martes, 10 de agosto de 2010

"ORIGEN": ¿EXISTE LA REALIDAD?

(PUBLICADO EN "EL CORREO DE BURGOS" EL 24 DE AGOSTO DE 2010)

El siglo XVII, el que quedó señalado como definitiva puerta de entrada a la Modernidad, fue el escenario en el que empezó a tomar forma un curioso e inquietante estado de ánimo colectivo cuyas últimas y más cabales manifestaciones estamos registrando en la actualidad: se trata de la impresión, pasada y actual, de que la realidad es algo inconsistente, tan maleable, o incluso tan ficticio, como los evanescentes productos de la imaginación. Por ser tan conocida, solemos pasar por alto el significado último de la formulación que de aquella predisposición psíquica hizo nuestro Calderón de la Barca (1600-1681) cuando dijo lo de que "la vida es sueño". Shakespeare (1564-1616), el contrapunto inglés de nuestro gran dramaturgo, ya había dejado registrada una fórmula semejante: "Estamos hechos de la misma materia que los sueños".
Manera ésta de decirlo no tan convulsa y desgarrada como esta otra, no menos conocida, que utilizó su personaje Macbeth en uno de esos momentos en los que todo parece estar a punto de derrumbarse: “La vida es sólo una sombra caminante, un mal actor que, durante su tiempo, se agita y se pavonea en la escena, y luego no se le oye más. Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, y que no significa nada”.

Pero quien procedió a dar su expresión culminante a ese desasosegante estado de duda e incredulidad respecto de lo que nos espera ahí afuera cuando pretendemos salir de nosotros mismos, fue un contemporáneo de aquellos autores, René Descartes (1596-1650), que antes de concluir que, puesto que pensaba, existía, llegó a considerar seriamente la posibilidad de que un genio maligno hubiera montado un descomunal artificio manipulándonos la mente para que él y todos tuviéramos la impresión de estar viviendo en el mundo y que, sin embargo, todo fuera un engaño, una alucinación, de modo que fuera de la mente no hubiera nada. A punto de caer en el solipsismo, en la creencia de que de lo único que se puede estar seguro es de la existencia de la propia mente y de que la realidad es un estado mental del propio yo, consiguió Descartes realizar in extremis una perentoria maniobra intelectual y, sustituyendo a ese genio maligno por Dios, pudo concluir que éste, en su bondad, no permitiría tal engaño.
En fin, que el mundo existía, aunque siguió sosteniendo el filósofo francés que sólo podía estar seguro de su propia mente, de sí mismo como sujeto pensante. Y el caso es que tuvo éxito esa suspicacia suya, tanto que Erich Fromm, teniendo a Descartes presente, pudo decir que “la duda es el punto de partida de la filosofía moderna”.

Este peculiar estado de ánimo que trajo consigo la Modernidad fue tan desasosegante como fecundo. La libertad, otro de los valores que aquel tiempo nos legó, no es, al fin y al cabo, sino la dimensión humana que se abre cuando el mundo deja de ser una realidad aplastante (como lo había sido durante toda la Edad Media) y empieza a ser, en alguna medida, algo que los hombres podemos moldear, algo que admite ser removido por las potencias que sobre él proyecta nuestra imaginación. Pero también, por desgracia, desde aquel entonces venimos arrastrando una percepción demasiado borrosa sobre la frontera que separa la realidad de la imaginación, el deseo de sus límites, la visión ponderada de las cosas de la puramente delirante.

Un asunto este de la consistencia o inconsistencia de lo real muy apto para su recreación literaria y cinematográfica. Las filmotecas guardan ya películas de culto al respecto, singularmente "Blade Runner", "Matrix" y, ahora, "Origen", una película realmente impactante, sobre la que invito a quien quiera reflexionar a propósito de los efectos que produce en el espectador, a que observe cómo, al encenderse las luces al final, son generalizadas las sonrisas en quienes abandonan el cine, reflejando con ello que han aceptado gozosamente el juego al que les ha sometido el director, Cristopher Nolan, conduciéndolos a través de una trama laberíntica muy bien construida por el mismo Nolan como guionista y desarrollada magníficamente por los actores del reparto, y que, finalmente, alude a la crítica frontera que existe entre lo real y lo soñado, de modo que, si nos dejamos vencer por el deseo, acabamos destructivamente tomando aquello por esto. La realidad impone unas limitaciones, unas reglas, y quien no toma conciencia de ello, está preparando la llegada, más pronto o más tarde, del desastre.

Pico Della Mirandola, uno de los personajes más significativos del Renacimiento, junto a reflexiones muy apreciables sobre lo que aquel tiempo estaba poniendo en marcha, ya preludió también este otro camino hacia el desastre que recorre quien confunde sueño y realidad cuando dijo: “Debemos ser lo que queremos ser (…) Debemos ansiar lo más alto y tratar de conseguirlo con todas nuestras fuerzas. Querer es poder. Desechemos lo terreno, despreciemos lo terrestre y volemos a la morada que está más allá del mundo y próxima a la divinidad, dejando a un lado este mundo”. Es éste el modo de pensar que ha servido de sustrato a muchas aspiraciones utópicas que, al chocar antes o después con lo real, han llevado a resultados desastrosos. Ya decía María Zambrano que "el simple anhelar es, por esencia, destructor". No todo es posible.

Justo lo contrario de lo que piensa un personaje que resulta ser un acabado producto ideológico y político de lo más cuestionable de esa línea existencial que nació cuando la realidad empezó a entrar en crisis: nuestro presidente Rodríguez Zapatero, el cual dejó expresa en aquel nunca suficientemente ponderado prólogo al libro de Jordi Sevilla "De nuevo socialismo" (Ed. Crítica, 2002) esta manera de pensar: “si en política no sirve la lógica, es decir, si en el dominio de la organización de la convivencia no resultan válidos ni el método inductivo ni el método deductivo, sino tan sólo la discusión sobre diferentes opciones sin hilo conductor alguno que oriente las premisas y los objetivos, entonces todo es posible y aceptable, dado que carecemos de principios, de valores y de argumentos racionales que nos guíen en la resolución de los problemas”.

