(EN RESPUESTA A VICENTE)
El yo es lo que se contrapone a la circunstancia; ésta es sentida por el yo como resistencia, dificultad, obstáculo, distancia. Este contraponerse a mí de mi circunstancia hace que surja en mí el deseo, que empuja hacia el punto de fuga en el que virtualmente pueda sentir (como en el útero materno o en el Paraíso) que vuelvo a ser uno con esa circunstancia, que no necesito ya emitir deseo, porque antes de hacerlo, se ha convertido en realidad. Es decir: no necesito vivir, porque la vida resulta que es una función de ese deseo de regresión al Paraíso, el universo mismo lo es de la cósmica pretensión de regresar al punto de partida, el de antes de la perturbación que significa salir de la nada. De ahí el peligro que tiene cumplir nuestros deseos y alcanzar el Paraíso (ser feliz), porque no sería entonces posible responder positivamente a esta perentoria pregunta: “¿Y ahora, qué?”. Por eso decía Ortega que “la auténtica plenitud vital no consiste en la satisfacción, en el logro, en la arribada. Ya decía Cervantes que ‘el camino es siempre mejor que la posada’ ”. Para seguir deseando, para seguir viviendo, es imprescindible que, en buena medida al menos, lo deseado nos falte, porque “en la posesión se aniquila lo deseado, que no tiene independencia, que no existe fuera del deseo” (María Zambrano). En suma: “La vida es un combate fiero –por muy pacífico de gestos que a veces parezca– entre ese yo que es un perfil de aspiraciones y anhelos, de proyectos, y el mundo, sobretodo el mundo social en derredor” (Ortega y Gasset).
Hay un supuesto atajo para intentar eludir ese enfrentamiento con la dificultad que supone lo circunstante: disolvernos en ello, dejar de sentir la inquietud que implica tener un yo, algo en nosotros que desee más de lo que nos da la realidad (eso que la razón nos dice que está ahí afuera oponiéndose a nuestro deseo o dilatando nuestro acceso a lo deseado). Esa disolución o capitulación del yo ante las circunstancias supone que ha de amputarse el deseo hasta adaptarlo a lo que el mundo es capaz de dar, aceptando que no se puede llegar a trascenderlo. Lo cual conlleva el grave riesgo de que esa adaptación acabe convertida finalmente en lamento, en percepción de que en lugar de yo lo que hay es vacío, un vacío que ocupan las circunstancias, que lo llevan a uno mecánicamente de aquí para allá.
Uno no puede quedar a expensas de lo que dicten esas circunstancias. Tiene que escarbar hasta encontrar el yo, el deseo que lleva implícito lo que echamos de menos en la realidad, aquello que haría que ésta tuviese sentido. Porque es cierto que, para empezar, decía Ortega, “la cosa inerte y áspera escupe de sí cuantos ‘sentidos’ queramos darle”. Los depresivos toman partido por la realidad (está detectado en los tests psicológicos), y en contra del yo, que queda sustituido por el sentimiento de vacío. Pero la realidad no es toda la realidad. “Nada es solamente lo que es”, decía María Zambrano. Le falta lo que le daría sentido. Y la misión del hombre (aquello en lo que para nosotros consiste vivir) es añadir sentido a lo que hay ahí afuera, acercarlo al Paraíso, que no es algo externo y objetivo, sino que reside en nuestra intimidad, y desde ahí marca la dirección de nuestros ideales (que no han de ir contra lo real, claro está, sino sólo superarlo). “El hecho humano es precisamente el fenómeno cósmico del tener sentido”, decía Ortega. Las dificultades que a cada momento nos plantea el vivir tampoco actúan en contra nuestra; todo lo contrario, como también decía: “La fatalidad que es el presente no es una desdicha, sino una delicia, es la delicia que siente el cincel al encontrar la resistencia del mármol”.
Sostenía también nuestro más preclaro filósofo que “el hombre representa, frente a todo darwinismo, el triunfo de un animal inadaptado e inadaptable”. Los estoicos, sin embargo, aspiraban a la plena adaptación a la realidad. Marco Aurelio decía: “Sólo al ser racional le ha sido dado seguir voluntariamente los acontecimientos, pues seguirlos sin más es obligatorio para todos”. Abanderaban, pues, estos otros filósofos el intento de recorrer aquel atajo que lleva al yo a adaptarse a las circunstancias, y que en última instancia consiste en amputar el yo. “Conmigo casa todo lo que casa bien contigo, mundo”, decía asimismo Marco Aurelio. Coincido contigo, Vicente, en que es una delicia leer a este emperador filósofo, y viene muy bien para los momentos en que lo que toca es aceptar nuestras limitaciones, acatar aquello que definitivamente no le pertenece al yo, sino a las circunstancias. Esos momentos para los que Marco Aurelio recomendaba atenerse a lo que hay: “Sofoca la imaginación –decía, en consecuencia, en una declaración directamente antipoética–. Contén los hilos de la marioneta. Circunscríbete al momento actual”. Pero en otros momentos lo que toca es sobreponerse, ponerse por encima de las circunstancias, luchar contra la dificultad (el absurdo en última instancia) que ellas suponen. Precisamente, lo que hizo Job conducido por su fe (lo más imaginativo que tenemos). Lo demás es anticipar la muerte, tomar conciencia de que no somos nadie, de que el destino es por nosotros. El estoicismo es una filosofía de retirada de la vida, una forma de prevenir el dolor y la lucha que es vivir. Séneca lo explicaba así de bien: “Redúcete al nivel más humilde, un nivel del que no puedas ya caer”.
El cristianismo llegó para empujar el péndulo hacia el lado que habían dejado abandonados los estoicos con su instalación en la otra punta: “No os acomodéis a los criterios de este mundo –recomendaba San Pablo–; al contrario, transformaos, renovad vuestro interior para que podáis descubrir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. Y el mismo Cristo se rebelaba contra el principio de aceptación de lo que hay de los estoicos, cuando dijo taxativamente: “Mi reino no es de este mundo”. Aún declaró más: “Yo he vencido al mundo” (Juan, cap. 16, vers. 33). Y San Agustín le siguió: “No busques fuera de ti lo que está dentro de ti: la verdad habita en lo interior del hombre”. La hipérbole, pues, del yo frente a la circunstancia. Lo contrario que los estoicos, aunque parezca, en superficie, que tengan coincidencias.
San Justino vivió en tiempos de Marco Aurelio. Había sido estoico, pero se convirtió al cristianismo. Fue el primer Padre de la Iglesia. Frente a lo que decían sus antiguos correligionarios, sostuvo: “Evidentemente, ellos (los estoicos) intentan convencernos de que Dios se ocupa del universo en su conjunto, de los géneros y de las especies. Pero si no se ocupara de mí o de ti, de cada cual en concreto, nosotros no le rezaríamos noche y día”. Marco Aurelio, o sus funcionarios, mandaron decapitar a San Justino. Y hasta se puede comprender que lo hicieran: la paz social de la que, como emperador, respondía el primero, es posible mientras el hombre está adaptado a lo que hay, acata las circunstancias, el orden reinante; el cristiano –a veces yéndose, incluso, como hizo San Antonio, de monje al desierto–, al retirarse de las circunstancias, que le importaban un pepino de los de antes de que Alemania se retractase de lo de la bacteria e-coli, ponía en peligro el sistema social. Edward Gibbon, el más prestigioso historiador de la caída del Imperio Romano, achaca a los cristianos, por esta razón, la entrada en la decadencia.
Hasta que alguien vino a decir que no sólo somos “yo” ni sólo “circunstancia”, sino que “yo soy yo y mi circunstancia”, que “esta unidad de dinamismo dramático entre ambos elementos –yo y mundo– es la vida” (Ortega y Gasset) tuvo que pasar todavía un buen rato.
La filosofía, la historia, la psicología, el arte, la antropología, la actualidad... de la mano, sobre todo, de Ortega y Gasset, el pensador más importante de todos los tiempos en lengua española
sábado, 16 de julio de 2011
sábado, 9 de julio de 2011
INICIACIÓN A FAEMINO Y CANSADO (A TRAVÉS DE KIERKEGAARD)
Yo voy a seguir poniendo el énfasis en la fe como palanca para seguir discurriendo hacia lo que hay más allá (no necesariamente el “más allá” de esta vida, en el que me gustaría creer, pero no creo… aunque no haya perdido la fe); es decir, insistiré en lo que, desde dentro de nosotros mismos y por encima de las circunstancias, empuja a seguir adelante. Ésta de este artículo, por tanto, sigue siendo de cal, como la del anterior (la de arena es lo que de nosotros da a la realidad, al mundo objetivo, a la circunstancia).
