sábado, 18 de julio de 2020

La genialidad como feliz sustitutivo de la locura: el caso de Miguel de Unamuno

     En 1891, al ganar la cátedra de Lengua y Literatura griega en la Universidad de Salamanca, Miguel de Unamuno (1864-1936), con 27 años, dejó atrás sus habituales lugares de referencia en el País Vasco y trasladó el escenario de su vida a los contrapuestos paisajes castellanos. Una contraposición más la llevó a cabo frente a otro paisaje que también vio cambiar, el humano: el nuevo le resultó en buena medida hostil. Todo lo cual colaboró en el hecho de que por entonces atravesara una profunda fase de introversión. Unamuno se sintió en aquella época solo y aislado en el mundo, sentimiento —nos dice él mismo— que "puede llegar a producir terribles estragos en el alma y aún a ponerla al borde de la locura"[1].
 
 
     Aquella situación de soledad y aislamiento, a la que él, con su carácter antipático, colaboró decisivamente, acabó derivando hacia una profunda crisis espiritual, esa que nace a partir de la incertidumbre sobre quién se es, incertidumbre que se inserta en nuestra trayectoria vital de una manera que Ortega dejó perfilada de esta manera: “El hombre es afán de ser –afán en absoluto de ser, de subsistir– y afán de ser tal, de realizar nuestro individualísimo yo (…) Pero sólo puede sentir afán de ser quien no está seguro de ser, quien siente constantemente problemático si será o no en el momento que viene, y si será tal o cual, de este o del otro modo. De suerte que nuestra vida es afán de ser precisamente porque es, al mismo tiempo, en su raíz, radical inseguridad”[2]. Aquella inseguridad sobre sí mismo, sometida a especial presión por las concretas circunstancias aludidas, hizo eclosión en Unamuno una noche de insomnio de 1897 (tenía, pues, treinta y tres años), en la que, de pronto, le sobrevino una irreprimible crisis de llanto. Encontró consuelo en el abrazo de su mujer, que yacía a su lado, y que acariciándolo le decía: “¿Qué tienes, hijo mío?”. Estimulado por ese trato maternal, como él mismo cuenta, “entonces me refugié en la niñez de mi alma (…) Me refugié en prácticas que evocaran los días de mi infancia”[3]. Con ello quería decir que pretendió volver a la fe de su infancia, según confesó en una “Carta a Clarín” de 1900. De manera típica, cuando tiene lugar una crisis personal, se suele producir en la psique un movimiento de regresión: se busca entonces consuelo en una imposible vuelta atrás, a épocas en las que la protección del entorno paterno, el marco de creencias con el que por entonces se sentía que el mundo encajaba y la confianza así generada procuraban un sosiego suficiente, y en donde tener resuelta la necesidad de pertenencia remediaba esa clase de inquietud que más tarde habrá de irrumpir irremisiblemente como necesidad de buscarse una identidad.
     Unamuno, después de aquella noche crítica, intentó en primera instancia recuperar las prácticas religiosas que en su niñez se asociaban a aquel consuelo ahora perdido; abandonó sus clases y sus demás obligaciones, y fue a recluirse en el convento de frailes dominicos de Salamanca, donde estuvo tres días. Pero enseguida se percató de que aquel intento iba a fracasar, de que “aquello era falso”, así que su crisis le empujó hacia nuevos derroteros. Dice José Luis Abellán: “No sabemos lo que Unamuno pensó en los tres días que estuvo encerrado en el convento, pero es seguro, porque él nos lo ha dicho, que la lucha se desarrolló entre el hambre de notoriedad y la fe sencilla de la infancia. Por eso, se entregó a las prácticas religiosas más rutinarias; pero, al poco tiempo, ese "yo enconado" por la vanidad y el estímulo de la fama literaria se impuso, como más fuerte, por encima de todo lo demás”[4].
     Esos nuevos derroteros por los que la atormentada alma de Unamuno, necesitada de adquirir significado y de contrarrestar el desdén de los demás, discurrió, quedan explícitos en el resto de la carta a Clarín en la que, hablando de sí en tercera persona, dice en concreto: “Se percató de que aquello era falso, y volvió a encontrarse desorientado, preso otra vez de la sed de gloria, del ansia de sobrevivir en la historia”. Desechado el sentimiento de identidad que le sirvió de niño, lo que afloró fue su “espíritu inquieto, sediento de atención, ávido de que se le oiga”. Dice asimismo en la carta: “quisiera que no se hubiese mezclado en ella (la carta) mi condenada vanidad, pero es imposible”. Él mismo da con la secuencia argumental que explica su posición vital entonces: “¡Ah, qué triste es después de una niñez y juventud de fe sencilla haberla perdido en vida ultraterrena, y buscar en nombre, fama y vanagloria un miserable remedo de ella!”[5].
     Hay pues dos tendencias radicales en aquel Unamuno en busca de su identidad que a duras penas conviven en un mismo recinto, el de su alma: la que supone su ansia de inmortalidad conducida a través de sus sentimientos religiosos y –dadas las insuficiencias a que sus insoslayables dudas le conducían por esta primera vía– la que alternativa y compensatoriamente le empuja al ansia de fama y de gloria mundanas, a la necesidad de sobresalir y al consiguiente exhibicionismo. A partir de su crisis religiosa, esta última faceta de su personalidad, la egotista y vanidosa, aun dejando a salvo su genialidad como pensador, novelista y poeta, o mejor dicho, a través de ella, pareció adquirir preeminencia, al menos en lo que respecta a su trato con los demás. Así lo afirma José Luis Abellán: “Tras la crisis del 97, Unamuno se entregó a satisfacer su ansia de popularidad, abandonando la vía mística a la que se sintió llamado. Durante los meses inmediatos a la crisis una terrible lucha debió operarse en su ánimo: el yo y Dios, el ansia de ser famoso y el deseo de entregarse a una vida religiosa, debieron luchar en su alma. Y, por fin, el primero venció al segundo”[6].
