De modo que resulta legítimo inferir que, si llegamos a alcanzar, por fin, la excelencia en la que queden redimidas nuestras insuficiencias, no hemos hecho sino añadir una capa más a la cebolla de nuestra personalidad: también en este campo de lo moral, lo superior sería sólo una elevación que se sostiene sobre los pilares de lo inferior, lo mejor no es sino la capa visible y manifiesta de lo peor, que late más al fondo, la virtud, en suma, es una derivada del vicio. Así mismo lo decía Nietzsche: “Lo peor es necesario para lo mejor del superhombre”. O bien: “La creación de valores morales es, en definitiva, consecuencia de sentimientos y consideraciones inmorales”. Kierkegaard aportaba a esta misma idea los matices propios de su religiosidad: “La bienaventuranza solamente se vislumbra a través del pecado”.
Pero resulta difícil saber o aceptar que somos una paradoja viviente. Una vez alcanzadas las cotas desde las que podemos sentir que, más o menos, hemos compensado nuestras insuficiencias, tendemos a dejar de advertir que también ellas forman parte de nosotros, a expulsar sin contemplaciones a la zona sombría de la personalidad a nuestras entrañables deficiencias, sumiéndolas en el silencio y el olvido. Entonces, tales deficiencias sólo tienen un modo indirecto de transpirar, de asomarse en nuestras conductas manifiestas: a través de la prepotencia y la soberbia, síntomas que exhibe precisamente quien cree que ha llegado a sus formas de ser compensatorias directamente, sin la ayuda de aquel sentimiento de inferioridad que, pese a todo, sigue tutelando nuestros logros. Sólo puede recibir los dones de la humildad quien sigue sabiendo que las excelencias a las que su personalidad ha logrado acceder son nada más que un préstamo que le han hecho sus deficiencias. Por el contrario, quien se oculta a sí mismo su parte menos afortunada está alimentando un peligroso parásito en su alma: “Todas las verdades silenciadas se vuelven venenosas”, decía Nietzsche. Y Carl Gustav Jung, desde posiciones aún más próximas al estudio de las psicopatologías, afirmaba: “Aceptando el propio pecado se puede vivir con él, mientras que su rechazo trae consigo incalculables consecuencias”.La filosofía, la historia, la psicología, el arte, la antropología, la actualidad... de la mano, sobre todo, de Ortega y Gasset, el pensador más importante de todos los tiempos en lengua española
sábado, 2 de abril de 2011
I-EL CAMINO HACIA LA EXCELENCIA (Y POR QUÉ SE BORRAN LAS HUELLAS)
Desde Hegel sabemos que somos una forma de compensación de lo que no somos, que la vida es el recurso que tenemos a mano para ir llenando nuestros vacíos, que nuestros límites sólo son el reto que pertinazmente busca cómo superar nuestra incorregible atracción por lo excesivo. Alfred Adler, un psicólogo injustamente olvidado y miembro de la terna que, junto a Sigmund Freud y Carl Gustav Jung, revolucionó la psicología en el siglo XX, señalaba al sentimiento de inferioridad como el núcleo a partir del cual se edifica nuestra personalidad. Gracias a la angustia que nos producen nuestras deficiencias, activamos los resortes de que disponemos para sobreponernos a ellas y llegar a ser alguien.
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LAS RAÍCES DE LA CREATIVIDAD,
PARADOJAS
domingo, 27 de marzo de 2011
TODO ES NADA MÁS INSATISFACCIÓN (de paso, una explicación de la energía nuclear)
El universo es el conjunto de seres que pueblan el trayecto que va desde la Nada hasta la realidad (evidentemente, o a pesar de la evidencia, hay seres intermedios entre una y otra). Por algún motivo desconocido, la Nada, insatisfecha, salió de sí misma camino de la realidad. La realidad iba a ser la materia, pero ésta sigue siendo un molde insuficiente, en el que no cabe todo lo que la insatisfacción se proponía, así que ésta, una vez insertada en la materia, sigue empujando en busca de algo más. Antes de que llegue a su forma humana, primero llamamos a la insatisfacción energía, y si ya habita en la vida animal, instinto.
La energía es, pues, el impulso originado en una Nada que quiere llegar a ser algo. Antes de llegar a ser mundo, materia, e inmediatamente después de ser Nada, todo fue energía. Ninguna materia llega a incluir y agotar toda la energía de la que (sólo hasta cierto punto) es expresión y resultado. Todo sigue en movimiento, todo sigue aspirando a ser más o a llegar más lejos que lo que quedó acotado en su materialidad. La Nada salió de sí misma en busca de lo real, pero en ningún lugar el impulso que va desde aquélla hasta esto ha encontrado el reposo, la plena realización. Por eso el universo sigue expandiéndose. Y por eso la materia cambia y lo que nace muere: porque la energía (la insatisfacción) que contiene empuja hacia fuera hasta acabar alterándose (volcándose hacia lo o el otro) y rompiendo cualquier molde en busca de otra forma de ser.