Para seguir adelante en la vida, hay que sobreponerse al absurdo, que es la materia prima del mundo (“ápeiron” lo llamaba Anaximandro, más naturalista: “lo indefinido” o indiferente, es decir, que no hace ni puñetero caso de nuestra necesidad de atenerse a un sentido). Para tratar de entender por dónde va la vida, proponía Kierkegaard: “si la razón no es suficiente, exploremos el absurdo”, como tuvieron que hacer en Auschwitz los que se resistían a condenar a Dios.
Dio Kierkegaard vueltas y más vueltas (de una manera, más que obsesiva, apasionada) a las peripecias a las que tuvo que enfrentarse Job, la víctima por excelencia, que, en una demoledora acumulación de desgracias, perdió sucesivamente a sus hijos, su ganado, su riqueza y su salud. A partir de ahí (¡tratad de poneros en su lugar!), o encuentras la manera de seguir adelante o… tiras por la calle de en medio, la que escogió Primo Levi (el suicidio). ¿Cómo encontrar sentido a una vida para la que se han caído todos los palos del sombrajo, que ha traspasado de largo el límite de lo tolerable? Los estoicos dieron su receta: ataraxia, inmutabilidad, resignación. Hegel, la suya (Hegel es la de arena): trascender a lo supraindividual, porque para los individuos no hay salida, todos acabamos cascándola, y los fracasos anteriores no son sino necesarios ejercicios preparatorios para cuando llegue ese último. Fichte, primo hermano ideológico de Hegel, no se anduvo con contemplaciones cuando dijo: “el individuo no existe, no debería contar para nada, sino desaparecer completamente; sólo el grupo existe”. Los cristianos, por su parte, siguiendo la estela de los judíos, y en contra de los estoicos y de Hegel, dijeron: hay que seguir adelante, y como individuos, no como átomos de lo universal, aunque no encontremos razones para ello. ¿Cómo hacerlo entonces, si lo que la realidad demuestra es que no tiene sentido seguir? Con fe. Viktor E. Frankl, otro de los prisioneros judíos de Auschwitz, donde perdió a toda su familia, a partir de las Navidades de 1941-42, en que aconteció una epidemia masiva de suicidios en el campo de concentración, se dedicó a intentar transmitir esa fe a los demás prisioneros para poner freno a aquellos suicidios en masa. Allí fundamentó su método psicoterapéutico, la logoterapia o terapia del sentido.
Al tratar de definir lo que es la fe es fácil caer en el simplismo. Kierkegaard puede que, en general, se pasara de profundo, pero, a este respecto, empezó también por exponer la idea en su forma más simple: decía que la fe era lo que le llevaba a Job a creer que era posible recuperar a sus hijos, su riqueza, su salud, porque “Dios significa que todo es posible y que todo es posible significa Dios”. “Vale, majo –estamos tentados de decirle–, pero a ver si te vas enterando de que los Reyes Magos son los padres, y Freud dice que Dios también. ¿A ti te han dado el título de filósofo en una tómbola o qué?”... Nos refrenamos y no le decimos nada, porque no es tan simple la cosa como parece, claro. Además, si un día queremos entender a Faemino y Cansado, tendremos que ir a las fuentes y antes entender bien a Kierkegaard.
La fe no hace referencia a la realidad objetiva, sino a una disposición interior; no hablamos del ámbito en el que tienen lugar los resultados, sino de aquel otro en el que residen los principios. Cuando decimos que Job era un hombre de fe, estamos hablando de que, tras una primera fase en la que cedió a la resignación, y persistentemente respondía a quien le preguntaba por su situación: “Dios me lo dio, Dios me lo quitó”, a partir de cierto momento renegó de su suerte y, de manera correlativa, decidió mantener interiormente vivos a sus hijos y el resto de sus bienes. Uno, para poner en marcha su vida, necesita extraer de sí cierta energía, poner a producir su capacidad de ilusionarse, de entrega a la tarea. Eso es una disposición personal previa a la producción de resultados, que, si hay suerte, acabarán llegando… pero si no hay suerte, no. O puede que los consigas, por ejemplo, formar una familia, conseguir una posición en la vida, tener salud para disfrutarlo, y acabes perdiéndolos, porque, no hay que darle muchas vueltas: vivir es también ir acumulando pérdidas, despidiéndote de lo que una vez tuviste. Y entonces, ¿qué hacemos con aquella disposición interior que precedía a los resultados? ¿La dejamos morir a medida que éstos se transforman en fracasos? Si es así, si el sitio que ocupaban aquella energía y aquellas ilusiones en ebullición dejamos que lo “rellene” el vacío, corremos el peligro de que ese vacío acabe haciendo metástasis (y no estoy seguro de que esto que digo sea sólo una metáfora).
Sobre los resultados, que es algo que acontece ahí afuera, en el mundo, no tenemos responsabilidad en última instancia; sólo la tenemos de nuestra manera de estar en ese mundo y en la vida, de nuestros principios… de nuestra fe. Fe es creer independientemente de lo que vemos, de lo que ocurre ahí afuera, en el lugar donde se recogen los resultados. Job mantuvo vivas su disposición, su energía, sus ilusiones. Las mantuvo vivas a través del dolor por la pérdida, no porque alucinara creyendo que seguía teniendo lo que estaba irreparablemente perdido. Y, dice la Biblia, Dios, finalmente, le devolvió el doble de lo que había perdido. ¿Se lo devolvió en el mundo real, en el mundo de los resultados, por ejemplo teniendo nuevos hijos, o sólo en el de las representaciones? No entra en tantos detalles el narrador. Pero Kierkegaard tiene ya con eso claves suficientes para mostrar su argumento: hay que seguir viviendo como si aquello que deseamos, aquello que sale de nosotros con tanta fuerza como la que se manifiesta en forma de cariño hacia un hijo, tuviese efectivamente un objeto real sobre el que proyectarse. De modo que, si en la realidad no existe ese hijo, podamos buscar objetivos alternativos sobre los que seguir proyectando aquella energía; una energía, insistamos en ello, que existe antes de los resultados, y que no podemos dejar impunemente que se apague, porque en la misma jugada se irá apagando todo nuestro ser. Vale también esto como forma de prevenir los suicidios en un campo de concentración (en la vida misma, cuando se le parezca en algún sentido): gracias a la fe se vive incluyendo entre las circunstancias la representación de lo que deseamos, y que quizás nunca tendremos.
En suma, que la vida es el proceso que se pone en marcha al encontrarse un yo (un emisor de fe) con una circunstancia (un almacén de resultados), ambos inextricablemente juntos, pero no revueltos. Así que vuelvo a poner a Ortega entre las etiquetas.
Para seguir adelante en la vida, hay que sobreponerse al absurdo, que es la materia prima del mundo (“ápeiron” lo llamaba Anaximandro, más naturalista: “lo indefinido” o indiferente, es decir, que no hace ni puñetero caso de nuestra necesidad de atenerse a un sentido). Para tratar de entender por dónde va la vida, proponía Kierkegaard: “si la razón no es suficiente, exploremos el absurdo”, como tuvieron que hacer en Auschwitz los que se resistían a condenar a Dios.
Dio Kierkegaard vueltas y más vueltas (de una manera, más que obsesiva, apasionada) a las peripecias a las que tuvo que enfrentarse Job, la víctima por excelencia, que, en una demoledora acumulación de desgracias, perdió sucesivamente a sus hijos, su ganado, su riqueza y su salud. A partir de ahí (¡tratad de poneros en su lugar!), o encuentras la manera de seguir adelante o… tiras por la calle de en medio, la que escogió Primo Levi (el suicidio). ¿Cómo encontrar sentido a una vida para la que se han caído todos los palos del sombrajo, que ha traspasado de largo el límite de lo tolerable? Los estoicos dieron su receta: ataraxia, inmutabilidad, resignación. Hegel, la suya (Hegel es la de arena): trascender a lo supraindividual, porque para los individuos no hay salida, todos acabamos cascándola, y los fracasos anteriores no son sino necesarios ejercicios preparatorios para cuando llegue ese último. Fichte, primo hermano ideológico de Hegel, no se anduvo con contemplaciones cuando dijo: “el individuo no existe, no debería contar para nada, sino desaparecer completamente; sólo el grupo existe”. Los cristianos, por su parte, siguiendo la estela de los judíos, y en contra de los estoicos y de Hegel, dijeron: hay que seguir adelante, y como individuos, no como átomos de lo universal, aunque no encontremos razones para ello. ¿Cómo hacerlo entonces, si lo que la realidad demuestra es que no tiene sentido seguir? Con fe. Viktor E. Frankl, otro de los prisioneros judíos de Auschwitz, donde perdió a toda su familia, a partir de las Navidades de 1941-42, en que aconteció una epidemia masiva de suicidios en el campo de concentración, se dedicó a intentar transmitir esa fe a los demás prisioneros para poner freno a aquellos suicidios en masa. Allí fundamentó su método psicoterapéutico, la logoterapia o terapia del sentido.
