jueves, 2 de abril de 2015

¿Demuestra el avión de Lufthansa estrellado que la vida es absurda?


    
     Desde luego, la realidad sí es absurda. Lo cual quiere decir que los intentos de llevar a cabo en ella un plan de vida que tenga sentido siempre acaban chocando, tarde o temprano, con la realidad. Habría de servir de ejemplo suficiente el angustiante caso extremo del que estos días se ha estado hablando en los medios: una abuela, su hija y a su nieta han sido tres de las víctimas del asesinato en masa llevado a cabo en los Alpes por el copiloto de Lufthansa. Para el marido, padre y abuelo que ha quedado vivo, la existencia de su mujer, su hija y su nieta era, sin duda, fundamental para que su vida tuviera sentido. Después de que la absurda realidad haya filtrado ese sentido de una manera tan cruel, ¿qué es lo que toca? ¿Concluir que la vida, no sólo la realidad, es absurda? ¿Hay alguna salida para esos callejones que parecen no tenerla? ¡Buf! Terrible problema al que parecería que sólo es posible enfrentarse escapando de la realidad: el suicidio sería la manera más inmediata y resolutiva. Los cátaros, cristianos herejes de los siglos XII y XIII, por ejemplo, aceptaban el suicidio como una forma de liberación del espíritu de las miserias de la carne, por lo que no lo consideraban pecado. A tal efecto, en los momentos más difíciles y adversos, consentían en que se llevara a cabo una práctica suicida, conocida como la "endura", y según la cual el cátaro moría por ayuno total voluntario. Otra posibilidad de eludir la penosa realidad sería hacerlo  a través de la creencia en que hay un mundo suprarreal en el que recuperaremos eso que en la vida hemos perdido. Pero hay otro modo de enfrentarse al absurdo sin necesidad de eludirlo: el que ofrece la filosofía. Kierkegaard ponía el ejemplo de Job, tan inclementemente castigado por la absurda realidad: perdió sus hijos, su ganado, su salud… Primero se resignó (esa es una posibilidad más), es decir, aceptó la realidad, aceptó convivir con el absurdo: “Dios me lo dio, Dios me lo quitó”, decía. Después se rebeló… encontró el camino de la “repetición”, dice Kierkegaard, y "el Señor devolvió a Job su anterior prosperidad (...) y hasta duplicó todos los bienes que tenía antes", según está escrito en la Biblia (Job, 42, 10). La “repetición”… ojalá Kierkegaard lo hubiera explicado mejor si él lo tenía tan claro, porque, a primera vista, lo que dice la Biblia parece un sarcasmo. Sin embargo, es posible “traducir” al filósofo danés: repetición, para Kierkegaard, es encontrar modos sustitutivos de perseguir el sentido, caminos que, de alguna manera, simbolicen y sustituyan a aquel que ya no es posible recorrer y que signifiquen una salida del callejón. Lo que quiere decir la Biblia es que incluso es posible crecer a través de la desgracia, eso que ahora se llama resiliencia... aunque no me atrevería yo a decírselo así a ese pobre abuelo, padre y esposo que sólo pensar en él le quita a uno el sueño.

     Que yo sepa, en fin, no hay más maneras de confrontarse con el absurdo (con la realidad), que las que aquí se exponen: primero, escapar de él a la manera de los cátaros, a través del suicidio. Segundo, resignarse. Tercero, por medio de la creencia en una vida en el más allá en la que nos reencontraremos con eso que perdimos. Cuarto: la filosofía, último recurso desde el que intentar concluir que, aunque la realidad sea absurda, la vida no tiene por qué serlo también.

miércoles, 25 de marzo de 2015

La necesidad que la vida tiene de la filosofía

     Pobre Filosofía… La Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa, la conocida como Ley Wert, le ha propinado su último empellón, y después de suprimir su obligatoriedad en el Bachillerato y dejar a la Ética también como asignatura optativa en la ESO, parece condenada a vagar por el sistema educativo como simple maría. En España, cualquiera puede alcanzar hoy su titulación universitaria sin haber tenido el más mínimo contacto con esta disciplina, que, a los ojos de quienes gestionan nuestra sociedad, parece ubicarse en la categoría de aprendizajes superfluos o lujosos, inútiles a la hora de enfrentarse a las exigencias del mercado laboral y de la vida en general. Y sin embargo, todos los sabios que, hasta esta última hora, ha aportado al mundo la filosofía, estuvieron empeñados en considerar que esta disciplina era la matriz de la que salían los demás saberes, los cuales se debían de remitir a ella en primer lugar para descubrir su razón de ser, y antes de poder echar a volar con cierta autonomía. ¡Qué ingenuos esos filósofos, vistos desde estas alturas de la posmodernidad!

  
Ilustración: Samuel Martínez Ortiz

     Pero en ese camino que nos ha traído hasta aquí hemos ido perdiendo algo más que un saber meramente dirigido a diletantes y desocupados; y lo podemos comprobar si, tal y como suelen hacer los filósofos (y también los historiadores), indagamos en el sentido de ese recorrido, intentamos responder a la pregunta de por qué la filosofía ha pasado a ser tan prescindible. Para llevar a cabo esta pesquisa, no hace falta, pues, salirse de los caminos previstos por la propia filosofía, acostumbrada a preguntarse por qué las cosas son como son (o dicho según la fórmula habitual, preguntarse por el ser de las cosas), que no es sino el paso previo para, con ayuda de ese auxiliar de la filosofía que es la ética, descubrir después lo que las cosas deberían ser. No tendremos, pues, que recurrir a otros métodos que los de la propia filosofía para intentar averiguar las razones de su decadencia.

     Nos referiremos solamente a la última etapa de la historia de Occidente (la civilización que, por lo demás, vio nacer a la filosofía), en la cual se han alcanzado los logros más espectaculares y los avances más decisivos de la historia de la humanidad. Esta parte de nuestra historia tuvo su origen en el Renacimiento, aunque de modo más o menos soterrado la revolución que entonces hizo eclosión había echado sus raíces en el siglo XIV, a la altura del tiempo en que Guillermo de Ockham puso patas arriba la escolástica al afirmar que en el mundo no existían las realidades globales, los conceptos o ideas, solo existían los individuos; no existía, pues, el bosque, que era un mero invento de la mente, un “flatus vocis”, un soplo de voz, solo existían los árboles individuales. La fe debía de ir por otros derroteros, pero la razón tenía que atenerse a aquella verdad y aplicar los correspondientes recortes, los de su célebre navaja, a cualquier intento de explicación de las cosas que no se atuviese a ese punto de partida, el que exigía desprenderse de todos los aditamentos, inferencias, prejuicios o abstracciones que impidan reconocer la desnuda realidad de los hechos concretos e individuales.

