sábado, 16 de julio de 2011

SI YO NO SOY YO NI SOY MI CIRCUNSTANCIA, ¿QUIÉN PUÑETAS SOY?

(EN RESPUESTA A VICENTE)
El yo es lo que se contrapone a la circunstancia; ésta es sentida por el yo como resistencia, dificultad, obstáculo, distancia. Este contraponerse a mí de mi circunstancia hace que surja en mí el deseo, que empuja hacia el punto de fuga en el que virtualmente pueda sentir (como en el útero materno o en el Paraíso) que vuelvo a ser uno con esa circunstancia, que no necesito ya emitir deseo, porque antes de hacerlo, se ha convertido en realidad. Es decir: no necesito vivir, porque la vida resulta que es una función de ese deseo de regresión al Paraíso, el universo mismo lo es de la cósmica pretensión de regresar al punto de partida, el de antes de la perturbación que significa salir de la nada. De ahí el peligro que tiene cumplir nuestros deseos y alcanzar el Paraíso (ser feliz), porque no sería entonces posible responder positivamente a esta perentoria pregunta: “¿Y ahora, qué?”. Por eso decía Ortega que “la auténtica plenitud vital no consiste en la satisfacción, en el logro, en la arribada. Ya decía Cervantes que ‘el camino es siempre mejor que la posada’ ”. Para seguir deseando, para seguir viviendo, es imprescindible que, en buena medida al menos, lo deseado nos falte, porque “en la posesión se aniquila lo deseado, que no tiene independencia, que no existe fuera del deseo” (María Zambrano). En suma: “La vida es un combate fiero –por muy pacífico de gestos que a veces parezca– entre ese yo que es un perfil de aspiraciones y anhelos, de proyectos, y el mundo, sobretodo el mundo social en derredor” (Ortega y Gasset).


Hay un supuesto atajo para intentar eludir ese enfrentamiento con la dificultad que supone lo circunstante: disolvernos en ello, dejar de sentir la inquietud que implica tener un yo, algo en nosotros que desee más de lo que nos da la realidad (eso que la razón nos dice que está ahí afuera oponiéndose a nuestro deseo o dilatando nuestro acceso a lo deseado). Esa disolución o capitulación del yo ante las circunstancias supone que ha de amputarse el deseo hasta adaptarlo a lo que el mundo es capaz de dar, aceptando que no se puede llegar a trascenderlo. Lo cual conlleva el grave riesgo de que esa adaptación acabe convertida finalmente en lamento, en percepción de que en lugar de yo lo que hay es vacío, un vacío que ocupan las circunstancias, que lo llevan a uno mecánicamente de aquí para allá.

Uno no puede quedar a expensas de lo que dicten esas circunstancias. Tiene que escarbar hasta encontrar el yo, el deseo que lleva implícito lo que echamos de menos en la realidad, aquello que haría que ésta tuviese sentido. Porque es cierto que, para empezar, decía Ortega, “la cosa inerte y áspera escupe de sí cuantos ‘sentidos’ queramos darle”. Los depresivos toman partido por la realidad (está detectado en los tests psicológicos), y en contra del yo, que queda sustituido por el sentimiento de vacío. Pero la realidad no es toda la realidad. “Nada es solamente lo que es”, decía María Zambrano. Le falta lo que le daría sentido. Y la misión del hombre (aquello en lo que para nosotros consiste vivir) es añadir sentido a lo que hay ahí afuera, acercarlo al Paraíso, que no es algo externo y objetivo, sino que reside en nuestra intimidad, y desde ahí marca la dirección de nuestros ideales (que no han de ir contra lo real, claro está, sino sólo superarlo). “El hecho humano es precisamente el fenómeno cósmico del tener sentido”, decía Ortega. Las dificultades que a cada momento nos plantea el vivir tampoco actúan en contra nuestra; todo lo contrario, como también decía: “La fatalidad que es el presente no es una desdicha, sino una delicia, es la delicia que siente el cincel al encontrar la resistencia del mármol”.


