Lo que fundamentalmente emergió con el Renacimiento fue el
individuo, el individuo como ser libre. Los rasgos esenciales de aquel
individualismo (palabra que hoy parece tener sólo acepciones negativas) son,
según dice Friedrich A. Hayek, Premio Nobel de Economía en 1974, en “Camino de servidumbre” (que podemos
considerar el texto canónico del liberalismo actual): “El respeto por el hombre
individual qua hombre, es decir, el
reconocimiento de sus propias opiniones y gustos como supremos en su propia
esfera (…), y la creencia en que es deseable que los hombres puedan desarrollar
sus propias dotes e inclinaciones individuales”. Dice asimismo Hayek
que, partiendo de la Edad Media, “la transformación gradual de un sistema
organizado rígidamente en jerarquías en otro donde los hombres pudieran, al
menos, intentar la forja de su propia vida, donde el hombre ganó la oportunidad
de conocer y elegir entre diferentes formas de vida, está asociada
estrechamente con el desarrollo del comercio”.
Fue la irrupción de la libertad, es decir, la posibilidad de
que el hombre en cuanto individuo empezara a tomar en sus manos su propio
destino, lo que originalmente desencadenó todo el potencial de creatividad y de
laboriosidad que hizo eclosión en el Renacimiento. A su vez, fue la vigorosa
actividad comercial que en las ciudades italianas del siglo XV se desarrolló
como consecuencia de esa productividad emergente, el siguiente paso que se dio
hacia la conformación de lo que habría de ser la civilización occidental. Y en
fin, totalmente vinculado con la liberación de ese potencial de creatividad que
trajeron consigo los nuevos valores, empezó a tener lugar el grandioso
desarrollo de la ciencia que, de entonces acá, ha cambiado totalmente la manera
de estar en el mundo del hombre. “Sólo cuando la libertad industrial –dice
también Hayek– abrió la vía al libre uso del nuevo conocimiento, sólo cuando todo pudo
ser intentado –si se encontraba a alguien capaz de sostenerlo a su propio
riesgo– y, debe añadirse, no a través de las autoridades oficialmente
encargadas del cultivo del saber, la ciencia hizo los progresos que en los
últimos ciento cincuenta años han cambiado la faz del mundo” (escribía
esto al finalizar la Segunda Guerra Mundial). La libre competencia, la ley de
la oferta y la demanda, fue el ámbito económico en el que pudo desenvolverse
esa libertad, aunque la complejidad que fue adquiriendo la vida social y
económica hizo que el estado asumiera las necesarias funciones destinadas a
garantizar que esa libre competencia no fuera perturbada por actuaciones
fraudulentas o abusivas, así como otras funciones que tienen por objeto la
realización de servicios sociales a los que tampoco alcanza el juego de la
libre competencia. El tosco principio del laissez-faire
es desechado decididamente por el liberalismo actual, que es consciente de la
complejidad de la sociedad.
Creo que se puede situar en Rousseau, cuando abogaba por el
triunfo de la “voluntad general”, el nacimiento de un movimiento de reacción
contra esta libertad individual que se abría paso a través de la modernidad.
Movimiento que encontró su plena madurez en los totalitarismos de izquierda y
de derecha que dejaron su trágica impronta a lo largo del siglo XX. Benito
Mussolini que, procediendo del socialismo, fundó el fascismo, hizo precisamente
esta aseveración: “Fuimos los primeros en afirmar que conforme la civilización asume
formas más complejas, más tiene que restringirse la libertad del individuo”.
Más allá de las aparentes discrepancias entre fascismo y comunismo, Hayek resalta
que ambos compartían el objetivo de sustituir la libertad individual por la
planificación centralizada de la vida de la sociedad, partiendo de la que más
directamente afecta a la economía. Todo en aras de una abstracción, la clase
obrera, la raza aria, la nación… que permitía superponer el producto de una
ideología a lo que naturalmente emana de las relaciones e intercambios entre
hombres libres. El mismo Hitler dijo en un discurso, en 1941, que “fundamentalmente
nacionalsocialismo y marxismo son la misma cosa”.
