La reciente curación inexplicable de los graves problemas de
visión que sufría Jimena, una chica de 16 años ocurrida hace unas fechas en el Santuario
de Fátima sirve de introducción al planteamiento de un necesario cambio de
paradigma en medicina que encontraría fundamento en la teoría del estrés de Hans
Selye. El paradigma hoy dominante entiende que la enfermedad es algo que le
viene al paciente de fuera de su organismo (microbios, virus, bacterias) o que
ese paciente sufre debido a incontrolables factores genéticos o a esa clase de
enfermedades misteriosas que son las enfermedades autoinmunes. A partir de
Selye es posible entender que no siempre el enfermo es “paciente”, pasivo
receptor de las enfermedades, sino que muchas veces es un (involuntario) “agente”
de ellas; es el caso de las que Selye denominó “enfermedades de adaptación”, en
las cuales no son los gérmenes externos los que producen la enfermedad, sino
que es la (errónea) reacción defensiva del organismo lo que la constituye. A la
luz de los escritos de Selye veremos cómo se puede encontrar nueva luz para
entender enfermedades como la fiebre del heno, la diabetes, la tuberculosis, la
artritis reumatoide, la hipertensión, las úlceras gastroduodenales, las
enfermedades de la piel o el cáncer; incluso las enfermedades autoinmunes. Y
asimismo, encontrarían esclarecimiento curaciones hasta ahora inexplicables,
como la que le aconteció a Jimena en Fátima.
La filosofía, la historia, la psicología, el arte, la antropología, la actualidad... de la mano, sobre todo, de Ortega y Gasset, el pensador más importante de todos los tiempos en lengua española
martes, 15 de agosto de 2023
LA NECESIDAD DE UNA REVOLUCIÓN EN MEDICINA (a partir de la teoría del estrés de Hans Selye)
sábado, 12 de agosto de 2023
LA DIFICULTAD DE SABER A DÓNDE VAMOS
“Todos los hombres de buena casta sienten, conforme aumenta su cultura,
que necesitan representar en el mundo doble papel, uno real y otro ideal (…)
Cuál sea y en qué consista el real que nos es atribuido, lo experimentamos con
sobrada claridad. En cambio, es muy raro que lleguemos a estar en claro por lo
que hace al segundo” (Ortega y
Gasset[1]).
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“El destino real (…) resulta de la deformación a que el mundo nos
obliga ‘con su influjo siempre perturbador’, que nos desorienta con respecto a
nuestro verdadero destino” (Ortega y Gasset[2]).
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“El hombre no reconoce su yo, su vocación singularísima, sino por el
gusto o el disgusto que en cada situación siente” (Ortega y Gasset[3]).
miércoles, 9 de agosto de 2023
LA REALIDAD NO ABARCA TODO LO QUE EXISTE
“El más frecuente error de perspectiva consiste en proyectar todo sobre
el plano de lo real. Ahora bien: una de las dimensiones del mundo es la virtualidad,
e importa sobremanera que aprendamos a andar por él. Casi íntegramente es la
cultura de los últimos sesenta años un ensañamiento contra lo virtual. Fue una
época que inventaba con fruición razones de este linaje: «Cuando creemos obrar
en puro beneficio del prójimo, no hacemos en realidad sino obedecer a un
egoísmo más profundo». «Temor, alegría, tristeza, no son realmente temor,
alegría, tristeza, sino sensaciones de nuestros músculos y alteraciones de
nuestro pulso». «Moral, arte, ciencia, religión, son, en realidad, sombras que
arroja nuestra situación económica», etc., etc. (…) Lo deplorable, lo absurdo
es la intención en que (tales doctrinas) iban envueltas. Supongamos que la
belleza de la Gioconda consiste en un calambre peculiar que la vista del cuadro
divino produce: ¿queda con esto borrada del Universo, pierde algunos de sus
quilates la belleza de Mona Lisa? ¿No sigue siendo tan bella como antes? ¿No
conserva su valor específico un mundo donde los calambres tienen esa
consecuencia virtual? Entiéndase bien mi censura. Yo no tengo nada que decir
contra ese afán de realidad; al contrario, lo aplaudo y lo predico. Pero una
vez que he llegado a lo real, me vuelvo hacia atrás y veo que lo virtual sigue
subsistiendo, que es, a su modo, otra realidad donde me siento invitado a
demorar (…) Debemos aprender a respetar los derechos de la ilusión y a
considerarla como uno de los haces propios y esenciales de la vida”
(Ortega y Gasset(1)).
[1] Ortega
y Gasset: “Para la cultura del amor”, en “El Espectador”, Vol. II, O. C. Tº 2,
pp. 142-143.
domingo, 6 de agosto de 2023
LA (AUTÉNTICA) CONCIENCIA DERIVA DEL AMOR, NO DE LA EDUCACIÓN
“Esa tarea, que es para cada cual su vida, no es arbitraria. Nos es
impuesta. Todos sentimos en cada instante, allá en el secreto fondo de nuestra
conciencia, quién es el que tenemos que ser” (Ortega y Gasset[1]).
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La conciencia no es algo innato, que esté inscrito en
nuestra naturaleza. Aparece cuando somos capaces de sentir empatía, y, a través
de ella, entender que a veces hemos de supeditar nuestro interés o nuestro
bienestar en aras de intereses o bienestares que nos trascienden. El nacimiento
de esa empatía está vinculado al hecho de que el entorno familiar sea el
adecuado para que el niño vaya entendiendo que la madre, para empezar, tiene
vida y necesidades propias, ante las cuales él ha de sacrificarse de algún
modo. Nace así también la capacidad de amar (es decir, salir de sí mismo para
volcarse en los demás). Si el niño no consigue llegar a esta etapa en la que
nace el sentimiento moral, se mantendrá como el infante que todos somos para
empezar (por entonces estábamos disculpados, dada nuestra indefensión básica):
egoísta y motivado solamente por sus propias conveniencias. Cuando esa
instalación en la fase amoral se extiende socialmente, vale aquello que decía
Hobbes: “Homo homini lupus”. Y entonces es cuando la moral puede meramente ser
algo impuesto desde fuera –por ejemplo, por la fuerza correctora de unos padres
que no han sido capaces de despertar en el niño la empatía–, y no surgir de una
conciencia auténtica”.
jueves, 3 de agosto de 2023
EL JUICIO FINAL YA ESTÁ TENIENDO LUGAR
“En todo instante cada uno de nosotros se encuentra
ante muchas cosas que podría hacer, y no tiene más remedio que resolverse por
una de ellas. Mas, para resolverse por hacer esto y no aquello tiene, quiera o
no, que justificar ante sus propios ojos la elección, es decir, tiene que
descubrir cuál de sus acciones posibles en aquel instante es la que da mayor
realidad a su vida, la que posee más sentido, la más suya. Si no elige, sabe
que se ha engañado a sí mismo, que ha falsificado su propia realidad, que ha aniquilado
un instante de su tiempo vital, por cuanto, como antes dije, tiene contados sus
instantes. No hay caso de misticismo alguno; es evidente que el hombre no puede
dar un solo paso sin justificarlo ante su propio íntimo tribunal” (Ortega
y Gasset[1]).
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“Al decidir cada acto nuestro nos decidimos porque nos parece ser el
que, dadas las circunstancias, tiene mejor sentido. Es decir, que toda vida
necesita —quiera o no— justificarse ante sus propios ojos, La justificación
ante sí misma es un ingrediente consustancial a nuestra vida. Tanto da decir
que vivir es comportarse según plan como decir que la vida es incesante
justificación de sí misma” (Ortega y Gasset[2]).