     El anhelo de inmortalidad que hasta entonces había discurrido por los cauces que la religión le procurara, pasó a disponer para satisfacerse, ya que no solo, sí en gran medida, de los (precarios) medios que aporta la vida mundana. De modo parecido a como Nietzsche, una vez muerto Dios, desembocó en esa inflación sucedánea a la que denominó superhombre, Unamuno lo hizo en un yo sobredimensionado. Para poder llegar a esta conclusión, contamos con el testimonio de muchos de los que le conocieron: “Unamuno es esencialmente insociable (…) —nos dice, por ejemplo, Salvador de Madariaga—. En sociedad tiende al monólogo y maneja a veces un martillo algo pesado”[7]. Y también: “Unamuno trata ante todo, quizá siempre, de su propia persona. Ello se debe primero a que Unamuno está obseso de sí mismo”[8]. Pío Baroja dice de igual manera en sus Memorias: “Creo que Unamuno tenía mucho de patológico en la cabeza, sobre todo un egotismo tan enorme que le aislaba del mundo, a pesar de que él creía lo contrario”[9]. Asimismo, incluyéndolo entre otros caracteres de intelectuales, decía Baroja también: “Yo no he visto reír nunca a Valle-Inclán, a Unamuno, a Maeztu. Y si alguno de ellos reía, era contra algo, pero nunca por algo”[10]. Y aún más: “Esto de hablar de lo que no entendía era muy privativo de Unamuno (…) suponía, con una ciencia escasa y a veces nula, que él sabía de todo”[11].  Cita también Baroja a José María Salaverría, que entro otros “retratos” de intelectuales españoles, dice de nuestro autor: “Unamuno no quería a nadie, como de costumbre, pues bastante tenía con atender a su gigantesca estimación de sí mismo”[12]. Ortega insiste con énfasis en la misma opinión: “No he conocido un yo más compacto y sólido que el de Unamuno. Cuando entraba en su sitio, instalaba desde luego en el centro su yo, como un señor feudal hincaba en el medio del campo su pendón. Tomaba la palabra definitivamente. No cabía el diálogo con él (…) No había, pues, otro remedio que dedicarse a la pasividad y ponerse en corro en torno a don Miguel, que había soltado en medio de la habitación su yo, como si fuese un ornitorrinco”[13].
     El mismo Unamuno reconoce a menudo su pecado de vanidad, pero encuentra para él justificación en sus propios descubrimientos como pensador. Así que razona, por ejemplo, de esta manera: “Cuando las dudas nos invaden y nublan la fe en la inmortalidad del alma, cobra brío y doloroso empuje el ansia de perpetuar el nombre y la fama, de alcanzar una sombra de inmortalidad siquiera. Y de aquí esa tremenda lucha por singularizarse, por sobrevivir de algún modo en la memoria de los otros y los venideros, esa lucha mil veces más terrible que la lucha por la vida, y que da tono, calor y carácter a nuestra sociedad, en que la fe medieval en el alma inmortal se desvanece”[14]. O también: “Y vuelven a molestarnos los oídos con el estribillo aquel de ¡orgullo!, ¡hediondo orgullo! ¿Orgullo querer dejar nombre imborrable? ¿Orgullo?... Ni eso es orgullo, sino terror a la nada. Tendemos a serlo todo, por ver en ello el único remedio para no reducirnos a nada”[15]. Todo en Unamuno conduce, en fin, hacia la conclusión de que necesita contrarrestar su enorme sensación de insuficiencia, de escasa significación, de falta de identidad que acompaña al desdén que siente por parte de los demás (y a lo que él mismo contribuye); sentimiento que no pudo contrarrestar con una fe firme e indubitable en Dios. Todo lo cual lo expresa él mismo en su famosa “Oración del ateo”, soneto que acaba con estas palabras:
“Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si tú existieras
existiría yo también de veras”
     Y puesto que esa existencia de Dios le resulta tan dudosa, para conquistar su identidad, para intentar “existir también de veras”, solo encuentra el pensador vasco el nietzscheano cauce de intentar ser un superhombre, de dejar su huella, cuanto más grande mejor, en este mundo; de que el eco de su acotada existencia sea lo suficientemente poderoso como para conseguir perdurar cuando él ya no esté.
     ¿Y no hay más alternativas, entonces, que la de conseguir esa ansiada identidad, ese ser significativo ante el mundo a lo que no es posible renunciar, a través de un yo que trascienda de esta existencia mundana hacia una vida ultraterrena o embutiéndose, si no, en un yo hiperbolizado y patéticamente investido por la vanidad y el intento de sobresalir a toda costa? Tal vez quede una vía que sirva de alternativa a esas otras dos posibilidades que no acaban de aportar una completa resolución: se trataría entonces de buscar la trascendencia, como quiere nuestro yo religioso y que perentoriamente busca ser significativo, pero sin salirse de este mundo, que es la condición que pone nuestro otro yo, el que busca adaptarse a la realidad tal como se nos presenta. La crisis de Unamuno vendría a ser una crisis de juventud (de la que seguramente nunca llegó a salir del todo), según los términos en los que Ortega la deja expresada: “El hombre joven –dice precisamente– vive para sí. No crea cosas, no se preocupa de lo colectivo. Juega a crear cosas (…) juega a preocuparse de lo colectivo (…) Mas, en verdad, todo ello es pretexto para ocuparse de sí mismo y para que se ocupen de él. Le falta aún la necesidad sustancial de entregarse verdaderamente a la obra, de dedicarse, de poner su vida en serio y hasta la raíz de algo trascendente de él, aunque sea sólo a la humilde obra de sostener con la de uno la vida de una familia”[16]. Una visión que perfectamente podríamos acoplar a la manera de estar en el mundo de Unamuno, como demostrarían palabras suyas del siguiente cariz: “Yo tengo mi lucha, y cada uno de nosotros tiene la suya. Y mi lucha no puedo asegurar que sea por el mejoramiento de la Humanidad. ¿La Humanidad?, y si luego resulta que de aquí a diez, a cien, a mil o a un millón de siglos, la Humanidad ha desaparecido sin dejar rastro alguno de sus ciencias, sus artes, sus industrias, ¿qué me importa eso?”[17].
     Así que el filósofo de Bilbao y rector de la Universidad de Salamanca tenía cegada la vía de acceso hacia la auténtica trascendencia en este mundo. De cuya posibilidad de nuevo Ortega nos da la clave, a la vez que nos instruye sobre el modo en el que esa clave quedó incorporada al bagaje de nuestra civilización: “He aquí lo fundamental de la experiencia cristiana del hombre: (…) Descubrir, caer en la cuenta de que la vida en su última sustancia consiste en tener que ser dedicada a algo, no en ocuparse de esto o de lo otro dentro de la vida, que eso sería lo contrario, meter en la vida algo que se considera valioso, sino tomar en vilo nuestra existencia entera y entregarla a algo, de-dicarla…, esa es la averiguación fundamental del cristianismo, lo que indeleblemente ha puesto en la historia, es decir, en el hombre”[18]. Enseñanza que Antonio Machado dejó traducida a lenguaje poético cuando versificó diciendo:

“Moneda que está en la mano
quizá se deba guardar;
la monedita del alma
se pierde si no se da”




[1] Cit. en José Luis Abellán: “Miguel de Unamuno a la luz de la psicología”, Madrid, Tecnos, 1964, p. 75.
[2] José Ortega y Gasset: “En torno a Galileo”. Obras Completas, Tomo 5, Alianza, Madrid, 1983, p. 32.
[3] José Luis Abellán: “Miguel de Unamuno a la luz de la psicología”, Madrid, Tecnos, 1964, p. 38.
[4] José Luis Abellán: “Miguel de Unamuno a la luz de la psicología”, Madrid, Tecnos, 1964, pp. 147-148.
[5] José Luis Abellán: “Miguel de Unamuno a la luz de la psicología”, Madrid, Tecnos, 1964, pp. 39-40.
[6] José Luis Abellán: “Miguel de Unamuno a la luz de la psicología”, Madrid, Tecnos, 1964, p. 146.
[7] Salvador de Madariaga: “España. Ensayo de historia contemporánea”, Marid, Espasa-Calpe, 1989, p. 92.
[8] Cit. en José Luis Abellán: “Miguel de Unamuno a la luz de la psicología”, Madrid, Tecnos, 1964, p. 91.
[9] Pío Baroja: “Desde la última vuelta del camino”-Tº III, Cuarta parte, cap. IX.
[10] Pío Baroja: “Desde la última vuelta del camino”-Tº 1º, Tercera parte, cap. VIII., Caro Raggio Ed.
[11] Pío Baroja: “Desde la última vuelta del camino”-Tº 1º, Tercera parte, cap. IX. Caro Raggio Ed.
[12] Pío Baroja: “Desde la última vuelta del camino”-Tº 1º, Tercera parte, cap. V. Caro Raggio Ed.
[13] Ortega y Gasset: “En la muerte de Unamuno”, O. C. Tº 5, p. 265.
[14] José Luis Abellán: “Miguel de Unamuno a la luz de la psicología”, Madrid, Tecnos, 1964, p. 112.
[15] José Luis Abellán: “Miguel de Unamuno a la luz de la psicología”, Madrid, Tecnos, 1964, p. 100.
[16] Ortega y Gasset: “En torno a Galileo”, O. C. Tº 5, p. 47.
[17] Cit. en José Luis Abellán: “Miguel de Unamuno a la luz de la psicología”, Madrid, Tecnos, 1964, p. 94.
[18] Ortega y Gasset: “En torno a Galileo”, O. C. Tº 5, p. 154.