Pero el fascismo, el nazismo o el comunismo no fueron
regímenes políticos surgidos de la nada, ajenos al desvío de su trayectoria por
el que estaba deslizándose nuestra civilización: “Hemos abandonado progresivamente
aquella libertad en materia económica sin la cual jamás existió en el pasado
libertad personal ni política –confirma Hayek–. Aunque algunos de los mayores
pensadores políticos del siglo XIX, como De Tocqueville y lord Acton, nos
advirtieron que el socialismo significa esclavitud, hemos marchado
constantemente en la dirección del socialismo”. Los totalitarismos
explícitos sólo han sido “el paso decisivo en la ruina de aquella
civilización que el hombre moderno vino construyendo desde la época del
Renacimiento, y que era, sobre todo, una civilización individualista”;
pero no la expresión única de nuestro actual extravío colectivo. En general, lo
que hemos ido haciendo es sustituir la libre competencia que servía de
expresión a las potencialidades del individuo por la planificación de la
economía y de la vida por parte del estado (Hayek lamenta que una palabra tan
cargada de sentido común como “planificación” se la hayan apropiado quienes con
ella lo que pretenden es suprimir la libre competencia, en la que oferta y
demanda buscan el punto en el que han de encontrarse).
Las variaciones en los precios de las cosas o en las
cantidades de las mercancías que circulan en una sociedad que artificialmente
genera la intervención del estado en la economía, así como la política fiscal y
de subvenciones que altera asimismo el camino trazado por la libre competencia,
privan a esta de su facultad para realizar una efectiva coordinación de los
esfuerzos individuales, porque precios y mercancías disponibles dejan de
suministrar una guía eficaz para la acción del individuo. Esta es la raíz de
las burbujas inmobiliaria y financiera que están en el origen inmediato de la
crisis actual: los inmuebles y los créditos dejaron de estar sometidos a la ley
de la oferta y la demanda debido a las intervenciones públicas. Y en fin, concluye
Hayek, “lo que en realidad une a los socialistas de la izquierda y la derecha
es esta común hostilidad a la competencia y su común deseo de reemplazarla por
una economía dirigida”.
La planificación nunca podrá prever todos los flujos que
genera la economía de una sociedad. Comenta Nassim Nicholas Taleb, el creador
de la teoría de los Cisnes Negros, que “para Hayek, una auténtica previsión se hace
por medio de un sistema no por decreto. Una única institución, por ejemplo, el
planificador central, no puede agregar los conocimientos precisos: faltarán
muchos fragmentos importantes de información. Pero la sociedad en su conjunto
podrá integrar en su funcionamiento estas múltiples piezas de información”.
Quien pretenda sustituir la ley de la oferta y la demanda por la planificación
sobreestima su capacidad para entender los sutiles cambios que acontecen en el
mundo, así como la importancia que hay que dar a cada uno de ellos; y, en suma,
estará tergiversando, y consiguientemente destruyendo, la intrincada y delicada red de
intercambios que conforma y sustenta la economía y la vida de una sociedad.
Así pues, amigo John, yo creo que es la competencia, el
libre juego de la oferta y la demanda lo que debe regir la marcha de la
economía y de las relaciones humanas (y ya que estamos en un país tan
estrafalario como el nuestro, habrá que decir que incluso el idioma que debe de
hablarse en una sociedad). La función del estado ha de limitarse a garantizar
que esa competencia se desarrolle dentro de un marco legal y confiable, y a
intervenir exclusivamente en aquellas parcelas de la sociedad a las que no
alcance ese juego en el que uno desarrolla un esfuerzo y recibe a cambio un
precio (que la competencia ha de fijar) por ello. Las ideologías colectivistas
pretenden que al eliminar el mecanismo de la oferta y la demanda para
sustituirlo por la planificación, están suprimiendo el egoísmo en la actividad
económica y sustituyéndolo por el interés general, pero lo que hacen en
realidad es destruir el motor que pone en marcha la productividad y deshaciendo
la intrincada red económica y social que sólo es capaz de diseñar y mantener la libre
competencia.