La energía sólo se refrena y domestica en alguna medida cuando encuentra en la realidad un destino, un centro de gravedad suficientemente sugestivo en el que desembocar o alrededor del cual orbitar. Entonces empieza a dar vueltas, a retornar una y otra vez al punto de partida: busca cómo repetirse. La energía, al gravitar, al orbitar se solidifica. Hasta ese momento es el azar el que guía sus pasos (el azar es una especie de tanteo a ciegas, de búsqueda de un destino que aún no llega a vislumbrarse). Desde entonces, la energía halla reposo en la regularidad. La historia del universo comenzó en el azar y culminará en la regularidad.

Sigo dándole vueltas a lo de Fukushima. No porque la energía nuclear sea una regresión al punto cero de la energía en su intento de hacerse materia, sino porque sigo impactado por el comportamiento altruista de sus decenas de trabajadores, que siguen trabajando allí, expuestos a las radiaciones, intentando restablecer la corriente eléctrica que vuelva a poner en marcha los sistemas de refrigeración de la planta. A estas alturas (bajuras) de mi vertiginosa caída en el escepticismo, no tengo muchas oportunidades de encontrar algo que admirar, y he de aprovecharlas, como el sediento que encuentra un oasis con agua potable, para restablecer el nivel normal de flujo de energía en mis circuitos anímicos.
Bien mirado, no es tanto (aunque también) el fallo de la energía, el escape radiactivo en Fukushima lo que nos amenaza de muerte. Ocurre más bien lo contrario: una vez que no tenemos ya sitios hacia los que salir de nosotros mismos (nada que ad mirar, nada hacia lo que mirar), nos falla la energía que nos sostiene en la vida.
La energía es, pues, el impulso originado en una Nada que quiere llegar a ser algo. Antes de llegar a ser mundo, materia, e inmediatamente después de ser Nada, todo fue energía. Ninguna materia llega a incluir y agotar toda la energía de la que (sólo hasta cierto punto) es expresión y resultado. Todo sigue en movimiento, todo sigue aspirando a ser más o a llegar más lejos que lo que quedó acotado en su materialidad. La Nada salió de sí misma en busca de lo real, pero en ningún lugar el impulso que va desde aquélla hasta esto ha encontrado el reposo, la plena realización. Por eso el universo sigue expandiéndose. Y por eso la materia cambia y lo que nace muere: porque la energía (la insatisfacción) que contiene empuja hacia fuera hasta acabar alterándose (volcándose hacia lo o el otro) y rompiendo cualquier molde en busca de otra forma de ser.
La energía sólo se refrena y domestica en alguna medida cuando encuentra en la realidad un destino, un centro de gravedad suficientemente sugestivo en el que desembocar o alrededor del cual orbitar. Entonces empieza a dar vueltas, a retornar una y otra vez al punto de partida: busca cómo repetirse. La energía, al gravitar, al orbitar se solidifica. Hasta ese momento es el azar el que guía sus pasos (el azar es una especie de tanteo a ciegas, de búsqueda de un destino que aún no llega a vislumbrarse). Desde entonces, la energía halla reposo en la regularidad. La historia del universo comenzó en el azar y culminará en la regularidad.

Sigo dándole vueltas a lo de Fukushima. No porque la energía nuclear sea una regresión al punto cero de la energía en su intento de hacerse materia, sino porque sigo impactado por el comportamiento altruista de sus decenas de trabajadores, que siguen trabajando allí, expuestos a las radiaciones, intentando restablecer la corriente eléctrica que vuelva a poner en marcha los sistemas de refrigeración de la planta. A estas alturas (bajuras) de mi vertiginosa caída en el escepticismo, no tengo muchas oportunidades de encontrar algo que admirar, y he de aprovecharlas, como el sediento que encuentra un oasis con agua potable, para restablecer el nivel normal de flujo de energía en mis circuitos anímicos.
Bien mirado, no es tanto (aunque también) el fallo de la energía, el escape radiactivo en Fukushima lo que nos amenaza de muerte. Ocurre más bien lo contrario: una vez que no tenemos ya sitios hacia los que salir de nosotros mismos (nada que ad mirar, nada hacia lo que mirar), nos falla la energía que nos sostiene en la vida.
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EL HOMBRE: UN VACÍO QUE DEBE LLENARSE,
PARADOJAS
domingo, 20 de marzo de 2011
LOS HÉROES DE FUKUSHIMA (¿EXISTEN “LOS DEMÁS”?)
Como suele ser costumbre en este ámbito, Ortega pone con sus palabras el marco adecuado para la reflexión que hoy, por su perentoriedad, se nos impone: “Una moral de más quilates que la imperante no aceptaría el principio que nos mueve a evitar todo riesgo con el fin de hacernos arribar a nuestra muerte natural. Ésta es la muerte química, forzosa, involuntaria, como la de la bestia y la planta, tal vez la del mundo. Parece de mayor dignidad humana aprovechar el hecho y la fuerza que es la muerte usando de ella bajo el regimiento de la voluntad. Esta moral mejor había de advertir al hombre que posee la vida para exponerla con sentido”.

Se les conoce ya como los “héroes de Fukushima”: 180 hombres que en turnos de 50 están entrando a estas horas en la central nuclear de Fukushima, gravemente afectada por el terremoto y el posterior tsunami de Japón, jugándose la vida al exponerse a las muy probables emisiones radiactivas para salvar la de los demás. A la hora en que escribo, están intentando enfriar los reactores dañados y las posibles fusiones parciales del núcleo y así evitar el desastre. Durante el tiempo que permanecen en la central están sometidos a altos niveles de radiación perjudiciales para la salud, pero su marcha podría significar una catástrofe mundial. Gran parte de ellos son jubilados o trabajadores próximos a la jubilación de la central que se han ofrecido como voluntarios, porque, por edad, estando más próximos a la muerte, la repercusión de las posibles enfermedades a las que se exponen es menor que la que tendría lugar en los trabajadores más jóvenes. Muchos de estos trabajadores ya están heridos y son varios los que han muerto.