sábado, 11 de julio de 2020

La filosofía como sustitutivo de la locura: el caso de Descartes

     Tal y como uno es, así es el mundo que percibe. No se dice con esto que el mundo no tenga entidad por sí mismo, que sea una creación de nuestra mente. De lo que se trata es de que el mundo, el mundo en sí, es poliédrico, y llegamos a percibirlo a través de los anteojos de nuestras predisposiciones, que encogen el campo de lo percibido hasta el punto de que solo llegamos a comprender la porción de mundo que encaja en la hornacina de nuestra forma de mirar.
 
 
     El mundo que percibió y llegó a comprender René Descartes (1596-1650) era real (sin perjuicio de que otros, incluso contrapuestos, lo sean también). Tan real que nuestra civilización ha ido discurriendo en gran medida por el cauce que él abrió con su forma de mirar. Pero sorprende la manera en que esa perspectiva suya quedó determinada por la confrontación con unas circunstancias particulares que fueron conformando su vida ya desde su más tierna infancia, de modo que casi parecería que su filosofía no es sino su vida narrada en lenguaje cifrado. Veámoslo.
     Descartes perdió a su madre unos trece meses después de haber nacido, al poco de que ella diera a luz a una hermana suya que tampoco sobrevivió. La conmoción que supuso la ausencia de su madre quedó acentuada con el distanciamiento físico y emocional de su padre, que, por ser consejero del Parlamento de Bretaña, tenía que asistir a períodos de sesiones de tres o cuatro meses cada año, dejando a la familia en casa, en La Haya. Precisamente, cuando nació Descartes y también cuando murieron su madre y su hermana recién nacida, el padre estaba ausente. A partir de que el futuro filósofo cumpliera cuatro años, las ausencias del padre se alargaron hasta seis meses, incluso el año entero. También por entonces este se casó en segundas nupcias. En realidad, Descartes se crio con su abuela, que murió cuando él tenía catorce años, aunque por entonces ya llevaba tres o cuatro viviendo en un pensionado. Cuando, ya mayor, Descartes había publicado algún libro, su padre manifestó su descontento porque su hijo se dedicara a tales “majaderías”, lo que confirma la distancia afectiva que hubo entre padre e hijo. Por lo que se refiere a un hermano y una hermana que tenía, también Descartes vivió distanciado de ellos. “La mayor aflicción de su vida”, según sus palabras, sin embargo, la sufrió por la muerte, tras una rápida enfermedad, de una hija suya de cinco años, Francine, que tuvo con una sirvienta suya, una mujer a la que esta vez era él quien no quería sentirse emocionalmente unido[1].
     Estos angostos cauces por los que discurrió su vida emocional es muy probable que, en buena medida al menos, fueran la causa de su carácter enfermizo y su fragilidad, que hasta los trece años fueron extremos. Y la inseguridad afectiva que todos aquellos infortunios provocaban fueron asimismo causa suficiente de que, llegado el momento, tomara una determinación: si quería alcanzar la satisfacción en la vida debería para ello depender exclusivamente de sí mismo. Este encastillamiento afectivo encontró, por lo demás, un respaldo ambiental a partir de su internamiento en el Collège de la Flèche, gestionado por los jesuitas, donde permaneció entre los diez y los dieciocho o diecinueve años, y en el cual el director, debido a su delicada salud, le permitía permanecer largo rato en la cama durante las mañanas, tiempo que Descartes aprovechaba para llevar a cabo largas meditaciones a caballo entre el sueño y la vigilia, hábito mental que conservó durante toda su vida.
     Aquella inseguridad básica a la que le habían llevado sus circunstancias vitales serviría, precisamente, de materia prima para su presupuesto filosófico fundamental: la duda metódica. De todo era preciso dudar, decía, puesto que nada servía de apoyo firme y confiable (y en él, la ausencia de padres lo hacía resultar singularmente evidente); para empezar, a la hora de intentar establecerse en la vida, y para continuar, esa duda había de emplearse también a la hora de abordar el conocimiento de las cosas. Y aquella determinación suya de depender exclusivamente de sí mismo cuando se trataba de buscar un punto donde apoyarse para responder a las dudas y a los embates de la vida, encontró asimismo una proyección filosófica en su famoso cogito: la única garantía de seguridad reside en uno mismo, en lo que el propio pensamiento, sin ningún otro condicionante, es capaz de decirnos.
     La noche del 10 de noviembre de 1619 Descartes tuvo tres sueños que dice que le cambiaron la vida[2]. En el primero de esos sueños se encontraba a sí mismo paseando por las calles; entonces sintió una gran debilidad en su lado derecho que le hizo caminar torpemente y tener la sensación de que iba a caer a cada paso, así que trató de enderezarse. Sin embargo, un violento viento, en una especie de remolino, le hizo dar tres o cuatro vueltas sobre su pie izquierdo. Decidió entonces, para ganar firmeza, prestar atención al camino y a cada paso por separado. Se trataba de un sueño que daba a dos vertientes: por un lado, a su actitud ante la vida. Dice de sí, en este sentido, en el “Discurso del método”: “Y siempre sentía un deseo extremado de aprender a distinguir lo verdadero de lo falso, para ver claro en mis actos y andar seguro por esta vida”[3]. Y más adelante: “Mi segunda máxima fue la de ser en mis acciones lo más firme y resuelto que pudiera y seguir tan constante en las más dudosas opiniones, una