Un dirigente político que se rige por esta premisa irresponsable según la cual "todo es posible y aceptable" es como un niño jugando con armas de fuego. De manera semejante a aquellos que llegaron a pensar que la realidad es tan maleable como lo es la imaginación, acabará entendiendo que el Estado cuyos destinos dirige es también una entidad igual de maleable. Un mecano en sus manos, como bien dijo Rajoy. En la película "Origen", quien no sabe volver a la realidad después de andar soñando, se queda en el limbo. Aquí, gobernados por alguien así, somos todos los que corremos el peligro de quedarnos atrapados en el limbo.

jueves, 15 de julio de 2010

YO TAMBIÉN SOY ESPAÑOL

(PUBLICADO EN "EL CORREO DE BURGOS" EL 10 DE AGOSTO DE 2010)


Hay, sin duda, muchas razones objetivas para justificar la necesidad de tener una patria: razones históricas, políticas, jurídicas, sociológicas… A la mayoría de las personas, sin embargo, les resulta difícil adentrarse en ese ámbito de objetividades, que sólo comprenden bien los estudiosos, y que, además, suelen éstos transmitir de manera confusa y a veces contradictoria, hasta el punto de que no son pocos los intelectuales que han acumulado argumentos en contra de las patrias, que muchas veces han denunciado como forma de enmascarar el racismo y la xenofobia, o de dar un barniz de nobleza a las guerras. Samuel Johnson, un destacado literato inglés del siglo de las Luces, añadió a aquellos argumentos uno nuevo al definir la patria como "el último refugio de los rufianes". Sin embargo, esas razones objetivas son sólo la contrapartida de un sentimiento que parece estar más al fondo que todas ellas, y que serviría de fundamento último sobre el que hacer descansar la necesidad de tener una patria; seguro que por aquello que decía Ortega de que “tal vez es imposible descubrir fuera una verdad que no esté preformada, como delirio magnífico, en nuestro fondo íntimo”. Es decir, que las razones objetivas del patriotismo vienen a revestir una necesidad personal, para comprender la cual quizás sea preciso adentrarse más en los dominios de la psicología que en los de la política o la sociología. Y aunque los hombres, alertados por las contraindicaciones que a menudo se vinculan a estos sentimientos, podemos llegar a negar que los tengamos, lo haremos a costa de dejar amputada nuestra personalidad, que necesita crecer a través de la satisfacción de las necesidades ligadas a ellos.

León Felipe ponía su poesía al servicio de la tarea de expresar su necesidad de tener una patria. Y así, decía:

“Y mi grito y mi verso no han sido más que una llamada otra vez,
otra vez un señuelo para dar con esta ave huidiza
que me ha de decir dónde he de plantar la primera piedra de mi patria perdida”.

En una primera instancia, parecería que con estos versos el poeta zamorano estaba aludiendo al exilio que sufrió después de nuestra Guerra Civil. Pero no es así: su añoranza y la nuestra, la sensación que, más o menos conscientemente, todos tenemos de vivir exiliados es más profunda de lo que puede caber en una concreta circunstancia objetiva. Ortega decía que “el hombre es, donde quiera, un extranjero”.
Y efectivamente, creo que nos pasamos la vida sangrando por esa herida, la que nos hace echar de menos el hogar que sentimos haber dejado atrás al comenzar esta omnipresente forma de exilio que es vivir. E inventamos la sociedad, precisamente, para tener un modo de contrarrestar aquellas añoranzas; o como nuestro primer filósofo prefería decirlo: “Para existir una sociedad es menester que preexista una separación”. Y sí, parece que es la psicología, no el pensamiento político, la que más datos o reflexiones puede aportarnos a la hora de comprender que no es algo de lo que podamos prescindir impunemente esa entrañable necesidad de reconstruir el mundo que sentimos haber perdido (ni más ni menos que el del útero materno, según algunos estudiosos de la mente), en contraposición al cual, refiriéndose a este otro en el que vivimos, pudo asimismo decir Ortega que, en algún sentido, “formamos parte de una realidad sucedánea y decaída”. Pretender que, puesto que esta necesidad se manifiesta en nosotros antes de que la razón empiece a desarrollar su labor domesticadora, es algo de lo que conviene prescindir porque nada bueno puede nacer de ello (ahí estarían, para demostrarlo, los efectos deletéreos del sentimiento patriótico de nuestros nacionalistas centrífugos), es no comprender de qué madera estamos hechos los humanos, ni alcanzar a ver cuál es la positiva potencialidad que encierran esas profundas motivaciones.

El Campeonato Mundial de Fútbol ha sacado a flote ese sentimiento patriótico de una manera a la que no estábamos acostumbrados. Justamente en un momento en que aquella visión posmoderna de Zapatero según la cual "la nación es un concepto discutido y discutible" está alcanzando sus últimos resultados con el nuevo Estatuto catalán, que ha dinamitado de hecho nuestra Constitución del 78 y el principio de igualdad entre los españoles, y con un proceso equivalente en el horizonte destinado a hacer otro tanto al menos en el País Vasco, los españoles hemos sembrado de banderas rojigualdas las calles de nuestro país, y dado cauce verbal a nuestro sentimiento patriótico con un cántico omnipresente: "yo soy español, español, español".
Errará quien juzgue tal explosión sentimental como un producto de la zona más epidérmica de nuestra personalidad colectiva: simplemente, la mayoría no cuenta con muchos más ámbitos activos sobre los que proyectar su sentimiento patriótico que el del deporte, lo cual no invalida ni rebaja el valor del mismo, que sigue vivo y dispuesto a canalizarse también a favor de otros destinos que la razón (la política, la historia, la filosofía…) descubra para él. Por ejemplo, la defensa de una España democrática unida, históricamente heredera de los valores de la Ilustración, en donde siga vigente el principio de igualdad entre los españoles, la separación de poderes, la subordinación del poder político a la ley, la independencia de la prensa respecto del poder político, el entendimiento de la labor política como un servicio a la colectividad y no como núcleo desde el que desarrollar innumerables modalidades de corrupción… Es decir, justamente aquello que nuestra clase política, al menos la que ha tenido fuerza ejecutiva, se ha dedicado sistemáticamente a destruir desde hace décadas.

