacia él.

Dejaremos a un lado la línea evolutiva que nace en el delirio de culpabilidad. Dentro del proceso que nace en el delirio persecutorio, la personalidad infantil se caracteriza por la impulsividad, la excitabilidad, la versatilidad, la irresponsabilidad… Si tratamos de unificar todos esos caracteres, valdría decir que el niño es incapaz de aceptar el aplazamiento, la distancia que la realidad impone entre el deseo y la satisfacción; considera algo así como una “injusticia” que el mundo no se comporte de acuerdo con sus deseos, y, en términos politicoides, podríamos decir que él, por su parte, se conduce como si la utopía fuese posible ya mismo. Al proceso adaptativo que lleva a aceptar que entre el deseo y su satisfacción medie la acción dilatoria que ejerce la realidad, Carl Gustav Jung lo llama “proceso de individuación”. Gustave le Bon y Sigmund Freud, titulan de la misma forma, “Psicología de las masas”, los respectivos textos en los que estudian el modo en que la personalidad infantil se refugia y vuelve a asomar en el comportamiento propio de las multitudes (si no los que más, estos dos libros están entre los que más notoriedad han adquirido de todos los que han tratado temas de psicología social).

Una multitud es un organismo viviente dotado de un alma común a todos los individuos que la componen, que –dice Le Bon– les hace a éstos “sentir, pensar y obrar de una manera por completo distinta a como sentiría, pensaría y obraría cada uno de ellos aisladamente”. En la multitud, por tanto, se tienden a borrar las adquisiciones individuales (las que se deducen del “proceso de individuación”), despareciendo así la personalidad de cada uno de los que la integran, e irrumpiendo alternativamente la uniforme base inconsciente (infantil) común a todos. Continúa Le Bon: “La desaparición de la personalidad consciente, el predominio de la personalidad inconsciente, la orientación de los sentimientos y de las ideas en igual sentido, por sugestión y contagio, y la tendencia a transformar inmediatamente en actos las ideas sugeridas, son los principales caracteres del individuo integrado en una multitud. Perdidos todos sus rasgos personales, pasa a convertirse en un autómata sin voluntad”. Y viene a concluir: “Por el solo hecho de formar parte de una multitud desciende, pues, el hombre varios escalones en la escala de la civilización. Aislado, era quizá un individuo culto; en multitud, un bárbaro. Tiene la espontaneidad, la violencia, la ferocidad y también los entusiasmos y los heroísmos de los seres primitivos”.

“La multitud es impulsiva, versátil e irritable –dice Freud por su parte, glosando las ideas de Le Bon– y se deja guiar casi exclusivamente por lo inconsciente”, es decir, por aquellos impulsos infantiles que arriba veíamos que se originan en el delirio persecutorio y que empujan hacia la imposible realización inmediata del deseo. “Abriga un sentimiento de omnipotencia –prosigue Freud–. La noción de lo imposible no existe para el individuo que forma parte de una multitud”. Ésta, por tanto, carece del sentido crítico necesario para diferenciar entre lo deseable y lo posible, se comporta como un niño malcriado que no tolera que le contradigan. No admite matizaciones y tiende a la exaltación y a la crispación cuando frente a ella se interpone algún obstáculo. “Las multitudes no han conocido jamás la sed de la verdad. Piden ilusiones a las cuales no pueden renunciar (…) Tienen una visible tendencia a no hacer distinción entre (lo real y lo irreal) (…) como sucede en el sueño y en la hipnosis, la prueba por la realidad sucumbe, en la actividad anímica de la masa, a la energía de los deseos cargados de afectividad”.

“Las multitudes llegan rápidamente a lo extremo –seguimos con Freud–. La sospecha enunciada se transforma ipso facto en indiscutible evidencia. Un principio de antipatía pasa a constituir en segundos un odio feroz”. Puesto que, como en los niños, las emociones se superponen al raciocinio, es inútil, frente a ellas, argumentar lógicamente. Por el contrario, tienden a traducir esas emociones en consignas simples y repetitivas, sustentadas en una mínima (y a menudo contradictoria) dosis de argumentos racionales.

Una adquisición fundamental del proceso de individuación son los frenos al impulso que impone la moralidad; algo que tiende a desaparecer en el infantilizado comportamiento de las multitudes. Así lo entiende Freud: “(…) (Respecto de la moralidad de las multitudes) en la reunión de los individuos integrados en una masa desaparecen todas las inhibiciones individuales, mientras que todos los instintos crueles, brutales y destructores, residuos de épocas primitivas, latentes en el individuo, despiertan y buscan su libre satisfacción”.