Al tratar de definir lo que es la fe es fácil caer en el simplismo. Kierkegaard puede que, en general, se pasara de profundo, pero, a este respecto, empezó también por exponer la idea en su forma más simple: decía que la fe era lo que le llevaba a Job a creer que era posible recuperar a sus hijos, su riqueza, su salud, porque “Dios significa que todo es posible y que todo es posible significa Dios”. “Vale, majo –estamos tentados de decirle–, pero a ver si te vas enterando de que los Reyes Magos son los padres, y Freud dice que Dios también. ¿A ti te han dado el título de filósofo en una tómbola o qué?”... Nos refrenamos y no le decimos nada, porque no es tan simple la cosa como parece, claro. Además, si un día queremos entender a Faemino y Cansado, tendremos que ir a las fuentes y antes entender bien a Kierkegaard.
La fe no hace referencia a la realidad objetiva, sino a una disposición interior; no hablamos del ámbito en el que tienen lugar los resultados, sino de aquel otro en el que residen los principios. Cuando decimos que Job era un hombre de fe, estamos hablando de que, tras una primera fase en la que cedió a la resignación, y persistentemente respondía a quien le preguntaba por su situación: “Dios me lo dio, Dios me lo quitó”, a partir de cierto momento renegó de su suerte y, de manera correlativa, decidió mantener interiormente vivos a sus hijos y el resto de sus bienes. Uno, para poner en marcha su vida, necesita extraer de sí cierta energía, poner a producir su capacidad de ilusionarse, de entrega a la tarea. Eso es una disposición personal previa a la producción de resultados, que, si hay suerte, acabarán llegando… pero si no hay suerte, no. O puede que los consigas, por ejemplo, formar una familia, conseguir una posición en la vida, tener salud para disfrutarlo, y acabes perdiéndolos, porque, no hay que darle muchas vueltas: vivir es también ir acumulando pérdidas, despidiéndote de lo que una vez tuviste. Y entonces, ¿qué hacemos con aquella disposición interior que precedía a los resultados? ¿La dejamos morir a medida que éstos se transforman en fracasos? Si es así, si el sitio que ocupaban aquella energía y aquellas ilusiones en ebullición dejamos que lo “rellene” el vacío, corremos el peligro de que ese vacío acabe haciendo metástasis (y no estoy seguro de que esto que digo sea sólo una metáfora).
Sobre los resultados, que es algo que acontece ahí afuera, en el mundo, no tenemos responsabilidad en última instancia; sólo la tenemos de nuestra manera de estar en ese mundo y en la vida, de nuestros principios… de nuestra fe. Fe es creer independientemente de lo que vemos, de lo que ocurre ahí afuera, en el lugar donde se recogen los resultados. Job mantuvo vivas su disposición, su energía, sus ilusiones. Las mantuvo vivas a través del dolor por la pérdida, no porque alucinara creyendo que seguía teniendo lo que estaba irreparablemente perdido. Y, dice la Biblia, Dios, finalmente, le devolvió el doble de lo que había perdido. ¿Se lo devolvió en el mundo real, en el mundo de los resultados, por ejemplo teniendo nuevos hijos, o sólo en el de las representaciones? No entra en tantos detalles el narrador. Pero Kierkegaard tiene ya con eso claves suficientes para mostrar su argumento: hay que seguir viviendo como si aquello que deseamos, aquello que sale de nosotros con tanta fuerza como la que se manifiesta en forma de cariño hacia un hijo, tuviese efectivamente un objeto real sobre el que proyectarse. De modo que, si en la realidad no existe ese hijo, podamos buscar objetivos alternativos sobre los que seguir proyectando aquella energía; una energía, insistamos en ello, que existe antes de los resultados, y que no podemos dejar impunemente que se apague, porque en la misma jugada se irá apagando todo nuestro ser. Vale también esto como forma de prevenir los suicidios en un campo de concentración (en la vida misma, cuando se le parezca en algún sentido): gracias a la fe se vive incluyendo entre las circunstancias la representación de lo que deseamos, y que quizás nunca tendremos.
En suma, que la vida es el proceso que se pone en marcha al encontrarse un yo (un emisor de fe) con una circunstancia (un almacén de resultados), ambos inextricablemente juntos, pero no revueltos. Así que vuelvo a poner a Ortega entre las etiquetas.
sábado, 2 de julio de 2011
CUÁNDO CAMBIÓ EL MUNDO (UNA DE CAL)
El hombre es culo de mal asiento. No hay, por ejemplo en política, dirigente de campaña electoral que no sepa que no se va a comer un rosco si entre las propuestas estrella de su partido no hace figurar como denominador común de todas ellas la del cambio. Una manía, porque en lo fundamental el mundo ya está cambiado. Lo de ahora es ya sólo una gestión del impulso que se desencadenó hace unos milenios, cuando las cosas cambiaron realmente. Fue, eso sí, un cambio tan radical que nos lleva periódicamente al arrepentimiento, a intentar echar el freno para que lo nuevo no se salga de madre y, mal que bien, el mundo, al menos, siga dando vueltas como de costumbre.
Hasta entonces, hasta que llegó la gran transformación, los hombres nos habíamos dedicado a administrar la eternidad, lo que estaba allí de toda la vida de Dios. Si a algo se le ocurría cambiar, por ejemplo al invierno convirtiéndose en primavera, la cosmovisión imperante tenía claro cómo reconducir el asunto y prever que eso era algo circunstancial: todo volvería, tarde o temprano, al punto de partida, incluidas las estaciones, por supuesto. La realidad era lo que siempre había sido, y el hombre, en aquel tiempo, una mera prolongación de la realidad.
Entonces llegó Prometeo, el rebelde, y abrió dos frentes de oposición a lo establecido: Grecia (la de los “indignados” de ahora, no, la otra) y el judaísmo. Sócrates dio la espalda a la realidad y nos encomendó la tarea de conocer no el mundo que nos rodeaba, sino a nosotros mismos. Los judíos se empeñaron también en no ser consecuentes con los hechos, y, por su parte, decidieron seguir los trayectos que les abría la fe. Supusieron estas dos formas de rebeldía la definitiva cristalización de aquel invento que los hombres habían llevado a cabo ya en los tiempos de Atapuerca, cuando volviéndose también de espaldas a la realidad se toparon con algo que se salía del raíl que marcaba su fisiología: la fantasía. Pero no nos descolguemos demasiado por el áspero terreno de las abstracciones, y pasemos directamente a poner un ejemplo de rebeldía contra lo real, eso de lo cual, para lo bueno y para lo malo, es última consecuencia el hombre moderno occidental.
Una productora norteamericana emite desde hace tiempo, o emitía hasta no hace mucho, una serie de televisión que ha cosechado muchos premios y que tiene el título genérico de “Masterpiece” (Obra Maestra); en ella se realizan adaptaciones de novelas, biografías o sucesos históricos. En noviembre de 2008 emitió una de esas adaptaciones titulada “Juicio a Dios”, cuyo impactante argumento viene a escenificar la disyuntiva ante la que los hombres podemos llegar a encontrarnos cuando la realidad se vuelve inaceptable. “Juicio a Dios” se basa en la leyenda de que, en el campo nazi de prisioneros de Auschwitz, un grupo de internos judíos procedentes de los ámbitos profesionales y personales más diversos, un físico, un fabricante de guantes, un rabino, un profesor de Derecho… llevaron a cabo un simulacro de juicio contra Dios, por la presunta traición que éste habría cometido al faltar a su promesa de cuidar de su pueblo, el pueblo judío, que estaba sufriendo un auténtico genocidio a manos de los nazis. El único argumento que finalmente quedaba para, eventualmente, no llegar a condenar a Dios era el de la fe, que debería sobreponerse a las terribles peripecias de las que daban testimonio cada uno de los intervinientes en el juicio. ¿Cómo entender que Dios, por alguna razón más o menos asumible, estaba castigando al pueblo judío si estaban muriendo tantas personas inocentes y buenas? ¿Tenía Dios previsto un triunfo final para el pueblo judío en el que la muerte de esas personas quedaría subsumida como holocausto, como sacrificio necesario para alcanzar aquel bien mayor? ¿Se podría rastrear esa intención de Dios en el hecho de que muchos de los que habían perseguido a los judíos a lo largo de la historia, por ejemplo los romanos, habían acabado desapareciendo mientras que el pueblo judío seguía viviendo?... Al final ninguna de esas razones se mostró como suficiente. En última instancia, como se ha dicho, para enfrentarse a tan dura realidad sólo quedaba la fe. La fe en que Dios, en su inmensa sabiduría, sabía lo que hacía y las cosas, por tanto, seguían teniendo sentido. En el juicio, sin embargo, la realidad se impuso y se acabó condenando a Dios.
