En el vértice superior de la Creación mora la Unidad, el
Orden supremo, el Espíritu decía Hegel. En la base hierve y se agita de manera
caótica lo múltiple y disperso. Esa muchedumbre que habita en lo inferior no
deja de sentir la atracción, el empuje hacia lo unitario, allí donde todo pasa
a ser previsible y a estar en armonía con lo que le rodea. Todo nace de la
Unidad y vuelve a ella. Y así, cuando un árbol retoña en primavera y muestra su
exuberante pulsión hacia lo múltiple, que se ramifica y pulula, no deja que
cada hoja, cada átomo de su dispersión, olvide la unidad arbórea que los
sostiene y alimenta. Lo múltiple no es, pues, sino la capa exterior de lo
unitario, o su primera manifestación. Y si esto observamos en el espacio, no es
sustancialmente diferente lo que ocurre cuando, asomados al tiempo, vemos
desenvolverse el devenir: la base de la pirámide sería ahora el caos bullicioso
y multitudinario de los fenómenos simples, azarosos, imprevisibles,
aparentemente desasistidos del afán ordenador del Espíritu. Pero, latente, la
Unidad, el Orden, eso que nuestra mente racional es capaz de descubrir y
anticipar, tutela desde la sombra lo que acontece. La Historia no es conducida
por el capricho: desde el vértice superior de la pirámide, todo es atraído hacia
la complejidad, la regulación, la ley (Hegel decía “la libertad”)… hacia
el punto en el que la pródiga y desparramada profusión de aconteceres
individuales (de átomos de realidad temporal) de que es capaz la Creación
recuerde la soterrada Unidad que está esperándoles en el futuro.
La filosofía, la historia, la psicología, el arte, la antropología, la actualidad... de la mano, sobre todo, de Ortega y Gasset, el pensador más importante de todos los tiempos en lengua española
miércoles, 24 de junio de 2026
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