domingo, 17 de abril de 2011

III-PERSONAS SOBRESALIENTES A LAS QUE CONVIENE VIGILAR

Explicábamos dos artículos más atrás que la excelencia no es sino una capa de la cebolla de la personalidad que se superpone a otra previa y original: el sentimiento de inferioridad. Desde aquí, podremos ahora proponernos comprender por qué las personas que han conseguido ser sobresalientes lo hacen bordeando la patología. Son ellas, precisamente, las que de manera más angustiosa y apremiante entablaron combate con sus propios defectos de partida, y, por tanto, las que más decididamente llegaron a contrarrestar los perjuicios que éstos les suponían. Para explicar su creatividad valdría esto que dijo Nietzsche: “El mal sumo forma parte de la bondad suma: mas ésta es la bondad creadora”. Y su superior grado de excelencia se debería, por su parte, a esto otro que dijo Kierkegaard: “Sólo el horror que ha llegado hasta la desesperación desarrolla en el hombre sus más altas fuerzas”.


La humildad es en estas personas una virtud más difícil de conseguir que en el resto (¡no es obligatorio que así sea!), porque, defensivamente, tienden a olvidarse más fácilmente de ese estrato inferior de su personalidad que tanto les abrumó cuando trataban de sobreponerse a él. Por el contrario, resulta previsible que tales personas hayan cultivado esas indirectas excrecencias de sus defectos que son la soberbia y la prepotencia, que, en el trato con los demás, también cursan como incapacidad para la empatía, para ponerse en el lugar del otro, y como ausencia de sentido del humor, esto es, incapacidad para percibir la chistosa paradoja ambulante en la que consistimos. Porque, como decía Ortega, “ese error persistente en nuestra propia valoración implica una ceguera nativa para los valores de los demás (…) La pupila estimativa (…) se halla vuelta hacia el sujeto, e incapaz de mirar en torno, no ve las calidades del prójimo”.


En mi experiencia personal, he comprobado reiteradamente la abundancia de este tipo de personas que cree haber amputado definitivamente la parte de su personalidad en la que habitan sus insuficiencias en dos gremios abundantemente nutridos de personas sobresalientes: los escritores y los políticos. De los primeros diré que, si su soberbia resulta muy evidente, procuro tacharles de mi próximo plan de lecturas, porque desconfío de que sus virtudes literarias resulten tan rentables que puedan llegar a compensar la inversión de tiempo y atención que habría de emplear en la lectura de una literatura que preveo lastrada por ese carácter. No siempre lo hago, porque, si fuera muy estricto, es posible que me quedara sin recursos suficientes con los que alimentar mi ocupación preferida, aunque en estos casos soy consciente de que, muy probablemente, el desdén por los demás hará que su escritura sea más abstrusa y desconsiderada. Y es que (sigue Ortega ayudándome en la reflexión) “con agudo diagnóstico, se llama vulgarmente a la soberbia ‘suficiencia’. El puro soberbio se basta a sí mismo, claro es que porque ignora lo ajeno. De aquí que las almas soberbias suelen ser herméticas, cerradas a lo exterior, sin curiosidad, que es una especie de activa porosidad mental”.

Los políticos necesitan de un punto y aparte. Supuestamente, en quien escoge este oficio debería haber actuado antes el filtro de una vocación en la que el interés por el bien común prevaleciera sobre cualquier otra consideración. Sin embargo, es fácilmente constatable que, si ese interés existe en alguna medida, está muy a menudo mediatizado por estas otras actitudes a las que abre paso la prepotencia. Y entonces el desdén por los demás tiende a convertirse en este caso en argucia y manipulación. Un inconveniente a añadir: cuando el interés por lo público queda diluido en estas emanaciones de la prepotencia, el político se sentirá fácilmente tentado a suponer que sus decisiones no tienen por qué contar con los límites que la ley o los buenos usos imponen. Cuesta más pensar en que la corrupción económica, demasiado vulgar, sea propia de personas sobresalientes.

Así pues, hay al menos dos especies de sujetos prepotentes que merecen especial vigilancia: los unos, a la hora de escoger lecturas, los otros, a la hora de votar. Y para el caso de que alguno de ellos decidiera ir a mirárselo, debería de tener en cuenta también que ese gran caudal que constituye la prepotencia animó asimismo a muchos psicoterapeutas a escoger una profesión que les permitiera enmascarar y olvidar sus propias insuficiencias. Y aún más: quien viviendo en estas inmediaciones se plantee controlar sus propia inclinación hacia esta clase de pecados, tendrá que aprender a sobreponerse a las sugestiones de su propio entorno, si es que Ortega tenía razón cuando advertía de que “la soberbia es nuestra pasión nacional, nuestro pecado capital”.