¿Por qué arriesgan su vida estas personas? ¿De dónde extraen los motivos para un comportamiento que a ellos personalmente en nada les beneficia?
Llevamos varios siglos dando pábulo a una manera de entender la vida cuyo presupuesto fundamental es que el individuo es la realidad básica del universo. La señal de salida hacia esa cultura (en muchos sentidos liberadora: la verdad es paradójica) la dio ya Guillermo de Ockham en el siglo XIV al afirmar que sólo existen los individuos, que toda realidad supraindividual es un artificio, un invento de la mente: no existe, pues, el bosque, sólo los árboles individuales. “Bosque” es un flatus vocis, un soplo de voz, una palabra, no una realidad objetiva. El posmodernismo dará a esa manera de entender la vida su expresión más acabada: no existe la realidad, sólo existen fragmentos de realidad. Seamos aún más concluyentes o descarnados: no existe la sociedad, sólo existen los individuos. Y yendo a lo concreto: los héroes de Fukushima son unos pobres despistados, unos locos suicidas o unos extravagantes a la búsqueda de una gloria que muy probablemente no podrán disfrutar. Si, como hoy se tiende a admitir mayoritariamente, el último motivo de nuestro comportamiento es el egoísmo (quizás un “sano” egoísmo), la vanidad o la búsqueda de algún modo de rentabilidad o directo beneficio personal (la “salvación del alma” en última instancia), ¿qué otra explicación podría tener eso que “parece ser” arriesgar la vida por los demás?
Todavía no ha llegado la hora de que se impongan otras filosofías que nos ayuden a entender mejor la sustancia de la que estamos hechos. Hegel, por ejemplo, lo puso difícil, porque su capacidad para hacerse entender no llega tan alto como lo hacen sus sublimes ideas. Y para colmo, Marx, un totalitario vocacional, se declaraba a fin de cuentas (después de ponerle “boca arriba”, decía) hegeliano. Pero podemos seguir el rastro de lo que Hegel nos va diciendo, e ir reparando en que nos lleva hacia las respuestas que buscamos: “Debemos buscar en la historia un fin universal, el fin último del mundo, no un fin particular del espíritu subjetivo o del ánimo”. “La muchedumbre de las particularidades debe comprenderse aquí en una unidad”. “Todo parece pasar y nada permanecer (…) Pero otro aspecto se enlaza en seguida con esta categoría de la variación: que una nueva vida surge de la muerte”. “Ahora bien (…): ¿cuál es el fin de todas estas formas y creaciones? No podemos verlas agotadas en su fin particular. Todo debe redundar en provecho de una obra”.
No estamos en la vida sólo para servirnos a nosotros mismos, sino para, saliendo de dentro hacia fuera, ponernos asimismo al servicio de una tarea, de una “obra”, de una finalidad que nos trasciende. O como dice María Zambrano: “Mi realidad depende de otro”. Cuando rehabilitemos estas ideas, dejaremos de hacer esas retorcidas interpretaciones de las cosas que nos llevan, por ejemplo, a entender que los hijos son un estorbo para nuestro desarrollo personal, que la patria es un concepto fascista o que la vida hay que conducirla según el principio del carpe diem y de que, de manera absoluta, hay que buscar el placer y huir del dolor. Llegará así el momento en el que podamos entender a Ortega cuando dice: “Quien siente menos apetitos vitales y percibe la existencia como una angustia omnímoda, según suele acaecer al hombre moderno, supedita todo a no perder la vida (...). Por otra parte, el valor supremo de la vida (como el valor de la moneda consiste en gastarla) está en perderla a tiempo y con gracia”. Y aun entenderemos a nuestro filósofo cuando eleva sus reflexiones hasta esta gran altura: “Sé no existir, tal vez la ciencia más difícil de todas”.
O esto o dejará de haber héroes como los de Fukushima.Y entonces sí tendrá razón el comisario europeo de Energía, Günther Oettinger: habrá llegado el Apocalipsis.

Se les conoce ya como los “héroes de Fukushima”: 180 hombres que en turnos de 50 están entrando a estas horas en la central nuclear de Fukushima, gravemente afectada por el terremoto y el posterior tsunami de Japón, jugándose la vida al exponerse a las muy probables emisiones radiactivas para salvar la de los demás. A la hora en que escribo, están intentando enfriar los reactores dañados y las posibles fusiones parciales del núcleo y así evitar el desastre. Durante el tiempo que permanecen en la central están sometidos a altos niveles de radiación perjudiciales para la salud, pero su marcha podría significar una catástrofe mundial. Gran parte de ellos son jubilados o trabajadores próximos a la jubilación de la central que se han ofrecido como voluntarios, porque, por edad, estando más próximos a la muerte, la repercusión de las posibles enfermedades a las que se exponen es menor que la que tendría lugar en los trabajadores más jóvenes. Muchos de estos trabajadores ya están heridos y son varios los que han muerto.