Primo Levi, singular escritor judío que efectivamente estuvo internado durante diez meses en el campo de concentración de Auschwitz, fue aún más rotundo que aquel supuesto tribunal cuando afirmó: “Existe Auschwitz… no existe Dios”. Pero cuando se oían los pasos de los carceleros que se acercaban para conducir a aquellos imaginarios internos de la película a la cámara de gas, y uno de ellos, aterrado, preguntaba a otro de los que con más seguridad había inclinado las opciones hacia la condena de Dios sobre qué procedía hacer, éste le contestaba: “Rezar”. Desde el lado de la realidad, Primo Levi dio lo que podríamos entender como una respuesta alternativa, aunque retardada, a aquella misma pregunta: en 1987, después de décadas sobrellevando una vida sin Dios, vale decir sin sentido, se suicidó. Su mujer ratificó el diagnóstico: “Primo estaba cansado de la vida”. Tenía toda la razón para ello. Y lo que no tenía era fe.
Adaptado a la realidad, el hombre corre serio peligro de acabar dejando de tener motivos para seguir viviendo (los depresivos son los que, por ejemplo, más alto puntúan en “realismo” en diferentes tests psicológicos). En general, para mantener esos motivos en el contexto de este mundo absurdo, a menudo es preciso pararle un rato, bajarse y sustituirlo por los dictados de la fantasía… para, ¡cuidado!, volver a subirse acto seguido. Es la dialéctica que Ortega proponía entre ensimismamiento y alteración, que finalmente funciona de esta manera que él dice: “Frente al objeto real que la razón descubre nace así el objeto deseable o “desideratum” que la fantasía, orientada por el deseo, construye. Nuestra mente fabrica leyenda”. Desde que inventamos la fantasía, el mundo dejó de ser inamovible, y empezó a ser un campo de pruebas en el que los hombres buscamos la manera de acercarlo a los presupuestos de esa fantasía (lo que Sócrates llamaba razón y fe los judíos). Dado que el mundo es absurdo, no tuvimos más remedio que asumir la tarea de convertirlo en un lugar vivible, en otro mundo que tuviera sentido. La otra alternativa, la de Primo Levi, habría sido más rápida y expeditiva, desde luego. Hubo también quienes inventaron la resignación. Pero fueron Sócrates y la Torah los que, en Occidente, iniciaron el cambio que nos ha permitido llegar hasta aquí.
Hasta entonces, hasta que llegó la gran transformación, los hombres nos habíamos dedicado a administrar la eternidad, lo que estaba allí de toda la vida de Dios. Si a algo se le ocurría cambiar, por ejemplo al invierno convirtiéndose en primavera, la cosmovisión imperante tenía claro cómo reconducir el asunto y prever que eso era algo circunstancial: todo volvería, tarde o temprano, al punto de partida, incluidas las estaciones, por supuesto. La realidad era lo que siempre había sido, y el hombre, en aquel tiempo, una mera prolongación de la realidad.
Entonces llegó Prometeo, el rebelde, y abrió dos frentes de oposición a lo establecido: Grecia (la de los “indignados” de ahora, no, la otra) y el judaísmo. Sócrates dio la espalda a la realidad y nos encomendó la tarea de conocer no el mundo que nos rodeaba, sino a nosotros mismos. Los judíos se empeñaron también en no ser consecuentes con los hechos, y, por su parte, decidieron seguir los trayectos que les abría la fe. Supusieron estas dos formas de rebeldía la definitiva cristalización de aquel invento que los hombres habían llevado a cabo ya en los tiempos de Atapuerca, cuando volviéndose también de espaldas a la realidad se toparon con algo que se salía del raíl que marcaba su fisiología: la fantasía. Pero no nos descolguemos demasiado por el áspero terreno de las abstracciones, y pasemos directamente a poner un ejemplo de rebeldía contra lo real, eso de lo cual, para lo bueno y para lo malo, es última consecuencia el hombre moderno occidental.
Una productora norteamericana emite desde hace tiempo, o emitía hasta no hace mucho, una serie de televisión que ha cosechado muchos premios y que tiene el título genérico de “Masterpiece” (Obra Maestra); en ella se realizan adaptaciones de novelas, biografías o sucesos históricos. En noviembre de 2008 emitió una de esas adaptaciones titulada “Juicio a Dios”, cuyo impactante argumento viene a escenificar la disyuntiva ante la que los hombres podemos llegar a encontrarnos cuando la realidad se vuelve inaceptable. “Juicio a Dios” se basa en la leyenda de que, en el campo nazi de prisioneros de Auschwitz, un grupo de internos judíos procedentes de los ámbitos profesionales y personales más diversos, un físico, un fabricante de guantes, un rabino, un profesor de Derecho… llevaron a cabo un simulacro de juicio contra Dios, por la presunta traición que éste habría cometido al faltar a su promesa de cuidar de su pueblo, el pueblo judío, que estaba sufriendo un auténtico genocidio a manos de los nazis. El único argumento que finalmente quedaba para, eventualmente, no llegar a condenar a Dios era el de la fe, que debería sobreponerse a las terribles peripecias de las que daban testimonio cada uno de los intervinientes en el juicio. ¿Cómo entender que Dios, por alguna razón más o menos asumible, estaba castigando al pueblo judío si estaban muriendo tantas personas inocentes y buenas? ¿Tenía Dios previsto un triunfo final para el pueblo judío en el que la muerte de esas personas quedaría subsumida como holocausto, como sacrificio necesario para alcanzar aquel bien mayor? ¿Se podría rastrear esa intención de Dios en el hecho de que muchos de los que habían perseguido a los judíos a lo largo de la historia, por ejemplo los romanos, habían acabado desapareciendo mientras que el pueblo judío seguía viviendo?... Al final ninguna de esas razones se mostró como suficiente. En última instancia, como se ha dicho, para enfrentarse a tan dura realidad sólo quedaba la fe. La fe en que Dios, en su inmensa sabiduría, sabía lo que hacía y las cosas, por tanto, seguían teniendo sentido. En el juicio, sin embargo, la realidad se impuso y se acabó condenando a Dios.
Primo Levi, singular escritor judío que efectivamente estuvo internado durante diez meses en el campo de concentración de Auschwitz, fue aún más rotundo que aquel supuesto tribunal cuando afirmó: “Existe Auschwitz… no existe Dios”. Pero cuando se oían los pasos de los carceleros que se acercaban para conducir a aquellos imaginarios internos de la película a la cámara de gas, y uno de ellos, aterrado, preguntaba a otro de los que con más seguridad había inclinado las opciones hacia la condena de Dios sobre qué procedía hacer, éste le contestaba: “Rezar”. Desde el lado de la realidad, Primo Levi dio lo que podríamos entender como una respuesta alternativa, aunque retardada, a aquella misma pregunta: en 1987, después de décadas sobrellevando una vida sin Dios, vale decir sin sentido, se suicidó. Su mujer ratificó el diagnóstico: “Primo estaba cansado de la vida”. Tenía toda la razón para ello. Y lo que no tenía era fe.