     Aquello fue la bomba; una bomba de efectos retardados que, efectivamente, hizo explosión un par de siglos más tarde, en el Renacimiento, la edad en la que precisamente, dejándose impulsar por las emanaciones de tales pensamientos, irrumpieron los individuos rompiendo los moldes sociales que durante toda la Edad Media les habían tenido encasillados e incluso anulados dentro de alguna de las formas de lo general. Surgió también la atracción por el estudio de los hechos concretos, por el experimentalismo y su derivación todavía filosófica: el empirismo. Galileo, mientras tanto, formalizaba por vez primera el método científico. Los descubrimientos que llegaron de la mano de aquel emergente deseo de descubrir el mundo y sus cosas fueron innumerables y abarcaron todos los ámbitos del conocimiento. La revolución científica y los consiguientes avances tecnológicos se pusieron a andar… mejor será decir que echaron a correr.

     La historia de Occidente, especialmente desde el Renacimiento, está marcada, pues, por el objetivo de acceder al conocimiento del mundo, de la realidad objetiva. Y resulta evidente que ha triunfado en ese objetivo. Pero a estas alturas es cuando toca preguntarse: ¿para qué sirve conocer? ¿Tiene algún sentido esa realidad que ha conseguido ser tan bien desentrañada por la ciencia? De dar respuesta a esas preguntas es de lo que, precisamente, está encargada la filosofía. ¿Y cuál es la última respuesta sobre ello a la que ha accedido Occidente? La última respuesta es… ninguna. La realidad ha quedado maravillosamente explicada por la ciencia. Pero, en paralelo, la filosofía ha desembocado en el nihilismo, es decir, en la conclusión de que ella, la filosofía misma, ya no es necesaria; lo que se necesita, según esta perspectiva, es conocer las cosas y conformarse con ese conocimiento, porque el sentido que puedan tener es, de nuevo, un “flatus vocis”, un añadido que nosotros hacemos a las cosas, pero que estas no tienen ni precisan para ser lo que son, y a las que procede aplicar, por tanto, los remedios de la navaja de Ockham. No hay nada más. O dicho a la inversa: lo que hay, además de ese ser material y concreto de las cosas que ha logrado en gran parte desvelar la ciencia, es… nada. La filosofía, esa indagadora del sentido de las cosas, por tanto, no es necesaria. Suprimir la asignatura de filosofía de los planes de enseñanza es la lógica consecuencia de haber accedido a una sociedad bañada en el nihilismo. Solo interesa el conocimiento de lo real, no si esa realidad tiene algún sentido (se da por hecho que no). El Gran Hermano que rige los destinos de esta sociedad posmoderna ha comprendido que la función del sistema de enseñanza es formar científicos, sistemáticos observadores de objetos, de los datos de la realidad, y, consiguientemente, nihilistas.

     Ahora bien, decía Ortega que “el ser fundamental por su esencia misma no es un dato, no es nunca un presente para el conocimiento, es justo lo que le falta a todo lo presente (...). Su modo de estar presente es faltar, por tanto, estar ausente”. Por eso, el simple conocimiento de lo dado no evita la sensación de que algo nos falta, así como la de extravío con que, para empezar, nos situamos en el mundo. “La vida es por lo pronto un caos donde uno está perdido”, decía precisamente Ortega. El mero conocimiento objetivo de las cosas, aquel que, sin embargo, nos ha procurado los enormes avances científicos a los que ha accedido nuestra civilización, no es suficiente para contrarrestar esa sensación de extravío que nos es inherente a la vez que insoportable. Necesitamos encontrar un sentido a la realidad para así hacerla soportable. En suma, nos ayuda a concluir Ortega, “el hecho humano es precisamente el fenómeno cósmico del tener sentido”. Y para encontrar ese sentido necesitamos, seguimos necesitando, a la filosofía. “La filosofía –es la forma de decirlo que tiene Hegel– (…) es algo que purifica lo real, algo que remedia la injusticia aparente y lo reconcilia con lo racional”. Sin filosofía, nos quedamos inermes y vulnerables ante el absurdo, que es la manera primordial que tiene el mundo de presentarse ante nosotros, eso que nos hace sentirnos perdidos. A falta de filosofía, hemos aceptado como premisa cultural la visión instrumental de la vida, que no aspira a que esta tenga un sentido, sino solo a que nos diluyamos entre las cosas, entre la multiplicidad de los entes, a dejar desasistidos los hechos objetivos del sentido que nuestra razón está obligada a descubrir en ellos. Todo eso no nos hace, precisamente, más felices. Aunque nuestra cultura pretende hacernos coexistir pacíficamente con el absurdo, nuestras tripas no nos dejan aceptarlo. Así que o damos respuesta a nuestra necesidad de sentido o la industria de los psicofármacos seguirá haciendo el agosto (total, para nada: no son las alteraciones neurológicas la causa última de nuestra infelicidad, ni la bioquímica lo que la resolverá). O rehabilitamos a la filosofía y la restituimos en sus funciones de exploración de la posibilidad de que la vida tenga sentido y de lucha contra el absurdo, o será éste el que rija nuestros destinos.

     El cogollo de la filosofía lo constituye la metafísica, que, a costa incluso del revolucionario Guillermo de Ockham, o más bien complementando sus vertiginosos presupuestos y todo lo que de fructífero aportaron a la historia del Occidente, es la rama de la filosofía encargada de buscar acomodo al ente individual, particular, cambiante, fragmentario y finito en el marco del ser sustancial, estable, imperecedero. Necesitamos de algo que nos permita trascender nuestra voluble individualidad, que, sin embargo, era para Ockham, y es para la cultura occidental que siguió sus pasos, lo único constatable; necesitamos encontrar para nuestra vida particular, efímera, insustancial y extraviada un sentido que nos redima de tales insuficiencias, algo que nos permita ponernos en la estela de un destino que, cuando nuestro insignificante ser individual haya desaparecido, siga sirviendo de soporte esencial y dando sentido a lo que fuimos. Porque aunque sus formas de decirlo hayan quedado superadas, aquellos escolásticos anteriores a Ockham también (solo “también”) tenían razón cuando decían que lo que tiene existencia auténtica no son los individuos, sino lo que ellos llamaban “universales”, es decir, lo que sirve de referencia ideal y modélica a nuestro ser individual. Como Hegel dijo: “La conciencia de la libertad implica que el individuo se comprende como persona, esto es, como individuo y, al mismo tiempo, como universal y capaz de abstracción y de superación de todo particularismo”.

     ¿Pero cómo llegaremos a encontrar eso que ha de dar sentido a nuestra vida si nos quitan la filosofía?

martes, 10 de marzo de 2015

La triste historia de UPyD

     Este es un artículo de transición. Pretendo explicar en él, a grandes rasgos, mi visión de lo que ha pasado y pasa en UPyD, indagar en ese peculiar fenómeno que ha hecho que un partido tan necesario y tan importante en el panorama político español, justo ahora, cuando más imprescindible resultaría, esté corriendo el peligro de, desdeñado por los votantes y abandonado por muchos de sus militantes, acabar cayendo en la irrelevancia política. Yo mismo, después de siete años de militancia (de los ocho que tiene de existencia UPyD), acabo de pedir la baja como afiliado. Y me siento obligado a justificar o dar razón de mi decisión.