En fin, que la verdad más profunda que escondemos en nuestra personalidad es que no somos nadie. Sólo desde donde esa verdad nos deposita podemos algún día llegar a ser alguien.

viernes, 8 de abril de 2011

II-EL TESORO (ESCONDIDO) DE NUESTRA INSIGNIFICANCIA

Coincides con el punto de vista de Machado, Pilar. Es que me he acordado de un poema suyo muy filosófico y, como siempre, elocuente que, aunque por esta vez lo fío a la memoria, creo que decía así:

“El hombre es por natura la bestia paradójica:
un animal absurdo que necesita lógica.
Hizo de nada un mundo y, su obra terminada,
¡Ya estoy en el secreto -se dijo-: todo es nada!”

También León Felipe decía:

“...Yo no soy nadie, filósofos...
Y éste es el solo parentesco que tengo con vosotros”

Puesto que no vamos a andar negando la doctrina de estas autoridades,aceptémoslo: somos “nadie” o “nada”. Pero no sólo: como decía en un artículo anterior, creo que somos “Nada” + “insatisfacción”. La insatisfacción nos la produce, precisamente, nuestra Nada de partida, nuestra insignificancia, un pelín más acá: nuestro ser apenas ocupa la fugaz zona de transición entre billones de años (o lo que sea) de inexistencia por detrás y trillones de años de olvido por delante. Y eso nos desasosiega y nos rebela. Es decir, que gracias a que, como también decía en otro artículo hace unas semanas, no somos nadie, surge en nosotros la imperiosa necesidad de intentar ser alguien. “El ser y el no ser surgen juntos”, decía Lao Tsé en el “Tao te King” (un libro muy recomendable). Y también decía: “Estar vacío es llenarse”. El mundo en general –lo tiene dicho la Biblia– surge de la Nada. Hegel diría que de la negación. Y Sartre: “He aquí que la nada se da como aquello por lo cual el mundo recibe sus contornos de mundo”.

Así que no es la Nada lo bueno; al revés, es lo malo (San Agustín decía literalmente eso: el mal es la Nada). Ni se trata de aceptar nuestros vicios y nuestros defectos, sólo de estarles agradecidos. Agradecidos al demonio y a nuestros vicios, porque nos hacemos en lucha contra ellos, por tanto, gracias a ellos. “Lo eminente tiene su fundamento en lo bajo”, decía asimismo Lao Tsé. ¡Fíjate que me dan ganas de ponerme franciscano y llamar a esa parte sombría que nos habita “hermano demonio”! ¿Qué hubiera sido de nosotros sin la Nada?... ¡No hubiéramos salido de la ídem! Ni del mal, que es el otro nombre de la Nada (Pecado) original, por lo cual decía Cioran: “El mal es abandono; el bien, un cálculo inspirado”; es decir, algo sobrevenido, superpuesto al mal. Y de la Nada y de nuestros vicios y pecados se sale a través de ese gran invento que es la vida y el quehacer que nos da. “En el fondo –decía también Cioran–, ¿qué hace cada hombre? Se expía a sí mismo”. Kierkegaard abundaba cuando aludía a los efectos que la Nada produce en nosotros: “La angustia, sin embargo, no es hermosa por sí misma, sino solamente cuando aparece acompañada por la energía que sabe dominarla”. Hegel expresaba la misma idea a su manera: “Lo imperfecto –decía– no debe concebirse en la abstracción, como meramente imperfecto, sino como algo que lleva en sí, en forma de germen, de impulso, su contrario, o sea, lo que llamamos perfecto”.