Adaptado a la realidad, el hombre corre serio peligro de acabar dejando de tener motivos para seguir viviendo (los depresivos son los que, por ejemplo, más alto puntúan en “realismo” en diferentes tests psicológicos). En general, para mantener esos motivos en el contexto de este mundo absurdo, a menudo es preciso pararle un rato, bajarse y sustituirlo por los dictados de la fantasía… para, ¡cuidado!, volver a subirse acto seguido. Es la dialéctica que Ortega proponía entre ensimismamiento y alteración, que finalmente funciona de esta manera que él dice: “Frente al objeto real que la razón descubre nace así el objeto deseable o “desideratum” que la fantasía, orientada por el deseo, construye. Nuestra mente fabrica leyenda”. Desde que inventamos la fantasía, el mundo dejó de ser inamovible, y empezó a ser un campo de pruebas en el que los hombres buscamos la manera de acercarlo a los presupuestos de esa fantasía (lo que Sócrates llamaba razón y fe los judíos). Dado que el mundo es absurdo, no tuvimos más remedio que asumir la tarea de convertirlo en un lugar vivible, en otro mundo que tuviera sentido. La otra alternativa, la de Primo Levi, habría sido más rápida y expeditiva, desde luego. Hubo también quienes inventaron la resignación. Pero fueron Sócrates y la Torah los que, en Occidente, iniciaron el cambio que nos ha permitido llegar hasta aquí.
sábado, 25 de junio de 2011
¿Y SI NUESTRAS TENDENCIAS PROFUNDAS SALIERAN A LA LUZ (A LA PUERTA) DEL SOL?
(PUBLICADO EN "EL CORREO DE BURGOS" EL 4 DE AGOSTO DE 2011)
Vivir es ir abriéndose paso hacia lo decepcionante. Me gustan, como siempre, las melancólicas, pero humorísticas, maneras de decirlo de Cioran, como ésta, que parece el registro de una pura contingencia, de un estado de ánimo cazado al vuelo: “Hace un rato, queriendo profundizar un tema serio y no lográndolo, me acosté. Con frecuencia mis proyectos me han conducido a la cama, término predestinado de mis ambiciones”. Cuando descubrimos que la realidad nunca va a estar a la altura de nuestros deseos, hemos madurado. Mejor dicho, hemos dado el primer paso hacia la madurez; el definitivo consiste en atreverse a seguir adelante una vez que hemos comprobado que no vamos a ningún sitio (a ningún sitio predeterminado). Vicente, esta cita de Nietzsche parece especialmente escrita para ti: “Debemos experimentar en nosotros el nihilismo para llegar a comprender cuál era el verdadero valor (…) Éste (el nihilismo) es solamente un estado de transición”. Decía también que “El hombre nunca se eleva a mayor altura que cuando ignora hacia dónde puede llevarle todavía su destino”, es decir, su resolución de seguir adelante. No es fácil (no hay que engañarse) entender esto; o aceptarlo; o saber que no se está abogando aquí por vivir una vida sin rumbo, sin motivaciones y entregada al azar, en la medida en que no parece haber para ella, según lo dicho, una finalidad objetiva, válida en sí misma, que venga obligatoriamente a servir de reparación a las insuficiencias que alimentan y ponen en marcha esa vida. Sólo se está diciendo que madurar es decidirse a vivir sabiendo que no existe la utopía, que hay que dejar atrás la infancia, el pensamiento mágico, la suposición de que, como se dice en ese superventas del género literario infantil, que lleva ya tropecientas ediciones, “El secreto”, de Rhonda Byrne, basta con desear algo con mucha fuerza para que el deseo se haga realidad. Madurar es, por el contrario, aceptar que (sigamos con Nietzsche) “en última instancia lo que amamos es nuestro deseo, no lo deseado”; y también que “amamos la vida no porque estemos acostumbrados a vivir, sino porque estamos acostumbrados a amar”. Pero eso exige despedirse de nuestras expectativas infantiles y atreverse a pasar a la otra orilla, la de la madurez. “Yo amo –aún sigue diciendo Nietzsche por boca de Zaratustra– a quienes no saben vivir de otro modo que hundiéndose en su ocaso, pues ellos son los que pasan al otro lado”.
Capítulo dos. En principio, no tengo casi nada que objetar: los hombres somos seres racionales. Pero si nos ponemos estrictos habremos de matizar esa afirmación y concluir que la razón auténtica, la que se pone al servicio de la verdad, es una conquista de nuestras decepciones, que son las que nos ponen en contacto con la realidad (lo que hay, no lo que quisiéramos que hubiera). Volvamos a Cioran: “De todo lo que nos hace sufrir, nada tanto como la decepción nos produce la sensación de que alcanzamos por fin lo Verdadero”. Antes de la decepción (después, cuando decidimos seguir adelante, también, pero de otra manera, conscientemente), todo lo que parece que razonamos está contenido en un molde hecho de mitología. Carl Gustav Jung diría que de arquetipos, y la razón sería, por tanto, una mera superestructura (“racionalización”) del inconsciente; Ortega y Gasset diría que de creencias, lo cual nos disculparía de la necesidad de emplear la razón en tener ideas. No necesariamente esas dos cosas, razones y mitos, ideas y creencias, nos empujan a sus depositarios en direcciones contrapuestas: creo que uno puede cultivar pensamientos muy elaborados y perfectamente razonados, y hacerlos vitalmente compatibles con nuestro ser profundo o primario, que es otra cosa que razón (mito, arquetipo, creencia). Alcanzada la madurez, esos arquetipos o creencias funcionan como principios morales o imperativos categóricos, y la razón puede situarse perfectamente en su prolongación o estela. Pero si ese ser profundo no ha salido de la etapa infantil, de la etapa del pensamiento mágico, los razonamientos puede que sólo sean una coartada, una manera de vestir esas otras tendencias más profundas, y acaban no valiendo sino para dar una pátina de civilidad a bulliciosos instintos cuya evolución quedó interrumpida en aquella fase infantil, y que, así enmascarados, se cuelan mejor por los resquicios de nuestro comportamiento (lo siento, pero no es éste sitio para explicarse más a fondo).
Capítulo tres. Trataré de ejemplificar lo que quiero decir, copiando el trozo final de un texto redactado por los indignados de la Puerta del Sol:
“Debemos extender, por tanto, el principio de liberación colectiva que nos ha permitido apropiarnos de Sol a todo Madrid, a todos sus espacios y lugares desaprovechados que la economía malogra y los políticos olvidan. Las plazas se han de convertir en espacios para hacer política sin políticos. Tenemos todo el derecho de reunión y de manifestación en las plazas públicas, ya que éstas son propiedad del pueblo, por ello, al igual que se ha producido en Sol de forma instintiva, las plazas han de ser espacios sin dinero, sin dirigentes y sin mercaderes, son el germen de un nuevo mundo y el único poder que reconocen es el de la asamblea de su barrio o pueblo. Pero que ese deseo de liberación no se quede ahí (…) Hacia la proclamación de la Comuna de Madrid. Todo el poder a las asambleas. ¡Lo queremos todo y lo queremos ahora!”.
La aludida Comuna de Madrid hace evidente referencia a su pretendida homóloga, la Comuna de París de 1871, un movimiento insurreccional que reivindican como propio tanto los comunistas marxistas como los anarquistas y en el que gente desesperada se rebeló contra el Estado francés. La insurrección (violenta) duró dos meses, durante los cuales, el poder político pasó a manos de la Comuna, que no era sino expresión de las asambleas locales (repudiaban, también aquellos revolucionarios, el parlamentarismo), y acabó con un saldo de 30.000 muertos en los combates con el Gobierno, cuando éste decidió poner fin a la situación de rebeldía. La Comuna de París reverberó en el nuevamente parisino Mayo del 68 y ha pasado a convertirse en una efeméride a celebrar por todos aquellos que aspiran a ver realizada la utopía social comunista o anarquista, es decir, por aquellos que han trasladado al ámbito político los principios que Rhonda Byrne ha dejado enunciados en su citado superventas infanto-juvenil.
Capítulo cuatro: conclusiones. Madurar en política es aceptar el principio de realidad, aceptar que esa realidad es y seguirá siendo decepcionante, y que no se la puede impunemente arrollar manifestando que “¡lo queremos todo y lo queremos ahora!”, consigna que decididamente harían propia todas las multitudes analizadas en el artículo anterior. Lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que debamos conformarnos con lo que hay, especialmente cuando, como ocurre en España y ya tiene dicho Rosa Díez, “estamos tocando fondo”. Pero ya es hora de ir enterándose: el movimiento 15-M ha derivado hacia el extraparlamentarismo y hacia métodos que desprecian el estado de derecho y que, soterrado en buena parte todavía, contienen un alto potencial de violencia. Si quienes pretendemos regenerar la vida política de este país (que, insistamos en ello, ha tocado fondo) por métodos democráticos y parlamentarios hemos de encontrarnos con algunos sectores del movimiento 15-M, será con aquellos que demuestren haber superado la fase infanto-juvenil de encandilamiento con el pensamiento utópico. A los demás, a los nostálgicos de la Comuna de París, les acabaremos teniendo, les estamos teniendo ya, en la (ojalá que no demasiado virulenta) barricada de enfrente.