Los dos principios dinámicos en los que se fundamentaría la psicología de las multitudes serían la inhibición de la función intelectual y la intensificación de la afectividad. Cuanto más groseras y elementales sean las emociones, más probabilidades presentan de propagarse por contagio entre la masa, cuyo número da al individuo la impresión de un poder ilimitado. Por ello, resulta peligroso ser, frente a ella, individuo aislado que, si se rinde a su influencia, se comportará, dice Freud, de esta manera: “para garantizar la propia seguridad deberá cada uno seguir el ejemplo que observa en derredor suyo, e incluso, si es preciso, llegar a ‘aullar con los lobos’ ”. Así quedaría explicada, en buena medida, la característica sugestibilidad o capacidad de contagio propia de la masa. Ésta “se comporta, pues, como un niño mal educado o como un salvaje apasionado y no vigilado en una situación que no le es familiar. En los casos más graves se conduce más bien como un rebaño de animales salvajes que como una reunión de seres humanos”.

Bien, pues partiendo de todos estos presupuestos teóricos, no creo que nos resulte muy difícil encontrar la vía por la que podamos llegar a vincularlos al análisis de nuestra inquietante actualidad. Éste sería un posible argumento mediador: a partir de algún momento, la constitución de grupos de personas en las que eventualmente predomina la sensatez, la reflexión y la contención, puede llegar a derivar en la formación de una masa humana con las peculiaridades en su comportamiento propias de ese organismo colectivo al que Le Bon y Freud aplican toda su sabiduría psicológica. ¿Cuál podríamos escoger como momento en el que la sensatez transita hacia el infantilismo? Pues aquel en el que las demandas de la multitud se impregnan de utopismo, en desprecio del principio de realidad, que, en una sociedad democrática, podríamos hacer equivalente al principio de legalidad.

Desde hace tiempo tenemos en España un ejemplo muy destacado de comportamiento multitudinario infantil: el de los bagaudas batasunos, entre los cuales lo emocional ha desplazado a lo racional, no admiten un no a sus exigencias, la individualidad ha quedado desplazada por la sensación de pertenencia al cuerpo místico, tienen localizado al enemigo que les impide el acceso a su paraíso utópico y dirigen contra él toda la violencia de que les hace capaces su (infantil) frustración, no hay freno moral que se contraponga a sus pretensiones, dividen al mundo en dos bandos perfectamente definidos: amigos y enemigos, y desprecian totalmente el principio de realidad (legalidad).

¿Hay más ejemplos en la España actual de este tipo de comportamiento multitudinario?

Mañana, 19 de junio, se va a llevar a cabo en Madrid una manifestación convocada por el movimiento 15-M, algunos de cuyos miembros todavía piensan que es un movimiento intrínsecamente pacifista. Uno de los seis convocantes de la manifestación es Ángeles Maestro, que en 2005 concurrió en las elecciones europeas como número 5 de Iniciativa Internacionalista-La Solidaridad entre los Pueblos, marca que fue avalada por Batasuna-ETA. Maestro siempre ha destacado por su cercanía y simpatía con el entorno proetarra, ya fuera pidiendo el voto para el Partido Comunista de las Tierras Vascas o participando en actos batasunos. Otro de los convocantes es Aitor Otaduy, también cercano al ambiente proetarra, miembro del partido Izquierda Castellana y de la Coordinadora Antifascista, formada por distintos grupos de extrema izquierda y que, como los castellanos sabemos, ha destacado por los altercados que ha protagonizado. También fue en las listas para las elecciones europeas, al igual que Maestro.

¡Vaya por Dios!, me ha vuelto a pasar otra vez: ya no me queda espacio para vincular las premisas de este silogismo y extraer las conclusiones. Así que las dejo al buen criterio de quien haya tenido la paciencia de leerme hasta aquí.

sábado, 11 de junio de 2011

CATORCE DÍAS DE FELICIDAD

Abderramán III debería haber sido feliz. Tuvo todo el poder en la España musulmana del siglo X, a lo largo de 50 de los 70 años que vivió; 32 de ellos, como califa. Residía en Córdoba, la ciudad más deslumbrante de su tiempo, con un millón de habitantes (pocos de ellos analfabetos), 70 bibliotecas creadas por él mismo, y el foco desde el que se irradiaba la más alta civilización del mundo de aquel entonces. Para su solaz, además de para dirigir desde allí los destinos de al-Ándalus, construyó la ciudad palatina de Medina Azahara, un auténtico paraíso terrenal. No se privó de ningún placer. El éxito le acompañó tanto en sus empresas militares como en las personales, aunque entre aquéllas no lograra incluir la definitiva derrota de los reinos cristianos del Norte. Pese a todo, al final de sus días escribió: “He reinado más de cincuenta años, en victoria o paz. Amado por mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. Riquezas y honores, poder y placeres, aguardaron mi llamada para acudir de inmediato. No existe terrena bendición que me haya sido esquiva. En esta situación, he anotado diligentemente los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: suman catorce. Ni uno más, ni uno menos”.