La cultura protestante tiene una ventaja sobre la católica: mientras que por aquí nos hemos acostumbrado a ser indulgentes con nuestros pecados (con nuestras imperfecciones, con nuestra insignificancia), porque no hay (había) mas que irse a confesar y quedar libre de pecado (es decir, que salía casi gratis pecar), los protestantes, a causa de su idea de la predestinación, no se pueden (podían) permitir condescender con sus imperfecciones, porque si éstas se hacen patentes, ello sería la señal de que se está predestinado a la condenación. Un buen protestante no puede convivir tan relajadamente con sus pecados como nosotros; se exige mucho más que un católico (a veces, demasiado: algunas sectas calvinistas tienen prohibida la música o los adornos, como los talibanes). Así que, mientras que aquí en España, abanderando la Contrarreforma (y preparando las cotidianas noches de botellón de la actualidad), teníamos una idea de la vida muy laxa e improductiva (muy propia de los hidalgos, que tenían prohibido el trabajo manual, por deshonroso), en los países protestantes se daban una caña tal (la vida productiva era para ellos una señal de estar entre los señalados por la predestinación como salvados) que la acumulación de capital que dio origen a la sociedad capitalista actual se dio sobretodo en los países protestantes (Max Weber lo demostró).

Bueno, Pilar, gracias por animar el cotarro mientras esperamos que otros amig@s se decidan a convertir esto en un hervidero de comentarios. Algun@s ya lo hacen, y también se lo agradezco, pero la mayoría se quedan atascados (no como tú) en el “¡Bufff!" inicial.

sábado, 2 de abril de 2011

I-EL CAMINO HACIA LA EXCELENCIA (Y POR QUÉ SE BORRAN LAS HUELLAS)

Desde Hegel sabemos que somos una forma de compensación de lo que no somos, que la vida es el recurso que tenemos a mano para ir llenando nuestros vacíos, que nuestros límites sólo son el reto que pertinazmente busca cómo superar nuestra incorregible atracción por lo excesivo. Alfred Adler, un psicólogo injustamente olvidado y miembro de la terna que, junto a Sigmund Freud y Carl Gustav Jung, revolucionó la psicología en el siglo XX, señalaba al sentimiento de inferioridad como el núcleo a partir del cual se edifica nuestra personalidad. Gracias a la angustia que nos producen nuestras deficiencias, activamos los resortes de que disponemos para sobreponernos a ellas y llegar a ser alguien.
De modo que resulta legítimo inferir que, si llegamos a alcanzar, por fin, la excelencia en la que queden redimidas nuestras insuficiencias, no hemos hecho sino añadir una capa más a la cebolla de nuestra personalidad: también en este campo de lo moral, lo superior sería sólo una elevación que se sostiene sobre los pilares de lo inferior, lo mejor no es sino la capa visible y manifiesta de lo peor, que late más al fondo, la virtud, en suma, es una derivada del vicio. Así mismo lo decía Nietzsche: “Lo peor es necesario para lo mejor del superhombre”. O bien: “La creación de valores morales es, en definitiva, consecuencia de sentimientos y consideraciones inmorales”. Kierkegaard aportaba a esta misma idea los matices propios de su religiosidad: “La bienaventuranza solamente se vislumbra a través del pecado”.
Pero resulta difícil saber o aceptar que somos una paradoja viviente. Una vez alcanzadas las cotas desde las que podemos sentir que, más o menos, hemos compensado nuestras insuficiencias, tendemos a dejar de advertir que también ellas forman parte de nosotros, a expulsar sin contemplaciones a la zona sombría de la personalidad a nuestras entrañables deficiencias, sumiéndolas en el silencio y el olvido. Entonces, tales deficiencias sólo tienen un modo indirecto de transpirar, de asomarse en nuestras conductas manifiestas: a través de la prepotencia y la soberbia, síntomas que exhibe precisamente quien cree que ha llegado a sus formas de ser compensatorias directamente, sin la ayuda de aquel sentimiento de inferioridad que, pese a todo, sigue tutelando nuestros logros. Sólo puede recibir los dones de la humildad quien sigue sabiendo que las excelencias a las que su personalidad ha logrado acceder son nada más que un préstamo que le han hecho sus deficiencias. Por el contrario, quien se oculta a sí mismo su parte menos afortunada está alimentando un peligroso parásito en su alma: “Todas las verdades silenciadas se vuelven venenosas”, decía Nietzsche. Y Carl Gustav Jung, desde posiciones aún más próximas al estudio de las psicopatologías, afirmaba: “Aceptando el propio pecado se puede vivir con él, mientras que su rechazo trae consigo incalculables consecuencias”.

domingo, 27 de marzo de 2011

TODO ES NADA MÁS INSATISFACCIÓN (de paso, una explicación de la energía nuclear)

El universo es el conjunto de seres que pueblan el trayecto que va desde la Nada hasta la realidad (evidentemente, o a pesar de la evidencia, hay seres intermedios entre una y otra). Por algún motivo desconocido, la Nada, insatisfecha, salió de sí misma camino de la realidad. La realidad iba a ser la materia, pero ésta sigue siendo un molde insuficiente, en el que no cabe todo lo que la insatisfacción se proponía, así que ésta, una vez insertada en la materia, sigue empujando en busca de algo más. Antes de que llegue a su forma humana, primero llamamos a la insatisfacción energía, y si ya habita en la vida animal, instinto.