Sostenía también nuestro más preclaro filósofo que “el hombre representa, frente a todo darwinismo, el triunfo de un animal inadaptado e inadaptable”. Los estoicos, sin embargo, aspiraban a la plena adaptación a la realidad. Marco Aurelio decía: “Sólo al ser racional le ha sido dado seguir voluntariamente los acontecimientos, pues seguirlos sin más es obligatorio para todos”. Abanderaban, pues, estos otros filósofos el intento de recorrer aquel atajo que lleva al yo a adaptarse a las circunstancias, y que en última instancia consiste en amputar el yo. “Conmigo casa todo lo que casa bien contigo, mundo”, decía asimismo Marco Aurelio. Coincido contigo, Vicente, en que es una delicia leer a este emperador filósofo, y viene muy bien para los momentos en que lo que toca es aceptar nuestras limitaciones, acatar aquello que definitivamente no le pertenece al yo, sino a las circunstancias. Esos momentos para los que Marco Aurelio recomendaba atenerse a lo que hay: “Sofoca la imaginación –decía, en consecuencia, en una declaración directamente antipoética–. Contén los hilos de la marioneta. Circunscríbete al momento actual”. Pero en otros momentos lo que toca es sobreponerse, ponerse por encima de las circunstancias, luchar contra la dificultad (el absurdo en última instancia) que ellas suponen. Precisamente, lo que hizo Job conducido por su fe (lo más imaginativo que tenemos). Lo demás es anticipar la muerte, tomar conciencia de que no somos nadie, de que el destino es por nosotros. El estoicismo es una filosofía de retirada de la vida, una forma de prevenir el dolor y la lucha que es vivir. Séneca lo explicaba así de bien: “Redúcete al nivel más humilde, un nivel del que no puedas ya caer”.


El cristianismo llegó para empujar el péndulo hacia el lado que habían dejado abandonados los estoicos con su instalación en la otra punta: “No os acomodéis a los criterios de este mundo –recomendaba San Pablo–; al contrario, transformaos, renovad vuestro interior para que podáis descubrir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. Y el mismo Cristo se rebelaba contra el principio de aceptación de lo que hay de los estoicos, cuando dijo taxativamente: “Mi reino no es de este mundo”. Aún declaró más: “Yo he vencido al mundo” (Juan, cap. 16, vers. 33). Y San Agustín le siguió: “No busques fuera de ti lo que está dentro de ti: la verdad habita en lo interior del hombre”. La hipérbole, pues, del yo frente a la circunstancia. Lo contrario que los estoicos, aunque parezca, en superficie, que tengan coincidencias.

San Justino vivió en tiempos de Marco Aurelio. Había sido estoico, pero se convirtió al cristianismo. Fue el primer Padre de la Iglesia. Frente a lo que decían sus antiguos correligionarios, sostuvo: “Evidentemente, ellos (los estoicos) intentan convencernos de que Dios se ocupa del universo en su conjunto, de los géneros y de las especies. Pero si no se ocupara de mí o de ti, de cada cual en concreto, nosotros no le rezaríamos noche y día”. Marco Aurelio, o sus funcionarios, mandaron decapitar a San Justino. Y hasta se puede comprender que lo hicieran: la paz social de la que, como emperador, respondía el primero, es posible mientras el hombre está adaptado a lo que hay, acata las circunstancias, el orden reinante; el cristiano –a veces yéndose, incluso, como hizo San Antonio, de monje al desierto–, al retirarse de las circunstancias, que le importaban un pepino de los de antes de que Alemania se retractase de lo de la bacteria e-coli, ponía en peligro el sistema social. Edward Gibbon, el más prestigioso historiador de la caída del Imperio Romano, achaca a los cristianos, por esta razón, la entrada en la decadencia.

Hasta que alguien vino a decir que no sólo somos “yo” ni sólo “circunstancia”, sino que “yo soy yo y mi circunstancia”, que “esta unidad de dinamismo dramático entre ambos elementos –yo y mundo– es la vida” (Ortega y Gasset) tuvo que pasar todavía un buen rato.