vez determinado a ellas, como si fuesen segurísimas, imitando en esto a los caminantes que, extraviados en algún bosque, no deben andar errantes dando vueltas por una y otra parte, ni menos detenerse en un lugar, sino caminar siempre lo más derecho que puedan hacia un sitio fijo, sin cambiar de dirección por leves razones, aun cuando en un principio haya sido sólo el azar el que les haya determinado a elegir ese rumbo, pues de este modo, si no llegan precisamente a donde quieren ir, por lo menos acabarán por llegar a alguna parte, en donde es de pensar que estarán mejor que no en medio del bosque”[4]. Así pues, dejaba en evidencia su necesidad de contrarrestar sus fuentes de duda y de inseguridad, las que se asemejaban a esa circunstancia de andar torpe y vacilantemente en su sueño, y perdido en un bosque en la alegoría de su escrito. ¿Y cómo contrarrestarlas? Aquí su sueño le daba también pautas para llegar a conseguirlo: atender al camino dando cada paso por separado. Lo cual tuvo traducción, asimismo –y aquí está la otra vertiente a la que daba su sueño–, al lenguaje de su filosofía, cuando propuso el método deductivo como fórmula para acceder al conocimiento. Según este método, pareciera que extraído de su sueño, cuando se aborda alguna cuestión compleja que no puede ser evidente por sí misma, lo que procede es ir paso a paso: desmenuzarla, analizarla, hasta que quede descompuesta en sus elementos más simples y que, en cuanto tales, lleguen a resultar evidentes. Una vez hecho esto, se procede a realizar la síntesis, que consiste en recomponer ordenadamente la totalidad compleja, avanzando de elemento simple en elemento simple, de evidencia en evidencia. El todo resulta así de la suma de las partes… y nada más que de esa suma.
     Un método, pues, que su sueño le había revelado en clave simbólica: prestar atención a cada paso por separado. No solo el sueño sirve de alusión extra-filosófica a su método, sino que, como dice en la tercera de sus “Meditaciones metafísicas”: “Todo el tiempo de mi vida puede ser dividido en una infinidad de partes, cada una de las cuales no depende de ninguna manera de las demás; y por ello, del hecho de que un poco antes yo haya sido, no se sigue que deba ser ahora, a no ser que en este momento alguna causa me produzca y me cree, por así decirlo, de nuevo, es decir, me conserve”[5]. No existe, pues, propiamente el todo, solo las partes, cada una de las cuales no depende de las demás, de la misma forma que en su vida tampoco había habido una continuidad entre sus partes que les sirviera de nexo, una posible narración que permitiera establecer una identidad en su personalidad por encima de cada concreta situación. Faltaba la confianza necesaria para asentarse en la idea de que existir en un momento determinado permite suponer que va a seguir siendo así después. Otra causa, independiente de la que produjo el momento anterior, habrá de sobrevenir produciendo el momento siguiente para que sea posible la sensación de que se conserva el propio ser, de que uno, efectivamente, existe. Uno construye su ser paso a paso; o más bien, no existe propiamente el ser, solo cada parte, igual que el cuerpo, como establecerá el mecanicismo cartesiano, está hecho de partes u órganos independientes (presupuesto, por otro lado, que ha servido de base al modelo que actualmente, en su acusada especialización, siguen la biología y la medicina). La inseguridad personal, pues, que había sido tan persistente a lo largo de la vida de Descartes quedaba así transformada en instrumento filosófico a la hora de construirse una perspectiva desde la que abordar el conocimiento de las cosas.
     Esa inseguridad quedaba referida en Descartes, ante todo, a su entorno social. Además de la que apuntaba a la ausencia de sus padres, llegaba a ampliarse hasta incluir en ella la que le provocaba su prójimo en general. Uno de sus biógrafos decía que “Descartes casi no admiraba ni nada ni a nadie”[6]; se afirmaba asimismo en la idea de que a nadie debía nada. Estos modos de autoafirmación bien pueden ser entendidos como un mecanismo de defensa frente al sentimiento de abandono que en lo más profundo impregnaba su alma. Y prolongando ese sentimiento hacia el ámbito intelectual, en lo que confiaba era en sus propias reflexiones. ¿Y cómo estar convencido de que uno mismo no se engaña sin saberlo? Al final, Descartes se remitía a Dios: el hecho de que la suma de los ángulos de un triángulo sea igual a la suma de dos ángulos rectos se debe a que Dios ha querido que así sea, y ha grabado esa ley natural en nuestras mentes. Nada del mundo garantiza que, aunque seamos y tengamos consistencia en un momento determinado, vayamos necesariamente a seguir siendo y consistiendo un momento después: “Del hecho de que seamos no se sigue que seamos un momento después”, dice concretamente Descartes. Así que, para no hundirse en el pesimismo y la depresión por ser tan inconsistentes, tuvo que echar mano de Dios: Él, que es quien nos creó, que es la primera causa de que nosotros seamos, continúa produciéndonos, conservándonos. Si existimos y seguimos existiendo es porque Dios lo quiere, dado que el mundo y el resto de los congéneres no lo garantizan en absoluto. Desconfianza que dejaba de manifiesto cuando opinaba que una mujer hermosa, un buen libro y un perfecto predicador se contaban entre las cosas más difíciles de encontrar en este mundo. Nada de eso llegaba a equipararse en altura a la verdad, el acceso a la cual el mundo en absoluto lo garantizaba.