Vivir es ir abriéndose paso hacia lo decepcionante. Me gustan, como siempre, las melancólicas, pero humorísticas, maneras de decirlo de Cioran, como ésta, que parece el registro de una pura contingencia, de un estado de ánimo cazado al vuelo: “Hace un rato, queriendo profundizar un tema serio y no lográndolo, me acosté. Con frecuencia mis proyectos me han conducido a la cama, término predestinado de mis ambiciones”. Cuando descubrimos que la realidad nunca va a estar a la altura de nuestros deseos, hemos madurado. Mejor dicho, hemos dado el primer paso hacia la madurez; el definitivo consiste en atreverse a seguir adelante una vez que hemos comprobado que no vamos a ningún sitio (a ningún sitio predeterminado). Vicente, esta cita de Nietzsche parece especialmente escrita para ti: “Debemos experimentar en nosotros el nihilismo para llegar a comprender cuál era el verdadero valor (…) Éste (el nihilismo) es solamente un estado de transición”. Decía también que “El hombre nunca se eleva a mayor altura que cuando ignora hacia dónde puede llevarle todavía su destino”, es decir, su resolución de seguir adelante. No es fácil (no hay que engañarse) entender esto; o aceptarlo; o saber que no se está abogando aquí por vivir una vida sin rumbo, sin motivaciones y entregada al azar, en la medida en que no parece haber para ella, según lo dicho, una finalidad objetiva, válida en sí misma, que venga obligatoriamente a servir de reparación a las insuficiencias que alimentan y ponen en marcha esa vida. Sólo se está diciendo que madurar es decidirse a vivir sabiendo que no existe la utopía, que hay que dejar atrás la infancia, el pensamiento mágico, la suposición de que, como se dice en ese superventas del género literario infantil, que lleva ya tropecientas ediciones, “El secreto”, de Rhonda Byrne, basta con desear algo con mucha fuerza para que el deseo se haga realidad. Madurar es, por el contrario, aceptar que (sigamos con Nietzsche) “en última instancia lo que amamos es nuestro deseo, no lo deseado”; y también que “amamos la vida no porque estemos acostumbrados a vivir, sino porque estamos acostumbrados a amar”. Pero eso exige despedirse de nuestras expectativas infantiles y atreverse a pasar a la otra orilla, la de la madurez. “Yo amo –aún sigue diciendo Nietzsche por boca de Zaratustra– a quienes no saben vivir de otro modo que hundiéndose en su ocaso, pues ellos son los que pasan al otro lado”.
Capítulo dos. En principio, no tengo casi nada que objetar: los hombres somos seres racionales. Pero si nos ponemos estrictos habremos de matizar esa afirmación y concluir que la razón auténtica, la que se pone al servicio de la verdad, es una conquista de nuestras decepciones, que son las que nos ponen en contacto con la realidad (lo que hay, no lo que quisiéramos que hubiera). Volvamos a Cioran: “De todo lo que nos hace sufrir, nada tanto como la decepción nos produce la sensación de que alcanzamos por fin lo Verdadero”. Antes de la decepción (después, cuando decidimos seguir adelante, también, pero de otra manera, conscientemente), todo lo que parece que razonamos está contenido en un molde hecho de mitología. Carl Gustav Jung diría que de arquetipos, y la razón sería, por tanto, una mera superestructura (“racionalización”) del inconsciente; Ortega y Gasset diría que de creencias, lo cual nos disculparía de la necesidad de emplear la razón en tener ideas. No necesariamente esas dos cosas, razones y mitos, ideas y creencias, nos empujan a sus depositarios en direcciones contrapuestas: creo que uno puede cultivar pensamientos muy elaborados y perfectamente razonados, y hacerlos vitalmente compatibles con nuestro ser profundo o primario, que es otra cosa que razón (mito, arquetipo, creencia). Alcanzada la madurez, esos arquetipos o creencias funcionan como principios morales o imperativos categóricos, y la razón puede situarse perfectamente en su prolongación o estela. Pero si ese ser profundo no ha salido de la etapa infantil, de la etapa del pensamiento mágico, los razonamientos puede que sólo sean una coartada, una manera de vestir esas otras tendencias más profundas, y acaban no valiendo sino para dar una pátina de civilidad a bulliciosos instintos cuya evolución quedó interrumpida en aquella fase infantil, y que, así enmascarados, se cuelan mejor por los resquicios de nuestro comportamiento (lo siento, pero no es éste sitio para explicarse más a fondo).
Capítulo tres. Trataré de ejemplificar lo que quiero decir, copiando el trozo final de un texto redactado por los indignados de la Puerta del Sol:
“Debemos extender, por tanto, el principio de liberación colectiva que nos ha permitido apropiarnos de Sol a todo Madrid, a todos sus espacios y lugares desaprovechados que la economía malogra y los políticos olvidan. Las plazas se han de convertir en espacios para hacer política sin políticos. Tenemos todo el derecho de reunión y de manifestación en las plazas públicas, ya que éstas son propiedad del pueblo, por ello, al igual que se ha producido en Sol de forma instintiva, las plazas han de ser espacios sin dinero, sin dirigentes y sin mercaderes, son el germen de un nuevo mundo y el único poder que reconocen es el de la asamblea de su barrio o pueblo. Pero que ese deseo de liberación no se quede ahí (…) Hacia la proclamación de la Comuna de Madrid. Todo el poder a las asambleas. ¡Lo queremos todo y lo queremos ahora!”.
La aludida Comuna de Madrid hace evidente referencia a su pretendida homóloga, la Comuna de París de 1871, un movimiento insurreccional que reivindican como propio tanto los comunistas marxistas como los anarquistas y en el que gente desesperada se rebeló contra el Estado francés. La insurrección (violenta) duró dos meses, durante los cuales, el poder político pasó a manos de la Comuna, que no era sino expresión de las asambleas locales (repudiaban, también aquellos revolucionarios, el parlamentarismo), y acabó con un saldo de 30.000 muertos en los combates con el Gobierno, cuando éste decidió poner fin a la situación de rebeldía. La Comuna de París reverberó en el nuevamente parisino Mayo del 68 y ha pasado a convertirse en una efeméride a celebrar por todos aquellos que aspiran a ver realizada la utopía social comunista o anarquista, es decir, por aquellos que han trasladado al ámbito político los principios que Rhonda Byrne ha dejado enunciados en su citado superventas infanto-juvenil.
Capítulo cuatro: conclusiones. Madurar en política es aceptar el principio de realidad, aceptar que esa realidad es y seguirá siendo decepcionante, y que no se la puede impunemente arrollar manifestando que “¡lo queremos todo y lo queremos ahora!”, consigna que decididamente harían propia todas las multitudes analizadas en el artículo anterior. Lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que debamos conformarnos con lo que hay, especialmente cuando, como ocurre en España y ya tiene dicho Rosa Díez, “estamos tocando fondo”. Pero ya es hora de ir enterándose: el movimiento 15-M ha derivado hacia el extraparlamentarismo y hacia métodos que desprecian el estado de derecho y que, soterrado en buena parte todavía, contienen un alto potencial de violencia. Si quienes pretendemos regenerar la vida política de este país (que, insistamos en ello, ha tocado fondo) por métodos democráticos y parlamentarios hemos de encontrarnos con algunos sectores del movimiento 15-M, será con aquellos que demuestren haber superado la fase infanto-juvenil de encandilamiento con el pensamiento utópico. A los demás, a los nostálgicos de la Comuna de París, les acabaremos teniendo, les estamos teniendo ya, en la (ojalá que no demasiado virulenta) barricada de enfrente.
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EL SENTIDO DE LA VIDA,
LA TAREA DE ACEPTAR LOS LÍMITES
sábado, 18 de junio de 2011
PSICOSOCIOLOGÍA DEL INDIGNADO FETÉN
Cuando caímos en este mundo, todos traíamos con nosotros, en su forma incipiente, la sensación de que hubiéramos merecido algo mejor. O dicho en negativo: sentimos que algún pecado debimos cometer antes para acabar cayendo aquí, en este lacrimoso valle. Desde entonces (desde siempre) nuestra relación con el mundo, con la realidad, ha sido dificultosa. La civilización ha sido el instrumento a través del cual hemos ido atemperando nuestros conflictos con ella; a esto es a lo que Freud llamaba, precisamente, “principio de realidad”, que cuando nuestra inadaptabilidad se sesga hacia el delirio persecutorio (en vez de hacia el delirio de culpabilidad, conceptos de los que hablamos hace un par de artículos), nos exige añadir a las capas profundas (infantiles) de nuestra personalidad otra más, que en su fase menos elaborada es simple tolerancia a la frustración, y en las más elaboradas, hace que se vayan rellenando los espacios entre el deseo y la satisfacción con todos esos productos que denominamos “cultura”, de una forma semejante a como un árbol rellena el camino hacia su objetivo, el fruto, con toda la frondosidad de que, dilatado en el tiempo, le hace capaz su impulso hacia él.