6 comentarios:

  1. "Un buen rato" es lo que he pasado leyendo tu respuesta, Javier. Gracias por el esfuerzo y la dedicación (y la dedicatoria).
    No sé qué Yo va a ser el que te responda, pues es cuestión de toda una vida el ir haciéndose, lo mismo que es obligatorio el ponerse en duda.
    Solamente Descartes tuvo tan claro que existía, una vez superó su Método para llegar a la coclusión sabida de que, si pensaba, existía.

    ¿En qué momento podemos instalar la toma de consciencia de nuestro Yo pensante y distinto a lo circundante? ¿Estando en el útero materno? ¿En el nacimiento? ¿En el primer aprendizaje?. ¿Sabemos ubicar el Yo en algún punto o estadio de nuestro organismo? ¿Lo es en el cerebro, en la mente -que se supone la crea éste-?...

    Yo, obviamente, no me acuerdo, pero, parece ser que, cuando nacemos y durante muchos meses, no somos conscientes de que existimos como seres independientes de nuestra madre, que nos ha poseído en el útero. Un neonato no distingue su realidad diferenciada. Claro, luego llegará ello, paulatinamente, como casi todo (salvo las desgracias súbitas). Es de agradecer que a lo largo de la vida nos demos cuenta de que nosotros no somos nuestra familia ni nuestros circundantes (resultaría imposible para mí el hacer una aproximación a ello tal y como tú -pletóricamente- la planteas con tus palabras y citas a Zambrano, Ortega y etc.).

    Los orientales, por otra parte -todas sus religiones y filosofías-, se afanan en que nos desprendamos del YO. Ven la solución en superar la dualidad sueto/objeto, y al Yo lo observan como un gran conformador de frustraciones, ambiciones e inadaptaciones. Más o menos nos quieren demostrar, como el cristianismo, la existencia de una supraconsciencia.

    Pero estamos en Occidente, donde el cristianismo ha extendido sus doctrinas (y poder). Gracias a que en un momento dado ("A Dios, lo que es de Dios; y al César, lo que es del César") supo separar los estadios terrenal y espiritual, la ciencia ha podido desarrollarse (a pesar de sus pesares). Pero el cristianismo no lo veo como culminación de la construcción de un yo, pues un gran dogma de fe es el de la comunión -la unión- con Dios. En este punto, nuestros grandes místicos obraron maravillas en la unión con "el amado" (amén de la suprema cumbre de la lírica obtenida). La divinidad nos integra a todos, entonces, se acabó la formación del yo individual, aunque Dios ofreciera a sus criaturas el libre albedrío. Así que Dios formaría parte de la circunstancia y estaría dentro de nosotros.

    Nuevamente, si nos alejamos de la fe para acercarnos a los depresivo/realistas, o a los nihilistas, estaremos tomando consciencia del absurdo, del sisnsentido reinante (de tu mencionado vacío). Si es cierto que, como tú dices, Javier, San Justino anticipó que Dios ha de estar en ti y en mí, entonces, como omnipresente y omnipotente, ¿por qué, estando en los niños y niñas -individuales- que mueren diariamente por inanición, no lo remedia?

    Ningún "Paraíso Perdido" siento como propio. "La Edad de Oro" perdida, forma parte de las diversas mitologías, que, a su vez, lo forman del estadio anterior a la racionalidad.
    Siento en mis piernas cómo corre, se yergue y busca aquel Homo erectus; lo mismo que el Neanderthal, antes de sentirme, ahora, como uno más -igual y diferenciadísimo- del homo Sapiens-Sapiens, que, evolutivamente, mantiene aún tanta animalida por soltar. ¡Estamos tan atados a estos homínidos, que en sus diversas facetas nos han ido salvando de las duras circunstancias! ¿Qué fue primero: la comunidad salvando los obstáculos, o el individuo en busca de unión para superarlos? La opción de los primeros padres cristianos del desierto en su anacoretismo no ha servido para la lucha contra la aleatoriedad -las circunstancias- de la vida.