“La felicidad –decía Ortega– es la coincidencia de nuestro yo con las circunstancias”. ¿Qué otras circunstancias pueden serle más favorables al yo que aquéllas que el primer califa de al-Ándalus disfrutó? Si aun así la felicidad no llega, ¿qué es lo que lo impide? ¿Es realmente posible alcanzar la felicidad? El mismo Ortega lo niega: “Es el hombre el único ser infeliz, constitutivamente infeliz. Mas, por lo mismo, está lleno todo él de ansia de felicidad. Todo lo que el hombre hace lo hace para ser feliz. Y como la Naturaleza no se lo permite, en vez de adaptarse a ella como los demás animales, se esfuerza milenio tras milenio en adaptar a él la Naturaleza, en crear con los materiales de ésta un mundo nuevo que coincida con él, que realice sus deseos”. Los hombres, pues, no estaríamos destinados a ser felices, sino sólo a pretenderlo. Nunca llegarán a coincidir del todo el yo y las circunstancias; como también dijo Sören Kierkegaard, “el individuo es algo inconmensurable con la realidad”. Heinrich von Kleist, escritor romántico, vino a decir lo mismo en una de las cartas que escribió a su hermana: “Soy un hombre inexpresable”, un hombre, pues, incapaz de encontrar en la realidad elementos con los que vestir su mundo interior. Algo que finalmente tuvo para Kleist efectos dramáticos: a los treinta y cuatro años se suicidó. Ya había explicado a su hermana en otra carta que “ser poca cosa sólo duele en el mundo, fuera de él no duele”.

Algo buscamos en la vida que no acabamos de encontrar en el mundo. “El hombre es un sistema de deseos imposibles en este mundo”, vuelve a decir Ortega. Después de tantas andanzas y tantos esfuerzos, Don Quijote, a punto de aceptar las limitaciones que el mundo impone, al final de su periplo aventurero, confesaba a su escudero: “Yo hasta agora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos”. Nietzsche se permitía generalizar esa misma descorazonada conclusión del hidalgo manchego: “No alcanzamos la esfera en que hemos situado nuestros valores, con lo cual (…) estamos cansados, porque hemos perdido el impulso principal. ‘¡Todo ha sido inútil hasta ahora!’ ”. El autor del Libro de Job deja constancia en la Biblia de esa búsqueda infructuosa que llevamos a cabo: “¿Dónde se encuentra la sabiduría? ¿Cuál es la sede de la inteligencia? El hombre ignora su precio, no la puede encontrar en este mundo. El abismo dice: ‘No está en mí’, y el mar: ‘No está conmigo’ ”. Y puesto que a eso que buscamos lo llamaba Dios, dice también:

“Mas voy a oriente y no está allí,
a occidente, y no doy con Él.
Lo busco en el norte y no lo encuentro,
en el sur, y no alcanzo a verlo”

Don Quijote, al poco de abismarse en este tipo de reflexiones, regresó a la cordura, aceptó que aquello a lo que aspiramos es una quimera inalcanzable, se adaptó al mundo que efectivamente hay… a costa de empezar a deslizarse por el plano inclinado que sucesivamente le llevaría a la depresión y a la muerte. Ya advierte María Zambrano que “vivir es no poder reposar hasta la muerte”. Anticipar aquel reposo equivale a adelantar esta muerte. “Vivir, al menos humanamente, es transitar, estarse yendo hacia… siempre más allá”, concreta aún más Zambrano. No fue gratis que Don Quijote recobrara finalmente el juicio y la lucidez; como dice Cioran: “Toda lucidez es consecuencia de una pérdida”. O también: “La conciencia indica siempre una ausencia”. La misma María Zambrano, muy apreciada por Cioran, viene a rematar este encadenamiento de reflexiones: “Al hombre no le basta con vivir y cuando solamente vive, ni vive tan siquiera”.

Parecería que con lo dicho sería suficiente para dar por concluidos los silogismos que hemos intentado construir. Podríamos terminar diciendo que la vida es ese flujo de aconteceres que vamos dejando atrás mientras perseguimos la inalcanzable felicidad; que, como pensaba Sartre, “el hombre es una pasión inútil”, y fin del razonamiento; nos vemos en el siguiente artículo... Pero Nietzsche, sin necesariamente negar todo lo dicho, o sólo haciéndolo en apariencia, viene a prolongar nuestros cogitabundos desvelos al irrumpir afirmando: “Hace ya mucho tiempo que yo no aspiro a la felicidad, aspiro a mi obra”. Porque si resulta que no pretendíamos ser felices, hay que volver a empezar. Hegel, quién lo diría, viene a ayudarnos a entender a Nietzsche, aunque eleva la perspectiva hasta implicar en su forma de mirar a los hombres como conjunto: “La historia no es el terreno para la felicidad. Las épocas de felicidad son en ella hojas vacías. En la historia universal hay, sin duda, también satisfacción; pero esta no es lo que se llama felicidad, pues es la satisfacción de aquellos fines que están sobre los intereses particulares. Los fines que tienen importancia, en la historia universal, tienen que ser fijados con energía, mediante la voluntad abstracta. Los individuos de importancia en la historia universal que han perseguido tales fines se han satisfecho, sin duda, pero no han querido ser felices”. La vida, pues, sería una tarea que hay que intentar llevar a cabo, no un mero instrumento a través del cual perseguir la felicidad. Cumplir con tal tarea no garantiza alcanzar esa felicidad, sólo consiente que nos sintamos satisfechos; incluso pudiera ser que la búsqueda de esa satisfacción nos conduzca por caminos contrapuestos a los de la felicidad. Nietzsche es en esto taxativo: “¡Qué importa mi felicidad! –exclama– Es pobreza y suciedad y un lamentable bienestar”. Y Kierkegaard (éste sí que se sentiría extraño aquí, en compañía de Hegel) abunda: “No hay más que una vida desperdiciada, la del hombre que vivió toda su vida engañado por las alegrías o los cuidados de la vida”. Y, cómo no, también Ortega: “Nada hay en el interior de nuestra vida que parezca plenamente satisfactorio y por sí mismo se justifique. Nuestra existencia es en sí misma un vacío de sentido, una extraña realidad que consiste en ser algo que, en definitiva, es nada, es la nada siendo, es la pretensión de algo positivo que se queda en pura pretensión fallida”.