Bien encauzado, aquel grito de autoafirmación de los españoles tan reiterado esta temporada es posible que algún día se ponga al servicio de una fuerza de regeneración social y política arrolladora. Que así sea, porque es lo único en lo que los que hoy vislumbramos con realismo, es decir, con pesimismo nuestro horizonte político podemos aún confiar.

sábado, 10 de julio de 2010

LA HISTORIA A LA LUZ DE SUS RESULTADOS

(TEXTO DE LA CHARLA DADA EL 8-VII-2010 EN LA SEDE DE UPyD DE VALLADOLID)

Quiero empezar citando las palabras de un vallisoletano insigne, Julián Marías, que me parecen especialmente oportunas para referirlas al momento que actualmente vivimos. Decía nuestro ilustre filósofo: “He sentido la urgencia de aclararme la realidad en que vivo y de que formo parte, porque se está desdibujando de manera peligrosa. Si los españoles empiezan a no saber qué es España o vuelven a no saberlo, estamos perdidos”. Palabras que pueden complementarse perfectamente con estas otras que asimismo dejó enunciadas su maestro Ortega: “Es muy posible que una de las causas que producen la grave desorientación respecto a sí mismo en que hoy se halla el hombre sea el hecho de que (…) el hombre medio, que sabe tantas cosas, no sabe nada de historia”. Ese "hoy" al que Ortega se refería es este mismo en el que ahora vivimos, y nuestra desorientación, aunque ha cambiado los modos de manifestarse, no es muy diferente en el fondo de aquella a la que nuestro primer filósofo se refería. Y la necesidad de saber de historia era en Ortega una consecuencia de uno de sus asertos principales, según el cual toda realidad es una realidad histórica. Así que a la urgencia por saber lo que es España a la que aludía Marías se viene a añadir el complemento instrumental que, en este sentido, supone la historia, y que será, siguiendo a Ortega, el medio del que disponemos para afrontar aquella urgente necesidad de saber referida a nuestro país, a nuestra nación.

¿Y en qué consiste –habremos de preguntarnos entonces– ese poderoso instrumento que es la historia que tanto puede ayudarnos a la hora de enfrentarnos a aquel grave peligro de desorientación y extravío al que aluden Ortega y Marías? ¿Cuáles son las claves que pone para ello la historia en nuestras manos? ¿Es la historia, como algunos creen, el registro de una serie de acontecimientos contingentes y azarosos que van dando forma más o menos eventual y caprichosa a la realidad? ¿O, por el contrario, y como hubiera previsto Leibniz, lo que ocurre estaba obligado a ocurrir y, empujado desde el ámbito de lo posible, acaba ineluctablemente haciéndose realidad porque todo se conforma de acuerdo con un plan, con una "armonía preestablecida" y, conjuntados unos acontecimientos con otros, todos ellos acaban configurando lo que el mismo Leibniz llamaba "el mejor de los mundos posibles"?
En suma: ¿es el azar el motor de la historia o todo está determinado a ser lo que es?

Estas mismas preguntas se las hacía también nuestro más insigne historiador, Claudio Sánchez-Albornoz, que las dejó formuladas así: "¿Cabe tener a la historia como mera zigzagueante trayectoria del eterno caminar de los pueblos, empujados por los ciegos golpes del azar (…) o movidos por puras apetencias económicas?". Él mismo aportaba su respuesta: "Ni los pueblos han avanzado dormidos por órbitas trazadas desde la eternidad, ni han realizado, ebrios de azar, una mera novela de aventuras". Ni la historia es, por tanto, el registro de unos hechos que necesariamente tenían que ocurrir, que estaban obligados a aflorar en la realidad empujados por una fuerza determinante exógena a ellos, ni lo que acontece es resultado del capricho, la acumulación de sucesos cuyo sentido se agota en ellos mismos, es decir, que hubiera dado igual que fueran esos u otros cualesquiera. Hay, pues, un sentido latente en los acontecimientos que la historia debe desentrañar, pero no es un sentido que esté dado de antemano (el azar también interviene). Para descubrirlo, deberíamos tener en cuenta aquello que también dijo Ortega: "La historia es, como la uva, delicia de los otoños". Es decir, que el momento en que se descubre el sentido de los hechos históricos es el de la recogida de los frutos. Si los frutos son sabrosos, podremos analizar lo que ha llevado hasta ellos como resultado de una adecuada trayectoria. Y si no lo son, al echar nuestra inquisidora mirada sobre el pasado, podremos detectar los nudos de la historia en los que los acontecimientos se torcieron y prepararon la presente frustración.

Al contrario, pues, de lo que parecería obvio, en historia no habría que partir del pasado para desde allí ir desbrozando los caminos que llevan hasta el presente, sino empezar nuestra andadura, aunque sea de modo implícito, en la atalaya del presente, y aun en la del futuro (en la medida en que las sociedades de las que en la historia se trata son proyectos en marcha), para desde esa atalaya ver venir o, en su caso, frustrarse, las trayectorias de los acontecimientos. Así queda definida, pues, nuestra tarea: constatar que somos lo que somos porque hemos sido lo que hemos sido, reconocernos en lo que fuimos, que es, en su modo incipiente, lo que ahora somos. Pero también comprender que aquello que fuimos era sólo el anticipo de lo que habíamos de ser, no, como sostienen las ideologías reaccionarias, lo que irrenunciablemente debemos seguir siendo.

Vistas las cosas a través de este prisma, conseguimos detectar una serie de vectores históricos que, efectivamente, van impulsando (que no determinando) la corriente de los hechos, los cuales se abren paso como tanteando su cauce a través de la espesa niebla que forma el azar. Y si hay un vector histórico decisivo, una línea ordenadora de los acontecimientos que nos permite ver cómo estos se van acoplando, de una manera a veces más clara y otras más borrosa, a lo que podríamos considerar los trayectos de la historia, es la que tiene su origen en los modos de vida primitivos, gestionados desde el "nosotros", el ente colectivo, el destino o la predestinación, que anegan cualquier manifestación de individualidad, y que poco a poco van conduciendo hacia la paulatina irrupción de la responsabilidad personal, del individuo que acepta tener un papel activo en los acontecimientos, vector histórico éste que alcanzaría aquella madurez de los frutos otoñales de la que antes hablábamos cuando Immanuel Kant, en el siglo XVIII, clavó en el virtual frontispicio de la Ilustración aquella exclamación en latín: "¡Sapere aude!", ¡atrévete a saber!, ¡ten el valor de servirte de tu propio entendimiento!, y que marcaría a las actuales sociedades democráticas (en las que el individuo entra plenamente en la historia al ser elevado a la categoría de ciudadano) como eventual punto de destino de ese devenir histórico aún en trance de manifestarse de un modo cabal.
Más en concreto, fue esto lo que dijo Kant: "La Ilustración es la salida del hombre de la minoría de edad causada por él mismo. La minoría de edad es la incapacidad para servirse del propio entendimiento sin la guía de otro. Esa minoría de edad está causada por el hombre mismo cuando la causa de ésta no radica en una carencia del entendimiento, sino en una falta de decisión y arrojo para servirse del propio entendimiento sin la dirección de algún otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valentía para valerte de tu propio entendimiento! Esta es la consigna de la Ilustración". El punto álgido de esa trayectoria que ha llevado a lo que hoy son las sociedades de Occidente quedaría, pues, marcado por la Ilustración y lo que con ella vino: la más o menos definitiva configuración de los estados-nación occidentales, en los que hay separación de poderes, sujetos a unos textos legales unitarios y, por encima de todos ellos, a su respectiva Constitución.