[1] Ver Ben-Ami Scharfstein: “Los filósofos y sus vidas”, Madrid, Cátedra, 1984, pp. 134 y ss.
[2] Ver Ben-Ami Scharfstein: “Los filósofos y sus vidas”, Madrid, Cátedra, 1984, pp. 140-141.
[3] René Descartes: “Discurso del método”, Obras, Madrid, Gredos, p. 106.
[4] René Descartes: “Discurso del método”, Obras, Madrid, Gredos, 2011, p. 118.
[5] René Descartes: “Meditaciones metafísicas”, Obras, Madrid, Gredos, p. 189.
[6] Cit. en Ben-Ami Scharfstein: “Los filósofos y sus vidas”, Madrid, Cátedra, 1984, p. 143.

sábado, 4 de julio de 2020

La filosofía como sustitutivo de la locura: el caso de Nietzsche

     Dice María Zambrano que “Un filósofo es el hombre en quien la intimidad se eleva a categoría racional; sus conflictos sentimentales, su encuentro con el mundo, se resuelve, se transforma en teoría. Es el hombre que logra cristalizar su angustia en el diamante puro, geométrico, transparente, el que resuelve sus pasiones ‘more geométrico’. La biografía de un filósofo es su sistema”[1]. Friedrich Nietzsche (1844-1900) es un perfecto ejemplar de eso que dice Zambrano, de hombre que, partiendo de un agudo sentimiento de extrañamiento, soledad y sufrimiento físico, logró construir un sistema filosófico que, hasta que no pudo más, redimió y dio sentido a su biografía. La filósofa y psicóloga Alice Miller dice oportunamente que la obra de Nietzsche es el “lenguaje cifrado de un niño mudo”[2] y defiende la tesis “según la cual las obras de Nietzsche reflejan los sentimientos, necesidades y tragedias no vividas de la infancia del autor”[3].
 