¿Por qué arriesgan su vida estas personas? ¿De dónde extraen los motivos para un comportamiento que a ellos personalmente en nada les beneficia?
Llevamos varios siglos dando pábulo a una manera de entender la vida cuyo presupuesto fundamental es que el individuo es la realidad básica del universo. La señal de salida hacia esa cultura (en muchos sentidos liberadora: la verdad es paradójica) la dio ya Guillermo de Ockham en el siglo XIV al afirmar que sólo existen los individuos, que toda realidad supraindividual es un artificio, un invento de la mente: no existe, pues, el bosque, sólo los árboles individuales. “Bosque” es un flatus vocis, un soplo de voz, una palabra, no una realidad objetiva. El posmodernismo dará a esa manera de entender la vida su expresión más acabada: no existe la realidad, sólo existen fragmentos de realidad. Seamos aún más concluyentes o descarnados: no existe la sociedad, sólo existen los individuos. Y yendo a lo concreto: los héroes de Fukushima son unos pobres despistados, unos locos suicidas o unos extravagantes a la búsqueda de una gloria que muy probablemente no podrán disfrutar. Si, como hoy se tiende a admitir mayoritariamente, el último motivo de nuestro comportamiento es el egoísmo (quizás un “sano” egoísmo), la vanidad o la búsqueda de algún modo de rentabilidad o directo beneficio personal (la “salvación del alma” en última instancia), ¿qué otra explicación podría tener eso que “parece ser” arriesgar la vida por los demás?
Todavía no ha llegado la hora de que se impongan otras filosofías que nos ayuden a entender mejor la sustancia de la que estamos hechos. Hegel, por ejemplo, lo puso difícil, porque su capacidad para hacerse entender no llega tan alto como lo hacen sus sublimes ideas. Y para colmo, Marx, un totalitario vocacional, se declaraba a fin de cuentas (después de ponerle “boca arriba”, decía) hegeliano. Pero podemos seguir el rastro de lo que Hegel nos va diciendo, e ir reparando en que nos lleva hacia las respuestas que buscamos: “Debemos buscar en la historia un fin universal, el fin último del mundo, no un fin particular del espíritu subjetivo o del ánimo”. “La muchedumbre de las particularidades debe comprenderse aquí en una unidad”. “Todo parece pasar y nada permanecer (…) Pero otro aspecto se enlaza en seguida con esta categoría de la variación: que una nueva vida surge de la muerte”. “Ahora bien (…): ¿cuál es el fin de todas estas formas y creaciones? No podemos verlas agotadas en su fin particular. Todo debe redundar en provecho de una obra”.
No estamos en la vida sólo para servirnos a nosotros mismos, sino para, saliendo de dentro hacia fuera, ponernos asimismo al servicio de una tarea, de una “obra”, de una finalidad que nos trasciende. O como dice María Zambrano: “Mi realidad depende de otro”. Cuando rehabilitemos estas ideas, dejaremos de hacer esas retorcidas interpretaciones de las cosas que nos llevan, por ejemplo, a entender que los hijos son un estorbo para nuestro desarrollo personal, que la patria es un concepto fascista o que la vida hay que conducirla según el principio del carpe diem y de que, de manera absoluta, hay que buscar el placer y huir del dolor. Llegará así el momento en el que podamos entender a Ortega cuando dice: “Quien siente menos apetitos vitales y percibe la existencia como una angustia omnímoda, según suele acaecer al hombre moderno, supedita todo a no perder la vida (...). Por otra parte, el valor supremo de la vida (como el valor de la moneda consiste en gastarla) está en perderla a tiempo y con gracia”. Y aun entenderemos a nuestro filósofo cuando eleva sus reflexiones hasta esta gran altura: “Sé no existir, tal vez la ciencia más difícil de todas”.
O esto o dejará de haber héroes como los de Fukushima.Y entonces sí tendrá razón el comisario europeo de Energía, Günther Oettinger: habrá llegado el Apocalipsis.
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EL SENTIDO DE LA VIDA
domingo, 13 de marzo de 2011
¿SE HAN ACABADO LOS “GRANDES RELATOS”?
Ojalá, Pilar, que hubiera materia suficiente para esa tertulia que sugieres en tu comentario al artículo anterior, pero mi experiencia me va diciendo que cada vez es más difícil hablar de los temas importantes: o crispan o aburren. Y tampoco la manera de estar en el mundo que hoy impera ayuda a reflexionar adecuadamente sobre las cosas. El posmodernismo, que es la filosofía que, sepámoslo o no, hoy está en el sustrato de la manera de mirar vigente, dice que se han acabado los “grandes relatos”, que sólo podemos aspirar a ver la realidad, la realidad histórica en este caso, como conjunto disperso de fragmentos. Cuando la historia se hace con fragmentos, queda reducida a encadenamiento aleatorio de anécdotas. He aquí una miscelánea de fragmentos “anecdóticos” (más o menos dramáticos, pero a lo que voy: independientes unos de otros, sin consecuencias que los liguen entre sí): 1) El pensamiento mítico nos lleva a “recordar” que hubo una edad dorada en la que el hombre fue feliz, y de entonces para acá no hemos hecho sino decaer; 2) Rousseau, uno de los máximos referentes intelectuales de la Revolución Francesa, deja en el orfanato, nada más nacer, a sus cinco hijos; 3) las utopías revolucionarias del siglo XIX aspiran a restablecer los modos de relación social propios de la horda salvaje anterior a la civilización; 4) Marx y Engels sostienen que la ley y el estado son superestructuras jurídico-políticas que no tienen otra función que la de servir al enriquecimiento económico de la clase dominante; 5) eminentes figuras del PSOE anterior a la Guerra Civil como Pablo Iglesias y Largo Caballero, marxistas, abogan por la revolución violenta para romper el marco explotador de la “democracia burguesa”, es decir, de la democracia; 6) la “memoria histórica” que hoy impulsa el gobierno socialista presupone que la Guerra Civil fue causada exclusivamente por sectores fascistas del ejército; 7) los gobiernos socialistas actuales pactan con un grupo terrorista (al margen, por tanto, de los cauces legales e institucionales de la democracia) el modo en que la sociedad española debe organizarse políticamente. Etc.