La energía es, pues, el impulso originado en una Nada que quiere llegar a ser algo. Antes de llegar a ser mundo, materia, e inmediatamente después de ser Nada, todo fue energía. Ninguna materia llega a incluir y agotar toda la energía de la que (sólo hasta cierto punto) es expresión y resultado. Todo sigue en movimiento, todo sigue aspirando a ser más o a llegar más lejos que lo que quedó acotado en su materialidad. La Nada salió de sí misma en busca de lo real, pero en ningún lugar el impulso que va desde aquélla hasta esto ha encontrado el reposo, la plena realización. Por eso el universo sigue expandiéndose. Y por eso la materia cambia y lo que nace muere: porque la energía (la insatisfacción) que contiene empuja hacia fuera hasta acabar alterándose (volcándose hacia lo o el otro) y rompiendo cualquier molde en busca de otra forma de ser.

La energía sólo se refrena y domestica en alguna medida cuando encuentra en la realidad un destino, un centro de gravedad suficientemente sugestivo en el que desembocar o alrededor del cual orbitar. Entonces empieza a dar vueltas, a retornar una y otra vez al punto de partida: busca cómo repetirse. La energía, al gravitar, al orbitar se solidifica. Hasta ese momento es el azar el que guía sus pasos (el azar es una especie de tanteo a ciegas, de búsqueda de un destino que aún no llega a vislumbrarse). Desde entonces, la energía halla reposo en la regularidad. La historia del universo comenzó en el azar y culminará en la regularidad.

Sigo dándole vueltas a lo de Fukushima. No porque la energía nuclear sea una regresión al punto cero de la energía en su intento de hacerse materia, sino porque sigo impactado por el comportamiento altruista de sus decenas de trabajadores, que siguen trabajando allí, expuestos a las radiaciones, intentando restablecer la corriente eléctrica que vuelva a poner en marcha los sistemas de refrigeración de la planta. A estas alturas (bajuras) de mi vertiginosa caída en el escepticismo, no tengo muchas oportunidades de encontrar algo que admirar, y he de aprovecharlas, como el sediento que encuentra un oasis con agua potable, para restablecer el nivel normal de flujo de energía en mis circuitos anímicos.


Bien mirado, no es tanto (aunque también) el fallo de la energía, el escape radiactivo en Fukushima lo que nos amenaza de muerte. Ocurre más bien lo contrario: una vez que no tenemos ya sitios hacia los que salir de nosotros mismos (nada que ad mirar, nada hacia lo que mirar), nos falla la energía que nos sostiene en la vida.

domingo, 20 de marzo de 2011

LOS HÉROES DE FUKUSHIMA (¿EXISTEN “LOS DEMÁS”?)

Como suele ser costumbre en este ámbito, Ortega pone con sus palabras el marco adecuado para la reflexión que hoy, por su perentoriedad, se nos impone: “Una moral de más quilates que la imperante no aceptaría el principio que nos mueve a evitar todo riesgo con el fin de hacernos arribar a nuestra muerte natural. Ésta es la muerte química, forzosa, involuntaria, como la de la bestia y la planta, tal vez la del mundo. Parece de mayor dignidad humana aprovechar el hecho y la fuerza que es la muerte usando de ella bajo el regimiento de la voluntad. Esta moral mejor había de advertir al hombre que posee la vida para exponerla con sentido”.

Se les conoce ya como los “héroes de Fukushima”: 180 hombres que en turnos de 50 están entrando a estas horas en la central nuclear de Fukushima, gravemente afectada por el terremoto y el posterior tsunami de Japón, jugándose la vida al exponerse a las muy probables emisiones radiactivas para salvar la de los demás. A la hora en que escribo, están intentando enfriar los reactores dañados y las posibles fusiones parciales del núcleo y así evitar el desastre. Durante el tiempo que permanecen en la central están sometidos a altos niveles de radiación perjudiciales para la salud, pero su marcha podría significar una catástrofe mundial. Gran parte de ellos son jubilados o trabajadores próximos a la jubilación de la central que se han ofrecido como voluntarios, porque, por edad, estando más próximos a la muerte, la repercusión de las posibles enfermedades a las que se exponen es menor que la que tendría lugar en los trabajadores más jóvenes. Muchos de estos trabajadores ya están heridos y son varios los que han muerto.