 
     Su posteriormente idealizado padre murió cuando él tenía cuatro años, y es como si toda su filosofía se hubiera construido en forma de ondas emitidas en el estanque de su vida a partir de la pedrada que fue aquella temprana experiencia de involuntario abandono. Aunque la idealización de su padre parece que se correspondía solo con una parte de la realidad, no fácilmente compatible con su otra parte temible, en la que ese mismo padre resultaba ser capaz de castigarle a veces con la máxima severidad y encerrarle en habitaciones sin luz, con el objeto de domeñar la tozudez y los berrinches que a veces exhibía Nietzsche en su más tierna infancia. Asimismo, ese amado padre había perdido la razón once meses antes de morir, probablemente debido a un tumor cerebral. A su sensación de extrañamiento y temprano abandono, Nietzsche tuvo que añadir el hecho de que su madre, su abuela y sus dos tías, que junto a su hermana compusieron desde entonces su matriarcal ambiente familiar, se empeñaron en hacer de él una persona “como Dios manda”, lo que implicaba la necesidad de soterrar las manifestaciones espontáneas de su incipiente personalidad, que quedaron ocultas y relegadas. ¿Qué otra cosa puede hacer un niño que depende de quienes le rodean cuando está constreñido por estos para hacer de él, como efectivamente se consiguió, un auténtico niño modelo?
     Dando expresión a la asfixia que estaba sufriendo su personalidad, Nietzsche sufrió más de cien enfermedades anuales durante el bachillerato, con constantes jaquecas y trastornos reumáticos que parece evidente que tenían un claro componente psicosomático. En una ocasión le escribió a un médico: “En conjunto soy ahora más feliz que nunca antes en mi vida: ¡y sin embargo!, dolores constantes, mareos diarios que duran varias horas, una semi-parálisis que me dificulta el habla y, para variar, violentos ataques (el último me tuvo vomitando durante tres días con sus noches, ansiaba la muerte)”[4]. Llegó a consultar a más de treinta médicos y fisiólogos. Ya con catorce años reflexionaba de esta manera: “En mi joven vida he visto ya mucho dolor y aflicción, y por eso no fui tan alegre y despreocupado como lo son normalmente los niños. Mis compañeros de colegio solían hacer burla de mí debido a mi seriedad (…) Desde mi infancia he buscado la soledad y me he encontrado muy dichoso allí donde pudiera estar a solas conmigo mismo sin que nadie me molestara”[5] . Ya adulto, en una carta a un amigo, daba una versión menos grata de ese sentimiento de soledad que fue un constante en su vida: “¡Si solo pudiera darte una idea de mi sensación de soledad! No más entre los vivos que entre los muertos he tenido a nadie al que me sintiera unido”[6].
     Su alejamiento de la verdad preestablecida le condujo fatalmente a consolidar esa soledad sin límites que ya se había fraguado en su infancia. Cuanto mejor comprendía su entorno, más divorciado se sentía de él. En “Ecce homo”, un escrito de madurez, confesaba: “No tengo ni un solo recuerdo agradable de mi infancia ni de mi juventud”[7]. Todo el control sobre sus sentimientos que propició la educación coercitiva y escasa de cariño que recibió en el hogar que regían su madre, su abuela y sus dos tías, equivalía a un volcán en estado de latencia que acabaría haciendo erupción en forma sublimada como filosofía. La educación que recibió pretendía reprimir todo pensamiento propio, la capacidad para la crítica, la necesidad de libertad y espontaneidad, que habían de ser sustituidas por la obediencia y la sumisión. Una educación en la que todo, por parte de sus educadores, se hacía “por su bien”. Cuando aquella necesidad de libertad y espontaneidad que, pese a todo, latían con fuerza bajo la capa de la represión encontró expresión en su filosofía, Nietzsche, recordando a sus educadores, pudo decir por boca de Zaratustra: “Sean cuales sean los daños que los malvados ocasionen: ¡el daño de los buenos es el daño más dañino de todos!”[8]. En “Ecce homo” explica: “En el concepto de hombre bueno (se incluye) la defensa de todo lo débil, enfermo, mal constituido, sufriente a causa de sí mismo, de todo aquello que debe perecer (…) ¡Y todo esto fue creído como moral!”[9].
     Lo que hizo las veces de caída del caballo para Nietzsche y que desencadenó lo que él mismo acabaría llamando “transvaloración de todos los valores” (es decir, su rebelión contra tanto corsé vital como había sufrido) fue la lectura de la obra mayor de Schopenhauer, “El mundo como voluntad y representación”. Nietzsche estaba entonces, según su propia descripción, como suspendido en el aire, sin principios, ni esperanzas, ni gratos recuerdos. Un buen día, cayó en sus manos el libro de Schopenhauer, que encontró en una librería de ocasión. Entonces, y de manera semejante a como San Agustín escuchó de boca de un niño aquel “tolle lege” (“toma y lee”) que cambió su vida, Nietzsche tuvo también su experiencia transformadora, que describe así: “No sé qué daimon me susurró: ‘Llévate este libro a casa’… Me eché en un extremo del sofá con el tesoro recién adquirido y me dispuse a recibir los efectos de aquel vigoroso genio del pesimismo. Todas sus líneas pregonaban la renuncia, la negación, la resignación, allí vi un espejo en el que contemplé el mundo, la vida y mi propia naturaleza terriblemente agrandados. Allí vi la clarificadora mirada del arte, completamente indiferente, allí vi la enfermedad y la salud, el exilio y el refugio, el cielo y el infierno”[10].
     Aquel volcán que era el alma de Nietzsche había empezado a hervir en el subterráneo de su infancia, la infancia de un niño perfectamente educado, que había aprendido a sojuzgar sus sentimientos, a enmudecer hacia fuera cuando su interior era un puro grito. Ese grito atascado en la garganta y en la cabeza de Nietzsche ya desde su infancia, hace que no sea extraño que ya entonces, y sobre todo en su etapa escolar, sufriera continuamente intensas jaquecas, laringitis y trastornos reumáticos, a lo cual ya se ha aludido. Todo lo que no podía encontrar una salida hacia el exterior tomó su cuerpo como simbólico campo de amarre, obrando sus efectos en forma de constante tensión y enfermedad. Dice Alice Miller que “la obra de Nietzsche fue un intento —desesperado, pero nunca abandonado, hasta el colapso espiritual— de liberarse de la prisión de su infancia, del odio hacia las personas que lo educaron y atormentaron”[11]. Intento del que nunca desistió… pero nunca tampoco llevado a término, porque durante toda su vida no llegó a soltar las amarras que lo vinculaban a su familia, que, desde el punto de vista psicológico, era el último destinatario de su ira, del fuego volcánico que derramó, desplazándolo, sobre la cultura de su tiempo.
     En este contexto podemos entender por qué Nietzsche hizo gala de una injustificable misoginia, la que le llevó a escribir aforismos como aquel en el que decía: “¿Vas con mujeres? ¡No olvides el látigo!”[12]. Una misoginia solo explicable como desplazamiento, asimismo, de su animadversión hacia las auténticas destinatarias de tal sentimiento, su madre y su hermana. Pero precisamente era a estas a las únicas que salvaba de su repulsión, evidenciando así que seguía siendo incapaz de rebelarse contra aquella familia de la que seguía sintiéndose afectivamente dependiente, de modo que su rebeldía contra todo solo llegaba a proporcionarle objetivos desviados y finalmente descabalados que no llegaban a servir para desahogar suficientemente su alma. Como dice de él Alice Miller: “Lo único que puede permitirse atacar son ideas o abstracciones humanas como ‘las mujeres’”[13]. Y hacia los veintiséis años aún se expresaba de esta condescendiente forma en una carta a un amigo: “Todas las discusiones sobre filosofía y religión constituyen una de las necesidades más tristes de la vida: si a uno le llevan a ellas, debe armarse de prudencia y dulzura (…) Más aún, en tales asuntos es un arte noble mantenerse callado en el momento justo. La palabra es algo temible y rara vez lo adecuado en tales ocasiones. ¡Cuánto debe uno callarse!”[14]. De modo que su cuerpo, atormentado por la tensión del silencio impuesto, no dejó nunca de producir dolor. Podría interpretarse como expresión de ese silencio que su atribulada alma le demandaba este “clamor” de su Zaratustra: “¡Silencio! ¡Silencio! ¿No se ha vuelto perfecto el mundo en este instante? (…) Así ríe un Dios. ¡Silencio!”[15]. Al fin y al cabo, venía a afirmar que la realidad, si es que existiera, estaba más allá de las palabras: “No hay hechos, solo interpretaciones”[16]. Las palabras, pues, no son sino el sostén de un espejismo; y él aspiraba a la desnuda sinceridad.
 