En suma, que estamos obligados a aceptar que “toda vida se vive en inquietud” (María Zambrano), y si es así, la felicidad, que es un estado de serenidad y contemplación, podría incluso llegar a distraernos. Hay que saber a lo que estamos; atendamos a cómo lo dice Ortega: “Lo que vale más en el hombre es su capacidad de insatisfacción. Si algo de divino posee es, precisamente, su divino descontento, especie de amor sin ser amado y un como dolor que sentimos en miembros que no tenemos”. No es la felicidad, pues, lo que hemos de buscar, aunque tampoco se trata de rechazar los rastros que de ella nos lleguen. Crudamente, como siempre, es lo que quiere decirnos Nietzsche aquí: “Goce e inocencia son, en efecto, las cosas más púdicas que existen: ninguna de las dos quiere ser buscada. Se debe tenerlas, ¡y se debe buscar más bien culpa y dolores!”.

Atrevámonos a corregir a Nietzsche: no somos lo que buscamos ser ni lo que resultamos ser; somos un estado de búsqueda, somos bajo la forma de pretensión de ser. Dejemos que el mismo Nietzsche se corrija: “En última instancia lo que amamos es nuestro deseo, no lo deseado”. No desmerece, todo lo contrario, la manera en que también lo dice Ortega: “(El) yo auténtico (…) queda a la espalda de nuestra vida efectiva como su misteriosa raíz, como queda el puño a la espalda del dardo lanzado, y que no se puede concebir bajo ninguna de las categorías externas y cósmicas”. Y qué decir de esta otra manera de expresar lo mismo, la de León Felipe:

“Sabemos que no hay tierra
ni estrellas prometidas.
Lo sabemos, Señor, lo sabemos
y seguimos, contigo, trabajando”
Entonces –deberíamos preguntarnos– ¿no hay nada al otro lado de nuestra pretensión? ¿El ser es nada más, como decía el catecismo, lo que era en un principio? ¿Somos sólo nuestros principios y nada de nosotros se ha de quedar a esperar los resultados? El caso es que, para responder a estas preguntas, habría que empezar de nuevo por tercera vez. Y este artículo se ha pasado en extensión cuatro pueblos y dos áreas de descanso. Quizás otro día…


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martes, 31 de mayo de 2011

CULPA E INDIGNACIÓN NOS ACOMPAÑAN DESDE QUE NACIMOS

Vicente Javier y Gabriel: me he puesto a escribir algo para contestaros, pero como me enrollo como las persianas, al final he pensado que lo mejor es hacer un nuevo artículo con lo que se me va ocurriendo, tratando de poner orden en la moto acelerada que parece ahora mi cabeza a raíz de vuestros comentarios.

También yo pienso, Vicente Javier, que el sentimiento de indignación (ése sería uno de sus nombres posibles; otro, agresividad) nos acompaña desde que aparecimos como especie y como individuos. Y creo, Gabriel, que tenemos abierta por aquí una vía a través de la cual indagar en las motivaciones profundas de esa indignación social que puede desviarse hacia la venganza y el consiguiente enfrentamiento y disgregación social (reflexión ésta cuyo perímetro has ampliado cualitativamente con los ejemplos que añades referidos a Chile, tu país, de los que, al menos en lo que se refiere a la polémica por la construcción de las centrales hidroeléctricas en la Patagonia, algo se ha llegado a saber aquí). Así que propongo hacer una especie de arqueología del sentimiento de indignación. La cual empezaría haciéndonos excavar y bajar un escalón, hasta constatar que hay otro sentimiento, creo yo, aún más profundo y primordial que ése: el desasosiego o, más claramente dicho, la angustia, que podríamos considerar como el sentimiento original, del que todos los demás fueron surgiendo. De lo perturbador que, debido a que se realiza en su compañía, resulta el hecho de nacer, daba cuenta León Felipe, aquel poeta para el que vivir era estar condenado al exilio, en estos versos:

“Y me ha parecido siempre que el que nace, el que llega, llega como forzado...
que alguien lo empuja por detrás, que lo echan a puntapiés y puñetazos
de algún sitio, y le arrojan aquí... que por eso aparece llorando”
Unido a la angustia, enseguida irrumpe también otro sentimiento extraordinariamente peculiar: la nostalgia. “Peculiar”, porque de lo que sentimos nostalgia es de la Nada que dejamos atrás, es decir, de algo que nunca tuvimos (en todo caso fue ella la que nos tuvo a nosotros). El mismo León Felipe demostraba sufrir de esa añoranza inclasificable cuando, en un momento de desánimo (existencial, no ligado a una circunstancia concreta) escribía:

“Señor del Génesis y el Viento...
vuélveme al silencio y a la sombra,
al sueño sin retorno y a la Nada infinita...
No me despiertes más”
Job, el personaje bíblico, a punto de perder su proverbial paciencia, también sentía esa misma nostalgia. Decía:

“¿Por qué no quedé muerto desde el seno? ¿Por qué no expiré recién nacido? (...) Ahora dormiría tranquilo, y descansaría en paz”.

No es posible evitar ese desasosiego, esa angustia que viene incluida en el mismo pack del hecho de nacer y que nos hace sentir nostalgia de lo que perdimos al venir al mundo; con esa angustia lo único que podemos hacer es ponerla a producir. Pero como tal angustia es, sin embargo, poco manipulable; es un sentimiento inasible, difuso, es imposible hacerle producir. Así que, finalmente, viene a servir como caudal a dos sentimientos inmediatamente consecutivos, contrapuestos entre sí, a través de los cuales sí podemos transformarla en actividad productiva: el sentimiento de culpa (el Pecado Original de la religión católica), que nos hace sentirnos responsables de nuestro desasosiego, y el de agresividad o indignación, que, junto a su contrapunto, el miedo, nos encamina hacia la búsqueda de eventuales culpables externos de nuestra falta de paz.
Mientras que la angustia es un sentimiento centrípeto, condenado a la introversión, la culpa interior empuja de dentro a fuera, hasta convertirse en actividad reparadora: nos transformamos nosotros mismos a través de ella, para así lavar lo señalado por el sentimiento de culpa. Cioran decía: “En el fondo, ¿qué hace cada hombre? Se expía a sí mismo”. Aún era más descarnado cuando hablaba del Pecado Original (de la culpa que antecede a cualquier acción pecaminosa) de esta otra forma: “Esa necesidad de remordimientos que precede al Mal, mejor dicho, que lo crea...”. Porque, efectivamente, podríamos decir que buscamos el Mal en nuestro interior para poder repararlo, para mejorarnos… si conseguimos dar con algo en nosotros que cumpla la función de hacernos sentir, por fin, culpables, y así hacer entendible (y convertirlo en productivo) ese profundo desasosiego que nos acompaña. Casi resulta chistosa la manera en que Unamuno dialoga con Dios de la siguiente manera a propósito de este extraño sentimiento:

“Acepto este dolor por merecido,
mi culpa reconozco, pero dime,
dime, Señor, Señor de vida y muerte,
¿cuál es mi culpa?”
Bien, pues ése, el sentimiento de culpa, es uno de los dos en los que desemboca la angustia original, cuando el mal, el desasosiego que nos invade, sentimos que somos nosotros mismos quienes lo hemos originado. En el extremo, si no hay adecuación a la realidad objetiva, esa indomable ansia de culpa se transforma en delirio masoquista, en necesidad de cargar con cualquier mal que se ponga a tiro.

El otro sentimiento que viene a complementar a éste del que hemos hablado nos lleva, por el contrario, a buscar culpables en el ancho mundo exterior: las cosas que en él están mal, nos requieren, sentimos que nuestro malestar se debe a algún agente externo que con sus malas artes nos lo provoca. Así de peculiar también: sentimos que el mal habita en el mundo antes de ver alguna de sus manifestaciones concretas. Una fuerza ésta capaz de llevarnos a transformar constructivamente el mundo, pero también de desembocar en el delirio, esta vez persecutorio, si tampoco consigue adecuarse a la realidad objetiva.

Así que, de la misma forma que hay personalidades sesgadas hacia la autodestrucción masoquista, las hay asimismo inclinadas a pelearse con el mundo por principio. Éstas, seguro que no han perdido la ocasión de apuntarse a las concentraciones de esta última hora, las de la “Democracia Real Ya”, así como a las que tú, Gabriel, refieres de Chile, y, sin duda, todas con la pretensión de cumplir en tales movimientos un papel protagonista. Papel éste que, en el caso de España, no es ahora, en esta fase de debate y votación de propuestas, cuando más claramente se va a ver, aunque sí lo pueda ser a los ojos de personas vigilantes, que, por ejemplo, hayan advertido que una de las propuestas más debatidas (y aprobadas) es la de la supresión de la Ley de Partidos, el instrumento más eficaz que, mientras fue respetado, tuvo el Gobierno en sus manos para combatir al terrorismo y sus adláteres, que son el prototipo de posición extremista. Sin embargo, será en los momentos del paso a la acción, en los que toque defender (o, eventualmente, agredir con) esas propuestas debatidas y votadas, cuando tendrán su papel principal las actitudes antisistema. Porque ya ha asomado la de contraposición y falta de respeto a los cauces democráticos establecidos: lo hizo cuando los concentrados en las diversas plazas se negaron a acatar la legalidad que, Junta Electoral mediante, prohibía ese tipo de concentraciones en la jornada de reflexión y en el día de las votaciones para elegir representantes en los ayuntamientos y parlamentos regionales. Y es de temer que la virulencia aumente cuando lleguen los inevitables recortes económicos de todo tipo que el Gobierno tendrá que acometer en los próximos meses, porque, recordémoslo, vivimos en un país al borde de la quiebra, y, sin embargo, las propuestas de los “indignados” discurren hacia fórmulas intervencionistas y de gasto público cada vez más irreal.