     Como digo, UPyD ha sido y es un partido importante, en el sentido de que ha hecho cosas de mucha trascendencia y que ningún otro partido ha llevado a cabo o ha propuesto hacer: ha sido el único partido que realmente ha luchado contra la corrupción, no solo de boquilla, sino con hechos tangibles y denuncias concretas. El único partido, asimismo, que defiende que el idioma español sea suficiente para moverse por España, por ejemplo, a la busca de trabajo, y que (en esto coincidiendo con Ciudadanos) se ha manifestado a favor de los derechos lingüísticos de los hispanohablantes en las zonas nacionalistas. Junto con Ciudadanos también, es el único partido que defiende la igualdad fiscal entre los españoles, y aboga, por tanto, por la supresión del cupo vasco y el amejoramiento navarro. Es el partido que más decididamente se ha manifestado a favor de las víctimas del terrorismo y por la ilegalización de los grupos pro-terroristas. El único partido del Parlamento, asimismo, que no entró en el juego de reparto político de jueces y que de forma más decidida está a favor de la despolitización de la Justicia. También, el que más rotundamente apuesta por la racionalización de las estructuras del estado y la supresión de duplicidades, de modo que, entre otras cosas, se llegue a la fusión de ayuntamientos y la supresión de las Diputaciones, en la medida en que las competencias de estas últimas están ya asumidas por los entes autonómicos... Una hoja de servicios al estado y a la nación, en fin, esta de UPyD, que ha de calificarse de sobresaliente.

     Por lo demás, cuando yo entré en UPyD, había en Burgos unas cuantas personas de primerísimo nivel intelectual, moral y cívico. Estaba Tino Barriuso, que era nuestro rostro más reconocible (¿quién no conoce a Tino en Burgos?), que en las elecciones generales de 2008 se presentó como cabeza de lista por Burgos para el Senado, y fue el candidato de UPyD que mayor porcentaje de voto tuvo de toda España; llegó a estar también en el Consejo de Dirección nacional de UPyD (aguantó allí muy poco). Estaba también Rodolfo Angelina, que había sido uno de los fundadores del partido y que fue Coordinador Territorial de UPyD en Castilla y León, una persona entusiasta y de encomiable capacidad de trabajo. Algo parecido a lo que se puede decir de Juanjo Ruiz Salcedo, que fue Coordinador Local de la formación en Burgos, y con el cual pasamos de reunirnos en las trastiendas de las cafeterías a tener sede propia, que el mismo Juanjo amuebló con dinero de su bolsillo, montando incluso personalmente diversos muebles. Tan elegante es Juanjo que, cuando se marchó por la puerta de atrás, incluso ahora que milita en Ciudadanos, nunca se le ocurrió reclamar aquellos muebles ni pedir indemnización alguna al partido por ellos. Estaba también por allí Carlos Moliner, que fue candidato al Congreso por UPyD en las elecciones generales de 2013 y había sido portavoz de la formación a nivel provincial; Carlos, una de las personas con más reconocimiento y respaldos personales en el contexto de Burgos y provincia. Y estaba también Paco Román, profesor, sindicalista, que llegó a tener un cargo institucional por el PSOE en tiempos pasados; la persona con más sabiduría política de todos nosotros. Y Hermenegildo Lomas, arquitecto técnico del Ayuntamiento y sobresaliente pintor; y su hermano José Javier, abogado de la Junta y otro de los miembros destacados del partido. Estos tres últimos, Paco, Hermenegildo y José Javier, estuvieron en el primer plano de la lucha contra la corrupción en Burgos en los tiempos del Juicio de la Construcción de principios de los 90. Hablamos, pues, de personajes muy relevantes que militaron en UPyD, y de cuya amistad hoy me enorgullezco. Bien, pues todos ellos fueron saliendo de UPyD por la puerta de atrás, decepcionados y con la sensación de haber sido estafados. ¿Cómo demonios pudo ocurrir todo esto? ¿Cómo es posible que el partido que venía a cubrir el hueco más importante y necesario de la actual política española esté hoy en grave peligro de desaparición o, al menos, de instalarse en la irrelevancia política?

 
Ilustración: Samuel Martínez Ortiz


     Decía Marshall McLuhan, filósofo y teórico de la comunicación, que el medio es el mensaje. Yo creo que no es exactamente así, que normalmente el mensaje tiene contenidos que no caben en el medio, el canal a través del cual llega el mensaje a la opinión pública, pero sí me resulta evidente que ese aserto es real en un nivel superficial, que es el único que resulta operativo en lo que se refiere a la formación de la opinión pública. Y UPyD ha tenido o ha constituido un medio, un canal de comunicación (propio, no el que a su vez ha pasado el filtro de los medios de comunicación externos) que ha transmitido muy mal el mensaje, su mensaje. Todo eso, en un momento como el actual en que las propuestas de este partido resultan no solo objetivamente necesarias, sino imprescindibles y apremiantes. Pese a ello, pues, el mensaje de UPyD no ha conseguido cuajar en la opinión pública, o lo ha hecho de una manera muy incompleta. ¿Por qué? Sin duda, porque el medio a través del cual se emitía ese mensaje era inadecuado. Atendiendo a ese nivel superficial dentro del cual es válido el aserto de que el medio es el mensaje, es posible observar cómo la gente percibe a Rosa Díez o Carlos Martínez Gorriarán (menos a Juan Luis Fabo, el otro miembro, menos conocido, del politburó todopoderoso) y a UPyD en general, como gente antipática, mandona, autoritaria, poco dialogante... El medio ha apagado el contenido del mensaje, el potencial votante ha dejado de prestar atención a ese contenido o, al recibirlo, ha mostrado tener preparado un "sí, ya, pero..." distanciador. Esto es y ha sido un hecho. Ocurre así.

     Y de puertas adentro, efectivamente, UPyD ha sido dirigido de una manera autoritaria, desconsiderada con los militantes y poco dialogante, hasta el punto de que la media de estancia de un afiliado antes de desencantarse y volver a irse ha sido de menos de dos años. Se calcula que en estos ocho años se han ido unos 18.000 afiliados, y quedan unos seis mil. De los 127 fundadores de UPyD (integrantes del Consejo Político fundacional), 105 se han ido del partido de Rosa Díez, denunciando autoritarismo y fraude. El partido ha sido dirigido desde el principio con mano de hierro, y desde siempre se ha castigado, incluso humillado, al discrepante. Lo ocurrido este verano pasado con Sosa Wagner, que acabó abandonando el partido abochornado, fue seguramente un punto de no retorno para UPyD, porque dejó en evidencia lo que significa discrepar dentro del partido, incluso hacerlo de la elegante manera en que lo hizo el hasta entonces eurodiputado. El afán de querer tenerlo todo controlado, las maniobras dedicadas a que la militancia no se vertebrara ni conociera entre sí, el interés explícito de Gorriarán en que en las sedes del partido no se hablara de política, la filosofía que este mismo ha defendido según la cual en UPyD hacen falta votantes, no militantes, demostrando así que el triunvirato dirigente ha entendido que el militante, todo lo más, está para hacer simple seguidismo y no incordiar… todo esto ha ido configurando a UPyD como un cauce inadecuado para expresar un mensaje que, sin embargo, es políticamente imprescindible.