Quizá os parezca atrevida y poco justificada esa afirmación mía de que el vector histórico que más decisivamente vertebra los trayectos de la historia, hasta el punto de convertirse, en mi opinión, en su mismo esqueleto, es el que transcurre desde los modos de vida impersonal, en los que el individuo está subsumido en algún modo de globalidad, generalidad o poderes trascendentes (el "nosotros", el destino o agentes sobrenaturales), hasta otros modos de vida en que el individuo aparece como protagonista, como responsable último de sus actos y decisiones. Estaríamos hablando de un proceso que transcurre en paralelo con aquel otro que, en la vida personal, parte de la inmersión del niño en su entorno de una manera tan rotunda al principio que le hace hablar de sí mismo en tercera persona (desconoce incluso la palabra "yo"), y que, transcurriendo hacia la madurez, acaba finalmente completando su propio proceso de individuación. Menos mal que, al hacer afirmaciones tan arriesgadas como las que estoy haciendo, cuento con el aval de pensadores de altura; Unamuno, para empezar, que decía: “El individuo (es) el fin del Universo”. O María Zambrano, que afirmaba por su parte: “La persona humana (…) constituye no sólo el valor más alto, sino la finalidad de la historia misma”. Aunque estamos hablando de cosas de las que apenas hemos empezado a tomar conciencia, pues, como decía Nietzsche esta vez: “En verdad, el individuo mismo es la creación más reciente”.

Atendiendo prioritariamente a éste del que hablamos, habremos de dejar relegados otros vectores, trayectorias o corrientes de la historia que serían como afluentes de aquella corriente principal: para empezar, la que transcurre entre las sociedades autárquicas y con un modo de vida rural, que en el origen, allá en el paleolítico, se fundamentaban sólo en la caza y en la recolección, y las actuales sociedades máximamente urbanizadas e inmersas en complejos modos de producción y mercantiles cada vez más unificados y globalizados. Sería una corriente histórica paralela, asimismo, a aquella que, en sus fuentes, transcurre por las sociedades cuyos vínculos interpersonales se debían a la consanguinidad, y que ha llegado hasta esta otra en que las sociedades se forman no entre parientes, sino entre ciudadanos, y cuya sangre se ha mezclado procediendo de muchos orígenes diferentes. Y no paralelo, sino formando parte, en realidad, de la misma corriente, debemos considerar el curso que conduce desde una dispersión lingüística que sería propia de una etapa histórica en la que subsisten pueblos endogámicos, autárquicos, que no precisan comunicarse entre sí, hasta esta otra en que las necesidades de comunicación cada vez más global van haciendo prevalecer los idiomas más mayoritarios.

Otra corriente histórica también subordinada es la que discurre por la diferente manera de situarse en el tiempo, el cual en las sociedades primitivas quedaba acotado dentro de los márgenes más o menos estrictos de lo inmediato y presente, mientras que en las actuales sociedades ese mismo tiempo ha abierto plenamente las compuertas del pasado y del futuro. Este último modo de entender el tiempo (lineal e irreversible) es el que ha traído a esta edad contemporánea la corriente de la historia. Un modo de tratar con él que ha roto con las ataduras que suponía aquella otra manera de entenderlo, vigente durante muchos siglos, según la cual el tiempo se desenvolvía a través de un ciclo eternamente reiterado, es decir, que se pensaba que, como en el mito de Sísifo, todo volvía una y otra vez al punto de partida, que, por tanto, la acción humana estaba condenada a la ineficiencia y al estancamiento. La manera actual de ver el tiempo es la que abre las puertas al pensamiento progresista.

Y en fin, no muy lejos de estas trayectorias transcurre también la que conduce hacia la igualdad de oportunidades entre los miembros de la sociedad, partiendo de una situación que, en lo más primario, muestra diferencias de rango no debidas al mérito o al esfuerzo, sino a los derechos de nacimiento, que han llevado, en anteriores etapas históricas, a diferencias inamovibles entre hombres libres y esclavos o siervos, entre hombres y mujeres o entre unas razas y otras.

Bien, pues habréis ido reparando en que las trayectorias que han ido dando contenido al desarrollo de la historia son aquellas cuyo sentido y finalidad han detectado las ideologías liberales para construir con ello sus propias propuestas. Pero puesto que lo que estamos planteando es que la paulatina irrupción en la historia del individuo responsable de sí mismo actúa como corriente primordial y catalizadora de los demás procesos históricos, nos detendremos preferentemente en ese desarrollo histórico principal.

Se pueden rastrear signos de ese proceso de individuación desde muy atrás en la historia. Recordaré a Protágoras, el sofista, que dejó dicho en el siglo V a. de C.: "El hombre es la medida de todas las cosas" (al decir "el hombre", estaba queriendo decir "cada hombre", cada individuo).
Pero si tratáramos de ir demasiado atrás, acabaríamos desbordando los límites de una exposición como la que estoy intentando hacer. Sólo dejaré dicho que la irrupción del individuo (la llegada a la mayoría de edad del hombre de la que hablaba Kant) a lo largo de la historia ha sido un proceso en zig-zag, oscilante y dubitativo, puesto que, al estar constituida la realidad en forma de paradoja, cuando la historia se ha inclinado demasiado del lado del individualismo, las sociedades han tendido a entrar en crisis, y, por el contrario, cuando las sociedades han sido más estables, la sustancia de lo individual ha acabado difuminada.