    Nuevamente te recuerdo, Javier, que el aforismo de Ortega finaliza con la mención a las circunstancias: "(...)si las salvo a ellas, me salvo también a mí". Creo que, difícilmente, habré salvado este artículo. VICENTE

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  2. El yo, aunque de forma incipiente, claro está, sale a flote con el primer vagido, que indica que quien lo emite ya ha captado que algo ha venido a estorbar el sueño previo, la reconfortante instalación en la nada o, si nos ponemos menos maximalistas, en el sueño; aunque el sueño es, en realidad, un último intento de permanecer en la nada cuando ya estamos a punto de despertar y nacer. Una vez que hemos recibido el impacto del mundo –y el primero es en forma de caída, de entrada en la ley de la gravedad (la Caída original) –, ya empieza a asomar el yo, que tiene un largo recorrido por delante, porque han de pasar todavía muchos meses para que el bebé deje de hablar de sí en tercera persona y acabe incorporando a su vocabulario la palabra “yo”. Esto ocurre cuando empieza a tomar conciencia de que sus decisiones tienen algún grado de eficacia, de que no es una cáscara de nuez en medio del océano que las circunstancias llevan de aquí para allá (justo la sensación a la que regresa el depresivo); o dicho de otra forma: que no es una prolongación del regazo materno. Freud dice que es entonces cuando hemos superado la etapa de narcisismo primario, de creencia de que el mundo es parte de mí (que es el otro modo de decir que yo soy un apéndice del mundo).

    El yo no es una parte de nuestro organismo ni cosa alguna. Nuestro organismo, incluida nuestra mente, es una circunstancia más con la que tenemos que manejarnos. Es el yo, por ejemplo, el que recuerda, pero el recuerdo no soy yo; y así con todas las funciones mentales. Si, como dice Ortega, “existir es resistir”, el yo está ahí como resistencia, contraposición, esfuerzo o cualquier otra manera de confrontación con la circunstancia. Descansamos de “yo”, aunque sólo relativamente, cuando dormimos o estamos inconscientes; pero los sueños son también emanaciones del yo frente a una circunstancia fantaseada.

    Los orientales, al proponer la supresión del yo, están abogando por la regresión al sentimiento oceánico que tiene el bebé cuando todavía cree que es uno con el mundo, es decir, a la etapa del narcisismo primario de Freud. Es lo mismo decir que predican la no acción, o sea, que lo circunstante actúe por nosotros. Evidentemente, el yo es una carga; fíjate que nos enteramos de él la primera vez en forma de llanto (ésa es la señal de que ya hemos venido al mundo, a la circunstancia). Pero esa carga, el esfuerzo de confrontarse con el mundo es en lo que consiste vivir; lo demás es renunciar a la vida. Buda se pasó esa vida debajo de una higuera y llamó a eso iluminación, y nuestros místicos esperaban tan alta vida que morían porque no morían; uno y otros se tomaban la vida como una estancia en una sala de espera… de espera de la muerte, que en un caso lo llaman nirvana y en otro “unión con el amado”, pero que aquí abajo supone, en ambos casos, renuncia a la vida. No digo que el cristianismo necesariamente derive en esto: lo de “dad al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios” hace posible incorporarse al mundo, pero de hecho los primeros cristianos, al parecer, pasaban, efectivamente, del mundo (un enemigo del alma, junto al demonio y a la carne).

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  3. Nos podemos meter en un buen tinglado teológico. La Iglesia como comunidad de fieles puede, efectivamente, servir como anulador del yo; pero lo decisivo en la enseñanza cristiana es que habilita la propia intimidad frente al mundo: “somos templos del Espíritu Santo”, decía San Pablo. Y cuando Cristo en sus prédicas hablaba de que no era preciso que el pecado tuviera repercusión en el mundo, sino que, por ejemplo, “el que comete adulterio con el pensamiento ya ha pecado”, o cuando recomendaba: “Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto”, estaba poniendo en marcha esa gran potencia que ha sido imprescindible en la aparición de este fenómeno impar que se llama Occidente, y que ya empezó a rodar con el “conócete a ti mismo” de Sócrates y con la fe frente a lo exteriormente evidente de los judíos. Esa gran potencia, claro está, es el yo, hasta entonces en la fase histórica de nuestra filogénesis equivalente al narcisismo primario de nuestra ontogénesis.