     En esto, va y aparece en el panorama político un tío guaperas, simpático, con don de gentes... Albert Rivera. Su mensaje real está trufado de lagunas, pero quien lo emite, el medio a través del cual ese mensaje llega a la opinión pública, es mucho más atractivo y creíble que Rosa y que Gorriarán. Suficiente con eso para que la gente, toda esa gente que constituye el mismo mercado de votantes que disputa también UPyD, se apunte a él. Finalmente, C's se ha impuesto de forma cada vez más arrolladora como la alternativa para ese conjunto de votantes, lo que, correlativamente, hace que UPyD vaya hacia abajo. Esas tendencias ya han tomado posesión de la vida social y política, y yo no creo que vayan a cambiar, porque las variables no van a hacerlo. Rosa Díez seguirá machacando con sus inapelables argumentos, que cada vez, sin embargo, la gente oirá con más sordina y como si la voz se fuera alejando, y Albert Rivera conseguirá que parezca bien todo lo que diga, aunque a un oído atento le resaltarán sus deficiencias. Como patético recurso final, los dirigentes de UPyD aún tratarán de defenderse diciendo que están siendo víctimas de una conspiración de Ciudadanos, aliados con la prensa, el PP y vete a saber qué más enviados del Averno. Es el último argumento que hace que un servidor sea pesimista a la hora de pensar que UPyD se pueda regenerar: si la culpa la tienen otros, no hay nada que modificar ni corregir. El medio, al final, se habrá cargado el mensaje.

domingo, 22 de febrero de 2015

Santa Teresa y el misticismo, síntomas del atraso de España

     Se celebra este año el 500 aniversario del nacimiento de Santa Teresa. Motivo suficiente para encauzar nuestras reflexiones hacia el significado de la mística y su influencia en la conformación de nuestro auto imagen colectiva como españoles. Y la primera cosa en la que convendría que nuestra atención reparase, casi a modo de prólogo de esas reflexiones, sería en el hecho de que en el alma europea se estaba gestando, allá por el siglo XVI precisamente, una bifurcación de trayectorias: uno de los caminos escogidos por aquella conducía hacia la minuciosa atención a la realidad externa, y por ese ramal iban a surgir pronto quienes darían sustento al estudio de los hechos y al método científico, sobreponiéndose a las previas teorías platónicas y agustinianas, según las cuales la verdad era algo preestablecido y los hechos solo una mala copia o derivación de esa verdad que habita en nuestro interior. El otro camino que el alma europea transitó es precisamente el que escogieron los místicos y que prolongaba la perspectiva agustiniana, la que empuja a la desatención de la realidad mundana, puesto que como el mismo obispo de Hipona había dicho en un imaginario diálogo con Dios: “La amistad de este mundo es adulterio contra ti”.

     Esa torsión radical, y a menudo excluyente, hacia lo interior había sido explícitamente promovida por Jesucristo cuando, con incuestionable sutileza, predicaba diciendo: “Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira con malos deseos a una mujer ya ha cometido adulterio con ella en su corazón”. No solo el pecado, también la virtud acontecía para Jesús de puertas adentro: “No hagáis el bien para que os vean los hombres (…) Tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará”. Y asimismo, la relación con Dios dejaba de estar supeditada a los rituales externos: “Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto”. En consecuencia, San Pablo, el auténtico promotor del cristianismo como institución, recomendaba: “No os acomodéis a los criterios de este mundo; al contrario, transformaos, renovad vuestro interior para que podáis descubrir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”.

     Una de las más graves consecuencias de esta manera de ver las cosas (o de desatenderlas, podríamos decir) fue la doctrina según la cual las obras que uno pudiera hacer en la vida (los resultados de sus acciones en el mundo exterior) no influían en su salvación; solo lo hacía la fe, es decir, algo que se vivía también de puertas adentro. Es lo que el mismo San Pablo explícitamente sostenía: “¿De qué, pues, podemos presumir si toda jactancia ha sido excluida? (…) ¿Acaso por las obras realizadas? No, sino en razón de la fe. Pues estoy convencido de que el hombre alcanza la salvación por la fe y no por el cumplimiento de la ley” (la ley, no hay ni que decirlo, es la ley que rige el mundo externo). Solo con Santo Tomás se revocaría esta doctrina (parcialmente, pero no viene al caso ampliar más los márgenes de esta reflexión). De modo que, efectivamente, él promovió la idea de la salvación por las obras, de que lo que hiciéramos en el mundo externo repercutía en la salvación del alma; en suma, que la vida es algo a realizar en el mundo, no al margen o en contra de él. Y sin embargo, Lutero y los protestantes regresaron a la idea paulina de que nada de lo que hiciéramos en el mundo influía en la salvación de marras (que ya estaba predestinada desde antes de que naciéramos), tan solo la fe. Lo cual hace especialmente fascinante y digno de estudio el hecho de que fueran los países protestantes los que, pese a lo dicho, escogieran mayoritariamente el lado de la bifurcación europea que, no para empezar, pero sí andando el tiempo, daba prioridad al mundo externo (a los hechos y, siguiendo por esa vía, al descubrimiento del método científico). Como explica Max Weber, fue gracias a la tortuosa interpretación de la doctrina de la salvación por la fe y no por las obras que hicieron los protestantes, por lo que estos finalmente entendieron que, pese a todo, era en el mundo externo donde había de quedar demostrado que uno estuviera predestinado a salvarse o a condenarse: el éxito en el mundo sería una señal indirecta de que uno iba a ser salvado; el fracaso en el obrar mundano, lo sería de lo contrario, por lo que el protestante se sentía obligado a demostrarse que él era de los escogidos logrando, precisamente, el éxito en este mundo. De manera que la parte del alma europea que discurrió por el cauce abierto en los países protestantes fue la que recorrió más decididamente el trayecto que habría de desembocar en la atención a las cosas de este mundo, en el estudio de los hechos de la naturaleza y, finalmente, en la revolución científica.