Así que propongo tomar la referencia del punto de inflexión que supuso el Renacimiento. En la sociedad medieval, el individuo había permanecido anulado, sin manera de asomar por los entresijos de un modo de vida establecido por una sociedad y unas creencias que tenían previsto y predeterminado todo su transcurso vital, desde el nacimiento hasta la muerte. Su posición social, su trabajo, su matrimonio, sus modos de relacionarse con los demás… todo estaba decidido desde instancias externas a él, que sólo podía aportar a esas circunstancias su simple acatamiento. Como decía Erich Fromm, refiriéndose a aquella época, “la vida personal, económica y social se hallaba dominada por reglas y obligaciones a las que prácticamente no escapaba esfera alguna de actividad”. Todo cambió a partir del Renacimiento. Cioran decía que “con el Renacimiento comienza el eclipse de la resignación. De ahí la aureola trágica del hombre moderno. Los antiguos aceptaban su destino. Ningún moderno se ha rebajado a esa condición”.

Dos maneras contrapuestas, pues, de estar en el mundo: la del hombre medieval, que se conforma con sentirse parte del cuerpo colectivo al que pertenece, y en el que hace residir, prácticamente en exclusiva, las fuentes de su propia identidad. Y la del hombre moderno, que hace su aparición en las estribaciones de la época en la que aún vivimos, y que se corresponden con el Renacimiento; este nuevo hombre rompe con las ataduras del hombre medieval y convierte su voluntad en la principal protagonista de su vida. Pico Della Mirandola, autor del "Discurso sobre la dignidad del hombre", que es considerado el manifiesto del Renacimiento, formulaba esa nueva manera de entender la vida a través de esta imaginaria exhortación que Dios dirigía al hombre: “No te he dado un puesto fijo, ni una imagen peculiar, ni un empleo determinado –le decía–. Tendrás y poseerás por tu decisión y elección propia aquel puesto, aquella imagen y aquellas tareas que tú quieras”. Los hombres empezaron a aprender que no había nada preestablecido, que disponían de libertad para hacer que las cosas fueran de una manera o de otra, que no existía la predestinación. La libertad, ya que no sobre el inamovible pasado, se proyectaba vertiginosamente sobre un futuro incierto y por construir. El mismo Erich Fromm al que ya hemos citado concluyó que “la historia europea y americana desde fines de la Edad Media no es más que el relato de la emergencia plena del individuo”. La Ilustración acabará recogiendo las derivaciones políticas de esta emergente capacidad de los individuos "mayores de edad" para hacerlas desembocar en la gestación de la democracia moderna, que se convertirá en la administradora de esa nueva fuerza social que resulta de la confluencia de todas las potencias que aparecen cuando el hombre es libre, cuando se convierte en ciudadano.

Sin embargo, hay que insistir en la idea de que la realidad es paradójica, y que, cuando el hombre descubre uno de los términos de esa paradoja que conforma la realidad, tiende a convertirlo en único y excluyente, tiende a exagerar la intervención de esa mitad de la realidad en la configuración de ésta. Al descubrirse a sí mismos como protagonistas de sus vidas, los individuos acabaron por exagerar la importancia de su papel en la configuración de la realidad. Del "pienso luego existo" de Descartes (es decir, de la conversión racionalista de la existencia en una derivada de mi pensamiento) se pasó a la filosofía idealista, según la cual la realidad entera es algo que está en mi mente… que depende de mi mente. En compensación, surgió en la filosofía otra corriente, el empirismo, que venía a sostener lo contrario, que el individuo no existe, que sólo es el reflejo de sus circunstancias objetivas, una tabla rasa sobre la que escriben esas circunstancias externas y que determinan lo que él es.

Pero es la otra exageración, la del individualismo extremo, la que ha acabado por imponerse en nuestra sociedad occidental, al menos en cuanto rectora de los modos de vida que prevalecen en ella. Picasso resumió esa posición cuando dejó dicho que "todo lo que puedas imaginar es real", es decir, que la realidad es lo que a cada cual le parece que es.
Este subjetivismo extremo que está en la base del posmodernismo, la filosofía hoy preponderante, se ha acabado confundiendo con la libertad, de forma que hoy la misma realidad tiende a ser considerada (de manera más o menos estricta) como un producto de mi deseo, de mi imaginación, como afirmaba Picasso, o de mis conexiones neuronales, como decía Morfeo en Matrix, una película prototípica de esta manera de estar en el mundo (Morfeo era una especie de cancerbero que facilitaba el acceso a esa forma de ficción sofisticada que en la película era la realidad): "¿Qué es lo real? –preguntaba Morfeo a Neo, el protagonista de la película– ¿De qué modo definirías lo real? Si te refieres a lo que puedes sentir, a lo que puedes oler, a lo que puedes saborear y ver, lo real podrían ser señales eléctricas interpretadas por tu cerebro".

Dudo que lo sepa, pero hoy Zapatero es un depurado representante de esta filosofía posmoderna. Lo dejó expresado en una frase concluyente, en la que remedaba la consigna bíblica según la cual "la verdad nos hará libres"; para él, por el contrario, "es la libertad lo que nos hará verdaderos", versión actualizada del "todo lo que puedas imaginar es real", de Picasso (es decir, "todo lo que te sugiera tu libertad es verdad, es real"). Entre lo que yo conozco, las aportaciones digamos que filosóficas del Presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, que me parecen más expresivas de su cosmovisión, de su manera de entender las cosas, están transcritas en el prólogo que escribió para el libro de Jordi Sevilla, “De nuevo socialismo” (Crítica, 2002). Decía allí: “Ideología significa idea lógica y en política no hay ideas lógicas, hay ideas sujetas a debate que se aceptan en un proceso deliberativo, pero nunca por la evidencia de una deducción lógica”. Decía también que “si en política no sirve la lógica, es decir, si en el dominio de la organización de la convivencia no resultan válidos ni el método inductivo ni el método deductivo, sino tan sólo la discusión sobre diferentes opciones sin hilo conductor alguno que oriente las premisas y los objetivos, entonces todo es posible y aceptable, dado que carecemos de principios, de valores y de argumentos racionales que nos guíen en la resolución de los problemas”. En suma, sostiene Zapatero que toda conclusión intelectual es contingente, que no existe la verdad ni la realidad objetiva, y que hemos de conformarnos con un sucedáneo suyo: aquello que eventualmente se acuerde a través del debate entre los interlocutores de cada momento, que hoy puede llevar a unas conclusiones y mañana a otras, porque no hay principios morales ni argumentos racionales que permitan concluir a priori que unas cosas son preferibles a otras. Todo depende de la coyuntural fuerza expositiva de la que en sus argumentos hagan gala los eventuales interlocutores. Una fuerza expositiva que el mismo Zapatero da a entender que no se refiere a la que se deriva de la razón, de la moral o de los hechos objetivos.