    ¡Buf! Sacas muchos temas, Vicente, y muy peliagudos. El mal es la palanca que hace posible el bien. Antes de que comiéramos (con Adán y Eva) del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal no existía lo bueno y lo malo, sólo lo indiferente; nadie se quejaba, como no se quejan los animales, de que un niño muriera de inanición. Empezamos a sufrir por ello (no sólo a tener esa necesidad fisiológica que es el hambre, sino a sufrir moralmente) y a eso lo llamamos mal, y gracias a ello empezamos a combatirlo, a aspirar al bien. Si no hubiera terremotos, nadie estudiaría cómo resolver las desgracias que los terremotos provocan; y si los terremotos nos fueran indiferentes (los observáramos como las vacas al tren), tampoco. Gracias al mal existe el bien. O como dice Nietzsche: “La creación de valores morales es, en definitiva, consecuencia de sentimientos y consideraciones inmorales”. Y León Felipe: “¡Y se gana la luz desde el infierno!”.

    Decía Aristóteles que “el hombre es un animal político”. Quería decir que empieza siendo individuo, pero no se realiza auténticamente hasta que no se convierte en ciudadano, en ser social; en suma, hasta que no convierte su vida en una misión en el mundo (en la sociedad; hacia los demás). Vivimos de dentro a fuera. Lo primero desde el punto de vista temporal es el individuo; lo primero desde el punto de vista ontológico es el individuo en sociedad.

    ¡Me voy a la caaamaaa, Vicente!

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  4. ¡RRRRRIIIIINNNNNGGGG! Suena el despertador. Espero no ser estruendoso.

    Muchas gracias, Javier, por tu extensa aclaración sobre la formación del yo. Me resulta muy clarividente. Está claro que yo soy también partícipe de "este fenómeno impar que se llama Occidente". Es tan distante el mundo oriental que me sigue resultando exótico, pero algo harán equilibradamente para conseguir eso mismo: la templanza, el equilibrio, aunque igual sólo es lo que tú dices: el retorno a la etapa del narcisismo primario de Freud. Hay, sin embargo un dato, hecho por occidentales (otra cosa es que resulte mensurable) para medir estados de felicidad, y aparecen como los más destacados principalmente los budistas. He llegado a leer que la persona que más desarrollada tenía esa área del cerebro que regula el bienestar y la felicidad era la del mionje-filósofo Mathieu Ricard. Esto, Javier, no es por polemizar, sino como dato a profundizar.

    No quiero resultar prólijo ni cansino. Acabaría sin más que dándote de nuevo las gracias, pero hay un detalle que nos aleja. Cuando has comenzado el segundo escrito (digamos el apartado teológico), te posicionas conforme a la visión bíblica del "pecado original" como consecuencia necesaria para el desencadenamiento del mal. Yo creo que el hombre hubo de asociarse desde el momento en que comprobó que era más eficiente para su supervivencia el unirse para cazar a los mamuts, o para defenderse de los ataques de las fieras. La socialización se profundizó posteriormente con el sedentarismo y las sociedades agrarias neolíticas. Dices bien que Sócrates inició la formación de nuestro actual occidente, al que tanto deben aquellas antiguas Polis. La moral se ha ido conformando meiante la conjunción de intereses y su correcta solvencia, pero no creo en el estigma del "pecado original". Ahora bien, el propio hombre, como especie, se ha dotado de mil y un estigmas, como este que me puede caer a mí por resultar un pesado. Siento la extensión y confusiones aportadas. Un saludo. VICENTE

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  5. No te siento como pesado, Vicente, todo lo contrario: agradezco que estés ahí; es reconfortante saber que hay vida al otro lado del teclado. Esto de la realidad virtual, a veces parece más virtual que realidad.