Como, según los modos de pensar vigentes, la realidad histórica, está hecha de fragmentos, es decir, como nada tiene sentido y no hay que buscar las consecuencias que encadenen unos acontecimientos con otros, el pensamiento se encuentra con un tope insalvable a la hora de entender lo que pasa, y las inferencias que se hacen, desvinculadas de esa cadena causal y teleológica hoy desdeñada bajo la denominación de “grandes relatos”, lleva a conclusiones absurdas; por ejemplo, la de que el PSOE (o el PCE) es y ha sido un partido progresista.

Yo, en el artículo anterior, ligando unos “fragmentos” históricos con otros (por ejemplo, los anteriormente enumerados), defendiendo que las cosas están vinculadas unas a otras, que hay una intención latente, un sentido que eleva a la historia por encima del azar, y que, en suma, y con unos u otros matices, son posibles esos “grandes relatos”, creo encontrar una línea argumental que conduce a otras conclusiones (que conduce, simplemente, habría que decir, a conclusiones). Y de perdidos, al río, así que he sugerido un relato capaz de conducir desde el pensamiento prehistórico hasta el 11-M.
Como, según los modos de pensar vigentes, la realidad histórica, está hecha de fragmentos, es decir, como nada tiene sentido y no hay que buscar las consecuencias que encadenen unos acontecimientos con otros, el pensamiento se encuentra con un tope insalvable a la hora de entender lo que pasa, y las inferencias que se hacen, desvinculadas de esa cadena causal y teleológica hoy desdeñada bajo la denominación de “grandes relatos”, lleva a conclusiones absurdas; por ejemplo, la de que el PSOE (o el PCE) es y ha sido un partido progresista.

Yo, en el artículo anterior, ligando unos “fragmentos” históricos con otros (por ejemplo, los anteriormente enumerados), defendiendo que las cosas están vinculadas unas a otras, que hay una intención latente, un sentido que eleva a la historia por encima del azar, y que, en suma, y con unos u otros matices, son posibles esos “grandes relatos”, creo encontrar una línea argumental que conduce a otras conclusiones (que conduce, simplemente, habría que decir, a conclusiones). Y de perdidos, al río, así que he sugerido un relato capaz de conducir desde el pensamiento prehistórico hasta el 11-M.
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ENTRADAS SOBRE HISTORIA DE OCCIDENTE
domingo, 27 de febrero de 2011
LA PULSIÓN UTÓPICA Y OTRAS CATÁSTROFES
(PUBLICADO EN EL CORREO DE BURGOS EL 13 DE JULIO DE 2011)
LAS VINCULACIONES ENTRE EL PENSAMIENTO UTÓPICO, EL CASO FAISÁN Y EL 11-M
Hace unos días reflexionaba con una amiga –no andábamos especialmente originales– sobre la difícil tarea de vivir. Nos centrábamos sobre todo en la espesura y responsabilidad añadida que adquiere tal tarea desde el momento en que uno se adentra en el periplo de la paternidad. Yo recordaba en ese contexto cómo Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), el principal promotor del pensamiento utópico en la era contemporánea (sobrepasados ya los ensayos literarios a este respecto que en la etapa que le precedió llevaron a cabo Moro, Bacon y Campanella), tenía unas peculiares ideas al respecto: consecuente con su afirmación de que el hombre no es social por naturaleza, de que incluso la familia es, según él, una institución artificial que, como todas las que han obligado al hombre a socializarse, ha contribuido a su degeneración, Rousseau había encontrado una manera contundente de resolver esas dificultades que conlleva el ejercicio de la paternidad: los cinco hijos que tuvo con Thérèse Lavaseur, una criada analfabeta (más próxima, pues, al estado natural añorado), los envió uno tras otro, nada más nacer, al orfanato. Ya que no cabalmente de sus hijos, Rousseau es considerado, sin embargo, el padre de la Pedagogía, lo cual a mí me produce cierta perplejidad, incluso me lleva a sospechar de los principios en los que fundamentó tal disciplina, según los cuales no hay sino que dejar que el niño imponga su espontaneidad natural por encima de los artificios civilizadores para que vaya abriéndose paso el “hombre nuevo” que nos habrá de redimir de las perversiones de la vida en sociedad. A sus propios hijos les dejó demasiado abierta la posibilidad de que su espontaneidad natural aflorase (síndrome del padre ausente lo llaman también).