Habrá que esperar a esas previsibles movilizaciones, en las que lo racional tiende a dejar la primacía en la dirección de los comportamientos a lo emocional, para comprobar si, efectivamente, los delirios persecutorios de los más extremistas consiguen contagiar al resto o, por el contrario, al menos algún sector de este movimiento, opta por articularse políticamente y conducir la indignación por dentro de los cauces democráticos… los de siempre, por cierto. Aquí nadie tiene que inventar la democracia; que haya políticos corruptos (además de ineptos) no invalida los cauces democráticos establecidos. En fin, que como decía Novalis, “el entusiasmo sin comprensión es inútil y peligroso”.

miércoles, 25 de mayo de 2011

¿INDIGNARME? ¡YO HACE MUCHO TIEMPO QUE ESTOY HARTO!

Me lo he dicho así muchas veces: estoy harto (todavía no se había editado el librito en cuestión y, según veo ahora, me faltaba vocabulario). Y ese hartazgo me lo he tenido que merendar con muy poca compañía: llevo años buscando a otros indignados con los que compartir ese sentimiento tan aparentemente asequible ahora, asistiendo, por ejemplo, a múltiples concentraciones o manifestaciones a las que tantas veces me he desplazado en solitario (claro, eran para cosas tan atípicas o políticamente incorrectas como oponerme al terrorismo), y no me ha sido nada fácil encontrar compañía. Al revés: para mi desánimo, he tropezado demasiadas veces con el rechazo ambiental. Y es que claro, mi hartazgo, mi indignación parece ser de un tipo peculiar, y seguramente no cumple con el perfil exigible en la Puerta del Sol y las otras plazas.


Yo, de manera complementaria, no me creo demasiado la indignación hoy homologada. ¿Cómo me voy a creer la indignación de una gente que admite como portavoz a alguien capaz de decir, respondiendo a preguntas de los periodistas, que daría la bienvenida a este movimiento a BILDU, es decir a ETA, que, en contrapartida, y como los de Falange Española, se han mostrado solidarios con las concentraciones? ¿Qué clase de indignación es esa que exhiben quienes sólo se acuerdan de la corrupción, descrita, hasta donde alcanzo a ver, con trazo tan grueso como superficial y utópico, de políticos y banqueros, pero que, estando en España, no son capaces de recordar a las víctimas del terrorismo, o la destrucción sistemática, a lo largo de décadas, de nuestra cohesión social, de nuestras instituciones, de la compleja urdimbre –que hace muchos siglos que empezó a tejerse– que constituyen nuestras relaciones sociales y políticas, nuestro mercado interior, nuestro idioma común, nuestra igualdad jurídica… destrucción que ha llegado a su punto de paroxismo en esta era zapateril? Y sin embargo, es precisamente ése el caldo de cultivo en el que han aflorado todas las corrupciones y todas las ineptitudes que han hecho de la nuestra una crisis económica e histórica peculiar y especialmente enrevesada.


En fin, que, por supuesto, hay suficientes razones para estar indignados. Pero no consigo evitar pensar que estas concentraciones de ahora son una emulación, suficientemente descafeinada y acomodada a los márgenes de nuestra dulcificada manera de estar en el mundo, de las revueltas del norte de África, que, evidentemente, se generaron en contextos mucho más dramáticos. Y las frases y eslóganes que tuve la oportunidad de ver escritas el otro día, junto a otros miles de curiosos, en todo el perímetro de la Puerta del Sol, desgraciadamente, no llegaban ni de lejos al punto de creatividad y originalidad del Mayo del 68, que también sentí que se trataba de emular (afortunadamente, en compensación, tampoco se llegaba al punto de peligrosidad social y de irresponsabilidad de los sesentayochistas).