Dejaremos a un lado la línea evolutiva que nace en el delirio de culpabilidad. Dentro del proceso que nace en el delirio persecutorio, la personalidad infantil se caracteriza por la impulsividad, la excitabilidad, la versatilidad, la irresponsabilidad… Si tratamos de unificar todos esos caracteres, valdría decir que el niño es incapaz de aceptar el aplazamiento, la distancia que la realidad impone entre el deseo y la satisfacción; considera algo así como una “injusticia” que el mundo no se comporte de acuerdo con sus deseos, y, en términos politicoides, podríamos decir que él, por su parte, se conduce como si la utopía fuese posible ya mismo. Al proceso adaptativo que lleva a aceptar que entre el deseo y su satisfacción medie la acción dilatoria que ejerce la realidad, Carl Gustav Jung lo llama “proceso de individuación”. Gustave le Bon y Sigmund Freud, titulan de la misma forma, “Psicología de las masas”, los respectivos textos en los que estudian el modo en que la personalidad infantil se refugia y vuelve a asomar en el comportamiento propio de las multitudes (si no los que más, estos dos libros están entre los que más notoriedad han adquirido de todos los que han tratado temas de psicología social).
Una multitud es un organismo viviente dotado de un alma común a todos los individuos que la componen, que –dice Le Bon– les hace a éstos “sentir, pensar y obrar de una manera por completo distinta a como sentiría, pensaría y obraría cada uno de ellos aisladamente”. En la multitud, por tanto, se tienden a borrar las adquisiciones individuales (las que se deducen del “proceso de individuación”), despareciendo así la personalidad de cada uno de los que la integran, e irrumpiendo alternativamente la uniforme base inconsciente (infantil) común a todos. Continúa Le Bon: “La desaparición de la personalidad consciente, el predominio de la personalidad inconsciente, la orientación de los sentimientos y de las ideas en igual sentido, por sugestión y contagio, y la tendencia a transformar inmediatamente en actos las ideas sugeridas, son los principales caracteres del individuo integrado en una multitud. Perdidos todos sus rasgos personales, pasa a convertirse en un autómata sin voluntad”. Y viene a concluir: “Por el solo hecho de formar parte de una multitud desciende, pues, el hombre varios escalones en la escala de la civilización. Aislado, era quizá un individuo culto; en multitud, un bárbaro. Tiene la espontaneidad, la violencia, la ferocidad y también los entusiasmos y los heroísmos de los seres primitivos”.
“La multitud es impulsiva, versátil e irritable –dice Freud por su parte, glosando las ideas de Le Bon– y se deja guiar casi exclusivamente por lo inconsciente”, es decir, por aquellos impulsos infantiles que arriba veíamos que se originan en el delirio persecutorio y que empujan hacia la imposible realización inmediata del deseo. “Abriga un sentimiento de omnipotencia –prosigue Freud–. La noción de lo imposible no existe para el individuo que forma parte de una multitud”. Ésta, por tanto, carece del sentido crítico necesario para diferenciar entre lo deseable y lo posible, se comporta como un niño malcriado que no tolera que le contradigan. No admite matizaciones y tiende a la exaltación y a la crispación cuando frente a ella se interpone algún obstáculo. “Las multitudes no han conocido jamás la sed de la verdad. Piden ilusiones a las cuales no pueden renunciar (…) Tienen una visible tendencia a no hacer distinción entre (lo real y lo irreal) (…) como sucede en el sueño y en la hipnosis, la prueba por la realidad sucumbe, en la actividad anímica de la masa, a la energía de los deseos cargados de afectividad”.
“Las multitudes llegan rápidamente a lo extremo –seguimos con Freud–. La sospecha enunciada se transforma ipso facto en indiscutible evidencia. Un principio de antipatía pasa a constituir en segundos un odio feroz”. Puesto que, como en los niños, las emociones se superponen al raciocinio, es inútil, frente a ellas, argumentar lógicamente. Por el contrario, tienden a traducir esas emociones en consignas simples y repetitivas, sustentadas en una mínima (y a menudo contradictoria) dosis de argumentos racionales.
Una adquisición fundamental del proceso de individuación son los frenos al impulso que impone la moralidad; algo que tiende a desaparecer en el infantilizado comportamiento de las multitudes. Así lo entiende Freud: “(…) (Respecto de la moralidad de las multitudes) en la reunión de los individuos integrados en una masa desaparecen todas las inhibiciones individuales, mientras que todos los instintos crueles, brutales y destructores, residuos de épocas primitivas, latentes en el individuo, despiertan y buscan su libre satisfacción”.
Los dos principios dinámicos en los que se fundamentaría la psicología de las multitudes serían la inhibición de la función intelectual y la intensificación de la afectividad. Cuanto más groseras y elementales sean las emociones, más probabilidades presentan de propagarse por contagio entre la masa, cuyo número da al individuo la impresión de un poder ilimitado. Por ello, resulta peligroso ser, frente a ella, individuo aislado que, si se rinde a su influencia, se comportará, dice Freud, de esta manera: “para garantizar la propia seguridad deberá cada uno seguir el ejemplo que observa en derredor suyo, e incluso, si es preciso, llegar a ‘aullar con los lobos’ ”. Así quedaría explicada, en buena medida, la característica sugestibilidad o capacidad de contagio propia de la masa. Ésta “se comporta, pues, como un niño mal educado o como un salvaje apasionado y no vigilado en una situación que no le es familiar. En los casos más graves se conduce más bien como un rebaño de animales salvajes que como una reunión de seres humanos”.
Bien, pues partiendo de todos estos presupuestos teóricos, no creo que nos resulte muy difícil encontrar la vía por la que podamos llegar a vincularlos al análisis de nuestra inquietante actualidad. Éste sería un posible argumento mediador: a partir de algún momento, la constitución de grupos de personas en las que eventualmente predomina la sensatez, la reflexión y la contención, puede llegar a derivar en la formación de una masa humana con las peculiaridades en su comportamiento propias de ese organismo colectivo al que Le Bon y Freud aplican toda su sabiduría psicológica. ¿Cuál podríamos escoger como momento en el que la sensatez transita hacia el infantilismo? Pues aquel en el que las demandas de la multitud se impregnan de utopismo, en desprecio del principio de realidad, que, en una sociedad democrática, podríamos hacer equivalente al principio de legalidad.
Desde hace tiempo tenemos en España un ejemplo muy destacado de comportamiento multitudinario infantil: el de los bagaudas batasunos, entre los cuales lo emocional ha desplazado a lo racional, no admiten un no a sus exigencias, la individualidad ha quedado desplazada por la sensación de pertenencia al cuerpo místico, tienen localizado al enemigo que les impide el acceso a su paraíso utópico y dirigen contra él toda la violencia de que les hace capaces su (infantil) frustración, no hay freno moral que se contraponga a sus pretensiones, dividen al mundo en dos bandos perfectamente definidos: amigos y enemigos, y desprecian totalmente el principio de realidad (legalidad).
¿Hay más ejemplos en la España actual de este tipo de comportamiento multitudinario?
Mañana, 19 de junio, se va a llevar a cabo en Madrid una manifestación convocada por el movimiento 15-M, algunos de cuyos miembros todavía piensan que es un movimiento intrínsecamente pacifista. Uno de los seis convocantes de la manifestación es Ángeles Maestro, que en 2005 concurrió en las elecciones europeas como número 5 de Iniciativa Internacionalista-La Solidaridad entre los Pueblos, marca que fue avalada por Batasuna-ETA. Maestro siempre ha destacado por su cercanía y simpatía con el entorno proetarra, ya fuera pidiendo el voto para el Partido Comunista de las Tierras Vascas o participando en actos batasunos. Otro de los convocantes es Aitor Otaduy, también cercano al ambiente proetarra, miembro del partido Izquierda Castellana y de la Coordinadora Antifascista, formada por distintos grupos de extrema izquierda y que, como los castellanos sabemos, ha destacado por los altercados que ha protagonizado. También fue en las listas para las elecciones europeas, al igual que Maestro.