     Mientras tanto, otra parte de esa alma colectiva prefirió seguir atendiendo las demandas del mundo interior. Por ejemplo, la España de los místicos. Un místico es un ser que escoge dedicar su vida prioritariamente a la contemplación y a la oración, es decir a seguir el camino por el que ha de accederse a aquella verdad que, según San Agustín, habita en lo interior. Y así, decía Santa Teresa en “Las Moradas del Castillo Interior” que su intención era, precisamente,  “buscar a Dios en lo interior (que se halla mejor y más a nuestro provecho que en las criaturas, como dice San Agustín que le halló, después de haberle buscado en muchas partes)”. Y es que, dijo también en cierta ocasión: Yo soy muy aficionada a san Agustín”. En consecuencia, proponía asimismo en “Las Moradas” que hay que “aconsejar al alma que entre dentro de sí; pues esto mismo es”, contrarrestando de esa manera el hecho de que “hay almas tan enfermas y mostradas a estarse en cosas exteriores, que no hay remedio ni parece que pueden entrar dentro de sí”. Santa Teresa veía, sin acabar de entenderlo al principio, cómo discurrían en competencia los caminos mundanos y los que conducían al castillo interior: “Yo veía, a mi parecer, las potencias del alma empleadas en Dios y estar recogidas con El, y por otra parte el pensamiento alborotado: traíame tonta”. Pero como quien no quiere la cosa, uno acaba deslizándose finalmente con cierta facilidad hacia lo interior: “Sin quererlo, se hace esto de cerrar los ojos y desear soledad; y sin artificio, parece que se va labrando el edificio para la oración que queda dicha; porque estos sentidos y cosas exteriores parece que van perdiendo de su derecho porque el alma vaya cobrando el suyo que tenía perdido”. Aunque advierte también que la retirada al interior puede ser excesiva y perturbadora, así que recomienda a sus monjas: “Por eso tengan aviso que cuando sintieren esto en sí (ese exceso), lo digan a la prelada y diviértanse lo que pudieren y hágalas no tener horas tantas de oración sino muy poco, y procure que duerman bien y coman, hasta que se les vaya tornando la fuerza natural, si se perdió por aquí. Si es de tan flaco natural que no le baste esto, créanme que no la quiere Dios sino para la vida activa, que de todo ha de haber en los monasterios; ocúpenla en oficios, y siempre se tenga cuenta que no tenga mucha soledad, porque vendrá a perder del todo la salud”. Sin embargo, a medida que uno avanza en la sucesión de moradas que conducen al éxtasis, el deseo de soledad y el retiro parece que se imponen: “En las sextas moradas (es) adonde el alma ya queda herida del amor del Esposo y procura más lugar para estar sola y quitar todo lo que puede, conforme a su estado, que la puede estorbar de esta soledad”. También expresa esto mismo Santa Teresa en estos versos:

“Dichoso el corazón enamorado
que en solo Dios ha puesto el pensamiento:
por Él renuncia a todo lo criado,
y en Él halla su gloria y su contento;
aun de sí mismo vive descuidado
porque en su Dios está todo su intento,
y así alegre pasa y muy gozoso
las ondas de este mar tempestuoso”


     El camino escogido por Santa Teresa era en todo semejante al de San Juan de la Cruz, nuestro otro gran místico, el cual también recomendaba olvidarse del mundo y volcarse hacia lo interior, como evidencia en estos versos en los que concreta su propuesta:

"Olvido de lo criado,
memoria del Criador,
atención a lo interior
y estarse amando al Amado".

     Y también en estos otros en los que muestra que para él el mundo del espíritu lo representa todo, y procede dejar en nada todo lo demás:

"Para venir a gustarlo todo
no quieras tener gusto en nada,
para venir a poseerlo todo,
no quieras poseer algo en nada”

     O también:

“Mi alma está desasida
de toda cosa criada,
y sobre sí levantada,
y en una sabrosa vida
sólo en su Dios arrimada”

     La experiencia cumbre que el místico espera alcanzar es la del éxtasis, y en ello coincide con las aspiraciones de todos los que, no solo por la vía de la religión, sino también de la magia, han aspirado a trascender la realidad del mundo y vislumbrar en alguna medida, ya aquí en la tierra, esa otra realidad supramundana a la que aspiran. Los medios puestos en práctica por los místicos de todos los tiempos para acceder a esa experiencia sublime han variado: desde la retirada al desierto o la anulación de toda experiencia sensorial, a la ingestión de drogas (el vino de la comunión sería un recuerdo de otros métodos más expeditivos que el dios Baco preferiría, y el que, de modo más burdo, compulsivo y también autodestructivo, ponen en práctica todos los consumidores de drogas) o también la repetición monótona de danzas, salmos u oraciones que acabe produciendo el estado hipnótico necesario que desemboque en el consiguiente estado alterado de conciencia que significa el éxtasis. Santa Teresa propone, para acceder a él, el camino de la oración: “la puerta para entrar en este castillo es la oración”, dice también en “Las Moradas”.

     ¿Y en qué consiste la experiencia del éxtasis? ¿Qué es lo que se siente allá en el castillo interior y que atrae de esa manera a tantos desencantados del mundo? Santa Teresa, en un lenguaje un tanto alejado de los modos actuales de expresión, lo describe así: “No penséis que es cosa soñada (…) Digo soñada, porque así parece (que) está el alma como adormezida, que ni bien parece está dormida ni se siente despierta. Aquí (es preciso) estar todas dormidas, y bien dormidas, a las cosas del mundo y a nosotras mismas (…); en fin, como quien de todo punto ha muerto al mundo para vivir más en Dios, que así es: una muerte sabrosa, un arrancamiento del alma de todas las operaciones que puede tener estando en el cuerpo; deleitosa, porque aunque de verdad parece se aparta el alma de él para mejor estar en Dios, de manera que aun no sé yo si le queda vida para resolgar (ahora lo estaba pensando y paréceme que no), (…) quédase espantado de manera que, si no se pierde del todo, no menea pie ni mano, como acá decimos de una persona que está tan desmayada que nos parece está muerta”. Se trata de un estado de arrobamiento, pues, que lleva al desprendimiento o desapego respecto de todo lo que queda aquí, en la realidad de cada día, como decía San Juan de la Cruz, descuidado:

“Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado”

     Quizás no haya habido modo más bello de describir el éxtasis que los versos que San Juan de la Cruz dedicó a ello. También en estos otros:

“Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal en su servicio;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio”

(…)

“En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada”

(…)

“Yo no supe dónde estaba,
pero, cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo”