“No somos antisistema; el sistema es antinosotros”, dicen. El caso es que, evidentemente, no se sienten partícipes de las reglas de juego de la democracia, las que habrían de llevar a esta gente a elevar su frustración a la categoría de propuesta política articulada, razonada y efectiva. Además de la frustración que han llevado a las plazas de nuestras ciudades cuando este movimiento se puso en marcha, me temo que tendrán que acarrear con la que se llevarán en el viaje de vuelta, cuando no consigan insertar de manera constructiva alguna clase de propuesta que pueda conducir a la sociedad a emitir algo más que paternalistas gestos de comprensión y de contenida simpatía (cada vez menos).

sábado, 14 de mayo de 2011

COSAS QUE DEBERÍAS SABER SI ESTÁS PENSANDO EN SUICIDARTE

El suicidio no lo provocan causas externas. Todo lo más, estas pretendidas causas activan el interruptor de los resortes internos que realmente lo generan. Cioran, que sabía de esto por experiencia propia, así lo afirmaba: “Los seres humanos no se suicidan nunca por razones exteriores, sino a causa de un desequilibrio interno, orgánico”. Nuestro interior, abandonado a sí mismo, discurre hacia la melancolía y, en el extremo, entre otras cosas, hacia el suicidio. “Mi melancolía es la más fiel amante que he conocido”, decía Sören Kierkegaard, otro espíritu atormentado y experto en estos temas. De la mano del mundo y de las tareas que él nos da, nos situaríamos, por el contrario, en el extremo opuesto, el que nos empujaría hacia la vida, incluso, si las cosas van bien, hacia la dicha, una prolongación, una sofisticada reelaboración de la angustia que habita en nuestro interior, una vez que consigue reconvertirse en satisfactoria actividad mundana. “La dicha
–decía también Kierkegaard– no es ninguna categoría del espíritu, y por eso allá dentro, muy dentro, en lo más hondo y oculto del corazón de la dicha, habita también la angustia que es la desesperación”. Mientras que la melancolía que antecede al suicidio sería una especie de explosión o desenfreno hacia dentro, “la puerta de la dicha se abre hacia fuera”, añade Kierkegaard, que culmina esta reflexión afirmando en otro lugar que “el suicidio es la consecuencia existencial del pensamiento puro”, es decir, el pensamiento sin contenidos mundanos, sin cauces para ser expresado aprovechando las formas, los recursos que oferta la realidad exterior.

Emil Michel Cioran explica en su libro “En las cimas de la desesperación” cómo estuvo a punto de suicidarse, y que fue precisamente el hecho de abrirse al mundo (“confesar”, dice él) escribiendo el libro lo que evitó que llegara a hacerlo: “Es evidente que, de no haberme puesto a escribir este libro a los veintiún años, me hubiese suicidado”. Y más adelante da la explicación: “¿Por qué no podemos permanecer encerrados en nosotros mismos? ¿Por qué buscamos la expresión y la forma intentando vaciarnos de todo contenido, aspirando a organizar un proceso caótico y rebelde? (...) Siempre es peligroso refrenar una energía explosiva, pues puede llegar el momento en que deje de poseerse la fuerza necesaria para dominarla (...) Existen estados y obsesiones con los que no se puede vivir. La salvación ¿no podría consistir en confesarlos?”.

“Vivir significa tener que ser fuera de mí”, confirma, en este sentido, Ortega y Gasset. “Lázaro, ¡sal fuera!”, dijo precisamente Jesús a aquel amigo muerto (quizás sólo psicológicamente muerto) al que con tal exhortación hizo volver a la vida. La misma fuerza que, imposibilitada de salir hacia el mundo, bulle en nuestro interior, bien como angustia o bien, ya mortecina, como melancolía o depresión profunda, si encuentra una vía de salida, una finalidad o tarea en el mundo por la que discurrir, se convierte en el combustible que hace funcionar la vida. Por eso decía María Zambrano que “el hombre es así el ser que se constituye en vista de una finalidad”. Podemos discurrir en el mundo si tenemos un “para qué”; sin él, nos quedaremos enclaustrados en nuestro interior. Cioran, como de costumbre, lo dice de una manera más hermosa: “La melancolía es el estado onírico del egoísmo”. Al melancólico, dice asimismo Kant, “le interesan poco los juicios de los otros, lo que éstos toman por bueno o por verdadero, y se apoya sólo en su propio criterio”. Y Ortega delimitaba así el marco vital que significó el Romanticismo: “El romanticismo significa la moderna confusión de las lenguas. Es un ‘¡sálvese quien pueda!’. Cada individuo tiene que buscarse sus principios de vida –no puede apoyarse en nada preestablecido. ¡Adiós dulzura, suavidad, quietud!”. Se saldrá, pues, de la melancolía en la medida en que por encima del interés particular e inmediato, el que movía (o más bien paralizaba) a los románticos, aparezcan otros que obliguen a trascender de sí mismo, a universalizar los motivos que nos llevan a las personas a actuar.