    Lo del Pecado Original (a mí me gusta ponerlo con mayúsculas) yo he acabado entendiéndolo como asunto central, fíjate. Cioran hablaba de “esa necesidad de remordimientos que precede al Mal, mejor dicho, que lo crea...”. Cioran no era precisamente cristiano, como sabes, y consideraba también la idea del Pecado Original como la más fecunda y explicativa de todas. El sentimiento de culpa es lo que nos saca de la indiferencia. Antes de que apareciera, tampoco existían el bien y el mal, no había nada a lo que aspirar ni nada que evitar o de lo que arrepentirse, salvo lo que dictaban las imposiciones de la fisiología.

    Sin embargo, tenemos algo que hacer en la vida además de cumplir con eso que nos exige nuestra fisiología, porque aspiramos a lo mejor y tratamos de sobreponernos a lo peor. El bien y el mal rigen nuestra vida. Tardamos un tiempo en saberlo, pero ascender a la conciencia de que el pecado (el mal) existe es un paso evolutivo fundamental. Y, como dice Cioran, es nuestra conciencia moral la que divide las cosas en buenas y malas, no al revés. No hay nada que sea objetivamente bueno o malo; las mismas cosas pueden ser en unos casos buenas y en otros malas. La conciencia moral es anterior a la aparición de las cosas. Es otra manera de decir que venimos con el Pecado Original (con la conciencia de culpa) ya incorporado cuando asomamos al mundo.

    Y sobre el bienestar y la felicidad, mi opinión es que son tan deseables como sospechosos. El momento de mayor bienestar es ese que precede inmediatamente al sueño, aquel en el que nos desconectamos de todo lo circunstante. Ortega decía que “es la pereza el postrer residuo que nos queda del Paraíso”. Cuando yo hacía meditación (si no todos, muchos tenemos un pasado tenebroso al cual sobreponernos), ese momento de paz y serenidad era muy semejante al del sueño, y la referencia era la de la vuelta al útero materno, que es cuando más placidez hemos llegado a tener de toda nuestra vida… Pero la vida propiamente dicha es otra cosa. En aquello, sin duda, los budistas están por delante de nosotros, los occidentales. Pero nosotros llevamos más vida recorrida. María Zambrano decía: “Las perdurables culturas orientales parecen haber nacido del ansia de desnacimiento; la europea, del renacimiento”.

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  6. Gracias, de nuevo, Javier, por la consideración. Me gusta ese final de Zambrano y el gusto por el renacimiento. En mi propio blog me defino como admirador de cualquier intento que el hombre haya hecho por los diversos Renacimientos, en este caso de los del Mundo Clásico. Pero hay muchas formas de buscar el renacer y es cierto que en lo oriental observo una tendencia clara hacia el retroceder en lo renacido en nosotros, pues cada día nacemos a una vida nueva.

    Pero cuando nacemos, todavía no sé si lo hacemos con alguna conciencia -El Pecado Original-, o bien lo hacemos con la antes considerada "tabula rasa". Mientras somos pequeños no diferenciamos el bien del mal. Nuevamente será la razón (la adquisición del uso de ella) la que nos hará entrar en los conceptos morales, que no han de acabar en la admisión del Bien y el Mal como reducción de los comportamientos. Todo maniqueísmo acaba por desfigurar los matices de la existencia. El cristianismo debe mucho al antiguo Mazdeísmo, origen de toda diferenciación entre los absolutos. De acuerdo que tomaremos los conceptos de Bien y Mal como extremos, pero no nos podemos perder en ello sin aspirar, como tantas veces aparece, a la búsqueda de la verdad -o la virtud- en el término medio, o a la contemplación de las variantes entre estados de definición morales.

    Para finalizar, ese estado por ti reconocido de plenitud justo antes de dormir, de desconectar con lo circunstancial, y la aproximación al retorno de la única placidez vivida que fue la hallada en el seno materno, tiene semejanzas con el retroceso, con los ansiados desnacimientos orientales. Me quedo con ese apaciguamiento hacia la pereza (aún por admitir en esta sociedad de lo incesante) que puede representar, por ejemplo, el "Dolce Far Niente" latino.

    Un suspiro hacia la vida -hacia la brega-, y otro contenido hacia calma, hacia la "ataraxia". VICENTE

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