     La psicología dinámica, la que trata de explicar la estructura de nuestra personalidad en función del conjunto de nuestra trayectoria biográfica, cuenta con una experiencia original a la que resulta posible remitir, con algunos matices, esta otra del éxtasis. Efectivamente, el primer ámbito en el que resultó posible ese abandono de toda preocupación, esa especie de flotación o levitación sucedánea en un medio en el que parece no existir la ley de la gravedad, ese adormecimiento de toda sensación corporal en una suave penumbra o noche oscura, y en donde uno siente que se sale de su envoltura corporal… parece evidente que fue el ámbito intrauterino, y en el extremo, la nada recién abandonada, lo que nos lleva a concluir que esa sería en última instancia la referencia de todas nuestras nostalgias. No solo las religiones entienden el hecho de nacer como una caída, sino que parece que esa entrada en el reino de la gravedad que significa aterrizar en este mundo, es generalmente considerado como traumático (no exactamente como trauma psicológico para empezar; los únicos registros que puede tener un recién nacido son más bien fisiológicos todavía, pero su huella será recuperada cuando sea posible elaborar psicológicamente aquel recuerdo). María Zambrano llegaba a decir incluso: “La tragedia única es haber nacido (…) El delito peor del hombre es haber nacido”. Y Ortega y Gasset confirmaba: “Formamos parte de una realidad sucedánea y decaída”. León Felipe, por su parte, declaraba en estos versos:

“Y me ha parecido siempre que el que nace, el que llega, llega como forzado...
que alguien lo empuja por detrás, que lo echan a puntapiés y puñetazos
de algún sitio, y le arrojan aquí... que por eso aparece llorando”

     Así es posible entender el lamento del Job de la Biblia ante las dificultades de la vida: “¿Por qué no quedé muerto desde el seno? ¿Por qué no expiré recién nacido? (...) Ahora dormiría tranquilo, y descansaría en paz”. Cioran concluye en fin: “Sólo me seduce lo que me precede, lo que me aleja de aquí, los innúmeros instantes en que yo no fui: lo no-nato, en suma”.

     Así pues, aquello de lo que más tenemos nostalgia, la paz que disfrutamos en el seno materno y de lo que el éxtasis viene a ser evocación,  es algo que linda con el no ser. Mientras que vivir significa entrar en el reino de la inseguridad, de la inquietud, del desasosiego, los místicos aspiraban a alcanzar ese estado de regresión que les devolvería a la paz prenatal. Santa Teresa hablaba precisamente dela poca seguridad que podemos tener mientras se vive en este destierro”. Pero es que, como decía Ortega, “nuestra vida es afán de ser precisamente porque es al mismo tiempo, en su raíz, radical inseguridad”. Precisamente es esto lo que hace que la vida, y comprobarlo resulta especialmente dramático, sea algo percibido con hostilidad, o al menos frustración, por los místicos. Así lo expresa Santa Teresa en versos como estos:

“¡Cuán triste es Dios mío
la vida sin ti!
Ansiosa de verte
deseo morir
(…)
La vida terrena
es continuo duelo:
vida verdadera
la hay sólo en el cielo.
Permite Dios mío
que viva yo allí.
Ansiosa de verte,
deseo morir.”

     Y famosos son asimismo estos otros versos cuya paternidad es dudosa, pues se los atribuyen tanto a Santa Teresa como a San Juan de la Cruz:

“Vivo sin vivir en mí
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.

(…)

Oye mi Dios, lo que digo,
que esta vida no la quiero,
que muero, porque no muero...”

     Así pues, la experiencia del éxtasis al que aspiran los místicos está en la dirección de regreso de la vida, y para alcanzarlo es preciso renunciar a la propia individualidad, que está hecha de ingredientes incompatibles con el abandono de sí mismo necesario para alcanzarlo. Abandono que vendría a ser del mismo tipo que aquel que el bebé siente en el regazo protector de la madre, y para llegar al cual, los místicos proponen esa forma de necesaria auto anulación que significa el voto de obediencia, la obediencia absoluta. Y así, Santa Teresa recomendaba: Lo que me parece nos haría mucho provecho a las que por la bondad del Señor están en este estado (…), es estudiar mucho en la prontitud de la obediencia; y aunque no sean religiosos, seria gran cosa ­como lo hacen muchas personas­ tener a quien acudir para no hacer en nada su voluntad, que es lo ordinario en que nos dañamos”. Aún más expresivos resultan en este sentido estos versos de  Charles de Foucauld, místico contemplativo, referente contemporáneo de la llamada “espiritualidad del desierto”:

“Padre, me pongo en tus manos,
haz de mí lo que quieras,
sea lo que sea, te doy las gracias.

Estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo,
con tal que tu voluntad se cumpla en mí,
y en todas tus criaturas.

No deseo nada más, Padre.

Te confío mi alma,
te la doy con todo el amor
de que soy capaz,
porque te amo.

Y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida,
con una infinita confianza,
porque Tú eres mi Padre”

     Bien, pues llegando al capítulo de las conclusiones, se trataría de comprender que no resulta inocuo que en la construcción de nuestra imagen de nosotros mismos como españoles, la mística tenga la potencia que tiene, y que nos obliga a relegar la imagen que los tiempos exigían asumir en aquella Europa del siglo XVI y que tuvo su continuidad a lo largo de la historia que va de entonces hasta ahora. Seguramente que la perspectiva que entonces dominó en Europa era incompleta, hemipléjica, y que la vida interior no es prescindible en una visión completa del hombre. De hecho, Ortega y Gasset resalta la visión que la filosofía ha aportado en estos últimos tiempos, según la cual no es la atención exclusiva al mundo externo (la que, por otro lado, nos ha permitido recorrer una era de enormes e indiscutibles avances científicos) la que habría de servir para construir una imagen adecuada del hombre, sino que esta debería poder conjugar tanto nuestra vida interior como la atención al mundo exterior, tanto el ensimismamiento como la alteración, para expresar lo cual Ortega prestó algunas formulaciones, como la siguiente: Vivir significa tener que ser fuera de mí”. O bien: “Existencia (...) significa (...) ejecución de una esencia (...) fuera de mí”. O, en fin, la suficientemente conocida de “yo soy yo y mi circunstancia”. De todo ello resulta que aquella regresión que llevaba a los místicos en la dirección contraria, la de amputar la parte de sí que lleva hacia el mundo, es un lastre que sobrelleva con excesivo beneplácito nuestra imagen colectiva y del que, sin embargo, deberíamos poder desprendernos.

domingo, 8 de febrero de 2015

Podemos: de nuevo el (viejo) comunismo

     Juan Carlos Monedero, número tres de Podemos, un partido que, de seguir la progresión que ha tenido hasta ahora, tiene serias posibilidades de ser el partido ganador de las próximas elecciones generales en España, escribió en 2006 un libro para el Gobierno venezolano de Hugo Chávez bajo el título “Empresas de Producción Social. Instrumento para el socialismo del siglo XXI” en el que expresamente se dice: “El triunfo de la Revolución Soviética en 1917 entregó al mundo un faro de referencia para el socialismo”. En realidad, han sido múltiples y frecuentes las referencias de los líderes de Podemos a su adscripción ideológica al marxismo-leninismo. Así que resulta especialmente procedente intentar profundizar en el significado de algo así, esto es, de que exista la posibilidad de que en España lleguemos a ser gobernados por un partido que, a pesar de los camuflajes con los que evidentemente despista a buena parte del electorado (y quizás, también, de su militancia), es declaradamente comunista y tiene a Lenin y a la Revolución Soviética como referencias ideológicas fundamentales.