El espíritu de la época (al menos una de sus vertientes), sesgado hacia lo natural, hacia lo que las cosas son en origen, hacia las causas eficientes, y desdeñando las metas o fines que dan sentido a las cosas, inspiró a Rousseau su idea de que el hombre era bueno por naturaleza, cuando aún era un ser solitario, prerracional y sin lenguaje, pero que la sociedad, la razón y el lenguaje vinieron a pervertir. Heredaba el pensador francés la antigua perspectiva del pensamiento mítico, según la cual procedemos de una edad de oro, de un estado natural paradisíaco; desde que aquello quedó atrás, la vida sería una caída, un venir a menos. El mecanicismo, el paradigma científico ya entonces dominante, aplicado a las humanidades, no tardó mucho en descubrir, de modo complementario y coincidiendo con aquella perspectiva, que no había nada que esperar, que todo, una vez que hemos nacido, es absurdo, que no hay una finalidad que dé sentido a nuestra vida. No hay causa final, sólo causas eficientes: Aristóteles había muerto, y Dios (que se lo digan a Nietzsche) no se encontraba por entonces nada bien. Lo original, lo natural (la cuerda que se da al reloj del universo) era lo auténtico y sustancial; desde entonces, según esto, todo transcurre cuesta abajo, en la dirección de la entropía. El hombre también: es lo que acaba pasando cuando se confunde al ser humano con una máquina. Hegel, representando otra vertiente del espíritu de la época contrapuesta a la de Rousseau, abogó por la razón, y al contrario que los mecanicistas, que buscaban las causas eficientes de los fenómenos, dijo que “la razón es obrar con arreglo a un fin”.

Las utopías que nacieron de aquella otra forma de mirar naturalista reprodujeron la pauta que Rousseau había fijado: el Romanticismo recogió la idea de que con la llegada de la razón el hombre había empezado a decaer, y buscó la manera de regresar hacia el sentimiento puro, aquél que aún no ha sido contaminado por el artificio de lo racional. Marx, Engels y los socialistas utópicos pusieron el énfasis en la aseveración rousseauniana de que la propiedad privada era la raíz de todos los males sociales, y propusieron el regreso a los orígenes, al estado natural: el del comunismo primitivo. Engels, en su libro “El origen de la familia, de la propiedad privada y del estado”, propone asimismo regresar a las formas de comunidad previas a la aparición de esas tres instituciones aludidas en el título, a las que eran propias de la horda salvaje, y así, aspira a la restauración de la comuna, en que maridos, mujeres e hijos son todos ellos puestos, efectivamente, en común (forma sublimada de aquélla que prefirió Rousseau para sus propios hijos), y a la socialización de la propiedad. Asimismo, Marx y Engels consideraban que el Estado y el Derecho eran una superestructura jurídico-política puesta al servicio de la dominación del hombre por el hombre, el cual volverá a ser libre, por lo tanto, cuando deje de haber leyes. Rousseau tenía claro que el progreso era la causa de todos los males, pero el marxismo, que siguió su pauta, ha cursado, y de modo más soterrado sigue cursando aún, como la apoteosis del progresismo. Debe de ser por eso de que, como decía Ortega, no sabemos lo que nos pasa (no sabemos si vamos o venimos, si avanzamos o regresamos)… y eso es lo que nos pasa.

No han atravesado con suavidad las ideologías utópicas la historia de España… ni han dejado tampoco de hacerlo del todo. Pablo Iglesias, fundador del PSOE en 1879, dispuesto a alcanzar el añorado estado natural que propuso Marx, aquél en el que la ley resultaba ser una rémora procedente de la sociedad de clases, llegó a declarar en Las Cortes: “El partido que yo aquí represento (…) está en la legalidad mientras la legalidad le permita adquirir lo que necesita; fuera de la legalidad cuando ella no le permita realizar sus aspiraciones” (Diario de Sesiones, 5 de Mayo de 1910). Largo Caballero, histórico dirigente del PSOE y de la UGT en los tiempos de la República, demostrando que tenía plena conciencia de a dónde iban a desembocar sus planteamientos políticos, se ratificaba en aquellas mismas ideas seis días antes de las elecciones de febrero de 1936, en un mitin en el Cinema Europa de Madrid, en donde afirmó:
“Vamos, repito, hacia la revolución social… mucho dudo que se pueda conseguir el triunfo dentro de la legalidad. Y en tal caso, camaradas, habrá que obtenerlo por la violencia…”. No era sino la manera de ser consecuente con unos principios que el mismo Pablo Iglesias había dejado enunciados cuando dijo: “No nos interesa hacer buenos obreros y empleados, buenos comerciantes. Queremos destruir la sociedad actual desde sus comienzos”. Desde que abandonamos el “estado natural”, se entiende.
Nos debería caber el consuelo de que estas declaraciones pertenecen a tiempos pasados, de que el utopismo ha dejado de ser ya una característica de nuestros partidos “progresistas”, y que la ley ha dejado de ser considerada un instrumento de opresión que el “avance” de la historia acabará suprimiendo. Pero uno no puede dejar de recordar que, ahora mismo, el juez Pablo Ruz está instruyendo un juicio que, por el momento, ha conducido a señalar a los aparatos del estado hoy regido por los socialistas e incluso al mismo Ministerio del Interior como posibles implicados en el llamado “caso Faisán”, en el que presuntamente se cometió un caso de colaboración con banda armada al producirse por parte de las fuerzas de seguridad del Estado un chivatazo a ETA que impidió la desarticulación de su aparato de extorsión en los tiempos de abierta negociación política del Gobierno con la banda (mayo de 2006).