Partamos, por ejemplo, de la idea de Zapatero según la cual, y como en su momento llegó a decir, "la nación es un concepto discutido y discutible". A aclarar lo que finalmente sea la nación española habrán de estar destinados, por tanto, desde estas premisas, diferentes procesos deliberativos entre quienes viven en esa (supuesta) nación y que mantienen al respecto ideas contrapuestas. Y ahí estaría el estímulo decisivo que llevó, y es de temer que llevará, al Gobierno a "dialogar" con ETA. O el que hizo que en una noche de cafeína y nicotina llevó a Zapatero y a Artur Más a pergeñar el Estatut catalán que acaba de sancionar en su mayor parte el Tribunal Constitucional y que ha dejado convertida la Constitución de 1978 en papel mojado. Procesos deliberativos estos amparados bajo el presupuesto de que (lo dice Zapatero) "todo es posible y aceptable" y que no están condicionados ni por la razón ni por la moral, pero sí pueden estarlo por las pistolas en el caso de la negociación con ETA.
Y es que, en fin, no hay límite objetivo a la hora de considerar lo que es la realidad. Somos libres, según eso, de vivir en la realidad que coyunturalmente mejor nos parezca o que más consenso encuentre.

Así pues, desde la Ilustración hemos acabado derivando hacia esta perversa exageración que es el posmodernismo. De los males que se originan en esta exageración, en esta manera de entender las cosas no tengo que convenceros. No hay más que mirar el legado que nos está dejando Zapatero. Sólo quiero dejar apuntado que frente a las dos exageraciones que la modernidad ha depositado ante nosotros: la del individualismo extremo y la del empirismo también extremo, la filosofía ha elaborado ya los conceptos necesarios para resolver esa paradoja: somos una cosa y la otra, individuos frente a una realidad que nos limita y condiciona. O como de manera decisiva dejó dicho Ortega: "Yo soy yo y mi circunstancia". La realidad es lo que se me resiste y limita; ni me determina y actúa por mí, ni es algo tan maleable que yo y mis eventuales interlocutores podamos decidir sin más lo que queramos que sea, como pretende Zapatero. Y siendo hoy nuestra realidad, nuestra circunstancia tan problemática como es, no vendrá mal terminar recordando la cita completa de Ortega: "Yo soy yo y mi circunstancia. Y si no la salvo a ella, no me salvo yo".

miércoles, 9 de junio de 2010

LOS PELIGROS DEL COSMOPOLITISMO

(PUBLICADO EN EL CORREO DE BURGOS EL 17 DE JUNIO DE 2010)

Fue Cicerón (106 a. de C.-46 a de C.) el primero que dejó registrado el adagio "Ubi bene, ibi patria", es decir: donde se está bien, allí está mi patria, que podría ser el más expresivo lema del cosmopolitismo. Pero es éste un concepto con raigambre aún más ancestral: a Diógenes (412 a. de C.-323 a. de C.), el más conspicuo representante de la filosofía cínica, se le considera el inventor del cosmopolitismo: le gustaba definirse como apátrida, que es otra manera de decir lo mismo. Epicuro (341 a. de C.-270 a. de C.), por su parte, decía que el sabio debe de ser autónomo y no sentirse vinculado a patria alguna. Y Marco Aurelio (121-180), penúltimo emperador de la dinastía de los Antoninos, siguiendo la ortodoxia estoica, afirmaba asimismo: "Mi ciudad y mi patria, en tanto que Antonino, es Roma, y en tanto que hombre, el mundo".

En el Renacimiento, el concepto alcanzó amplia aceptación. Dante (1265-1321), por ejemplo, a pesar de que abogaba por la unidad de Italia, dividida por entonces en múltiples estados, afirmaba que "mi patria es el mundo", y cuando se le ofreció volver a Florencia después de haber estado desterrado, replicó: "¿No puedo ver en todas partes la luz del sol y de las estrellas? ¿No puedo meditar, dondequiera, sobre las más nobles verdades?". Pero es quizás en estos tiempos globalizados donde la idea de que somos ciudadanos del mundo ha adquirido mayor difusión. Y es, sin duda, entre los españoles, descontando a los nacionalistas centrífugos, donde se halla una de las más importantes colonias de supuestos cosmopolitas del mundo. Hace algunos años, en fin, oí incluso a uno de los fundadores de mi partido, Fernando Savater, citar en una conferencia aquel recurrido lema, que él hacía propio: "donde me siento bien, allí está mi patria", dijo en concreto.

En realidad, el cosmopolitismo no es sino una coartada del individualismo. Así, a la vez que se declaraba apátrida, Diógenes de Sinope pretendía asimismo la autosuficiencia; lo que en realidad deseaba era que la sociedad le dejara en paz; aspiraba a no tener entre sus preocupaciones nada que tuviera que ver con los demás, a los que desdeñaba (decía que buscaba hombres, pero que sólo encontraba escombros). Epicuro, por su parte, sostenía también que "la autosuficiencia es la mayor de las riquezas", y cifraba la felicidad en "no tener hambre, no tener sed, no tener frío", así como en "la serenidad del alma y la ausencia de dolor": no hay muchas aspiraciones que necesiten menos de los demás que ésas. Siguiendo con los ejemplos, si algo significó el Renacimiento fue que con él irrumpió de forma exuberante la individualidad. Y respecto de mi muy considerado Fernando Savater, sabido es que su idea del "sano egoísmo" es quizás su concepto sociológico nuclear (por suerte para todos los que compartimos sociedad con él, ha conseguido hacer compatible ese "egoísmo" con su evidente y muy meritoria respuesta a lo que a sí mismo se exige como ciudadano).