     En 1997 se publicó en Francia el “Libro negro del comunismo”. Este libro fue escrito por profesores universitarios y experimentados investigadores europeos, y editado por Stéphane Courtois, director de investigaciones del Centre National de la Recherche Scientifique, la mayor y más prestigiosa organización pública de investigación de Francia. En España fue editado sucesivamente por Espasa Calpe y Ediciones B. Curiosamente, la mayor parte de sus autores se proclaman de izquierdas. Entre otras fuentes, el libro se basa en los archivos actualmente desclasificados de la KGB soviética. En él se afirma de manera concluyente que “...el comunismo real (...) puso en funcionamiento una represión sistemática, hasta llegar a erigir, en momentos de paroxismo, el terror como forma de gobierno”. Esa represión sistemática y ese terror como forma de gobierno fueron causantes de un número de muertes que, según estimaciones realizadas con suficiente minuciosidad, los autores del libro calculan que “...se acerca a la cifra de cien millones”. Los países con más muertes provocadas de esta manera son la República Popular China, con sesenta y cinco millones, y la Unión Soviética, con veinte millones. Libros recientes han aumentado este cálculo del número de muertes en estos dos países.

     El terror no es resultado de una desviación de los fines del comunismo, sino algo intrínsecamente ligado a su doctrina. Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, el dirigente comunista que encabezó la Revolución Soviética, dejó escrito que “si para llegar a nuestros fines debemos eliminar el 80% de la población, no vacilaremos un solo instante”. Como característica asimismo resaltable de todos los regímenes habidos que se han considerado comunistas, el totalitarismo ha resultado ser la fórmula de gobierno escogida por todos ellos. Y los que de forma sucedánea se acogen, y es el caso de Venezuela, a denominaciones como la de “bolivarianismo”, pero que no dejan de situarse en la estela del comunismo, han demostrado también una irreprimible vocación que les impulsa a hacer que el estado (que es tanto como decir el gobierno que ellos encarnan) ocupe todas las parcelas de la vida económica y social, y a suprimir asimismo todas las posibles opciones de recambio democrático.

     ¿En qué consiste el comunismo? En lo esencial, se trata de una doctrina política que, aplicada a la práctica, pretende sustituir la iniciativa y la propiedad privadas, que considera perversamente sustentadas en el egoísmo y que conducen a injustas diferencias sociales, por la planificación y la propiedad estatales, que supuestamente suprimirían el egoísmo en las interacciones sociales y productivas y racionalizarían la producción de bienes al eliminar esas motivaciones perversas y generadoras de desigualdades. Como dice Juan Carlos Monedero en el libro citado: “El socialismo es incompatible con la propiedad privada de los medios de producción”.

      En la práctica, el comunismo ha supuesto una catástrofe económica, política y social en todos los países en los que se ha implantado. El primero de ellos fue Rusia, en donde los bolcheviques comunistas llegaron al poder en  1917 y desde entonces pusieron en práctica sus planes revolucionarios. Rusia era en aquellas fechas un país muy mayoritariamente agrícola: según el censo de 1897, el único de la época zarista, el 84,2% de la población era campesina. Así que, para cumplir con sus objetivos, la tarea económica principal que los comunistas tenían por delante en Rusia era la transformación del campo; en lo fundamental, pasar de la pequeña propiedad a la colectivización o propiedad estatal.

     Para un comunista la realidad es algo así como la sedimentación de una historia de injusticias sociales que es preciso cambiar. Viene a ser para él esa realidad una abstracción, el campo de juego de unas leyes históricas que inexorablemente han de conducir a lo que su verdad revolucionaria tiene previsto. El conflicto entre la realidad y la verdad revolucionaria ha de decantarse, cueste lo que cueste, a favor de esta. Así que Lenin, cuando afrontó la tarea de estatalización de la agricultura, sabía que la “realidad” de los campesinos, apegados a su pequeña propiedad, se le iba a poner en contra, y que la represión de los mismos tendría que ser inevitable. Sería la ocasión de poner en práctica aquella premisa inequívoca citada: “Si para llegar a nuestros fines debemos eliminar el 80% de la población, no vacilaremos un solo instante”. Todo debía de ser subordinado a la verdad revolucionaria. Era necesario, pues, poner en marcha un plan de ingeniería social que condujera a la colectivización agraria, cosa que Lenin trató de llevar a cabo en 1922, con ocasión de lo cual arengó a sus seguidores diciéndoles: “Colgad al menos a cien kulaks. Ejecutad a los rehenes. Hacedlo de tal manera que los que estén a cien kilómetros a la redonda lo vean y tiemblen”. Los kulaks eran los campesinos cuyas propiedades les permitían contratar trabajadores. Se masacró no a cien, sino a cientos de miles de campesinos. El resultado no fue el previsto y se provocaron enormes hambrunas.

     Así que Lenin no logró cumplir sus objetivos, por lo que su sucesor, Josip Stalin tuvo que retomar, con ímpetu renovado, la tarea. La colectivización, es decir, la entrega de las propiedades al Estado, debía de afectar tanto a las tierras como a las cosechas, el ganado y la maquinaria. De esta forma, en vez de dejar que la agricultura se rigiese por la ley de la oferta y la demanda, sería el Estado el que pasaría a planificar tanto la producción como la distribución de lo producido; y el Estado decidió que lo producido debería pasar a alimentar casi gratuitamente a las ciudades y al ejército; también debía servir para exportar los productos agrícolas y reducir la deuda externa y, asimismo, para poder comprar bienes que favoreciesen la industrialización acelerada que se pretendía hacer en la Unión Soviética.

     Hubo numerosas protestas de los campesinos que el gobierno sofocó enviando al Ejército Rojo. La represión y las hambrunas provocadas entonces fueron de una dimensión inconmensurable, especialmente en Ucrania, que era considerada “el granero de Europa”, y en Kazajistán.  La colectivización forzada y la deskulakización provocaron el empeoramiento y la desorganización del ciclo productivo, lo que añadido al aumento de las cuotas de alimentos que debían entregarse, se estima que, como consecuencia de ello, seis o siete millones de personas murieron de hambre, privadas de la misma comida que habían sembrado con sus manos o extraído de su ganado. A mediados de 1932, casi el 75% de las granjas de Ucrania habían sido colectivizadas a la fuerza. Stalin ordenó sistemáticamente aumentos en las cuotas de producción de alimentos; era una exigencia del Primer Plan Quinquenal (1928-1932) que había que cumplir. Los agricultores, efectivamente, debían entregar cuotas obligatorias de alimentos, y por orden directa de Stalin esas cuotas se incrementaron drásticamente en agosto, octubre y enero de 1933, hasta que simplemente dejó de haber comida para alimentar a la población de Ucrania. La cosecha de trigo de 1933 se vendió, sin embargo, en Occidente a precios por debajo del mercado para agotarla (el dumping fue de 1,7 millones de toneladas de granos). Se calcula que la cosecha de 1933  podría haber alimentado durante dos años a la población de Ucrania.



