“Este es el ingrediente más extraño y
misterioso del hombre. Por un lado es libre: no tiene que ser por fuerza nada,
como le pasa al astro, y, sin embargo, ante su libertad se alza siempre algo
con un carácter de necesidad, como diciéndonos: «poder puedes ser lo que
quieras, pero sólo si quieres ser de tal determinado modo serás el que tienes
que ser». Es decir, que cada hombre, entre sus varios seres posibles, encuentra
siempre uno que es su auténtico ser. Y la voz que le llama a ese auténtico ser
es lo que llamamos «vocación». Pero la mayor parte de los hombres se dedican a
acallar y desoír esa voz de la vocación. Procura hacer ruido dentro de sí,
ensordecerse, distraerse para no oírla y estafarse a sí mismo sustituyendo su
auténtico ser por una falsa trayectoria vital. En cambio, sólo se vive a sí
mismo, sólo vive, de verdad, el que vive su vocación, el que coincide con su
verdadero «sí mismo» (…) No se refiere sólo a la profesión u oficio que vamos a
elegir. Se refiere, por ejemplo, al orden de nuestros pensamientos u opiniones”
(Ortega y Gasset[1]).
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