Por tanto, dejemos constancia de este primer equívoco: sentirse ciudadano del mundo quería decir, en realidad, que el mundo no venga a molestar, como Alejandro molestaba a Diógenes al ocultarle por descuido los rayos de sol. No, por tanto, que uno se sienta ciudadano de cualquier lugar; es decir, que le diera igual vivir en Nueva York que en una tribu del Congo, en París que en una aldea de Corea del Norte o, siendo mujer, en una ciudad occidental que en otra de Irán o Pakistán.


Hay otro equívoco que me parece más importante. Para hablar de él, tomaré la desviación de contar antes algo de lo que hablé hace unos días con un amigo. Se trata de una persona muy cualificada, tanto por su inteligencia como por su desempeño laboral. Estaba muy enfadado; le parecía inadmisible que su país estuviera regido (no sólo últimamente) por unas personas que se mostraban tan ineptas y pertinaces en el error. Decía que él estaba acostumbrado en su trabajo a ver cómo, cuando se cometía un error, aún restaba la elemental capacidad de corregirlo y recomenzar desde el lugar de la corrección; no otra cosa sería posible en la empresa privada. Pero en España, la administración de lo público no se regía por esos parámetros ni, en ese ámbito, estaba penalizada de manera alguna la ineptitud; lo cual, en su opinión, nos estaba empujando cada vez más hacia la catástrofe. Una buena parte de él, por otro lado, le llevaba a considerarse "ciudadano del mundo", por lo cual estaba pensándose buscar una "salida personal" a esta situación: le había surgido la posibilidad de ir a trabajar a uno de los que ahora se consideran países emergentes, y, consecuente, podríamos decir, con el principio de que "allí donde estoy bien, ésa es mi patria", iba a acabar, probablemente, yéndose para allá y así olvidarse de este país que tanto le estaba decepcionando.

El desvío que tomé para contar este encuentro con mi amigo me ha de servir para empezar a dar razón de por qué el auge del individualismo, junto con el hecho de ser un factor imprescindible en el desarrollo de la creatividad y del descubrimiento de nuevas oportunidades de avance social, suele correlacionar de manera intensa con la aparición de crisis sociales.
La Grecia en la que vivió Diógenes arrastraba aún la gran crisis colectiva que causó y siguió a la Guerra del Peloponeso, en donde las ciudades-estado estaban en horas muy bajas. Cicerón vivió en los tiempos de las devastadoras Guerras Civiles que desembocaron en el fin de la República romana. Marco Aurelio fue el último gran emperador de Roma; su hijo Cómodo significó un marcado punto de inflexión hacia la decadencia. Del Renacimiento, me atrevería a decir que en aquella ocasión el individualismo fue ante todo una gran potencia creadora porque, a la vez, se desarrollaron por entonces los estados-nación, que, al significar un modo aceptado de trascendencia de lo individual, sirvieron de cauce constructivo a la gran eclosión de subjetividad que por entonces tuvo lugar. Y en estos tiempos de la globalización, la crisis de identidad de las naciones no creo que haya traspasado aún el umbral crítico que la haría ser algo más que una grave amenaza, aunque lugares como España lideran la marcha hacia ese umbral.

Todo lo cual no está desprovisto de lógica, porque, si triunfan maneras de estar en el mundo según las cuales nada trasciende del individuo, que busca su autosuficiencia, es de prever que cada uno trate de instalarse allí donde pueda estar personalmente bien, desentendiéndose de lo que le ocurra a su sociedad… ¿Su sociedad? ¿Qué sentido de la sociedad queda cuando se han desechado los valores del patriotismo y, por tanto, se deja de tener la referencia de un bien común que trasciende de lo personal? Si el patriotismo es un valor que deja de estar vigente, ¿a qué podré apelar para que mi amigo no se dedique a buscar una "solución personal" y se siga sintiendo implicado en la marcha de esta España en la que no nos encontramos precisamente bien, pero que no por ello deja de ser, para algunos todavía, nuestra patria?

sábado, 29 de mayo de 2010

POR QUÉ TENEMOS UN MAL GOBIERNO

Cuando John Locke (1632-1704) inauguró el empirismo moderno al afirmar que el conocimiento deriva de la experiencia y no de unas previas ideas innatas de las que la realidad sería un mero sucedáneo, casi parecía que venía a formular una obviedad: efectivamente, conocemos las cosas del mundo gracias, ante todo, a que las vemos y palpamos. Fue gracias, precisamente, a esta supeditación del conocimiento a los hechos por lo que, entre otras cosas, el método científico y, por tanto, nuestra actual civilización occidental, llegaron a desarrollarse ¿Qué extravagancia filosófica, pues, había sido esa de que conocemos las cosas antes de tomar contacto con ellas, de que venimos al mundo dotados ya de un conocimiento anterior a la experiencia?... Una extravagancia que, sin embargo, había dominado gran parte de nuestra historia intelectual, al menos desde que a aquellos griegos egregios de la época clásica se les ocurrió preguntarse por lo que eran las cosas. ¿Qué ha llevado a los hombres, desde los tiempos de Parménides y de Platón, a pensar que el conocimiento no deriva de la experiencia sino de algo que reside en nuestra mente y que antecede en el tiempo al encuentro con las cosas de cuyo conocimiento se trata?

Es curioso constatarlo: lo que dio origen a aquella extravagancia fue la urgencia, el apremio, la necesidad de contrarrestar la angustia que producía el caos de las cosas con las que el hombre se encuentra, que no hacen más que irrumpir por sorpresa, dispersarse, cambiar, desaparecer y, en suma, desorientarnos. Buscando lo que permanecía a pesar de todo lo que cambiaba, rastreando una esencia de las cosas que fuera capaz de sobrevivir a las cosas mismas, tan efímeras e inconsistentes, la misma necesidad de estabilidad y permanencia llevó a los hombres a pensar que había algo por encima de las cosas que las servía de fundamento; y ese ser que permanecía más allá de la experiencia estaba… dentro de su mente, configurado como idea o concepto. Las ideas son el recurso que los hombres nos buscamos para no naufragar en el caos de las experiencias. “Una de las funciones de los conceptos –decía María Zambrano– es tranquilizar al hombre que logra poseerlos. En la incertidumbre que es la vida, los conceptos son límites en que encerramos las cosas, zonas de seguridad en la sorpresa continua de los acontecimientos”. Y en la medida en que ese orden nos es imprescindible, lo anteponemos al conocimiento empírico mismo: los hechos llegan a nuestra mente no de modo directo y franco, sino tamizados, recompuestos y cocinados en la olla de nuestros conceptos, podríamos decir que de nuestros prejuicios (en suma, de nuestra necesidad de orden). Todo aquello que no podemos recibir en nuestra mente mediado por el filtro ordenador de alguna idea previa, o bien lo ignoramos o bien, si lo admitimos, no hará otra cosa que desordenar e impregnar de caos nuestra manera de estar en el mundo (sobre todo esto aportó muchos argumentos, no siempre certeros, Freud con sus conceptos de "represión" y, en general, de "mecanismos psíquicos de defensa").