     Tropas de la policía soviética llegaron, pues, a Ucrania y fueron casa por casa requisando cualquier alimento almacenado, y dejando a las familias de los agricultores sin un alimento que llevarse a la boca (en internet hay vídeos espeluznantes con docenas de testimonios de aquella barbarie: http://www.holodomorsurvivors.ca/Survivors.html . Si alguien se atreviera a negar que esto ocurrió, debería primero verlos y oírlos). Aquella comida estaba considerada como “sagrada” propiedad del Estado. El 7 de agosto de 1932 entró en vigor la ley sobre el robo y dilapidación de la propiedad social”  (más conocida por "ley de las cinco espigas"), que incluía penas de hasta 10 años de condena en campos de trabajo forzados (gulags). Cualquiera que fuera sorprendido robando aquellos bienes estatales, incluso una mazorca de maíz o de rastrojo de trigo, no solo era encarcelado, sino que muchas veces era fusilado. El hambre se extendió rápidamente por Ucrania y el resto de las regiones afectadas; los más vulnerables, los niños y los ancianos, fueron los primeros en sentir los efectos de la desnutrición. El canibalismo (salchichas de carne humana) se convirtió en una práctica habitual en algunas zonas aisladas donde ningún otro alimento estaba disponible (¡atentos a los testimonios citados!). En muchas áreas no había ningún animal: no solo ovejas, cabras, caballos o alguna clase de ganado; tampoco había perros, ni gatos, ni ratas, ni pájaros... Todos fueron sacrificados y comidos por la población hambrienta. En el punto álgido de la hambruna, en 1933, los aldeanos ucranianos murieron a un ritmo de 17 por minuto, 1.000 por hora, 25.000 por día. Desde los países de Europa occidental y EEUU, los emigrantes ucranianos respondieron enviando cargamentos de comida. La ayuda fue requisada por las autoridades soviéticas. A finales de 1933, casi el 25 por ciento de la población de Ucrania, incluyendo millones de niños, había perecido.
     Otro de los regímenes comunistas que resulta especialmente entrañable para los dirigentes de Podemos es el de Cuba. Efectivamente, Juan Carlos Monedero, en el mismo libro que venimos citando, escribe: “El caso de Cuba, pese a todos los intentos de estigmatizarla, permanece como  estandarte de la dignidad del continente latinoamericano en pos de la construcción de nuestra América”.

     Los comunistas, a la hora de llevar a la práctica su revolución en Cuba, fueron fieles a las doctrinas de Lenin y Stalin. Efectivamente, y siguiendo las mismas consignas represivas que vimos que Lenin enunció, el Ché Guevara decía en 1960, un año después del triunfo de la revolución: “¿Fusilamientos? Sí, hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario. Nuestra lucha es una lucha a muerte”. Y refiriéndose al “camarada Stalin”, dijo también: “He jurado ante una estampa del viejo (…) no descansar hasta haber aniquilado a estos pulpos capitalistas”. También expresaba sus teorías al respecto cuando decía: “El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal”. (No es de extrañar que, pensando de esta manera, el Ché fuera partidario de haber llevado la crisis de los misiles de 1962 hasta el final, es decir, haber llegado hasta la guerra nuclear con Estados Unidos. Ese, el Ché, el gran icono de todo progre o aprendiz de transgresor que se precie). Partiendo de todas estas premisas, se entiende que las víctimas mortales de la represión comunista en Cuba y otros países hispanoamericanos fueran de 150.000 personas, según el registro efectuado por los autores del “Libro negro del comunismo”, lo que, considerando que en 1959 Cuba tenía 6.000.500 habitantes, no es una proporción escasa. A ello hay que añadir que en los 55 años que lleva durando la revolución en Cuba han emigrado dos millones de personas, el 20 por ciento de la población actual.


     ¿Cómo se implementaron los planes colectivizadores de los revolucionarios cubanos? En el momento en que subieron al poder, en Cuba existían 1.800.00 viviendas, 38.384 fábricas, 65.872 comercios y 150.958 establecimientos agrícolas. Todo eso fue estatalizado sin compensación real. A propósito, y sirva de ejemplo, según la Sociedad 1898 constituida en Madrid para defender los intereses de los españoles perjudicados en la Isla –eran dueños de una buena parte del comercio minorista–, solo a las 3.000 familias españolas que tenían propiedades en Cuba y que han logrado localizar, les deben unos 8.000 millones de dólares, a valor del dólar actual. El efecto de estas expropiaciones fue equivalente al de la colectivización soviética del campo: provocó el súbito empobrecimiento de la sociedad cubana. Cuba pasó de los primeros lugares de desarrollo en América Latina a los últimos, contradiciendo lo que Juan Carlos Monedero  dice que ocurre cuando llega la revolución: “En la medida en que los grandes medios de producción (hidrocarburos, minería, tierra, etc.) –dice, en efecto, en el libro de marras– pasen a ser propiedad de todo el pueblo, se sentarán las bases para el desarrollo económico integral del país y la construcción de una nueva sociedad sin oprimidos ni opresores”.

     Todas estas son las fuentes en las que beben los que pueden llegar a gobernar España a partir de las próximas elecciones generales. El comunismo no ha funcionado bien nunca, y en los intentos de aplicación que ha llevado a cabo, ha dejado un rastro de millones de muertos y de países arruinados por el camino. Y todo ello porque supuestamente quiere suprimir las injusticias generadas por el sistema capitalista, Pero ¿qué es el capitalismo? ¿Por qué resulta tan odioso? Pues a estas alturas contamos con estadísticas suficientes como para saber que en los últimos 250 años, en el Occidente capitalista, el Producto Interior Bruto ha crecido a un ritmo de un dos por ciento anual. Es decir, que donde al comienzo de esa estadística había una alubia, ahora hay 500 (también ha crecido la población, claro). Y así con todo. Las sociedades del Occidente capitalista, a pesar de todas sus imperfecciones, han alcanzado un grado de riqueza, de avance científico, de creación artística, de desarrollo de la medicina y de la solidaridad con el prójimo como nunca, ni de lejos, en la historia. Y es un sistema que ha demostrado su capacidad de corrección sobre aquellas imperfecciones y de consiguiente evolución en lo que a ellas se refiere. De esto es de lo que pretende “salvarnos” Podemos para conducirnos a “paraísos” como el de la Unión Soviética o Cuba. Podemos no es expresión del impulso regenerador de una sociedad deteriorada, corrupta y extraviada; por el contrario, viene a significar la culminación, la máxima expresión de ese extravío. Que muchas personas piensen en votarlos por desinformación es una negligencia en los tiempos de internet. Y de los que les votarán a pesar de estar informados, ¿resulta excesivo decir que son unos insensatos?