“El hombre que sabe muchas cosas, el hombre culto, corre el riesgo de
perderse en la manigua (en la abundancia desordenada) de
sus propios saberes y acaba por no saber cuál es su auténtico saber. No tenemos
que buscar lejos: éste es el caso del hombre medio actual. Ha recibido tantos
pensamientos que no sabe cuáles de entre ellos son los que efectivamente
piensa, los que cree, y se habitúa a vivir desde pseudocreencias, desde lugares
comunes a veces ingeniosísimos, intelectualísimos, pero que falsifican su
existencia. De aquí la inquietud, la alteración profunda que arrastran en el
secreto de sí mismas tantas vidas de hoy. De aquí la desolación, el vacío de
tanto destino personal que pugna desesperadamente por llenarse con alguna
convicción, sin lograr convencerse. ¿Y qué hace? Pues perentoriamente empeñarse
en convencerse de lo que no está convencido, fingirse creencias, y para
facilitar la íntima ficción, alcoholizarse con las actitudes más fáciles, más tópicas,
más de receta, que son las radicales” (Ortega y
Gasset[1]).
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