En conclusión: a lo más que podemos aspirar (y no muchos llevan a la práctica tal posibilidad) es a ir acomodando nuestros prejuicios, nuestras ideas previas a la realidad empírica, pero no de un modo espontáneo y apriorístico, sino a posteriori y esforzadamente. Aunque resulte paradójico y hasta cierto punto nos coloque del lado de aquellos filósofos extravagantes que precedieron al empirismo, no es del todo inadecuado confirmar que primero son las ideas (los prejuicios); sólo después llega la experiencia.

Habiendo constatado algo intelectualmente tan perturbador, el posmodernismo, la filosofía digamos que hoy vigente, ha dudado incluso de que exista la realidad (lo experimentado). Más aún, afirma que esa realidad es sólo una invención nuestra, puesto que, cuando nos llega de ella alguna clase de dato, éste resulta que no es más que el envoltorio que han construido nuestra mente o nuestro lenguaje, sin contenido propio, un significante sin significado objetivo. De la progresiva impregnación por esta filosofía que nuestra cultura está sufriendo da testimonio la irrupción exitosa en el cine de películas como "Blade Runner" o "Matrix" o, en la literatura, de tantos epígonos de las novelas de Kafka, en donde la realidad no pasa de ser sino el escenario que hemos inventado para dramatizar nuestras propias inquietudes y angustias, ni más ni menos que lo que hacemos en los sueños.


Se trata de una exageración. El que existamos nosotros no es un argumento en contra de que también exista nuestra circunstancia. Efectivamente, hay alguien ahí afuera, la realidad existe, e incluso es posible aproximarse a ella. No cualquier idea es igualmente válida: hay algunas que están más en sintonía con los hechos que otras, y es posible, como el método científico demostró, adecuar nuestros conceptos a los datos de la experiencia.

Por ejemplo, a muchos nos quedan pocas dudas de que es un hecho que en España estamos mal gobernados. Y afirmar que es un hecho supone que no estaríamos sosteniendo algo sobre lo cual no quepa sino tener prejuicios de la misma calidad intelectual que la de quien sostuviera el prejuicio contrario, el de que tenemos el mejor de los gobiernos posibles. No sólo es indicio de mal gobierno el hecho de que nuestros dirigentes hayan llevado a cabo una política de gasto público desbocado que nos ha situado en un punto próximo a la bancarrota, y de que hubieran seguido gastando si desde instancias internacionales no se hubiera intervenido sobre nuestra economía obligándonos a serios recortes (al parecer, muy insuficientes todavía). También es un hecho, por ejemplo, que Zapatero y sus ministros han removido la estructura territorial del estado hasta hacerla semejante a una zona de desastre después de que por ella haya pasado el huracán: cada región busca el cabo de la cuerda desde el que seguir tensándola sin descanso, sea despilfarrando recursos o agrediendo al idioma común, ofendiendo o desdeñando los símbolos unitarios, adelgazando la administración del estado, impidiendo la vertebración territorial a través de obras públicas suprarregionales como los trasvases, ignorando en los planes de enseñanza la historia común…

Por otro lado, la separación de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) se ha ido arruinando estos años día a día (aunque el mal, ciertamente, venía de antes), hasta convertirlos todos ellos en meras sucursales de los partidos gobernantes. En política exterior, resulta ser prioritaria la amistad de dictadores como Mohamed VI de Marruecos, los Castro o Chávez (no debiera dudarse de que, a estas alturas, Venezuela ya no es una democracia), o nos empeñamos (se empeña nuestro gobierno) en hacer equivalentes civilizaciones que cultivan la democracia y la libertad con otras en las que aún están por descubrirse los derechos humanos. Y en política interior, lo más significativo de estas dos últimas legislaturas ha sido lo que se dio en llamar "proceso de paz" o "diálogo" con los terroristas de ETA (probablemente nunca cerrado del todo), pero que nuestro Código Penal tiene mejor definido como "colaboración con banda armada" o "alta traición al Estado".

En resumen: que es un hecho que estamos mal gobernados. Si muchos no son capaces de verlo es porque el prejuicio, aquella forma de valorar y de ordenar la realidad que precede a los hechos, en su caso es un claro factor de distorsión de esos mismos hechos. Los conceptos con que ordenan la realidad que les circunda están mal escogidos o parten de un principio ordenador falso. Y es que, efectivamente, son los que llamamos "principios" los que están en el origen de nuestra manera de afrontar la realidad: ideas o, en algunos casos, mitos fundamentales o fundacionales desde los que ordenamos (en ocasiones, a costa de falsearla) la realidad.

A pesar de que no me puedo alargar mucho más, aún me atreveré a dejar enunciado sucintamente el "principio" que en muchos ciudadanos distorsiona la visión de la realidad impidiéndoles ver el hecho de que sufrimos un mal gobierno, lo que les lleva una y otra vez a votarle de nuevo: se trata del mito fundacional según el cual, determinada izquierda se considera, desde los tiempos del Frente Popular de la República, la representante de los valores democráticos, mientras que los demás lo son de valores franquistas o asimilables a los franquistas (léase más directamente: fascistas). Mito que, a la hora de votar, no permite elegir entre un gobierno malo o bueno, porque se superpone la necesidad de elegir entre un gobierno "progre" o "facha". Pero para corregir la negativa deriva de la realidad, es preciso empezar por aceptarla, por acercar los prejuicios a los hechos.