Tampoco puede uno olvidar que, en sentido contrario, la ley no supuso asimismo ningún obstáculo para quienes desde el Gobierno de la nación, con el mismo signo político entonces que ahora, pusieron en marcha el terrorismo de estado de los GAL. Ni que el Ministerio del Interior actual lleve un año poniendo trabas a las solicitudes de documentación por parte de la magistrada encargada de juzgar al que fuera jefe de los TEDAX en el momento del atentado del 11-M de 2004, Juan Jesús Sánchez Manzano, acusado de falso testimonio, omisión del deber de perseguir delitos y encubrimiento por ocultación de pruebas durante la investigación de la masacre, impidiendo de esa manera que pueda seguir adelante un juicio que podría aportar luz a las inquietantes sombras que pesan sobre aquel atentado, del que ni siquiera sabemos quiénes colocaron las bombas en los trenes, no digamos ya de los autores intelectuales.
En fin, situaciones como éstas siguen haciéndole dudar a uno de que el imperio de la ley sea un principio que todos los partidos en España acepten como incuestionable. Pero aún hay algo que invita más a la preocupación: que la opinión pública española haya metabolizado estos comportamientos de nuestras instancias públicas y, seducida por el utopismo antijurídico, deje de considerarlos relevantes a la hora de plantearse a quién debe votar.
LAS VINCULACIONES ENTRE EL PENSAMIENTO UTÓPICO, EL CASO FAISÁN Y EL 11-M
Hace unos días reflexionaba con una amiga –no andábamos especialmente originales– sobre la difícil tarea de vivir. Nos centrábamos sobre todo en la espesura y responsabilidad añadida que adquiere tal tarea desde el momento en que uno se adentra en el periplo de la paternidad. Yo recordaba en ese contexto cómo Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), el principal promotor del pensamiento utópico en la era contemporánea (sobrepasados ya los ensayos literarios a este respecto que en la etapa que le precedió llevaron a cabo Moro, Bacon y Campanella), tenía unas peculiares ideas al respecto: consecuente con su afirmación de que el hombre no es social por naturaleza, de que incluso la familia es, según él, una institución artificial que, como todas las que han obligado al hombre a socializarse, ha contribuido a su degeneración, Rousseau había encontrado una manera contundente de resolver esas dificultades que conlleva el ejercicio de la paternidad: los cinco hijos que tuvo con Thérèse Lavaseur, una criada analfabeta (más próxima, pues, al estado natural añorado), los envió uno tras otro, nada más nacer, al orfanato. Ya que no cabalmente de sus hijos, Rousseau es considerado, sin embargo, el padre de la Pedagogía, lo cual a mí me produce cierta perplejidad, incluso me lleva a sospechar de los principios en los que fundamentó tal disciplina, según los cuales no hay sino que dejar que el niño imponga su espontaneidad natural por encima de los artificios civilizadores para que vaya abriéndose paso el “hombre nuevo” que nos habrá de redimir de las perversiones de la vida en sociedad. A sus propios hijos les dejó demasiado abierta la posibilidad de que su espontaneidad natural aflorase (síndrome del padre ausente lo llaman también).

El espíritu de la época (al menos una de sus vertientes), sesgado hacia lo natural, hacia lo que las cosas son en origen, hacia las causas eficientes, y desdeñando las metas o fines que dan sentido a las cosas, inspiró a Rousseau su idea de que el hombre era bueno por naturaleza, cuando aún era un ser solitario, prerracional y sin lenguaje, pero que la sociedad, la razón y el lenguaje vinieron a pervertir. Heredaba el pensador francés la antigua perspectiva del pensamiento mítico, según la cual procedemos de una edad de oro, de un estado natural paradisíaco; desde que aquello quedó atrás, la vida sería una caída, un venir a menos. El mecanicismo, el paradigma científico ya entonces dominante, aplicado a las humanidades, no tardó mucho en descubrir, de modo complementario y coincidiendo con aquella perspectiva, que no había nada que esperar, que todo, una vez que hemos nacido, es absurdo, que no hay una finalidad que dé sentido a nuestra vida. No hay causa final, sólo causas eficientes: Aristóteles había muerto, y Dios (que se lo digan a Nietzsche) no se encontraba por entonces nada bien. Lo original, lo natural (la cuerda que se da al reloj del universo) era lo auténtico y sustancial; desde entonces, según esto, todo transcurre cuesta abajo, en la dirección de la entropía. El hombre también: es lo que acaba pasando cuando se confunde al ser humano con una máquina. Hegel, representando otra vertiente del espíritu de la época contrapuesta a la de Rousseau, abogó por la razón, y al contrario que los mecanicistas, que buscaban las causas eficientes de los fenómenos, dijo que “la razón es obrar con arreglo a un fin”.