¡Vaya por Dios!, me ha vuelto a pasar otra vez: ya no me queda espacio para vincular las premisas de este silogismo y extraer las conclusiones. Así que las dejo al buen criterio de quien haya tenido la paciencia de leerme hasta aquí.
Dejaremos a un lado la línea evolutiva que nace en el delirio de culpabilidad. Dentro del proceso que nace en el delirio persecutorio, la personalidad infantil se caracteriza por la impulsividad, la excitabilidad, la versatilidad, la irresponsabilidad… Si tratamos de unificar todos esos caracteres, valdría decir que el niño es incapaz de aceptar el aplazamiento, la distancia que la realidad impone entre el deseo y la satisfacción; considera algo así como una “injusticia” que el mundo no se comporte de acuerdo con sus deseos, y, en términos politicoides, podríamos decir que él, por su parte, se conduce como si la utopía fuese posible ya mismo. Al proceso adaptativo que lleva a aceptar que entre el deseo y su satisfacción medie la acción dilatoria que ejerce la realidad, Carl Gustav Jung lo llama “proceso de individuación”. Gustave le Bon y Sigmund Freud, titulan de la misma forma, “Psicología de las masas”, los respectivos textos en los que estudian el modo en que la personalidad infantil se refugia y vuelve a asomar en el comportamiento propio de las multitudes (si no los que más, estos dos libros están entre los que más notoriedad han adquirido de todos los que han tratado temas de psicología social).
Una multitud es un organismo viviente dotado de un alma común a todos los individuos que la componen, que –dice Le Bon– les hace a éstos “sentir, pensar y obrar de una manera por completo distinta a como sentiría, pensaría y obraría cada uno de ellos aisladamente”. En la multitud, por tanto, se tienden a borrar las adquisiciones individuales (las que se deducen del “proceso de individuación”), despareciendo así la personalidad de cada uno de los que la integran, e irrumpiendo alternativamente la uniforme base inconsciente (infantil) común a todos. Continúa Le Bon: “La desaparición de la personalidad consciente, el predominio de la personalidad inconsciente, la orientación de los sentimientos y de las ideas en igual sentido, por sugestión y contagio, y la tendencia a transformar inmediatamente en actos las ideas sugeridas, son los principales caracteres del individuo integrado en una multitud. Perdidos todos sus rasgos personales, pasa a convertirse en un autómata sin voluntad”. Y viene a concluir: “Por el solo hecho de formar parte de una multitud desciende, pues, el hombre varios escalones en la escala de la civilización. Aislado, era quizá un individuo culto; en multitud, un bárbaro. Tiene la espontaneidad, la violencia, la ferocidad y también los entusiasmos y los heroísmos de los seres primitivos”.
“La multitud es impulsiva, versátil e irritable –dice Freud por su parte, glosando las ideas de Le Bon– y se deja guiar casi exclusivamente por lo inconsciente”, es decir, por aquellos impulsos infantiles que arriba veíamos que se originan en el delirio persecutorio y que empujan hacia la imposible realización inmediata del deseo. “Abriga un sentimiento de omnipotencia –prosigue Freud–. La noción de lo imposible no existe para el individuo que forma parte de una multitud”. Ésta, por tanto, carece del sentido crítico necesario para diferenciar entre lo deseable y lo posible, se comporta como un niño malcriado que no tolera que le contradigan. No admite matizaciones y tiende a la exaltación y a la crispación cuando frente a ella se interpone algún obstáculo. “Las multitudes no han conocido jamás la sed de la verdad. Piden ilusiones a las cuales no pueden renunciar (…) Tienen una visible tendencia a no hacer distinción entre (lo real y lo irreal) (…) como sucede en el sueño y en la hipnosis, la prueba por la realidad sucumbe, en la actividad anímica de la masa, a la energía de los deseos cargados de afectividad”.
“Las multitudes llegan rápidamente a lo extremo –seguimos con Freud–. La sospecha enunciada se transforma ipso facto en indiscutible evidencia. Un principio de antipatía pasa a constituir en segundos un odio feroz”. Puesto que, como en los niños, las emociones se superponen al raciocinio, es inútil, frente a ellas, argumentar lógicamente. Por el contrario, tienden a traducir esas emociones en consignas simples y repetitivas, sustentadas en una mínima (y a menudo contradictoria) dosis de argumentos racionales.
Una adquisición fundamental del proceso de individuación son los frenos al impulso que impone la moralidad; algo que tiende a desaparecer en el infantilizado comportamiento de las multitudes. Así lo entiende Freud: “(…) (Respecto de la moralidad de las multitudes) en la reunión de los individuos integrados en una masa desaparecen todas las inhibiciones individuales, mientras que todos los instintos crueles, brutales y destructores, residuos de épocas primitivas, latentes en el individuo, despiertan y buscan su libre satisfacción”.
Los dos principios dinámicos en los que se fundamentaría la psicología de las multitudes serían la inhibición de la función intelectual y la intensificación de la afectividad. Cuanto más groseras y elementales sean las emociones, más probabilidades presentan de propagarse por contagio entre la masa, cuyo número da al individuo la impresión de un poder ilimitado. Por ello, resulta peligroso ser, frente a ella, individuo aislado que, si se rinde a su influencia, se comportará, dice Freud, de esta manera: “para garantizar la propia seguridad deberá cada uno seguir el ejemplo que observa en derredor suyo, e incluso, si es preciso, llegar a ‘aullar con los lobos’ ”. Así quedaría explicada, en buena medida, la característica sugestibilidad o capacidad de contagio propia de la masa. Ésta “se comporta, pues, como un niño mal educado o como un salvaje apasionado y no vigilado en una situación que no le es familiar. En los casos más graves se conduce más bien como un rebaño de animales salvajes que como una reunión de seres humanos”.
Bien, pues partiendo de todos estos presupuestos teóricos, no creo que nos resulte muy difícil encontrar la vía por la que podamos llegar a vincularlos al análisis de nuestra inquietante actualidad. Éste sería un posible argumento mediador: a partir de algún momento, la constitución de grupos de personas en las que eventualmente predomina la sensatez, la reflexión y la contención, puede llegar a derivar en la formación de una masa humana con las peculiaridades en su comportamiento propias de ese organismo colectivo al que Le Bon y Freud aplican toda su sabiduría psicológica. ¿Cuál podríamos escoger como momento en el que la sensatez transita hacia el infantilismo? Pues aquel en el que las demandas de la multitud se impregnan de utopismo, en desprecio del principio de realidad, que, en una sociedad democrática, podríamos hacer equivalente al principio de legalidad.
Desde hace tiempo tenemos en España un ejemplo muy destacado de comportamiento multitudinario infantil: el de los bagaudas batasunos, entre los cuales lo emocional ha desplazado a lo racional, no admiten un no a sus exigencias, la individualidad ha quedado desplazada por la sensación de pertenencia al cuerpo místico, tienen localizado al enemigo que les impide el acceso a su paraíso utópico y dirigen contra él toda la violencia de que les hace capaces su (infantil) frustración, no hay freno moral que se contraponga a sus pretensiones, dividen al mundo en dos bandos perfectamente definidos: amigos y enemigos, y desprecian totalmente el principio de realidad (legalidad).
¿Hay más ejemplos en la España actual de este tipo de comportamiento multitudinario?
Mañana, 19 de junio, se va a llevar a cabo en Madrid una manifestación convocada por el movimiento 15-M, algunos de cuyos miembros todavía piensan que es un movimiento intrínsecamente pacifista. Uno de los seis convocantes de la manifestación es Ángeles Maestro, que en 2005 concurrió en las elecciones europeas como número 5 de Iniciativa Internacionalista-La Solidaridad entre los Pueblos, marca que fue avalada por Batasuna-ETA. Maestro siempre ha destacado por su cercanía y simpatía con el entorno proetarra, ya fuera pidiendo el voto para el Partido Comunista de las Tierras Vascas o participando en actos batasunos. Otro de los convocantes es Aitor Otaduy, también cercano al ambiente proetarra, miembro del partido Izquierda Castellana y de la Coordinadora Antifascista, formada por distintos grupos de extrema izquierda y que, como los castellanos sabemos, ha destacado por los altercados que ha protagonizado. También fue en las listas para las elecciones europeas, al igual que Maestro.
¡Vaya por Dios!, me ha vuelto a pasar otra vez: ya no me queda espacio para vincular las premisas de este silogismo y extraer las conclusiones. Así que las dejo al buen criterio de quien haya tenido la paciencia de leerme hasta aquí.
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