¿Por qué arriesgan su vida estas personas? ¿De dónde extraen los motivos para un comportamiento que a ellos personalmente en nada les beneficia?

Llevamos varios siglos dando pábulo a una manera de entender la vida cuyo presupuesto fundamental es que el individuo es la realidad básica del universo. La señal de salida hacia esa cultura (en muchos sentidos liberadora: la verdad es paradójica) la dio ya Guillermo de Ockham en el siglo XIV al afirmar que sólo existen los individuos, que toda realidad supraindividual es un artificio, un invento de la mente: no existe, pues, el bosque, sólo los árboles individuales. “Bosque” es un flatus vocis, un soplo de voz, una palabra, no una realidad objetiva. El posmodernismo dará a esa manera de entender la vida su expresión más acabada: no existe la realidad, sólo existen fragmentos de realidad. Seamos aún más concluyentes o descarnados: no existe la sociedad, sólo existen los individuos. Y yendo a lo concreto: los héroes de Fukushima son unos pobres despistados, unos locos suicidas o unos extravagantes a la búsqueda de una gloria que muy probablemente no podrán disfrutar. Si, como hoy se tiende a admitir mayoritariamente, el último motivo de nuestro comportamiento es el egoísmo (quizás un “sano” egoísmo), la vanidad o la búsqueda de algún modo de rentabilidad o directo beneficio personal (la “salvación del alma” en última instancia), ¿qué otra explicación podría tener eso que “parece ser” arriesgar la vida por los demás?

Todavía no ha llegado la hora de que se impongan otras filosofías que nos ayuden a entender mejor la sustancia de la que estamos hechos. Hegel, por ejemplo, lo puso difícil, porque su capacidad para hacerse entender no llega tan alto como lo hacen sus sublimes ideas. Y para colmo, Marx, un totalitario vocacional, se declaraba a fin de cuentas (después de ponerle “boca arriba”, decía) hegeliano. Pero podemos seguir el rastro de lo que Hegel nos va diciendo, e ir reparando en que nos lleva hacia las respuestas que buscamos: “Debemos buscar en la historia un fin universal, el fin último del mundo, no un fin particular del espíritu subjetivo o del ánimo”. “La muchedumbre de las particularidades debe comprenderse aquí en una unidad”. “Todo parece pasar y nada permanecer (…) Pero otro aspecto se enlaza en seguida con esta categoría de la variación: que una nueva vida surge de la muerte”. “Ahora bien (…): ¿cuál es el fin de todas estas formas y creaciones? No podemos verlas agotadas en su fin particular. Todo debe redundar en provecho de una obra”.

No estamos en la vida sólo para servirnos a nosotros mismos, sino para, saliendo de dentro hacia fuera, ponernos asimismo al servicio de una tarea, de una “obra”, de una finalidad que nos trasciende. O como dice María Zambrano: “Mi realidad depende de otro”. Cuando rehabilitemos estas ideas, dejaremos de hacer esas retorcidas interpretaciones de las cosas que nos llevan, por ejemplo, a entender que los hijos son un estorbo para nuestro desarrollo personal, que la patria es un concepto fascista o que la vida hay que conducirla según el principio del carpe diem y de que, de manera absoluta, hay que buscar el placer y huir del dolor. Llegará así el momento en el que podamos entender a Ortega cuando dice: “Quien siente menos apetitos vitales y percibe la existencia como una angustia omnímoda, según suele acaecer al hombre moderno, supedita todo a no perder la vida (...). Por otra parte, el valor supremo de la vida (como el valor de la moneda consiste en gastarla) está en perderla a tiempo y con gracia”. Y aun entenderemos a nuestro filósofo cuando eleva sus reflexiones hasta esta gran altura: “Sé no existir, tal vez la ciencia más difícil de todas”.

O esto o dejará de haber héroes como los de Fukushima.Y entonces sí tendrá razón el comisario europeo de Energía, Günther Oettinger: habrá llegado el Apocalipsis.