El Romanticismo fue el movimiento cultural más específicamente vinculado a la melancolía. Como figura destacada suya, Novalis, por ejemplo, llegó a dar esta melancólica definición de la vida: “La vida es el comienzo de la muerte. La vida es por mor de la muerte”. Los artistas románticos parecieron condenados a recorrer rápidamente ese camino que lleva hasta la muerte: bien porque se suicidaban o porque la enfermedad (de manera arquetípica, la tuberculosis) daba expresión a su escasa vinculación con la vida, tendieron en gran número a morir muy jóvenes. Cuando surgió el Romanticismo, Kant, precisamente, acababa de dar cabal expresión filosófica al descubrimiento en el que la Modernidad había estado empeñada: el del yo como responsable de la propia vida. El mundo estaba ahí afuera dispuesto a tomar la forma que nosotros le diésemos. El mundo, venía a decir Kant, no era nada sin nosotros, sin cada uno de nosotros. O si era algo, si era un “mundo en sí”, nunca llegaríamos a saber lo que era (siempre habrá en las cosas zonas veladas a nuestro conocimiento). Vivimos, seguía diciendo, sobre un mundo que construimos nosotros a partir de algo incognoscible, aunque sustancialmente maleable, que se nos aparece como “un caos de sensaciones”. Esa nueva responsabilidad que adquiríamos los individuos de ser protagonistas directos de nuestra vida, de lo que habíamos de hacer en un mundo que aceptaba en gran medida ser la respuesta a nuestras propias pretensiones, los románticos la interpretaron de una manera radical: el hombre no había nacido para aceptar el mundo, sino para crear un mundo propio. El mundo no era nada; el yo lo era todo. El yo, sus deseos, sus aspiraciones (utópicas cuando no se tiene suficientemente en cuenta a la realidad exterior), pasaron al primer plano, ignorando que Kant también consideraba al individuo súbdito del reino de lo general, y como hacia fuera no había para ellos nada que crear, porque todo el poder creador estaba en el interior, los románticos buscaron cómo dirigirse directamente hacia ese mundo interior que los hombres habíamos dejado relegado u olvidado.

De esa manera, el romántico inauguró el afán por desviarse hacia lo irreal: la noche (a la que Novalis dedicó un Himno), el sueño, los estados alterados de conciencia, la naturaleza desprovista de todo aditamento civilizador… Mientras tanto, la parte de sí que en el romántico daba a la realidad, una realidad despreciada y vituperada, caía en el “spleen”: así se llamó al estado de ánimo caracterizado por la melancolía sin motivo y la angustia vital; en suma, la desesperación o, cuando menos, esa forma de desesperación con sordina que es el aburrimiento. Cuenta Lord Byron (1788-1824) que se aburría tanto que ni siquiera tenía fuerza para pegarse un tiro. Novalis escribía: “buscamos por doquier lo absoluto y siempre sólo encontramos cosas”. Descendiendo a lo interior, los románticos renunciaban al mundo, incapaz de darles las respuestas extremadamente personales que buscaban.

El Romanticismo impregnó todo el arte posterior hasta nuestros días. Pedro Casariego Córdoba, poeta español de ahora mismo (1955-1993) también dejó dicho: “Sólo existe el artista interior, sólo se puede ser artista secreto, la comunión todo lo mancha (...) ¡El artista debe crear dentro de sí mismo!”. Consecuente con estos principios románticos, el 8 de enero de 1993 se arrojó al paso del tren en Aravaca, barrio de Madrid. Hegel había afirmado que este descenso hacia lo interior era característico de aquél “que no quiere dignarse a actuar y a producir en la realidad porque teme ensuciarse mediante el contacto con la finitud”. Pero vivir exige ese contacto con lo finito, aterrizar en ello nuestro ansia de infinitud.

Como tantas veces, Cioran puso las mejores palabras para describir y diagnosticar tanto la vertiente de este tiempo que da a ese arte ensimismado al que se refería Pedro Casariego como la que deriva hacia el estado de ánimo que impregna una época que ha optado por desdeñar la realidad: “Agotados los modos de expresión, el arte se orienta hacia el sin sentido, hacia un universo privado e incomunicable. Todo estremecimiento inteligible tanto en pintura como en música o en poesía, nos parece, con razón, anticuado o vulgar. El público desaparecerá pronto: el arte lo seguirá de cerca. Una civilización que comenzó con las catedrales tenía que acabar en el hermetismo de la esquizofrenia”.

¿Queda algo por hacer?

Lord Byron, romántico conspicuo, que empezó su carrera como portavoz en el Parlamento, escribió lo siguiente: “Yo mismo, gracias a la bondad de la indiferencia, he reducido mis opiniones políticas al desprecio de todos los gobiernos existentes (…) no creo que la política merezca tener una opinión (…) Mi convicción política es lo único en lo que me he mantenido consecuente, y esto se debe probablemente a mi total indiferencia respecto al tema” (16 de enero de 1814). Por contraste, Byron dejó así apuntada una posible salida a esta sobredosis de ensimismamiento que caracteriza nuestra cultura: se trataría de regresar a la realidad, descubrir que es en ella, no en el solipsismo, donde encontraremos respuestas, las únicas que están a nuestro alcance. La vida es una tarea, algo que parte de nuestra intimidad pero que ha de realizarse en la circunstancia. “Yo soy yo y mi circunstancia –todos sabemos ya quién lo dijo–, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”.


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