Las utopías que nacieron de aquella otra forma de mirar naturalista reprodujeron la pauta que Rousseau había fijado: el Romanticismo recogió la idea de que con la llegada de la razón el hombre había empezado a decaer, y buscó la manera de regresar hacia el sentimiento puro, aquél que aún no ha sido contaminado por el artificio de lo racional. Marx, Engels y los socialistas utópicos pusieron el énfasis en la aseveración rousseauniana de que la propiedad privada era la raíz de todos los males sociales, y propusieron el regreso a los orígenes, al estado natural: el del comunismo primitivo. Engels, en su libro “El origen de la familia, de la propiedad privada y del estado”, propone asimismo regresar a las formas de comunidad previas a la aparición de esas tres instituciones aludidas en el título, a las que eran propias de la horda salvaje, y así, aspira a la restauración de la comuna, en que maridos, mujeres e hijos son todos ellos puestos, efectivamente, en común (forma sublimada de aquélla que prefirió Rousseau para sus propios hijos), y a la socialización de la propiedad. Asimismo, Marx y Engels consideraban que el Estado y el Derecho eran una superestructura jurídico-política puesta al servicio de la dominación del hombre por el hombre, el cual volverá a ser libre, por lo tanto, cuando deje de haber leyes. Rousseau tenía claro que el progreso era la causa de todos los males, pero el marxismo, que siguió su pauta, ha cursado, y de modo más soterrado sigue cursando aún, como la apoteosis del progresismo. Debe de ser por eso de que, como decía Ortega, no sabemos lo que nos pasa (no sabemos si vamos o venimos, si avanzamos o regresamos)… y eso es lo que nos pasa.

No han atravesado con suavidad las ideologías utópicas la historia de España… ni han dejado tampoco de hacerlo del todo. Pablo Iglesias, fundador del PSOE en 1879, dispuesto a alcanzar el añorado estado natural que propuso Marx, aquél en el que la ley resultaba ser una rémora procedente de la sociedad de clases, llegó a declarar en Las Cortes: “El partido que yo aquí represento (…) está en la legalidad mientras la legalidad le permita adquirir lo que necesita; fuera de la legalidad cuando ella no le permita realizar sus aspiraciones” (Diario de Sesiones, 5 de Mayo de 1910). Largo Caballero, histórico dirigente del PSOE y de la UGT en los tiempos de la República, demostrando que tenía plena conciencia de a dónde iban a desembocar sus planteamientos políticos, se ratificaba en aquellas mismas ideas seis días antes de las elecciones de febrero de 1936, en un mitin en el Cinema Europa de Madrid, en donde afirmó:
“Vamos, repito, hacia la revolución social… mucho dudo que se pueda conseguir el triunfo dentro de la legalidad. Y en tal caso, camaradas, habrá que obtenerlo por la violencia…”. No era sino la manera de ser consecuente con unos principios que el mismo Pablo Iglesias había dejado enunciados cuando dijo: “No nos interesa hacer buenos obreros y empleados, buenos comerciantes. Queremos destruir la sociedad actual desde sus comienzos”. Desde que abandonamos el “estado natural”, se entiende.Nos debería caber el consuelo de que estas declaraciones pertenecen a tiempos pasados, de que el utopismo ha dejado de ser ya una característica de nuestros partidos “progresistas”, y que la ley ha dejado de ser considerada un instrumento de opresión que el “avance” de la historia acabará suprimiendo. Pero uno no puede dejar de recordar que, ahora mismo, el juez Pablo Ruz está instruyendo un juicio que, por el momento, ha conducido a señalar a los aparatos del estado hoy regido por los socialistas e incluso al mismo Ministerio del Interior como posibles implicados en el llamado “caso Faisán”, en el que presuntamente se cometió un caso de colaboración con banda armada al producirse por parte de las fuerzas de seguridad del Estado un chivatazo a ETA que impidió la desarticulación de su aparato de extorsión en los tiempos de abierta negociación política del Gobierno con la banda (mayo de 2006).
Tampoco puede uno olvidar que, en sentido contrario, la ley no supuso asimismo ningún obstáculo para quienes desde el Gobierno de la nación, con el mismo signo político entonces que ahora, pusieron en marcha el terrorismo de estado de los GAL. Ni que el Ministerio del Interior actual lleve un año poniendo trabas a las solicitudes de documentación por parte de la magistrada encargada de juzgar al que fuera jefe de los TEDAX en el momento del atentado del 11-M de 2004, Juan Jesús Sánchez Manzano, acusado de falso testimonio, omisión del deber de perseguir delitos y encubrimiento por ocultación de pruebas durante la investigación de la masacre, impidiendo de esa manera que pueda seguir adelante un juicio que podría aportar luz a las inquietantes sombras que pesan sobre aquel atentado, del que ni siquiera sabemos quiénes colocaron las bombas en los trenes, no digamos ya de los autores intelectuales.En fin, situaciones como éstas siguen haciéndole dudar a uno de que el imperio de la ley sea un principio que todos los partidos en España acepten como incuestionable. Pero aún hay algo que invita más a la preocupación: que la opinión pública española haya metabolizado estos comportamientos de nuestras instancias públicas y, seducida por el utopismo antijurídico, deje de considerarlos relevantes a la hora de plantearse a quién debe votar.
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ESPAÑA EN CRISIS,
LA TAREA DE ACEPTAR LOS LÍMITES
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