      Y sin embargo, el mismo Nietzsche llegó a decir que “todas las verdades silenciadas se vuelven venenosas”[17]. Resulta significativo el hecho de que, cuando ya estaba poseído por la locura (que comenzó en 1889 y le duró hasta su muerte en 1900) y “retornado” a la total dependencia materna y de su hermana, la madre refiriera que Nietzsche emitía terribles alaridos. Parece que el grito contenido durante toda su vida (excepto a través de esa derivada simbólica suya que fue su obra), y especialmente durante su infancia, había encontrado en la locura un cauce, una coartada para llegar a articularse. No fue capaz de enfrentarse a la primera raíz de sus males. Así que reconciliarse con ese patológico refugio que suponía su familia solo fue posible a través de la demencia. En 1969 se descubrió un pasaje escrito para ser incluido en “Ecce homo”, pero que finalmente no se publicó entonces. En él lanza fuertes invectivas, rebosantes de odio, contra su madre y su hermana: dice de ellas que son “reptiles venenosos” que han dirigido su “máquina infernal” contra él, y que la forma en que le tratan le llena de horror. Sin embargo, se retractó, y una vez sumido en la locura, se le dejó al cuidado, precisamente, de su madre y de su hermana; y él se mostraba feliz de seguirlas a todas partes. Era aquello, sin duda, expresión de su rendición: de nuevo la sumisión, como cuando niño, pero solo a costa de abandonar su vía de escape hacia la filosofía y adentrarse en la locura.



[1] María Zambrano: “Hacia un saber sobre el alma”, Madrid, Alianza, pp. 159-160
[2] Alice Miller: “La llave perdida”, Barcelona, Tusquets, 2002, p. 9.
[3] Alice Miller: “La llave perdida”, Barcelona, Tusquets, 2002, p. 10.
[4] Ben-Ami Scharfstein: “Los filósofos y sus vidas”, Madrid, Cátedra, 1984, p. 307.
[5] Ben-Ami Scharfstein: “Los filósofos y sus vidas”, Madrid, Cátedra, 1984, p. 303.
[6] Ben-Ami Scharfstein: “Los filósofos y sus vidas”, Madrid, Cátedra, 1984, p. 307.
[7] Friedrich Nietzsche: “Ecce homo”, Capítulo “Por qué soy yo tan inteligente”, apartado 2, Madrid, Alianza.
[8] Friedrich Nietzsche: “Así habló Zaratustra” Capítulo “De tablas viejas y nuevas”, apartado 26, Madrid, Alianza,
[9] Friedrich Nietzsche: “Ecce Homo”, Capítulo “por qué soy yo un destino”, Apartado 8.
[10] Ben-Ami Scharfstein: “Los filósofos y sus vidas”, Madrid, Cátedra, 1984, p. 20.
[11] Alice Miller: “La llave perdida”, Barcelona, Tusquets, 2002, p. 18.
[12] Friedrich Nietzsche: “Así habló Zaratustra”, Capítulo “De viejecillas y de jovencillas” Madrid, Alianza,
[13] Alice Miller: “La llave perdida”, Barcelona, Tusquets, 2002, p. 43.
[14] Ben-Ami Scharfstein: “Los filósofos y sus vidas”, Madrid, Cátedra, 1984, p. 305.
[15] Friedrich Nietzsche: “Así habló Zaratustra”, Madrid, alianza, pp. 369-370
[16] Friedrich Nietzsche: “Fragmentos póstumos”, Tº IV, Madrid, Tecnos, 2010, p. 222.
[17] Friedrich Nietzsche: “Así habló Zaratustra”, Capítulo “De la superación de sí mismo”, Madrid, Alianza.